Sensacional de diseño mexicano. Un arte modesto y sin ataduras
[Todas las imágenes de rótulos y anuncios que aparecen en este número de Debats pertenecen al libro Sensacional de diseño mexicano, México, Trilce, 2001. Una obra cuya propuesta, polémica y crítica no ha desdeñado el humor y el gozo. Por cortesía de su editores, Déborah Holtz y Juan Carlos Mena, transcribimos algunas partes significativas de los artículos que le dan contexto, mismos que acompañan la nueva edición preparada para su circulación en Europa y Estados Unidos (N. de los E.)]
Sensacional de diseño mexicano. El libro
El lector notará que el libro está estructurado por temas, que se presentan en forma casi aleatoria. Al principio contábamos con un estricto índice, que iba de las taquerías a los salones de belleza; sin embargo, se convirtió en una camisa de fuerza que impedía lograr un diálogo entre las imágenes. Y aunque la curaduría fue más ardua, le agregó un toque de humor.
También el lector se dará cuenta de que el encuadre es propositivamente cerrado y que, en ocasiones, no se distingue si el letrero está en una pared o en un camión. Ello se debe a que nuestra intención era centrar al espectador en la solución gráfica y estética, por lo que el contexto es secundario. Así, esta obra se aleja del análisis social o antropológico; las razones que expone Isaac Kerlow en su texto nos parecen oportunas y explican el sentido del trabajo.
Finalmente, este libro es un reconocimiento obligado a todos los artistas que han logrado conmovernos con su inventiva, y a quienes, por lo general, se les desdeña; basta recordar que a los estudiantes se les induce a sustituir el desvencijado letrero de “Tacos Mary” por un toldo producido con la última tecnología. Sin embargo, sabemos que no estamos en Berna, entre otras cosas, por la profusa riqueza visual que nos rodea. Enmarcar estas soluciones gráficas como una expresión artística en sí, un arte “modesto” (como lo llama Hervé Di Rosa), era una tarea urgente. Con este libro “Mac-free” hemos intentado dar un primer paso en el rescate y valoración de lo que consideramos es también nuestro espejo. Un verdadero museo vivo que cada día amanece con una nueva imagen, volviéndonos fascinante la aventura de vivir en este país.
Juan Carlos Mena
Nostalgia por lo real, o lo malo es bueno
El mal diseño es buen diseño. Así como el diseño de buen gusto es malo. Hoy que el diseño “perfecto” es posible con el click de un mouse, el mundo industrializado ha empezado a sentir nostalgia por el diseño “imperfecto”.
Ahora que los artefactos computarizados dominan nuestras vidas comenzamos a darnos cuenta, poco a poco, de lo que falta en el mundo altamente tecnificado. Advertimos que a veces una línea chueca tiene más vitalidad que una irreprochablemente trazada y que una grabación que tiene la cantidad exacta de distorsión y color que le añaden los equipos antiguos muchas veces resulta preferible a una copia perfecta. ¡Ay de nosotros cuando la profesión médica perfeccione sus novedosas técnicas genéticas y de clonación! Tal vez acabaríamos por darnos cuenta de que son nuestras imperfecciones las que nos hacen humanos. Perfeccionar la tipografía, eliminar las máquinas pesadas y dirigir un taller de tipografía es una cosa, pero suponer que hay que perfeccionar el organismo que realmente crea y consume esa tipografía es algo muy distinto. El resultado final de una visión mecanicista del mundo es convertir el mundo en una máquina.
A medida que se vuelve más fácil producir perfección, ya sea en diseño, en gramática, ritmo y tono de voz, quienes pueden acceder a ella de manera pronta y fácil sienten un creciente deseo de abandonarla. En una especie de esnobismo al revés, los diseñadores de la red cibernética utilizan los programas de computación más recientes para imitar el trabajo de diseñadores y artistas anónimos –trabajos como los que aparecen en este libro. Utilizan computadoras muy refinadas para imitar el trabajo de gente que ni siquiera puede comprar una computadora. Los artistas no alabados son las fuentes de inspiración pero nunca en su vida han tenido acceso –o siquiera soñado con tenerlo– a programas como PhotoShop, Illustrator, Quark o ProTools. Si esos patéticos héroes apenas pueden dibujar una cara de modo más o menos realista o seguir una tonada, cómo van a tener acceso a un programa para corregir automáticamente su ortografía o modificar sus fuentes tipográficas.
Cuando la auténtica perfección despunta en el horizonte, cuando los frutos de la Ilustración y de siglos de progreso científico parecen estar a nuestro alcance, le damos una mordida al jitomate mejorado o a la enorme e impecable fresa y nos damos cuenta de que algo se ha perdido. Sabor. Vitalidad. Humor. Cachondería.
La nostalgia por el diseño que se muestra en este libro es una tentativa conmovedora por parte de desencantados como yo que buscan recuperar el alma perdida. Creemos que con imitar la apariencia de algo “real” podremos adquirir en verdad nuestra identidad más real. Pero la mayoría ya ha hecho el pacto fáustico. En realidad nunca podremos ser ese hombre o aquella mujer que dibujan los zapatos o los tacos en los muros de un negocio, aunque sin duda hemos aprendido a apreciar a quien los dibuja. Podemos experimentar esa extraña pero típica sensación del siglo XXI: la de amar algo y burlarnos de ello al mismo tiempo. El refinado diseñador apoya las espaldas en su silla Aeron y utiliza una versión ligeramente alterada de estos dibujos para realizar su diseño. También puede emplear una variante de alguno de los tipos de letra que aparecen aquí, a sabiendas de que su público, el consumidor educado y refinado, sabrá que –posiblemente con la ayuda de uno u otro de los programas de cómputo– el diseñador sabe dibujar de manera fácil, realista y perfecta una cara, un zapato o un automóvil. Pero al utilizar deliberadamente una letra mal dibujada se da un guiño de complicidad entre el productor y el consumidor. Un pacto conspiracional que dice: “Sé que puedo hacer cosas mejores que ésta, y tu sabes que puedo hacer cosas mejores que ésta, ¿pero no es cierto que por alguna extraña razón nos gusta esto a los dos?” [...]
Desde luego que el boceto mal hecho y la pintura desgarbada que vemos en la mayoría de estas imágenes son graciosos, pero todo mundo sabe que, al igual que éstas imágenes, un taco callejero sabe mejor que uno de Taco Bell. Y ése es el meollo del asunto.
Bueno, quizás el asunto sea una cuestión de semántica, pero si hemos de asumir que las inferencias de lo “real” tienen cierta base en la vida y el vivir que conocemos, entonces, de hecho, los productos de la globalización no son reales. Son imitaciones de cosas que son rea?les, algo que el proceso de la globalización busca irradiar. Son versiones atildadas de puestos grasosos, negocios familiares, arquitectura y anuncios imaginativos. [...]
La nueva actitud con que miramos las toscas imágenes que nos presenta este libro consiste en considerarlas evidencias de la resistencia de lo real frente a lo irreal. Si lo irreal consigue desvanecer lo real en diversas partes y lugares del mundo –como ha ocurrido en muchos puntos de los países industrializados–, entonces lo real terminará por ser sólo un recuerdo, una historia curiosa, una imagen, en un libro, de algo que ya no existe. Como la Williamsburg de la época de la colonia, aquella Calle Principal que había en todas las ciudades de los Estados Unidos o el castillo de Warwick. Lo real es irreal en muchos lugares porque ya no está allí. Creo que este libro es una tentativa para reinsertarlo en la cultura. [...]
Mientras más rápido y más extendido es el avance de la globalización, del neoliberalismo y de las corporaciones multinacionales, mayor es la nostalgia por aquello a lo que reemplaza. Debemos conmemorar a los artistas anónimos de éste y de otros libros, porque su trabajo corre el peligro de desaparecer. Es hermoso. Nos recuerda que por debajo de la petulancia y de los logos todavía hay seres humanos.
David Byrne
Arte encontrado y detritus visual
Aun los ortodoxos modernistas de los años 50 que adoptaron un lenguaje gráfico universal diseñado para unir a los pueblos del mundo –y de paso hacer más clara la comunicación corporativa– sentían cierta inclinación por el arte encontrado de la cultura popular. Ciertamente era un respiro frente a la tipografía encasillada y uniforme que era el sello distintivo de la composición equilibrada. Además, se hallaba tan libre de artificios que cuestionaba la virtud de la forma racional. Por supuesto, esos modernistas –entre cuyos pioneros incluyo a Paul Rand, Lester Beall, Alvin Lustig– trataron de librar al mundo del artificio y la confusión perpetrados por los diseñadores caprichosos y a la moda. Tenían sin duda el celo de los misioneros en cuanto se refería a limpiar el entorno visual y volverlo accesible e intemporal. También concordaban en que el gusto de las masas tenía que cambiar mediante el influjo del buen diseño. Ese engorroso apelativo, buen diseño, no era, por cierto, algo apropiado. Sin embargo aceptaban que todas las artes –cultas y populares, incluso las más irritantes– podían ejercer influencia en el diseño.
Sean mexicanos o malayos, los trabajos desplegados en este libro no son ejemplos de arte culto aunque, según mis consideraciones, tampoco son ejemplos de arte popular. El hecho de que sean lo bastante fascinantes para ser incluidos aquí indica que tienen un valor inherente, si no como arte folklórico expresivo –y podría alegarse que lo son–, sí como documentos del extenso campo del arte de la comunicación. [...]
El arte comercial pseudo-vernacular es una vieja estrategia mercantil con un nuevo nombre: “autenticidad”. Aunque la nostalgia por lo antiguo apela a nuestras fibras sentimentales mediante la imitación de la imaginería de antaño, ahora un nuevo tipo de diseño gráfico brinda la fuente “verdadera” de un pasado venerable y bien disfrutado que representa la longevidad, veracidad y autoridad –o lo que yo llamaría lo “cómodamente auténtico”. Añadir el calificativo “cómodo” equivale a decir “prefabricado”. La autenticidad prefabricada también es sellada de manera hermética tanto en tiempo como en espacio para que no la penetren las impurezas que podrían infectar a una cosa real. Y sin embargo es la cosa verdaderamente real –la pieza fútil de artesanos incultos– lo que hace que resulte tan atractivo ese tipo de letrero.
Es posible apreciar los materiales de este libro por la razón equivocada: porque son pintorescos. Pero el pintoresquismo no le hace justicia. Muchísimos artefactos comerciales masivos son pintorescos pero no son valiosos como señales culturales. Lo que me fascina de estos letreros mexicanos es que son materiales de construcción de la cultura visual. La calidad del conjunto es más o menos ad hoc, pero individualmente cada uno ha sido creado para lograr el máximo impacto entre otros estímulos visuales. Los diseñadores gráficos no pueden mirar estas piezas como cosas que ellos harían –excepto en una forma irónica– pero, de hecho, todas las decisiones que intervinieron en su composición derivan del mismo instinto, al igual que todo el diseño gráfico. Por un lado, esta colección es un muestrario de lugares comunes, pero, por el otro, éstos son ejemplos excepcionales de un diseño sin ataduras.
Steven Heller
Gráfica funcional popular mexicana
Sensacional de diseño mexicano reúne una amplia muestra de gráfica popular creada con fines funcionales que, como buena parte de la producción artesanal, trasciende el objetivo que le dio origen. Los rótulos, carteles, murales y etiquetas que la componen no sólo señalan, identifican y marcan, sino que evocan fantasías, descubren ilusiones, confiesan errores y, en ocasiones, establecen un diálogo con el espectador al provocarlo o alburearlo.
Las expresiones gráficas del entorno urbano tienen como finalidad anunciar los productos y servicios que ofrecen los diversos establecimientos. Por ello, en primer lugar, pretenden invitar a la clientela mostrando la mejor cara posible: taquerías, fondas y restaurantes donde se come como rey; cantinas y pulquerías llenas de buen humor; tiendas que facilitan la vida cotidiana; talleres, refaccionarias, peluquerías, cerrajerías o zapaterías que componen, mejoran, alivian y embellecen; pero también anuncios de bailes y conciertos, funciones de lucha libre o corridas de toros. [...]
Ciertamente, la mayoría de las obras tiene una enorme familiaridad con las expresiones gráficas producidas en decenas de ciudades y pueblos de los cinco continentes; esta similitud se hace más evidente cuando las técnicas gráficas y de rotulación no son suficientes para lograr los efectos deseados. En cualquier caso, lo eminentemente mexicano que las caracteriza está en el humor visual, el doble sentido, los juegos de palabras y la desinhibición creativa.
Entre estos albures y juegos visuales de primer orden está, por ejemplo, el intercambio de papeles entre el cochino y el carnicero o la decoración de una puerta de camión de carga, donde el taparrabos de un personaje totonaca se ha colocado justo sobre el cerrojo, simulando un cinturón de castidad para el alegre figurín, que sonríe ante tan descabellada idea. Este humor visual, semejante a la pantomima, es comprendido claramente sin necesidad de explicación verbal, en el clásico chiste sin palabras de los almanaques y las tiras cómicas. Otro formato clásico de estas caricaturas murales son las narraciones del antes y el después que, mediante esta eficiente técnica de comunicación visual, tratan de persuadir al espectador con ejemplos que muestran divertidas comparaciones entre lo descompuesto y lo reparado.
El carácter multifacético de las obras oscila entre la elegancia de lo simple y el mal gusto de lo excesivo; sin embargo, pese a su ingenuidad técnica y su continuo manejo de clichés y lugares comunes, la mayoría de estas imágenes asombra por su frescura, espontaneidad y atrevimiento. Los resultados de la desinhibición creativa son inesperados y sorprendentes. Unas veces dan en el clavo con una precisión devastadora, otras pierden el hilo conductor y llegan al extremo de crear significados contradictorios, por la falta de dominio técnico y la carencia de herramientas creativas. Pero incluso cuando esto sucede, muchos trabajos poseen una admirable lógica visual que ya quisieran tener algunos artistas de vanguardia.
En ciertos casos los resultados finales pueden compararse con los momentos más sublimes del teatro del absurdo. ¿Hay algo más absurdo que un césar romano comiendo tortas mexicanas? Quizá sólo unos camilleros cargando un gigantesco zapato enfermo. Contradicciones y sinsentidos como éstos resultan en cacofonías armónicas que le dan a la gráfica funcional mexicana su carácter particular y su dinámica propia.
La gráfica funcional no necesita de explicaciones para ser disfrutada; su frescura y desinhibición hablan por sí mismas. Sin embargo, es posible someter estas obras a un nivel más profundo de análisis al considerar aspectos de su contexto histórico, geográfico y cultural. Estos trabajos forman parte de la tradición artesanal mexicana, son inseparables de la carencia de tecnología y van de la mano con los instrumentos propios de nuestra cultura popular: la improvisación y el ingenio.
Isaac Víctor Kerlow
© Déborah Holtz y Juan Carlos Mena
Volver al sumario