Debats 77 Verano 2002 - QUADERN

Introducción

A buen seguro que habremos oído a muchos líderes políticos y sociales lamentarse en los últimos tiempos y reclamar la necesidad de pensar –y repensar– acerca de lo que nos ha pasado, sobre todo a raíz de ciertos acontecimientos recientes, que han conmocionado la opinión pública. Al parecer, es ahora cuando se ha hecho vital la necesidad de pensar –y repensar– lo que nos está sucediendo. Hasta que no sucede lo que perturba nuestra tranquilidad, hace peligrar nuestras seguridades y sentirnos directamente amenazados, no hay nunca tiempo para pensar con serenidad; ni siquiera se consideraba oportuno, porque –como se suele decir– es una pérdida de tiempo caer en disquisiciones "teóricas". Con lo cual se está confundiendo –claro está– la teoría con la verborrea. Pues acreditados sabios y hasta revolucionarios han reconocido que no hay nada mejor para la práctica que una buena teoría. Lo que ocurre es que la frenética actividad impide habitualmente en nuestra vida tener tiempo para pensar en profundidad.

Lo que debemos preguntarnos es por qué hay que esperar a que sucedan ciertos acontecimientos que desbaratan la vida pública y nos atemorizan hasta en la privada, por qué esperar a que se produzcan ciertos cataclismos electorales y/o sociales, para tomar en serio la realidad e intentar orientar nuestras acciones personales y sociales. Más juicioso sería dejar de actuar tan de continuo como el avestruz o el camaleón y enfrentarse a los nuevos procesos de responsabilización en la vida pública.

En este sentido, uno de los retos más urgentes que tenemos a la vista, si no queremos lamentarlo tal vez bien pronto, es la necesidad de rectificar los errores en la construcción y práctica de las democracias liberales de los llamados países desarrollados, que además sirven de modelo (elegido o impuesto) a los países en desarrollo. Y, a tal efecto, no debemos esperar a que se produzcan desagradables efectos, sino tomar cartas en el asunto y pensar día a día, contando con las reflexiones que desde hace bastante tiempo se vienen ofreciendo, y no dejar que se produzcan situaciones que ya no tienen remedio. También en este terreno político y social, más vale prevenir que curar.

Los trabajos que se recogen a continuación son un magnífico exponente de diversas líneas de reflexión sobre problemas candentes (políticos, económicos y sociales en general), en los que se intenta responder a diversos dinamismos que la realidad va imponiendo, a fin de encauzarlos hacia una convivencia más justa y pacífica, capaz de instaurar un orden democrático de mejor calidad. Son propuestas que rebasan el planteamiento convencional de la democracia, con el fin de ofrecer ciertas claves de lo que cabría denominar una “democracia transformacional”, es decir, una concepción transformacional de la democracia, por la que se generen nuevos impulsos para su mejora progresiva, pues, de lo contrario, su estancamiento puede resultar autodestructivo o, por lo menos, degenerativo y morboso, como hace ya tiempo advirtió Ortega y Gasset.

Cada uno de este conjunto de artículos reflexiona sobre un aspecto crucial en el posible proceso de transformación de las democracias, aun cuando haya convergencias muy significativas que refuerzan recíprocamente los distintos planteamientos. Así, por ejemplo, es muy destacable que en casi todos los trabajos encontremos perspectivas que inciden por diversos caminos en la relación entre la democracia y la vida económica. Tanto Sen como Walzer, Pettit y Cortina tratan de la necesidad de articular más adecuadamente lo económico en la estructura de la democracia en las sociedades modernas. Amartya Sen plantea directamente la urgencia de introducir el enfoque de la ética empresarial en los procesos económicos de intercambio, de producción y de distribución, como un factor innovador en la reconfiguración de la vida democrática. Michael Walzer resalta la importancia de la igualdad compleja para mantener ciertas exigencias tradicionales del socialismo, pero desvinculándolas de todo peligro de tiranía. Philip Pettit dedica buena parte de su estudio a presentar la conexión del republicanismo con la exigencia de redistribución de los bienes y recursos, a fin de alcanzar las deseables cotas de justicia distributiva. Y Adela Cortina propone una ampliación y a la vez concreción de la noción de ciudadanía cosmopolita mediante la incorporación de la ciudadanía social y económica en el nuevo nivel mundial.

Pero, por importante que sea este tratamiento de la vertiente económica en relación con el ideal de una democracia más auténtica y profunda, hay otros aspectos que merecen una atención especial. A mi juicio, sigue siendo de primer orden el plantear la cuestión más de fondo, la de la libertad. En la medida en que la democracia convencional se ha establecido en conexión con la ideología liberal, se ha logrado una cierta (aunque irrenunciable) garantía básica de libertad del individuo, pero si se pretende hacer más efectivo lo que significa la libertad, en todos estos trabajos se encontrarán reflexiones que pueden apuntalar significativos impulsos innovadores, todos ellos –a mi juicio– ineludibles. Indispensables, porque cada uno de ellos aporta una vertiente que no puede faltar en la construcción de una auténtica democracia futura con unas relaciones ciudadanas e institucionales de más calidad. Dado, pues, que no es suficiente el modo liberal de pensar la libertad, el ideal republicano, expuesto por Pettit, por un lado, nos ofrece una figura más adecuada de lo que podamos entender por libertad frente a los diversos reduccionismos, que se limitan de un modo u otro a entenderla como no interferencia, cuando debería entenderse como no dominación. Pero, por otro lado, el enfoque del pluralismo que ofrece Walzer, basado en la tradiciones y en los diversos grupos culturales, constituye también un soporte ineludible de la libertad compleja.

Igualmente decisiva es la reflexión sobre los instrumentos y espacios de realización de la democracia. El Estado y las organizaciones de la sociedad civil, así como sus interrelaciones, son centro de atención de varios trabajos, tanto en el orden nacional como en el cosmopolita. La necesidad de diseñar y controlar las instituciones mediante un "severo escrutinio" se impone si queremos evitar todas las formas de tiranía que se producen en la vida social. Estas iniciativas contienen un valor añadido, en la medida en que contribuyen a reconstruir la socialdemocracia, tanto en la nueva configuración de las instituciones como en la ampliación de su práctica política, puesto que ya no se puede actuar exclusiva ni prioritariamente desde el Estado, sino desde la base social y desde el reconocimiento del pluralismo de tradiciones culturales, en el marco de una sociedad y ciudadanía cosmopolitas.

Ahora bien, este enfoque cosmopolita requiere la creación de una comunidad internacional que sea sensible a los problemas globales, para lo que el trabajo de Nancy Sherman es una contribución muy ilustrativa. Porque no basta la intervención humanitaria en casos de emergencia, sino que hay que ir más allá hasta el compromiso con una justicia internacional operante, para lo cual se presenta una reflexión específica sobre las bases que la hagan realmente posible, a saber, la articulación de empatía y respeto, un híbrido para el que Nancy Sherman cree descubrir una base firme en la naturaleza humana. Tanto en este trabajo, reconstruyendo las bases del respeto en la empatía, como en el de Adela Cortina, reconstruyendo las exigencias de la responsabilidad, se plantea el nuevo horizonte del cosmopolitismo, de la ciudadanía democrática cosmopolita, decisiva para crear una comunidad moral internacional, una "comunidad ética" según la inspiración kantiana. Sólo así cabe superar los egoísmos colectivos en nombre del patriotismo y orientar una nueva educación del hombre y del ciudadano, que incorpore a la vida democrática la virtud cívica, que también reclama el republicanismo de Pettit. Lo cual no debe entenderse en el sentido de un mero idealismo moral, sino a partir de la vida en las comunidades reales, a partir de las tradiciones, como expone Walzer, y asimismo a partir incluso de los sentimientos y de los incentivos, tan relevantes en los procesos económicos, tal como muestra la revisión crítica del pensamiento económico que aporta A. Sen en relación con el futuro de la democracia.

En definitiva, todos estos trabajos proponen armonizar vertientes desarticuladas en nuestra vida social, que son ineludibles para que la democracia funcione bien. De ahí que puedan servir de materia de reflexión ante la imperiosa y, a mi juicio, siempre actual necesidad de pensar a fondo lo que es valioso para mejorar la convivencia humana.

© Jesús Conill

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