Debats 80 Primavera 2003 - FINESTRA

El grito metafísico de Jeff Buckley

Para los cantantes, el registro agudo es el más inalcanzable. En los tonos graves, la voz se va perdiendo hasta ser imposible su mera realización. Hacia abajo, valga la metáfora, el sonido se extingue; por el contrario, cuanto más aguda es su emisión, la voz estalla, explota, se desgarra, se desgaja buscando su razón de ya no ser. Toda la música de Jeff Buckley (1966-1997) tuvo esta tendencia a lo absoluto. Sus muchas grabaciones realizadas en domicilios privados (la colección póstuma publicada por Gary Lucas, coautor de algunos de los temás más conocidos del californiano, sería una muestra), en sus diversas giras (Países Bajos, Italia, Francia, Australia, Estados Unidos...), como en maquetas para posteriores revisiones o en lo que fue su único álbum editado en vida, Grace (1994), dan vueltas en torno a una serie de piezas (“Grace”, “Mojo Pin”, “So Real”...) donde el continuo análisis, la exploración constante, la variación en tonalidades, armonización, efectos vocales o instrumentación, persiguen este objetivo de cercar la versión más pura, la ceñida a una pretensión de anhelo hacia lo alto entendido como total virtuosismo musical, pero también como asunción de una vía sacra que, sólo a través de un arte como la música, puede captarse en su más radiante belleza. Siendo así, no extraña que la recopilación póstuma Sketches for My Sweetheart the Drunk (1998) lleve la siguiente dedicatoria: In loving memory of Nusrat Fateh Ali Khan. You are the sound within the sound, the voice within the voice. Inshallah (p. 11 del libretto); ni que sea Jeff Buckley uno de los entrevistados en el libro de Dimitri Ekrick Conversations with Contemporary Musicians about Spirituality, Creativity and Consciousness; ni que muchas de sus canciones tengan la impronta y la clarísima influencia del gran músico pakistaní. La persecución de esa “gracia” y lo reducido de su producción deben entenderse, de esta manera, como el buceo en una serie muy concreta de temas donde radicaba ya la esencialidad definitiva, depurada e inalcanzable de sus canciones que nunca escucharemos.

Tal vez se ha de entender en esta línea también las versiones realizadas a lo largo de su carrera; entre ellas, la delicadeza de una pieza del compositor británico Benjamin Britten (“Corpus Christi Carol”, en Grace), de la pirotecnica sonora elaborada con “The Way Young Lovers Do” de Van Morrison, o de la extraordinaria versatilidad y profundidad otorgadas al mojigato “Hallellujah” de Leonard Cohen, tema con el que solía acabar los conciertos y que acabó convirtiendo en una canción completamente diferente a la original, como todas aquellas que versionaba o incluso que había él mismo compuesto. Sus temas son ejemplos paradigmáticos de esta inmersión en la performatividad de la música como un arte más, de ese dotar a las canciones, a través de su continua reelaboración, de una caducidad imposible. Esas modulaciones de muchos de los temas de Jeff Buckely –particularmente observables en los registros grabados en directo– no buscan tanto una adecuación del texto a las arrebatadoras melodías, sino una investigación en el tempo característico y, sobre todo, en los aditamentos de sus intervenciones vocales. Se asiste a una dilatación, a un añadido nunca huero de mayor información estética, a una significativa implementación. Echando un vistazo al minutaje de su obra más redonda, “Grace”, es fácilmente constatable ese estirar continuo. Para Jeff Buckley interpretar un tema era una forma de meditación: así, la demo que realizó con Gary Lucas en los Krypton Studios de Nueva York el 17 de agosto de 1991 da un minutaje de 4’15”; la versión grabada en directo en el Club Roulette de Nueva York el 5 de abril de 1993, 6’27” (ambas han sido recogidas en el volumen Songs to No One (1991-1992) (2002)); la de estudio de Grace en 1994, 5’19”; el directo grabado el 25 de febrero de 1995 en Rotterdam, 5’18”; la grabada el 28 de febrero de 1996 en Melbourne, 5’25”. Es decir, nos encontramos con una paulatina extensión de la duración (aunque sea apenas imperceptible), a la par que con un espesamiento de ese tempo concreto. Frente al ritmo frenético observable en la primera de las grabaciones, la aparición de una armónica en las dos primeras y la clara división en secciones que se retoman en una repetitiva estructura A B, a partir de la que podríamos llamar versión canónica de Grace, Jeff Buckley convirtió este tema en una progresiva suma de componentes al servicio de un texto y las primeras notas que lo acompañan. El grito con que acaba la versión ofrecida en Rotterdam ante el aterrador verso último I’m not afraid to go but it goes so slow... o el inaudito crescendo presente en la versión de 1994 en un final que se alarga por más de un minuto nos hacen descubrir una prolongación necesaria para las finalidades expresivas de nuestro autor. Igualmente, “Dream Brother”, rompiendo toda reglamentación (tan reiterativa en los estilos de la música pop englobada en su conjunto) nos ofrece un esqueleto extraordinariamente innovador: A + B + C + D + B’ + C’ + A’ (siendo C el usual interludio instrumental), esto es, una estructura casi simétrica que ayuda a entender el tema como una pieza compacta y, sobre todo, envolvente, siendo una de las características más pronto reseñables en la audición de la obra de Jeff Buckley. Lanza diferentes frases melódicas (sea siguiendo la letra o instrumentales) para enredarlas y tejer en torno a ellas la segunda referencia inexcusable de su creación: el texto.

Cinco de las diez canciones del primer y único álbum de Buckley, Grace, tienen los siguientes títulos: “Grace”, “Last Goodbye”, “So Real”, “Hallelujah” y “Eternal Life”. Son todas ellas un reflexión en torno a la muerte. Y, es evidente, no deseo caer en la fácil teleología. Esta fijación de nuestro autor trasciende, gracias a la comprensión de lo sagrado en la música, la interpretación manida o sencillamente reductora. Buena cantidad de las letras de Sketches for my Sweetheart the Drunk confirmarían esta tendencia de recogimiento; pero algunas también la negarían. No obstante, escuchar el Ah mon amour, à toi toujours de su versión de “Je n’en connais pas la fin” sumerge en una atmósfera casi fantasmal. Pero, sin embargo, la crudeza de esas tres preguntas radicales presentes en un momento de “Eternal Live” (Where is love? What is happiness? Where is live?) cobran su dolorosa realidad en los versos finales de la póstuma y escalofríantemente hermosa “Opened Once”: I am a railroad track abandoned / With the sunset forgetting I ever happened, / That I ever happened. Esta arrebatadora fragilidad, y el conocimiento que de ella emana, también sumerge, al oír sus canciones, en un universo al que la música del siglo XX –pertenezca ésta a cualquier estilo– ha estado con frecuencia cerrado.

Jeff Buckley es, por desgracia, el más bello colofón de la centuria pasada, ese canto descarnado, y desencantado, que, sin embargo, donó a la música un pulso inédito, el salvoconducto hacia otros territorios donde esperar en el fuego.

© Josep Carles Laínez

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