Debats 80 Primavera 2003 - FINESTRA

Jeff Buckey

Como sucede, también con excesiva frecuencia, en el mundo de la música pop, la belleza e importancia de Grace, el verdadero álbum de lanzamiento de Jeff Buckley tras la tímida aparición del Live at Sin-é, no fueron inmediatamente percibidas y subrayadas. La crítica temía –y también esto sucede a menudo– desequilibrarse demasiado, aparte de que sobre la obra del joven y fascinante autor americano se cernía el peso de la herencia de su padre, poco conocido por el público general, pero enormemente apreciado por los periodistas y los historiadores del rock. Sin embargo, cuanto más pasa el tiempo, más adquiere Grace su dimensión de “clásico” absoluto. Aunque creó un disco sintonizado con la onda de la música que le rodeaba en aquel preciso momento, Jeff Buckley fue capaz de ir mucho más lejos. Era ya uno de los grandes. También por esto, por ser conscientes de que habría podido darnos todavía discos memorables, sentimos tan fuertemente su ausencia.

En su incansable peregrinar alrededor del planeta –de los Estados Unidos a la vieja Europa, pasando por Japón y Australia– Jeff Buckley tocó tres veces en Italia. De su primera aparación en Milán, el 16 de septiembre de 1994, oí hablar en términos opuestos: incluso quien había apreciado su poderosa capacidad vocal, no había podido dejar de sentirse molestamente sorprendido por una desenvoltura que tal vez desembocaba en la arrogancia. Que se tratara simplemente de una defensa –Jeff odiaba ser comparado a su padre– lo descubrimos algunos meses después. El 17 de febrero de 1995, un pequeño autobús alquilado por la casa Sony llevó de Roma a Cesena, una pequeña ciudad de la Romagna donde Jeff había dado un concierto, a un reducido grupo de periodistas musicales. Llegamos un poco tarde según el horario establecido, pero descubrimos que Jeff nos había esperado sin importarle el retraso y que se encontraba dispuesto a contestar nuestras preguntas. Nos situamos en una esquina del local, el Vidia, y tras unos instantes de silencio comenzamos a hablar con él y con Michael Tighe, quien acudió silenciosamente a sentarse al lado.

En la penumbra de la sala, Jeff destacaba por su belleza. Parecía que le molestase y que hiciera lo posible por no hacerla notar, pero era inútil. A pesar del pelo enmarañado, de la rozada cazadora negra y de la palidez del rostro, Jeff era tan fascinante como un joven Montgomery Clift o el Matt Dillon adolescente de Rumblefish. Y no fue descortés en absoluto. Charló largamente con nosotros y firmó gustoso los ejemplares de Grace que habíamos llevado desde Roma. Escribirlo ahora puede parecer obvio, pero lo que me impresionó sobre todo fue su fragilidad. Pensé que hubiera bastado poco, quizá un embate de la fuerza y de la emoción que él mismo sabía emanar, para llevárselo para siempre.

Aquella tarde, durante el concierto –uno de los más bellos e intensos a los que jamás haya asistido–, pude comprender el secreto de su arte: la perenne alternancia entre arrebatos de ardiente energía y momentos de devastadora intimidad. Jeff te paralizaba con su increíble voz, te arrastraba a otra dimensión como si fuera un chamán. No era tanto cuestión de técnica –a pesar de ser un cantante y un guitarrista extremadamente dotado– sino de capacidad de perderse y de hacer que nos perdiéramos en su visión de la música.

A Italia regresó algunos meses después. El 15 de julio de ese mismo 1995, dio un concierto al aire libre en un festival en Correggio, una pequeña localidad de Reggio Emilia. Yo no creo mucho en estas cosas, pero aquella tarde Jeff ahuyentó una tormenta. Un amigo me dijo que a un par de quilómetros de allí estaba diluviando. Jeff salió al escenario, vio las nubes que se avecinaban e imprecó contra la “fucking rain” amenazante. A los cinco minutos, el cielo estaba sereno y ni una gota de agua cayó sobre él ni sobre nosotros. Nadie habría pensado que aquella sería la última vez que pudimos aplaudirle y hacerle sentir nuestro afecto.

© Giancarlo Sussanna

Traducción de Josep Carles Laínez

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