Frank J. Tipler
Frank J. Tipler, profesor de Física Matemática en la Tulane University (Nueva Orleans), pertenece al grupo de los físicos para quienes la ciencia es, más que una investigación en el universo que nos concierne, una prospección en todo aquello que más preocupa al ser humano. Mun-dial-mente famoso por su libro La física de la inmortalidad, su Teoría del Punto Omega viene a decir, en síntesis, que en el momento de mayor expansión del universo, la inteligencia estará extendida por todos sus rincones y seremos “resucitados” en ese ordenador-mente universal. Esta arriscada, pero no por ello infundamentada, hipótesis sorprendió a la comunidad académica y abrió un provechoso diálogo entre el mundo científico y el religioso. Así, un teólogo de tan reconocido prestigio como Wolfhart Pannenberg, profesor de la Universidad de Munich, quien opina que se debe considerar a Dios como el futuro último, defendió sus teorías y la compatibilidad de las mismas con el cristianismo. Rechazadas por unos y alabadas por otros, de lo que no cabe duda es que la Física Teórica tiene en Frank J. Tipler uno de los investigadores que ha ido al nodo de la cuestión que por excelencia se plantea el ser humano: “¿y después?”.
JOSEP CARLES LAÍNEZ (JCL): Su Teoría del Punto Omega se basa, incontestablemente, en supuestos científicos. Sin embargo, uno a veces tiene la impresión de que toda la base teórica se convierte, en un determinado momento, en conjetura. ¿No cree que puede ser arriesgado para una teoría tan delicada como la suya elaborar continuos futuribles, es decir, una hipótesis indemostrable sobre otra hipótesis indemostrable?
FRANK J. TIPLER (FJT): Yo defiendo todo lo contrario. La teoría está construida únicamente a partir de las leyes físicas más demostradas, que no pueden tildarse de meras hipótesis. Supone la mejor aproximación que pueda figurarse el ser humano a lo que hay allí afuera. Por lo tanto, sostengo que la Teoría del Punto Omega, dado que las consecuencias lógicas de toda teoría verdadera son ciertas, constituye la idea que más se acerca a cómo será la realidad en el futuro. Alguien podrá imaginar el futuro de otra manera, pero le aseguro que no estará basado en las leyes físicas más comprobadas.
JCL: Pero una cosa es partir de las leyes físicas y otra abrirlas en abanico. Quizá es aquí donde pueda ponerse el primer pero a La física de la inmortalidad.
FJT: Permítame recapitular brevemente la línea argumental de mi libro. Lo primero que hago es emplear la unitariedad, es decir, un sencillo postulado de la mecánica cuántica. Stephen Hawking ya demostró años atrás (y mucha gente –entre otros, yo mismo– ha verificado sus cálculos y le aseguro que son correctos) que, partiendo de las leyes físicas que hoy por hoy son ciertas, de existir los agujeros negros (y los hay por el espacio), si el universo hubiese de expandirse o acelerar sin cesar, se violaría necesariamente la unitariedad, a menos que, según las leyes de la física, el universo fuese espacialmente cerrado y se expandiese hasta alcanzar un tamaño máximo para luego volver a contraerse y formar una singularidad final. Se trata, pues, de relatividad más unitariedad. Esta conclusión, más que comprobada, se desprende de las leyes de la física.
Recordemos también que existen otras dos leyes fundamentales: la Segunda Ley de la Termodinámica, que lleva siglo y medio sometida a prueba, y el Principio de Incertidumbre de la mecánica cuántica, que Jacob D. Bekenstein, mediante el “Límite de Bekenstein”, convirtió al lenguaje de la teoría de la información. Al contraerse el universo, a medida que se encoja hasta un tamaño cero, de hallarse horizontes de eventos cerca (si es que existen), según el Límite de Bekenstein, toda la información codificada del universo resultaría cero. No obstante, siendo que la información desordenada constituye una fracción de la información total, de producirse este hecho, que tendría lugar en el caso de que existiesen los horizontes de eventos, la información desordenada tendría que resultar necesariamente cero, lo que no es posible por la Segunda Ley de la Termodinámica, que dicta que la información desordenada en el universo debe permanecer constante o incrementarse; no puede dar cero. Por lo tanto, partiendo del límite de Bekenstein y de la Segunda Ley de la Termodiná-mica, se concluye que los horizontes de eventos tienen que desaparecer.
JCL: ¿Y qué ocurriría si desaparecen?
FJT: Contesto a su pregunta. Pongamos por caso, pues, que los horizontes de eventos desaparecen. Todas las demás leyes físicas que entran en juego y, más concretamente, la relatividad general, dictan que la evolución natural del universo, sin contar la vida (atendiendo exclusivamente a los procesos inorgánicos), exige que en la ecuación de Albert Einstein, en el espacio correspondiente a la solución, la desaparición de horizontes de eventos sea cero. Significa que el universo pasaría de un estado más probable a otro altamente improbable, o lo que es lo mismo, se violaría la Segunda Ley de la Termodinámica, siendo que atendemos exclusivamente a los procesos inorgánicos.
JCL: Pero la vida existe...
FJT: Sí. Y es un fenómeno físico. Por consiguiente, debemos tener en cuenta el efecto que tendrá cuando se acerque el estado final. Si por entonces aún existe vida, es de esperar que los horizontes de eventos desaparezcan, porque eso es exactamente lo que la vida provocaría para sobrevivir: forzar la desaparición de los horizontes de eventos. Únicamente lograría este propósito si actúa por todo el universo. Para que éste evolucione hasta alcanzar el estado más probable que manda la Segunda Ley de la Termodinámica, debe haber vida cuando el estado final sea inminente. Sólo así podrá eliminar los horizontes de eventos. La vida no alcanzará esta meta a menos que pase a ser omnipresente. Así pues, la vida permanecerá hasta el mismo fin de los tiempos y controlará el universo, abrazándolo de parte a parte. La vida interactúa con el universo para eliminar los horizontes de eventos, lo que únicamente será posible si dicha interactuación se da un número infinito de veces entre el presente y el estado final del universo, donde éstos no tienen cabida, y a lo que se denomina el Punto Omega. He aquí lo que se entiende por el Punto Omega del universo: un universo cuya singularidad final es que no existan los horizontes de eventos. Roger Penrose define así la estructura de la singularidad.
JCL: ¿Se podría decir entonces que la vida sufrirá, en cierto modo, un proceso extrópico?
FJT: La vida debe interactuar con el universo un número infinito de veces. En cada ocasión, generará como mínimo un bit de información desordenada. La información ordenada sistemáticamente aumenta con cada continua interacción con el universo. Sin embargo, implica que la complejidad, que se mide en función de la información total, y que es mayor que la información desordenada, se ve igualmente obligada a tender a infinito. La complejidad incrementa. Por lo tanto, para que la vida pueda seguir entendiendo el universo, su conocimiento también deberá aumentar ilimitadamente. El conocimiento total recogido bajo el manto de la biosfera se multiplicará incesantemente a medida que se aproxime el estado final, momento en que será infinito. Así lo requieren las leyes de la física.
JCL: En cada respuesta, hace hincapié en las leyes de la física.
FJT: Es que las tres leyes fundamentales rigen cada paso del proceso y la vida tiene que estar presente y actuar sobre ciertos elementos en concordancia con las mismas. Dicho de otro modo, las leyes de la física obligan a la vida a seguir existiendo y a interactuar con el universo. Verá, estas leyes dan origen a algunas situaciones. Si cojo este libro y lo dejo caer, usted sabe perfectamente que las leyes de la física dictan el comportamiento de este objeto. No tiene elección: debe caer al suelo. Lo dictan las leyes de la física. Aquí, en la Tierra, resulta bastante más sutil. Tenemos menos libre albedrío de lo que pensamos. Toda la biosfera se verá forzada hacia el exterior en respuesta a las leyes físicas. La vida deberá abandonar el planeta, ser omnipresente y hacerse con su control, porque la vida es un mecanismo de las leyes de la física para que una y otras tengan razón de ser. Los objetos físicos no pueden desobedecer las leyes físicas. Y los seres humanos, a pesar de creer en su libre albedrío, son, de todas todas, objetos físicos. Pensamos que disfrutamos de más libertad de la que disponemos. Somos capaces de muchas cosas, pero no alcanzar el antedicho objetivo no constituye una opción válida: hay que abandonar el planeta, hacernos con el universo y aumentar nuestro conocimiento ilimitadamente. No existe alternativa posible. Las leyes de la física así lo dictan.
JCL: Ésta también es una hipótesis arriesgada, ¿no le parece?
FJT: No hay hipótesis alguna en mi explicación. Estamos ante las consecuencias lógicas de las leyes de la física.
JCL: En La física de la inmortalidad, emplea el Punto Omega como nombre científico para referirse a Dios. Sin embargo, en sus últimos trabajos ha adoptado otro enfoque: el teleológico. ¿No contradice esto su teoría?
FJT: “Teleológico” significa controlado por el futuro. Recuerde que la unitariedad es, literalmente, la versión de determinismo de la mecánica cuántica (más sutil que el determinismo clásico), sólo que, concretamente, confiere la misma validez a partir del futuro e ir hacia atrás (la concepción general) que a comenzar en el pasado e ir hacia el futuro. Adopto, pues, una postura absolutamente teleológica y dejo de lado un principio fundamental de la mecánica cuántica: la unitariedad. De modo que mantengo una actitud absolutamente física. No puedo sino creer en las leyes de la física reflejadas en los libros de texto. Resulta imprescindible imprimir en quienes no son físicos la importancia del postulado central de la unitariedad, es decir, la relevancia de la mecánica cuántica y de la física de las partículas.
JCL: Parece que la ley de la unitariedad sea el rey Midas de la física moderna...
FJT: Es que se emplea en innumerables teorías de la mecánica cuántica. Sin ella, multitud de experimentos carecerían de validez. Una de las consecuencias a las que ha dado lugar es la cualidad de ciertas propiedades de las partículas y las antipartículas. Por ejemplo, deben poseer lo que se denomina el mismo “factor G anómalo”, que hace referencia a cómo giran los electrones y los positrones, y a la interactuación de éstos con los campos magnéticos. Eso es el factor G anómalo.
Hans Dehmelt, de la Universidad de Washington, en Seattle, recibió el Premio Nobel por medir con gran precisión, entre otras cosas, dicho factor. La medición dió 2,0... hasta doce puntos decimales, tanto para el electrón como para el positrón. Mantuvo un positrón dentro de un campo magnético durante varios años y tomó continuas mediciones durante todo ese tiempo; un logro extraordinario. El electrón y el positrón comparten el mismo factor G anómalo hasta doce puntos decimales. La precisión es fabulosa. Si la unitariedad no fuese válida, carecería de sentido esperar que ambos elementos resultaran iguales. Así pues, este experimento pone a prueba la validez de la unitariedad, que fuerza la coincidencia de estos dos números. Se antoja difícil concebir lo fundamental de esta circunstancia (poder pensar que el futuro condicione el pasado, al contrario de lo que sugiere la lógica humana) para la mecánica cuántica. Se ha comprobado meticulosamente y por eso numerosos físicos se niegan a desecharlo. ¡Yo el primero! [risas].
JCL: Pasemos a aspectos más religiosos. ¿Cree usted que es compatible la Teoría del Punto Omega con pensar que los antiguos tenían una imagen muy cercana al Dios que usted preconiza por la física?
FJT: Partamos de que Dios hace milagros continuamente: en el pasado, el presente y el futuro. Los está haciendo ahora, los hizo en el pasado y los hará en el futuro. Analicemos cómo, ya que el principio fundamental por el que me guío es que Él nunca viola una ley física. Los físicos opinan, por supuesto, que no se pueden violar dichas leyes. Ya he definido claramente mi postura al respecto. No obstante, adoptemos un enfoque teleológico. G. W. Leibnitz fue el primero en abordar la cuestión que nos ocupa desde este punto de vista en el conocido debate que mantuvo con Isaac Newton, que está grabado en lo que se llamó la correspondencia entre el doctor Clark y Leibnitz. Se pone de manifiesto que la Princesa Carolina (princesa de Gales contemporánea de Newton y Leibnitz) comunica explícitamente a este último que, en realidad, la discusión no va con Clark, un don nadie, sino con Newton, quien desarrolla todas las respuestas.
Leibnitz expuso el siguiente razonamiento teleológico: siendo que Dios es omnisciente y omnipotente, estaba seguro de lo que quería. Por lo tanto, creó un mundo perfecto, de modo que nunca tuviese que interactuar con él y todo funcionase correctamente. No se trata de un relojero que ante una chapuza se ve obligado a introducirse en la realidad para deshacer el desaguisado. Newton le contestó: un dios que permaneciese ajeno al mundo, sin interactuar con él, sería como tener un rey cuyas acciones sus súbditos nunca percibiesen. Estos concluirían que de nada sirve un rey impasible. Es un razonamiento tremendamente revelador, pensó Newton, puesto que la princesa leía lo que escribían uno y otro. Huelga decir lo consternada que se mostraba por que los ingleses consideraran la realeza algo importante.
Por supuesto, opino que ambos estaban en lo cierto. Leibnitz, porque no resulta imprescindible intervención alguna y no se violan las leyes físicas. Y Newton, porque si Dios nunca interactúa con la realidad de manera significativa, sería lo mismo que decir que Dios no existe. Debe actuar constantemente para poder afirmar Su existencia.
De modo que los dos tenían razón, creo. ¿Cómo cerciorarse de que así es? Cuando se dice que ocurre un milagro, lo principal es que constituye un acontecimiento altamente improbable, de modo que, valiéndonos de la causalidad que va desde el pasado al futuro, que es la manera humana y normal de abordar la causalidad (al menos, actualmente), la manera no teleológica, concluiríamos que dicho acontecimiento nunca se produciría.
Por el contrario, si empleamos la causalidad, que va desde el futuro hacia el pasado, imaginando que el universo procede de Dios en un futuro último, comprobaríamos que este acontecimiento en cuestión resulta inevitable. En estos términos defino los milagros. Son altamente improbables (característica intrínseca), aunque constituyen un acto de Dios, en el sentido que sólo se entienden Sus palabras por referencia al futuro.
Se podría establecer una analogía con el enfoque heliocéntrico, es decir, basado en el sol, frente al enfoque geocéntrico, o basado en la Tierra. Seguramente sabrá que, en sentido estricto, existe una sencilla transformación matemática que permite pasar de un enfoque a otro. Conociendo la órbita de un cuerpo celeste desde el punto de vista heliocéntrico o geocéntrico, resulta fácil hacer la conversión de uno a otro. Confeccioné un pequeño programa que me permitió llevar a cabo esta operación con todo el sistema solar. Si adoptamos un enfoque heliocéntrico, el movimiento de los planetas marca elipses regulares. Se observa con claridad la forma geométrica que dibujan (se pone en marcha la ley de Kepler). Si tuviésemos que observarlos desde el punto de vista geocéntrico, obtendríamos un desastre mayúsculo de órbitas. Los planetas se moverían en todas direcciones y sería imposible comprender el movimiento que describen. Di-cho de otro modo: es más correcto abordar el sistema solar desde el punto de vista heliocéntrico. Resulta más sencillo. Nos permite comprender el comportamiento de los planetas. Aun-que, en sentido estricto, se puede pasar de un enfoque a otro. De igual manera, se entienden mejor ciertos hechos si los consideramos procedentes del futuro (causados por el futuro último), en vez de pensar que se originaron en el pasado y tienden hacia el futuro. Del futuro hacia el pasado en vez de del pasado hacia el futuro para establecer con total claridad que un hecho tiene que ocurrir.
JCL: ¿Pero estamos entendiendo por “milagro” la misma cosa o usted utiliza el término en sentido metafórico?
FJT: Yo hablo de los “milagros” de la religiones, aunque, por supuesto, la misma vida inteligente es un ejemplo de milagro. He conversado con los biólogos evolucionistas más prominentes de los Estados Unidos y aseguran que existe pleno consenso entre ellos acerca de la evolución de la vida inteligente. Es tan extraordinariamente improbable que uno esperaría que algo así sólo ocurriese una vez en la historia del universo. Francisco Ayala, biólogo genético y evolucionista de renombre, me proporcionó la probabilidad. Explicó que, en opinión de los biólogos evolucionistas, la probabilidad de que se desarrolle vida inteligente en el universo es menor que 10 –1.000.000 , es decir, diez elevado a menos uno, seguido de seis ceros. Es una cifra extremadamente pequeña. Multiplicamos dicha probabilidad por el número de planetas en el universo similares a la Tierra (se obtiene de la unitariedad: es pura física obtenida de la observación de las propiedades del universo) que, tirando por lo alto, asciende a 1080. Esta última es una cifra elevada, pero al multiplicarla por una probabilidad extremadamente pequeña como 10–1.000.000, desaparece con la primera aproximación. Se concluye, pues, que jamás se esperaría la aparición de vida inteligente en el universo. Sin embargo, tal y como he explicado al responder a su anterior pregunta, sabemos que si tomamos la Tierra partiendo desde el futuro y nos movemos hacia atrás, la existencia de la vida es un hecho inevitable.
JCL: ¿Entonces, para usted, la vida es un “milagro”?
FJT: Sí, la evolución de la vida inteligente en la Tierra es un milagro. Constituye un ejemplo de cómo Dios interactúa con el mundo. En el momento en que Dios interactúa con los genes, porque la evolución trata precisamente de eso...
JCL: Y conformaría el hecho más relevante, la evolución supondría el hecho más importante...
FJT: Efectivamente, el hecho más importante para nosotros. Nosotros, especie inteligente, no estaríamos aquí si Dios no lo hubiese planeado de antemano desde el futuro. Si lo analizamos fuera de contexto, es decir, dejando de lado el futuro, observamos una ligera fluctuación. Pongamos por caso que unos rayos X impactan contra una secuencia de ADN y lo transforman en algo altamente improbable. Sabiendo adonde iba dirigido, es decir, partiendo de un enfoque teleológico, no sería improbable. Conoceríamos la secuencia de los hechos. No obstante, no lo averiguaríamos nunca a partir del enfoque habitual que emplean los biólogos evolucionistas: del pasado hacia el futuro. Estos biólogos están en lo cierto. Saben lo que se hacen. La evolución de la vida inteligente es improbable si se mira desde el pasado hacia el futuro. Sin embargo, si abordamos la causalidad desde el futuro hacia el pasado (enfoque teleológico que los físicos aseguran es válido), se pone de manifiesto que la antedicha secuencia de hechos resulta inevitable.
Desde el punto de vista de la física, el grueso de la manipulación genética no difiere de la manipulación de meams. Los meams constituyen conjuntos de ideas, del mismo modo que los genes son conjuntos de partículas de ADN (las tres bases de ácido nucleico del ADN que codifican todos los ácidos conocidos). Un meam es igual, sólo que en el campo de la mente.
Desde el punto de vista humano de abordar la causalidad del pasado hacia el futuro, si Dios puede originar una fluctuación en una secuencia genética, podrá igualmente dar lugar a una fluctuación en un conjunto de meams. Concretamente, pongamos por caso un pastor que se encuentra en el desierto del Sinaí. Se trata de un egipcio de nombre Moisés. Percibe una visión, una fluctuación en el meam que le dice que el nombre de Dios es Ehyeh Asher Ehyeh, o lo que es lo mismo, “Seré El que Seré”. Dios le revela, mediante una fluctuación de la mente, lo que efectivamente es. Nos encontramos ante una causalidad que parte desde el futuro y se dirige hacia el pasado.
JCL: Creo que estamos llegando a esa torre de naipes de hipótesis indemostrables de la que le hablaba al inicio.
FJT: Puedo justificar todos los argumentos que empleo para demostrar que la evolución de la vida inteligente supone un milagro por definición, un acto de Dios en el mundo. Los biólogos me han brindado los razonamientos que necesito de la biología y he extraído de la física los fundamentos que requiero. No puedo demostrar la visión de Moisés, pero siendo que su respuesta es correcta, sospecho firmemente que la interactuación de Dios con el mundo, haciendo que Moisés perciba una visión, ofreciéndole la Verdad, constituye otro ejemplo de milagro.
Es un punto sutil de la física, pero lo origina las leyes de la física. Por definición, dichas leyes no contienen información. De modo que cualquier cosa que tenga lugar a consecuencia de las mismas, por definición, no varía la información en el mundo. Así pues, esta circunstancia, desde el punto de vista de la teoría de la información, no entraña información alguna. Sin embargo, es absolutamente cierta porque la originan las leyes de la física. El que la respuesta sea correcta (estas leyes confirman que el nombre y Su esencia son correctos, tal y como se describe en el Éxodo cuando Moisés le pregunta a Dios, ¿Dios, cuál es Tu naturaleza última?, y Éste le contesta “Seré El que seré”) constituye una razón para pensar que se trata del Dios tradicional, que el Punto Omega es el Dios tradicional. Otro motivo que sugiere que nos encontramos ante el Dios tradicional es que se desprende de la Biblia (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) que Dios interactúa con el mundo constantemente. Elías ruega a Dios que dirija Su fuego contra la Tierra: envía fuego del Cielo, Dios, provoca el Incendio Final; demuestra a Tus hijos que de verdad existes. Así que allá que mandó el fuego del Cielo. Por consiguiente, Dios interactúa con el mundo.
En el Éxodo, capítulo 15, Dios explícitamente comunica a Moisés: voy a aniquilar el ejército egipcio arrasándolo con agua para demostrar que soy Dios. Les daré la prueba más terrible de que soy Dios. Esto es lo que se perfila. El Dios del Antiguo y el Nuevo Testamento interactúa continuamente con el mundo.
El catolicismo afirma que una de las acciones de Dios en el mundo fue enviar allí a Su hijo. El Dios del Punto Omega interactúa incesantemente con el mundo de manera muy concreta, y de acuerdo con las leyes de la física. Éste es otro motivo para pensar que se trata de Dios. Ya tenemos dos motivos: “Seré El que Seré”, como Su propio nombre indica, y la constante interactuación con el mundo.
Puedo identificar también otras propiedades de Dios. Recordemos que la física constata que debe haber conocimiento infinito en el final de los tiempos. Se puede definir conocimiento en los siguientes términos: afirmación comprobada empíricamente por la realidad. Todas las afirmaciones demostrables en la realidad se deben haber comprobado para cuando se haya completado el Punto Omega. Por la definición de conocimiento, el Punto Omega comprenderá todo el conocimiento. He aquí otra propiedad que se obtiene de la física.
Existe otro motivo (ya el último) por el que considero que el dios del Punto Omega es el dios cristiano, el dios de la Biblia: que el Punto Omega, siendo una singularidad, se sitúa fuera del tiempo y del espacio. Comparte la era del tiempo y el espacio, pero se presenta fuera de éstos. Es todo menos tiempo y espacio. Lo normal sería afirmar que el Punto Omega trasciende el tiempo y el espacio.
Toda la singularidad del universo es, en esencia, la misma singularidad, cosa que concuerda con la mentalidad católica tradicional. Queda especialmente patente en lo que se denominó la condena de 1277. El arzobispo de París condenó a unos cuantos que rechazaban las doctrinas aristotélicas. Se aseguraba que todas las infinidades que se han logrado (entre ellas, la singularidad, que es la única infinidad que ha alcanzado la física) constituyen un atributo fundamental de Dios. Esa es otra razón para pensar que el Punto Omega es Dios; una infinidad lograda. La única infinidad alcanzada que queda en la realidad física.
JCL: Entonces, desde este punto de vista de retroceder desde el futuro, ya hemos resucitado, es decir, estamos en el presente porque ya somos en el futuro.
FJT: Maticemos los conceptos, porque está empleando términos temporales humanos. Al hablar de tiempo nos referimos al que en cierto modo ya existe. Hay que tener cuidado de no confundir uno y otro. Porque, a pesar de todo, el tiempo existe. Por cierto, el tiempo constituye una de las características fundamentales de la tradición judeocristiana, que ha insistido en la importancia de la historia, al contrario que todas las demás líneas filosóficas y religiosas, que han mantenido que el tiempo es sencilla y llanamente irreal. El tiempo es importante. Para ser más exactos, hubo un principio del tiempo. Hace un tiempo finito, el universo nació, y dentro de un tiempo finito, el universo tocará a su fin, y Dios será todo. Eso es lo que explica la Teoría del Punto Omega. El universo acabará con la singularidad final, y Dios será todo. De este modo defiendo que el Punto Omega es, en realidad, Dios, el Dios de la Biblia.
JCL: ¿Cree que las demás tradiciones religiosas están equivocadas: el paganismo, el budismo, el hinduismo...?
FJT: Sí, sí, sí. Aunque habría que matizar lo del hinduismo. En primer lugar, el cristianismo, el judaísmo y el islam, que son religiones hermanas, tienen en común la misma raíz y básicamente comparten una idea semejante de Dios. Mi teoría no puede distinguir entre ellas a fecha de hoy. En estos momentos, me considero teísta: ni cristiano, ni judío, ni musulmán. Esperaré hasta que la ciencia me aclare cuál es la correcta, hasta que Dios me indique cuál es la correcta.
JCL: ¿Y por qué es precisamente el judaísmo –o sus derivados– la correcta?
FJT: Cuando surge una buena idea, todas las religiones afirman “¡pues sí, eso siempre ha formado parte de nuestra religión!”, a pesar de que los historiadores puedan discrepar. El ejemplo típico es que el judaísmo, al igual que el cristianismo, siempre ha hecho hincapié en la necesidad de resucitar en el futuro, siendo el motivo que un Dios bueno seguro que recompensará las buenas acciones al menos en el futuro. Está claro que en numerosas ocasiones, aquí, en la Tierra, las buenas acciones y las buenas personas no reciben recompensa alguna, al contrario de lo que sucede con las malas personas. Así pues, el sentir general de los judíos anteriores a Cristo es que un Dios bueno, nuestro Dios, indudablemente corregirá las desigualdades en el futuro. Como bien sabe, la Torah constituye el eje central de su Biblia, lo que para los cristianos son los primeros cinco libros del Antiguo Testamento. Constituye el eje central de los judíos. La resurrección aparece implícita en las páginas del Talmud y se especifica que todo aquel que repudie la idea de que la resurrección es intrínseca al Talmud será arrojado a la oscuridad, no será admitido en el Cielo. Así lo expresa su Libro. Por lo tanto, aseguran que siempre ha formado parte del Talmud.
JCL: ¿A qué se refería con lo de la matización sobre el hinduismo?
FJT: El cristianismo y el judaísmo presentan la característica de la reinterpretación. No obstante, los mejores reintérpretes son los hindús. Según Ghandi, la idea de un Dios supremo, último, omnipotente y omnisciente existe y siempre ha existido en el hinduismo. No puedo contradecir a Ghandi. Presuntamente, sabía más acerca del hinduismo que yo. Partamos de esa suposición, que era mejor intérprete del hinduismo que ningún otro. No sé leer hindi, pero entiendo el inglés y, ocasionalmente, Ghandi escribía teología en esta lengua. De modo que me apoyo fundamentalmente en Ghandi y en mi interpretación de que el hinduismo es la mejor religión humana en lo que se refiere a adaptabilidad. Según Ghandi, la idea de un Dios último está presente en el hinduismo. De ser así, mi teoría tampoco descarta el hinduismo.
JCL: Y el resto de religiones ha de ser desechado.
FJT: La teoría desecha toda religión en la que el tiempo sea cíclico. Por consiguiente, descarta el budismo, ya que se basa, fundamentalmente, en un tiempo cíclico. Además, Buda dijo: “Dios no existe”. Considero que la física (no mi teoría; yo sólo extraigo de las leyes de la física las consecuencias matemáticas conocidas) excluye el budismo. Asimismo, he hablado con Joseph Needham, toda una autoridad en civilización china. Reflejé en mi libro parte de la conversación acerca del enfoque dalaísta del tiempo. También es cíclico. Para ser consecuentes con las leyes físicas, habría que descartar dicho enfoque por presentar una concepción cíclica del tiempo.
JCL: De modo que nos quedamos tan sólo con tres...
FJT: El islam, el cristianismo y el judaísmo son por ahora las candidatas a religión verdadera. Y, como digo, averiguaremos de cuál se trata.
JCL: Sin embargo, a pesar de lo novedoso de su teoría, hay también otros físicos que apuestan por la resurrección en el futuro. ¿Qué diferencia hay, por ejemplo, entre su idea de resurrección y la de Hans Moravec?
FJT: Por lo que sé de hablar con Hans y sus amigos (¡ninguno!) [risas], su punto de vista y el mío coinciden en que ambos reapareceremos como simulaciones generadas por ordenador. Cuando los seres humanos nos convirtamos en descargas de ordenador, buena parte de nuestras características actuales resultarán inútiles en este medio, así que nos desharemos de ellas. Coincidimos en eso. Pero recordemos que ésta es la misma proyección que proporcionan el cristianismo y el judaísmo de cómo será la vida después de la muerte: al nacer cargamos con un cuerpo inútil plagado de defectos, como podrá comprobar. Los humanos seremos como ángeles. Nos habremos desecho de nuestros cuerpos grotescos. Nuestro aspecto será totalmente distinto. Nuestra capacidad mental y sensibilidad emocional trascenderán lo humano. Por lo tanto, no lo puedo describir. Así es como concibo la vida tras la resurrección, una vez que mudemos estos cuerpos. Y es que el organismo presenta limitaciones: sólo puede vivir un número finito de experiencias por el límite de Bekenstein, dado su tamaño. Sin embargo, podemos tomar nuestro cuerpo, por así decirlo, como núcleo de un ser inteligente que si ampliara su poder mental sería capaz de adquirir infinidad de buenas experiencias. Esto únicamente será posible si cambiamos de forma. En mi opinión, en la de Hans, y pienso que la tradición cristiana también lo contempla, esta transformación se producirá.
© Josep Carlos Laínez
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