George Sand, una mujer de hoy
Nacida en 1804, George Sand es, en 2004, la más joven de nuestras contemporáneas. Una verdera mujer de hoy. Ni una arruga ha surcado su rostro en dos siglos, no ha envejecido. Es privilegio del genio ignorar los ultrajes del tiempo.
Al final de sus días, Natalie Barney me hacía esta confidencia: “Nunca me he acercado a alguien sin haberle hecho algún bien”. Efectivamente, Renée Vivien le debe sus mejores poemas a Natalie, y, sin Natalie, Remy de Gourmont no habría escrito sus Cartas a la amazona.
Al final de sus días, George Sand habría podido hacer suya esta confesión de Natalie Barney. Alfred de Musset le debe a George algunos de sus más hermosos poemas, y, sin George, Frédéric Chopin no habría compuesto muchas de sus más bellas piezas musicales.
También la “dama de Nohant” puede realizar el balance de sus buenas acciones y constatar con serenidad: “Nunca he he hecho daño a nadie; en todo caso me lo he hecho a mí misma”. Es la pura verdad. George, que repetía con gusto el “soy una máquina del deber”, supo cumplir sus muchas obligaciones. No tuvo que ruborizarse por nada, no cometió ninguna mala acción y podía mirar de frente sin tener que agachar la cabeza. Se sobrepuso a los obstáculos y pudo llegar a la orilla de lo que hoy se llama “tercera edad” sin temor alguno, e incluso con una alegría que muchas veces se transforma en exultación, como dan muestra estas líneas: “Corro hacia la sesentena, ¡y debo esmerar mi educación! ¡No hay tiempo que perder si quiero conocer durante algunos años la felicidad de no ser una estúpida!”. George Sand es en sí misma el triunfo de la tercera edad. Esta noción, tan usual en nuestro tercer milenio, que ve prolongarse considerablemente la esperanza de vida, era desconocida en el siglo XIX y a comienzos del XX. “La vejez, ese mueble incómodo”, decía Sido a su hija Colette. Nadie habría podido entonces soñar con encontrar el encanto en la vejez y la belleza con las arrugas.
En pleno final del siglo XIX, George Sand anuncia a nuestras actuales muchachas de sesenta o setenta años que aman todavía y aún saben hacerse amar: “Tengo el pelo canoso, pero no importa. Más se ama a las mujeres de edad que a las jóvenes: bien lo sé ahora”.
Durante el verano de 1863 –tiene entonces sesenta años–, confiesa:
Estuve muy enferma ayer y hoy me siento muy bien. Yo soy así, tan pronto por tierra como en pie. Además, tras haber pasado mi juventud creyendo que no podía vivir, estoy pasando mi vejez creyendo que no puedo morir.
De todos modos, a George Sand no le atemoriza la idea de la muerte, pues cree en la otra vida:
La ausencia y la muerte no se diferencian mucho, pues no nos dejamos los unos a los otros, no nos perdemos de vista, sino que somos conscientes de que, en alguna parte, nos volveremos a encontrar.
Liberada de esa preocupación por la muerte que aflige a tantos ancianos, sin creer en el infierno –“el dogma del infierno es una monstruosidad, una impostura y una barbarie”–, puede dedicarse a realizar deleitosos balances, como éste:
He fluido un poco como un arroyo que no sabe muy bien hacia dónde va y que sigue su curso sin haberlo elegido. He dado vueltas y más vueltas, pero no tengo la culpa. Sólo me preocupaba la necesidad de aclararme, y cada nuevo horizonte me parecía ser aquel donde podía pararme. La edad me ha enseñado que no hay que pararse […].
Y justamente, George Sand, piense lo que piense, no se paró nunca. Igual que Paul Morand fue el “hombre apresurado”, Sand fue la mujer apresurada pasando de un amante a otro, de una novela a otra. Da la imagen del movimiento perpetuo, es decir, de la eterna juventud. En la última parte de su vida, no pierde ni un solo minuto. Encontramos a menudo en su correspondencia la frase siguiente: “No he tenido hoy para mí ni siquiera un minuto.”
Si muchos de nuestros contemporáneos sólo aspiran a la jubilación, George Sand, en eso –pero únicamente en eso–, ¡no es nuestra contemporánea! Tanto del trabajo como del amor, no considera el retirarse, y se queda clavada a su tintero y a su mesa de trabajo, abandonándolos tan sólo algunas veces por un breve “abrazo celeste”.
En París o en Nohant, sus actividades son incansables. Y quizá incluso más en Nohant que en París, ese Nohant donde nació por segunda vez. Pues si lo hizo el 1 de julio de 1803 en París, George Sand, que entonces sólo era Aurore Dupin, renace por completo en Nohant el 21 de julio de 1808. Ese día, llega a esta localidad después de atravesar, en compañía de sus padres, una España asolada por la guerra. Aurore tiene sarna y está muriendo. Revive gracias al buen clima de Nohant y a los cuidados de su abuela, la señora Dupin de Francueil. Hasta su muerte, el 8 de junio de 1876, George, tras sus escapadas a Venecia, a Valldemosa, a París y a Palaiseau, no dejará de renovar en Nohant lo que puede considerarse como el milagro del 21 de julio de 1808.
Igual que Anteo recuperaba su fuerza tocando tierra, George Sand recupera su vitalidad arraigándose al suelo de Nohant. Casi como agradecimiento, no dejará de celebrar los encantos de este lugar y de hacerlo famoso en todo el mundo. En Nohant vivió lo mejor de su vida y en Nohant quiso ser enterrada a fin de estar allí para siempre…
Maurice y Nohant son el ser y el lugar que más contaron para ella. Cede con alegría a los mayores sacrificios para preservarlos ambos. Al definir su propio trabajo, se sirve de una de esas fórmulas de las que tiene el secreto: “Manchar mucho papel para limpiar el espíritu”.
En diciembre de 1842, afirmaba a una de sus correspondientes: “Nacida novelista, hago novelas”. Y lo hará hasta sus últimos días con una modestia ejemplar, confesando a Flaubert: “Creo que en cincuenta años estaré completamente olvidada y quizá incluso sea desconocida. Es la ley de las cosas que no son de primera categoría, y yo nunca me creí de primera categoría”.
En esto, por una vez, se equivoca. No está olvidada, ¡al contrario! ¿Y cómo podría estarlo quien abría ya la vía a los reencuentros con esas vidas anteriores en las cuales se cree cada vez más, en este tercer milenio, como muestra este fragmento de una carta del 23 de diciembre de 1843 a uno de sus protegidos, Charles Poncy, poeta y masón en Occitania.
El tiempo sólo nos parece largo a nosotros. A los ojos de Dios, no existe. Nuestros siglos no cuentan en la eternidad, y estamos vivos y activos con Dios en la eternidad, PUES MORIMOS PARA RENACER Y PROGRESAR. Cada existencia es la recompensa o el castigo por la que la ha precedido. Cada virtud almacena para nuestra próxima reaparición sobre la tierra un tesoro de compensación y de nueva fuerza. Esté seguro de que usted ya ha vivido en otro momento en la tierra, y que vuestro genio poético es la recompensa de alguna hermosa acción, de algún noble sacrificio que no recuerda. Haga, pues, un noble uso, a fin de que se despierte “apóstol” o “héroe” tras el sueño de la muerte. Y ahora no dude y no se desespere, no tiene derecho a dudar de esta acción sobre el mundo. Ruegue siempre, diga siempre: “Señor, Señor, ¡la verdad!” Y le vendrá la fe.
Con estas profundas y sorprendentes consideraciones sobre las vidas anteriores, nos encontramos bastante lejos del galanteo que la misma George Sand mantenía a este respecto, como acabamos de ver, con Gustave Flaubert. Pero, en esa misma carta a Poncy, llega incluso más lejos: “Cuando creamos algo grande y bello, ¿sabe usted que es un milagro? Sí, es un milagro de allá arriba. Es Dios que vibra, que habla, que actúa en nosotros.”
¿Sand habría presentido –o sentido– esas famosas “vibraciones” de las que se habla tanto hoy? En todo caso, parece sugerirlas con conocimiento de causa… Las aprovecha para confirmar su creencia en un ser supremo. Lo que no le impide, en una carta del 26 de abril de 1876 a un principante, denunciar “la enfermiza obra del cristianismo, esa falsa interpretación de la palabra de Jesús, torturado y calumniado en nuestros días más que nunca. Sus versos golpean en pleno corazón y son bellos porque tienen un gran alcance. ¡Haga más, vengue la vída de esa doctrina de muerte!”.
Este principante a quien dirige esta carta es Anatole France, que acaba de publicar un poemario, Bodas corintias, en el que intenta probar que la religión cristiana sólo trajo desgracias a la sociedad pagana que, al ignorar la noción de pecado, gozaba de una conciencia tranquila y de la paz que de ello se deriva. Sand anima a France a proseguir su obra contra el cristianismo, al que ella considera una “doctrina de muerte”. ¡De aquí el hacer que se estremecieran las señoras del convento des Anglaises, a quien la señora Dupin de Francueil había confiado la educación de su hija, al inventarse una divinidad con el nombre de Corambé! Desde que tuvo uso de razón, George Sand necesitó creer en Dios y en la humanidad al mismo tiempo. Confunde a veces a los dos, igual que confunde a los hombres y a los ángeles. Esta doble confusión la sume en abismos de meditación de donde vuelve a subir, victoriosa, para alcanzar cimas de sublimes reflexiones sobre Dios y la condición humana…
George Sand es una prueba del insondable misterio de la creación. El genio sopla donde quiere. En efecto, nada predestinaba a esta hija de un teniente y de una mujer mantenida por un general a convertirse en uno de los astros de la literatura francesa. Este don de escribir que recibió a su nacimiento y que muestra, desde el momento en que aprende a escribir, en sus primeras cartas, donde ya se revela como una incomparable e inagotable autora epistolar, nada debe a sus padres, y menos aún a su madre, Sophie-Victoire Delaborde, de la que dirá más tarde: “Es la mujer que más he amado y por quien más he sufrido”, y de la cual traza este retrato.
Mi madre […] era bailarina, bueno, menos aún que bailarina, comparsa en el último de los teatros del boulevard de París, cuando el amor de un hombre rico vino a sacarla de esta abyección para hacerla sufrir todavía mayores. Mi padre la conoció cuando ella tenía ya treinta años, ¡y en medio de aquellos extravíos! Él tenía un gran corazón; comprendió que esa hermosa criatura todavía podía amar, y se casó con ella a pesar de la oposición, y casi bajo las maldiciones, de su familia.
Sophie-Victoire Delaborde vivió de sus encantos hasta que Maurice Dupin la tomó como esposa el 5 de junio de 1804, justo veinticinco días antes del nacimiento de George, que habría podido ser una hija bastarda. Es claramente la hija de su padre, de quien tiene los mismos ojos –los bellos ojos de Dupin. Sólo ante la evidencia de este hecho, la señora Dupin de Francueil cederá y aceptará recibir a su nuera y a su nieta en Nohant. Aquí, en las cartas a sus amigas de la pensión, George se revelará escritora, como muestra un fragmento de esta carta enviada el 31 de diciembre de 1820 a Apollonie de Bruges.
Esperando, sentada junto a la lumbre, remuevo los rescoldos. Repaso en mi pensamiento, atizando el hogar, repaso, digo, el pasado, el presente, el futuro. Me sorprendo de cómo las circunstancias, el carácter, la manera de ver cambian constantemente. Hago reflexiones de anacoreta, al menos, y extraigo de mi situación actual lecciones de sabiduría para ese futuro tan embrollado, tan poco conocido, que unos ven esplendoroso y otros negro, como yo, por ejemplo, sin saber muy bien por qué. Sin embargo, no me siento desgraciada y no me aburro. Cuando me viene el primer bostezo, me pongo a hacer algo. El arpa, la guitarra, el dibujo, mis libros, sobre todo, me hacen pasar horas agradables, y empiezo a convencerme de que se puede llevar una vida monótona y tranquila sin lamentarse por ello.
La autora de estas líneas tiene dieciséis años. La autora Sand y la mujer Sand están ya ahí. Esa necesidad de sabiduría y de ocupaciones la acompañará toda su vida. Ese estilo será el de la Correspondencia completa editada por Georges Lubin.
Esta carta a Apollonie de Bruges se encuentra en el primer volumen de esta Correspondencia aparecida en Garnier hace alrededor de cuarenta años. Fue el 6 de enero de 1965 cuando di cuenta de ella en un artículo titulado “Una George Sand posando al natural”, y que concluía de este modo: “Esperamos con impaciencia otros volúmenes… y otras George Sand.” Este “esperamos con impaciencia otros volúmenes”, que iba a convertirse en la muletilla final de todos mis otros artículos, me iba a valer, cada vez, las burlas de mis colegas.
Me sedujo de inmediato este primer volumen de cartas de esta incomparable escritora, cuyo autorretrato aparece en la cubierta. No sabía que comenzaba entonces un vínculo que aún dura. De hecho puedo considerarme la última conquista de George Sand. Aprendería a conocerla mejor y, así, a amarla mejor en cada tomo.
Y tuve la impresión, al hacerlo, de compartir la vida cotidiana de George y de pertenecer un poco a su familia. Tomaba parte en ella y ya era incapaz de hablar de su hija, Solange, sin añadir el epíteto “abominable”, ni de su yerno, Clésinger, sin sumarle el de “innoble”. Y Maurice, Casimir, Alfred, Frédéric, Michel, Manceau me fueron más reales y presentes que muchos de mis contemporáneos.
© Jean Chalon
(Traducción de Josep Carles Laínez)
• Jean Chalon, cronista de Le Figaro, es autor de biografías de Alexandra David-Neel, María Antonieta, George Sand, Natalie Barney, Colette... Entre sus obras más recientes publicadas en España: Diario de Navajas y Un alfabeto de sentimientos. Acaba de recibir el premio Goncourt de la Juventud.
• El presente texto forma parte del libro George Sand, une femme d’aujorud´hui, Paris Fayard, 2004. Agradecemos al autor su permiso para reproducirlo.
Volver al sumario