Debats 99 Invierno/Primavera 2008 - ESPAIS

La inmigración, un tabú francés


En Francia, y por primera vez, el tema de la inmigración ya no es del todo tabú. En gran medida ausente de la campaña presidencial de 2002, estuvo, sin embargo, junto con la crisis económica y social, en el centro de los debates para las elecciones presidenciales de 2007.

En efecto, el peso de las evidencias ha acabado por sacudir el discurso oficial, que, preocupado por ajustarse a una estricta ideología antirracista y universalista, ha negado los problemas planteados por una llegada constante y masiva de inmigrantes, venidos principalmente del Magreb y del África negra. Los conflictos de las barriadas de noviembre de 2005, calificados por ciertos observadores como “primera intifada de los extrarradios franceses”, contribuyeron a hacer tomar consciencia de los riesgos que representa, para la unidad y la identidad nacional, una inmigración masiva, no controlada y no sujeta al deber de integrarse. Este fenómeno se añade al de un flujo emigratorio hasta entonces desconocido (más de dos millones de franceses habrían ya dejado su país) que hace decir que Francia “exporta bac+5 e importa bac 5"1

En el presente texto, deseo examinar los resortes y los mecanismos de este negar la realidad, sabiendo que incluso el actual presidente de la república francesa, Nicolas Sarkozy, reconoció que “no hemos tenido el valor de hablar de la inmigración (…). Desde hace treinta años sufrimos un fenómeno sin poder controlarlo” 2. Añadiría yo que sin poder ni siquiera evaluarlo, mesurarlo, pues jamás ha habido ningún cómputo serio de los recién llegados. El número de personas inmigrantes, o que tienen al menos un padre o un abuelo inmigrante, sería de cerca de quince millones, cifra proporcionada por el ministro delegado de Promoción de la Igualdad de Oportunidades, Azouz Begag. Sólo para los musulmanes, los demógrafos manejan una cifra aproximada de cuatro a seis millones. Estiman que el 18% de los nacimientos deberían de ser de origen africano o turco en 2023.

En realidad, durante más de treinta años, una coalición de silencio que agrupaba al mundo político y de los medios de comunicación ha sumido a los franceses en la ignorancia de las conmociones étnicas de su propio país. El multiculturalismo de la sociedad –por el que entonces nos felicitábamos– tan sólo se reconocería oficialmente el 11 de diciembre de 2003, con ocasión de la entrega a Jacques Chirac de los trabajos de la Comisión de reflexión sobre la aplicación de la laicidad en la República, más conocidos con el nombre de “informe Stasi”, que iban a desembocar en la ley que prohibía el uso del velo islámico en los colegios.

En el citado informe, podemos leer: “Francia hoy está entre los países europeos más diversificados (…). Esta gran ruptura en su historia le da también la oportunidad de enriquecerse con el libre diálogo entre estos diversos componentes”. En esta ocasión, Jacques Chirac invitó a los franceses a “volver a encontrar una nueva comunidad de destino”.

El problema es que ningún dirigente les había hablado hasta entonces a los franceses de esa “gran ruptura” que obligaba a inventar una nueva “comunidad de destino”. Por el contrario, todo se había hecho para dejar creer que la nueva inmigración extraeuropea, que comenzó en los años sesenta, era un no-sujeto y que los franceses se preocupaban sin motivo por una cohabitación con estas nuevas culturas, en particular con el islam, a la que se presentaba simplemente como una “religión de paz y de tolerancia”, fácilmente conciliable con la laicidad y la modernidad. “La riqueza de una nación, la riqueza de un pueblo, ha salido, por una parte, del multiculturalismo, es decir, de la presencia de culturas diferentes”, debía declarar en esta época el presidente de la República; retomaba así a su vez el discurso del lobby inmigracionista, muy implantado en la izquierda y en la extrema izquierda, y el elogio que éste dirige al multiculturalismo y del que sólo ahora comenzamos a valorar los efectos negativos en la cohesión nacional y la identidad común.

Este adormecimiento de los espíritus, agravado por el peso de lo políticamente correcto, que prohíbe realizar un juicio crítico de las nuevas minorías, explica la estupefacción de muchos franceses que descubren hasta qué punto su país y su cultura han sido transformados sin que sus representantes o los medios de comunicación les informaran de ello. Y la gente comienza a establecer, por sí misma, el vínculo, hasta entonces prohibido, entre inmigración e inseguridad cuando constatan la banalización de las escenas de violencia urbana. Según cifras recientes del ministerio del Interior, cada día son heridos 15 policías e incendiados 115 automóviles. El riesgo de segregación entre comunidades se ha convertido en una hipótesis factible, hasta el punto que el prefecto de Seine-Saint-Denis, departamento adyacente a París, reveló en septiembre de 2006 el estado de tal lugar, donde dos tercios del millón y medio de habitantes son inmigrantes o de origen inmigrante, y una parte de la juventud ha sido ganada por el islamismo.

Se ha de mencionar aquí rápidamente al Front National. El partido de Jean-Marie Le Pen, desde los años ochenta, ha puesto en guardia contra esta inmigración no elegida, y surgida principalmente de países antiguamente colonizados. Desde este punto de vista, los franceses admiten que el FN ha tenido razón ante los otros partidos. Pero Le Pen tiene una gran responsabilidad en esta petrificación del pensamiento. En efecto, al convertirse en intratable por sus numerosos patinazos racistas, xenófobos, antisemitas, ha convertido a su vez en intocable, durante todos estos años, la totalidad de los temas que trataba. Ha impedido pensar serenamente la inmigración. Ha hecho perder el tiempo.

La omertà sobre la inmigración ha sido incluso escenificada a través de dos eslóganes dignos del universo de Orwell: “La inmigración es una oportunidad para Francia” y “Francia no es un país de inmigración masiva”.

Primer eslogan: “La inmigración es una oportunidad para Francia”

Antes de convertirse en eslogan, fue el título de un libro escrito en 1984 por Bernard Stasi, político hijo de un emigrante italiano. La obra apostaba por que la nueva inmigración africana y magrebí, como las precedentes, podría asimilarse sin dificultades en la nación francesa. Es así como, durante veinte años, el discurso dominante se ha ahorrado el ir a mirar más de cerca los desórdenes sociales nacidos de una inmigración demasiado masiva. Durante todos estos años, se ha impuesto el modelo de integración a la francesa, en referencia a sus éxitos pasados, como verdad inmutable.

Es cierto que la inmigración ha aportado durante mucho tiempo felicidad a Francia. El país ha sido regido con la defensa de todos sus intereses, durante la minoría de Luis XIV, por su madre Ana de Austria y por Jules Mazarin, el italiano. Más cercanas a nosotros, las inmigraciones belga, rusa, polaca, balcánica, armenia, italiana, española y portuguesa del siglo XX se han fundido sin problemas en la nación. Estos enriquecimientos ha sido tanto más destacados cuando la mayoría de estos recién llegados hubieron de sufrir, además de la hostilidad de una parte de la población de la época (hubo italianos que fueron masacrados en Aigues-Mortes, en 1893), legislaciones discriminatorias por parte de la administración francesa, imposibles hoy.

De hecho, todo lo que pudiera contradecir la imagen de una inmigración pacífica ha sido sistemáticamente negado durante estos treinta últimos años. La consigna, compartida por la derecha y la izquierda, ha sido: “¡No señaléis con el dedo a las barriadas!”; un imperativo que responde al eslogan antirracista de los años ochenta: “¡A mi colega, ni tocarlo!”. Tantas prohibiciones seguidas al pie de la letra y que han impedido el menor cuestionamiento de la integración y sus imperativos. Aunque la palabra misma de “inmigración” llega hoy a los discursos de los principales políticos, durante mucho tiempo ha sido cuidadosamente evitada, pues pronunciarla era ya convertirse en sospechoso de racismo frente al discurso único que preconiza el hombre universal, el respeto al otro y la abolición de las diferencias.

Habrá que esperar hasta 2000 para que los medios de comunicación admitan, al fin, bajo la presión de las evidencias, el fracaso del modelo de integración a la francesa y el vínculo entre inmigración e inseguridad en las ciudades y las escuelas, pero también en los transportes públicos y los hospitales; en la actualidad, hay 630 ciudades donde pueden observarse fenómenos de apartheid. Por otra parte, esta negativa a ver claro ha conducido a la prensa y a los movimientos antirracistas a subestimar hasta ahora mismo el ascenso del antisemitismo en las barriadas musulmanas, que iba a desembocar en 2006 en la barbarie en estado puro de la que iba a ser víctima el joven Ilian Halimi, torturado hasta la muerte por ser judío. El racismo antiblanco es también ampliamente menospreciado por los medios de comunicación y los políticos.

La misma preocupación de no contradecir el dogma de la inmigración benéfica para Francia ha incitado a los medios a ignorar fenómenos de islamización de la comunidad musulmana. Habrá que esperar a 2003 para que el informe Stasi describa la comunitarización de la sociedad, a 2004 para que el informe Obin desvele la presión islámica en la escuela pública, a 2005 para que el informe Denécé se preocupe por el islamismo en las empresas de gran distribución y de construcción automovilista, a 2006 para que las redes integristas en el corazón de Roissy sean puestas al día por un político de derechas, Philippe de Villiers. En todas estas revelaciones, la prensa no jugó ningún papel.

Segundo eslogan: “Francia no es un país de inmigración masiva”

Este segundo eslogan ha permitido denigrar las afirmaciones contrarias, rápidamente calificadas de fantasmales y extremistas. Este dogma ha sido argumentado de manera muy clara por el director del Instituto Nacional de Estudios Demográficos (INED), François Héran, firmante en enero de 2004 del informe Cinq idées reçues sur l’immigration. En este documento, ensalzado por una prensa casi unánime, escribe:

Francia es, ciertamente, un viejo país de inmigración, pero hace ya veinticinco años que no es un país de inmigración masiva. Por el contrario, se ha convertido en el país de Europa donde el crecimiento demográfico depende menos de la inmigración (…). El flujo actual de inmigrantes sigue estando (…) muy por debajo de los niveles alcanzados hace treinta años (…). El control de los flujos por parte de las autoridades francesas es más eficaz de lo que se dice.

El INED estimaba el saldo migratorio en 75.000 personas, y la inmigración clandestina en 13.000 migrantes por año.

Otros trabajos del Instituto Nacional de Estadística y de Estudios Económicos iban a apoyar estas afirmaciones. Así, en enero de 2006, un estudio de l’INSEE hacía parecer que el crecimiento de la población no le debía prácticamente nada a los flujos migratorios, sino más bien a la natalidad de los franceses de origen. Según el organismo oficial, la inmigración sólo representaría para Francia un 25 % en el aumento de la población, frente al 80 % para el conjunto de la Europa de los 25. Tal y como explicaba el autor del análisis:

Es cierto que las inmigrantes tienen más hijos que las otras. Pero la proporción de las madres de origen extranjero es tan débil que su contribución a la natalidad en Francia es muy limitada.

Jamás ha puesto nadie en duda estas afirmaciones, a pesar de un informe del Tribunal de cuentas que, en 2004, se alarmó tras descubrir que la nación se enfrentaba, cada año, a 300.000 entradas nuevas, clandestinos incluidos, y a pesar de un informe de la Dirección de Población y Migraciones (DPM) del Ministerio de Asuntos Sociales que desvelaba, tres meses después de la aparición del documento del INED, que la inmigración legal de vocación permanente había registrado en Francia un salto del 36 % entre 1999 y 2002.

Se ha tratado, en todo esto, de una manifiesta voluntad de no saber la verdad, pues era conocida por todos los que querían escuchar las reservas que expresaban ciertos demógrafos ante los cálculos fantasiosos del INED y del INSEE.

Era necesario oír, en particular, al demógrafo Jacques Dupâquier, miembro del Instituto de Francia:

El mayor escándalo es que las cifras reales de la inmigración han sido ocultadas siempre a la opinión pública (…). Hay una verdadera cortina de humo en torno a las estadísticas (…). El total aparente de entradas legales, que era de 125.000 en 1995, alcanzó las 217.000 en 2003, pero no incluye ni a los menores ni a los solicitantes de asilo. Por consiguiente, se puede estimar que el volumen de inmigración debe acercarse a los 300.000 por año. Esto testimonia un aumento considerable, tanto más por cuanto esta inmigración ha cambiado de naturaleza (…). Principalmente de origen africano y turco, no es una inmigración de trabajo, como algunos afirman todavía, sino una inmigración de poblamiento. Lo más grave, en el contexto actual, es que tiende a concentrarse en la Île-de-France. A mi juicio, la situación es muy grave3.

En cuanto a la supuesta tasa de natalidad de las francesas, Dupâquier muy rápidamente había puesto las cosas en su sitio señalando que el INSEE contabilizaba también las cifras de la Francia de ultramar omitiendo el señalarlo y no tenía en cuenta a las mujeres originarias de Turquía o de África, cuyas tasas de natalidad están cerca del 3,4. En realidad, aseguraba, la tasa de natalidad de la población europea no se ha calculado. El demógrafo la situaba en torno a 1,7 niños por europea.

Si esto era correcto, efectivamente Dupâquier y sus amigos tenían razón. El INSEE llegaría incluso a reconocer, en su estudio de agosto de 2006, haber “subestimado el número de inmigrantes”. Según las cifras corregidas, se informaba particularmente de que la inmigración proveniente del África negra había aumentado un 45 % entre 1999 y 2005. El jefe del departamento de demografía del INSEE, Guy Desplanques, sólo podía hacer que reconocer “el importante crecimiento migratorio de los diez últimos años”, aportando así el desmentido oficial a los discursos realizados hasta entonces.

Ahora bien, es interesante señalar que esta confesión pública de una desinformación y de una manipulación brutal ha sido ignorada por la mayoría de los medios de comunicación, ávidos sin embargo de escándalos y prestos a denunciar las mentiras. Por su silencio sobre este asunto, los medios de comunicación han sido cómplice en el ocultamiento de la verdad.

Por lo ya dicho hasta ahora, puede comprenderse que el tabú de la inmigración no se ha levantado por completo. Hay todavía reticencias en muchos políticos, que no osan abordar frontalmente este problema por miedo a dejar paso francoa al Front National.

Pero la opinión pública está cada vez más sensibilizada. Son las dificultades que provoca la inmigración musulmana las que explican la oposición general a la entrada de Turquía en Europa.

Al igual que otras democracias occidentales, que se enfrentan a este mismo fenomeno de inmigración masiva que ha creado repliegues étnicos, guetos y resentimientos, Francia está hoy en un momento crucial. Incluso si su modelo de integración ha resistido mejor el choque que el modelo anglosajón (según una encuesta del Pew Research Center, un 46 % de los musulmanes franceses se definen por su religión más que por sus nacionalidad, frente al 80 % de los musulmanes británicos), debe plantearse una serie de cuestiones molestas.

Mientras que hasta ahora han sido la tolerancia y la generosidad las alegres respuestas a estos nuevos retos, los franceses presienten que, si Francia continúa aplicando unilateralmente esos principios humanistas, la nación, nacida de una herencia judeocristiana y grecorromana, se arriesga a empobrecerse, incluso a desaparecer antes de fin de siglo bajo el flujo de otra cultura con la que tiene poco en común y que además se presenta como víctima y ejemplo a la vez. La educación nacional ya incluso duda en transmitir la única cultura francesa, y la escuela ha tenido que hacer sitio al particularismo étnico en numerosos casos: algunos directores de instituo abren salas de oración, determinados profesores se niegan a enseñar a Voltaire, algunos alumnos piden salas separadas para las clases de gimnasia. Ayuntamientos y oficinas de empleo, que tienen las obligación de realizar sus comunicaciones en francés, distribuyen formularios escritos en árabe. La poligamia es un estado tolerado por la administración a pesar de su prohibición legal, y el uso del velo es cada vez más frecuente en las ciudades. En cuanto al ramadán, si era anecdótico hace diez años, se ha generalizado actualmente.

Pero treinta años de tabúes y de ausencia de debate sobre estos temas no permiten responder a numerosas cuestiones urgentes: ¿la democracia es compatible con el islam?, ¿la nación debe imponer su lengua y sus reglas a los recién llegados?, ¿hay que proyectar un código de integración?, ¿debe prepararse para una separación de comunidades?, ¿no estamos asistiendo a una colonización a la inversa?, ¿qué espera Europa para ayudar significativamente a los países de inmigración?, ¿hay que poner un límite a la inmigración? Tantos interrogantes que no soportarían ya el discurso trabado por la ideología del antirracismo, del que el filósofo Alain Finkielkraut subrayaba últimamente que era “el comunismo del siglo XX”.

© Iván Rioufol
Traducción de Josep Carles Laínez

Ivan Rioufol es periodista en Le Figaro (París).

NOTAS


1 Bac+5 se refiere al número de años de estudios realizados tras el bachillerato. El juego con las cifras es evidente. [N. del T.]


2 Entrevista en France-Inter, 9 de octubre de 2006.


3 P. Lecomte, “Le scandale des chiffres masqués – Entretien avec Jacques Dupâquier”, Nouvelle Revue d’Histoire, n° 22, enero-febrero, 2006.


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