Debats 78 Otoño 2002 - INTRODUCCIÓN

Introducción

Hablamos del cuerpo como si fuera una circunstancia colateral a nuestro yo más íntimo. ¿Tenemos un cuerpo o él nos tiene? Somos el epifenómeno de una carnalidad que nos constituye, pero en la que no queremos diluirnos. Esta dualidad ha configurado, no sin conflicto, al ser humano. Desde Platón, el agnosticismo o la tradición cristiana, el cuerpo es la cárcel, limitada o inmunda según el caso, que nos imposibilita la plena espiritualidad. El verdadero conocimiento –anamnésis– será el olvido del olvido de esta caída, la recuperación de la pureza primigenia incontaminada por la percepción sensible. La carne nos atrae hacia el abismo y el pecado, de ahí que debamos disciplinarla, sajar de raíz su propensión libidinosa. El cuerpo se convierte en lugar de la negación y del sacrificio, despojo retorcido, sangre y suplicio.

La mente, res cogitans cartesiana, es el piloto de la nave, metáfora del cuerpo pensado como máquina. El mecanicismo establece un nuevo paradigma que posibilita la imaginación de los primeros autómatas, pero también la concepción del individuo inmerso en la revolución industrial, de la misma manera que el organicismo preludia el hombre biónico y ambos las propuestas tecnológicas del universo cibernético.

Durante los años 60-70, se vivió un resurgir de lo natural, el cuerpo se reivindicó como lugar del hedonismo, el erotismo, la psicodelia, del moviento hippie al feminismo, la apertura de las relaciones personales o la ecología, aistimos a un gozo y explayación de la carne. Tras ese paréntesis hoy el cuerpo vuelve a asumir la separación esquizoide con la mente, la inteligencia artificial se despliega como una promesa en la que la corporalidad parece un lastre arcaico. El cuerpo se convierte en circunstancia dispuesta a ser modificada por los dictados de la voluntad o el diseño. La ingeniería genética se pretende horizonte superador de la imperfección física, de la enfermedad o la muerte misma, recontruir tejidos, órganos, promover la eugenesia, imaginar la clonación de prototipos perfectos. El sexo se percibe no como un destino biológico sino como un espacio abierto, modificable y elegible, los tratamientos hormonales o la cirugía así lo posibilitan, (lo transexual es una metáfora sociológica, en el sentido de Baudrillard, y el pensamiento queer protagoniza un inusitado apogeo). Desde un aspecto terapéutico o estético, las prótesis, los implantes, la nanotecnología, transforman a los indivíduos en un híbrido de máquina y fisiología. El cuerpo se convierte en un kit dispuesto al bricolage, algo que sólo tras su transformación se adecua a quien realmente deseamos ser. El body-art consigue de una manera plástica y radical evidenciar todas estas transformaciones, (recordemos por ejemplo las experiencias límite de Orlan o de Stelarc). El ciberespacio nos habla de una zona real que existe sólo en el interior de los ordenadores, esa velocidad de la fibra óptica encaja mal con nuestras lentas traslaciones físicas. Es por ello que desde hace mucho la ciencia ficción ha creado un imaginario, que ahora es compartido como horizonte de referentes por toda una generación: el Neuromante de William Gibson, Blade Runner, las películas de Cronenberg, los dibujos de Giger, el universo postbiológico anunciado por Moravec, el ciborg de Haraway...

El cuerpo de los cánones estéticos y el monstruoso, el higienismo aséptico y el sida, el cibersexo virtual y la desmesura de las drag queens, las inteligencias transferidas a la memoria de un ordenador y la carne mutante, el diseño tecnológico y el arte sanguinolento... Nuevos rostros que reiteran un antiguo combate entre lo espiritual y lo obsceno con una fruición barroca, ciberromántica y tecnológica a la vez. Religiosidad transhumana en la que el signo divino se confunde con la Mente suprema que almacena millones de bits en su Sistema . El individuo se convierte en un replicante que ha perdido el recuerdo de su origen, fusión de imagen y desintegración que, como el protagonista de Videodrome, se suicida ante la pantalla al grito de “¡Larga vida a la nueva carne!”, carne ya purificada, holograma liberado del dolor, en ese lugar sin lugar donde las redes proliferan indefinidamente.

© Rosa María Rodríguez Magda

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