Debats 99 Invierno/Primavera 2008 - FINESTRA

Inmigración e Integración


La nueva sociedad

La historia de la humanidad es también la historia de las migraciones. Considerar, pues, la inmigración como un fenómeno concreto, anómalo o extraordinario es desconocer la realidad de la que venimos; la realidad en la que vivimos. Es, sencillamente, alejarnos de nosotros mismos. Y de la sociedad real. De una sociedad cada día más transnacional y más abierta. También, acaso, no menos conflictiva. Pero que nada tiene ya que ver con los anacrónicos planteamientos de quienes aún sueñan con una sociedad étnica y culturalmente pura. La inmigración nos recuerda, con vigor y esperanza, que no debe existir ninguna identidad colectiva intermedia entre las instituciones públicas y el ciudadano. Porque la ciudadanía es la suma de las individualidades de todos. Nunca la suma de tribus ni de pueblos. La ciudadanía son derechos y deberes. De las personas, no de las colectividades. La inmigración es un acicate de esa nueva sociedad. También, sin duda, un reto. Y una oportunidad extraordinaria para poner a prueba los valores que sustentan las democracias occidentales. Para constatar su modernización y su universalidad. A través de la inmigración, la cultura de las grandes naciones europeas y norteamericanas se abre a personas que proceden de otros entornos culturales; de otras realidades socioeconómicas y políticas mucho más precarias.

Los flujos migratorios forman parte de la historia de todas las sociedades occidentales.

La inmensa mayoría de los ciudadanos de esas sociedades tienen, entre sus antepasados más próximos, a personas que no nacieron en la misma ciudad, ni en la misma región, ni aun en el mismo Estado en el que residen. El anhelo de mejorar la condición personal, que es lo que está en la raíz de cada emigrante, es un rasgo del ser humano. Como también lo es el anhelo de libertad, al que va tan unido. De ahí que resulte inútil erradicar la inmigración. Aunque sí es imprescindible, por el contrario, encauzarla y convertirla en un fenómeno positivo y enriquecedor. Ha habido y habrá migraciones en todos los tiempos. Algunos países, incluso, son hijos de la inmigración, como el caso de Estados Unidos, de Brasil, de los Estados de cultura hispánica del cono sur americano o de Australia y Canadá. Y casi todos ellos son hoy países mestizos, cada día más. Y anticipan un futuro en el que los estados serán paulatinamente más semejantes en cuanto a su composición racial o étnica. Al menos, los Estados occidentales, que es a donde se dirigen la inmensa mayoría de los flujos migratorios. Las causas de la inmigración son diversas. Naturalmente, las más acuciantes y permanentes son las de orden económico. La inmigración se produce desde países pobres a sociedades más ricas y desarrolladas. O desde países pobres a países menos pobres, como sucede, por ejemplo, con los moldavos y los georgianos que actualmente emigran a Rumanía, ocupando los puestos de trabajo que los rumanos encuentran en la Unión Europea.

Los inmigrantes son, por lo general, personas de gran valía y arrojo, portadores de una efectiva modernidad, y arriesgan su futuro por incorporarse a sociedades diferentes a las suyas. Sociedades donde tendrán que abordar los trabajos que ya no quieren los nacionales del país de destino. Donde sentirán el vacío de la cultura originaria. Donde tendrán que abordar un complejo proceso de integración.

Otras causas de la inmigración son políticas. Actualmente su relevancia es menor, pero en otros tiempos fueron de gran trascendencia. Recordemos, así, la inmigración de tantas personas perseguidas por los regímenes totalitarios de uno y otro signo que oscurecieron la historia de Europa en el siglo XX. Muchas personas que vivían bajo esas aberraciones colectivistas huyeron de sus escenarios. Aunque fueron más, sin duda, las personas atrapadas en esos sistemas que no pudieron hacerlo. Por falta de medios o porque cuando decidieron irse, ya estaban cerradas para ellos las fronteras. Hay otros motivos de las migraciones, aunque afectan a porcentajes más pequeños de personas. Pensemos en las migraciones por razones culturales o sociales. En España, durante varias décadas, muchas familias de rigen rural o que vivían en pequeñas ciudades, se instalaron en otras urbes de mayor tamaño, con centros universitarios, buscando una mejor educación para sus hijos. Podríamos considerarlo un ejemplo de migración; en este caso interior.

Debe añadirse que la especial intensidad de la presión migratoria que se observa en estos primeros años del tercer milenio está íntimamente relacionada con dos realidades nuevas y trascendentales. La primera, los nuevos avances tecnológicos que permiten una intercomunicación permanente entre las personas que viven en los países emisores y en los países receptores de inmigrantes. La televisión vía satélite, el teléfono móvil o la red Internet eliminan las barreras que antaño hacían muy poco visibles los Estados occidentales desde los países pobres de África o América. La segunda realidad es el gran abaratamiento de los viajes aéreos, antaño inasequibles para la población de los países pobres.

Decía el escritor mexicano Octavio Paz que el mundo moderno comenzó cuando el individuo se separó de su casa, de su familia y de su fe para lanzarse a la aventura en busca de otras tierras o de sí mismo. Y ello, naturalmente, sin renunciar a la persona que fue antes de tomar esta decisión. Porque modernidad es mixtura. Es abrirse a los demás. A otros modos de estar en el mundo. La inmigración es un camino, cierto que casi siempre forzoso, hacia esa modernidad. La inmigración es un acontecimiento social que forma parte de la construcción de la nueva sociedad mundial a la que estamos abocados y que, sin duda, alumbrará una humanidad nueva. Un nuevo escenario convivencial que, como todos, también será modificado en el futuro. Porque eso es la vida del ser humano y la vida de las sociedades.

La inmigración en Europa

Durante más de un siglo –desde principios del XIX hasta mediados del XX fundamentalmente– Europa fue un continente de emigración y no de inmigración. El destino de esa inmigración era, como bien es sabido, el norte de América (Estados Unidos y Canadá). La procedencia de esta población inmigrante era muy dispersa, y alcanzaba a la práctica totalidad de Europa; pero, sobre todo, los emigrantes europeos procedían de las islas Británicas, Alemania, Escandinavia, Polonia e Italia. Y de Francia en el caso de Canadá. En cuanto a América Latina, la inmigración fue, sobre todo, española, portuguesa e italiana. Otros portugueses y franceses también emigraron a las antiguas colonias que ambos países tenían en África. Esta tendencia se invierte hacia 1950. Europa, a partir de entonces, empieza a ser receptora y no emisora de emigrantes. Y en las últimas décadas el fenómeno migratorio se ha acrecentado ante el paulatino envejecimiento demográfico de la población local. Europa, sobre todo la occidental, no es capaz de garantizar la sustitución generacional y por ello debe abrirse a personas de otras culturas. En la actualidad en Europa Occidental hay 26 millones de inmigrantes. Es una cifra importante, pero no alcanza el seis por ciento de la población total; un porcentaje sensiblemente inferior al de la inmigración en los Estados Unidos de América. Este constante crecimiento de la inmigración –que Europa precisa, aunque el perfil del inmigrante que se necesita es cada vez más cualificado profesionalmente– plantea problemas de cohesión social. Pero, sin duda, esos problemas son menores que los que ocasionaría la ausencia de inmigrantes. También existe un serio problema de inmigración ilegal, que solo puede ser abordado, y en su caso atajado, desde una política única de inmigración para toda la Unión Europea, donde, por otra parte, y en buena medida, ya no existen las fronteras interiores como consecuencia de la aplicación del Tratado de Schengen.

Tampoco debemos olvidar que, después de la Segunda Guerra Mundial, ya se produjo una importante inmigración inter-europea, de trabajadores del sur del continente (Portugal, España, Italia, Grecia) hacia los Estados industriales del norte (Alemania, Suiza, Holanda, Francia, fundamentalmente). Ese fenómeno migratorio interno se extinguió en los años setenta del siglo pasado, si bien perduran determinadas migraciones temporales, vinculadas a trabajos agrícolas, en las que se enrolan trabajadores españoles e italianos.

Cuando desaparece de facto esa inmigración inter-europea, los Estados más prósperos del continente empiezan a incorporar a su fuerza de trabajo a personas no europeas. En el caso del Reino Unido los inmigrantes serían, sobre todo, personas procedentes de las ex colonias británicas en Asia, en tanto que Alemania recurrió a los inmigrantes turcos. En Francia, muy mayoritariamente, la inmigración era y es de origen magrebí: Argelia y Marruecos.

Cada uno de estos tres grandes países –Alemania, Francia, Reino Unido- fue estableciendo sobre la marcha un modelo diferente para la integración del colectivo inmigrante. El modelo alemán es el que mejor conocemos quienes aún recordamos los tiempos en que tantos españoles tuvieron que emigrar a la entonces denominada República Federal Alemana.

Este modelo era muy aséptico y organizado. Los alemanes consideraban y consideran todavía a sus inmigrantes como trabajadores invitados. Personas necesarias y muy decentemente tratadas por el sistema social, pero contempladas como colectivos transitorios de extranjeros que vienen a prestar un servicio concreto, pero no a integrarse en una sociedad muy diferente, sin duda. Una especie de turistas de largo recorrido que en lugar de generar riqueza con sus divisas y sus gastos lúdicos, la generan con su esfuerzo profesional.

Por ello, porque el modelo era ése, aunque también por otras razones de índole cultural, la inmensa mayoría de los trabajadores españoles que fueron a Alemania, regresaron al terminar su período laboral. Y solo continuaron allí las personas que contrajeron matrimonio u otros vínculos especiales en el gran país centroeuropeo. Era un modelo que, lógicamente, no favorecía el reagrupamiento familiar.

El modelo francés es más ambicioso que el alemán, y, tal vez por ello, se ha revelado más discutible. El modelo francés pretende la asimilación de los inmigrantes. Para que se conviertan en franceses no solo de nacionalidad, sino que adopten el modo de vida francés, los valores de la sociedad francesa, la cultura de nuestros vecinos.

Es un ideal jacobino que sostiene que cuanto más homogénea sea una sociedad, más fácil será la convivencia entre sus miembros –o al menos, así se ha creído hasta ahora–; pero también es un ideal que ha devenido utópico. Más incluso ahora que hace cuarenta años, cuando empezó a configurarse. Y ello porque entonces el papel de los países pobres era por completo irrelevante en el concierto mundial. Ahora, sin embargo, aunque esos países siguen siendo pobres, injustos y caóticos, las cosas no son iguales. Ahora existe en los inmigrantes procedentes de esos países mayor y lógica identificación con la cultura de su patria.

A ello, sin duda, contribuyeron los grandes intelectuales africanos. Personas, por lo general, formadas en la metrópoli, y que se volcaron en la dignificación de sus comunitates de origen. Y debo recordar aquí la figura muy significativa del poeta senegalés Leopold Sédar-Senghor, quien, por otra parte, fue durante muchos años presidente de la entonces nueva república africana. Sédar- Senghor afirmó: Soñé con un mundo de sol en la fraternidad de mis hermanos con ojos azules. Y propugnaba asimilar sin ser asimilado.

El modelo francés no ha logrado sus objetivos integradores, pero también es cierto que ello ha sido favorecido por la atonía económica del vecino país en la última década. Una menor tasa de paro y un mayor crecimiento económico, sin duda, habrían paliado los desastres conocidos, muy en particular habría frenado la marginación de los jóvenes inmigrantes de segunda generación, que son sistemáticamente preteridos en el acceso al trabajo en favor de otros competidores ya franceses, ya de otras nacionalidades europeas del Este.

En todo caso, el modelo francés, tan ajustado a su admirable tradición republicana, olvida que el inmigrante tiene dos fidelidades. Tiene dos mundos, tiene dos ámbitos culturales, tiene dos memorias. Y solo desde la aceptación de ese hecho es posible avanzar en la integración de los inmigrantes, que no en su asimilación.

Existe en Europa un tercer modelo: el británico. Podríamos llamarlo multicultural, y es, sin duda, el menos intervencionista. Porque acepta que la sociedad sea una macedonia de diversas culturas que apenas se relacionan entre sí. Ello favorece que cada colectivo inmigrante viva en sus territorios urbanos, y que allí comparta la calle, las costumbres, las fiestas… Y que los miembros de cada colectivo se limiten a poco más que a ser contribuyentes, y, en su caso, votantes. Este modelo ha funcionado relativamente bien durante muchos años. Pero ha favorecido la existencia de guetos y una gran desvinculación entre diferentes colectivos.

La inmigración en España

En poco más de un lustro la sociedad española ha experimentado un cambio muy profundo e inesperado. Tanto es así que podemos hablar de una sociedad nueva. De una España tan diferente de la que protagonizó la transición política como lo era aquella España de hace ahora treinta años respecto de la que vivió los tiempos de la segunda República.

El motivo principal de este cambio es, naturalmente, el fenómeno inmigratorio. A lo largo del nuevo milenio, España ha acogido a más de cuatro millones de personas extranjeras que han elegido nuestro país para llevar a cabo aquellos proyectos e ilusiones que no pueden cumplir en sus tierras de origen. España, además, ha acogido a esos cuatro millones de personas en muy pocos años.

Se trata de una circunstancia excepcional que nos diferencia de los procesos inmigratorios que han experimentado los demás países europeos con los que podemos compararnos. Hay que decir, por otra parte, que, de todos estos países, España es ya el que tiene un mayor porcentaje de inmigrantes. Exactamente el 9,9 % de la población, que es algo superior al 9,6 % de Francia y al 8,9 % de Alemania o al 8,1 % del Reino Unido.

Se puede afirmar que actualmente España es una sociedad nueva debido a la presencia de los inmigrantes, pero también lo es por la propia evolución de los propios españoles. Evolución que debe llevarnos a alcanzar entre todos una sociedad más democrática, más justa, más creativa, más responsable. En la que todos sus miembros se encuentren integrados y respetados en el seno de una nueva ciudadanía.

Pues bien, pese a haber recibido a un número tan importante de extranjeros en tan poco tiempo, podemos decir que el proceso de acogida ha sido, en términos generales, positivo y razonable. Y sin dejar de reconocer que, en un primer momento, la sociedad se sintió desconcertada. Y hasta temerosa. Entre otros motivos porque no existe una respuesta universal ante el fenómeno migratorio. La lectura de los muchos textos que informan y analizan la inmigración, tanto documentos procedentes de expertos de la Administración como del ámbito universitario o del más libre ensayismo, todavía no han ahormado un protocolo, por así decirlo, de respuesta a este gran reto. Aunque, eso sí, ya se van decantando muchas coincidencias entre quienes reflexionan sobre la inmigración y quienes llevan a cabo las políticas migratorias.

En cuanto a la Comunitat Valenciana, su población actual ronda los cinco millones de habitantes, de los que casi ochocientos mil son extranjeros. Ello significa cerca de un 16 % de población extranjera, una cifra que duplica la media nacional y triplica la media europea. La distribución de esa población extranjera no es del todo uniforme por cuanto que la provincia de Alicante cuenta con cuatrocientos mil vecinos extranjeros, lo que supone el 25 % de sus habitantes: la cifra más alta de toda España. La mitad aproximadamente de esa población tiene un origen extracomunitario, con un predominio entre ellos de magrebíes y latinoamericanos. La otra mitad es población residente de origen europeo comunitario. En cuanto a la provincia de Valencia, cuenta con casi trescientos mil extranjeros, la mayoría de origen latinoamericano. En la provincia de Castellón viven cien mil extranjeros, la gran mayoría rumanos. Cifras todas ellas que enmarcan a la Comunitat Valenciana como una de las regiones de Europa con un mayor número de población inmigrante. Y que también, lógicamente, configuran a esta Comunitat como un privilegiado observatorio de lo que es el mayor evento social del planeta en los primeros años del nuevo milenio.

Integración y ciudadanía

Solo cabe pensar en un modelo de integración: el de la plena igualdad entre españoles e inmigrantes. No se trata, pues, ni de considerar a los inmigrantes como trabajadores invitados, como contempla el modelo alemán, ni aceptar que nuestro país se convierta en un lugar propicio para que cada etnia, cada colectivo de inmigrantes y cada cultura funcione por separado, y todo bajo el remoto paraguas de una legislación constitucional que, es de suponer, sea conocida y aceptada como propia por los inmigrantes. Tampoco se trata de aplicar una variante del modelo francés, que pretende una asimilación poco realista. Porque no cabe convertir en culturalmente españoles a nuestros inmigrantes magrebíes o del este de Europa. Ni siquiera a los inmigrantes andinos, con quienes compartimos idioma y cultura en gran medida.

El reto es crear una sociedad plural, no una sociedad multicultural. Porque el multiculturalismo, como sostiene Giovanni Sartori, es una ideología perniciosa que fragmenta, divide y enfrenta y que lleva directamente a un proceso cuyo fin posible es la antítesis del pluralismo.

La integración es, tal vez, un consenso. Un pacto entre la población autóctona y la población extranjera. La integración es respeto, es diálogo, es confianza. La integración efectiva son derechos, pero también son deberes. Porque todos, españoles y extranjeros, debemos vivir conforme a los principios constitucionales. A los derechos ciudadanos que ahí se consignan. Esos principios obligan a todos los habitantes de España, tengan la nacionalidad que tengan. Y, por supuesto, ninguna apelación cultural, o de presunto respeto a la diferencia pueden quebrar la aplicación de esos principios. Quienes vienen a vivir a España deben saber que sus costumbres, sus intenciones o sus convicciones que contravengan los derechos humanos, serán perseguidas. Y castigadas, en su caso. Esa es la imprescindible firmeza de la democracia. Su legitimidad. Porque, como dice de nuevo Giovanni Sartori, ninguna sociedad puede dejar de imponer el principio de impedir el daño.

Entiendo que la integración ha de basarse en tres criterios fundamentales. El primero es la integración en la diversidad. Una integración que no persigue el ideal de una sociedad homogénea que nunca ha existido, sino que reconoce que la sociedad en la que vivimos es heterogénea, transcultural y cosmopolita. Porque, como dice Zygmunt Bauman, la presencia de otros en nuestro ambiente implica, por supuesto, un riesgo, pero significa también una gran oportunidad de aprender el arte de la convivencia mutuamente beneficiosa.

Sin olvidar que las diferencias culturales y todas las otras están aquí para quedarse.

La segunda idea es que por parte de las administraciones públicas, y de toda la sociedad, en suma, no se produzca en ningún momento, y en el desarrollo de sus cometidos y actividades, la fractura entre un “nosotros” y un “ellos, o los otros”. Porque las actuaciones deben dirigirse a personas, a ciudadanos. A individuos, en definitiva, y no a miembros de colectivos construidos artificialmente. A personas que forman parte de la misma especie humana, con los mismos sueños y con las mismas cosas sin las cuales no podemos vivir.

El tercer criterio de este proceso integrador es el respeto mutuo. También el acercamiento al inmigrante, y viceversa. La curiosidad, el interés por la cultura de la población extranjera. Sobre este particular debe resaltarse cómo el mestizaje cultural produce obras de arte de gran valor, que patentizan la procedencia de ese nuevo horizonte de las sociedades europeas. Un horizonte, por otra parte, inexorable. Y concretaré esa impresión recordando la extraordinaria viveza y valor artístico que tiene la nueva narrativa británica, que, en gran parte, es obra de escritores inmigrantes o hijos de inmigrantes, por lo general de procedencia india o paquistaní. Pues bien, esas personas, que vienen de culturas harto diferentes, son quienes, desde su mirada cosmopolita, y a la par enraizada en tales culturas indostánicas, mejor describen la realidad sociocultural de un país que antaño fue su metrópoli.

Esos criterios integradores deben articularse a través de tres ejes:

  • La integración residencial, favoreciendo la convivencia entre los distintos colectivos de personas que habitan en una determinada zona.

  • La integración laboral, que tratará de aprovechar al máximo los conocimientos de la población inmigrante, lo que todavía no sucede en el grado deseable, pero que a través del asesoramiento y de la formación será posible.

  • La integración a nivel de sociabilidad, que se deberá llevar a cabo en los espacios comunes: el trabajo, la tienda del barrio, el colegio, las fiestas…

El proceso de integración dará luz a una nueva ciudadanía, que será fruto de la extensión de derechos a los extranjeros, y debe consignarse que una reciente encuesta del CIS revela que la gran mayoría de los valencianos están conformes con esa extensión de derechos. De igual modo una gran parte de los valencianos contempla la inmigración como un hecho positivo. Esta nueva ciudadanía también significará profundizar en esos derechos que deben ser extendidos a todos los inmigrantes arraigados en nuestro país, condición inexcusable para que ellos también se sientan protagonistas de la vida pública. Ciudadanos, en suma. De modo que la integración de los inmigrantes es una pieza clave de la nueva ciudadanía. Una ciudadanía cada vez más mundial. Pues, como dice de nuevo Bauman, En un planeta globalizado no hay “afuera”, no hay “tierra de nadie” a la cual “los otros” puedan ser deportados. La nueva ciudadanía, todavía sin el apoyo legal que permitirá completar su escenario jurídico- social, existe. Está. Es la sociedad que ya observamos en nuestras ciudades, grandes o pequeñas. Es una sociedad que dialoga, que es respetuosa, creativa, reivindicativa y progresista. De un progreso de fondo, que no de barniz. Un progreso que es fruto de la convivencia, del mutuo conocimiento, del interés respetuoso y efectivo por el otro. La nueva ciudadanía es mestizaje cultural, es comunicación y permeabilización.

Y todo ello es integración. De los ciudadanos autóctonos y de los ciudadanos extranjeros que han elegido vivir con nosotros. Una integración que no se puede quedar solo en la asistencia social y que tiene tres escenarios que colmar: integración laboral, integración social e integración ciudadana. Una integración que solo se perfeccionará cuando los extranjeros sientan que viven igual que los españoles. Que poseen las mismas cosas, que sienten y satisfacen semejantes deseos que la población autóctona.

Se trata de un proceso gradual, complejo y enriquecedor para todos, y cabría sintetizarlo en esta frase del profesor Alban d’Entremont: Los inmigrantes siguen manteniendo muchos rasgos de su propia identidad, a la vez que van siendo integrados más plenamente en la Comunitat.

La nueva ciudadanía también es participación. A la que están llamados todos los ciudadanos, nacionales y extranjeros. De este modo se irá logrando que la ciudadanía de España, esa suma de nacionales y extranjeros que viven y trabajan en un mismo país, se implique cada día más en todo lo que acontece en su municipio, en su Comunitat autónoma, y, por supuesto, en el ámbito estatal. Y también estaremos poniendo la semilla de una sociedad realmente global, preocupada por temas que trascienden su ámbito territorial más próximo. Porque integración es, en definitiva, universalización.

© Rafael Blasco Castany

Rafael Blasco Castany es Conseller d’Immigració i Ciutadania de la Generalitat Valenciana.

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