Amaro Drom
Mi nombre es Vivens, mi estirpe filius Vigilantis; en cuanto a mi patria, es la Morada Sacrosanta. Mi profesión es estar siempre de viaje: dar la vuelta al universo a fin de conocer todas las tradiciones. Mi rostro está vuelto hacia mi padre, y mi padre es Vigilans. He aprendido de él toda ciencia, las claves de todos los conocimientos me han sido dadas por él. Es él quien me ha mostrado los caminos que hay que recorrer hasta las playas más lejanas del universo, de forma que abarcándolo todo en mi viaje, es como si todos los horizontes de todos los climas se encontrasen reunidos ante mí.
Suhrawardî, Relato de Hayy Ibn Yaqzan1
Para poder afrontar con la mayor cantidad de energías posible las convulsiones propias del Fin de Ciclo, creemos tarea de suma importancia la realización de una suerte de “inventario” de las reservas espirituales que en los almacenes de nuestra memoria se conserven. No es cuestión de, conducidos por exotismos infantiloides y espúreos que en nuestro caso no tendrían perdón, reivindicar o resucitar tradiciones muertas, cultos apagados cuyo ciclo vital se ha cumplido, pero sí de conocer a fondo nuestro pasado para, sostenidos por ese bagaje, poder encarar mejor los retos y tentaciones con que nos pone diariamente a prueba el turbulento presente. Ningún pueblo, por muchas dispensas que frente a las ataduras formales le haya concedido Dios, puede romper del todo el hilo que le une con la fuente primigenia de lo sagrado y, al mismo tiempo, aspirar a sobrevivir como comunidad orgánica. Tal y como la observación diaria de la sociedad occidental moderna permite constatar, quien viola y olvida las condiciones del pacto suscrito en los orígenes con lo Alto, planta las semillas de la disolución prematura de su identidad y está condenado a expandir el desorden psíquico y social allá donde vaya.
Si indagamos en la memoria romaní y en los trabajos de diversos etnólogos, nos será lícito presumir, porque nuestra historia y nuestro patrimonio oral nos ofrecen de ello numerosas evidencias, que el hinduismo y el Vedanta debieron constituir el sustrato esencial sobre el que los diferentes préstamos, tras una previa adaptación, fueron con posterioridad hallando un hueco en nuestro imaginario espiritual. Así, entre los ludari emigrados en el siglo XIX desde Bosnia hasta el Cono Sur de América se sigue afirmando que el de Navidad es el día en que los muertos “ascienden al Reino de los Cielos”2, aserto en perfecta concordancia con la más ortodoxa tradición hindú, que considera el solsticio de invierno la fecha en que se abre la Puerta de los Dioses, traspasando la cual las almas se liberan definitivamente de todo retorno a la manifestación… Pero, en rigor, y esto tal vez desencante a muchos, no estamos en condiciones de afirmar taxativamente que haya alguna vez existido lo que podríamos llamar una religión romaní.
¿Y cómo, se preguntará el lector culto, cabe hablarse de un pueblo sin religión propia? Ello resulta ciertamente posible hoy, en el mundo moderno, un establo de seres desarraigados, una construcción cultural francamente anómala desde todos los puntos de vista, en abierta hostilidad hacia cuantas civilizaciones la han precedido, de cuya sabiduría continúa negándose a aprender nada, pero no en el mundo tradicional al que el gitano pertenece o en el que, cuando menos, indiscutiblemente nació… Esta observación, aunque muy acertada, pasa sin embargo por alto el importante dato de que el gitano, y de esto hemos hablado en una de nuestras obras3 y volveremos a hacerlo con mayor precisión en otra futura, solamente es tal desde el momento en que cruza la frontera que sitúa India a sus espaldas. El Paso de Khyber fue nuestro Rubicón. Con anterioridad a su franqueo, ningún dato conocido autoriza a hablar de aquellos protorromaníes o primeros gitanos más que como de indios a secas. Indios, por supuesto, pertenecientes a una casta, ejercientes de un oficio y naturales de tal o cual región, pero en cuyo entorno cotidiano no se hallaban presentes los elementos culturales que podríamos llamar definitorios de la romanipen (gitaneidad). Incluso si estuviera en nuestra mano demostrar que alguno de nuestros antepasados forjaba espadas, tañía el sarangi o llevaba ya en India una vida nómada por razón de su ocupación o tradición familiar, nada cambiaría: por más que pese a los antropólogos, la realidad es que ningún nómada indio se “sabe” ni considera gitano. Y, si un gitano no está al tanto de serlo, es porque, evidentemente, no lo es. Como en otras ocasiones hemos dicho, que los gitanos seamos indios no implica que los indios sean gitanos. ¿O es que tener un bisnieto en Los Ángeles convierte en chicano a quien jamás se movió de su hogar natal en Cuernavaca?
Así pues, en la prehistoria gitana sólo puede hablarse de religión hindú, no de religión gitana, pues los valores que hoy conocemos como romaníes _que son algo más que simplemente indios_ ni siquiera habían advenido, ni siquiera habían tomado cuerpo en aquel día fundacional emplazado por nuestra memoria oral en un mítico érase que se era. Y no es para desconcertarse. Pensar que los gitanos somos una raza completamente aparte, surgida de la nada o de “no se sabe dónde”, que recorre el mundo desde el principio de los Tiempos para asombro de los imperios y las naciones, es muy sugerente, pero no se atiene a la verdad4. Los gitanos, como todos los demás pueblos de la Tierra, hemos protagonizado una historia, y no somos un “enigma” más que para quien no quiera ver. El único soporte vehicular de nuestra cultura ha sido durante siglos la tradición oral, y, debido a esta circunstancia, la erosión y el desgaste la han afectado en mayor medida que a las de aquellos pueblos que contaron con el auxilio de la escritura. No puede, pues, extrañar que hayamos ido olvidando paulatinamente esa historia, mas ello no implica que su reconstrucción no sea posible en buena parte gracias a los datos proporcionados por la lingüística y las religiones comparadas, los análisis genéticos y de sangre y el conocimiento de la historia y la cultura de otros pueblos.
El –a nuestro juicio– incomprensible error que ha lastrado los esfuerzos de los investigadores occidentales ha sido partir siempre del supuesto meramente imaginario de que en todo tiempo y lugar ha tenido siempre que existir, obligatoriamente, una comunidad que se llamase a sí misma y fuese llamada por las demás gitana. No hay nada que avale tal aserción. Es más: de haberse seguido por sistema semejante criterio, el origen de todos los pueblos de la Tierra sería “desconocido”. Todos los pueblos serían “misteriosos”. Debería recordarse que los actuales españoles lo son desde hace bastante poco. Antes, eran navarros, castellanos, vizcaínos, aragoneses… Antes de ello, godos, euskaldunes… Antes aún, íberos, celtas, romanos… Antes… ¿Debemos deducir de ello que los españoles constituyen un pueblo enigmático, de orígenes desconocidos, surgido como de la nada en el año 1492? Y, ¿dónde estaban los estadounidenses antes de 1775?
Es hora, por tanto, de ceñirse a lo único que la razón y la historia permiten por el momento presumir: la resolución de abandonar su tierra natal siguiendo la ruta del Sol, tomada por un contingente relativamente importante de hindúes, punto de inflexión en este caso tan trascendental como para dar nacimiento a un nuevo pueblo.
¿ESOTERISMO O EXOTERISMO?
Mas, ¿por qué nos fuimos? ¿Por qué emigramos? ¿Por qué nuestra puesta en marcha en pos del Astro Rey? En la tradición oral gitana sobreviven, y éste es un dato de crucial importancia para comprender mínimamente nuestra mentalidad, elementos argumentales que permiten asegurar la práctica por nosotros desde antiguo de ritos iniciáticos. ¿Sorprendente? Puede resultar motivo de asombro para cuantos albergan la tópica creencia de que el pueblo gitano ha vivido siempre dejado de la mano de Dios. Pero tal aserto, sin embargo, es radicalmente falso. Y no únicamente si dirigimos la mirada hacia la parcela de lo mundano, donde nuestra supervivencia como comunidad frente a todas las vicisitudes, en medio de circunstancias con frecuencia difíciles cuando no trágicas, habla ya con extrema claridad acerca de la protección divina de que siempre hemos gozado. Por si esto no fuese ya bastante, los detentadores de suposiciones tan peregrinas como que ya desde el más remoto pasado, en el principio de los tiempos, fuimos olvidados o excluidos por los Cielos en el reparto de rituales con que regir nuestra vida espiritual, yerran de cabo a rabo.
Ya las palabras pronunciadas por la Diosa en la Devi Upanisad: “El lugar de mi nacimiento es el agua, en el interior del océano; quien lo conoce obtiene la morada de Devi” esclarecen por completo el sentido de nacimiento iniciático que empapa el mito de la inmersión en el mar de Sara la Kalí5. Pero nos encontramos en posición de someter al juicio del lector indicios aún más elocuentes sobre el particular, como el brindado por el argumento de uno de nuestros relatos tradicionales. En éste, nos es contada la historia de una mujer que, tras atragantarse con una yema de huevo, muere y es enterrada. Dos gadje (no gitanos), al tanto de que ha sido sepultada con sus ornamentos de oro, la desentierran, encontrándose con la sorpresa de que la difunta resucita de improviso, expulsando ante sus ojos una yema alojada en su garganta. ¿Qué se nos quiere decir con esto? ¿Nos hallamos ante una simple advertencia a los ladrones del susto con que puede ser castigado el amigo de lo ajeno?
No. Indudablemente, hay algo más. El huevo es no sólo imagen utilizada con mucha frecuencia para simbolizar la diferencia entre exoterismo (su cáscara o corteza) y esoterismo (su yema o núcleo). También opera a menudo en estas narraciones como símbolo de la inmortalidad, y en este caso, más en concreto, de la inmortalidad proporcionada por la gnosis, de la victoria sobre la muerte que supone adquirir o “comerse” la Sabiduría, el Conocimiento supremo (como San Juan en Apocalipsis se “come” el Libro, o los gitanos de otra leyenda se “comen” la iglesia que han cambiado a los serbios por la suya)6. De lo que en este antiguo cuento se nos habla es de la adquisición de dicha gnosis por la gitana, al someterse _como es propio de toda iniciación_ al rito de “morir en vida”. La intención didáctica con él perseguida es muy clara: despertar, en los dos saqueadores que exhuman el cadáver tras profanar el sacro recinto y remover en tierra bendecida, la comprensión de que el aurum del Conocimiento es infinitamente más valioso que el metálico, terrenal, lucido por la fallecida en collares y pendientes. Encontramos aquí, pues, una alegoría de la persecución del Oro de los Sabios, que debe ser buscado bajo tierra, en las entrañas o morada o vientre de la Gran Madre.
Establecida la detectabilidad en el folklore legendario gitano de huellas de un pasado en el cual lo iniciático era vivido con total normalidad, creemos necesario especificar que, a nuestro juicio, la vía espiritual propia del gitano se fundó en sus orígenes sobre los presupuestos intelectuales y rituales propios de una vía esotérica, y no sobre los medios y canales típicos de una religión. Es este factor el que explica nuestra no adhesión, como pueblo, a un único credo. En rigor, en tanto abundan las narraciones tradicionales romaníes del estilo de la citada, no conocemos ninguna en la que se haga alusión a una religión, a un culto comunitario gitano, a comportamientos homólogos a los propios de quien practica abiertamente junto a su familia y vecinos el catolicismo, el islam, las versiones populares del budismo o el hinduismo… Naturalmente que muchos gitanos hemos practicado y practicamos con devoción y fe estos credos y otros (lo que quizá responda, al menos en parte, a quien se haya preguntado: pero, los ritos iniciáticos, ¿pueden encontrarse en un pueblo “sin religión”?). Mas, significativamente, nada de ello, nada de lo perteneciente a ese ámbito del culto exotérico se ha incorporado a la memoria tradicional romaní, lo cual concuerda a la perfección con lo que la historia nos enseña: que el gitano emerge a la superficie de la historia no como creyente “de filas” en tal o cual fe, sino en calidad de peregrino que luce títulos nobiliarios.
En nuestra obra En pos del Sol nos referimos a los que podrían ser considerados los ejes de la “praxis mental” romaní:
i) Una permanente subordinación de lo racional o cartesiano a la inspiración, a lo intuitivo. Una subordinación, pues, del pensar al sentir. Un pensar no con las células grises, sino con el corazón o castillo interior del pecho, sobreentendiendo implícita en expresiones como sentir o corazón la apelación a la apertura de una Puerta a lo sobrenatural, y excluyendo de las mismas cualquier sustrato de sentimentalismo romántico.
ii) La ignorancia de la categoría Tiempo. Hacer poco, bien y a tiempo.
Todo esto se reduce a la apreciación de nuestra voluntad de vivir en un tiempo cualificado. Se resume y compendia, en el fondo, en un solo vocablo: peregrinación.
LOS NOBLES VIAJEROS
Y, ¿qué es un peregrino? Alguien que, mediante su recorrido de una ruta bienaventurada, anhela contrarrestar las secuelas generadas por su previo pasaje por otro camino nefasto (el de la vida carnal). Un aspirante a desandar andando un viaje de consecuencias penosas en el orden espiritual, a recuperar _en suma_ un estado perdido de pureza ritual. Existe el perfil del peregrino exotérico, es decir, el peregrino puntual, el fiel de una religión que en ciertas fiestas de guardar o para cumplir una promesa concreta se desplaza hasta un lugar de culto especialmente venerado antes de retornar a su vida cotidiana, ocupada por las actividades propias del ciudadano corriente. Pero conocemos también la figura _distinta_ del peregrino perpetuo, que rompe sus ataduras con la sociedad y hace de la peregrinación su modus vivendi. Es este último el que, en el marco de las sociedades aún regidas por principios auténticamente tradicionales, podemos decir que se manifiesta como seguidor de una vía esotérica. El binomio peregrinación/ purificación es característico de la mentalidad india y tradicional en general, de donde no puede sorprendernos ni la condición de peregrino reivindicada por el gitano ni los rasgos típicos de la condición peregrina que en su cultura e historia encontramos.
Porque la principal razón siempre exhibida para justificar nuestro nomadismo perenne ha sido el mandato divino: el gitano nomadea porque Dios se lo ha ordenado. Reo de una falta punible desde la perspectiva de lo sagrado y víctima por ello de un anatema, el gitano no viaja, o no viaja en el sentido corriente del término: con la esperanza de que se le permita regresar a su tierra, una tierra de nombre y localización ignotos para todos, el gitano peregrina. La vieja leyenda por la cual uno de los clavos con que se crucificó a Jesús, que él habría forjado, le persigue sin cesar, obligándole a reanudar su marcha cada vez que siente la tentación de pasar dos noches seguidas en el mismo lugar de descanso7, presenta claros paralelismos con la de la cabeza de Brahma que persigue hasta Benares a su decapitador, Shiva/ Bhairava, de la que es, sin duda, una variante occidental. Y procede recordar que la de brahmanicidio o deicidio (“Fueron sus intentos por liberarse del pecado de brahmanicidio los que hicieron de Shiva un mendigo vagabundo”)8, la de ofensa al supremo Principio divino, era culpa que determinadas órdenes iniciáticas hindúes, como las de los kapalikas y los kâlâmukhas, cargaban sobre sus hombros. Pero ni los kapalikas ni los kâlâmukhas se autoseñalaban como reos confesos de tal falta por ser realmente culpables de ella, sino porque su perspectiva esotérica _no religiosa_ les imponía descender a los estados de conciencia más bajos e infrahumanos como paso previo a su ascenso a los más elevados. De hecho, indólogos como Sunthar Visuvalingam han puesto de manifiesto cómo el Shiva/Bhairava asesino de Brahma es, al mismo tiempo, el guardián de Benares, la ciudad santa por excelencia. No se trata, pues, de derogar o reemplazar la tradición o religión establecida, sino de vivirla hasta sus últimas consecuencias a partir de instrumentos reservados a una minoría, y no al conjunto de la sociedad (“… los adeptos de la sacralidad transgresiva, paradójicamente, desempeñan a menudo en la vida pública de sus respectivas comunidades el papel de campeones de la religión ortodoxa”)9. La narración por Filóstrato _en su Vida de Apolonio de Tiana_ de cómo civilización de tan rica espiritualidad como la egipcia fue fundada por hindúes exiliados de su solar natal por haber asesinado a su rey Ganges, atestigua la longevidad de esta práctica iniciática.
Ahondando en nuestro planteamiento, debe ser destacado que _al margen de que la directa relación étnica del gitano con las castas guerreras nor-indias haya sido ya firmemente establecida por diversas investigaciones competentes_ la relación de migraciones protorromaníes propuesta por Kochanowski10 ofrece un cuadro general, un cuadro de circunstancias avalador de la hipótesis de que un grupo de población apto desde el punto de vista étnico, lingüístico y cultural para ser identificado con la matriz del pueblo gitano:
- Padezca derrota y expolio.
- Como consecuencia de esto, una pérdida de posición,
- que impone a su vez la necesidad de una purificación.
Y es que, en el intermedio temporal comprendido entre la migración kshatriya del siglo VIII (ver n. 10) y la rajput del siglo XII, tuvieron lugar los diecisiete ataques a India efectuados desde Afghanistán por el señor de la guerra Mahmud de Ghazni, que afectaron profundamente al normal desarrollo de la vida cotidiana en el Noroeste indio. Mahmud de Ghazni, en efecto, no sólo esclavizó y arrastró consigo hasta su reino a numerosos contingentes de población, sino que provocó el éxodo despavorido de muchos miles de habitantes de Sindh y Pendjab. Para hacernos una idea de las dimensiones del impacto, el culto a Shiva bajo la forma de Lakulisha, característico de los hindúes del Norte, desapareció para siempre de la región cuando los kâlâmukhas (sostenedores de dicho culto) comprendieron la necesidad de buscar refugio en otras tierras y se desplazaron hacia el actual Karnataka. El culto a Lakulisha _como decíamos, tradicionalmente norteño_ se convirtió a no mucho tardar en un culto exclusivo del Sur.
Y, si estos ataques de Mahmud de Ghazni perturbaron profundamente la vida de la población autóctona, pero al menos Mahmud era un saqueador que, obtenido el botín, regresaba a su nido de águilas, la invasión de Muhammad Ghori, sin embargo, fue diferente, porque este señor de la guerra llegó para quedarse, y ello afectó de modo directo y desgarrador no ya a la paz de la vida cotidiana, sino al normal funcionamiento y a la propia viabilidad de la misma desde el punto de vista hindú: por traer a colación nada más que un ejemplo, los hindúes de alta casta se vieron forzados a vivir en estrecho contacto con los intocables a quienes los invasores abrieron sin restricciones las puertas de las ciudades11. Y ello explica a la perfección la hipótesis de un éxodo de India asumido por sus protagonistas como peregrinación, como ritual purificatorio. Tal cosa puede sonar extraña a muchos oídos, pero resulta perfectamente lógica si nos preguntamos qué es un hindú, cuáles son los rasgos de su mentalidad y cómo reaccionaría un hindú y más, un hindú de los tiempos medievales_ ante determinadas circunstancias12.
Precisemos asimismo que la expresión negros o cabezas negras que se autoaplicaban _entre otros_ los caldeos, egipcios, etíopes, kharakhitan y chinos para indicar que su casta sacerdotal permanecía en contacto con el Centro Supremo, y que _por el origen etimológico de rom y kale12+1 creemos aplicable a nuestro caso, se empleó también con idéntico sentido en la antigua India, en el marco de nuestra civilización de procedencia, precisamente entre los ya citados kâlâmukhas o cabezas negras14, ascetas itinerantes que simulaban estar locos, y los ajivika, una orden de monjes errantes transmisores de la iniciación. Aunque pudiera encontrarse a brahmines entre sus adeptos, se trataba de órdenes eminentemente sramánicas, es decir, no brahmánicas, y de vías _por tanto_ muy adecuadas para rajputs15.
Significativamente, esa idiosincrasia rajput o nobiliaria se mantendrá como una resonancia constante a todo lo largo de nuestra peripecia16. Así, los Condes y Duques de Pequeño Egipto, que en el siglo XV son protagonistas estelares de la aparición “oficial” de los gitanos en la historia, presentan, en efecto, notables coincidencias con los llamados Nobles Viajeros que, en un lapso temporal que abarca desde los días de Apolonio de Tiana hasta las vísperas de la Revolución Francesa, recorren las Cortes de Occidente portando sus buenas nuevas medicinales. De unos y otros se desconoce el origen (el más elevado iniciado taoísta “no tiene domicilio fijo ni tierras ancestrales, su voto le obliga al desapego terrestre más completo”)17. Unos y otros viven, pues, errantes (“este estado de 'errancia' es el signo de una misión que tiene por objetivo transmitir una enseñanza y/o formar una relación entre un centro espiritual y agrupaciones secundarias”)18. Siempre mediante remedios homeopáticos, unos y otros no sólo curan, sino que aconsejan a Reyes y Papas: a los gitanos se les rumorea llegados del Reino del Preste Juan, enigmático Rey-Sacerdote que escribe a los poderes espirituales y temporales de la época diciéndose su soberano, como el Noble Viajero Arnau de Vilanova escribía a Reyes y Papas cartas “en nombre de Cristo”. A unos y a otros se les asocia con la alquimia y demás “artes prohibidas” (Santiago de Vilanova recuerda cómo el hermetismo es vía iniciática de filiación caballeresca _rajputs eran los Señores de Pequeño Egipto_ y cómo el caballero medieval había de vivir errante a fin de conservar “actualizada” la iniciación recibida). Unos y otros, en fin, hablan varias lenguas (aunque, en nuestro caso, dichas lenguas, detalle muy llamativo… no se escriban).
Cierto que en la India tradicional la enseñanza fue siempre predominantemente oral y basada en la memorización, pero los miembros de la casta a quien incumbía e incumbe su depósito no eran ni son iletrados. ¿Cómo, pues, explicar nuestro “olvido” de la escritura, nuestra condición de pueblo ágrafo, chocante desde el momento en que numerosas plegarias llegadas hasta el día de hoy dan fe del conocimiento por nuestros antepasados de la literatura y el ritual védicos? Se ha pretendido explicar esta “carencia” en función de un olvido progresivo del alfabeto devânagâri debido a su presunta inutilidad en el nuevo mundo al que los gitanos llegamos. Y es cierto que no habríamos sido los primeros emigrantes en experimentar una pérdida de esa clase. Pero nos parece una apreciación errónea, porque, en ese caso, ¿por qué no prescindimos asimismo de la lengua? El emigrante que, por razones utilitarias, se abstiene de enseñar a sus hijos el alfabeto de sus antepasados, no les enseña tampoco a hablar la lengua a la que éste sirve como vehículo. Y nosotros, a la vez que aprendíamos las lenguas habladas en nuestras nuevas tierras de paso o residencia, conservamos la romani chib, que continúa siendo hoy una lengua viva. ¿Por qué la antigua lengua se conservó y su expresión escrita no? Por otra parte, quien abandona por “inútil” un sistema de escritura, es para reemplazarlo por otro “útil”, y el gitano sólo se preocupó de aprender a hablar –no a escribir ni a leer– las nuevas lenguas que adoptó.
A nuestro entender, está claro que se trató no tanto de un “olvido” como de una renuncia consciente que debe, además, relacionarse con otra “amnesia”: la de nuestros linajes originales. Se tomó la decisión de no emplear más la escritura por razones tal vez oportunistas y utilitarias, mas no del orden propuesto por los sociólogos, y ello debió suceder en los mismos tiempos en que nuestros antepasados resolvieron asimismo “cambiar de nombre”. Porque, de repente, en un determinado momento, quienes hasta entonces eran emigrantes indios conocidos por los nombres de sus linajes familiares, indicadores de su pertenencia a una determinada casta o alusivos a su región de origen, irrumpen en la historia como athsinganos, sincani… a quienes, hasta donde sabemos, pese a decirse de aristocrática prosapia y ser recibidos de acuerdo con tal dignidad, en ninguna crónica se alude como letrados. Eran portadores de salvoconductos que, es de suponer, al menos alguno de ellos sabía leer, pero el libro era un elemento ausente de la vida de aquellas enigmáticas caravanas19. ¿Hemos de ver aquí la clásica concepción iniciática de la renuncia a la letra, que se seca, para apostar por el espíritu, que vivifica, en paralelo al abandono del nombre profano para adoptar un nombre asimismo iniciático?
Ya que hablamos de lenguas, procede precisar que, en nuestra opinión y al margen de que la genealogía de los romá se remonte a una muy determinada cepa, el vocablo que en nuestra lengua significa no gitano no remitía en sus orígenes a una identificación en base a la etnia propiamente dicha, sino _como es propio de un hindú_ en base a la casta20 y también, en un plano más interior, en función de la pertenencia o no a una elite espiritual. En el primer caso, como asevera Ronald Lee, la palabra gadjo vendría: “del sánscrito 'gadjjha', y básicamente, cuando los rajputs y sus seguidores abandonaron India para convertirse en romá en Asia, significaba 'civil, no guerrero'. Los romá éramos guerreros, los 'gadje' eran civiles, domésticos pertenecientes a castas no militares”21. En el segundo, la voz gadjo nos remite a una concepción iniciática, puesto que deberíamos trazar su origen hasta el persa kaccha, que significa “no maduro, verde, insuficientemente desarrollado”. Nos hallaríamos, pues, ante la clásica distinción asumida por el iniciado entre quienes son _como él mismo_ seguidores de una vía iniciática y quienes se limitan a someterse a una vía meramente exotérica, así como frente a los simples profanos.
Por lo demás, la adopción del oficio de músico ambulante o tratante de caballos por una casta receptora de una ordenación iniciática no es nada infrecuente. Recuérdese lo dicho por Guénon a propósito de algunos sufíes e iniciados taoístas, o cómo los mon, que en el siglo II llevaron el budismo desde India a las regiones ladakhi-pakistaníes de Chitral o Gilgit, son hoy músicos itinerantes. ¿Qué otra cosa, sino músicos, son en la mitología hindú los gandhârva pertenecientes al cortejo celeste de los dioses? Parece, pues, pensamiento muy sensato el de que muchos rajputs, derrumbado y violado su mundo por los dominadores islámicos, escogieran en ese momento seguir la vía del ativarnashrami _”más allá de las castas”_ y adoptasen la peregrinación como vía expiatoria. Cierto que hablamos de una vía por lo general solitaria, destinada a aquellos prestos a romper con toda atadura social, en tanto el gitano emprende su ritual viaje seguido por toda su familia22, que le secunda en la empresa. Y es que, como destacara Guénon, “la existencia de pueblos 'en tribulación', uno de cuyos más sorprendentes ejemplos son los gitanos, es en realidad algo sumamente misterioso y que exigiría ser examinado con atención”23.
Y sí, hemos sido, quizá, el único pueblo que, bordeando las ciudades, sedes de ignorancia, ha considerado su misión y su único “trabajo” en esta vida terrestre la incesante búsqueda, en pos del Sol, frontera tras frontera, valle tras valle, desierto tras desierto, de la Puerta cerrada que conduce de vuelta al Jardín perdido. El único pueblo que lejos del solar indio _conscientemente o no según épocas, individuos y lugares_ ha sido portador y practicante en bloque, como un todo, de una verdad proclamada por la totalidad de las tradiciones espirituales: la de que el Paraíso se encuentra en cualquier lugar junto a nosotros, al alcance de nuestra mano, aquí, tras el velo de las apariencias, no en otro “planeta” al que después del Diluvio haya sido “trasladado”, y que, si no lo vemos, es por haber perdido el ojo facultado para discernirlo, porque _con la caída en el barro de la ignorancia_ hemos sido despojados de nuestras vestiduras de luz, nuestros ropajes celestes de sabiduría.
Pero, ¿es en rigor tan “rara”, tan anómala esta modalidad de peregrinación, esta _podríamos decir_ vía “genética” o “familiar” de renuncia al mundo? En todo tiempo y lugar, prosapias enteras han emprendido juntas una peregrinación a un santuario. Se trata, cierto, del peregrino exotérico, del peregrino temporal, y no del peregrino de por vida. Pero, ¿no precisa la Manusmriti II, 67 que el rito matrimonial es para las mujeres “equivalente a la iniciación; el servir al marido, equivalente a la residencia del hombre en casa de su maestro; y los deberes del hogar, lo mismo que la adoración diaria del fuego sagrado”? La mujer del peregrino de por vida, peregrina de por vida es a su vez. Al menos, la importancia del vínculo matrimonial aparece en la vida gitana acentuada hasta el punto de que, en nuestra lengua, rom significa tanto “gitano” como “marido”… Y, ¿acaso no es la historia de India la de millones de hombres adoctrinados por una enseñanza tradicional que jamás deja de tener la vista puesta en la Liberación del mundo sensorial y la realización de la Identidad Suprema? ¿En verdad puede parecer a alguien “raro” que una tierra como la nuestra de procedencia haya podido originar el fenómeno a que nos referimos, más en tan especiales circunstancias como las descritas (ocupación del solar sagrado con la subsiguiente quiebra de todo un ritmo cotidiano de vida centrado en la guarda de la pureza ritual)? Decisión como esta puede, ciertamente, resultar insólita desde el punto de vista exotérico, mas no en un “clima” indio y, en particular, desde una perspectiva esotérica.
Así pues, el carbón principal sobre el que arde la llama de nuestra idiosincrasia sería ese entendimiento de la vida como peregrinación, esa conciencia de la naturaleza transitoria de todo fenómeno, particularmente centrada en el destapamiento del carácter de ilusión de la existencia sedentaria, descubriendo sus aparentes seguridades como trampas a sortear. Sólo aquellos para quienes esa “filosofía” se torne extraña pueden llegar a “dejar de ser” gitanos, si procede hablar así. Nuestros ritos nupciales, nuestros tabúes sexuales y culinarios, nuestra lengua materna o adquirida, nuestros oficios tradicionales, nuestra inclinación temperamental hacia las artes, etc., son espejos sobre los que se reflejan los latidos de nuestro corazón y soportes, sí, de un pensamiento gitano, constituyendo rasgos constitutivos esenciales de la romanipen, pero son ante todo costumbres y “predisposiciones” indias, por no decir que orientales en general. Es la conciencia de haber nacido peregrino y en el seno de un pueblo de peregrinos el elemento que singulariza y da al gitano alas propias para planear sobre la superficie de las Aguas. Como Hijos del Viento nos bautizó en el pasado un autor cuyo nombre no recuerdo, Padre Viento que recuerda, indefectiblemente, a Vayu y, aún más, al prana de la praxis yóguica.
© Joaquín Albaicín
NOTAS
(*) En romaní: Nuestro camino.
(1) Henry Corbin Avicena y el Relato Visionario (Paidós, Barcelona 1996).
(2) Jorge Emilio Nedich La extraña soledad de los gitanos
(Planeta, Barcelona 2001).
(3) En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco, Barcelona 1997).
(4) O no se atiene a la verdad salvo a condición de exponer una serie de complejas matizaciones que desbordarían el marco de este ensayo.
(5) Ver “Un santuario en la playa”, en La aventura del Duque Andrés, cap. III de J. Albaicín En pos del Sol…
(6) Como hemos en otras ocasiones señalado, nos hallamos aquí ante una metáfora de la reabsorción por el Centro Supremo de una forma tradicional gastada, que, lejos de desaparecer, se mantiene durante el intervalo preciso “durmiendo” en el océano de lo No-Manifestado. El lector podrá, quizá, apreciar interesantes conexiones con este sencillo cuento en la leyenda hindú del sabio Markandeya, recogida y comentada por Heinrich Zimmer en Mitos y símbolos de la India (Siruela, 2ª edición, Madrid 1997).
(7) Ver J. Albaicín “Los clavos de Cristo y la espada de Damasco”, en Axis Mundi nº 2, 2ª época (Paidós, Barcelona 1997).
(8) J. Wilkins Mitología hindú (Edicomunicación, Barcelona 1987).
Bhairava tiene por compañero a un perro negro, lo que recuerda a la mascota del Arcano El Loco del Tarot.
(9) S. Visuvalingam “Transgressive Sacrality in Hinduism and the World Religions” (en este número). Desde tal perspectiva, no puede extrañar que ese mismo estado de errancia descrito como motivado por el castigo divino sea al mismo tiempo comprendido como el estado ideal, dado que permite al hombre liberarse de las servidumbres mundanas que le privan de consagrarse por entero a la búsqueda de su Sí. Así, la tradición oral de los ludari se refiere en estos términos al destino que aguarda a todo aquel que cometa la temeridad de dormir bajo una higuera o un ombú: “El Diablo aparecerá y los convertirá en sedentarios, los obligaría vivir encerrados en una casa y a desparramarse, criándose unos lejos de los otros. Van a perder el contacto con los árboles, con el pasto, con los animales y se perderán en un mundo sin naturaleza, ajeno a la creación de Dios”. Esta frase es sumamente explícita: “'Nosotros queremos ser tus hijos', dijeron los hombres (al Diablo). Así nacieron los primeros sedentarios” (J. E. Nedich).
(10) Kochanowski, Rishi y otros autores se refieren a la migración a Persia recogida por el Shannamah, la acontecida en el siglo VIII tras la conquista de los reinos de Pendjab y Sindh, las razzias de Mahmud Ghaznavi en el XI y el éxodo desencadenado por la derrota sufrida en Terain (1191) por Prithviraj Chauhan, último rey hindú de Delhi, ante las fuerzas de Muhammad Ghori. Podrán algunos objetar que en las crónicas históricas indias no ha quedado constancia de ninguna migración como las últimas descritas acaecida en tiempos de las invasiones musulmanas. Hemos de recordar no sólo que la no consignación por escrito de un hecho no implica que éste no haya tenido lugar, sino que en el mundo hindú no existe la historia como disciplina, en la forma en que Occidente la conoce, hasta tiempos muy recientes (y ello, por influencia de los dominadores coloniales). Bástenos recordar, para ilustrar este aspecto, que la invasión de Alejandro Magno sólo ha merecido tres líneas de los cronistas indios contemporáneos de la misma.
(11) La discusión de las prescripciones discriminatorias o vejatorias que desde el punto de vista de la mentalidad moderna se afirma que caracterizan al sistema de castas no es objeto de este ensayo. Nos limitamos a la exposición de las consecuencias de un hecho acontecido en un determinado contexto espacio-temporal.
(12) Tanto la apelación al mandato divino como la evidencia de que la práctica totalidad del vocabulario romaní referido a la vida sedentaria (palabras para designar “casa”, animales domésticos, etcétera) y a la actividad guerrera propia de los rajput sea de origen indio, en tanto palabras como “carro” (vurdon), “camino” (drom) o “viajar” (dromavav), referidas a las contingencias de la vida itinerante, hayan sido tomados de lenguas foráneas, indican que el nomadismo gitano fue resultado de una decisión, y no la prolongación allende las fronteras hindúes de una actividad practicada por la comunidad inicial en su tierra de procedencia. Es un dato ya resaltado por autores como Ian Hancock Ame sam e Rromane Dzene/We are the Romani people (Buda, Austin 2001).
Por otra parte, la pérdida de la pureza ritual a causa de la “violación” por los invasores del tejido social hindú implica en algunos casos la no reintegración a éste. Si a esta problemática añadimos la adopción como sola vía restauratoria del camino del “adepto transgresivo”, se explica la supresión en nuestro medio de determinados tabúes gastronómicos (aunque haya de recordarse, de todos modos, que por lo general los rajputs no son vegetarianos).
(12+1) Tanto en sánscrito como en romaní y en distintas lenguas nor-indias, kale significa “negros”. En cuanto a rom, estudiosos como Rishi remontan su origen filológico al sánscrito Râma, entre cuyos principales significados podemos anotar:1)” El que empuja y hace funcionar todo”. 2) “Alguien que vaga” (Râma es un dios que marchó al exilio). 3) “Color oscuro”, precisándose que en los Vedas râma se usa en el sentido de “negro”, no como nombre propio. 4) “Marido”, lo mismo que en lengua romaní. 5) “Agradable, encantador”. 6) “Alguien que agrada o deleita a otros”. Si el primero de dichos significados hace incontestable referencia al Centro del Mundo donde mora el Principio que, sin actuar, es motor y causa de toda acción, el tercero nos indica que rom es, lo mismo que kale, una acepción de “pueblo negro”. Ha de precisarse que “en su sentido superior, el color negro simboliza esencialmente el estado principal de no-manifestación … así ha de comprenderse, especialmente, el nombre de Krshna, 'negro', por oposición al de Arjuna, que significa 'blanco', representando el uno y el otro, respectivamente, lo no-manifestado y lo manifestado, lo inmortal y lo mortal, el Sí Mismo y el yo” (René Guénon Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada, Eudeba, Buenos Aires 1987).
(14) Aprovechemos para señalar la convergencia fónica detectable entre kâlâmukha y kalmuko, rama del pueblo mongol custodia de la Piedra Negra de Agartha.
(15) Acerca de las corrientes sramánicas, entre las que se cuenta el budismo, encontrará el interesado informaciones generales muy pertinentes en Agustín Pániker El jainismo (Kairós, Barcelona 2001).
(16) I. Hancock: “Varias poblaciones romaníes de América y Europa mantienen asimismo el 'nacijange semnura' o grupo de símbolos, como el Sol (representando a los romá serbios) y la Luna (representando a los lovara), que pueden verse en la boda dibujados o grabados en el 'stago' o pancarta, y que son invocados en la consagración de la 'mesa del difunto' en el 'pomana' o velatorio de los gitanos vlax … '¡Sol, Luna, Dios, escuchadme!' Lo significativo reside en el hecho de que el Sol y la Luna eran los dos símbolos usados emblemáticamente en túnicas y armaduras por los guerreros rajput para distinguirse de los otros en la batalla” .
(17) Matgioi, cit. en Santiago de Vilanova “Arnau de VIlanova, la trompeta de Dios”, en Letra y Espíritu nº 2 (Barcelona, 1998).
(18) S. de Vilanova.
(19)Significativamente, los pocos libros que tal o cual cronista del pasado aseguró haber visto en manos romaníes eran libros “de magia”, probablemente tratados herméticos. La escritura, pues, estaba totalmente ausente de la vida social y familiar gitana, aunque no de su vida espiritual.
(20) Varios estudiosos indios han querido hallar el origen de esta voz en gazhi, con la que se denominaba en el siglo XI a los habitantes de la ciudad afghana de Ghazni, a los que su sultán Mahmud condujo contra el Sindh y Pendjab, convulsión bélica en la que habría que situar una de las primeras fuentes del éxodo Rom.
(21) The right-hand path, entrevista de Hedina Sijercic. De hecho, la muy plausible hipótesis de Ian Hancock sostiene que el romanó fue en sus orígenes una lengua franca militar, hablada en los campamentos, que servía para entenderse a rajputs reclutados en diversas regiones.
(22) Consta, de todos modos, que algunos de los maestros kâlâmukha estaban casados. También la mística Teresa Neumann dijo “ver” al Rey Mago Baltasar acompañado de su mujer.
(23) R. Guénon El Rey del Mundo (Fidelidad, Buenos Aires 1985).