La divinización del Mercado en Iberoamérica
¿Qué es el mercado?
Rápidamente trataremos de introducirnos al tema central que nos convoca, intentando echar un poco de luz sobre uno de los dilemas que devanan los sesos de muchos contemporáneos, no solamente por inquietudes intelectuales, sino porque la mayoría deben padecer las consecuencias del uso y abuso de la aplicación de la “política de mercados” sobre la población llana, “la gente” de a pie. Esta situación la sufrimos los pueblos iberoamericanos de una manera particular, aunque no es privativa de ellos, sino que también cargan con su peso otros pueblos de lo que hasta no hace más de tres décadas se llamaba el “Tercer Mundo”. Desde una lectura meramente objetiva, el mercado no es otra cosa que la conjunción –en tiempo y lugar coincidentes– de los sujetos-objetos económicos, es decir, los individuos, las empresas, las corporaciones, etc., que asumen decisiones claves para la economía y la sociedad tomada en su conjunto. Como se puede observar a través de esta breve descripción, el mercado resulta ser un concepto central en economía, aunque resulta difícil definir precisamente qué es lo que significa. Tanto puede ser un espacio geográfico como también abarca al conjunto de actividades que regulan los procesos de intercambios de mercancías y al comportamiento de los agentes que en él intervienen. En definitiva, resulta ser un complejo entramado de relaciones entre los que compran, los que venden y los productos en sí mismos. El término puede girar alrededor de los productos, como por ejemplo al hacer referencia al “mercado del trigo”, y otras a cuestiones que implican directamente a los individuos envueltos en su actividad, como ocurre con el “mercado de trabajo”. Inclusive, para aumentar la confusión reinante, el origen etimológico del vocablo –mercatus, en latín– mucho no alcanza a aclarar, ya que hace referencia tanto al espacio geográfico como al modo de relación entre los agentes que participan en eso que se llama mercado. El concepto que nos ocupa también ha sido tratado por los economistas de cuño marxista, quienes separan para su análisis y descripción a los mercados capitalistas de los socialistas. Obvio es que a los primeros los ubican en una relación de dominación vs. subordinación que se establece entre los “ricos” y los “pobres”, cualquiera sea la magnitud numérica de los miembros de una u otra categoría (Makarova, 1966). Mientras que los segundos son caracterizados como una actividad planificada, justa y, fundamentalmente, equitativa entre las partes. De cualquier modo –y cualquiera sea la posición que se asuma– es evidente que el concepto que estamos tratando no solamente es multívoco, sino también hasta equívoco y probablemente a causa de su uso y abuso característico de la postmodernidad globalizadora en la que señorea el mercantilismo por sobre otros valores, es que se haya caído en una retórica de la divinización de los mercados dentro del mundo contemporáneo.
El Totetismo del Mercado
Mercado es el término que se ha introducido en el lenguaje cotidiano para colocar orden dentro del desorden caótico de la incertidumbre con la cual debemos convivir, precisamente esto se realiza con el objetivo de coartar aquello que nos hace libres como seres humanos, tal como lo subraya Carpintero (2003), es decir, la posibilidad de cuestionar, debatir y discutir todos los objetos –ya sean materiales o ideológicos– que circulan ante nuestros ojos y que pueden ser el producto de la realidad más cruel o de la fantasía más ensañada. El mercado ha resultado ser algo semejante a aquello que oportunamente el antropólogo británico Radcliffe-Brown (1923-49) propusiera considerar como una prohibición ritual en los ámbitos que por entonces se conocían como los de las “sociedades primitivas”. Tomado en sentido etnológico, la infracción por el cuestionamiento, o la transgresión del tabú, trae aparejada consigo severas sanciones consistentes en “desgracias” que deberá soportar la comunidad a la que pertenezca quien haya osado transgredir la norma en vigor, ya que se ha convertido en un peligro para todo el colectivo. Por otra parte, el tótem, como tan bien lo demostrara Freud en 1913, genera sentimientos de ambivalencia, ya que por un lado es un objeto intocable al que se debe evitar ofender y, por otro lado, resulta que las comunidades primitivas establecían un tiempo de transgresión de la ley totémica, tiempo en el que las prohibiciones quedaban abolidas y la veneración por el tótem se trastocaba en afrenta que podía asumir múltiples formas. Así, el padre del psicoanálisis definió al concepto de tótem como … animal comestible, ora inofensivo, ora peligroso y temido, y más raramente una planta o una fuerza natural (lluvia, agua) que se hallan en una relación particular con la totalidad del grupo (Freud, op. cit). Para el caso que nos ocupa, el del mercado, este vendría a ser en el imaginario social algo así como un animal peligroso y temido que nos facilita el acceso a los bienes materiales más deseados2 y que, simultánea y paradójicamente, impide a la mayoría de la población el acceso a los mismos. No podemos dejar de recordar que el totemismo fue la primera modalidad de expresión religiosa por aquella necesidad que tuvieron los primitivos de explicar lo que a sus ojos aparecía como inexplicable; mientras que el tabú fue la expresión de la ley totémica que establecía la prohibición de una conducta –el incesto o el parricidio– como el primer paso dado por la humanidad hacia una forma de organización social, lo cual es contradictorio con lo que posteriormente sostuvo –ya hace más de dos mil años– el pensador romano Lucrecio, para quien la religión no era necesaria para formar ni mantener la cohesión social. Como ya señaláramos, la transgresión impuesta por el tabú implicaba no sólo un peligro para el individuo que ha cometido la infracción, sino también un riesgo para la continuidad de la organización social, por lo tanto constituían un crimen que debía ser expiado igualmente por todos los miembros de la comunidad, si es que no querían sufrir sus consecuencias. El peligro radicaba en la posibilidad de imitación de la conducta transgresora que tenía el acto prohibido y la posterior consecuencia de la disolución social.
Pues bien, ya en otros lugares (Falcón, 2001; Rodríguez Kauth, 1999 y 2003) nos hemos introducido en el entuerto de cuestionar al mercado como objeto sacrosanto y divinizado de la contemporaneidad –quizás por los restos ácratas juveniles que aún perduran después del paso de los años y que se mantienen, sobre todo en la fuerza del pensamiento de cuestionar todo lo que aparece como dado, como intocable– y, en esta oportunidad, volvemos a hacerlo con mayor enjundia, al colocar en tela de juicio a los gobiernos regionales latinoamericanos que se dicen “progresistas”, pero que en la base de sus acuerdos programáticos ubican al mercado como la piedra angular para sus desarrollos ulteriores. Vaya por caso el de los gobiernos de Chávez, Kirchner, Lagos y Lula3 –que por encima de los acuerdos políticos entre ellos han terminado por presentar al Mercosur como el engarce que les dará fuerzas para enfrentar al imperiocapitalismo con algún éxito. Y en esto ellos no hacen otra cosa que replicar la fórmula más ortodoxa del capitalismo, cual es la de poner a la economía delante del carro para que sea ella la encargada de dirigir los destinos políticos de sus ambiciones de liberación4. Por otra parte, los economistas han devenido modernos chamanes. En las culturas primitivas, el chamán era un portavoz de los espíritus que se convierten en sus subrogantes a través de una larga y trabajosa iniciación. El actual chamán ha cambiado sus funciones de curación y adivinación por la sagrada predicción y orientación sobre los sucesos económicos y financieros, mediante la aplicación de una ciencia absolutamente secreta y restringida sólo a los iniciados, que los feligreses de la religión del mercado veneran a ultranza. Es una suerte –para ellos– que ciertas costumbres hayan cambiado, antiguamente algunos adivinos pagaban con su vida los errores de sus predicciones.
El pensamiento crítico en la cultura de los Mercados
A partir de la última década vigesimonónica, el vocablo mercado ha cobrado una intensidad particular en todo lo que sean lecturas, análisis, propuestas –y hasta en las amenas charlas de café– que se producen entre los Estados nacionales, los organismos financieros internacionales o supranacionales, los políticos profesionales locales –y también de los aficionados que arreglan el mundo en un santiamén dentro de un bar– los economistas, las amas de casa y hasta los niños que asisten a la escuela elemental. Todo esto, además de las discusiones que se producen en los circuitos académicos, en los que resulta infaltable su recurrencia, ya se traten de economistas propiamente dichos como así también de geólogos, paleontólogos, astrónomos y cualquier otra “ciencia dura” en que no pueden obviar las observaciones sobre las conveniencias mercadológicas que sus hallazgos pueden llegar a tener en un futuro inmediato o mediato para sus desarrollos ulteriores, ya se trate para llenar sus faltriqueras personales como para el logro de subsidios, becas, aportes, etc. Sin embargo, no es posible dejar de recordar las cuasi proféticas palabras sobre la divinización del pensamiento que hace K. Marx cuando señala que “... la campana funeral de la ciencia económica burguesa y los científicos dejaban paso a los propagandistas. Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el sitio a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética” (Marx, 1867, Tomo I, pág. XIX). La ciencia económica burguesa a la que hacía referencia Marx fue la que recibió su bautismo de fuego pocos años antes –menos de un siglo– con la obra señera del padre del capitalismo, A. Smith (1784). No obstante lo expuesto, se hace necesario rescatar las acertadas observaciones críticas hechas por E. del Río (1993) cuando se refiere a la divinización del pensamiento de K. Marx.
Es que la palabra “mercado” se ha instalado como una suerte de entidad totémica en toda aquella bibliografía –o discurso– de actualidad que pretenda expresar “algo” que sea de utilidad para la comprensión de los procesos asociados a los desarrollos económicos, políticos o sociales. Para este análisis, consideramos el “mercado” como un tótem en una doble vertiente; la primera de ellas se refiere a que es un objeto de la cultura de nuestra época que resulta ser incuestionable, es decir, nadie tiene derecho a poner en duda su carácter sagrado en el sentido que es un concepto arraigado e intocable de la cultura contemporánea posmodernista. En consecuencia, sobre él pesa una prohibición a su cuestionamiento como palabra “llave” que abre las puertas de la sabiduría para todos aquellos que quieran sintonizar adecuadamente con los conceptos convertidos en canon por la pacatería que los ha puesto de moda o –sin ser tan ofensivos– por lo que los anglosajones llaman “lo políticamente correcto”. Vale decir, tal palabra “llave” opera en contra del pensamiento crítico propiamente dicho. Para del Río (2001) esto último “... denota un seguidismo acrítico hacia aquellos grupos de presión que consiguen una posición de fuerza en el interior de un campo social o de una sociedad”. Y esto es lo que ha logrado el capitalismo ultramontano en el que vivimos inmersos, nos ha metido a la gran mayoría –aun a los que están política e ideológicamente en desacuerdo– a hablar, entre otras cosas con los vocablos que ellos han impuesto desde la posición de fuerza que significa la globalización posmodernista.
Esto es, si se quiere, nada más que una hipocresía (Rodríguez Kauth, 1993) del discurso, ya que se ha reemplazado al “pensar políticamente correcto” por “decir aquello que es políticamente correcto”; lo cual no es poca cosa, ya que quien habla está escondiendo su pensamiento y reemplazándolo por otro que puede ser el conveniente desde el punto de vista “oportunista” y no de la “oportunidad”, como los distinguiera Lenin (1906): “O esto o aquello, ésa es la opción concreta que tenemos entre manos, y hay que decidir entonces cuál es la más beneficiosa para la clase obrera”. No podemos dejar de anotar aquí que el desarrollo de una forma de pensar crítica y autonómica va acompañada necesariamente con el proceso de creatividad y de la dinámica que le imprimen al pensamiento las personas que pretenden ser libres. O, en el decir de Levinas (1934): “La verdadera libertad, el verdadero comienzo exigiría un verdadero presente que, siempre en el apogeo del destino, recomience eternamente esa libertad”. Y aquí vale hacer una digresión acerca de que es lo “correcto”. Si por correcto se entiende la definición que se hace desde un punto de vista ético –de los valores sustentados por quien piensa– entonces tiene relevancia lo señalado, en tanto que si hace referencia a aquello que es conveniente para mejor acomodarse a las circunstancias que rodean al actor del hecho social, entonces “pensar lo políticamente correcto” tampoco es válido, debido a que el acto subjetivo de pensar está teñido por el acomodamiento a las circunstancias, lo cual entra en el peligroso terreno de la hipocresía. Leyendo libremente a Marx (1947) esto no sería más que otra expresión de la “falsa conciencia”.
El propio del Río añade que “Muchas buenas ideas están abocadas a un cruel destino. No se sabe qué es peor: que tengan éxito o que no lo tengan... Pero si triunfan están condenadas a ser manejadas extensivamente con contenidos inciertos y variados, pero en el sobreentendido de que todo el mundo está en el secreto de su significado. Al final estas ideas acaban desvirtuadas, simplificadas y vulgarizadas, lo que las hace poco aptas para entenderse con la complejidad del mundo”. Esto es, en definitiva, lo que ocurre con la izquierda argentina en particular y la izquierda en general a nivel mundial. H. Tarcus (2003) ha hecho una muy acertada lectura acerca de lo que sucede con los reiterados fracasos de la izquierda vernácula y, para este caso, nos interesa rescatar su referencia al pensamiento crítico cuando se refiere a que el izquierdista “... es un animal político empecinado, no aprende de la experiencia [...] carece de autocrítica porque es un pensamiento que no admite la autocrítica”. Al respecto, algo hemos dicho sobre el tema (Rodríguez Kauth, 2003), para la zurda local siempre la culpa de sus aplastantes derrotas es de “los otros” y jamás se piensa en los errores propios que, para el caso que aquí nos interesa, está centrada en reiterar conceptos, vocablos y metodologías que son propios del enemigo de clase trabajadora.
Cuando en 1815 el libertador sudamericano Simón Bolívar nos advirtió con mucha sagacidad –y sentido premonitorio– que los EE.UU. no dejarían pasar la oportunidad de avasallar a los pueblos que se ubicaban al sur del río Grande, lo que pedía a gritos era que los pueblos iberoamericanos buscasen la forma de integrarse políticamente, superando las arbitrarias fronteras en que habíamos sido “balcanizados”5 con el objetivo de enfrentar al futuro conquistador que llegaría a nuestros territorios, ya sea por las buenas o por las malas. La última novedad de la primera alternativa es la propuesta del ALCA (Rodríguez Kauth, 2001) que desde los EE.UU. se ha bajado hacia el sur para integrarnos –como una estrella más a su bandera– con un Tratado de Libre Comercio el cual, en definitiva, terminará por ahogar aún más a las paupérrimas economías regionales. Sin embargo, en la actualidad el nombre de Bolívar es usado con múltiples propósitos en el continente iberoamericano, aunque no en la dirección propuesta por él. Como señaláramos en el parágrafo anterior, existe un conjunto de dirigentes políticos iberoamericanos que están dispuestos a integrar lo que aún queda en pie de nuestros pueblos, pero dentro de las políticas de “mercado”, que son las que transitan su pequeña imaginación que está lejos de apuntar a una real independencia regional integrativa. Para ello se intenta resucitar a un muerto, como es el Mercosur. Es verdad, la Comunidad Económica Europea fue el primer paso dado para alcanzar en pocos años –y tras sortear duros enfrentamientos– a la actual Unión Europea que supera con creces los objetivos limitados de la Comunidad. Pero la experiencia europea partió de una realidad bien diferente a la nuestra en cuanto a la solvencia de las primeras economías nacionales que se inscribieron en el marco de la “moneda única”. Pero aún están por verse los logros y posibles consecuencias negativas de ella en un futuro mediato (Rodríguez Kauth, 1998), cuando los socios “más ricos” de la Unión se enfrenten a problemas sociales que los acucien y –entre todos– no puedan superar alguna de las crisis que posiblemente han de sobrevenir y que, de hecho, ya se han presentado en la Cumbre de Roma, a principios de octubre de 2003, entre los socios más poderosos –Alemania y Francia– y el resto de los países participantes. ¿Es que acaso no existen otras alternativas geopolíticas para nuestra región que no esté atada de la mano del endiosado mercado, tal como lo propone la estrategia política del capitalismo?
Nuestra realidad es muy diferente a la europea y se deben poner en marcha las neuronas para encontrarlas con el criterio propuesto por Bolívar. Ellas existen, están ahí, al alcance de la mano, es cuestión de soltar la mano que ata perversamente a los dirigentes con los patronos del Norte para entonces encontrarlas. No hay que olvidar que las crisis recurrentes y constantes que se suceden en Iberoamérica no auguran un futuro previsiblemente exitoso al Mercosur. En casi una década de existencia de tal institución6 la misma está en “terapia intensiva” con pronóstico reservado. Esta situación no va a dejar de ser así hasta el momento en que abandonemos la práctica de vernos unos a otros como potenciales “clientes” que nos faciliten salir de la pobreza en que nos hallamos inmersos. Es un dislate escuchar o leer a analistas económicos y hasta a economistas del establishment argentino que opinan que si, por ejemplo, a Brasil “le va bien” económicamente eso nos conviene porque nos convierte en potenciales exportadores de nuestra producción; pero si “le va demasiado bien” es peligroso, ya que tendrán mercados externos al Mercosur donde ubicar sus excedentes de producción y dentro de él nos la van a vender a precios más caros que los actuales. Este fenómeno sucede a consecuencia de que si nos vemos como mercados estamos compitiendo entre nosotros con los criterios más salvajes de la economía, a la cual hemos puesto como guía. Si, en cambio, la integración iberoamericana apuntase a los aspectos políticos, sociales y culturales, la realidad sería diferente, ya no seríamos “socios”, sino que seremos países “amigos”. Tal propuesta no es ingenuamente totalitaria en cuanto a pretender una uniformidad política e ideológica en la región, ello significaría una suerte de autoritarismo sobre las voluntades locales. En todo caso, la propuesta –que se encontraba originalmente en Bolívar– supone tener claros objetivos políticos para enfrentar a aquellos que pretenden adueñarse de nuestros territorios, riquezas y acervos culturales; vale decir que dentro de ese amplio panorama están incluidos los aspectos económicos, pero ellos no son el objetivo último, sino que coadyuvan para el logro de la recuperación y mantenimiento de la independencia y la libertad en la toma de decisiones. De tal suerte, el Mercosur será un instrumento más para alcanzar el fin que nos hemos propuesto como subcontinente sin necesidad de visualizar los eventuales “mercados” como el único objeto para hacer negocios. Si continuamos por esa vía, solamente lograremos una aparente integración, ya que como se ha visto en los últimos años, mientras mucho se habla del Mercosur cada uno de los socios intenta hacer negocios paralelamente con otros mercados, lo cual echa por el suelo el nivel de precios que se habían acordado previamente.
Resulta por demás paradójico que ante un mismo episodio7 la mayoría de los economistas iberoamericanos hayan pensado –y se hayan puesto en alerta– solamente por las consecuencias que aquel episodio podía provocar en un casi seguro retraimiento de las economías regionales –como uno de los tantos ejemplos que se pueden aportar solamente citaremos el de Botta, Delich y Tussio (2003)– por la caída del crecimiento del comercio internacional y de los correspondientes flujos de inversión que podrían haber llegado a la región, aunque más no fuese de la mano de capitales “golondrinas”. Curiosamente poco y nada se dice acerca de la política errante y dispersa que Iberoamérica tomó ante el episodio en cuestión. De tal suerte, mientras algunos países centroamericanos participaron con tropas en la aventura bélica de la dupla Bush-Blair, como lo son Nicaragua y El Salvador, a la vez que lo hizo Colombia8 otros se opusieron a la misma –Uruguay y Argentina– aunque no descartan su posible participación en la llamada “reconstrucción” de Iraq9. Por otra parte, países con una exposición más visible por su posición en el Consejo de Seguridad de la ONU – caso de México y Chile– se rebelaron a los mandatos de la Roma Imperial contemporánea. Por otra parte, la posición de Brasil fue por demás exquisita, ya que si bien no avaló la declaración de guerra de algunos países de la región, dice que tomó tal actitud para no condenar al régimen de Saddam. De tal suerte, es posible observar que la política seguida por el subcontinente es por demás errática como conjunto y que la misma solamente obedece a las condiciones coyunturales que se le presentan en función de las demandas e intereses comprometidos por cada uno de ellos. No era esto lo que precisamente auspiciaba y pretendía Bolívar para nuestro destino como Gran Nación consolidada. Para avanzar en tal dirección es preciso recuperar los discursos “fuertes” (Negri, 1988; Rodríguez Kauth, 2000) en el quehacer y decir político e ideológico. Si bien la caída de éstos es un fenómeno mundial asociado con la globalización, no por eso Iberoamérica ha de seguir nadando con la corriente, ya que como lo señala Carpintero (op. cit.) “el único pez que no nada contra la corriente es el pez muerto”. En la actualidad, los humanos parecemos peces muertos, nos hemos acostumbrado a dejarnos llevar por la corriente y –de tal forma– terminaremos en un enorme océano que parecerá un cementerio o, por lo menos, con nuestras células grises atrofiadas, lo cual es mucho peor. Es por ello que apuntamos al logro de una integración como la que propusimos en el párrafo anterior. Solamente así podremos superar las trampas que nos tiende el llamado “neoliberalismo” contemporáneo, que no es otra cosa más que el capitalismo puesto en su expresión más descarnada e inhumana en la era de la globalización.
Al respecto, el pensador egipcio S. Amin (1999) se ocupó de las crisis económicas utilizando argumentaciones políticas, debido a que la historia no está escrita de modo definitivo, sino que se la va escribiendo día a día en cada lugar y con las respuestas sociales que se producen ante las diversas situaciones y enfrentamientos que se suceden en cada Estado-Nación. Sostiene que la perversa globalización financiera a la que asistimos estupefactos es reversible y evitable y, rescatamos, que ello es posible dentro de cada Estado o región, por lo cual sería aplicable a Iberoamérica. Mas lo que nos interesa en este caso tomar en cuenta es su crítica a la economía de mercado y a su progenitor, el capitalismo, como así también la falacia del concepto de desarrollo como una consecuencia lógica y necesaria de la expansión de los mercados. Más aún, Amin advierte que, al no recibir los sectores poblaciones más pauperizados los beneficios de la globalización, han dejado de adherir al proyecto de “Estado nacional” de las clases dominantes, las cuales solamente lo han utilizado en su beneficio. Ante la expoliación sufrida por el modelo vigente él sugiere la constitución de agrupamientos regionales de los países periféricos. Paradójicamente advierte que el capitalismo no es un sistema de desarrollo y crecimiento y que la economía capitalista no es sinónimo de economía de mercado, ya que sólo busca maximizar sus beneficios sin importarle la distribución equitativa y justa de los mismos. Un último punto que nos queda a tratar –entre los múltiples que se quedan en el procesador por razones de espacio– es el objetivo de la creación de una “moneda única” que se viene planteando en el seno del Mercosur, como una forma de satisfacer las demandas de esas entelequias llamadas “mercado”. En un párrafo anterior hemos hecho referencia al tema en el marco de la Comunidad Económica Europea (Rodríguez Kauth, 1998) y en este momento nos haremos cargo del dislate que significa el tema en el marco del Mercosur. Al respecto vale recordar que la auténtica soberanía de un Estado no reside en el culto de los símbolos nacionales, sino en la posibilidad de tener la libertad de acuñar su moneda en función de los vaivenes y altibajos que se sucedan en sus relaciones sociales internas y en la observación objetiva del devenir de las relaciones económicas y comerciales internacionales. En consecuencia, un país soberano no puede provocar la entrada en crisis sociales a sus habitantes por el hecho de estar atado a decisiones supranacionales en tal tema. Hay oportunidades en que es preciso realizar una devaluación de la moneda para lograr reducir los afligentes índices de desocupación –o paro laboral–10 para de tal manera superar situaciones sociales conflictivas que surgen de asimetrías en el orden interno. En todo caso, la “moneda única” podrá ser un objetivo a alcanzar cuando se haya logrado una verdadera integración política que permita y facilite el apoyo de los países que hayan asumido el compromiso de salir en salvaguardia de aquel que necesite el auxilio para alejarse de la crisis. Es decir, se trata de un paso posterior –y no anterior– a la integración política que únicamente se dará cuando exista la madurez política suficiente que sirva para superar las barreras que nos separan, para convertirlas en puentes que nos unen. Cuando A. Smith (op. cit.) estableció el principio del libre mercado mediante el cual los intereses individuales son conducidos por una “mano invisible” que permite alcanzar el mejor objetivo social posible y, por ello, cualquier interferencia en la competencia entre los individuos por parte de otros poderes o estamentos sería perjudicial, sentó las bases del retorno a esa concepción de la comunidad primitiva que vincula a la humanidad a través de una única ley, que en este caso daba absoluta preeminencia a la regulación del intercambio de bienes. Sin embargo, la ética, construcción social de la cultura en un sentido amplio, esto es a los intereses y demandas de la sociedad representadas en sus patrones de convivencia, organización, representaciones religiosas, metafísicas, artísticas o científicas, también manifiesta la influencia de aquella posición si se la usa con tal objeto.
A modo de colofón
Para finalizar nada mejor que recordar unas palabras de E. Fromm (1953) acerca de un producto que está altamente devaluado en el ámbito de los mercados transnacionales, como es el de la ética. Al respecto, aquel notable pensador decía que “... el problema de la moral reside en la indiferencia del hombre consigo mismo. Radica en el hecho de que hemos perdido el sentido del significado y de la individualidad del hombre, que hemos hecho de nosotros mismos los instrumentos de propósitos ajenos a nosotros, que nos experimentamos y tratamos como mercancías y que nuestros propios poderes se han evadido de nosotros. Carecemos de conciencia en el sentido humanista, porque no osamos fiar en nuestro juicio, estamos convencidos de la creencia de que la ruta que seguimos debe conducir a una meta determinada porque vemos a los demás en la misma ruta. Deambulamos en la obscuridad y conservamos nuestro valor, porque oímos que los demás silban como nosotros”. Afortunadamente desde el comienzo del tercer milenio pareciera que los pueblos iberoamericanos hubiésemos dejado de entonar la melodía monocorde de la cancioncilla que nos silban las sirenas –cual si fuésemos marineros con un ayuno sexual de 90 días perdidos en alta mar– desde las costas del neoliberalismo –como la forma más perversa de expresarse el capitalismo– y en la cual las entelequias de los mercados reemplazaron a los Estados nacionales en las tareas que constitucional y moralmente les corresponden a aquellos para, en un retorno a lo esperable, los Estados asumieran sus potestades. Así lo expresan elocuentemente los episodios sucedidos en Argentina en diciembre de 2001 en que el pueblo sacó de su sitial a un inoperante gobierno –autista, por otra parte– como la elección de Lula da Silva en Brasil –que en su momento dejó abierta una puerta a la esperanza– y, asimismo, los más recientes acontecimientos sucedidos en Bolivia. En todos ellos el protagonismo popular dijo ¡basta! y se plantó firme en la protección de sus intereses y en contra de los gobernantes que defendían intereses espurios –propios y supranacionales– para convertirse en el actor principal de una historia que siempre lo consideró como ciudadano de una categoría inferior.
©Ángel Rodríguez Kauth y Mabel I. Falcón
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NOTAS
* Profesor de Psicología Social y Director del Proyecto de Investigación “Psicología Política”, en la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de San Luis, Argentina.
** Profesora de Psicología Educacional (línea psicoanalítica) y miembro del Proyecto de Investigación “Psicología Política”.
1 Los clásicos “mercados de valores”, las bolsas de comercio, los familiares “mercados” en que se adquieren las vituallas para la comida diaria, etc..
2 Aun dejando de costado los bienes ideológicos que alguna vez supimos sostener.
3 Este último ya se bajó del carro progresista al borrar, en agosto de 2003, con el codo lo que escribió durante sus años de opositor a todos los gobiernos brasileros: ¡ahora niega haber sido un político de izquierda!
4 Recordemos que un ministro de Luis XIV, Jean B. Colbert, afirmaba que para tener una buena administración financiera y económica era preciso mantener por encima de ella a un excelente plan político de gobierno; lo cual significa que el caballo debe estar adelante del carro y no empujarlo (Falcón y Rodríguez Kauth, 2003).
5 Obviamente este no fue un término utilizado por él, ya que la balcanización fue posterior, pero valga la licencia para comprender el sentido que le daba a sus palabras.
6 La cual sólo abarca a los países atlánticos, aunque últimamente hay propuestas de integrar a algunos de los países andinos.
7 Hacemos referencia a la invasión de Iraq por parte de tropas militares mayoritariamente de los EE.UU., en el 2003
8 El mayor beneficiario de la “ayuda” militar norteamericana en el subcontinente.
9 Pareciera que en sus países no hubiese tareas de tal naturaleza y se ofrecen generosos a inmiscuirse en lo que a todas luces es un “negocio” de los invasores.
10 Que actualmente, en la mayor parte de los países iberoamericanos, supera el dígito.