¿Se puede entender Hiroshima (Una aproximación crítica)?
Señores: las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso: todo está preparado para ello; señores, miradlo bien; ya no hay resistencias ni físicas ni morales; (...) no hay resistencias ni físicas (...) porque (y menciona los adelantos de la época), ...no hay fronteras (...), no hay distancias; y no hay resistencias morales porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos.(Juan Donoso Cortés, en su “Discurso sobre la dictadura” pronunciado el 4 de enero de 1849)
Soy de la opinión de que el progreso, es decir, el progreso visible, material, acelerado, es siempre un síntoma del fin… ¿Será -nuestro siglo- aquel que había progresado tanto que le había sido dado ser el último? (W. Soloview en DreiGeschpräche, Bonn, U.T. Verlag, 1947)
Cómo entender Hiroshima? ¿Dónde está su sentido, su origen, su causa? ¿Cuál podría ser su fin? Al menos desde tiempos de Demócrito, Leucipo o Lucrecio sabemos (y ya era saber entonces) que el Universo estaba formado por una combinación aleatoria y mecánica de átomos (gr. “a-tomos” = in-divisible). Pero aquellos atomistas, pese a ser materialistas, respetaron los átomos, y estos fueron olvidados.
Pasaron siglos, milenios, civilizaciones enteras y nadie tuvo la mala tentación de tocarlos. Y ahora (hace sesenta años), dos días como quien dice, vienen unos señores que saben del átomo poco más que Leucipo y deciden que hay que “abrirlo en canal” rápidamente -cosa que se conseguirá en apenas seis años- para “explotar” su poder y así ganar la guerra. Pero decir que el motivo de aquella barbaridad sin parangón en la historia del hombre era poner término a la II Guerra Mundial o ahorrar bajas norteamericanas es además de una indecencia moral, un insulto a las víctimas y una mentira, por la sencilla razón de que aquella guerra estaba ya ganada.
Entonces, ¿dónde buscar el origen de aquella tragedia? ¿En la política, en ciertos intereses, en algunos hombres? ¿Pero es que realmente los humanos somos tan malos? Digo más, ¿somos tan necios? Yo personalmente no lo creo. No creo que Hiroshima pueda ser producto de una mente, un corazón o una voluntad humana -ni individual ni colectiva- y menos aún fruto de la fatalidad, de la casualidad o de las “fuerzas ciegas desencadenadas”. Y, sin embargo, Hiroshima está ahí, petrificada para siempre en la memoria, interpelándonos… ¿o quizás amenazándonos?... en toda su rotunda iniquidad, con toda su absoluta inanidad e inimitable sordidez…
Ya perpetrado el gran holocausto (del gr. “holokaustos” = cremación total) de Hiroshima y viendo las consecuencias inmediatas -que comentaremos más adelante- que el evento había tenido para él y para sus compañeros de “Los Álamos”, el propio Robert Oppenheimer se preguntaba: “¿Hemos hecho la labor del diablo?”.
Después de pensarlo mucho a mí sólo me queda una sospecha: ¿por qué se hacía Oppenheimer esa pregunta...?
Y es que Hiroshima tiene algo de “numinoso”, de “espiritualidad invertida” que nos sorprende y nos inquieta. ¿Nos habremos equivocado los modernos des-terrando de nuestra vida a Dios y al diablo? Y es que como ya dijeron tantos sabios en el pasado y Attilio Mordini nos recuerda ahora: “La guerra entre Lucifer y San Miguel Arcángel transciende la Historia y dura todavía hoy, también y sobre todo en la Historia. Es una guerra que transciende la Historia y que deberá resolverse en la Historia, precisamente a causa del misterio de la Encarnación. Lucifer es el jefe de los ejércitos de la nada, de esos bloques de fuerzas que tienden a la nada o a ellas mismas (lo que es exactamente lo mismo)”. (Il mito primordiale del cristianesimo).
Ahí está la clave: HIROSHIMA TRANSCIENDE LA HISTORIA
Hiroshima es el resultado de algo que sigue un “iter” propio, de un largo camino muy concreto que trasciende el tiempo, pero también el espacio, las naciones, las inteligencias y las voluntades más diversas.
Por eso Hiroshima no es imputable a nadie, por eso ni siquiera podemos enfadarnos con ese militar -innombrable- que participó en el bombardeo y que en su 60 aniversario decía tan ufano que lo volvería a repetir.
¡Pobrecillo, sólo es la piececita más sucia y oscura de la Gran Maquinaria, como diría Abel Posse, y no lo sabe!
¡Que se lo pregunten al viejo Asmodeox! ¡Cuántos sofismas, mentiras, pasiones y enredos ha tenido que sugerir, inventar y maquinar para llegar a tan extraordinario resultado!
Conquistar y/o destruir la Creación lo anhela desde el principio de la historia, pero no podía hacerlo sin contar con la colaboración de ese centro cósmico, de ese axis mundi que es el hombre, que fue creado para vivir tranquilo y confiado bajo la atenta y amorosa mirada de Dios. Por eso, como primera medida, Asmodeo “cerrará el Cielo” para el hombre y comenzará a suscitar en éste una mentalidad, una “civilización”, una cultura y una ciencia materialistas adecuadas para la materialización de sus planes. Lo intentó varias veces en el pasado, pero el hombre antiguo aún veía algo de Dios en su mundo y no era fácil de engañar. Además su corazón era demasiado “joven” (léase, noble) todavía no había llegado a su “adultez”.
Asmodeo tuvo que esperar. Nuevo intento de consolidación de una mentalidad materialista, atomista, para más señas que, a su vez, engendrará una ciencia “ad hoc”, la Big Science que dará paso a la “tecnología” pertinente al “experimento” .
Pero para llevar a cabo esta “gran obra” de “concentración y disolución” (coagula et solve) necesitaba concitar fuerzas no sólo de distinta naturaleza (física o metafísica) sino además antagónicas, incluso opuestas, de manera que las limitaciones de cada una de ellas fueran suplidas con eficacia por las contrarias (coincidentia oppositorum). Y no sólo fuerzas, también actitudes humanas, voluntades, y de algo que es fundamental: de estas con aquellas (nos referimos a lo que Guénon llama la “armonización del macrocosmos con el microcosmos” y de la cual hablaremos más adelante).
Asmodeo sabía que tenía que llegar a un “doble pacto” con el hombre (por ser este el único eje en torno al cual se pueden concitar todas esas “fuerzas” del cosmos) y además debía hacerlo en el momento histórico preciso (hic et nunc) en que el Progreso ((des-tierro, (que no entierro) de Dios, des-humanización (que no emancipación) del hombre y des-naturalización (que no culminación) de la ciencia)) lo permitiera y con las condiciones, muy especiales desde luego, de “presión y temperatura” precisas que le procurará un conflicto bélico mundial. Este, que no será la causa, ni la espoleta del holocausto nuclear, sí actuará en cambio como catalizador del proces o de forma que sin él Hiroshima nunca se hubiera producido.
Pero todavía a esta “obra maestra” le faltaba algo (no podía ser de otra manera), un toque “genial” y un “enredo” final.
Resulta que aquella ciencia materialista, la Big Science, lograda con tanto esfuerzo, al convertirse en “tecnología” para poder crear el tejido industrial que convenía al “experimento”, se degradó y llegó a este ya agotada... encontrándose -por añadidura- con una barrera -¿espiritual?- insuperable: ¡las partículas subatómicas no obedecían las leyes de Newton!
Asmodeo estaba desesperado, ¿conseguirá alguna vez convertirse en el Amo del Mundo, el Princeps huius mundi anunciado por los profetas?
De nuevo tuvo que esperar y permitir el renacimiento, en otras circunstancias diferentes, claro está, de la ciencia espiritual o idealista de la Naturphilosophie antaño reprimida, que le procurase la “tecnología punta” (derivada de la “física cuántica”) que precisaba para superar los últimos desafíos del “atomicidio”. Pero de nuevo aparece una nueva dificultad. Esta “física cuántica” espiritualista ha sido alumbrada por una elite científica de físicos-filósofos (casi todos ellos serán premios Nobel) de gente “de orden”, es decir, creyentes y contrarios al “atomicidio”, de manera que aun cuando intentan perpetrarlo, al no haber una “armonización cósmica”, o en su defecto un “pacto fáustico” (no olvidemos que el “atomicidio” es una transgresión metafísica), hasta los mismos quanta (¿de naturaleza espiritual también?) parecen rebelarse (tesis de Sheldrake).
De nuevo Asmodeo tendrá que mover el tafanario y apoderarse de esa “tecnología o mecánica cuántica”, sacarla de su contexto y “armonizarla” en el lugar y con las personas adecuadas a sus propósitos. ¿Cómo lo hará?
Los antiguos lo sabían
¿Cómo una mente humana fue capaz de gestar semejante barbaridad ahora, precisamente ahora que ya rozábamos con los dedos esa Arcadia feliz preconizada por los Sumos Sacerdotes de la Modernidad, de la Ciencia y del Progreso?
Como decíamos anteriormente, tras la ruina del Medievo y la recuperación para Occidente (Galileo, Descartes, Gassendi) de la mentalidad materialista de los atomistas, el mundo anglosajón, al albur de sus intereses, se dedicó a su desarrollo más metódico, sistemático y cabal que se pueda imaginar.
Era cuestión de ciencia y tecnología, se dirá, no sin fundamento ciertamente, pero esto sólo explica el cómo, no el porqué de la cuestión.
La razón, como veremos más adelante, es mucho más profunda, pues si tan sólo de ciencia y tecnología se trataba, ¿por qué entonces no lograron la bomba las grandes figuras de la física del momento como lo eran Planck, Hahn, Strassmann, Mach, Pauli, Bothe, Diebner, Heisenberg, Von Weizsäcker, etc. en una Alemania adelantadísima al resto de los países y que ya en 1938 tenía -teóricamente- todo lo necesario para fabricar la bomba y, en cambio, sí la consiguieron unos americanos desconocidos como Morrison, Wilson, Rabi, liderados, eso sí, por los Szilard, Wigner, Teller, Frisch, Neumann… que habían sido físicos de segunda fila o ayudantes de los sabios alemanes? ¿Era la ciencia alemana de entonces o los Heisenberg, Bothe, Hahn o Planck inferiores o “más torpes” como se ha llegado a afirmar, que la angloamericana de los Wigner o los Teller? Sólo este elocuentísimo detalle da mucho que pensar.
Y no sólo eso, el éxito de los “segundones” en Los Álamos fue tan clamoroso como el fracaso de los grandes físicos alemanes del Uran Verein (Círculo del Uranio) que aun yendo por delante de aquellos (1938, O. Hahn, 1ª fisión nuclear; 1941, W. Heisenberg, 1ª reacción en cadena, etc.) se “atascaban” en sus experimentos como si “algo” o “alguien” les impidiera avanzar en este asunto del “atomicidio” (mas no, curiosamente, en el resto de los grandes temas de investigación como el avión a reacción, los cohetes balísticos, etc.).
¿Qué estaba ocurriendo realmente? ¿Cuál era el verdadero fondo del problema?
Quizás no se trataba sólo de una mera cuestión física o tecnológica. Nadie con un mínimo de sensibilidad y de categoría es piritual (o humana al menos) podrá negar que aquí estamos ante una gravísima transgresión, pues al dividir lo que no se debía dividir se estaba traspasando el umbral de la física hacia otras regiones de la Realidad (Metafísica) que no le estaba permitido al ser humano visitar porque… ¿no sería preciso acaso un pacto previo, al menos tácito, con las fuerzas oscuras para adentrarse en sus dominios?
Aquí entramos ya de lleno en el ámbito de la Escatología y de la Teología de la Historia... pero vayamos por partes. ¿Era el hombre antiguo menos sabio o expeditivo que el moderno? Creemos sinceramente que no. Es más, creemos incluso que sería más correcto afirmar lo contrario, ya que al estar más próximo a los orígenes, el hombre antiguo conservaba todavía, como “recuerdo”, un “sexto sentido adámico” olvidado por nosotros, que le “avisaba” de los límites de las cosas y de aquella sabiduría inmanente y trascendente que permea todo el Cosmos. Era ese “sentido común transcendente” lo que hacía evidente a sus ojos la absolutidad del SÍ y la relatividad de lo contingente. Era eso que los clásicos griegos llamaron nous, los escolásticos medievales intellectus, los hindúes buddhi, o los sufíes rüh. Como citábamos al principio, ya en 1900 W. Soloview había declarado en sus Tres diálogos: Soy de la opinión de que el progreso, es decir, el progreso visible, material, acelerado, es siempre un síntoma del fin. Y hacía un pronóstico: ¿Será -nuestro siglo- aquel que había progresado tanto que le había sido dado ser el último? (en Drei Geschpräche, Bonn, U.T. Verlag, 1947).
Pero además... ¿todo “progreso” es positivo per se? ¿Qué entendemos en realidad por “progreso”?
Entre los innegables logros materiales que el hombre -made self-, es decir, haciéndose “moderno”, ha ido alcanzando a lo largo de “su” larga historia, que es la de su huida del Paraíso en busca de la “adultez” total, en esa progresiva emancipación del Padre que le creó, ¿no habrá permutado, cambiado, enajenado, perdido o hipotecado algo por ese camino que, sin saberlo, le conduce en realidad ad Alterum (hacia “el Otro” personaje del Paraíso)?
El muchachito Little Boy...¿era sólo una bomba?
Se oye a menudo decir, para disculparles, que Oppenheimer y los demás “sabios” del Proyecto Manhattan no sabían muy bien cuáles podían ser las consecuencias de la fisión nuclear y que la devastación de Hiroshima les sorprendió1. Nosotros, por el contrario, estamos convencidos de que si en lugar de ser el presidente Roosevelt el destinatario de aquella primera carta2 que le envió Einstein induciéndole a fabricar la bomba atómica lo hubiese sido un simple piel roja, este se habría quedado horrorizado y le habría dado -aun siendo lego en la materia- aquellos terribles detalles que el célebre científico decía desconocer. ¿Absurdo? Recordemos las predicciones catastróficas (e inimaginables en su época) que varios jefes pieles tojas hicieron sobre el futuro de las ciudades norteamericanas y de la civilización occidentalmaquinista3 que les despojaba de sus tierras, ¿no se han visto cumplidas fielmente, por desgracia, en la actualidad?
O, por otro lado, ¿cómo se explica que un monje anónimo del siglo XV cuyo nombre Dios conoce fuera capaz de pintar unos frescos sobre el Apocalipsis en el monasterio “Dhionyssion” del monte Athos donde aparecen, ¡atención!, un seísmo, un bombardeo, unas casas arrasadas, unas gigantescas langostas volantes que recordarían a los aviones modernos, si no fuera por su inusual brillo metálico, y, ¿cómo no?, una columna de humo ascendente expandiéndose como un colosal champiñón idéntico al hongo de Hiroshima…
¡El espectáculo es impresionante! Pero nos fijamos en las langostas, ¿por qué tienen ese brillo metálico, si los aviones a los que parecen aludir aunque sean de metal no lo muestran ya que invariablemente son pintados?
Ahora abrimos un libro de historia por el siglo XX, año 1945, 6 de agosto: Hiroshima. Primera Explosión Atómica. Vemos las fotos. ¿Y los aviones? Ahí están el “Enola Gay” y los otros cinco B-29 que le acompañaron. No son panzudos como otros cargueros, sino alargados como langostas y brillan como un espejo. ¡Algo insólito en la aviación militar! ¿No fueron pintados acaso para que llegado el momento pudiéramos identificarlos con los ortópteros apocalípticos del monte Athos?
¡Sí! la “superfortaleza” “Enola Gay” acababa de “alumbrar” al “muchachito” Little Boy (que fue el nombre dado a la bomba) y que al explotar -y viendo ascender vertiginosamente el gigantesco hongo gris verdoso- hizo exclamar al artillero de cola Rob Caron: ¡Dios, mira como sube ese hijo de puta!4.Y el presidente Truman al recibir esta noticia: ¡Ah, “el niño” ya ha nacido! Pero ¿qué tenía de especial aquel evento que al referirse a él el común de los mortales, ora sabios, ora ignorantes lo hicieran dotándolo de personalidad propia?
Etienne Perrot comentará: El Señor de los Señores ha nacido. Su destello mortal rasgó el cielo de Asia la mañana del 6 de agosto de 1945 (= 6) el día en que la Iglesia celebra la Transfiguración de Cristo, llamada por los ortodoxos “Fiesta de la Metamorfosis” (Atlante Fugitive). ¿Casualidad? ¿Casualidad también que se llamara Trinity (Trinidad) a la primera explosión atómica -de prueba- de la historia producida en el desierto de Álamo Gordo (Nuevo México) el 16 de julio de 1945 (= 6) auténtica “epifanía” del poder cósmico domesticado por el hombre? ¿Pero quién le dio a éste, como diría Giovanni Papini, tanto poder? ¿Qué le hizo recitar en aquel momento a Robert Oppenheimer, director de “Los Álamos” y padre de la criatura, el célebre versículo XI,12 de la Bhagavad Gita: Si el resplandor de mil soles estallase de golpe en los cielos sería comparable al esplendor del Gran Ser?
En este contexto, la cosmología hindú, más precisa en este punto que otras, asegura que el Pralaya final (su apocalipsis) acontecerá cuando los átomos constitutivos de la materia sean disueltos, entonces sólo quedará la energía en su estado puro, refiriéndose con ello no solamente a un eventual “holocausto” como el perpetrado en Hiroshima por aquellos científicos de Los Álamos jugando a diosecillos, sino que alude sobre todo al orden sutil y a su proyección escatológica. ¿La Era de la Gran Parodia “anticrística” anunciada por todas las tradiciones? Hay algo que, no obstante, se intuye cuando, sin pensarlo ni pretenderlo, personalizamos el fenómeno unánimemente al decir “Little Boy”, “cómo sube”, “el Señor”, “Gran Ser”, “ha nacido”, etc., pero que sin embargo los “sabios” modernos en su ceguera metafísica no podían ni sospechar. No, en su mentalidad eminentemente empírica y utilitarista no podía entrar, aunque lo intuyesen, algo que como hemos visto, postulaban sin embargo ya, en el siglo XVIII, los Naturphilosophen románticos alemanes, a saber, que la Naturaleza tenía alma, que el Cosmos era un Todo interrelacionado y que hay límites que no se pueden transgredir impunemente pues “lo sagrado” estaba allí presente. Era esa “dimensión sutil” de la materia que, ya entrado el siglo XX, un continuador de aquellos, el físico alemán Werner Karl Heisenberg comprobará experimentalmente al descubrir que el observador influye en lo observado, que era imposible predecir con certeza ni objetivar el fenómeno físico y que incluso las partículas subatómicas se comunicaban entre sí instantáneamente a grandes distancias5.
El cosmos también cuenta
¿Todavía ignorantes “los antiguos”? No, en absoluto. Si los antiguos no se dedicaron al estudio “experimental” de los “átomos” de los que ya hablaban o de otros fenómenos del cosmos no era sólo porque no les interesaba ese conocimiento grosero o su eventual aplicación en una “producción industrial” cualquiera, sino sobre todo porque sabían lo que sucedería si abrían tal caja de Pandora. Item más, porque el propio cosmos, “su” cosmos particular, no se prestaba a ello -como muy bien explica René Guénon en El Reino de la Cantidad- en virtud de la “correspondencia analógica” que existe entre el “microcosmos” y el”macrocosmos”.
Por la misma razón, pero en sentido contrario, la mentalidad materialista hogaño imperante y el estado actual del cosmos están de alguna forma “armonizados”, la una con el otro, de suerte que en la fase presente del “desarrollo cíclico” a que hemos llegado (o sea, del Kali Yuga) el cosmos esta suficientemente “materializado” o “solidificado” como para no dejar aparecer a los ojos del “sabio” más que su mero aspecto material o cuantitativo -que es, además, el único que le interesa a este- ocultando otros aspectos de la Realidad que nuestros “sabios” no podrían ni imaginar, como constatará más adelante elocuentemente el célebre astrofísico alemán Wernher von Braun. Y no se trata aquí de una forma de hablar meramente metafórica, como algunos podrían pensar, sino de la expresión pura y simple de un hecho: ante la mirada profana y profanadora del sabio moderno, el cosmos ha tornado su transparencia metafísica en opacidad: Nadie ha levantado mi velo jamás, dice la diosa Isis. Ocurre de la misma manera -señala Guénon- como cuando se produce la huida espontánea e instintiva de los animales ante aquel que les presente una actitud hostil.
Sin embargo, afortunadamente, la solidificación (o coagula...) del mundo nunca llegará a ser completa, porque, como dice Guénon, a medida que avanza en ella esta se vuelve cada vez más precaria y porque al ser además la realidad más infer-ior (o infer-nal) en este mundo, resulta ser también la más inestable.
Esta inestabilidad es la razón de la velocidad progresivamente acelerada con que se producen los cambios del mundo actual. Y demuestran precisamente que su inestable equilibrio está a punto de romperse. Lo que sería deseable, como mal menor, antes de llegar a una “disolución” o “volatilización”, en el sentido alquímico de coagula et solve6 cuyos pródromos más elocuentes los encontramos ya en las ruinas de Hiroshima.
Dos mundos, dos mentalidades, dos paradigmas
Aunque Max Planck había fundado en 1900 la física cuántica, cancelando en lo que al átomo se refiere, la llamada “clásica” de Newton, en el Reino Unido parecían no haberse enterado. Por eso, cuando en 1911 Ernest Rutherford descubre que el átomo tenía un núcleo y poco más, sigue concibiendo el conjunto a la manera de Newton, es decir, como un sistema planetario (lo que, como es sabido, no tiene nada que ver con la realidad) y que le impedirá, a la postre, seguir avanzando en su labor “atomicida”.
Ya en los “felices años veinte” (Inglaterra ha consolidado su imperio venciendo en la I Guerra Mundial) Rutherford descubre el protón. ¿Se habrá acabado ya la racha de mala suerte? Hasta 1932 su discípulo James Chadwick no encontrará el neutrón. Unos resultados sin embargo demasiado pobres para un esfuerzo de “bombardeo” tan reiterativo, arduo e intenso. El mismo Rutherford reconocerá en 1932 que la energía que se puede obtener rompiendo el núcleo es bien poca cosa.
Por entonces, Enrico Ferni se sumaba también en Italia a la “causa atomicida” con resultados parecidos y la misma obsesión: ¿cómo “cortar” el núcleo?
Para Alemania aquellos años veinte no eran tan felices (había sido derrotada y expoliada en la I Guerra Mundial y ahora sufría además la amenaza bolchevique). Sin embargo aquel colapso la hizo rebelarse tanto contra los valores burgueses del mundo anglosajón como del frío racionalismo francés, iniciando “la marcha hacia el bosque”, hacia su propia tradición romántica, a la Naturaleza, a sus filósofos, a sus esencias más queridas, dando lugar a aquella floración cultural ya citada conocida como Konservative Revolution. De esta forma, la ciencia idealista de la Naturphilosophie volvía a estar presente en los laboratorios y en las universidades como fundamento y estímulo de la recién nacida física cuántica. Así, en 1935, G. Hermann publicará en Berlín Die “Naturphilosophis-chen” Grundlagen der Quantenmechanick [Fundamentos “naturfilosóficos” de la mecánica cuántica], un clásico que anunciaba un cambio de paradigma para la ciencia en Occidente, pero que decía mucho también del entusiasmo “conservador-innovador” (con su gran amor por la Naturaleza, etc.) y de la mentalidad imperante en aquella sociedad alemana de entreguerras.
or eso no debe extrañarnos que fuera una química alemana llamada Ida Noddack quien, partiendo del átomo verdadero (es decir, el de Planck, no el de Rutherford), consiguiera encontrar la solución al viejo y manido problema de la “fisión nuclear”.
Sin embargo, como dice Bertrand Goldschmidt: La idea era tan revolucionaria y Noddack estaba tan lejos del “club de los constructores de átomos”, que se la rechazó sin más excusas, y su autora se contentó con publicarla, sin tratar de verificarla. La historia del mundo pudo haber cambiado entonces7.
Los atomistas como Joliot-Curie, Rutherford, Fermi, etc. tendrían que esperarse hasta 1938 en que los alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann re-descubran la “fisión nuclear”. Asmodeo, desesperado, tuvo que soplar a la oreja del joven Robert (Oppenheimer, naturalmente) que fuera a aprender a Alemania, cosa que el bueno de Robert hará, con aprovechamiento, durante cinco largos años, hasta lograr doctorarse. Pero no será el único en buscar la tecnología punta en Alemania, casi todos los que serán sus futuros colaboradores (Bethe, Szilard, Wigner, Teller, etc.) e incluso Einstein tenían sus raíces o se habían formando como físicos en la patria del Dr. Fausto...
¡Por fin llega 1938! Otto Hahn y Fritz Strassmann descubren para los atomistas la “fisión nuclear”. Ahora sí que había comenzado la cuenta atrás para Hiroshima, pero el bueno de Otto ni siquiera lo sospecha y le falta tiempo para contarle el descubrimiento, con todo lujo de detalles, a su antigua ayudante, la israelita Lise Meitner que, por temor o por rechazo de los nazis, se había exilado en Suecia. Y, ni que decir tiene, faltaría más, Lise contó rápidamente el hallazgo a su sobrino, el físico Otto Frisch, que junto con Rudolf Peierls se habían exilado a su vez en el Reino Unido donde trabajaban para su nueva patria. Estos consiguen repetir el experimento y publican su informe en la revista Die Naturwissenschaften, que causa un revuelo tremendo en la comunidad científica del mundo entero. Pero no queda ahí la cosa, Otto, que sigue pensando en sus quanta, y en su Naturphilosophie, se dedica a divulgar por su cuenta sus experimentos. Así, el 29 de abril de 1939 podemos encontrarle en Washington nada menos, explicando con todos los pelos y señales la reacción en cadena que desataba la fisión del átomo y la enorme cantidad de energía que se derivaba de la misma. Pero entonces Einstein, que llevaba ya “seis” años viviendo en los Estados Unidos, se da cuenta de la aplicación bélica de esa energía y, tras varios intentos baldíos, pues ni siquiera había estallado la guerra, consigue que el presidente Roosevelt le reciba para entregarle su primera carta de “recomendación” (le llegará a enviar hasta tres) para fabricar la bomba atómica contra Alemania. Aunque Roosevelt se muestra muy poco entusiasmado con la idea (lo mismo sucederá con Churchill), Asmodeo, que ya columbra “su Obra” (coagula...) con su Nueva Era, exulta de alegría. Por su parte, el pobre Otto, al “caer del guindo”, como veremos, desesperado, intentará suicidarse.
Pero Otto no era el único ingenuo de este mundo; también su compatriota, el célebre físico-filósofo Werner Karl Heisenberg, hacía una gira científica por los EEUU aquellos días.
La estrella de la física cuántica alemana brillaba en lo más alto. Y no sólo la física, también la metafísica (o, si se prefiere, la filosofía, la epistemología, la teología o la philosophia perennis, etc.) era predominantemente alemana. Los llamados Naturphilosophen antes citados (Schelling, Oken, Carus, Kerner, Görres, los Schlegel, Tieck, etc.) o sus continuadores (Eucken, Simmel, Troeltsch, Othmar Spann, Heidegger, etc.), por no hablar de los maestros como Suso, Eckhart, Goethe, Von Baader, Jacob Böhme, Hölderlin, Novalis, de tanto peso en el imaginario intelectual -e incluso popular- alemán concebían en general el mundo en una visión holística (o “paradigma holigráfico”), como un Todo único, como una Totalidad armónica superior donde las partes y el todo forman una unidad orgánica jerárquica e indivisible.
Nadie dudaba de la bondad intrínseca de la sentencia de Schelling, el gran Naturphilosoph: El hombre debe ser uno con la Naturaleza, y amarla profundamente, pues gracias a ese amor la conocerá mejor y se conocerá mejor a sí mismo.
Este era el substratum común a todas aquellas corrientes de pensamiento que surgieron en el periodo de entreguerras que Armin Mohler ha calificado como “Revolución Conservadora” (Die Konservative Revolution) 8 y que implicaba un rechazo frontal tanto del pensamiento cartesiano o analítico- discursivo, como de la concepción liberal que había dado al traste con la Tradición, y no digamos de su vieja ciencia mecanicista, con sus técnicas invasivas y analíticas, etc. Además consideraban que su virtual fragmentación en conocimientos especializados, sin una visión global (Gestalt), sin una cosmovisión (Weltanscha-uung) que los uniera y relacionara, era una aberración que terminaría indirecta pero inexorablemente en la Violencia total. Este era el común sentir, la atmósfera de la época, que se irá extendiendo por el resto de Europa continental. Así, el francés Germain Bazin llegará a preguntarse: ¿Se ha instalado Lucifer, desposeído de su reino, en el interior de la inteligencia humana, pronto a enfrentarse incluso con Dios, sirviéndose de las fuerzas prisioneras, sin tener siquiera la humildad de admitir que siempre se le escapará el total encadenamiento de las causas y de los efectos. Si nuestra ciencia es múltiple, esta multiplicidad prodigiosa ¿nos acerca más o nos aleja de la Unidad, estado del Ser Absoluto, del que está excluido Satán?
A nadie puede extrañar ya la inoperancia “atomicida” -o el “fracaso”, si se prefiere- del proyecto atómico alemán, tan influido por los sagrados principios de la Naturphilosophie y que tenía como director a un tipo como el “filósofo” Werner Heisenberg, abstemio, humanista, entusiasta de las salidas al campo, donde platicaba con su grupo de jóvenes sobre el orden central y jerarquizado del cosmos, con un Dios trascendente -pero humano- en el centro, etc., o con una figura como Max Planck, el fundador de la física cuántica y que, católico ferviente, se declaraba “antiatomista”, al igual que Mach, o el también “filósofo” Karl Von Weizäcker, que mostraban idénticos escrúpulos, etc., y todos se hacían más o menos esta reflexión: Si Dios es el Señor de lo Absoluto, del Ser, de la Totalidad y de la Unidad. y mi jefe Lucifer (que ya escogió la nada para no tener que servir a Dios) es el señor de la nada, es decir, de lo relativo, del No-Ser, y su afán es dividir (diábolos, el que separa), y disgregar hasta la nada… ¿acaso la idea, la simple idea, de la bomba atómica (es decir: fisión nuclear, reacción en cadena, dispersión de neutrones, disgregación y reducción a la Nada) no era ya una idea pura, cabal y profundaespais mente diabólica? O sea, que el mero peso de sus propias convicciones y creencias ancestrales, y sin necesidad de entrar en otras consideraciones políticas ni metafísicas, hacía que los miembros del Uran Verein se sintieran ya verdaderamente incómodos con esa idea de “diseccionar” el átomo, después “cortar” el núcleo, etc. con el único fin de lograr una destrucción sin límites.
Incluso muchos años después de acaecidos aquellos hechos, el celebérrimo ingeniero Wernher von Braun, inventor de las bombas volantes alemanas V-1 y V-2, y, tras la derrota del III Reich, creador del cohete estadounidense Saturno-V, amén de líder indiscutible de todo el programa espacial norteamericano, todavía compartía la misma honda inquietud ontológica y teológica de sus viejos ancestros:
“El vuelo espacial tripulado es un logro sorprendente, pero hasta ahora sólo le ha abierto una pequeña puerta a la humanidad para dejarle ver el imponente alcance del espacio. Una mirada a través de esta mirilla hacia los vastos misterios del universo debería confirmar nuestra creencia en la existencia de su Creador.
Para mí es tan difícil entender a un científico que no reconoce la presencia de una razón superior detrás de la existencia del universo como comprender a un teólogo que negara los avances de la ciencia.
Pero realmente no hay una razón científica que explique por qué Dios no mantiene en nuestro mundo moderno la misma relevancia que tuvo antes que nosotros comenzáramos a investigar su creación con telescopio, ciclotrón y vehículos espaciales”9.
En el bando anglosajón, sin embargo, con su optimismo burgués y su mentalidad prometeica y calvinista, fruto de una larga e ininterrumpida tradición “utilitarista” (que va desde el nominalismo de Occam al positivismo social de Bentham o incluso de Huxley o de Stuart Mill) no parecían tener, desde luego, la misma preocupación .
¿Acaso el gran inspirador y promotor de la “gran obra”, el nuevo norteamericano Albert Einstein, con su cosmología inmanentista, materialista y relativista regida por leyes tan frías como lejanas no había destronado y disipado al Rey del Mundo, a quien, no obstante esperaba subsumir o encerrar más pronto que tarde, en una breve y “genial” formulita?10 Tanto mareaba Einstein con que si “el ‘Viejo’ no es sagaz” (boschaft ist er nicht), que si “no juega a los dados”, etc., que el mismo Bohr, de raíces judías como él, y quizás precisamente por eso, porque era un creyente sincero y le molestaba tremendamente la petulancia teófoba de Einstein, le dirá: Pero Einstein, ¿quién te crees tú que eres para decirle a Dios lo que tiene que hacer?
Por su parte, paradojas de la vida, Heisenberg, un cristiano alemán sencillo, a quien el atrabiliario de Stark apodó “el judío blanco” por su talante abierto y franco, parafraseando a Pascal solía decir: Yo sólo creo en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, no en los filósofos ni en los sabios. Y en 1976, poco antes de morir, le confesará humildemente a su amigo Karl von Weizsäcker: Si alguien dijera que no he sido cristiano estaría equivocado, pero si dijese que he sido cristiano estaría diciendo demasiado.
El pacto del infausto “Doctor Fausto”
Desde que Otto Hahn había inaugurado, sin pretenderlo, en 1938 la “alquimia del diablo” al obtener un átomo de boro a partir de la fisión nuclear del uranio, Asmodeo estaba excitadísimo. Ahora, por fin, la bomba -y todo su poder anonadante- iba a ser realidad, pero tenía que pactar con “alguien” con los conocimientos precisos y con la suficiente determinación temeraria y dureza de corazón, lo que no era fácil de lograr.
Ya había conseguido engañar al bueno de Otto para lograr este primer paso, pero embaucarle para la causa “atomicida” era pedir demasiado. Tampoco el Instituto Kaiser Wilhelm, plagado de “intérpretes de Copenhague” y románticos Neu-naturphilosophen era precisamente el entorno más adecuado.Necesitaba encontrar, además de un ambiente propicio, a alguien muy especial, alguien con “ideas muy avanzadas”, lo más alejadas posible de las del carca de Otto y de los “metafísicos” Neu-naturphilosophen. Por eso ya le había sugerido a Oppenheimer en 1928 que viniera aquí, a la tierra del Dr. Fausto, a aprender física cuántica, pero se decía: Este chico tan marxista y tan inteligente, dos buenas cualidades, desde luego, ¿no se volverá atrás cuando se dé cuenta de que la bomba va a perjudicar a la Rusia soviética y a beneficiar al imperialismo yanqui?
No había cuidado, Robert estaba bien atrapado por la idea de la ciencia = poder y de la política = poder, pues, como Max Weber asegura, quien hace política, pacta con los poderes diabólicos, que acechan en torno a todo poder (“El político y el científico”). En cuanto a la actividad científica -constata Isidro-Juan Palacios- fuente mágica de poder, ha sido usada por el hombre como vía de usurpación y autonomía en relación con el espíritu, y por eso también se ha diabolizado (Punto y Coma, 4). ¿Y qué decir del doble pacto diabólico de ciencia y política por encima de todo lo divino y lo humano?. Sólo un detalle. Cuando una vez consumada “la obra”, Oppenheimer se hacía ante sus compañeros de “Los Álamos” su célebre pregunta “¿Hemos hecho la obra del diablo?” un espeso silencio invadió la sala, pero uno de ellos, F. Dyson, comentaría más tarde: Nadie mejor que él (Oppenheimer) podía encarnar al Doctor Fausto, lo malo es que cuando se pacta con el diablo uno ya no puede volverse atrás.
Y si este era el juicio que sobre la experiencia “atomicida” tenían los vencedores y “beneficiarios” de la misma, ¿cuál sería entonces la de los sufridos vencidos?
En una línea discursiva paralela, pero yendo todavía más lejos que los “vencedores”, el teólogo de la historia alemán Theodor Haecker hará esta reflexión: Una organización mundial -que poseyera esta arma- podría acarrear la más mortal e invencible de las tiranías, la definitiva instauración del reinado del Anticristo. (Zeitalter der Atomkraft [La era de la energía atómica], Hamburgo, 1948, p. 64).
Como apostillando esta afirmación, Hermann Rauschning dirá entonces: El mundo evoluciona en dirección a un centro absoluto de poder, a un absolutismo universal. (Die Zeit des Deliriums [El tiempo del delirio], Friburgo, Egloff, 1948).
El gran metafísico Martin Heidegger comentaría a este propósito: Rusia y América son desde el punto de vista metafísico lo mismo: el mismo frenesí siniestro de la técnica desencadenada y de la organización sin raíces del hombre “normalizado”... Así la división del átomo y la división del genoma humano son las dos grandes “proezas” de la “civilización” tecnoeconómica en su labor de exterminio del espíritu (Identität und Differenz).
También Alfred Weber constatará que tras el resultado de la Historia (refiriéndose al término de la II Guerra Mundial) la Humanidad retoma el miedo de los primitivos ante el mundo y la existencia. (“Der vierte Mensch oder der Zusammenbruch der geschichtlichen Kultur”, en Die Wandlung, año VII (1948), p. 283).
Y el celebérrimo politólogo católico Carl Schmitt escribirá: La guerra mundial fue seguida de una revolución mundial. Se requerirán muchos años aún para juzgar y medir el alcance de los acontecimientos que nosotros hemos vivido: bombardeo de las ciudades con bombas incendiarias y atómicas, torturas, difamación, odio triunfante... Desde que el Leviatán está montado sobre el Continente el orden creado por siglos de cultura cristiana ha sido trastornado... Las distinciones clásicas entre lo sagrado y lo profano, el derecho y la fuerza, el beligerante y el criminal, el juez y el enemigo fueron arrojadas desordenadamente en el trastero americano (Ex captivitate salus).
Así podemos encontrar infinidad de juicios de este tenor, al menos en el bando perdedor.
Pig Science vs. Big Science
Por las razones expuestas al principio, o por otras, lo cierto es que la idea “atomicida” no cuajó nunca en Alemania, pero consideraciones religiosas, políticas, o morales aparte, el propio mando alemán, asesorado por Philip Lenard, Heisenberg, Todt, etc., se dio cuenta enseguida de la inviabilidad, al menos para ellos, del proyecto atómico (por lo que tratarían de impulsar otras armas alternativas: V-1, V-2, aviones a reacción, etc.) convencidos de que la bomba atómica no la alcanzarían ni la inteligencia de sus científicos ni la calidad de su tecnología, sino tan sólo una determinación temeraria y unos cuantiosísimos medios materiales que Alemania, desde luego, no tenía y sin los cuales era impensable conseguir ni materias primas ni las macro-instalaciones industriales y/o experimentales que eran absolutamente indispensables para llevar a término, en tiempo record además, el único proyecto plausible, es decir lo que se conocerá como “Proyecto Manhattan”.
El “Proyecto Manhattan”, sin embargo, va a marcar un hito, un “giro copernicano” en el concepto de la antigua Big Science (la Gran Ciencia), fruto, como hemos visto, de una larga e ininterrumpida tradición utilitarista, que ahora, ante el reto histórico que supone vencer al III Reich, va a dejar de ser la “Gran Ciencia” para convertirse en “Tecnociencia”.
Como dice el profesor Fernández Rañada, Gran Ciencia no tiene aquí ninguna connotación de calidad (aunque también se busque). Se refiere más bien al uso de grandes instalaciones experimentales, equipos humanos y presupuestos económicos que exigen una coordinación muy bien ajustada11.
¿Y la determinación temeraria? ¿Qué es lo que mueve a un científico, pero, sobre todo, qué es lo que lo detiene?
Estaba claro que a los Teller, Frisch, Bethe o Fermi, a esa altura de la película, ya no les movía la pura curiosidad intelectual típica de la Big Science de un Newton o la “simpatía universal” de un Leibniz, pero menos aún les detenía, ¡había que estar loco!, el “Código interior” de un Heisenberg filósofo, de un Planck beato o de un Von Braun escrutador infatigable de los vestigios del Creador en el cielo estrellado de Silesia.
Sólo unos “cabezas cuadradas” como ellos se veían todavía constreñidos por unos límites deontológicos categóricos e inapelables que hacía que toda su labor “atomicida” carente de convicción y de fuerza se malograra, cuando lo que estaba en juego en aquella “guerra total” (Total war o Total Krieg) era el “ser o no ser”, es decir, era “el todo o nada”.
Además si, como sostiene Heisenberg, es cierto que “el observador influye en lo observado” o que es posible incluso establecer un “diálogo” entre hombre-partículas subatómicas, como recientemente defiende Rupert Sheldra-ke12, no tiene entonces nada de extraño que cuando Hahn consigue la primera fisión nuclear de la historia, los neutrones se le “planten”, o cuando Heisenberg logra también por primera vez en 1941 -o sea, antes que Fermi- que los neutrones desfilen… uno, dos, tres, de pronto se le amotinen.
Heisenberg, que ama la armonía y la unidad, ordena a los neutrones que “reaccionen en cadena” y estos titubean, dan unos pasos… y se le plantan.
¿Pero qué perro muerde a su buen amo aunque éste se lo ordene o incluso le golpee? ¿No es una contradicción en sus términos lo que pretenden hacer Heisenberg y los suyos? Su voluntad es equívoca y contradictoria: ¿Unidad o División? ¿Orden Eterno o Destrucción Instantánea? ¡Los neutrones están desconcertados, caramba!
Sin embargo, la ciencia militarizada y estabulada de Los Álamos, donde el General Groves se dirige a sus “muchachos” (los científicos) cual si fueran semovientes, entre gritos, eructos, injurias y amenazas, es una ciencia con orejeras, unidireccional, sin dudas ni fisuras, sí, pero con una gran virtud, todo está unificado y con un sólo objetivo: Kill (triunfar, derrotar, exterminar).
Los “invitados” de Su Majestad
Naturalmente, si las acciones y actitudes ante el “atomicidio” no eran parangonables en ambos bandos, las reacciones tras el atentado tampoco iban a ser parecidas. En este sentido, serán sumamente reveladoras las declaraciones de los científicos germanos recluidos por los ingleses, (¿o “invitados por Su Majestad”?), tras la derrota alemana, en 1945, en Farm Hall, una quinta próxima a Cambridge trufada de micrófonos ad hoc con el fin de enterarse de los secretos atómicos de aquellos.
Cuando el 6 de agosto de 1945 se informó a los prisioneros germanos de la “atomización” de Hiroshima, estos se sintieron anímicamente desolados, pero bien físicamente. Especialmente afectados resultaron Walter Gerlach (miembro del partido nazi) y, sobre todo, Otto Hahn, por considerarse indirectamente responsable del atomicidio (por su descubrimiento y difusión de la fisión de uranio). aunque bien es cierto que su propósito nunca había sido crear un explosivo, sino tan sólo estudiar y comentar con sus colegas las propiedades de la materia.
Curiosamente, ironías de la vida, durante aquellos meses de detención, y antes de ser liberado junto con el resto de sus compañeros en diciembre de 1945, Otto Hahn fue informado de que le habían otorgado el Premio Nobel de Química (correspondiente al año 1944) por su descubrimiento, precisamente, de la fisión nuclear.
Aunque las grabaciones originales de Farm Hall “se perdieron”, al parecer el Servicio Secreto británico conservó una transcripción mecanografiada de las mismas que ha sido desclasificada en 1992 pero sin poder evitar dar pábulo a versiones contradictorias, como las del físico Jeremy Bernstein. No obstante, para el profesor norteamericano Irving M. Klotz, de la Universidad de Evanstone, que se ha ocupado últimamente de este asunto, la cosa está bastante clara: Las conversaciones de los científicos alemanes en Farm Hall contradicen las especulaciones “self serving” sobre los pretendidos esfuerzos alemanes para conseguir la bomba atómica que han aparecido en los últimos 50 años13.
Sin embargo, la reacción producida por el holocausto nuclear de aquel fatídico 6-8-1945 en los científicos aliados fue, curiosamente, bien diferente. Se les había dicho que el Gran Poder que iba a nacer tras “la obra” atómica (¿coagula et solve?) serviría para detener las malas intenciones de los hombres e imponer una buena conducta general y que aquel regalo que iban a hacer a la humanidad en manos de un organismo como las Naciones Unidas, sería un garante para “la paz perpetua”. Y, con esta moral, aquellos hombres trabajaron febrilmente, asistidos de una energía inusitada y desconocida hasta el término de la bomba.
Sin embargo, tras la explosión, todos sintieron “algo” en lo más profundo de su ser. Se sintieron como cuerpos sin alma -fueron sus palabras- y físicamente agotados”.
Kenneth Bainbridge, de Harvard, le dijo a Oppenheimer: Ahora somos todos unos hijos de perra. Y el propio Oppenheimer exclamó: Ahora todos nosotros sabemos lo que es el pecado.
Entonces, algunos, como Bob Wilson, comenzaron a vomitar compulsivamente o cayeron enfermos. Hans Bethe fue presa de un ataque de pánico y Enrico Fermi no tenía fuerzas ni para conducir su coche y tuvo que ser evacuado a su casa.
¿Habían hecho la labor del diablo?
© Carlos Galicia
Carlos Galicia es jurista, investigador y escritor. Cofundador de la asociación “Gesellschaft der Freunde Deutscher Sprache und Kultur”.
x Asmodeo, que significa “el que hace perecer”, es el demonio de la cólera, el “Ángel Exterminador” (de 2S XXIV, 16; Sb XVIII, 25; Ap IX, 11) que ya era conocido en la tradición persa con el nombre de Aechma y que, más tarde aparece con el nombre actual en el “Libro de Tobías” como ángel exterminador de los siete maridos de Sarra (Tb III, 8) y después en el Testamento de Salomón como enemigo acérrimo de la unión conyugal. Su pasión más característica es la muerte y la destrucción masivas hollando al mismo tiempo la intimidad del hogar y de las personas. Es por tanto inductor del divorcio y del aborto endémicos y el diablo apocalíptico por antonomasia. Tras su “efusión” en Hiroshima, ¿no asistimos hoy más que nunca a la cabal consolidación de su reinado?
En un plano mucho más desenfadado, e incluso cómico, se le identifica también con “el diablo cojuelo”, experto en levantar los tejados de las casas para espiar a los humanos, que fue popularizado en nuestra literatura por Luis Vélez de Guevara. Aquí simplemente se trata de una licencia literaria que nos permitimos utilizar para representar la acción del Mal y su poder en el mundo y en la Historia del hombre, pues aunque Hiroshima
no es la obra de una persona o grupo de personas y ni siquiera lo es de una nación o grupo de naciones sino que es el resultado de “multitud” (“Mi nombre es Legión”, dice Satán) de pensamientos, engaños, pasiones y pecados, a todos ellos había que buscarles una dirección, un sentido teleológico, una inteligencia que pudiera organizarles hacia un resultado con sentido metafísico. Tal es el papel jugado por Asmodeo en esta historia.
1 Esto se contradice con lo declarado por el general Leslie Groves, jefe del establecimiento “militar” de Los Álamos y que era opinión común de que la explosión podía producir un cráter en la corteza terrestre de varios kilómetros de profundidad.
2 Einstein no escribió solamente una carta al presidente Roosevelt, sino tres, a saber, el 2-8-1939 (antes de la II Guerra Mundial), el 7-3-1940, el 25-4-1940 y una cuarta el 25-3-1945, que, fallecido Roosevelt, recibió Truman.
3 Del verbo latíno occido-cidi-casum, intr. = caer, declinar (ocaso), sucumbir, morir. O, si se prefiere, del otro verbo occido-
cidi-cisum, tr.= cortar, matar, desmenuzar, exterminar.
4 Posteriormente Caron, por orden del comandante Thibbets, sustituyó esta expresión en su diario (quitando “protagonismo” a Little Boy), dulcificándola para la historia por la que todos conocemos: ¡Dios mío! ¿qué hemos hecho?
5 También lo experimentó en el laboratorio, en 1982, Alain Aspect de la Universidad de París, y en 1997 volvió a repetirse el experimento, esta vez fuera del laboratorio, por físicos de la Universidad de Ginebra, haciendo recorrer a dos fotones un circuito entre tres ciudades (Ginebra, Bernex y Bellevue). Aquellos “se acoplaban” y ante el estímulo aplicado a sólo uno de ellos, actuaba el otro de la misma forma e instantáneamente a pesar de la distancia astronómica (para ellos) que les separaba.
6 La obra coagula et solve que implica la “atomización” constituye una de las posibles formas de la disolución cíclica. Es semejante al Solvet saeculum in favilla que dice la liturgia católica invocando simultáneamente el testimonio de David y la Sibila, lo que constituye, por otro lado, una forma de afirmar la unidad trascendente de las diversas tradiciones.
7 GOLDSCHMIDT, B., L’Aventure de l’Atomme, París, Flammarion, 1992.
8 MOHLER, Armin, Die Konservative Revolution in Deutschland 1918-1932. Ein Handbuch, Darmstadt, Wissenschaftliche Buchgesellschaft, 1972.
9 BRAUN, W. Von, “Prólogo” a Creation: Nature’s Desings and Designer, Mountain View, Pacific Press, 1971.
10 Sólo una anécdota, cuando una alumna le preguntó sobre la posibilidad de que su teoría de la relatividad general se demostrara
falsa contestó: Da könnt’mir halt der liebe Gott leid tun. Die Theorie stimmt doch [Entonces tendría que compadecer al amado Dios. La teoría es perfecta]. No, Einstein no era judío. Un judío, como un cristiano de verdad, es un hombre de Fe y de Tradición, y Einstein era más bien un hombre prometeico, o, si se prefiere, un judío laico, que no creía en Dios. Lo dejó bien claro cuando dijo: Creo en el dios de Spinoza, pero no en un Dios que se preocupa por los humanos.
11 FERNÁNDEZ RAÑADA, A., Ciencia, incertidumbre y conciencia, Heisenberg, Madrid, Nivola, 2004, p. 160 y ss.
12 Nos remitimos, en este sentido, a las obras de Rupert Sheldrake sobre los “campos morfogenéticos” y su propuesta de cambio de paradigma en la línea del organicismo u holismo, a la psicología Gestalt de J. C. Smuts, A. N. Whitehead, A. Mahlberg, Karl Pribram, al propio Karl Popper, o a la concepción cosmológica
de David Bohm, según la cual por debajo del “orden desplegado” (explicate realm) o explícito, que vemos, subyace el “orden implicado” (implicate realm) o implícito en el cual los conceptos clásicos de espacio y de tiempo, de acción y reacción, etc., ya no tienen validez, y que sostiene que en cualquier elemento del universo se contiene -de una manera u otra- la totalidad del mismo, una totalidad que, por ende, incluye tanto materia como conciencia. En este sentido véase D. Bohm, La Totalidad y el Orden implicado, Barcelona, Kairós, 1987.
13 Por último no vamos a considerar aquí recientes rumores (como las obras Critical Mass del norteamericano Carter Hydrick o Hitler’s Bombe del alemán Rainer Karlsch) sobre el hipotético logro, antes del término de la guerra, de la bomba atómica alemana debido a iniciativas particulares como las de los físicos Kurt Diebner o Walter Gerlach, ni las supuestas investigaciones realizadas en el centro berlinés del barón y extraordinario ingeniero Manfred von Ardenne, o la del general Kammler, etc., que, de ser ciertas en todos sus términos, sólo demostrarían la destacada superioridad científica alemana de la que hablábamos ut supra, así como la tradicional indecisión atomicida tudesca a la hora de utilizar esa arma diabólica. En cualquier caso, y no es preciso señalarlo, dichas iniciativas habrían carecido de la aprobación administrativa y moral tanto de las autoridades como de la comunidad científica alemanas. Bástenos decir, por último, que cuando el Ministro de Armamento alemán, Albert Speer, fue interrogado el 21 de junio de 1946 en el Juicio de Nürenberg por el fiscal Jackson negó rotundamente tal posibilidad añadiendo que nunca hubo un programa atómico alemán para fabricar la bomba atómica. Asimismo esta misma pregunta fue realizada a otros jefes del III Reich, pero sus contestaciones, así como muchas otras declaraciones efectuadas en el juicio, permanecen, a día de hoy, clasificadas.