Debats 80 Primavera 2003 - ESPAIS

Occidente mira a Oriente

El mundo va por “sendas perdidas”, como diagnosticó el filósofo Heidegger viendo el rumbo vacilante de nuestra civilización del desarrollo, y su impacto negativo sobre el Tercer Mundo, después de las numerosas promesas de que todo iba a ser para bien y los seres humanos íbamos a vivir mejor sin duda.

Sin embargo tan optimistas promesas no se han cumplido, estamos ante la sensación de fracaso de los dos elementos clave que han marcado la modernidad: la razón y la libertad.

El mundo moderno se dice que empezó con el pensamiento del filósofo francés Descartes, cuando dijo que el hombre se definía: “pienso, luego existo”. Y con esa máxima comenzó la Ilustración a la que tantos bienes debemos, pero también vivimos el fracaso ocurrido en nuestro tiempo por haber absolutizado sus dos hallazgos antes señalados: se hizo dos absolutos de la razón y de la libertad sin medir sus límites, porque todo lo humano es limitado, queramos o no queramos, como ahora se ha averiguado.

Ya un primer aviso lo dio Kant cuando se dio cuenta de los límites de la razón pura, y tuvo que acudir a la razón práctica para entender nuestra realidad. Pero no se asentó tal hallazgo, sino que Hegel llegó a mas cuando sostenía que un árbol brota por silogismo, y así de mal nos ha ido con esta exageración, aunque hayamos tardado años en darnos cuenta de ello.

Desde su tiempo a la actualidad, ha pasado más de un siglo, y ahora estamos desconcertados sin acertar a encontrar la solución ni alcanzar un consenso ante los problemas que plantea. Estamos demasiado impactados por el pesimismo a causa de nuestros fracasos, porque prometíamos el progreso indefinido y éste no ha llegado a buen fin. Es la dificultad de alcanzar esa convivencia solidaria que llevaría a la igualdad, que no hemos conseguido y cada vez se distancia más de nosotros.

La religión sólo en el siglo XX ha recuperado parcialmente lo que descubrió y enseñó nuestro Siglo de Oro. Porque fueron los descubridores de esos dos valores nuestros teólogos de la universidad de Salamanca y de Coimbra; allí estaban los dominicos Vitoria, Soto y Báñez que enseñaron primero el papel primordial de la razón, antes de que lo hiciera Descartes. Y lo mismo defendieron los jesuitas de la segunda universidad antes citada: fueron Molina, Vázquez y Suárez.

Todos ellos pusieron por delante primero la razón en el camino de la religión, lo mismo que de la vida profana; y luego defendieron la libertad personal, que ellos llamaron conciencia. Fue el jesuita padre Laínez quien la propugnó con convincentes razones en el Concilio de Trento en el siglo XVI. No fueron los fundadores del protestantismo sus defensores, sino nuestros pensadores del Siglo de Oro, que supieron entender la religión desde la razón y la libertad.

En el XVI, el jesuita Gabriel Vázquez se adelanta a Grocio, proponiendo que la moral sólo depende de la razón humana; y aunque no se creyera en Dios, obligaría éticamente ese descubrimiento de la razón, por exigencia de ella misma, sin tener más fuerza porque alguien pensase que la moral era venida del cielo.

Pero todas las cosas se exageran y se vuelven contra sí mismas, y eso ocurrió con el tiempo al hacer un uso indiscriminado de la razón fría y abstracta. Lyotard ha observado perspicazmente que el uso de la razón es verdad que ha conseguido “el desarrollo técnico-científico, artístico, económico y político”; pero su contrapartida es que esto mismo ha hecho posible “el estallido de las guerras totales, el desempleo, la nueva pobreza y la desculturación con la crisis de la escuela”.

Todo este exceso se resume en la frase hegeliana: “lo real es racional, y todo lo racional es real”. Una idea desgraciada porque “Auschwitz refuta esa doctrina especulativa, y Berlín en 1953, Budapest en 1956, Checoslovaquia en 1968, Polonia en 1980 refutan la doctrina materialista histórica: los trabajadores se rebelan contra el Partido... Y las crisis de 1911 y 1929 refutan el liberalismo económico, y la de 1974-1979 las enmiendas pos-keynesianas de esta doctrina”.

Y Morin no es mucho mas optimista al decir: “hemos visto el desplome del brillante porvenir que se ofrecía al proletariado; el desplome automático y natural de la sociedad laica que suponía que la ciencia, la razón y la democracia la llevarían adelante automáticamente.. El porvenir que habíamos esperado se ha desplomado”.

Ni la sola razón ni la sola libertad han conseguido dirigir satisfactoriamente el mundo que hemos orgullosamente creado los hombres modernos, porque nos ha faltado el sentido humano: y ver al hombre concreto y no a una abstracta humanidad. Lo señala el filósofo Levinas como el mal de Occidente: “el pensamiento europeo nacido de los griegos siempre trató de formularse en conceptos generales… Y así con el general concepto de hombre, el hombre que me encuentre no será mas que un ejemplar de una especie y no respeta lo que tiene de particular”.

Nos hemos hecho inhumanos dependiendo sólo de ideas frías y abstractas que olvidan lo real que tenemos a mano; se habla de fraternidad, pero no se tiene en cuenta a los seres humanos concretos que están detrás de esta palabra. Y crecen impensadamente los problemas de los hombres de carne y hueso, porque no hemos previsto lo que iba a ocurrir por nuestro modo equivocado de ver la realidad abstractamente.

Hemos desarrollado una razón instrumental, que tomaba a los seres humanos como medios y no como fines. Y el mundo se dice que se ha convertido en un rebaño de borregos laboriosos, y de idiotas habilidosos, en una sociedad mecanizada. Así es como hemos llegado a la era de la depresión, como la llama el psiquiatra Anthony Storr, en la cual predomina la suspicacia en esa lucha competitiva salvaje que se ha desatado, con su férrea ley, que no es nada más aquella de “caiga quien caiga”. Hemos construido una sociedad gris, con un hombre “ratimórfico” en ella, criticaba Koestler; porque somos víctimas de la sugestión social, según Ortega y Gasset: autómatas y no personas conscientes. Hemos creado un mundo mecanizado donde todo se calcula, se pesa y se mide, como auguró Tocqueville en el siglo XIX. Éste ha sido el sorprendente resultado, después de tanta ilusión puesta en la modernidad, creyendo erróneamente en una especie de milagro en el que lo arreglaba todo “la astucia de la razón” de Hegel, y la “mano invisible” de Adam Smith, y que sólo ellas iban a resolver automáticamente todos los males humanos.

Vemos ciertamente el desarrollo técnico que ha producido la modernidad, poniendo en un altar la razón como hizo la revolución francesa; pero al mismo tiempo su absolutización ha causado los males presentes, producto de esa exclusiva razón fría y abstracta, olvidando al ser humano concreto.

Esta falsa ilusión no hizo caso tampoco de los límites reales de esa razón, y de que no era suficiente esa sola cualidad para mejorar el mundo. Hacía falta otro tipo de razón, y mas modestia en sus posibilidades porque no son infinitas.

Ese olvido de sus límites es necesario recordarlo, y saber su capacidad finita en los diversos campos que no puede traspasar, a riesgo de caer en los males enumerados antes.

Lo mismo que de la razón podemos decir de la libertad: ésta no es el poder omnímodo y sin límite de hacer lo que a uno le venga en gana, porque una cosa tan buena como es la libertad, si no es bien dirigida, corre el riesgo de hacerse inhumana.

La Declaración de Derechos del Hombre en la Francia de 1789 tiene un artículo decisivo que no debía haber sido preterido o desconocido nunca. Es el número 4º, que proclama: “La libertad consiste en poder hacer lo que no dañe al otro”; por eso los límites de los derechos humanos son “los que aseguran a los demás miembros de la sociedad el goce de esos mismos derechos”.

Y viene aquí a cuento la pregunta, ¿somos libres, o tenemos que hacernos libres, pues no nacemos con ella como una cualidad heredada? En realidad somos suficientemente libres para liberarnos de los vicios y malas costumbres y tendencias que tenemos; pero hemos de hacer un esfuerzo para conseguirlo; esfuerzo liberador, sin él no seremos verdaderamente libres.

Demos un recorrido por los límites de nuestro poder.

En primer lugar, el Fondo Mundial para la Naturaleza concluyó en el año 2000, según sus cuidados estudios de la realidad, que “el nivel de consumo de los países ricos no es sostenible, y que si todo el mundo consumiera del mismo modo que se hace en ellos necesitaríamos tres planetas Tierra”. No tenemos posibilidad, sólo con los recursos de nuestra Tierra, de satisfacer ese nivel para todos, si queremos igualarnos económicamente a ese tan alto nivel.

Conclusión: tenemos que seguir el consejo de los antiguos sabios presocráticos: “nada demasiado”. Hemos de ser moderados en nuestras pretensiones, el nieto de Ghandi –siguiendo las intuiciones de su abuelo y lo que la ciencia nos dice hoy– previó que tenemos bastante para las necesidades de todos, pero no suficiente para la codicia de cada uno. Una nueva era comienza, la de “lo pequeño es hermoso”, como predicó con sus realizaciones el economista Schumacher.

Shannon encuentra que tampoco puede existir un canal perfecto de comunicación. Y Arrow prueba indudablemente su teorema de que una democracia con sistema perfecto de votación tampoco puede existir; aunque todos seamos buenos moralmente y no haya corrupción alguna, como hoy se estila políticamente. Pero también dejándola en su sitio y, a pesar de ello, la democracia será el menos imperfecto de los sistemas políticos.

El filósofo Jesús Mosterín concluye convincentemente que, después de saber esto, “ni el conformismo ni el utopismo conducen a ninguna parte”. Volvemos al “nada demasiado” del sabio Solón, y a la “aurea mediocritas” del poeta Horacio, o al ascetismo placentero del Buda, expresado siglos mas tarde por otro oriental, San Pablo, al decir, “sé disfrutar de una buena comida, y sé pasar hambre” (Fil.4,12).

¿Será verdad que la razón se ha convertido en un adversario del hombre?: yo creo que es así, si se usa mal; pero no lo es si sabemos sus límites y los tenemos en cuenta, porque podremos cambiar el mundo con los medios limitados, pero reales, que tenemos en nuestras manos, para hacer esta sociedad actual mejor para todos.

Hemos entonces de pasar de la razón fría y abstracta a la razón vital, que pedía Ortega y Gasset. De la razón puramente instrumental, que criticaba Horkheimer, o de la razón estratégica denostada por Apel y Habermas, o de la unidimensional de Marcuse a la razón comunicativa. Porque la razón hemos de complementarla con la “comunicación cordial” que pedía nuestro poeta Antonio Machado. La pura razón resulta insuficiente.

Lo que no es de recibo es la solución que se ha querido dar a la modernidad, y a sus problemas proponiendo la entrada en la posmodernidad. Es equivocado reaccionar ante los males de nuestro tiempo rebajando, como ésta quiere, el listón de la razón, manejándola sólo débilmente, para no sufrir por esos males sociales que existen pensando, como el sociólogo Fukuyama, que éste es el fin de la historia, y llegando al pensamiento único, porque ya no tenemos disponibles otras soluciones que las poco humanas del conservadurismo a ultranza. Y tampoco es camino adecuado el del sentimiento débil, que difunde en sus novelas otro desencantado, el novelista checo Milan Kundera, como lo plantea en La insoportable levedad del ser. Hay que volver, según dice él, al sentimiento, pero a un sentimiento débil que no nos moleste mucho, que sólo nos dé placer. Por eso dice sarcásticamente en su obra La Inmortalidad: “Pienso luego existo, es un comentario de un intelectual que subestima el dolor de muelas. Y siento, luego existo, es una verdad que posee una validez mas general": predica sustituir la razón por ese sentimiento egoísta puramente placentero, pero no caer nunca en lo que defendía Habermas: “la compasión, nuestro sentimiento del dolor por los otros”. Este es la clave de la moral: no volver la vista hacia mi egoismo, sino fijarse en los demás y sentir simpatía hacia ellos: es la karuna budista, el amor a todo y a todos, sin caer en el pozo en que se encuentra el que sufre, sino levantándole de su postración con nuestra acción positiva hacia el.

Esta crisis actual afecta a las empresas, la sanidad, la política, la religión, la educación,... Sus estructuras modernas se han hecho demasiado grandes, colosales y, por tanto, inhumanas. Los grupos con demasiado tamaño pierden el contacto personal, y terminan por hacerse inmanejables, insatisfactorios e ineficaces. No es ése el verdadero camino de futuro, si queremos vivir como seres humanos. Estamos en un mundo materialmente desarrollado, pero no hemos desarrollado en cambio los tres elementos que pide todo ser humano que se consigan en su acción: la auto-afirmación, el auto-desarrollo y las emociones de auto-satisfacción.

Hemos pasado de la modernidad a la posmodernidad, y como ésta tampoco nos ha convencido, se intenta el paso de ésta a la transmodernidad, que comienza a vislumbrarse como una solución a los problemas humanos y sociales de nuestro tiempo.

Recordemos algunos de la sociedad que pretendemos que vaya hacia la transmodernidad. Y veamos, en estos cambios occidentales que están en marcha, el atractivo que produce el pensamiento oriental, sobre todo en la frustrada juventud, porque no ha conseguido un puesto en la sociedad, para poder construir esa transmodernidad que se vislumbra.

Recordemos el cambio tan importante y positivo que dio la India en la época del emperador Asoka cuando se hizo budista, y aplicó sus ideas al gobierno de su país consiguiendo un sorprendente avance social y humano nunca visto allí. Se conservan las llamadas columnas de Asoka, donde se inscriben esos cambios tan positivos allí conseguidos, a pesar de no disponer de los medios técnicos tan desarrollados que hoy tenemos, y que podríamos conseguir ahora mas pronto y mas eficazmente que alcanzó Asoka como ningún otro país antes de Cristo.

Si la karuna –la simpatía universal– fuese la clave de nuestra conducta material, social, mental y espiritual nos llevaría adelante hacia más y mejor para todos. La característica del hombre que dirige su acción ya no sería la fría razón, sino la inteligencia sentiente del filósofo Zubiri, la inteligencia emocional de Goleman, la razón vital e histórica de Ortega y Gasset o la razón poética de María Zambrano, tan consonante con la filosofía de Oriente. Y algo humanamente más eficaz para alcanzar la anhelada felicidad a que todos tenemos derecho.

Se necesita, para recorrer este nuevo camino, esa razón vital junto con la experiencia, como hacía el oriental San Pablo, igual que el Buda. cuando aconsejaba a los cristianos: “examinadlo todo, y quedaos con lo bueno”. Buda decía –como recuerda el Anguttara Nikaya– que si algo en un Libro sagrado nos llama la atención, o recibimos el consejo de un sabio maestro, pongámoslo en práctica; y si resulta bueno para mí y para los demás, síguelo; pero no por decirlo el maestro, sino porque yo lo he comprobado de hecho en mí y en los otros.

La posmodernidad ha recomendado con exageración, como único camino de entendimiento para encontrar la verdad, el diálogo. Sustituye el diálogo a la verdad presente en el juicio de la razón. Pero ha olvidado que, si bien el diálogo es necesario para abrirnos a las demás perspectivas, y enriquecernos, sin embargo todas las perspectivas son limitadas, no son ninguna de ellas un absoluto, y hay que comprobarlas por medio de la filosofía de la praxis vivida personalmente. El dialogo, dándole una preeminencia excesiva, busca un arreglo sea como sea, y no nos acerca a la verdad: la verdad es vida y hay que vivirla para apreciar su efectividad. Esto es lo que enseña la filosofía del yoga, asi como que lo objetivo y lo subjetivo se completan, son las dos caras de una misma realidad. No hay que imponer una de las dos, despreciando una de ellas y dando preferencia a la otra. La verdad suma –que el creyente llama Dios– es precisamente la coincidencia de los opuestos, como descubrió Nicolás de Cusa. De ahí que hemos de aprender esa lógica paradójica de Lao-Tse para no caer en el simplismo.

Y en esa complementariedad necesaria están también el entendimiento racional y la intuición. Dos brazos para hallar la verdad que hasta en matemáticas son necesarios, porque los grandes inventos se descubrieron por el camino intuitivo, y luego se corroboraron con el discurso intelectual. El psicólogo y matemático Hadamard lo ha demostrado de hecho y de derecho.

Es esto algo que nunca olvidó la matemática hindú, pues hasta el tratado matemático mas importante, el Ganitan de Aryabhata, está escrito poéticamente.

Y en el tiempo presente el inventor de la relatividad física, Einstein, lo mismo que Heisenberg, el descubridor de la mecánica cuántica y Schrödinger de la mecánica ondulatoria, no estaban seguros de una demostración matemática, si no tenía su proceso demostrativo el atractivo de la belleza. Por la belleza pensaban que también se alcanza la verdad y la libertad, como repetía Schiller, después del fracaso humano, por su crueldad despiadada, de la revolución francesa.

Es interesante aprender de la amplitud en la búsqueda de la verdad, de que da muestras el pensamiento oriental en la exposición de su filosofía, porque existen y aceptan seis filosofías ortodoxas, o dharanas, igualmente respetables, ya que cada una, desde un punto de vista distinto, se acerca a la verdad única.

Y, para terminar, este breve análisis de los caminos de la transmodernidad, pensemos además que el institucionalismo que ha invadido la política o la religión, no puede satisfacer a la persona humana. Es preciso reivindicar una legítima espontaneidad, como pretende la meditación oriental. Porque “el mundo está mal porque no hay nadie que recapacite en su corazón” decía el profeta Jeremías en la Biblia. Y lo observó también el último Heidegger, que estamos cogidos por un pensar solamente calculador y egocéntrico, y hemos olvidado que se necesita para alcanzar los caminos de solución y de verdad, y poder salir de nuestros atolladeros sociales y humanos, un pensar meditativo. Que tenemos que practicarlo en el silencio y la distensión, porque -como demuestra el yoga- el stress no nos deja pensar por nosotros mismos, y solo vivimos las presiones de los complejos interesados que manejan los grupos de intereses, que se nos inducen a través de los poderosos y sugestivos medios de comunicación social tan sofisticados, la Radio, Televisión o Internet, que ponen en comunicación las noticias venidas directamente de cualquier país del mundo en unos instantes. Y de ese marasmo de ellas vivimos envueltos hoy, cuando ayer teníamos delante de nuestros ojos solamente los hechos mas cercanos, y actualmente, en cambio, nos invaden las mas alejadas situaciones como si ocurrieran delante de nosotros.

Nos faltaría hablar, para terminar este breve excurso sobre las características de la transmodernidad deseada, de otro fenómeno inquietante: la globalización, que ha suscitado las mas encontradas opiniones desde sus defensores acérrimos, hasta los jóvenes anti-globalización. Pero un análisis objetivo y sereno de este fenómeno de dimensiones mundiales, que podría llamarse con la palabra neutra, mundialización, y antes de analizar tal fenómeno para bien o para mal, llegaríamos a la conclusión de que su fuerza es imborrable, que no podemos impedirla, sino orientarla en el futuro para bien de todos; y no como ahora se hace, para mal de una parte considerable de los habitantes del mundo, que son los desamparados del Tercer Mundo, y los “nuevos pobres” surgidos en la sociedad del desarrollo que forman el Cuarto Mundo.

Que todo está relacionado con todo es una gran verdad que descubrió Lao-Tse en su Tao-Te-King, y se ha hecho patente, con una influencia desconocida hasta ahora, a causa del desarrollo que tenemos en nuestras manos irresponsables muchas veces, de los cada vez mas sofisticados medios técnicos de comunicación, y que con ellos todo se reduce a pulsar una minúscula tecla, que puede desencadenar el caos económico sin que veamos las consecuencias negativas con nuestros ojos delante de la pantalla de un ordenador.

Hemos de desarrollar una transmodernidad que nos salve de ese peligro, y abra caminos hacia una sociedad mas humana, mas justa, mas participativa y mas libre para todos.

© Enrique Miret Magdalena

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