La imopsible biografía de José Luís Borges
Una de las facetas más conocidas de Borges es su escepticismo, el cual se pone de manifiesto muy particularmente cuando afirma que toda confesión –¿y toda historia de vida?– es a un tiempo “íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos”1. Escuchamos aquí la voz del autor que ha triunfado en todo el mundo con relatos que, pese al famoso “nominalismo” borgeano, parecen seguir un mismo principio: todos los destinos son iguales, “yo” soy (es) todos y ninguno y la escritura es un hecho absolutamente impersonal, una especie de emanación, en la línea marcada por la tradición hebraica de la cual era un conocedor. Es este Borges quien lleva adelante un juego de “fintas graduales” (Molloy, 23), escamoteos e imposturas del yo, carnaval de los Borges y de la incertidumbre magistralmente sintetizada en “Borges y yo”, cuando al final del relato no se sabe ya “cuál de los dos escribe esta página” (OC2: 186): ¿el hombre público o aquel apagado por el otro y relegado a la función de dejarse vivir? Perplejo, el lector no debe olvidar la ironía de estos planteamientos: su relación con Borges debe fundarse, sobre todo, en el juego. Sin embargo, en esta obra que constituye por lo general un desvío, una opción de marginalidad y una afirmación de la lectura como fuente de toda experiencia, se esconde un relato singular. Fue escrito (dictado) en inglés, y su título, An Autobiographical Essay, prefigura una constitución absolutamente distinta: el texto, habitualmente parodia, ironía, pastiche de otras escrituras, simula una vida. ¿Es también esta vida una cita, quizás una broma literaria, o hay que buscar otras claves para su lectura?
Más allá de los tópicos biográficos
An Autobiographical Essay es producto de una conferencia en la Universidad de Oklahoma, en que el autor desea aclarar dudas de un público anglohablante. Posteriormente, el secretario de Borges, Norman Thomas de Giovanni, sugiere publicar el relato. En 1970, la revista The New Yorker difunde el texto bajo el título “Autobiographical Notes” y más tarde aparece también en una antología de cuentos, The Aleph and Other Stories 1933-1969. Together with Commentaries and An Autobiographical Essay. Mientras Borges vivió, jamás autorizó traducciones íntegras del texto, donde se perciben claramente las intervenciones del secretario y la interpelación a un público anglosajón. En 1971, José Emilio Pacheco publica una traducción parcial en la Gaceta, del Fondo de Cultura Económica y tres años más tarde aparece una traducción parcial y anónima en el diario La Opinión. Con motivo del centenario del nacimiento de Borges, se publican dos traducciones: una en Argentina y otra en España. ¿Cómo leer esta afirmación de la vida, una vida, si a lo largo de su obra Borges nos convida a lo contrario, esto es, a considerar su nombre una impostura o una máscara? El panteísmo borgeano suele acabar siempre en una negación demoledora del yo, incluso desde sus primeros textos de Inquisiciones, cuando escribe bajo la influencia de autores como Hume, Schopenhauer y Macedonio Fernández. Sin embargo, Borges no sólo habla de sí mismo en muchos textos, sino que ese personaje que crea en la ficción, acaba por contaminar de irrealidad la propia existencia del escritor como persona. No es raro que exista el texto autobiográfico, pero sí existen razones para mirarlo con extrañeza: más que por su estatuto genérico –biografía y autobiografía rondan muchas de las páginas del argentino– por la manera en que se afirma esa vida: cuando leemos por primera vez An Autobiographical Essay, buscamos sin fortuna los placeres previstos en otras creaciones suyas. Donde buscamos al Borges cómplice de los lectores, al escritor postmoderno que intuyó la intertextualidad, al prestidigitador de las identidades que sugiere que todo hombre, al decir una línea de Shakespeare es Shakespeare en ese momento único y lleno de dobleces, sólo hallamos al autor de un recuento de tópicos biográficos: la infancia, los viajes, los maestros, las publicaciones, los reconocimientos; en suma, la autobiografía reducida al estrecho esquema curricular. Es como si una ausencia ineludible se apoderara del tramado autobiográfico: nos encontramos ante una palabra muerta, carente de lo que Roland Barthes llamara “las resonancias” (Roland Barthes, 199). No sería justo descalificar el texto por nuestras propias añoranzas de lo carnavalesco y artificioso; pero sí decir que no representa, quizás, la más genuina autobiografía de Borges: como veremos a lo largo de este artículo, son muchas las instancias en que el autor aborda aspectos relativos a su persona, sobre los cuales el ensayo autobiográfico es principalmente un compendio. Nos ha parecido legítimo, pues, indagar en la obra y presentar el texto a partir de una especie de poética borgeana de la autobiografía, que rastrearemos en los textos más diversos y alejados en el tiempo.
La creación de un espacio autobiográfico
En sus primeros escritos, Borges se muestra adverso al género autobiográfico. Como ultraísta, se declara en contra del “individualismo” en la poesía. Abundantes manifiestos y polémicas reflejan el rígido programa literario que Borges defiende por su pretendida superioridad estética: antes que las peripecias del autor, importan las metáforas, elemento precioso del que habrá de nacer el poema. Sin embargo, este joven cambia de idea muy poco tiempo después, quizá porque en el Borges descreído y escéptico late la necesidad, la ambición o el deseo del yo. Superada ya la fiebre ultraísta que insiste en calificar como un error de juventud, olvida que el yo sea un mito de Occidente y llega a afirmar en un texto titulado “Profesión de fe literaria”: “Este es mi postulado: toda la literatura es autobiográfica, finalmente. Todo es poético en cuanto nos confiesa un destino, en cuanto nos da un vislumbre de él”. (El tamano de mi esperanza, 128) Por estos mismo años prepara, por encargo, dos breves textos autobiográficos. Ambos presentan errores y omisiones; sin duda, para el joven Borges no son los aniversarios y las fechas los que importan, sino más bien ciertos momentos decisivos, aquellos que “marcan la vida de un hombre”. Así en esta “Nota autobiográfica”:
He nacido en agosto de 1900, en Buenos Aires. Soy de pura raigambre criolla. He estudiado en Ginebra durante el triste decurso de la guerra y en 1918 fui a España con mi familia. Allí empezó mi desparramada actividad literaria. Asistí en los comienzos del ultraísmo junto a don Rafael Cansinos-Assens, polemicé, publiqué traducciones de los nuevos poetas alemanes, metaforicé con fervor. A fines del 21 regresé a la patria, hecho que es en mi vida una gran aventura espiritual, por su descubrimiento gozoso de almas y de paisajes... (Textos recobrados 1, 234)
Aquí el escritor no sólo “redondea” la fecha de nacimiento (1899) sino que además subraya los aspectos de su vida que en ese momento le parecen importantes: a sus veintiséis años, es una persona de ”pura raigambre criolla”. Borges desea ante todo ser argentino y escribir como tal; no le interesa darse a conocer como un descendiente de ingleses que leyó antes en ese idioma que en el idioma materno, como relatará mucho tiempo después en su ensayo autobiográfico. Por otra parte, el paso por Europa era, hasta mediados del siglo XX, un compromiso ineludible para cualquier caballero de la alta sociedad latinoamericana. No es extraño que lo mencione, pero sí que subraye su regreso. Como ya se ha dicho, el encuentro con Buenos Aires conforma la identidad del joven poeta, es una parte de sí mismo. Los signos identitarios están referidos a la infancia, a la saga familiar y, sobre todo, al deambular del flâneur por la ciudad de Buenos Aires. Es este regreso al hogar, a los sonidos del barrio, lo que permitirá al joven Borges afianzar un yo y al mismo tiempo, una identidad poética: durante muchos años será, ante todo, el autor de “Fundación mítica de Buenos Aires”, poema en que canta el momento en que han venido a fundarle la patria, su mito personal. El yo es un algo indecidible y a ratos –en momentos excepcionales– apenas una nada, un hueco negro; pero la ciudad existe, vive sobre todo en sus márgenes, allí donde apenas es ciudad, allí donde comienza y donde deja de ser, que es donde el yo borgeano se ilumina y también se pierde a sí mismo. Esta presencia de la ciudad se percibe en el poema “Mi vida entera”, donde afirma que su vida no difiere de la de otros seres humanos, ya que está hecha de unos cuantos momentos, como las de otros (OC1: 70). Bajo la forma de una breve autobiografía poética, Borges postula una vez más la igualdad de los destinos, pero también la imagen de la vida como una reiteración de algo esencial y secreto: el rostro de una mujer, la sensación de un atardecer, los datos breves e inconexos que anudan las palabras, la vida minimalista que ya no conocerá nada nuevo, sino la repetición. Por mucho tiempo, no volverá a referirse directamente a su vida, aunque las alusiones sean constantes. Philippe Lejeune, en uno de sus muchos trabajos dedicados al problema autobiográfico, escribe que tanto para André Gide como para François Mauriac la novela, esto es, la ficción, es más “verdadera”, más “profunda” que la autobiografía. Lejeune se pregunta por qué escritores autobiógrafos sostienen estas teorías. Quizás porque novela y autobiografía juntas pueden revelar algo más de la identidad del autor. Propone, pues, buscar una visión doble, estereográfica, donde no se reduzca ninguna de estas categorías textuales a la otra. El efecto de relieve conseguido conformará lo que él llama “espacio autobiográfico”. Borges no escribió novelas, pero se produce este efecto cuando leemos en su conjunto los cuentos, ensayos y poemas del autor. Y muy particularmente, sus trabajos como biógrafo, donde plantea un discurso bastante trabado sobre el “yo”, la memoria y la escritura vivencial.
Imposturas biográficas
Las primeras incursiones de Borges como narrador fueron en el plano de la biografía. Este dato puede llegar a ser significativo: según Edward Said, todo comienzo es una acumulación de prerrogativas; para Beatriz Sarlo y Silvia Molloy, las tempranas biografías de Borges constituyen esas prerrogativas, aquella "protoficción” (Molloy, 28) que es necesaria para alcanzar la ficción misma. En el caso de Evaristo Carriego, se produce además un interesante juego de imposturas, que podrían preludiar, por una parte, la escritura de ficción –los relatos de ese gran libro que justamente se llama Ficciones– como, por otro lado, la propia escritura autobiográfica. Evaristo Carriego es, en realidad, uno de los grandes enmascaramientos textuales realizados por Borges. Surgió como una especie de homenaje a un amigo de su padre, un poeta algo marginal en la historia de la literatura argentina llamado Evaristo Carriego. Pero Evaristo va más allá del simple homenaje o la noticia biográfica: algunas de sus páginas cumplen la función de manifiesto, una declaración del Borges joven acerca de la verdad, la vida y la escritura. El texto entraña, como se podrá ver, toda una teoría de lo biográfico: es un espacio único para el escritor que aspira a definir los límites de la escritura y de la memoria, como también los límites de la comunicación literaria. Lo que pretende no es representar la vida de Carriego; el texto constituye una recreación, un modo de verdad marginal. Y esa verdad se refiere no tanto a Carriego, como al mundo que éste arrastraba en sus zapatos y que llevaba a la casa de los Borges en sus visitas dominicales. Lo que Borges intenta recrear es aquello que apenas entrevió desde la biblioteca cerrada de su padre y de la verja del jardín: Palermo de Buenos Aires, un barrio en el que vivió cuando niño, pero que precisamente por eso apenas conoció. Palermo, origen de su propio imaginario, origen de la ficción misma. Un barrio de “malevos” (maleantes) y prostitutas, de tango y milonga al atardecer. No se trata de Carriego: es a una parte de su propia vida a la que intenta dar forma después de su regreso de Europa, quizás si como un intento más de delinear una identidad individual, marcada por la identidad colectiva, por la letra del lunfardo y las vivencias populares. En su aproximación a ese antiguo Buenos Aires, Borges inicia la escritura de su propia autobiografía. Quizás la verdadera materia de este relato, como de tantos otros, no sea otra que el recuerdo, pero tal como lo entendía Borges, esto es, en tanto pérdida, desviación, fantasmagoría. Su propósito es convertir aquella palabra, “Carriego”, en algo inolvidable también para el lector: que el nombre resulte, como dice Paul de Man en su clásico artículo sobre la autobiografía como proposopopeya, “tan inteligible y memorable como un rostro” (16). Para que esa palabra entrañable en su esfera, se convierta al menos en algo para el lector, sabe que tendrá que tejer una red de significantes en torno a ella. Que debe simular hacer comunicable lo que es de por sí incomunicable, lo que forma parte de su imaginario, lo que incluso para él es incomprensible. Otras dos ideas borgeanas se plasman en la escritura de Evaristo Carriego. La primera es que la biografía, la verdadera escritura de la vida, debe comprender no tanto las fechas y los hechos, sino la temperatura emocional, la vivencia profunda, los hechos singulares y muchas veces indescriptibles que todo hombre experimenta. En segundo término, la convicción de que toda vida consta de un momento decisivo, momento en que una persona descubre su destino “y sabe para siempre quién es” (OC1: 158). Esta concepción de la vida humana se verifica nuevamente en las invenciones biográficas de Historia universal de la infamia y en muchos de sus cuentos. Pero Borges se contradice a menudo; son precisamente esas “resonancias”, esos momentos determinantes en la vida de una persona, los que en vez de individualizarla, resaltan la igualdad de todos los destinos: “Esas frecuencias que enuncié de Carriego, yo sé que nos lo acercan. Lo repiten infinitamente en nosotros, como si Carriego perdurara disperso en nuestros destinos, como si cada uno de nosotros fuera por unos segundos Carriego” (OC1: 119). Sin duda, muchos de los recursos que emplea en Evaristo Carriego le sirven también para diseñar las historias de Historia universal de la infamia, donde también hay, como el propio Borges indica, ecos de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Casi veinte años después de publicarlas, esto es, en 1954, él mismo presenta estas “biografías” –de personajes que realmente existieron, pero que en su libro no son más que “una superficie de imágenes”– como “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (…) ajenas historias” (OC1: 291). Incluso en el prólogo a la primera edición de estos textos, su joven creador sostiene que ellos son “ejercicios de prosa narrativa”, los cuales derivan de sus lecturas de Stevenson y Chesterton, pero también “de cierta biografía de Evaristo Carriego”, y que “abusan de algunos procedimientos: enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas. (…) No son, no tratan de ser psicológicos” (OC1: 289). Este prólogo no sólo sirve para dirigir la atención del lector: comienza a consolidarse el mito del autor que se cita a sí mismo y persisten las teorías planteadas en Evaristo Carriego… Extrañas, librescas, las biografías escritas por Borges muestran su conciencia sobre la diversidad de la vida y lo difícilmente comunicable que ésta puede ser.
Ya hemos advertido que la autobiografía borgeana, como relato de vida, parece alejarse de la poética elaborada durante años por el autor. Se acerca más al esquema cronológico y anecdótico que él mismo denosta cuando se refiere a las historias de vida de los demás. Si recordamos Evaristo Carriego, hay que decir que An Autobiographical Essay no nos permite “saborear” fácilmente lo que el nombre “Borges” evoca. Ese sabor es más perceptible en otras de sus obras. Aparte de los breves relatos de intención autobiográfica ya citados, durante mucho tiempo Borges no escribió directamente sobre sí mismo, pero dio curso a varios pasajes en que se reconocen aspectos de su vida o bien, en los cuales encontramos los obsesivos enunciados que van construyendo la imagen autorial. Se encuentran no sólo en la poesía, de por sí género íntimo y confesional, sino también en cuentos y ensayos, y muy particularmente en prólogos, notas a pie de página e inscripciones. La metafísica se transforma, las más de las veces, en pretexto para plantear las incertidumbres y temores personales. En su última producción, sin embargo, Borges habla de sí mismo con bastante desenfado. Hay unos cuantos aspectos de su vida que parecen obsesionarle, entre ellos un hecho crucial de su vejez: el advenimiento de la ceguera. A partir de El hacedor (publicado en 1960), ella adquiere cierta centralidad; el propio Borges la subraya, dando origen de este modo a la imagen arquetípica del bardo o del sabio ciego. Este destino es también materia de reflexión en el hermoso “Poema de los dones”, como también en versos menos conocidos, como “El ciego” (OC2: 474), “On His Blindness” (OC2: 475) y otros muchos. Incluso existe un famoso testimonio, una conferencia titulada “La ceguera”, incluida en el libro Siete noches, cuya existencia nos revela hasta qué punto esta dolencia llegó a ser un asunto “público”, y cómo este escritor –poco dado a las confesiones “íntimas”– no rehusó hablar de ella. La vejez y la ética, como el propio Borges afirma, comienzan a ocupar un lugar importante en su producción. De algún modo, el poeta retoma los textos juveniles en que intentaba definir el “yo”, su propio yo, pero esta vez ante la realidad impostergable y urgente de la muerte. Largas enumeraciones sirven de carta de presentación al Borges anciano y famoso, que no deja de meditar viejas preguntas: ¿Quién soy? ¿Quiénes soy yo por ellos, los antepasados? Las respuestas a menudo son devastadoras: “Soy eco, olvido, nada” (OC3: 89). Pero tampoco faltan los textos donde parece comunicar una suerte de reconciliación consigo mismo: “la ya avanzada edad me ha enseñado la resignación de ser Borges”, sostiene en un prólogo de 1970 (OC2: 400). El último Borges es el de la memoria, el de las recapitulaciones y las vastas repeticiones, y es aquel que comienza a encarar su propia fama.
La idea de la muerte se convierte en una constante: “Quiero morir del todo; quiero morir con este compañero, mi / cuerpo…” (OC2: 392). Se trata de una aproximación a la muerte muy singular, porque es precisamente con ese cuerpo que comienza a morirse, que el poeta comienza a amar. La suya es una ancianidad vertiginosa, porque en ella descubre algo que parece haberle estado vedado durante toda su vida: el amor. La frustración sentimental se manifiesta en el secreto atroz de Beatriz Viterbo en “El Aleph”, o en la cruel muerte de “La intrusa”. Sin embargo, en los últimos poemas y sobre todo en las “Inscripciones” que reemplazarán a los prólogos de los libros anteriores, el tópico se presenta bajo una nueva luz: la del amor correspondido. Borges, el autor de fama mundial, dedica a María Kodama su cuento “Ulrica” y también parece pensar en ella cuando escribe: “El nombre de una mujer me delata / me duele una mujer en todo el cuerpo”, bajo el significativo título “El amenazado” (OC2: 483). Permítasenos, por último, citar el corolario de toda una vida de creación, el “Epílogo” de Borges a sus Obras completas, escrito doce años antes de su muerte. Con él pone punto final –un punto ficticio, formal– a muchos años de creación fantástica. Es en este epílogo donde escribe, a despecho del ensayo autobiográfico publicado en inglés, la única autobiografía posible, al menos la única digna de su poética. No la que se vende con el fin de que los lectores “lo conozcan”, sino aquella que en su parodia, en su ironía, nos permite conocer al “yo” que se creó entre línea y línea. Este “yo” no se llama “Jorge Luis”, sino “José Luis”, y muchas imprecisiones y datos falsos salpican su imagen. El relato emerge de un tercero: “Borges” es “él”, un autor que recordado, entre otras cosas, por haber sido “hermano de Norah Borges”, y no al revés.
Borges escribe su biografía como si formara parte de una enciclopedia: “Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos, género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendian. Su padre era profesor de psicología. Fue hermano de Norah Borges…” (OC3). “Autor y autodidacta”, dice esta curiosa “enciclopedia” del futuro, y así vincula la función de “autor” –aquel que escribe “la obra”– con la del autodidacta, el que aprende por sí mismo, pero que también se hace a sí mismo… en la medida que se “crea” como autor. Y el “autor” que crea es aquel que en este texto consigue un extraño renombre por cuatro razones: 1) ante todo, por ser un descendiente de militares, quien en épocas de “decadencia” se afirma en el “valor” del coraje, afirmación que se reconoce espuria, incorrecta, desviada y se señala como “admiración atolondrada”, como adoración a la barbarie, como equívoco; 2) a consecuencia de ello, por ser el inventor de una ciudad de Buenos Aires inexistente, quizás incluso deformada o monstruosa, obra supuestamente “secreta” pero que es, probablemente, una de las creaciones más reconocidas en la obra del autor real / Borges; 3) por el mérito, apenas mencionado al pasar, de haber “elevado” la prosa argentina a lo fantástico; 4) y, finalmente, por el estilo, que en buena medida debe a sus lecturas inglesas, pero también al escritor francoargentino Paul Groussac y al reconocido ensayista mexicano Alfonso Reyes, ambos, aunque mencionados en esta biografía apócrifa, autores reales. Aquí se asume directamente el formato enciclopédico, formato que Borges utiliza en muchos de sus ensayos y que ha hecho suyo la demorada lectura de miles de páginas de la Encyclopaedia Britannica. Al redactor de esta “enciclopedia”, no obstante, “le consta” el más íntimo temor de “Borges”: que se descubra su “impostura”, o bien su “chapucería”. Pero lo que se nos presenta como confesión, como un íntimo temor, al figurar también en la biografía espuria, se tiñe de irrealidad, de falsedad. Pese a haberse inscrito a sí mismo en la historia universal, Borges dice temer la verdad quizás si para poder seguir escribiéndose compulsivamente, porque escribir es su vida, es la vida. De allí que, para nosotros, este texto redactado en tercera persona, colocado en un futuro improbable y fruto de una mano “anónima”, plagado de detalles falsos o medianamente falsos, sea la única autobiografía posible de Borges. Aunque, claro, él desee que pensemos otra cosa. Que es un farsante, por ejemplo. No podemos en este espacio referirnos con detalle al ensayo autobiográfico ni otros textos que –como éste– contribuyeron a la consolidación del personaje “Jorge Luis Borges”, el cual guarda relación, sin duda, con alguien que apenas entrevemos, pero que vivió y murió, y sobre todo, leyó y escribió, fundando una de las literaturas más significativas de su siglo. Hemos querido mostrar por lo menos algunos entre los más representativos, con el fin de perfilar ciertos aspectos de la creación autobiográfica del escritor, creación que se complementa con aquella que lleva el nombre de Un ensayo autobiográfico, texto aún poco conocido entre nosotros, lectores de habla hispana.
© Lorena Amaro Castro
BIBLIOGRAFÍA
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NOTAS
1 Dedicatoria escrita a la madre del escritor, Leonor Acevedo de Borges, en 1969, con motivo de la primera edición de las Obras Completas del autor.