Debats 82 Otoño 2003 - ESPAIS

Creatio (ex nihilo). La nada en la cibercultura II

La nada no tiene ningún centro y sus límites son la nada. Entre las grandes cosas que se encuentran entre nosotros es el Ser de la Nada la máxima.

Leonardo da Vinci, Diarios y Anotaciones

Si nuestra hipótesis es verdadera, la nada virtual, la nueva versión de la nada fundante de nuestra cultura, la creatio ex nihilo perteneciente al cristianismo gnóstico y al tecno-hermetismo, también ha de manifestarse más allá de la filosofía, en otro eventos de la cibercultura. La nada virtual es, además de fundamento matemático y espacial, una doctrina popular que ha de tener su propia expresión como en otras culturas y épocas la tuvo; recordemos así el “arte del vacío” en el taoísmo y el budismo zen, que en Oriente generó un poderoso estilo estético en la poesía, la arquitectura o la pintura. En el mundo globalizado también están apareciendo expresiones embrionarias de ese arte o cultura de la nada virtual o tecno-nada, que sobre la codificación de la nada virtual de las cibertecnologías, expresan precisamente el sentido de esa nada para el ser humano de nuestra época cibercultural. Especialmente en el arte de las nuevas tecnologías, en la ciencia ficción reciente y en la propia red aparecen estas manifestaciones como epifenómenos religiosos de esta nada virtual. Pues a pesar de su sólido fundamento tecnológico, es necesario que aparezcan obras que sirvan como iconos para transmitir esa nada y su nueva doctrina...

Ciertamente, el arte debe tener una relación muy importante con la nada en Occidente porque tiene que ver con la creatividad. Y la creatividad artística debería parecerse en cierta forma a la creatividad divina. De ahí que George Steiner entienda que en Occidente, la “presencia real”, la presencia de lo divino, se manifieste en el arte, es decir, en el esfuerzo esencial por ser “creativos” a imagen y semejanza divinas. El acto creativo humano es para este crítico literario simplemente una analogía con el divino y por ello, tras la nietzscheana muerte de dios, desaparece el fundamento de la creatividad: “¿Qué significado se une a la noción de creación de formas expresivas y ejecutivas en lo que denominamos ‘arte’ y, creo también ‘filosofía’, si la posibilidad teológica, en su más amplio sentido, se ha tirado a la papelera (siendo precisamente la obra de Beckett End-Fame una alegoría de esta pregunta)?” (Steiner, 2001: p. 6). Los grandes relatos, las grandes obras no son sólo un gigantesco esfuerzo por representar la realidad sino que además indican el anhelo por reconstruir y la garantía de llenar de sentido de la nada y el vacío, con los objetos creados. Muchas teorías filosóficas occidentales han señalado que el verdadero conocimiento no proviene de la contemplación sino de la acción, tal como propondrá Giambattista Vico. Hacer equivale a saber de verdad, y arte y tecnología se parecen en este sentido. Esta propuesta no se diferencia demasiado de la idea que mantiene Kevin Kelly respecto a la tecnología como acto divino de creación aunque ciertamente es bastante más optimista. Pero preguntarse por el propio hecho creativo, tanto artística como tecnológicamente, implica cuestionar aspectos esenciales como en el caso de la nada: a partir de qué se crea, qué relación existe con la nada y si hay verdaderamente una creatio ex-nihilo. Así, de estas preguntas de “nadología” estética surge la necesidad de revisar las condiciones mismas de la creatividad artística.

Ciberarte y net art de la nada

En Occidente, de una manera marginal si lo comparamos con la potencia de cierto arte oriental como el arte del budismo zen, también ha habido desde antiguo un arte de la nada, especialmente en las artes plásticas, y que conecta con la tradición tecno-hermética. Ello se debe a que progresivamente el arte asume las nociones religiosas de nada e infinito como se puede comprobar en la pintura del Barroco. Justamente esa doble asunción o dialéctica, nada-infinito, hace que la nada occidental se diferencie de la de otras culturas. El ser humano es nada en comparación con lo infinito y paradójicamente al tiempo es infinito en relación con la nada, pero su tarea es precisamente alcanzar lo infinito y en esa contradicción se genera la melancolía, la conciencia de los propios límites a la vez que el deseo imposible de transcenderlos. Lo infinito es también lo perfecto ejemplificado en los cuerpos geométricos, tal como aparece en el del famoso grabado de Durero, Melancolía. El dios sin nombre, con atributos como la simplicidad y unidad, hace difícil su representación pero el cuerpo geométrico, perfecto y simple, es un buen símbolo. Se podría leer la arquitectura de Juan de Herrera precisamente como una forma alegórica de atrapar la nada o el vacío divino por medio del cubo. Así, en su hermetizante Discurso de la figura cúbica se establece una conexión entre ciertas figuras geométricas y el espacio vacío, como también se evidencia en los tratados del grabador Wentzel Jamnitzer cuando intenta elaborar una teoría plástica de los cuerpos perfectos.

Por otra parte, en pintura también existe una tradición barroca y cuasisecreta de cuadrados negros que se relaciona directamente con la nada como inverso, tal como señala Fernando R. de la Flor: “El negro es por principio entonces y antes que nada, justamente lo que se opone a la nada, lo que está al otro lado de la nada y lo que son sus representaciones. No lo que designa todo lo que no tiene existencia, sino lo que emblematiza todo aquello que está más allá de la existencia, y acerca de lo cual wittgensteinianamente, ya no se puede hablar (acaso de lo que ha repletado su existencia y entonces ya no se puede precisar su perfil)” (Molinuevo, 2001: p. 149). El negro volverá a aparecer con esa idea mística de infinito, tal como indica De la Flor, en el arte contemporáneo, en el “Cuadrado negro sobre fondo negro” de Kassimir Malevitch. Pero éste es un ejemplo entre otros numerosos de investigaciones sobre la nada artística. Recordemos que muchas de las vanguardias, especialmente las racionalistas, se esforzarán en adquirir esa depuración que finalmente acaba en la nada. El propio Malevitch culmina su trayectoria suprematista con “Cuadrado blanco sobre fondo blanco”, varios años antes. Pero hay muchos más: Ives Klein con su “Azul Klein”, Ad Reinhardt con su serie de cruces negras sobre fondo negro, Piero Manzoni con sus “Pinturas Blancas”, etc, todas ellas muy semejantes en espíritu y forma al cuadrado negro del hermético Robert Fludd con su “Nihil and Infinitum”. Todas las artes de vanguardia sufren la misma tendencia como en el 4’ 33’’ de John Cage, donde trata de explorar el silencio como nada musical. No se trata sólo de la vanguardia porque el negro barroco que estudia De la Flor tiene sus coetáneos y precedentes en numerosas aproximaciones artísticas a la nada, aparentemente anecdóticas, porque parecen un paralelo de los juegos retóricos empleando la palabra “nada” o como retrúecanos visuales (una tradición muy británica de poemas de salón, pero que también aparece en Shakespeare, al igual que en nuestro José del Campo Raso, como nada creadora y positiva). Así la célebre pagina en blanco de Lawrence Sterne en Tristam Shandy (continuada por la página completamente en negro que celebra el duelo por Yorick) o el mapa vacío de La caza del Snark de Lewis Carroll, son tentativas humorísticas pero también profundas sobre el significado último de la creación artística y su alianza con la nada. Tal vez el ingenio lúdico sea una de las mejores formas de hablar sobre la nada.

Todas estas obras previas anuncian un arte de la nada y del vacío espacial que desemboca en la figura del extraordinario escultor Jorge Oteiza. La obra de Oteiza es un hito de arte del vacío que ha tenido en el arte vasco una expresión singular, a través de la obra de Oteiza y posteriormente de Eduardo Chillida, quien con sus esculturas y grabados supo manifestar precisamente la conceptualización estético-filosófica del vacío del siglo XX, al ilustrar el texto El arte y el espacio de Martin Heidegger, uno de los grandes filósofos contemporáneos de la nada. Lo que en ambos casos nos remite al pasado remoto de una cultura europea y prehistórica del vacío sagrado; de los micro-cromlechs neolíticos del Pirineo en el caso de Oteiza a los “claros del bosque” (lichtung) de la cultura germánica en el caso de Heidegger (Sendas del bosque). En su visión del espacio, Heidegger coincide plenamente con Oteiza al afirmar que: “¿Qué devendría del vacío del espacio? El vacío aparece a menudo tan sólo como una carencia. El vacío sería entonces como la carencia por colmar espacios huecos e intra-mundanos. Sin duda el vacío está relacionado justamente con las peculiaridades del sitio y por eso no es una carencia, sino una creación” (Heidegger, 1970: p. 2). El arte abre esos vacíos para llenar el alma humana, de acuerdo con la estética oteiziana. Con la serie de cajas metafísicas o vacías y a partir de su Propósito experimental en 1959, Oteiza abandona la escultura por haber llegado al vacío y se lanza a la creación de un nuevo ser humano post-artístico en la poesía, la estética, la antropología, la educación y la política. Como hemos mostrado en Jorge Oteiza y la cibercultura, Oteiza es un creador profundamente tecno-hermético, precedente del minimalismo, del conceptualismo y del arte infográfico y del net-art incluso. Su testamento artístico no admite dudas: “Este vacío final significa que el arte ya no necesita seguir explorando, que ha elaborado ya una sensibilidad actual para la vida, para nuestro comportamiento espiritual, y que la educación debe transmitir a todos” (Oteiza, 1983). Finalmente, para Oteiza tecno-hermético y proto-cibercultural la nada es recreada en un particular televisor metafísico, una metáfora que igualmente se podría aplicar al ordenador: “Tengo dos televisores en casa, en la misma mesa, es la mesa de los televisores. Uno de ellos es el corriente, el mundo se expresa físicamente, en imágenes que vienen hacia mí, yo soy el receptor. El otro es mi última escultura experimental, mi Caja vacía, un espacio receptivo, es mi televisor metafísico, soy yo el agente activo, me he puesto al borde de la realidad, he tomado conciencia, me alejo de ella, aparco espiritualmente esta Nada” (Oteiza, 1996: 136).

En cualquier caso, lo importante es que sobre el fin del arte experimental y el encuentro positivo con la nada, surge el arte de las nuevas tecnologías, tanto el ciberarte infográfico de la realidad virtual como el net-art de la red, como las dos esperanzas vanguardistas del arte (y entre ambas también aparece una escuela de arte híbrido, que combina técnicas tradicionales y nuevas tecnologías y que también deriva indirectamente de las conclusiones de Oteiza). No obstante, así como el arte virtual se encamina hacia el universo del cine y los efectos especiales, lo más determinante es a nuestro juicio cómo las cibertecnologías hacen posible un arte político (de raíz situacionista), no esencialmente imaginero y por tanto vacío de apariencias, que ha sido llamado por teóricos del ciberarte como José Luis Brea, como un “no-arte”. Su objetivo sigue siendo político, en el deseo de la vanguardia de unir arte y vida, porque: “Lo que está en juego es mucho, sin duda, y nuestra apuesta –en medio de todo ello– está clara: tomar siempre partido por la radicalización de las formas democráticas, por el fortalecimiento de los mecanismos que aumenten las posibilidades de participación ciudadana en la conducción colectiva de los asuntos comunes. Nuestro empeño en “producir esfera pública” alternativa no puede tener otro objetivo que ése: favorecer el fortalecimiento de aquellos instrumentos que permiten –lo más posible– la expresión plural de los intereses y las visiones del mundo, facilitando su contraste y logrando a la vez que operen como mecanismos eficientes de regulación de la acción pública (Alonso y Arzoz, 2002). Así, lo que posibilita la experiencia conclusiva de Oteiza y su arte del vacío es que el tecno-hermetismo se re-espiritualizara (a través del contacto con cierta tradición mística occidental, –por ejemplo, Ignacio de Loyola y sus Ejercicios espirituales, que en opinión de Roland Barthes es un precedente de imaginación virtualista y cibernética, y por supuesto, del budismo zen) y se constituyera como una versión izquierdista y política. La negación del arte como fin del arte, de Hegel a Oteiza, lo que ha permitido finalmente es el no-arte de las acciones y del hacktivismo que busca liberar espacios vacíos para la rebelión, como pretenden las TAZ o “zonas temporalmente autónomas” de Hakim Bey o el proyecto de los autores de crear desde el quintacolumnismo cibercultural una contrautopía de espacios libres o vacíos para el diálogo y la comunidad, empezando por el espacio cíber-cívico de un ágora hiperfilosófica, de una CiberAtenas en la red. Arte del no-arte, no de crear imágenes, sino de abrir, de crear espacios vacíos, nadas en potencia de ser habitadas no por truculentos mitos tecno-herméticos sino por la vida ciber-humanista de la globalización alternativa, el software libre y el wireless, abriendo paso a su vez a la rebelión hiperpolítica en todo el mundo. La nada, al fin recuperada del tecno-hermetismo capitalista y pirateada como una nada de la mística cotidiana (la de la fábula budista del boyero que tras alcanzar el vacío del nirvana, ha de volver al mercado) como fundadora del círculo igualitario de la comunidad y de la ciudad primigenia.

Ciencia y ciencia ficción de la nada

La nada virtual también ha estado presente en la ciencia ficción como especulación arriesgada de ciertas teorías científicas. Su fundamento es que hay todavía aspectos desconocidos de la realidad y que la ciencia positiva no consigue explicar. Las grandes preguntas sobre el origen y el destino del universo –preguntas cosmológicas y al tiempo cuasirreligiosas– siguen sin ser respondidas, más allá de frágiles hipótesis. Lo que en el fondo todavía se halla es la debatida cuestión de la constitución última o primordial de la realidad, y ahí nos volvemos a topar con la nada, que para diferenciarla de cualquier aroma de misticismo antiguo se ha de llamar de cualquier otra forma ‘científica’ como átomos, antimateria o vacío de energía cósmico. De esta manera, la nada es presente y final anunciado con tono apocalíptico: “El Universo puede haber aparecido una vez a partir del vacío cuántico, reteniendo un pequeño recuerdo de energía. Luego, en un futuro lejano, esa energía de vacío reafirmará su presencia y acelerará de nuevo la expansión, esta vez quizás para siempre. Globalmente, la auto-reproducción puede inspirar nuevos comienzos, nuevas físicas, nuevas dimensiones, pero, a lo largo de nuestra línea de universo, en nuestra región del Universo, parece que finalmente será uniforme, sin estrellas y sin vida para siempre. Quizás sea bueno que no estemos allí después de todo” (Barrow, 2001: p. 306). La nada como entidad hipotética y virtual, como reverso oculto de la realidad vuelve a jugar su papel. Y ahí están los escritores y cineastas de la ciencia ficción contemporánea para ilustrarnos con sus paradojas. La escenificación de las posibilidades de esa nada creativa del universo no son tampoco cosa reciente; son numerosas las obras de ciencia ficción donde sin mayores explicaciones se nos presenta una cierta y vagarosa nada espacio-temporal, por ejemplo, en los viajes en la máquina del tiempo o en la teletransportación. En ambos casos se supone que el ser humano accede a un terreno de nadie de las leyes de la ciencia conocidas, a una nada dimensional, que permite pasar a otros tiempos o lugares imposibles de acceder por medios convencionales. Es decir, para ir al pasado o al futuro o para viajar instantáneamente a otro planeta, debemos pasar por un pliegue de la nada constitutiva del universo, que por decirlo de alguna forma, se halla entre bambalinas del teatro de la realidad. La máquina del tiempo se ve rodeada de una sopa blanca que representa la nada o atraviesa en forma de nave espacial un negro agujero de gusano, que cumple la misma función mágica que el espejo negro de obsidiana, tal como nos recuerda Joaquim Dols, ya que servía para que los chamanes aztecas o el alquimista John Dee vieran otros tiempos y lugares remotos. Y así tenemos evocaciones tan interesantes como La autopista de la eternidad de C. Simak, Las naves del tiempo, de Stephen Baxter, Mysterium de Robert Ch. Wilson, etc. Pero la teletransportación a través de portales también nos puede llevar a atravesar esa nada plegada, después de disolvernos en átomos y volvernos a reconstituir como en las películas populares de Star Trek o La mosca, con los consiguientes aturdimientos y problemas. En este aspecto, la ficción más significativa es la serie novelística Hyperion, de Dan Simmoms, donde se muestra un universo futuro comunicado por portales de teletransportación, y cuya esencia es un vacío de características místicas. “Pero el Vacío no era de tiempo ni de espacio, y por supuesto no era de Dios. Tampoco el Vacío que Vincula es Dios. En verdad, el Vacío evolucionó mucho después que el tiempo y el espacio fijaron los límites del universo, pero el Vacío que Vincula, no circunscrito por el tiempo ni sujeto al espacio, ha saltado hacia atrás, hacia delante en el continuo, hasta el Big Bang del comienzo y el Pequeño Gemido del final de las cosas” (Simmons, 1998: 373).

El otro aspecto donde la nada constitutiva y creativa de la realidad aparece en la ciencia ficción es en las infinitas posibilidades de la nanotecnología. La nanotecnología, propuesta por Richard Feymann, se convierte así en la colonización de lo más pequeño, de ese vacío esencial que rodea a todo lo físico. Por supuesto la ciencia ficción toma buena nota de esta propuesta, cada vez más frecuente en novelas y películas. Pero no sólo en la ficción, también la política científica de EE. UU. cuando propone la especulación de que en un futuro, dominando esta tecnología, conseguiremos moldear la materia, lo cual nos convertirá virtualmente en dioses virtuales. La ilustración de que llegaremos a ser creadores ex nihilo aparece claramente en La era del diamante, de Neal Stephenson, donde la humanidad vive en torno a una especie de tostadoras o microondas nanotecnológicos que como baúles mágicos son capaces de proporcionar al usuario desde comida a objetos cotidianos. De igual modo en la película Dark City, gracias a una poderosa nanotecnología alienígena, podremos incluso crear con la sola fuerza de la imaginación todo un mundo que no existe. En ambos casos aparece el concepto de la nada esencial de la física especulativa que, supuestamente también, nos puede llevar incluso a universos paralelos y alternativos, tal como especulan ya numerosos científicos.

Por otro lado, sobre todo a partir del fuerte influjo de la corriente ciberpunk, la nada puramente digital aparece en todo su esplendor en un mundo virtual, ya que el espacio digital se halla efectivamente vacío y todo lo que en él aparece es completamente artificial y generado por el ser humano o por las propias máquinas. La idea soterrada de muchos de los tecno-herméticos es que dios aparecerá porque es una propiedad emergente de la tecnoesfera, o mejor dicho, de la infoesfera que estamos creando. Cuando ésta tenga suficiente riqueza entonces lo divino –como anuncia el físico Frank J. Tipler– se manifestará allí. Éste es el argumento de la trilogía de William Gibson compuesta por Neuromante, Mona Lisa Acelerada y Conde Cero.

Más allá de las ficciones literarias, donde mejor se ha ilustrado esta nada virtual y profundamente tecno-hermética es en la aclamada serie The Matrix, de los hermanos Wachowsky. En esta ficción cinematográfica aparece una realidad virtual creada por las máquinas rebeldes como engaño o velo de Maya, para el ser humano. De nuevo, el fundamento último de esta realidad virtual frente al “desierto de lo real” (la tierra destruida) es la digitalización cabalística de los ordenadores, como ilustran desde los títulos de crédito las cadenas de números verdes dando forma a las cosas (singular efecto tomado de su precedente “Ghost in the Shell”, un anime profundamente tecno-hermético que aboga por la fusión de los hombres cyborg con IAs autoconscientes). La nada virtual y existencial de Neo (representada por el entorno blanco de las simulaciones de entrenamiento) se convierte así también –malentendiendo el mensaje pro-realista del film– en una llamada al nihilismo, que justamente ha atraído a filósofos como Baudrillard o los hermanos Dreyfus, expertos en la filosofía de la inteligencia artificial. Desde luego esta película es toda una tentación para los filósofos actuales que debaten sobre ella incluso en la red: “Pero la verdad es que “Matrix” es todo un reto para los filósofos. El film lleva en sí mismo su comentario. No moviliza la filosofía, trata de substituirla. Es ella misma una matriz de filosofía. Para empezar no hay que olvidar su forma: construida como un discurso en tres partes sobre el tema de la libertad humana o de la fuerza de lo Real, “Matrix” administra una demostración en actos. La saga “Star Wars” mezclaba una estructura épica de temas metafísicos y mitológicos. “Matrix” lo hace al revés: en una estructura argumental, hace intervenir motivos épicos que la hacen ser aceptada por la industria cinematográfica y el gran público. Se encuentra una de las figuraciones más llamativas de la inconsistencia de la “matriz” social donde vivimos, por lo general como bestias” (Elie During, 2003: 128). La nada física y virtual de la ciencia en la ciencia ficción se convierte así en una metáfora de las aspiraciones tecno-herméticas del progreso, cuyo horizonte final es la entronización del ser humano como nuevo dios del universo y de la realidad. Y para ello resulta básico el control de la nada creadora, ya sea mágico o tecnológico, milagroso o digital, como nos propone la ciencia ficción tecno-hermética. Un buen ejemplo sería en este sentido la novela del físico Greg Egan, Ciudad Permutación, donde el ser humano emigra al ámbito informático haciéndose copias de sí mismo y creando un universo virtual a su medida, esto es, la aspiración última, verdadera y secreta de la utopía tecno-hermética a partir de la nada virtual.

La nada nadea en Internet

Finalmente la nada virtual del arte y de la ciencia ficción actuales tampoco tendría mayor relevancia si Internet, la red mundial tejida de las finas hebras de la nada virtual, no acogiera en su regazo vacío todas las nadas existentes y sus doctrinas, tecno-herméticas o místicas, positivas o negativas, claras y oscuras, que han existido. La red como gran artefacto de la nada virtual se manifiesta como un inmenso hipertexto de memoria creciente sobre todo y sobre nada; ya sabemos que sobre cualquier contenido, y por tanto sobre el contenido de la nada, de las nadas antiguas, subsumidas así en la gran nada virtual y cibercultural que existe hoy, como renovada creatio ex nihilo repleta de posibilidades, buenas y malas, utópicas o distópicas. Una simple búsqueda a través de Google de conceptos como nada, vacío, cero, etc, nos puede llevar a lugares y espacios que evidencian mejor que ninguna otra referencia, cómo la nada en nuestra época se muestra definitivamente activa y creadora. En nuestra brevísima etnografía de la nada virtual en la red hemos encontrado algunas páginas y referencias que confirman la salud heterogénea y sorprendente de la nada. http://www.nothing.net/ por ejemplo continúa con la tradición anglosajona de juegos de palabras con nada. Con más calado filosófico la enciclopedia filosófica en Internet nos ofrece una definición completa sobre la nada http:// www.csc.uvic.ca/~gdbrown/nothing.html y desde una perspectiva existencialista se puede leer el artículo http://www.tc.umn.edu/ ~parkx032/XP77.html. El foro http:// www.ephilosopher.com/phpBB_14-action-viewtopic-topic-122-forum-17&6.html se discute sobre esta cuestión. http://enotalone.com/books.php?topic=Nothing+(Philosophy) es una bibliografía filosófica sobre la nada de los últimos años. Finalmente http://inicia.es/de/aribas/home.html es un ejemplo de página completa donde se trata del vacío y la nada con enlaces y bibliografía. Todos estos son sólo unos pocos ejemplos porque hay cientos de miles sobre el tema. Así que la nada está muy bien representada en Internet.

La nada vuelve a ser un tema secreto pero fundamental del arte y de la ciencia, como al principio de estas disciplinas. Suspendidos en la existencia por un breve tiempo, surge la necesidad imperiosa de encontrar respuestas. Necesitamos volver a contar la historia de la creación, del universo y la realidad, necesitamos saber qué había antes del nanosegundo que produjo el Big Bang. La nada, o mejor dicho, esta versión occidental de la nada, que es la misma nada de siempre pero en la que se destacan algunos rasgos, se convierte en el improbable soporte de nuestra existencia y nuestros mitos. El problema es que la interpretación tecno-hermética de la nada contemporánea de la cibercultura nos impide entender todas sus dimensiones e implicaciones, ya sean ficticias, filosóficas o prácticas. La pretensión faústica de dominar la nada para cumplir los mitos religiosos, pese a su barniz de ultramodernidad, pertenece a los viejos anhelos del pasado, pues esa nada refiere directamente a la supuesta omnipotencia divina. Y sin embargo, lo que realmente demandamos ahora es respuestas constructivas, prácticas y creativas, a la nadificación del mundo. La deconstrucción (Derrida), el simulacro (Baudrillard), la lógica borrosa o difusa (Bart Kosko), el no-lugar (Marc Augé), lo virtual (Philippe Quéau), etc., todos ellos conceptos de la visión posmoderna y cibercultural de un mundo abocado a la nada, ciertamente nos están anunciando un estado de cosas marcado por la fragilidad y el desvanecimiento: parece que el fundamento del pensamiento, tan querido por la filosofía, sea la lógica, la metafísica o la ciencia, se vuelve definitivamente tenue, se acerca a la nada. En realidad la verdadera e inamovible certeza es que sabemos que todo terminará desembocando en la nada y que como algunos afirman, ninguna obra artística tiene garantizada su supervivencia, por muy célebre y eterna que la podamos pensarla todavía. La historia no se mueve en línea recta, decía Wittgenstein, sino que muchas veces es un meandro que tal vez nos devuelve al mismo lugar. Pero del mismo modo que esta crisis de realidad es aprovechada por las fuerzas oscuras del tecno-hermetismo para construir un falso paraíso artificial (para mejor imponer su tiranía real), constituye también una oportunidad para recrear una realidad real y una virtualidad real, pero alternativas. Y de esta manera la nada en la cibercultura demuestra que es una nada neutra y que somos los seres humanos los que creamos el bien o el mal a partir de ella…

A partir de esta embrionaria teoría de la nada cibercultural habríamos de seguir explorando, quizá con el contraste de las expresiones místicas o poéticas de la nada antigua, un sentido posible y habitable para la nada, un nihilismo verdaderamente humanista pero no paralizante. El arte tiene una importante función en ese tratamiento de la nada, pero sólo si se tienen claros los límites y se evita el exceso tecno-hermético. Se trata, en última instancia, de seguir la melancólica nada cívica que sugiere poéticamente José Luis Brea cuando define el arte como luz negra sobre la realidad: “Casa pequeña del no ser, el asalto de la revelación se escribe entonces en su seno con el nombre de una melodía perpleja: el saber que allí se abre pertenece al orden de la iluminación profana, de la verdad breve, pobre y callada. Como un fogonazo, ella hace resplandecer por un instante en la retina del alma la memoria de toda forma –que pronto vuelve a perderse en lo oscuro, en el olvido que ella misma asienta. Extraño e inútil saber, que sólo ha de serlo de perennidad y contingencia.” (Brea, 1996: p. 72).

Bibliografía


Alonso, Andoni/Arzoz, Iñaki (2003): Oteiza y la cibercultura
http://www.unavarra.es/organiza/catedrra_oteiza_prg1.2. htm
Barthes, Roland, (1997): Sade Fourier, Loyola, Cátedra, Madrid.
Barrow, John D. (2001): El libro de la Nada, Crítica, Madrid.
Baxter, Stephen (2003): Las naves del tiempo, Suma de Letras, Madrid.
Bey, Hakim (1996): TAZ, Zona Temporalmente Autónoma, Talasa, Barcelona.
Brea, José Luis (1996) Un ruido secreto. Mestizo, Salamanca.
Carroll, Lewis (1982): La caza del Snark, Mascarón, Madrid.
Egan, Greg (1998): Ciudad permutación, Nebulae, Madrid.
Gibson, William (1984, 1986 y 1989) Neuromante, Conde Cero, Mona Lisa acelerada, Minotauro, Barcelona.
Heidegger, Martín (1970)“El Arte y el Espacio”, Revista Eco, tomo 112, Bogotá.
Herrera Juan de (1996) Discurso de la figura cúbica, según los principios y opiniones de Ramon Llull, Patrimonio Ediciones, Madrid.
Jamnitzer, Wentzel (1993): Perspectiva corporum regularium Siruela, Madrid
De la Flor, Fernando R. “De la “Tabula Rasa” al negro infinito. Arte y absoluto”, en Molinuevo, 2001.
Molinuevo, José Luis (2001) A qué llamamos arte. El criterio Estético, Universidad de Salamanca, Salamanca.
Oteiza,Jorge (1962): Quousque tandem! Ensayo de interpretación del alma vasca, Auñamendi, San Sebastián
(1966) Ejercicios espirituales en un túnel, Txertoa, San Sebastián
Simak, Clifford, D. (1986) La autopista de la eternidad, Ultramar, Madrid.
Sterne, Lawrence, (1998): Tristam Shandy, Círculo de Lectores, Madrid.
Stephenson, Neal (1998): La era del diamante. Manual para señoritas, Ediciones B. Barcelona
Página web de “The Matrix”:
http://whatisthematrix.warnerbros.com/rl_cmp/new_phil_fr_intro.html

© Iñaki Arzoz

Volver al sumario