Una muñequita que cierra los ojos
Quizá les sorprenda si les aseguro que mi primer descubrimiento, mi primer contacto con Occidente (en aquel momento, sólo me resultaba una vaga noción), tuvo como intermediario una muñeca, una sencilla muñeca. ¿De qué material estaba hecha? No lo sé. Sin duda, se trataba de una mezcla de porcelana y de plástico. Para mí, toda la magia de esa muñeca estaba en sus ojos: dos fragmentos de cristal azul. Cuando la acostaba, se le cerraban, y cuando la despertaba, se le abrían de nuevo. Se llamaba “la americana” o, mejor, yo la llamaba “la americana”. Era un regalo de mi tío, célebre futbolista en su tiempo en Kabul; gran viajero también.
El día que me la trajo, me quedé fascinada por ese fragmento de porcelana y de plástico. Por ella, abandoné mis otros juguetes, esas muñecas que mi abuela bordaba con dedicación y esmero. Pasaba días confeccionándolas, cosiéndoles y bordándoles minuciosamente pequeños trajecitos de seda de colores. Cada una era, a su modo, una obra de arte. Sin embargo, no me atraían. Pero me sentía deslumbrada ante el mecanismo de los ojos de mi “americana”. Cuando veía a “la americana”, mi abuela decía: ¡Es una trampa! Yo apenas tenía cuatro años.
Más tarde, llegaron en abundancia a nuestro país las mercancías y los productos americanos. Mi abuela y las otras abuelas hablaban del aceite “inglés”, de la leche en polvo “inglesa” e incluso de la harina “inglesa”. Para ellas, americanos e ingleses eran lo mismo. Suspiraban recordando a estos ingleses, las dos guerras, los peligros, los fusiles y los cañones que hacían caer a los afganos como moscas...
Cuando mi abuela era mucho más joven, pasaba sus noches como las otras mujeres, delante de los hornos de cocer el pan. Por la mañaba, lo llevaba a nuestros soldados, que combatían contra los ingleses. El deber se lo exigia, el honor estaba en juego. Porque mi abuela veía trampas por todas partes, incluso en la harina y en el aceite americanos o ingleses. Buscaba en vano respuestas a mis preguntas: “¿Por qué nos envían el aceite de tan lejos? ¿Qué tiene más que el nuestro? ¿Por qué nos envían leche en polvo y no podemos beber la de nuestras vacas?” ¡Sin embargo es más sencillo que esta harina blanca! Imaginaba bombas escondidas en estos productos y lo intentaba todo para impedir que los consumiéramos. Incluso se inventaba historias. Era su manera de resistir a la oleada de todo lo llegado de Occidente...
Pero el tiempo pasa. Todo se transforma, cambian los decorados y también los valores. Las bellas alfombras y los almohadones afganos ya no son valiosos por sí mismos. Los han reemplazado sillones y canapés. Entusiasta de los objetos antiguos, papá sonríe tristemente. Se venden kilims para comprar rollos de moqueta o cuadrados de linóleo. A pesar de todo, intentamos sentarnos en esos sillones altos y duros. Nos sentimos torpes. A mamá y a la abuela, además, no les gustan: están convencidas de que a fuer de utilizarlos, el cuerpo se tensa, perderá su elasticidad, se inflamará, que se tendrán pronto las piernas pesadas... En casa, con estos productos importados, la decoración se metamorfosea: se hace extraña, compuesta, a medias de sillones-canapés, a medias de alfombras-almohadones. Mama y la abuela también piensan que tienen trampa...
Durante la adolescencia, devoré el libro del escritor iraní Djalal Al Ahmad. En él, evoca la influencia de Occidente sobre nuestro país y la describe como una enfermedad. Para él, el mundo está dividido en dos: por un lado, un mundo democrático, nacido de la Revolución francesa, con condiciones de vida elevadas; por otro, un mundo que ignora la democracia, salido del colonialismo en el que el trabajo es raro y los sueldos bajos. Descubro otro vocabulario: materias primas, capitalismo, imperialismo, colonialismo, tercer mundo... Comprendo que pertenezco a este último bloque y oigo resonar aún la voz inquieta de mi abuela...
Y el tiempo sigue pasando. La influencia occidental, sinónimo de modernismo y de tecnología, se convierte en inevitable, indispensable. Y acogemos este Occidente con alegría, con maravilla... Nuestras ciudades se transforman, los cambios se aceleran. Centenares de afganos parten cada año al extranjero, sobre todo a la Unión Soviética, donde les conceden becas. Nuestras abuelas aún no lo entienden: “¿Por qué esos viajes son gratuitos?” Se lo explicamos. Continúan entreviendo una trampa. Un día del invierno de 1979, los afganos descubren los carros soviéticos apostados en los cruces de sus calles. Comienza así el drama afgano y las abuelas, esta vez, ya no están para ver esos instrumentos de guerra y de muerte, esas trampas, aún...
Conocemos el resto de la historia, sabemos que a partir de esa fecha la guerra fría encuentra un campo de batalla. Afganistán... Se siembran millones de minas de diferentes formas, incluso con forma de muñeca, quizá incluso con la forma de mi americana.
¿Cuántos niños afganos perdieron un brazo, una pierna o incluso la vida al cogerlas? ¿Qué ser tan despreciable idea esas minas con forma de muñeca? ¿Quién las diseña, las realiza, las fabrica para declarar la guerra contra los niños?
Mi abuela ya no está aquí para dar una respuesta a todas estas cuestiones.
En poco tiempo, el ejercito rojo no puede resistir más, capitula y retira sus tropas, cae el muro de Berlín y Afganistán se sumerge en el olvido, asolado por la miseria y las armas.
Entonces, para solucionarlo con urgencia, se envía a los talibanes con su inaceptable interpretación del islam. Atacan a las mujeres, a los hombres, a los niños, a las estatuas de Buda. Nadie reacciona. Ni los occidentales, ni los orientales, dejando aparte algunas ONGs... En tal situación, ¿no se puede formular una denuncia por la no asistencia a un país en peligro? ¿Era necesario el drama del 11 de septiembre para actuar? Se bombardea lo que queda de mi pobre país, cada día muere un poco más. Mi abuela ya no está aquí para ver su Afganistán en ruinas. Ya no está aquí para contar los miles y miles de muertos, las viudas y los huérfanos. Ya no está aquí para contar los miles de refugiados de los que formo parte. Ya no está aquí para ver los despojos de su querido país y dibujarnos sus trampas...
Actualmente, de nuevo hemos vuelto la página, pero yo sigo ahí, asisto a la liberación de Afganistán y no dejo de repetir para creérmelo mejor: “esta vez ya no habrá trampa, ya no habrá más trampas” y pienso en mi abuela, en mi americana y en la magia de sus ojos verdes, de sus ojos de cristal que iluminan desde entonces mis recuerdos y me hacen olvidarlo todo.
© Spôjmaï Zariâb
Traducción de Josep Carles Laínez
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