Debats 77 Verano 2002 - INTRODUCCIÓN

Introducción

El espacio social siempre nos espera, displicente y tozudo, más allá de las modas ideológicas o de las euforias políticas. Justicia, libertad, cosmopolitismo, liberalismo, republicanismo, individuo, nihilismo, representación, pobreza, crisis económica... son conceptos que componen el puzzle con el que hoy pensamos los retos de un siglo que se requiere nuevo y que sin embargo arrastra antiguas problemáticas no zanjadas.

¿Precisa la teoría retornar a un pensamiento fuerte para consolidar adhesiones electorales? ¿Es necesario el universalismo para la permanencia del pacto social? ¿Podemos ser individualistas, e incluso nihilistas, sin tornarnos acreedores de la ignominia moral? ¿Cómo ser solidarios sin ahogarnos en el kitsch mesiánico de las buenas intenciones?

El debilitamiento de la racionalidad abre la puerta a los fanatismos, pero la democracia no puede ser el terreno de la ética sin la estética, el espacio burocrático de las declaraciones huecas e inanes. La épica conlleva sin duda un elemento desestabilizador, pero el pragmatismo consensuado carece de atractivo, y todo proceso entrópico, más allá de su funcionamiento tedioso y confortable, acaba por desencadenar insurgencias pasionales de rechazo. Un descrédito popular de la política es peligroso, ues acaba asimilándose al descrédito de la democracia misma. Debemos estar atentos al recimiento de dicha contestación social antisistema, desde los movimientos antiglobalización a la revitalización de los partidos de extrema derecha. Sin duda, la situación material (paro, inmigración, desigualdades sociales...) es el detonante fundamental, pero no debemos olvidar que el vacío simbólico es igualmente determinante. Silenciosamente, un anhelo de idealismo heróico (o maldito) escribe el subtexto de los movimiento sociales más dispares.

El consensualismo pragmático adobado con una retórica meramente formal de los derechos humanos no puede sustituir en el terreno simbólico el atractivo pasional de la mitopoiesis. Los siglos nuevos requieren de nuevas mitologías. La vieja cultura europea ofrece un aspecto exhausto, convencional, póstumo, mientras el colorido multirracial acentúa identidades más compactas. Los organismos internacionales manejan los protocolos de lo razonable y pierden la batalla simbólica frente a sus oponentes. El palestino que ajusta una bomba a su cuerpo, reventándose por una idea y con la confianza ciega en Allah, el sionista que defiende una patria en la certeza ancestral de ser el pueblo elegido por Dios, la banda skin que glorifica la violencia con la parafernalia nazi, los marginales anti-todo que resucitan el Gran Rechazo... generan contraimágenes cada vez más poderosas. Y sin embargo estamos asistiendo a una verdadera plétora de reuniones de líderes mundiales, a un esfuerzo por lograr acuerdos entre los estados y que estos recuperen las riendas de la globalización, la configuración de la nueva Unión Europea se plantea como uno de los retos geopolíticos más audaces de los últimos tiempos, pero es en el terreno de la Teoría donde se acusa ese vacío fatigado, esa dificultad de rearmar emocionalmente los conceptos.

Es por ello necesario relanzar un debate atractivo sobre las nuevas formas de democracia económica. Una revitalización de planteamientos que actualice la tematización contemporánea de la libertad, el lugar de la sociedad civil, los compromisos con la justicia distributiva, los valores irrenunciables, propuestas sostenibles en las que se interrelacionen los requimientos de la identidad, la tolerancia y la integración desde postulados realistas y exigentes, la representación de todos los grupos sociales, y la dimensión ética de la esfera económica. Un cosmopolitismo que recupere la fe y la ilusión que dicho concepto ostentaba en el XVIII.

Quizás las crisis de la razón nos haya hecho más escépticos, y la historia pretenda ser sustituida por un club selecto de internautas, se tiene la impresión de que las grandes decisiones económicas se resuelven en partidas de muy pocos jugadores, pero todo afecta a todos y muchos son los excluidos. Sus rostros furiosos empiezan a poblar el horizonte, tienen la fuerza de su ira y la contundencia ciega de su fe. Frente a ello, se trata de mostrar que esa vieja democracia, inventada en al antigua polis ateniense, no es una mera apuesta etnocéntrica, esclerotizada y añosa, sino el ideal dinámico y más noble con la que la cultura occidental defiende la dignidad humana.

© Rosa María Rodríguez Magda

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