Las entropías del amor
El amor –palabra fundadora– es un sentimiento que se dedica a celebrar la especie y presupone, en el ágape, la disolución simbólica de Uno en el Otro. Del amor fuente fluyeron otras palabras para precisar mejor esa comunión con el prójimo. Dice Pascal Quignard en Vida secreta: Un mago de la antigua Caldea (Oráculo Caldaico, CL, 103) prescribe no traducir nunca las palabras antiguas, porque, sino, pierden su poder. No se puede domesticar a las fieras. El verbo que emplea el mago es allaxes. Se trata de no convertir en allos (otra) la materia del lenguaje que se ha revelado eficaz en el origen. Sin embargo, ¿no está abocado el lenguaje, ineluctablemente con su uso, a sufrir derivaciones, deslizamientos perversos y mixtificaciones en su significado prístino? Y, en consecuencia, mermada la palabra de su original significado deja de ser, en rigor, la misma: La palabra es como la leche ordeñada. Nadie puede volver a introducirla en la ubre, decía Saad Varavini de Tabriz en el siglo XIII. Como si fueran una matriz autogenerativa, las palabras van engendrado otras afines y todas éstas acaban formando una trama de significado específico. Como es obvio, las palabras que constituyen dicha urdimbre semántica pierden parte de su propio significado en favor del conjunto (contexto de sentido); es decir, prevalece la red sobre los nudos. Ese paulatino peregrinaje del significado de una palabra a otra, en ocasiones, suscita anomalías perversas. Así lo podemos constatar en la deriva que va del concepto de piedad al de solidaridad.
La piedad, hija del amor, nace como concepto profano y filial. Pascal Quignard, en su libro El sexo y el espanto precisa ese origen: La pietas romana no tiene el sentido de “piedad” que se deriva de ella. La pietas es Eneas llevando sobre los hombros a su padre Anquises. Es el vínculo romano por excelencia. No es el sentimiento de ternura filial, como a menudo se complacen en traducir los latinistas. Es un comportamiento obligatorio, cuyo origen es funerario, que pesa sobre los “hombros” de los hijos. Es la entrega del hijo a su padre, y no es recíproca (...) La piedad es esa obligación ineludible que el más joven tiene con el más viejo.
El deber filial –que siempre será gozoso pese a los esfuerzos que comporte, pues honra a quien lo ejerce– presupone, simbólicamente, que padre e hijo no sólo comparten un vínculo genético, sino también una suerte común. Así lo apunta Virgilio en La Eneida (Libro II, 705-710) cuando describe cómo Eneas huye entre las llamas de Troya llevando a su padre a cuestas y a su hijo Ascanio (Iulo) de la mano: ergo age, care pater, cervici imponere mostrae;/ ipse subito umeris nec me labor iste gravabit;/ quo nes cumque cadet, unum et comune periculum,/ una salus ambobus erit. (“vamos, pues, querido padre, colócate sobre mi cerviz; te llevaré en mis hombros y el esfuerzo no me resultará penoso; ocurra lo que ocurra, uno y común será el peligro y una única salvación habrá para ambos”).
En última instancia, la piedad hacia el progenitor revierte sobre uno mismo al confortar la conciencia y fortalecer nuestro ethos. Esa obligación piadosa hacia los padres no se reduce a Roma. Es una relación ecuménica que, incluso, puede alcanzar caracteres grotescos o sicóticos, como muestra un hecho narrado en la obra de Marcel Granet La civilisation chinoise (1929): Lao Lai Tsu era un hombre de la región de Ch´u. Cuando llegó a la edad de setenta años sus padres todavía vivían. Su piedad filial era muy grande. Siempre vestido de manera heteróclita (como los niños), cuando llevaba bebida a sus padres, hacía como si tropezase al llegar al salón y permanecía extendido en el suelo, lanzando gritos semejantes a los niños. Además, con la intención de rejuvenecer a sus viejos progenitores, se quedaba a su lado, divirtiéndose con las grandes mangas de sus ropas o jugando con un pollo.
Acaso por desidia semántica o porque la evolución de las costumbres también influyó en el lenguaje, la pietas romana perdió su carácter de imperativo filial (del hijo en relación al padre) y pasó a significar veneración, reconocimiento, respeto o gratitud respecto a cualquier persona. Y de ahí, la piedad se derramó en otros conceptos como compasión, misericordia, lástima o caridad. A su vez, esa actitud hacia el prójimo, considerada virtuosa y voluntaria, se la apropió el cristianismo como valor propio. La migración de sentido de muchas palabras, en ocasiones, se produce por causas fortuitas. Es el caso del concepto pietas al convertirse, inopinadamente, en “caridad romana” debido, en gran medida, a la historia de Pero y Micón narrada por Valerio Máximo (15 a.C.- 35 d.C) en su Factorum et dictorum memorabilium libri:
Idem praedicatum de pietate Perus existimetur, quae patrem suum Mycona consimili fortuna adfectum parique custodiae traditum iam ultimae senectutis uelut infantem pectori suo admotum aluit. (5.4. ext.1).
(“En la misma consideración se ha de tener la devoción filial de Pero, que a su propio padre Micón, cuando éste sufrió una similar desgracia e igualmente estaba confinado en prisión con una edad muy avanzada, lo amamantó, acercándolo a su pecho como un bebé”).
Los posteriores comentarios al relato de Valerio Máximo coinciden en decir que Micón había sido condenado a morir por inanición encerrado en la cárcel del Foro Holitorio (junto al mercado de verduras) cercana al templo de Venus Sospita (la salvadora), sobre cuyas ruinas se construyó después la iglesia San Nicola in carcere; dedicada a la piedad filial a tenor del acto virtuoso de Pero hacia su padre. Sin embargo, ese tipo de condena no consta en el derecho romano. Más bien, deduzco que Micón se hallaría preso por alguna deuda y, en ese caso, dependería enteramente del acreedor, como así especificaba la ley romana, quien no le daría de comer para de esta manera forzarle al pago del débito. El insólito y piadoso acto de Pero, al hacerse público, suscitó tal reacción entre el pueblo romano que forzó la liberación de Micón y se convirtió en un aparente icono virtuoso. Digo aparente porque lo que realmente seducía de la historia no era tanto el acto pío de la muchacha como la morbosidad erótica que se desprendía de la situación. El propio Máximo Valerio, como coda a la historia de Pero y Micón, así lo sugiere cuando alude a un fresco pompeyano que reproduce la escena: Haerent ac stupent hominum oculi, cum huius facti pictam imaginem uident, casusque antiqui condicionem praesentis spectaculi admiratione renouant, in illis mutis membrorum liniamentis uiua ac spirantia corpora intueri credentes. (“Los ojos de los hombres quedan fijos y estupefactos cuando contemplan un cuadro sobre este tema se refiere, y con la admiración de la representación actual reviven la situación del antiguo suceso, creyéndose que en aquellos mudos trazados de figuras están contemplando seres que viven y respiran”). Ciertamente, bajo el inocente y piadoso acto de Pero hacia Micón subyace el escabroso tema del incesto. Asi-mismo, también remite a un concupiscente imaginario masculino: el viejo que goza con el cuerpo fresco de una joven. Esa latencia lúbrica difícilmente podía ser asumida por la dominante moral cristiana y, en consecuencia, intentaron censurarla, al traducir el anecdotario de Máximo Valerio, mediante la burda maniobra de convertir al padre en madre. La falseada versión suscitó, incluso, un poema a Francisco de Guzmán (Triunfos morales, 1565):
A muerte fue por mala condenada
la madre de la hija mas piadosa,
que Tulia mas arriba ya nombrada
la hija de Seruilio maliciosa:
La qual muger en carcel encerrada
por no le dar la muerte vergonçosa
querian que de hambre se muriesse
do nadie su pecado conociesse.
La hija de la qual entrar podia
a verla cada ora que quisiesse,
mirandola contino si metia
viandas a la madre que comiesse:
Mas viendo ya que muerta ser deuia
busco la guardia modo que pudiesse,
secretamente ver de que manera
biuia la cuytada prisionera.
Y solas otras vez las dos estando
miro por cierta parte muy secreta,
y vio la triste madre que mamando
la hija sustentaua con la teta:
Lo qual el carcelero publicando
mandaron por justicia harto recta,
que fuesse por la hija ser tan buena
la mala madre libre de la pena.
Estos intentos para mistificar la historia de Pero y Micón, sin embargo, tuvieron poco éxito y la escena histórica, dada su potencialidad plástica y los efectos perversos que de ella se desprenden, fue recuperada por numerosos pintores en los siglos XVI y XVII (Francesco Primaticcio, Guido Cagnacci, Caravaggio, Bar-tolomé Esteban Murillo, Jans Jannsen, Gaspar de Crayer, Pedro Pablo Rubens, Jean-Baptiste Greuze...) bajo el título de Caridad romana. Tantas fueron las versiones pictóricas de aquel extraordinario hecho, que, finalmente, se convirtió en un icono estético; consumando así la deriva de significado de piedad (vínculo filial) a caridad (relación genérica con el Otro). De hecho, en la imagen de Micón y Pero, el amor cierra el círculo semántico por el que deambulaban sus derivados, pues mamar y amor, en latín, comparten un mismo origen etimológico.
Todos los pintores trataron de suavizar el contenido sexual al reproducir el momento en que la muchacha ofrece el pecho a su padre; ya sea haciendo que ésta, pudorosamente o vigilando no ser descubierta (Cagnacci y Cara-vaggio), mire hacia otro lado mientras Micón se amamanta (sólo en una de las versiones de Rubens, realizada en 1612 y expuesta en el museo del Hermitage de San Petersburgo, Pero observará solícita a su padre) o bien resaltando el gesto maternal de la joven, común entre las mujeres, mediante el cual presionan su seno con los dedos índice y corazón, a modo de tenaza sobre el pezón, para así facilitar la salida de la leche o el calostro. Asimismo, la mayoría de los pintores muestran a Micón –escuálido, barbado y calvo– prácticamente desnudo (únicamente un manta cubrirá sus genitales) mientras que Pero va ataviada con largos vestidos (ropa que en algunas versiones es más propia del Renacimiento que de la época romana) de cuyo escote emerge, generalmente, un solo pecho (ya sea el derecho o el izquierdo). Difiriendo del canon estético, unos pocos artistas, como Gaspar de Crayer o Rubens, en su segunda versión de la escena, pintada hacia 1625 y depositada en el Rijks-museum de Ámsterdam, mostrarán los dos senos ubérrimos de la mujer. Sin embargo, pese a todos los intentos de disimulo para desarmar el latente contenido erótico de los lienzos, cuando el espectador contempla la escena, todos los detalles –cándidos, píos o escrupulosos– se subordinan al pecho exhibido que, como soberano objeto erótico, signo primordial entre el resto de signos, centra y acapara las miradas.
Con el tiempo, el cristianismo monopolizó el término caridad y lo representó estéticamente mediante vírgenes abrigadas por un manto rojo y portando al niño Jesús. El concepto caridad romana se enajenó de la historia de Máximo Valerio para aludir (así lo teoriza San Felipe Neri) al alojamiento que se presta a los peregrinos que recorren los lugares santos. Pero y Micón fueron arrumbados como modelo moral, aunque algún que otro artista o escritor volviera sobre el tema como Luis Monroy (1873, Museo Nacional de Arte), el escultor Antonio Solá (Museo de Bellas Artes de Castellón), John Steinbeck al final de su novela Las uvas de la ira o Jan Saudek, experto en la erótica de la miseria, en una de sus crudas fotografías.
En la actualidad, al perder la religión cristiana su hegemonía como directora moral de la sociedad Occidental, los atributos propios de caridad se secularizan bajo la denominación de solidaridad. Ahora la generosa ayuda y disposición hacia el prójimo se especializará en menesterosos y damnificados; corriendo a cargo, generalmente, de grupos ajenos al Estado (de hecho el Estado “externaliza”, siguiendo la lógica organizativa del actual capitalismo, esa función que debería ser competencia suya). En un principio, ese devenir del amor y sus derivados semánticos podría suponer un progreso ético al ir más allá del próximo necesitado (como era el caso de la piedad o la caridad) para ponerse a disposición de todo el género humano. Los medios de comunicación, al exhibir constantemente las calamidades y el dolor del mundo, han alentado esa “internacional del altruismo” cuyas prolíficas organizaciones no gubernamentales se reparten por la geografía de la miseria. Asimismo, tantas y constantes son las imágenes de la abyección (su repetición descarga y banaliza el impacto emocional que inicialmente nos causó) que sólo despiertan en nosotros una fugaz conmiseración mientras dura la noticia (cuando no reafirma el valor de nuestra egoísta y confortable situación) y permite declararnos impotentes para solventar la desgracia que asola gran parte del mundo. Pascal Bruckner en su obra La tentación de la inocencia dice al respecto: Requerida para prestar simultáneamente su atención a los hombres en particular y a la humanidad en general, la acción no puede responder a todas las expectativas ni acabar con todos los sufrimientos, como tampoco aplacar todos los llantos. Es lo que hace que la responsabilidad sea aborrecible y trágica: con ella la misión no tiene fin; hagamos lo que hagamos, nunca conseguiremos saldar nuestra deuda con la desdicha de los demás.
Quizá en la actualidad, queriendo llevar hasta las últimas consecuencias la voluntad altruista de socorrer al mayor número de menesterosos, alguien recupere –y ponga en práctica– las tesis del canibalismo filantrópico de Paulin Gagne; quien sugería que donásemos nuestros cuerpos para paliar el hambre y, a tal causa, se ofrecía para ser sacrificado públicamente en la Place de la Concordé de París y que después su cuerpo sirviera de alimento a los hambrientos (Raymond Queneau da cuenta de la vida obra de ese peculiar filantropófago en su ensayo Los confines de la tinieblas. Los locos literarios). Esperemos que la cosa no llegue a tales extremos. Tampoco es necesario recurrir a draconianos planes como los de Jonathan Swift en su Modesta propuesta para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público (1729), donde instaba a que los padres irlandeses se comieran su numerosa progenie con el fin de evitar penurias a los niños y solventar el hambre de los mayores.
Qué duda cabe de que muchos integrantes de ONG, en su trabajo de campo y a título personal, ponen en juego su fortuna, equilibrio emocional y vida sin esperar recibir a cambio valor material alguno; conformándose, tan sólo, con la mirada agradecida de aquellos a los que ayudan. Mis respetos y admiración por todos ellos. Sin embargo, otras acciones que se presentan como solidarias resultan, en puridad, gestos desvirtuados (las maratones caritativas como una variante de la industria del divertimento) u obscenas manifestaciones de un nuevo lujo suntuario (pienso en el cantante Bono de U2, u otros como él, viajando a países deprimidos en busca de fotos para magnificarse). Como indica Philippe Sassier en Du bon usage des pauvres, los desvalidos se han convertido en coartada ética, materia viva que produce una plusvalía moral y bálsamo –por ejemplo: apadrinando a un niño o subvencionando un centro de leprosos– que calma momentáneamente la mala conciencia de los cómodamente instalados en el Primer Mundo. Asimismo, muchas de las ONG que se autobeatifican (consuman su pulsión de santidad) mediante dádivas al Tercer Mundo –gotas de agua de rosas en un muladar– son un mero epígono, aunque se proclamen laicas, de la religiosidad del Domund. Su caridad –resto una vez descontados los costes de su burocracia parasitaria– expedida a los domesticados pobres no es más que humanitarismo jerárquico y empozoñado: aquel que niega o subordina la necesidad de transformar el mundo (eliminar la tragedia de la miseria, la desigualdad y la violencia de las injusticias) al conformismo de la beneficencia; aquel que establece una otredad vertical dividida en asistidos (una nueva forma de relación ancilar) y patrones (ciudadanos –usufructuarios de plenos derechos democráticos– con poder para dispensar misericordias).
¿Qué se deduce, finalmente, de ese proceso de entropía del significado primigenio de amor: las palabras (piedad, caridad romana, caridad, misericordia, compasión, solidaridad...) se degeneran o bien, como la seducción (seducere: llevar a un lugar apartado), fundan un reino –dux– propio? Al margen de cualquier respuesta a esa inquisición, tal vez sería conveniente recuperar de nuevo el concepto de piedad a tenor de la frase de Heidegger El preguntar es la piedad del pensar, pues, ciertamente, la vida se cumple y perpetúa mientras sigamos indagando sobre su sentido: el Logos –acopio resultado del deber de preguntar– es una constante piedad hacia nosotros mismos.
© Alberto Hernando
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