Debats 82 Otoño 2003 - ESPAIS

El rosto de la nada

Hemos por fin arribado al fin de las dualidades. Este siglo será el del pensamiento borroso: A y no A existen al mismo tiempo. Ya dijo Heráclito que los opuestos concuerdan y que de ellos surge la más bella armonía. Un corpúsculo es onda y partícula a la vez. O, recurriendo a una imagen extraída de la física subatómica y que representa la coiunctio oppositorum entre onda y partícula, ambas son diversas manifestaciones de una supercuerda. En la parte está el todo, como demuestran las imágenes holográficas, lo que es una forma de decir, en palabras de Anaxágoras, que “las cosas participan en una porción del todo”1. Numerosos presupuestos de los presocráticos se consideran hoy acertados. El círculo se ha cerrado tras una larga espiral que, descubrimiento tras descubrimiento, nos ha llevado al mismo punto, aunque ahora es posible demostrarlo: la nada tiene su propia realidad; la nada es algo. Luego la nada tiene un rostro. Es justamente ese rostro el que se propone apresar el presente artículo. Un rostro que, si se parece al de alguna persona, sería al de una actriz capaz de interpretar variados y contradictorios papeles, porque no hay una nada ni dos ni tres, sino muchas nadas, aunque, en el fondo, todas sean probablemente manifestaciones de una misma nada.

La nada devoradora

Hagamos el retrato de uno de los primeros rostros con que se disfrazó la nada: el de siniestra arpía. Desde el comienzo de los tiempos, el hombre ha tenido horror al vacío y, huyendo de su acecho, ha pintado las paredes de las cuevas, ha puesto hitos en las tierras, ha erigido dólmenes, plantado obeliscos, alzado monumentos, confeccionado mapas. Incluso ha pintado, roturado, infibulado, abierto o estirado su piel. El horror vacui de los celtas resulta legendario y es conocido cómo, en su arte y decoraciones, lo llenaban todo de motivos geométricos: espirales, losanges, círculos, laberintos... La nada como mujer devoradora está siempre dispuesta a deglutirlo todo con sus crueles fauces. Tal vez las seviciosas diosas de las antiguas civilizaciones, como Kali, Cibeles o Medea, no sean sino una representación de la nada. El problema viene principalmente de la identificación de la nada con el abismo, con la destrucción, cuando, a la luz del pensamiento borroso, resulta innegable que la nada y el algo son dos aspectos de una misma cosa, dos caras de idéntica moneda. Nadie lo ha visto más hermosamente que Lao-Tse:

Treinta rayos convergen hacia el centro de una rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda. Con arcilla se moldea un recipiente, pero es precisamente el espacio que no contiene arcilla el que utilizamos como recipiente. Abrimos puertas y ventanas en una casa, pero es por sus espacios vacíos que podemos utilizarla. Así, de la existencia provienen las cosas y de la no-existencia su utilidad.2

Algunos de los filósofos presocráticos lo tenían muy claro. Para ellos, el vacío no era la ausencia de ser, sino otro modo del ser. Es decir, el vacío era algo, tenía una entidad. Como afirma Leucipo, “el vacío existe no menos que el ser”3. Leucipo consideraba que las cosas eran infinitas y que se intercambiaban recíprocamente, de modo que el todo era el vacío y el vacío, el todo. Desde luego, si la nada es algo, ese algo es el verdadero todo. Para un pez, el todo (es decir, el agua en que vive) tiene forma de nada, ya que constituye el fondo dado en el que habita. Los científicos del siglo XIX creían que los cuerpos celestes se movían a través del éter. Más tarde, se comprobó que el éter no existía y que se movían en la nada. Más tarde, volvió a comprobarse que la nada estaba llena. ¿Qué más da llamar al vacío éter, nada o todo? El todo es la nada. La nada es el todo. Hasta tal punto es así que la situación puede ser fácilmente invertida: ¿Qué ocurriría si los cuerpos celestes fueran agujeros en el todo de una materia uniforme? En el queso de gruyère, ¿qué es antes, el queso o los agujeros? Para un gusano que habitara el queso, y dado que sólo puede hacerlo en los agujeros, ¿la nada no es el todo y el todo la nada? Sus laberintos, ¿no serían una construcción y, por tanto, algo frente a lo dado por la naturaleza, es decir, el queso, la nada? Parafraseando el poema de Lao-Tse, cuando hablamos de simas subterráneas ¿no existen porque la nada se ha abierto paso en el todo de la montaña, de modo que la nada se convierte en todo y el todo en nada? Por tanto, la nada es la razón de que exista todo, la nada es la generadora, en la nada descansa cuanto existe.

La nada creadora

Todo se crea, pues, en primer lugar de la nada, como si ésta fuese una tierra de cultivo donde plantamos semillas. Sólo que las semillas han sido creadas de la nada y, a su vez, se nutren de ella, crecen en ella y, cuando encuentran un valor crítico, emergen a la realidad visible. Así se ha engendrado cuanto existe: la materia, los bosques, los animales, los hombres... Y, dentro de éstos, sus costumbres, sus ideas, su cultura. Es la razón por la que las épocas cambian, porque la nada es inestable, no tiene permanencia. Cuando una idea surge de la nada, ésta arraiga en un hombre y, luego, en una turbadora progresión geométrica, en dos, en cuatro, en ocho... hasta que se instala por doquier y acaba convirtiéndose en tópico generalizado. De ahí el inmenso valor de los pequeños gestos, de las palabras apenas susurradas, de los libros de corta tirada, de los pensamientos heterodoxos... Una sociedad que no respeta la voz del silencio, una sociedad que aplasta a las minorías, está asfixiando su renovación y marcha directa hacia la necrosis. Por ello, la nada implica también la libertad del hombre, que debe moverse en un universo cuya mayor parte de las reglas no están escritas o bien están mal escritas, y hay que rescribirlas continuamente. Aquí radica su grandeza. Por eso no podemos prescindir de ella. Sin la nada, todo se desintegraría. Resulta paradójico considerar cómo la nada no es sólo destrucción, sino que es absolutamente necesaria para que ésta no se produzca. Sin la nada, caemos en el verdadero vacío, en la negación total... Y vuelta a empezar. Porque este vacío sería nuevamente nada y, así, volvería a engendrar el todo, que, a la par, y siguiendo nuevamente la perspectiva del pensamiento borroso, es la nada... Como muy bien expresa Sartre en L’Être et le néant,

Si se puede dar la nada, no es antes ni después del ser, ni, en general, fuera del ser, sino en el mismo seno del ser, en su corazón, como un gusano... La desaparición total del ser no supondría el advenimiento del reino del no ser, sino, por el contrario, el desvanecimiento concomitante de la nada.4

No hay opción. Hagamos lo que hagamos, el universo es eterno. Si en el principio había nada, ya existía el todo. Pero la simple existencia del todo, implica la nada. He aquí la singularidad dialéctica que provocó el universo: la nada engendra el todo; el todo, la nada. No hay ni un antes ni un después, como el punto en un círculo, que es, a la vez, comienzo y final. Destruyamos lo que destruyamos, cuanto existe volverá a crearse.

La nada, más que el todo

Pero la nada y el todo no se complementan al 50%. Las fáciles matemáticas del pensamiento borroso nos han enseñado que, aunque no existe la dualidad, sí existen las proporciones. Si hay algo que domine el universo, es la nada. Así que otro de sus rostros es el de un gigante, frente al cual lo visible sería una mísera pulga. La nada constituye la verdadera materia. Observemos un cuerpo humano a la luz de un microscopio electrónico con una reducción de 1 angstrom (10-10 metros). Veremos una serie de electrones separados por inmensos vacíos. Hasta tal punto es esto así, que semejante vista podría perfectamente confundirse con la de una galaxia5. Es más, si resulta factible que el cosmos entero se condense en la punta de un alfiler, es porque lo que consideramos materia está constituido de abismales vacíos. Muy grande tiene que ser la nada para que todo lo habido y por haber pueda concentrarse en un pequeñísimo punto.

Ahora bien, esos vacíos no son vacíos en realidad, porque están llenos, aunque les guste jugar a esconderse. Ya lo dijo Heráclito: “A la naturaleza le place ocultarse”6. De este modo, en la nada residiría lo que el físico David Bohm llama “orden plegado”. Para Bohm, el orden manifiesto es el que todos observamos, bien con nuestros ojos, como el sol, bien con instrumentos apropiados, como las partículas subatómicas, mientras el orden plegado sería el que explicaría y generaría el primero. El orden plegado contendría el conocimiento absoluto. El mismo Bohm pone un ejemplo muy ilustrativo: en la parte superior de dos cilindros concéntricos unidos por una estrecha abertura, en todo parecidos a un reloj de arena pero rellenos de un líquido viscoso, echamos una gota de tinta negra. Conforme transcurre el tiempo, la gota irá desleyéndose en el interior del cilindro de abajo, hasta que desaparece completamente. Al no verla, podríamos afirmar que la gota no existe. Pero no es así. Ésta se encuentra simplemente plegada en el interior del líquido. Si ahora invertimos los cilindros, veremos cómo la gota va nuevamente conformándose, hasta alcanzar el tamaño y la forma que tenía al comienzo7. El orden plegado se ha hecho patente.

La forma de la nada sería, en consecuencia, la de un holograma. Sabido es que, en éstos, cualquier parte contiene el todo. Incluso disponiendo de la parte de la parte de la parte podríamos reconstruir la totalidad, aunque, conforme más dividida, menos exacta. Al ser la nada holográfica, en la parte más diminuta (si es que resulta factible dividirla) estaría el todo. Lo que nos hace retornar a la afirmación del principio: en la nada, reside el todo; en el todo, la nada. ¿Significa esto que existe una materia en el seno de la nada? Si esa materia existiera, tendría forzosamente que ser invisible, y, en efecto, sabemos que existe una materia de estas características y, además, en cantidades enormes, hasta el punto de que se ha considerado que ella, por si sola, sería suficiente para lograr la reversión del Big-bang y volver a condensar el cosmos en la punta de un alfiler. Tan sólo hemos constatado la existencia de esta materia porque, de un modo extraño, el exterior de las galaxias gira a la misma velocidad que el interior, a diferencia de como sucede en nuestro sistema solar, donde los planetas más lejanos al sol orbitan mucho más lentamente que los cercanos. Para que la rotación en el exterior de una galaxia sea igual a la del centro, se necesita una cantidad de materia inmensamente mayor que la que podemos observar, hasta el punto de que hoy día se afirma que la materia oscura constituye el 80 e incluso el 90% de la materia total del universo. Esta materia ha sido incluso pesada de la siguiente forma: se cuentan las estrellas de una determinada galaxia (multiplicando la densidad media de ésta por su volumen). En segundo lugar, medimos el tiempo que algunas parejas de estrellas tardan en rotar la una sobre la otra, lo que nos hace inferir su masa. Si tenemos, por una parte, el número de estrellas de la galaxia y, por otra, su peso medio, nos basta con multiplicar los resultados y obtendremos así el peso total de la galaxia. Pues bien, una vez hecho esto, comprobamos con asombro que, a la mayoría de las galaxias, les falta el 80 o el 90% de materia para mantenerse cohesionadas, de modo que sus elementos no se desintegren en el cosmos8. Pero como no se desintegran, resulta forzoso que exista ese 80 o 90% de materia, aunque no podamos verlo.

¿Pero qué extraña materia es ésta que pesa pero que no puede verse? Simplemente una forma de la nada. Una constatación de que la nada, el vacío, el silencio, no son una negación de algo, sino que existen por sí mismos y, por tanto, tienen peso. Tal vez, como hemos dicho repetidamente, al ser la nada el todo, las galaxias son agujeros en la nada. Y, al ser agujeros en la nada, resulta imposible que se desintegren en el todo. ¿No serán estas aberturas en la nada las que hacen el papel de una imaginaria gravedad o de una imaginaria materia? Porque todo agujero tiene sus límites, como los tienen las galaxias. Quizá hallemos pronto unas ecuaciones que nos confirmen semejantes suposiciones. En todo caso, hay algo extraño e invisible que actúa sobre las galaxias y que, para mí, deviene simplemente del poder de la nada. Como si de una historia de ciencia-ficción se tratara, Hawking lo explica aún más fantásticamente. En opinión del célebre científico, nuestro universo se encontraría en una membrana, pero habría otra membrana en sus proximidades. Ahora bien, dado que la luz no podría escapar de nosotros -sólo podría extenderse a lo largo y ancho de la membrana pero no por encima ni por debajo de ella–, no podríamos ver el otro universo, por lo que su membrana sería para nosotros una membrana sombra, y el universo, un universo sombra. Es decir, un universo-nada. Jamás podríamos verlo, pero sí percibir sus efectos gravitatorios. En palabras del propio Hawking, “en nuestra membrana parecería que dicha influencia es debida a fuentes realmente ‘oscuras’, en el sentido de que la única manera de detectarlas sería a través de su gravedad”9. La nada podría ser incluso un universo como el nuestro, con la única diferencia de que jamás podremos verlo.

La energía del vacío

Pero la nada tiene aún más caras. Supongamos que vaciamos de todo cuanto pueda contener el interior de un artefacto construido al efecto, incluida la posible materia oscura o cualquier universo-sombra. Pues bien, si medimos el vacío logrado... ¡resulta que sigue teniendo masa! Es lo que se ha dado en llamar energía del vacío, constituida por pares de partículas que literalmente emergen de la nada para, después de una determinada trayectoria, aniquilarse mutuamente. Pero no todas se aniquilan. Algunas permanecen, porque su pareja cae hacia un agujero negro dejando liberada a la otra, o bien porque la simetría del universo no es nunca perfecta y hay pares que nunca llegan a aniquilarse, de modo que la nada más absoluta conserva siempre una pequeña densidad de energía. Ahora bien, los efectos de esta nada son opuestos a los de la nada que hemos llamado materia oscura. Mientras la materia oscura hace que el universo se atraiga entre sí y podría ser la causante de un futuro aunque lejano Big-crunch, esta otra materia produce repulsión entre los cuerpos celestes, incrementado la aceleración del Big-bang10. ¡Así que una nada frena la expansión mientras otra la incrementa! ¿O se trata de la misma nada actuando de modo diverso en circunstancias diversas? Aún no lo sabemos. Pero ya hemos dicho que la nada es como una excelente actriz que puede representar los papeles más contradictorios. En cualquier caso, resulta curioso e inquietante que, si la densidad de esta masa fuera mayor, dado el efecto de repulsión que produce, no podrían haberse formado las galaxias y, por tanto, tampoco existiría el ser humano. La energía del vacío es, pues, la justa para que el universo sea tal y como es. Así que podemos volver a decir, ahora con mayor propiedad aún, que es la nada la que engendra el todo. En definitiva, la nada es algo. Si existiera una verdadera nada, sería la que no tuviera dimensión alguna, aunque una nada así resultaría tan inescrutable como la mebrana sombra propugnada por Hawking. Pero si suponemos a la nada existiendo en cualquier dimensión, entonces ya no es nada, sino que es un algo. Y si, como hemos venido diciendo, en la nada reside el orden plegado, es decir, tanto las dimensiones del universo como cuanto contienen, entonces es que la nada es nuevamente el todo. Por diferentes caminos, llegamos a las mismas conclusiones.

Nada, religión, arte

El todo y la nada se manifiestan igualmente entrelazados en las religiones, el pensamiento, la creación y las obras de arte de la humanidad. Ya dijo Nietzsche que todo lo valioso se engendra fuera de la plaza pública, es decir, en el silencio, el apartamiento, la nada. Es curioso cómo, en el principio de casi todas las mitologías, se sitúa a la nada. La misión de los profetas, dioses y textos sagrados no habría sido otra que conjurarla. Pero es esa misma nada la que religiones como el hinduismo o el budismo buscan para meditar, tratando de limpiar la mente mediante la repetición de un mantra que absorbe los pensamientos y logra el vacío. La nada, el vacío, nos conducen al centro de nuestro ser, a la cosa en sí, al noumenon, en palabras de Kant. En este sentido, la nada lo podría todo. Acercarse a ella, tratar con ella, sería el secreto de los grandes iluminados, de los místicos. Si mente y materia son dos manifestaciones de un algo común como han establecido la psicología y la física contemporáneas, entonces es en la nada donde se produce la unión, el punto donde los pensamientos pueden hacerse materia y la materia, pensamiento.

Por ello, tienen lugar sincronías. Una sincronía es una coincidencia significativa acausal entre la mente y un hecho material. Una de las más sorprendentes es la que le ocurrió al actor Anthony Hopkins. Habiéndosele propuesto protagonizar la versión cinematográfica de la novela La mujer de Petrovka, de George Feifer, que no había leído, Hopkins salió de su casa londinense y tomó el metro para comprarla en alguna de las numerosas librerías de Charing Cross. Pero el resultado fue infructuoso, por lo que se dispuso a regresar a casa y se adentró en la estación de Leicester Square. Al ir a sentarse en un banco, encontró que alguien se había dejado abandonado un libro, un ejemplar viejo y plagado de anotaciones. Lo tomó y... ¡era la novela que había estado buscando! Dos años después, durante el rodaje de la película, Hopkins conoció a George Feifer, quien le contó cómo dos años antes le había prestado a un amigo su ejemplar plagado de anotaciones, y cómo éste lo había perdido en el metro. En resumidas cuentas, Hopkins no sólo se había encontrado el libro que buscaba, sino que ¡éste era el ejemplar del propio autor!11 A todos nos han ocurrido sincronías parecidas. Pero una de sus características es que nunca suceden a voluntad, sino de un modo inconsciente. Sabido es que, cuanto más ansiamos una cosa, más difícil es lograrla. Pero basta que nos olvidemos de ella, para que pueda ocurrir. Las sincronías provienen sin duda de ese lugar de la nada donde mente y materia son la misma cosa.

Todos los iluminados del mundo han amado el silencio. En el cristianismo, no es casualidad que el silencio constituya uno de los requisitos que rodean la vida de los monasterios. Teresa de Jesús dijo que “el mejor negociar es callar y hablar con Dios”12. El silencio se entendía como creativo y elocuente, y jamás como algo pasivo, como un sometimiento a la autoridad o una humillación autoinfligida. Parafraseando a Teresa de Jesús, todas las religiones piensan que, al callar, se puede hablar con Dios. Tal vez, por ello, el nirvana de Buda es la nada, como expresa en uno de sus sermones:

Hay, oh monjes, un ámbito donde no hay ni tierra ni agua ni fuego ni viento, ni ámbito de la infinidad del espacio, ni ámbito de la infinidad de la conciencia, ni ámbito de la nada, ni ámbito sin percepción ni ausencia de percepción, ni este mundo ni otro mundo, ni sol ni luna; a éste, oh monjes, no le llamo ni ida ni venida, ni duración ni fallecimiento ni renacimiento, puesto que carece de fundamento, de progreso y de soporte113.

El silencio, la nada, son también el arma más poderosa del arte. La nada es la transgresión, lo ignoto, la potencia, el misterio. Una nada, en el arte, es semejante a la nada del universo y, por ello, cuando nos acercamos a una obra maestra, sentimos aletear algo en nuestro interior, intuimos una verdad profunda que conecta con nuestras propias profundidades. Como canta Rilke en El libro de las horas, sabedor que de la nada surge todo:

Tú, oscuridad de la que yo desciendo,
te amo más que a la llama
que delimita el mundo,
porque ella está brillando
tan sólo para un ámbito,
fuera del cual no hay ser que la conozca.
Pero la oscuridad lo abarca todo:
formas y llamas, animales, yo,
tal como lo ha apresado:
personas y poderes...
Y puede ser: una energía inmensa
se mueve junto a mí.
Creo en las noches.
Creo en todo lo no dicho aún.14

Los grandes poetas han abrevado continuamente en la nada. Cirlot expresa en uno de sus poemas del ciclo de Bronwyn:

Como las blancas piedras, lo que yace
emerge con las manos de la nada…15

Federico García Lorca, que conocía el poder generador de la nada, dice en Poeta en Nueva York que “he visto que las cosas / cuando buscan sus curso encuentran su vacío”. Y también, “lo que importa es esto: hueco”. La verdad se encuentra en lo transparente. Las cosas y los seres buscan la transparencia, lo cual viene a ser, para Lorca, un eco de lo primigenio o de lo último, es decir , de la totalidad. Las referencias son numerosas: “Formas que buscan el cristal”, “sabios vidrios”... En contraposición a lo que vemos a la luz del día, la oscuridad y el silencio encierran para nuestro poeta todas las posibilidades. Por eso, dice uno de los personajes de El público: “Lo que pasa es que se sabe lo que alimenta un grano de trigo y se ignora lo que alimenta un hongo”. Hongo es aquí símbolo de lo oculto, de lo impenetrable, del silencio, de la nada16. De un modo muy parecido, para el poeta Rafael Guillén,

Es posible que nada muera o desaparezca, que tan sólo se torne transparente.17

En otras palabras, la nada residiría en lo transparente, en lo que no podemos ver. Y no es sólo el contenido. También la forma. Sólo en virtud de la existencia de la nada, la materia adquiere volumen. Magistrales poemas han surgido de la sabia urdimbre de la nada en torno a la materia de la palabra. Es lo que ocurre con el “Cántico espiritual” de Juan de la Cruz, que da forma al silencio del alma; o con Las Rimas, de Bécquer, construidas sobre la quimera, la entelequia y el sueño; o con Élévation, de Baudelaire, que canta a quien “comprend sans effort / le langage des fleurs et des choses muettes”18.

También las grandes novelas se han articulado en torno a la nada, como En busca del tiempo perdido, de Proust, que establece una titánica lucha entre el recuerdo y el olvido, entre lo real y la nada; una novela que ansía atrapar los fragmentos dispersos del todo, en una oposición obstinada y heroica contra el cero infinito. El suspense narrativo, ¿no constituye una sabia dosificación del vacío, del silencio, de la nada, en torno a la acción? Los grandes maestros del género lo conocen y saben abrir grandes agujeros de nada en el momento oportuno. Sin ella, no habría suspense, y, sin suspense, no habría interés, ni emoción, ni pasión. La nada es el sabor de cualquier acto creativo.

En el cine, las mejores películas están constituidas a base de elipsis, es decir, articuladas en torno a la nada, como Los amantes del círculo polar, de Medem, o la trilogía Blanco, Azul y Rojo, de Kieslowski, cuyos guiones determinantes debe escribir el espectador en los agujeros de nada dejados en la acción. Lo anterior ocurre aún más en el cine mudo, que alió en sus obras maestras el silencio y la eternidad, la nada y el todo, la afasia y la máxima expresividad. Nunca como en las viejas y lacónicas películas –Nacimiento de una nación, de Griffith, El acorazado Potiomkin, de Einstein, Metrópolis, de Fritz Lang– sentimos la proximidad con el secreto del universo y de la vida, como si a cada segundo estuviéramos a punto de penetrar la barrera que separa lo visible de lo invisible, el todo de la nada. En la pintura, si un Velázquez es magistral, lo es precisamente por ser el pintor de la nada, del vacío, con una mirada moderna que parece ver, adelantándose a su tiempo, los universos microscópicos que bullen tras lo aparentemente uniforme. Es el silencio el que produce los momentos cumbres de las composiciones del polaco Zbigniew Preisner, que parecen resurgir constantemente del vacío con todo su ensalmo y poder, y retornar a su seno a la búsqueda de nuevos misterios que poner ante nosotros.

La nada es el secreto. Un secreto que se esconde precisamente porque se muestra palmario a la vista de todos. La nada respira por los poros y habita en cada cosa y en cada ser. De la nada surge cuanto vemos y en ella descansa. Pero el hombre de nuestros días se halla embotado para intuirla, para sentirla, para palparla. Justamente por ello, cuanto más trata de apresar la vida, tanto más ésta se le escapa y hace de sus días tristes remedos de lo que podrían ser. Si hay una sociedad que supere a la antigua en horror al vacío y que siga considerando a la nada como una hambrienta bruja, es la sociedad occidental actual. El desaforado consumismo ha hecho parecer más que nunca a la nada como una madrastra horrenda y temible, de la que hay que huir a toda costa. Nunca como hoy se ha evitado la nada, es decir, el silencio, el apartamiento, la simplicidad, la templanza, la austeridad... Hasta los escritores, que, al trabajar con el pensamiento y la imaginación, deberían estar familiarizados con la nada, le tienen pavor y se ha convertido en un extendido y significativo tópico lo del “miedo a la página en blanco”. Todo conspira hoy contra el silencio, contra la nada: música en los transportes, televisión y equipos de sonido en casa y lugares públicos, minicompacts para portar por la calle, teléfono móvil en cualquier parte... Lejos, muy lejos de la nada generadora. Es por lo que también la muerte resulta innombrable, y todo lo relacionado con ella se sumerge, se disfraza, como si se tratara de una vergüenza. La muerte estigmatiza hasta el punto de que incluso su sombra, su maldición, se extiende a parientes y amigos del difunto, señalándolos con una marca indeleble.

Consumimos frenéticamente, no sólo para cubrir el vacío que nos angustia, que está dispuesto a saltar sobre nosotros a cualquier segundo, sino porque hemos olvidado que éste contiene el espíritu, y estamos hambrientos de alma, es decir, de nada. Pero no lo sabemos y, en su lugar, creemos en lo palpable, en las cosas, olvidando que el todo que anhelamos es en realidad lo inane, lo vacuo, lo exangüe. La nada es algo; pero el algo que buscamos para neutralizar su acoso es pura nada. Es por ello necesario abrir los ojos, los sentidos, la intuición, a la nada, retornar a su seno, a su contacto, porque sólo ello puede hacernos más humanos y más libres. Tenemos que abrazar la nada, acostumbrarnos a su versatilidad y reconocer sus mil rostros. Sus besos, paradójicamente, no son besos de muerte, sino de vida. ¿Cómo puede el hombre haber errado el rumbo 180º? De acuerdo que las apariencias son tentadoras y que la nada se esconde, pero el camino de la civilización occidental no ha podido ser más burdo. Además, ha infestado el planeta. Por doquier, desde la pequeña tribu de África hasta los últimos supervivientes del Amazonas, ha extendido la idea de que el modelo a seguir es el de la búsqueda desesperada del todo. Enfangándonos en los detritus mientras el oro de la nada refulge ante nuestros propios ojos.

Afortunadamente, la misma ciencia occidental ha iniciado el camino de retorno mostrándonos con datos aquello en lo que habíamos dejado de creer. Y cada vez son más los que creen. Cada vez son más los que se paran en esta alocada y ruidosa carrera y se preguntan por el silencio. Hemos inventado cien mil modos de perturbarlo y ahora habremos de inventar cómo retornar a él. La nada que durante tantos siglos ha sido vista como devoradora y bruja, tal vez comience ahora a ser considerada como una diosa. La Diosa que nos ha creado, que nos inspira, que nos conforta, que nos llama, la vencedora de las apariencias y de la muerte, la dadora de la libertad del hombre, por cuya razón toda vida es una aventura que merece vivirse. De todos sus rostros, éste es quizá el más verdadero.

NOTAS


1 Los filósofos presocráticos, vol. II, Madrid, Gredos, 1979, pág. 398.
2 Lao-Tse, Tao Te Ching, Buenos Aires, Offsetgrama, 1979, pág. 44.
3 En Los filósofos presocráticos, vol. III, pág. 186.
4 Historia de la filosofía, bajo la dirección de Yvon Belaval, vol. X: La filosofía en el siglo XX, Madrid, Siglo XXI Editores, 1983, pág. 202.
5 Víd. Philip y Phylis Morrison, Potencias de diez, Barcelona, Labor, 1984.
6 En Los filósofos presocráticos, vol. I, pág. 394.
7 Renée Wiber, “El universo plegado-desplegado: entrevista con David Bohm” en VVAA, El paradigma holográfico, Edición de Ken Wilber, Barcelona, 1992.
8 Vid. Michio Kaku & Jennifer Thompson, Beyond Einstein, New York, Anchor Books, 1995, pp 1143 y ss.
9 Stephen Hawking, El universo en una cáscara de nuez, Barcelona, Crítica/Planeta, 2002, pág. 184.
10 Idem, pág. 95.
11 El Semanal, Nº 815, pp. 72-76.
12 Santa Teresa de Jesús, Obras completas, Madrid, B.A.C., 1986, pág. 1096.
13 André Bareau, Buda, Madrid, Edaf, 1981, pág. 208.
14 Traducción de Federico Bermúdez Cañete en Rilke, Madrid, Júcar, 1984, pág. 125.
15 Vid. mi artículo “Cirlot cuántico” en Gregorio Morales, Principio de incertidumbre, Ciudad de Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2003, pp. 25-46.
16 Principio de incertidumbre, pp. 47 - 62.
17 Rafael Guillén, Límites, Barcelona, El Bardo, 1971.
18 A quien “comprenda sin esfuerzo / el lenguaje de las flores y de las cosas mudas”.

© Gregori Morales

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