Thomas Mann. La estética de un impolítico
Expresionismo y Estética
Una de las cuestiones en que el genio de Mann despunta con luz propia, en esta obra inclasificable que es las Consideraciones de un impolítico1 -junto a las más conocidas: oposición entre Cultura y Civilización, la caricatura del literato de la civilización o la elegante comedia dialéctica que será el inagotable enfrentamiento entre el nórdico y metafísico Naphta y el sureño e ilustrado Settembrini en La montaña mágica- tiene que ver con la importancia para la reflexión estética de la práctica totalidad de sus obras. De hecho, su nombre es sinónimo de buen acabado y perfección. También se ha dicho de él -sin que yo acabase nunca de entender por qué tanto él y nada de algunos otros- que era el escritor burgués por antonomasia, que alcanzaba la cima de la cultura burguesa a la vez que la plena conciencia de que, después de esta gran época, sólo podía sobrevenir la decadencia y la muerte. En ese sentido, su obra, al menos para aquellos que la admiran, no podía ser sino el más bello de los cantos de cisne, en tanto que el fin de la época burguesa coincidiría con el comienzo de la imposibilidad de continuar no reconociendo que la conciliación entre arte y vida, es imposible. Ahora bien, el tan cacareado perfeccionismo, puede ser la razón idónea para que otra época, la nuestra, persuadida de vivir entre valores estéticos tales como la fragmentariedad, el primitivismo, el infantilismo, la atonalidad, el emborronamiento de la línea divisoria entre lo culto y lo popular, etc. rechace a Th. Mann. Sin embargo ¿hasta qué punto es justo este rechazo? O mejor: ¿hasta qué punto pertenece Mann en exclusiva a los valores de un mundo desaparecido para siempre? Por otra parte, Mann, de alguna manera, ha sacado siempre partido del hecho de no haber aparecido nunca, con justicia, como un innovador formal a la manera de un Proust, de un Joyce o de un Broch. De él casi podría decirse que lleva a su culminación el buen hacer de lo mejor de la novela, a la vez que lo supera en dirección a un territorio que es el de la ironía, pero escasamente el de las grandes rupturas estéticas del siglo. Eso no evita, sin embargo, que uno de los ejes indiscutibles de su obra lo constituya, precisamente, el sentido de esa ruptura. Y el balance, en Muerte en Venecia o Doctor Fausto -lo sabemos- puede ser ambiguo, a partes iguales de expectación y de nostalgia, pero, de ninguna manera negativo y derrotista. Y, además, Mann ha sido durante largos períodos, aunque intermitentes quizás, un autor popular, con todas las restricciones que exige el término en un país en que el mismo hecho de leer es ya de por sí un acto minoritario. Por último, están aquellos aspectos cívicos o morales, como la firme oposición al nazismo o la turbadora presencia de la homosexualidad en su obra -mucho más allá de la comprensión y el compromiso-, que podrían desequilibrar la balanza en el sentido de hacer de él un profeta de las libertades modernas. Lo cual no dejaría de ser un tanto exagerado.
Mi propósito no es sino el de alertar contra algunos de los tópicos que han rodeado la recepción, no homogénea, sin duda, de la obra de Th.Mann. La dificultad puede resumirse en una pregunta: ¿hasta qué punto es la suya una actitud moderna? Y, la para mí todavía más interesante: ¿en qué medida afloran en él las zonas obscuras de nuestra moderna reflexión estética? En principio sus improperios contra la civilización simbolizada por Niza y Montecarlo, las danzas sexuales exóticas, el fox-trot, las tabernas portuarias, cuadran perfectamente con la descripción que, muchas páginas atrás, se hizo de lo que podría ser la Europa derivada de una rápida victoria de la entente:
Una Europa… un poco vulgarmente humana, trivialmente corrupta, femeninamente elegante, una Europa ya algo demasiado “humana”, con algo de bandolerismo de colegiales y de fanfarronería democrática, una Europa con la cultura del tango y del two-step, una Europa de negocios y placeres à la Edward the Seventh, una Europa de Montecarlo, literaria como una cocotte parisina.2
Hasta aquí parece que estemos dentro de la rabieta y el insulto, de lo meramente visceral. Sin embargo, lo que sigue nos devuelve al autor dubitativo y detallista de siempre, oscilante entre la retirada y el intento de mediación, tal como hacía tratando de germanizar la democracia, incorporando valores con los que afrontar el utilitarismo y el economicismo, al aceptar la irrenunciabilidad por parte de cualquier Europa posible de cualquiera de sus dos grandes naciones; como hará, según atestiguan sus Diarios, en fecha tempranísima, coincidente con la publicación de las Betrachtungen -mucho antes de Von deutscher Republik- con la idea de la República alemana, tomándola como la ocasión brindada por el destino para corregir y completar la otra democracia.
Ingenuo o pragmático-posibilista, lo cierto, en cualquier caso, es que del alejamiento de la Alemania guillermina al de los USA maccarthyanos, todo se sucede con una lógica implacable. Por el momento quedan todavía tics (los ataques a ciertos bailes, el desprecio por las tabernas portuarias) de una cierta excentricidad o, por el contrario, signos de un cierto conformismo que, de tan estereotipado, casi nos lleva a sospechar que lleva gato encerrado. Mann, paralelamente a Croce, necesita combatir una cierta idolatría del nihilismo, del malditismo y del decadentismo. Si en el caso del segundo, sus objetivos a abatir, con más o menos justicia, de forma bastante carente de matices, son Rimbaud y D’Annunzio, Mann la emprende con ciertas formas de la cultura de masas. Sabemos cuales son sus razones, se pueden recoger en dos palabras: lo humano, mientras leemos: “Admiro a los seres fríos y orgullosos que corren aventuras por los senderos de la gran belleza demoníaca y que desprecian al “hombre”… pero no los envidio”3 o inmediatamente después:
Aquí se expresaba por cierto una relación para con la “vida” que se diferenciaba considerablemente del culto dionisíaco de la vida de aquellos aventureros por los senderos de la belleza infame… en mi pesimismo “burgués”, en mi negación de la vida “que aún no llegó al arte” se albergaba más amor por la vida y por sus criaturas que en su glorificación teórica de la vida. La ironía en cuanto amor…
A él le basta con ser quien es para sacudirse de un plumazo la mala fama de esteticista nihilista, o para quedarse con su Nietzsche, que es el de Humano…, pero que no es ni el denunciado por Tönnies ni el asumido por D’Annunzio. Sin embargo, todas estas veleidades, estos acercamientos sólo a medias consumados, los encontramos por doquier en el marco de la práctica artística contemporánea. En esto, contra las apariencias que podrían derivarse de su actitud o de su lenguaje, Mann pertenece plenamente a su tiempo, vive en sí mismo las consecuencias de estos mensajes susurrados, nunca plenamente difundidos, las cuales aparecen cada vez que el arte contemporáneo alcanza de una manera u otra su momento de autorreflexión (no necesariamente en la reflexión formalmente estética o en las notas escritas de tal o cual artista que abandona puntualmente su actividad para reflexionar sobre ella, a veces, simplemente, en forma de crisis o cambio en el transcurrir del propio quehacer artístico). Y entre esas consecuencias suelen figurar, y no precisamente en lugar secundario y discreto, no pocos mensajes confusos, a menudo contradictorios, hechos de enunciados vagos y polémicas estériles. Piénsese, por ejemplo, en los ataques indiscriminados contra la razón occidental represiva, acompañados, consiguientemente, de la adhesión incondicionada a un tipo u otro de irracionalismo, derivado del contacto con civilizaciones lejanas o del uso de las drogas. Desde luego, instalarse en este nivel de superficialidad en el que desgraciadamente se detienen tantas reflexiones contemporáneas en torno al arte, supone la renuncia al conocimiento de los vínculos de unión entre las más distintas culturas, además de un colosal desprecio hacia los mejores instrumentos y fuentes de la propia. ¿Hasta qué punto pueden tenerse por sensatas y sinceras las críticas a la razón (instrumental, patriarcal, subjetivista, etc.) que sistemáticamente ignoran la tradición mística negativa de la propia cultura occidental? En mi opinión, se trata de una empresa condenada al fracaso, peor aún: a la impotencia del pensamiento, a los innumerables sermones referentes a las bondades del abandono y de la suspensión de juicio. Lo que Mann ataca bajo el nombre de Expresionismo recoge algunos de estos vicios que acompañan sin -¡menos mal!- sustentarla, la práctica artística contemporánea, en la que la expresión resulta las más de las veces la coartada para deshacer el compromiso que cada uno tiene con el mundo y la realidad, incluida la propia realidad de lo interior e inaprehensible, de lo meramente vislumbrado, de lo soñado y lo deseado. El grito, el fragmento, el primitivismo e infantilismo, en manos del espíritu expresionista de nuestro tiempo, está claro que no pretenden tanto aportar su granito de arena al desvelamiento de una realidad siempre renovada y sorprendente, cuanto encerrarse en el grito sordo e impotente de la desesperación propia.
Por supuesto que el Expresionismo está lejos de ser sólo lo que Mann le atribuye, ni siquiera coincide con lo que los historiadores de las artes plásticas, de la música, de la literatura entienden con este término y, además, no existe la más mínima prueba -si acaso en sentido contrario- para pensar que Mann se desinteresase de lo que hacían Mahler o Schönberg, Kirchner, Nolde o Rodin… Una vez más permite ser acusado de lesa arbitrariedad en el uso de ciertos términos, pero también, una vez más, hay razones que trascienden lo meramente personal, hasta hablar de aquello que no habla nadie, ni los partidarios ni los detractores. Mann se atrinchera en una defensa a ultranza de lo burgués, de lo que entiende por burgués. Continuará haciéndolo por lo menos hasta la llegada de Hitler, cuando defienda una incorporación de la mejor burguesía alemana al grupo de votantes del Spd4. El conjunto entero de su obra admite ser leído como una gran meditación sobre lo burgués que se resiste a morir, presionado por fuerzas contradictorias, pero acordes en la conveniencia de su aplastamiento5. Incluso cuanto más a la izquierda alcancen sus posicionamientos políticos, cuanto más vea como inevitable el advenimiento de una forma u otra de socialismo, siempre reservará un puesto para lo burgués en ese estado futuro. Es más: casi pondrá como condición del éxito de la empresa, el hecho de no olvidar lo burgués. Por tanto, en toda esta polémica, es preciso advertir que el acento recae no tanto sobre el ataque del contrincante, como en la defensa de lo propio, de lo familiar e íntimamente querido. Dandysmo, nihilismo, esteticismo, decadentismo sólo son adversarios de Mann en tanto que “fríos y orgullosos”. Sabedor de que algunos de estos sustantivos convendrían a su propia obra; quizás se las arregle hasta asumirlos, reconvertidos, eso sí, a cálidos, afectuosos y humildes. En eso, y no en otra cosa, reside lo mejor de su predicado humano-burgués. Los desencuentros, si es que son tales, de Mann con la cultura moderna, nacen todos de aquí, de esta su defensa de lo sensato, de este su empeño en mantenerse en los límites de la razón, de prevenir todo asalto de la misma, sin que esto signifique, ni mucho menos, cerrarse a cualquier manifestación de lo actual, ni la renuncia a la busca formal. Quizás al combatir el Expresionismo, Mann haya combatido antes un fantasma personal que una realidad mundana objetiva, avalada por mil y un publicistas. No por ello se trataba de algo puramente privado. Al contrario: su iniciativa abre los ojos a los que navegan en las cómodas y calmadas aguas de las contraposiciones nítidas y diáfanas entre unas y otras palabras, unos y otros conceptos. Sucede lo mismo cuando nos sorprende uniendo masonería y jesuitismo6. De hecho, lleva a cabo una tarea epistemológica y ética de primer orden, pues los filósofos y los moralistas están demasiado ocupados en sus definiciones analíticas y precisas, tanto que no reparan en lo mucho que tienen en común los supuestos antagonistas. En este sentido, su papel es insustituible, pues precisamos de este artista, de este acróbata saltando entre el vacío de palabras y conceptos, para que haya alguien que se atreva, aun a riesgo de resultar inoportuno, a hablar, haciéndolo sobre todo pronto o a tiempo, de aquello que todavía no habla nadie. Su obra pude funcionar como uno de esos preciosos ejemplos en que uno “toca” la carencia incolmable de un lenguaje universal, filosófico y científico, para penetrar más allá de la epidermis de ciertas realidades, para ejercer un refrescante nominalismo, todo ello sin dejar de ser literatura de ideas.
Verdad, sin embargo, que este empirismo a ultranza puede desembocar en el emborronamiento de cualquier diferencia y es que arrastrados como vamos por este torrente de palabras, uno tiene dificultades para saber quién es quién ni qué es qué. Un autor esteticista que quiere probar su moralismo, un decandente que muestra su marca de burguesidad, un moralista que denuncia el moralismo de los otros, el del literato, un cosmopolita que se burla del internacionalismo plutodemócrata… Quizás el galimatías alcanza su cenit en el momento que nos formulamos una pregunta sencilla hasta la chatedad: ¿es estética la política por naturaleza o, por el contrario, se trata de términos inconciliables? Confieso haber releído varias veces el capítulo XI de las Betrachtungen y no haber conseguido una respuesta. Demasiados ajustes, demasiadas rectificaciones sobre lo ya dicho, demasiada dificultad, en suma, para esconder, o al menos para velar, que el autor lo que realmente quiere es hablar de sí mismo, no, ciertamente, como un tesoro narcisista poseído desde siempre, sino para mostrar los múltiples deslindes a los que se ha visto obligado, a la incesante batalla con las palabras y los prejuicios hasta delimitar la modesta, pero a la postre única, posición propia. Nadie puede llamarse a engaño: ya nos advirtió de que “me aburro cuando no hay nada que amar”. Los dilemas, sin embargo, podrían tener visos de solución, a condición de que no olvidemos la imposibilidad de superar su carácter siempre algo provisional. Por ejemplo, ¿el esteticismo puede ser a la vez del literato y de Baudelaire? Ciertamente sí, pero corresponde al hombre sensato, en cada ocasión, decidir de qué forma le conviene usarlo, como descripción, con desprecio o, llegado el punto, incluso renunciando a su uso. No estamos, pues, ante un crítico literario dispuesto a casarse con significados acuñados por el mismo para siempre jamás, al menos mientras dure su existencia, sino ante un ser humano tratando de abrirse caminos entre una jungla de significados y que, en ocasiones, se fuerza a pensar contra sí mismo, es decir: contra aquello que le resultaría, sin duda, más cómodo. Sabe, sin ir más lejos, que quizás no le fuese mal con el triunfo de los valores representados por la entente , en la “Europa divertida”7 y, una vez más, se enreda en el uso que hace de los términos esteta y político. Su argumentación, mirada con ojos de lógico, no pasaría la prueba y ante él podríamos, con razón, estar tan perplejos como Castorp entre sus dos retóricos impenitentes. Una cosa es, con todo, digna de retener en la memoria en medio de este agotador campo de significados cruzados y no es otra que la reconducción de todo lo que se ha atacado como expresionismo a “su incapacidad de amar lo cercano y real, su culto pueril de lo extranjero y, al mismo tiempo, la prudencia con que elude la vivencia de la realidad foránea”8. Aquí, sin duda, nos encontramos ante una cosecha inequívocamente propia. Todo lo demás, incluidas las fluctuaciones entre Impresionismo y expresionismo, era moneda bastante corriente. ¿Cuántas veces no se han asociado Zola y el naturalismo con el impresionismo, el positivismo cientificista con Seurat, olvidando que si esto pudiese ser cierto, lo sería sólo en sentido restringido? ¿Impresionista Zola? Sólo al precio de pasar por alto que el movimiento impresionista rara vez se ocupó de temática social. ¿Estilo humildemente receptivo y reproductivo del impresionismo, tal como dice Mann9? Bueno, sólo si nos empeñamos en olvidar que no hay pintura inocente, ni cuando es figurativa ni cuando no lo es, ni cuando se queda en medio expuesta a los ataques de unos y de otros. Unos que la acusan de ser el principio de la revolución que conduce al caos, otros de ser todavía demasiado tímida, de quedarse a medio camino, de nadar y guardar la ropa, de encender la mecha mientras corría en busca de buen refugio. En realidad, todo esto debía preocupar muy poco a Mann cuando se decidió a utilizar el término en cuestión. Probablemente confundía Expresionismo y Naturalismo (cuando este último resulta mucho más habitual verlo asociado al Impresionismo). En cualquier caso lo importante para él era que el expresionista (o lo que el entendía por tal cosa) “ha olvidado la vergüenza, la duda de sí mismo y la ironía”10. ¿Podemos todavía concederle esa licencia semántica?
Ciertamente, a Mann le importa poco la peripecia actual que lucha para que la expresión desbanque a la impresión. De hecho, en diversos momentos de su vida mantendrá una relación interesante con autores que en un momento u otro de su carrerea se ven calificados de expresionistas: Gerhardt Hauptmann, Frank Werfel o Gottfried Benn. Tampoco seré yo quien, en el orden plástico, advierta una separación infranqueable entre nuestro autor y un Rodin, un Grosz o un Dix, por no hablar de Mahler en el ámbito musical… No creo, por tanto, que la actitud en extremo irritada de Mann contra el Expresionismo vaya dirigida contra unos artistas o contra unas obras concretas. Va dirigida contra una actitud arrogante, convencida de abrazar todos los recursos posibles, inmisericorde con quien cae fuera de su influencia, sorda, ciega e insensible a todo aquello que, aun tocándola muy de cerca, tiene su origen fuera de ella. Por lo demás, Mann no tiene inconveniente en admitir que “La impresión y la expresión fueron siempre, ambas, elementos necesarios de lo artístico, y el uno sin el otro era impotente…” 11. No tardará en zafarse de cuestiones clásicas, tal la que opone poesía ingenua y sentimental, u otras, de elaboración más personal, como la que opone Vida y Espíritu, de manera similar. Las estructura del argumento es idéntica: no tanto oposición a la Expresión (o al Espíritu) como lucha contra el abuso que hace una determinada época. Tampoco es oposición a lo grotesco y lo satírico en cuanto tales. Del segundo es más bien su uso político lo que se rechaza, dado que, como tendremos ocasión de ver, “la política no puede ser radical”; del primero el hecho de pasarse al querer resultar, por encima de cualquier otra consideración, expresivo, aun al precio de trastocar la verdad reduciéndola a mera cantera de ejemplos de premisas previamente admitidas como válidas: “un expresionismo crítico social sin impresión, responsabilidad ni conciencia, que describa empresarios que no existen, obreros que no existen, una situación social que en todo caso pueda haber existido en Inglaterra hacia 1850…” advirtiendo que estamos ante una prueba inequívoca de “esteticismo infame”12. Nadie, por otra parte, había pretendido hacer de Dickens un científico social, suponiendo que sea de él, entre otros, de quien se habla al referirse a la “sátira social”. La verdad es que uno se queda con ganas de preguntar por qué queda fuera de la propuesta el autor de melodramas o el fabulador sentimental. En otros momentos, tenemos la impresión de que en eso último estriba, justamente, la dirección tomada por Mann: ¿Quién no hubiese intercambiado el odio (expresionista) de lo humano con el mismo odio hacia lo sentimental?, dado que el primero parecía el vehículo expresivo del segundo. Parecía que Expresionismo equivalía a fingir sentimientos que no se tienen o a exagerar los que ya se poseen. Todo menos acordarse con la naturaleza de lo que somos y tenemos: pequeños, mezclados, contradictorios en ocasiones, amenazados de destrucción por el tiempo. Ocurre, sin embargo, que una misma realidad, designada con una sola palabra, Sentimientos o Sentimentalidad en este caso, puede acabar dando a entender cosas muy distintas o asociándose a actitudes muy diferentes. En un caso, la dimensión misma de lo humano, en el otro su exageración hasta volverlo irreconocible. No es la primera vez, ni aún será la última, que encontramos a Mann atrapado en su propio castillo de fuegos verbales. Probablemente hubiese sido mejor no intentarlo, no hablar, no comprometerse. Pero ni aun así: ¿acaso el expresionista, o simplemente el rebotado genérico de los tiempos modernos, sea cuando rompe con la perspectiva, con el clasicismo musical, con la narración tal como la configuró la gran novela decimonónica, no se justifica por su deseo de ir más allá de las palabras? ¿Parte de su arrogancia y de su pedantería, no se materializarían mejor en su mutismo? Seguro que Mann no quiere su compañía, pero entonces no le queda más remedio que ser consciente del crecimiento del embrollo cada vez que lo intenta aclarar. Sólo sería posible salir del atolladero volviéndose niño (natural, premoral), pero a condición de no haberlo deseado. De encontrarse siéndolo. Quien es sentimental por época o por la propia edad, obtendrá muy modestos resultados al pretender volverse ingenuo. Aun así, es el objetivo, aunque como tal esté expuesto a cantidad de objeciones, propuesto por Mann. Del “espíritu”, que es categoría opuesta a “vida” -aunque de inmediato haya que reducir el carácter taxativo de esta oposición- Mann nos dice que “ve iglesias, fábricas, proletarios, militares, policías, prostitutas, el poderío de la técnica y la industria, bancos, pobreza, riqueza, mil formas de vida nacidas de lo humano” y le opone -en lo que casi parece una tomadura de pelo- “la mirada infantil, desprejuiciada y crédula a los fenómenos del mundo”. ¿Acaso esta última vería algo diferente a lo que veía el denostado Espíritu?, ¿algo más que diferencias, desganadamente recogidas por el mero análisis? La constatación decepcionante de que el mundo va a la suya sin la menor consideración hacia el portador de la mirada infantil. Desde luego el grito de guerra a favor del enfriamiento o la pulverización de lo sentimental hacía algo más que estar en el ambiente. Basta con recordar, a título de meros ejemplos, la primera etapa, expresionista por cierto, de un G. Benn o lo que entendía Apollinaire por elogios lanzados al cubismo. Mann, aunque para ello ya le sobraba algún año, hubiese podido reaccionar de la forma que lo haría gran parte de la juventud de 1914, lo que Eric Leed ha llamado “fuga de lo moderno”13 y, ciertamente, a ello parecía abocado habiéndose posicionado, como acabamos de ver, de esa forma en contra del Expresionismo, además de ser muchos -de los cuales obviamente discrepo en muchos aspectos- los que consideran el libro que principalmente nos ocupa una de las muestras más destacadas de este fenómeno. Como cabía esperar, sin embargo, a tenor de esa capacidad proverbial para escapar de cualquier encasillamiento, y haciendo un buen usufructo de los años que lleva a los más jóvenes, Mann introduce el gusanillo del matiz y la paradoja, en la misma categoría de Espíritu, dado que éste, en su actitud analítica a la que nos acabamos de referir, acaba por contraponerse a sí mismo: “Todo ello es tonto, brutal, vulgar y contrario al espíritu, es decir la nada pura”14. Ocioso, a estas alturas, preguntarse cuáles y cuáles no de las manifestaciones artísticas contemporáneas caerían dentro de esta “nada pura”, plantearse, mejor, la mayor rentabilidad de olvidarse de toda teoría, de todo discurso paralelo a la práctica del arte, si es que a la postre, sin que nadie nos fuerce, ni, por supuesto, sin obedecer a moda o atavismo alguno, no acabaremos rindiéndonos a la Belleza -con todo lo problemático que este término sea, cualquier otro arrastraría idénticos problemas- de lo contemporáneo que no hace ascos ni a lo costumbrista, ni a los ruidos cotidianos, al paisaje que ya no evita la presencia de la factoría o el taller, hasta la misma Morgue… En verdad, y tal como nos tiene acostumbrados, Mann dota de un significado propio términos que parecía que ya tenían invariablemente uno, o dos, según se añadiese un uso específicamente filosófico, tal cual es el que ahora nos ocupa; y así el Espíritu manniano si se distingue por algo es por la imposibilidad de ser separado de la relación con su supuesto contrincante, la Vida: “Dos mundos cuya relación es erótica sin que la polaridad sexual sea clara, sin que uno represente el principio masculino, y el otro el principio femenino”15. Cualquiera que conozca la importancia y fascinación que la androginia, más incluso que la homosexualidad, en la obra de Mann, comprenderá qué bien empleado resulta aquí el adjetivo “erótico”.
El triunfo de Eros e Ironía
Es este Eros informe el auténtico Mercurio entre Vida y Espíritu. Ninguno de los dos puede permitirse prescindir de sus servicios. Gracias a él, ninguno de los dos puede ser sólo el mismo. Toda su capacidad de ejercer la respetabilidad y el autodominio, al menos en su propio territorio, la identidad excluyente si se quiere, naufraga sin remisión. Su relación no es de identidad ni de oposición, es diluyente, deslizante, en una palabra: irónica. Ironía es aquello por lo cual ni la Vida ni el Espíritu pueden reposar jamás. Nada extraño, pues, que la Ironía se vea asimilada a cosas tales como la melancolía y la modestia, ni tampoco que lo haga con un sentido del Conservadurismo, que ya no puede pillar a nadie por sorpresa, ni, por último, que contraponga ironía y conservadurismo, de una parte, y de otra, egoísmo y nihilismo. Con todo, no deja de ser una conclusión un tanto extraña del autor de La muerte en Venecia. En aquella obra nos quedaba un cierto sabor trágico al no apuntar por ninguna parte la posibilidad de conciliar la pulsión artística con la burguesidad. Una cierta bohemia, quizás reprimida desde la primera madurez, daba al traste con todos los esfuerzos por ignorarla. Ahora, sin embargo, parece que estemos ante un principio de acuerdo o, al menos, ante la posibilidad de efectuar un paso adelante en dirección a la disolución del problema. Lo que teóricamente parece bloqueado, puede, en cambio, fluir práctica, vital, humanamente. Si la conclusión del relato de 1911 era que “La vida del artista no es una vida digna”16, el “avance” actual cuestiona que haya vida alguna, artística o no, que pueda arrogarse ese calificativo, ni menos pueda prescindir de relación alguna con su opuesto. Es el triunfo de la ironía que obliga a despojarse de una serie de máscaras que, sin embargo, es infinita y en la aceptación de este hecho, radica la humanidad o -en términos prácticamente equivalentes- el erotismo o el conservadurismo. Este último, por cierto, poco tiene que ver con la asunción de actitudes fijas, descuidadas de la relación existente entre la propia representación inmediata y la realidad. Nada ni nadie pueden librarse a esta ley de hierro.
Le hemos leído, citando a Goethe, que “El que obra siempre es inconsciente” añadiendo ahora “Nadie tiene conciencia, salvo el que contempla”17. Y, sin embargo, se apresura a decir: “Pero también la recíproca es verdad: en relación con lo real, el que contempla necesita mucha menor conciencia”. Esto se aplica, sobre todo, a aquel híbrido, aunque mucho más real que cualquier abstracción como serían el hombre contemplativo o el hombre práctico, que es el contemplador dispuesto a actuar, el contemplador práctico, bien olvidado de la distinción de ambos roles, como muy bien hubiera podido advertir Croce. Mann, sin embargo, fuerza las cosas hacia un mayor grado de dramatismo, consciente que el distincionismo croceano hubiese despejado los términos del problema, no lo hubiese detenido. Tenemos así una auténtica cuadratura del círculo para el abordaje de la cual hay que suspender, ni que sea por un instante, esa íntima convicción cotidiana que nos lleva decir “todo es lenguaje”. Aun a riesgo de caer en una u otra forma de premodernismo, hay que salir del lenguaje, al menos de los discursos justificativos de los actores de esta comedia, dado que el contemplador que de antemano estaba libre de cualquier tentación de radicalismo, no puede, sin embargo, sustraerse al mismo en el momento que abra la boca o actúe, lo cual, antes o después, como cualquier mortal, no va a poder evitar. El político hombre práctico que sí partía de una asumida condición radical, por el contrario, devendrá, nolens volens, moderado forzado a la mediación. Llegados a este punto ¿tiene sentido que Mann siga atacando al mal de la política?, ¿no ha sido él mismo quien nos ha puesto en las manos los medios para liberarnos de cualquier maniqueísmo?
Esta convertibilidad es para Mann tan inevitable como que el otoño suceda al verano, es inocente y amoral cual un niño. El mal sólo la capta para su causa, en tanto la oculta o la simplifica, al romper la síntesis de la que emana, al enviar al reino de las tinieblas la percepción y comprensión de la misma, de la inevitable fluctuación18. Ese es, también, el agosto de toda forma de inmoderación: orgullo, petulancia, verborrea. Con todo, falsearíamos la situación si identificásemos esa conclusión con la propia de la obra. Ésta queda por detrás de lo que los numerosos, sin duda, apuntes de Mann prometían.
Desafortunadamente, lo que queda en primer plano es, por una parte, lo que uno no sabe muy bien si se trata de una verdad manida o del resultado de una larga, lúcida y, sobre todo, vivida meditación: “el problema del hombre no es nunca jamás políticamente soluble”19. Por otra, una fundamentación ilusoria de lo que será Brest-Litvosk. Para Mann se trata de una cuestión de solidaridad entre lo dos estados considerados, para él, honorablemente vetustos. Supongo que ignoraba hasta qué punto el propio Lenin estaba interesado en esta paz por separado y, en cualquier caso, lo poco que el hecho en sí tiene que ver con supuestas motivaciones nobles e ideológicas, ni menos de acercamiento entre dos pueblos y dos culturas que han decidido reservarse antes de entregarse en cuerpo y alma a los valores de la modernidad, los de sus enemigos en esta guerra. Por último, y esto como indiscutible acierto, algo más que una premonición de un próximo, cercano conflicto (“Y antes de que los que ahora son hombres bajen a la tumba / y que los que ahora son niños se hayan hecho hombres…”). Pocos fueron los que escaparon al ambiente eufórico de la postguerra de la guerra que iba a acabar con todas las guerras. Sólo por ello ya merecería nuestra consideración. Aquí, sin embargo, hemos tratado de demostrar que sus cualidades como teórico político van más allá de este éxito que, con todo, no es más que coyuntural.
© Francesc Morató
NOTAS
1 Betrachtungen eines umpolitischen, tr. española Consideraciones de un apolítico, Grijalbo, Barcelona,1978.
2 Op. cit. p. 86.
3 Ibídem p. 555.
4 Eso es al menos lo que nos transmite su hijo, Golo, en su libro Una juventud alemana. Memorias (1986). Véase al respecto el capítulo titulado Heidelberg y la crisis. Tr. española: Plaza y Janés, Barcelona, 1989.
5 Hay aquí una curiosa coincidencia con V. Pareto, el sociólogo que veía la historia como un “cementerio de aristocracias”, preocupado por el destino de una clase auténticamente laboriosa y productiva. Dice Pareto en el 913 del Compendio di sociologia generale: “Por lo que hace a los patrones, lo cierto es que muchos de ellos son “especuladores” y esperan aprovecharse de los perjuicios de la huelga con la ayuda del gobierno y a expensas de los consumidores o de los contribuyentes. Sus litigios con los huelguistas son litigios de cómplices con tal de repartirse la presa.” (Turín, Einaudi, 1978). Ese temor a la coincidencia entre reivindicaciones mercantilistas y sociales, no hay duda de que corre el peligro de ser de forma excesivamente rápida despachado como prejuicio pequeño burgués. De hecho es lo que ha sucedido si dejamos a un lado estimulantes posiciones personales como las de H. Arendt al ocuparse de conceptos tales como el de populacho (“los desechos de todas las clases”) o el de hombres superfluos, aún hoy prácticamente ignorados por todos los predicadores de la retórica humanitarista vacía.
6 Croce también los había unido en su Filosofia della pratica de 1909, hoy en Nápoles, Bibliopolis, 1996.
7 Op. cit. 86 y 312-7.
8 Ibídem p. 578.
9 Op. cit. p. 575.
10 Ibídem p. 578.
11 Ibídem p. 576.
12 Ibídem p. 577.
13 Cfr. E.J. Leed No Man’s Land, Combat & Identity in World War I, Cambidge University Press, 1979.
14 Op. cit. p. 583.
15 Ibídem p. 580.
16 Ibídem p. 584.
17 Ibídem p. 590
18 No es difícil encontrar aquí y allá elementos que conducirían a una especie de teodicea laica en el ámbito de los autores modernos. Me he ocupado de este asunto en el caso de Croce (Estado y partidos en el pensamiento de Croce 9, en Res publica 6, Junio 2000), pero hay otros autores que también han dejado sabrosos apuntes en esta dirección. Así J.P. Sartre en el magnífico prefacio al ensayo de R. Stéphane Retrato del Aventurero de 1950, escribió: “Sin embargo, una ciudad socialista donde los futuros (T.E.) Lawrence fuesen radicalmente imposibles, me parecería esterilizada. E incluso si Lawrence, a los ojos de los socialistas, fuese el Mal, sostengo que el fin no debe ser suprimir el Mal, sino conservarlo en el Bien.” (Paris, Grasset, 1965 o Sartre Situations VI)
19 Op. cit. p. 599.