Debats 81 Verano 2003 - FINESTRA

Fragmentos desde la sombra

I

Quisiéramos que fuera Valente quien diera comienzo a esta breve intervención que, dado el tiempo y el espacio con que cuenta, tratará de atisbar apenas “la sombra” desde la que se ha constituido Fragmentos de un libro futuro. En él escribe el poeta:

Si hay un momento en el mundo / donde el pico de un pájaro / dijérase parece suspender el caos, / un súbito momento de tenue paz, ahora, / en el parque de una ciudad extraña donde me encuentro por azar. / Si existe repentino este silencio / en el leve descenso de la tarde, / si hay aves que se funden y hacen uno el canto y la quietud / y una mujer joven que cruza con su hijo pequeño de la mano / me mira, intensamente, / si este eterno es verdad, merecería / la pena haber venido, / estar presente, dios, en esta cita tuya no anunciada. (Parque de Figueras, 29-6-1993)

Tras la publicación de No amanece el cantor (Premio Nacional de Poesía de 1992), José Ángel Valente comienza el que, por decisión propia, sería su último libro de versos. Último porque, como él mismo señaló en multitud de ocasiones, acabaría cuando la muerte se lo llevase, de la mano, a su “dorado reino de las sombras”. Valente fue entregando “fragmentos”, que aparecieron en prensa, en revistas especializadas, o en Nadie, el librito hermosamente editado, en 1996, por la Fundación César Manrique. Mas él sabía que se trataban, precisamente, de “fragmentos de un libro futuro”. No es, pues, éste un libro póstumo en el sentido ideológico del término, un libro que cobra sentido tras la muerte de su autor; por el contrario, se trata de una obra que se ciñe a la temporalidad estricta de quien lo va escribiendo y lo trasciende, mediante la ceremonia de la escritura, hasta quedar la obra y el nombre que la hizo carne suspendidos en la “atemporalidad” del verso. Valente presenta así este Fragmentos apelando a lo que él entiende como la raíz del mismo, el “Fragmento XXXVII”, de su poemario Treinta y siete fragmentos:

SUPO, / después de mucho tiempo en la espera metódica / de quien aguarda un día / el seco golpe del azar, / que sólo en su omisión o en su vacío / el último fragmento llegaría a existir.

Inventario, diario de obra y vida-en-la-obra, Fragmentos de un libro futuro constituye la consumación del Árbol creado y crecido por Valente, cuyas ramas se escinden desde el mismo tronco, como en el árbol cabalístico, en senderos que retoman el tejido arterial de toda la obra del poeta orensano: la rama de la materia y el origen, que Valente ubica en su propio cuerpo, y que membra el poema sobre la incógnita presocrática que pretende dar cuenta del origen; la rama de la creación, del acto capaz de dar luz, por tanto, de alumbrar, y que frente al hecho filosófico caracterizado por la búsqueda, es un encuentro, tal y como señala María Zambrano en Hacia un saber sobre el alma, tema al que el poeta ha acudido –o ha sido llevado- también desde el ensayo. Y la otra rama básica que se nutriría de la Memoria, la madre de las Musas; mas memoria como huella, como resto palpitante, como instante capaz de reconstruir, de recrear el universo, cercana a la concepción de Giordano Bruno, y opuesta a la memoria como mero recuerdo o “fantasía”: cuando el alma está ocupada por un fantasma, asistimos a la muerte del sujeto, a su destrucción, pero no a la suspensión del mismo.

Se interesa Valente –decíamos- por esa tradición antigua que se remonta a Simónides de Ceos, un Arte de la Memoria como técnica de manipulación de fantasmas que se usó, por ejemplo, en los claustros medievales para facilitar la enseñanza de nociones abstractas, y también como elemento de disciplina interior de los monjes. Como en las etapas preliminares del yoga (relajación, concentración, meditación, etc.), es un Arte que exige concentración y soledad (recuérdese, puesto que pertenece a las mismas estructuras, los ejercicios espirituales jesuitas o las meditaciones cartesianas, como expresión filosófica de éstos). Los seguidores del Arte de la Memoria, cuyo paradigma es Giordano Bruno, expresan su arte en la forma de un teatro: un edificio (teatro) que es imagen del mundo. Este teatro, como su homónimo nacido de los cultos a un dios, tiene el poder de “detener el tiempo” con la sonora medida de un orden musical. Zarlino, el primer gran teórico del Renacimiento, escribe, al referirse a la música, que todo lo creado por Dios fue ordenado por él mediante el número, y que tal número fue el modelo principal en la mente de Dios. Orden, entonces, pero un orden brotado de la rítmica respiración de lo Bello que la encarnación pierde. Orden, sí, pero orden musical, creador de espacios habitables, rompedor de los límites que traza la sola razón. El orden del poeta no es el de la ciudad porque, dice Valente, el lugar del poeta es el desierto, ese instante donde es posible encontrarse frente a frente con los dioses y con los demonios. Orden, sí; número, sí: pero en un sentido “pitagórico”, ritual y místico (místico profano, del cuerpo, ha llamado Gamoneda al poeta que hoy nos ocupa). Escribe Valente:

LA APUESTA es irrenunciable: llevar el lenguaje a una situación extrema, lugar o límite donde las palabras se hacen, en efecto “ininteligibles y puras”, con una teoría del no entender, no saber –“y quédeme no sabiendo”-– de forma que el que en un simple modo de razón no entiende pueda encontrar, no entendiendo, más hondo y dilatado espacio para existir.1

Este tema explicaría el profundo interés que Valente ha demostrado por toda la tradición cabalística, y su estrecha amistad con poetas judíos, como Celan, Jabés o Gelman, lo que lo ha llevado a la escritura de ensayos indispensables en torno a la mística judía, pero también cristiana o islámica (el sufismo, por ejemplo), como experiencia de los límites creadores y vivenciales.

Sin duda, Tres lecciones de tinieblas es, como considera su autor, el libro más extremo a este respecto, porque en él llevó, hasta sus últimas consecuencias, “una escritura por escucha” que partía de la meditación sobre el significado de catorce letras del alfabeto hebreo, inspirado por las lecciones de tinieblas de Couperin, los anónimos gregorianos, Victoria, Palestrina, Tallis, Charpentier o Delalande, como él mismo señala en la “autolectura” de la obra. En ese límite donde Valente se sitúa, para traspasarlo, en Tres lecciones de tinieblas germina la continuación de su obra poética y, nos atreveríamos a decir, cada ensayo que como reflexión, como detenimiento, lo han llevado al lugar que ocupa en la poesía contemporánea: dice él mismo que toda creación nos remite al comienzo, que toda creación es nostalgia del acto creador inicial, que toda creación asiste al nacimiento de las letras.

Ese “nacimiento”, que es “nostalgia del acto creador inicial”, y que Valente asume en Tres lecciones de tinieblas de un modo extremo, como decíamos, lo ha llevado, por ejemplo, a colaborar con Mauricio Sotelo como autor del texto de Mnemosine, la ópera de éste, en la que Bruno está presente, como lo está en tantas ocasiones de la obra de José Ángel Valente incluyendo el libro que nos sirve de guía en este recorrido, Fragmentos de un libro futuro:

Y tú ardías incendiado, / solo en la infinitud del universo / y sus innumerables mundos, / víctima de jueces / tributarios de sombra / y sombra / y sombra / hasta nosotros. / Sombra. / Pero tú aún ardes luminoso.

El poeta fecha este poema el 17 de febrero de 2000, si recordamos bien, aniversario de la muerte de Giordano Bruno, ardido en el Campo de Fiori romano el año 1600. Reparemos en esas “sombras” y en ese “aún”, que se acercan a la Memoria concebida al modo de Bruno y a la de toda la tradición cabalística, lo que va a dar paso al segundo momento de nuestra intervención no sin antes volver a esa “memoria”, que Valente ejemplifica, de nuevo, con la música, en este caso de Webern:

EN LA MÚSICA de Webern, más que en cualquier otra, importa no sólo el silencio que entra en la música misma como elemento de composición, sino – y, acaso, sobre todo – el silencio que rodea la música. El principio de no repetición de Webern no es, en absoluto, abolición de la memoria. El silencio es la memoria primordial. O la memoria primordial es una memoria del silencio.2

II

En una conferencia memorable pronunciada por José Ángel Valente en el Círculo de Bellas Artes de Madrid tras la concesión del Premio Reina Sofía, acudía el poeta, para comenzar su intervención, a las conocidas palabras del Evangelio de Juan “En el arjé era el Logos”, lo que podría tomarse como el punto de partida y el punto de llegada de toda la producción creadora de nuestro autor: el poeta es alguien llamado por ese “arjé” al que regresa, en el que es “liquidado”, como las almas en el río del olvido, perdiendo identidad y nombre, historia y geografía:

Creo que la supervivencia exige no tener personaje. Y, por supuesto, no depender jamás en nada del personaje posible que alguien le adjudica a uno, aunque uno no lo haya engendrado.

Y también:

En 1832, poco antes de morir, Goethe confesó a un visitante: “Mis obras están nutridas por miles de individuos diversos, ignorantes y sabios, inteligentes y obtusos [...] Mi obra es la de un ser colectivo que lleva el nombre de Goethe”.3

En Fragmentos dice el poeta:

PÁJARO del olvido / jamás te tuve más cierto en mi memoria./ Vuelvo ahora / desde no sé qué sombra / al día helado del otoño en esta / ciudad no mía, pero al fin tan próxima, / donde el sol de noviembre tiene / la última dureza / de lo que ya debiera morir. /

¿Y es éste el día / de mi resurrección? / Las hojas arrastradas por el viento / apagan nuestros pasos. / Llego y ni siquiera sé muy bien quién llega / ni por qué fue llamado a este convite / tantos años después.

Mas ese principio seminal es la absoluta presencia otra, porque de él arranca el tiempo y, por tanto, la vida. La palabra proferida, la acción-palabra capaz de crear y dar vida a lo que aún reposa, como opción, en la posibilidad, genera un espacio que, a su vez, genera una forma, un cuerpo, sea este físico o metafísico. Valente lo había escrito en Tres lecciones de tinieblas, cuando desde “Lamed” dice:

Tocaste las aguas, la quietud de las aguas, y engendraste la vibración: creciste en círculos: descendiste a los limos: penetraste en la noche y en su viscosidad: creció lo múltiple: raíz de engendramiento: tú eres y no eres inmortal.

Y con una delicadeza, diríamos, “oriental” en Fragmentos:

CAER en vertical. Sueño sin fin de la caída. Qué repentina formación el ala.

En la conferencia del Círculo de Bellas Artes, como lo ha hecho en otras ocasiones, se refería Valente al primer verso del que sería el primer poema de su primer libro, A modo de esperanza, donde, como una premonición, el poeta escribe:

CRUZO el desierto y su secreta / desolación sin nombre.

Valente está hablando de otra “rama” de su árbol: la de la creación. Crear es abrirse a lo imposible; por eso dice:

La esfera de lo que llamamos real o realidad suele quedar acotada por lo que somos capaces de imaginar como real en un momento dado. La realidad y sus realismos suelen ser un fruto de una imaginación impotente, no capaz de imaginar otra cosa.4

Por supuesto, no querríamos hacer una lectura polemizante entre lo que se ha dado en llamar “poesía de la experiencia” y “poesía del silencio”; no es éste el momento de tratar tal tema. Quisiéramos ir más allá; María Zambrano lo había escrito así por su parte:

Y los sueños, ¿los vamos también a limitar? ¿Cómo quedaría este Universo que conocemos sin los sueños que lo han sacudido a veces con pasión insondable?5

No es necesario, tampoco, recordar el magisterio que tuvo sobre Valente, en una parte de su vida, María Zambrano, así como el otro elemento de esa “tríada pitagórica” –al decir del mismo– que fue Lezama Lima. Mircea Eliade añade que quien no tiene imaginación es como si hubiera sido expulsado “de la realidad profunda de la vida y de su propia alma”.6

Fragmentos está vestido con hojas desprendidas de esta rama de la creación, que es el elemento sustentante de la vida del poeta. Valente se encuentra en él con sus “presencias-ausentes”:

ESTE sueño, que acabo de soñar y en cuyo tenue borde te hiciste no visible, limita con la nada. Se encuentra con las preguntas que han constituido el itinerario de sus versos:

SUBE con nosotros / el nivel de la sombra. /
Muy despacio/ sube la noche. /
Abajo brilla / radiante un sol oscuro. /
Llama. / Nos llama. / Vértigo. / Sin tiempo. / Dime, ahora que sentado al borde de las aguas / veo pasar la sombra que me lleva, dime, / ¿se irá con ella tu indeleble memoria?

O:

Descendí hasta su centro, / puse mi planta en el lugar en donde / penetrar no se puede / si se quiere el retorno.

Pero, sobre todo, regresa el misterio de la Poesía, el misterio litúrgico del acto creador:

Y todos los poemas que he escrito / vuelven a mí nocturnos. /

Me revelan / sus más turbios secretos. /

Me conducen / por lentos corredores / de lenta sombra hacia qué reino oscuro / por nadie conocido / y cuando ya no puedo / volver, me dan la clave del enigma / en la pregunta misma sin respuesta / que hace nacer la luz de mis pupilas ciegas.

Hasta la plena consumación de Nadie, el autor, al fin, de toda obra imperecedera, que Valente recrea en el poema con el que se cierra Fragmentos de un libro futuro, en una versión de un texto, cómo no, anónimo:

CIMA del canto. / El ruiseñor y tú / ya sois lo mismo.

Este Nadie ha de llevarnos, precisamente, a la última parte de nuestro recorrido.

Una fotografía: hay un hombre en un hospital. El fotógrafo “capta” algo que ya no refleja meramente la imagen. El hombre, después, escribe sobre la fotografía velada de alguien que es ya casi un recuerdo:

Borrarse: ser sólo huella.

Otra fotografía: la imagen, de nuevo velada, de un hombre en pie, en el pasillo vacío de un hospital. Apenas un halo humano que parece emerger de la pared, del suelo, de las puertas, como si los objetos y el hombre fueran ya uno. Mas, ahora, el poeta ha escrito sobre estas “huellas”:

Aún no. Alguien te ha llamado.

Pertenecen ambas fotografías al libro que Manuel Falces publica con imágenes de aquel hombre, José Ángel Valente, poeta, con quien compartió no sólo momentos presentes, sino otras presencias que nacen de la conversación, del silencio, de la contemplación conjunta de un paisaje (el Cabo de Gata, por ejemplo), de la imaginación creadora y, de nuevo, de la Memoria. Falces se vale, para titular su libro, de las palabras escritas por Valente sobre otra de las fotografías:

Para siempre: la sombra.

Es impresionante comprobar cómo los textos que Valente escribe en las fotos discurren en paralelo con los poemas de Fragmentos de un libro futuro y hasta podrían ser títulos de los mismos: “Aquí hemos estado siempre”, sobre una imagen de la Plaza de Cibeles, en Madrid; “Aquí estuvimos; aquí vivimos. ¿Cuándo?”; “Ver lo invisible”, sobre un autobús con viajeros que pierden su vista tras los cristales; “Llévanos, la muerte, hasta el fin de la tierra”, sobre el desierto de Almería, o “Materia: forma de ti misma” y “Visión de lo nunca visible”. Lo que nos hace revisar, de nuevo, Fragmentos como más que un libro póstumo al uso.

La colaboración de Valente con otros artistas, sean pintores, escultores, fotógrafos o músicos, ha sido nutrida y enriquecedora. Tapiès, Chillida, Baruch Salinas, Pérez Carrió o Jesús G. De la Torre, han intercambiado su energía creadora con la del poeta, dejando germinar otras miradas. Al fin, horadar el misterio de las cosas, atravesar la materia y desde ella engendrar y ser engendrado por la Belleza es la misión de Poeta, del Creador. Por eso, el libro de Falces desde la imagen es un testigo que Valente entrega consumado al lector. Había escrito:

El lector –ése, el generado en la seminación de lecturas– se forma por agregados orgánicos, como el poema mismo.

Y también:

El poema en la lectura se hace de nuevo –una y otra vez– material del fondo. Se deposita o se extingue. Es igual.7

Falces explica, en la presentación del libro, que Valente tomaba notas, en sus paseos comunes, porque quería que el verso fuera “en directo”. Para Valente, como tratamos de hacer entender, la creación es presente continuo, “continua raíz de engendramiento”:

No es el poema mensurable por la extensión –dice–, sino por su capacidad para engendrar, fuera de lo mensurable, la duración.8

Pero, sobre todo, hay un “Nadie!” escrito, con una exclamación, sobre una de las fotografías. De nuevo el poeta asume la sombra y llega, con su palabra, a ese “dorado reino” de la muerte para regresar, también con su palabra, como “Nadie”, con un cuerpo-fragmento que ya no le pertenece del todo, pero que lo hace ser absoluto:

Sí, el fulgor: el rayo oscuro, la aparición o desaparición del cuerpo o del poema en los bordes extremos de la luz.

Y, en este momento, como recapitulación de todo lo que llevamos dicho a modo de pinceladas que rozan, apenas, la profundidad de la obra de Valente, queremos “ilustrar”, o mejor “recrear” su obra con la de una pintora, Coral, la compañera vital, la esposa de Valente, cuya última obra ha nacido, precisamente, del diálogo con el poeta de esos “Fragmentos” quien, a su vez, cedía nombre a las creaciones, como escribía en las fotografías de Falces. Coral crea desde la experiencia del límite del cuerpo y el tiempo que vive el poeta, Valente. Y, así, salva desde la creación, redime lo inevitable de la destrucción del individuo. Y él, José Ángel Valente, “nombra”, es decir, le da eternidad porque le da memoria a ese acto creador. Evitaremos todo comentario; las imágenes han de hablarnos desde su sonoro silencio. Hagamos el “ejercicio de la escucha”, tal y como escribió Valente:

Escribir por espera, y no desde la locución, sino desde la escucha de lo que las palabras van a decir.9

Recordemos el sentido profundo de “palabra” y de “escritura” para entender ese pensamiento de Valente en este contexto; tan sólo reparemos, contemplando la obra de Coral, en la aparición del cuerpo como sombra y, a la vez, como epifanía de algo que las palabras solas no alcanzan a tocar. Los títulos con los que el poeta “bautizó” la obra de Coral Valente son:

-Elogio de la materia
-Descenso a las sombras
-Ventanas encendidas
-Crucifixiones (I, II, III)
-Sobrevivientes (I, III, IV, VI, VII, VIII)
-Retrato de un desconocido
-Retratos de Nadie (III, V, IX, XI)
-Estados del alma (I, II, III)

Valente, en ese misticismo del cuerpo al que nos referíamos, recoge las palabras de un escritor para él muy querido, Severo Sarduy, quien considera que la vida y la obra de un autor están escritas sobre el cuerpo, como huellas o cicatrices, tal y como lo hemos visto en la obra de Coral. Había escrito Valente:

Diálogo con el cuerpo o en el cuerpo, en la materia corpórea (ánima-cuerpo) como totalidad.10

Valente conversa con su cuerpo en El fulgor, en Mandorla (donde el cuerpo se sacraliza mediante el amor). También en sus textos ensayísticos reflexiona sobre el cuerpo, sobre la corporeidad y la sensualidad partiendo de la tradición mística de las diferentes tradiciones y manifestaciones religiosas, como ya hemos señalado. Pero Fragmentos lleva este viaje hasta el fondo más oscuro, donde la oscuridad –en muchas ocasiones, para Valente, “blanca”– es ella misma generadora de la luz:

ESTE tiempo vacío, blanco, extenso / su lenta progresión hacia la sombra.

Mas, sobre todo, en este conmovedor poema:

CUANDO te veo así, mi cuerpo, tan caído / por todos los rincones más oscuros / del alma, en ti me miro, / igual que en un espejo de infinitas imágenes, / sin acertar cuál de entre ellas / somos más tú y yo que las restantes. / Morir. / Tal vez morir no sea más que esto, / volver suavemente, cuerpo, / el perfil de tu rostro en los espejos / hacia el lado más puro de la sombra.

En este lado puro de la sombra, Valente ha generado también la creación de otros, de “lectores” que han creado desde él o con él. Hemos hablado de pintores, de músicos (muchos de nosotros tenemos todavía en la memoria el homenaje que el pueblo de Madrid le rindió en el Centro Cultural “Conde Duque” y donde Mª José Cordero mostró las composiciones nacidas desde la inspiración de Tres lecciones de tinieblas); la obra creadora de ellos, como la de otros poetas, ha dialogado con Valente, como él había dialogado con ese otro-nadie que escribe. Dice Valente:

Yo llamo a mi interlocutor tú. Él me dice tú cuando a mí se dirige. Nos llamamos igual. ¿Seríamos el mismo?

Y también:

Cuando escribo la palabra yo en un texto poético o éste va, simplemente, regido por la primera persona del singular, sé que, en ese preciso momento, otro ha empezado a existir. Por eso, muchas veces, al yo del texto es preferible llamarle tú. Ese yo –que es tú porque también me habla– no existe antes de iniciarse el acto de escritura. Es estrictamente contemporáneo de éste.11

Maurice Blanchot en un libro con título cercano al que nos guía, El libro que vendrá, había escrito refiriéndose a la poesía, en ese caso, de Artaud (autor, por cierto, que interesa a Valente y al que dedica, incluso, algún poema):

[la poesía] está ligada a esa imposibilidad de pensar que es el pensamiento; he aquí, pues, la verdad que no puede descubrirse, porque siempre se desvía obligándole a sentirla por debajo del punto en que realmente la sentiría. No sólo se trata de una dificultad metafísica, sino que es el arrebato de un dolor, y la poesía es ese dolor perpetuo, es “la sombra” y “la noche del alma”, “la ausencia de voz para gritar”.12

Estos Fragmentos de un libro futuro quedan abiertos, quedan, aún, por hacer en el lector, en quien, desde su savia compartida, crece. Es el caso de los pintores, músicos, poetas, escritores, fotógrafos, escultores (en la Galería Sargadelos de Barcelona, ha podido visitarse, no hace mucho tiempo, una exposición en la que participan 23 artistas orensanos “inspirados” en la obra de Valente), filósofos y todos aquellos que se han visto “agitados” por la palabra de José Ángel Valente, quien tituló el libro con un gesto absolutamente consciente: el del que sabe que toda obra de arte está por hacer, se rehace, renace con la constancia de la vida imparable, porque pertenece, precisamente, a Nadie:

La escritura es lo que queda en las arenas, húmedas, fulgurantes todavía, después de la retirada del mar. Resto, residuo. Ejercicio primordial de no existencia, de autoextinción.13

Por eso:

Si existe repentino este silencio / en el leve descenso de la tarde, / si hay aves que se funden y hacen uno el canto y la quietud / y una mujer joven que cruza con su hijo pequeño de la mano / me mira, intensamente, / si este eterno es verdad, merecería / la pena haber venido, / estar presente, dios, en esta cita tuya no anunciada.14

NOTAS:


(1) VALENTE, J.Á.: Nadie, Lanzarote, Fundación César Manrique, 1996, p. 11.
(2) Idem, p. 12.
(3) VV AA: En torno a la obra de José Ángel Valente, Madrid, Alianza, 1996, p. 13.
(4) HERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, T. (ed.): El silencio y la escucha: José Ángel Valente, Madrid, Cátedra, 1995, p. 261.
(5) ZAMBRANO, M.: Los bienaventurados, Madrid, Siruela, 1990, p. 28.
(6) ELIADE, M.: Imágenes y símbolos, Madrid, Taurus, 1999, p. 20.
(7) HERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, cit., p. 260.
(8) Ibidem
(9) Ibidem
(10) Ob. cit. p. 160.
(11) VVAA, cit., p. 11.
(12) BLANCHOT, M.: El libro que vendrá, Caracas, Monte Ávila, 1991, pp 45-46.
(13) HERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, cit., p. 264.
(14) Fragmentos de un libro futuro está editado en Barcelona, Galaxia Gütenberg-Círculo de lectores, 2000.

© Mª Fernanda Santiago Bolaños

Volver al sumario