Debats 75 Invierno 2001/2002 - QUADERN

Breve historia del pensamiento en torno a la traducción

La epopeya de Gilgamés es la primera traducción de la que se tiene constancia (data del 2º milenio a. C.). El texto de partida lo constituyen unas tablillas (fragmentos pétreos) encontradas en la biblioteca del rey asirio Asurbanipal que narran las aventuras sucedidas a Ut-Napishtim durante un diluvio y que son aquí contadas por éste a su descendiente Gilgamés. Un texto sin duda de interés para la época que pudo interesar a grupos de receptores que no lo entendían, por lo que se consideró necesario traducirlo.

Con todo, aunque la de Gilgamés es la primera traducción conocida, lo más seguro es que no sea la primera traducción existente; la traducción, y sobre todo la interpretación, debió de ser actividad temprana y frecuente teniendo en cuenta la diversidad de lenguas, la falta de entendimiento que este hecho crea (recuérdese el episodio de la Torre de Babel) y la necesidad de reinstaurarlo.

Hasta nuestros días nos han llegado sobradas pruebas de toda esta actividad, pero no sólo de las traducciones realizadas, sino también de las reflexiones de los traductores, que, poniendo los cimientos de la moderna teoría de la traducción, explicaban, a menudo en el prólogo o epílogo de sus traducciones, los postulados y principios que guiaban su forma de traducir. Estos principios varían considerablemente de una época a otra. Su variación puede deberse a múltiples causas, a determinados factores espacio-temporales, a la complejidad de los textos traducidos, a la personalidad del traductor o a su conocimiento de las culturas o lenguas empleadas en su trabajo. Estas fluctuaciones históricas de lo que se entiende por traducción y por el método adecuado para traducir son el reflejo de la relatividad histórica de la traducción (Koller: 1984,72).

Para averiguar la forma de traducir característica de cada época o de cada autor se puede contar tanto con el análisis de las traducciones hechas (sería el método implícito) como con los escritos acerca de las traducciones (o método explícito). Naturalmente el investigador también puede transitar por ambos caminos (cf. Santoyo: 1999 y Vega: 1994).

Aquí tendremos en cuenta la vía explícita, es decir, los testimonios, reflexiones o teorías de algunos traductores con el fin primordial de indagar los principios de lo que más tarde va a constituir la base de este trabajo. Pero antes convendría recordar muy brevemente dos datos:

1. La esencia del objeto de una traducción: el texto, y

2. el proceso y el resultado de la traducción.

Un texto es una suma de fenómenos lingüísticos y extralingüísticos que forman un entramado complejo, en el cual convergen múltiples factores. Al traducirlo se suma a la complejidad mencionada la persona del traductor y además todas las características del texto de llegada en los planos lingüístico y extralingüístico arriba mencionados.

Si se quisiera dar una panorámica general acerca de las reflexiones expresadas por escrito a lo largo de la historia, se podría concretar la cuestión en dos grandes temas: uno sería el problema de la traducibilidad o intraducibilidad de los textos, y otro, el método de traducción, la estrategia, las técnicas empleadas. El tema de la traducibilidad/intraducibilidad de los textos se desarrolló sorprendentemente tarde, en el Romanticismo. Como objeto propio de la teoría de la traducción no fue de actualidad hasta el s. XIX. El interés estaba hasta entonces concentrado en otro campo distinto. Al traductor (casi con certeza el único que reflexionaba sobre la traducción) le preocupaba ante todo la manera de realizar una traducción que cumpliera las normas de calidad imperantes en la época.

El criterio sobre la calidad de la traducción o el método seguido para obtenerla no fue, naturalmente, siempre el mismo, sino que experimentó grandes variaciones de una época a otra y se debió no tanto a factores lingüísticos como a factores extralingüísticos tales como cuestiones religiosas, políticas y culturales de la época.

1er ejemplo:

Los planteamientos sobre el método de traducción en la antigüedad romana, proclamados primero por Cicerón y más tarde por Quintiliano, reflejan claramente las relaciones del pueblo romano con el griego y la clara conciencia de vencedor del primero. Aunque esto no fue siempre así: las primeras traducciones del griego al latín realizadas por Ennio (las tragedias de Eurípides) y por Plauto y Terencio (comedias griegas) fueron todavía, como afirma Hugo Friedrich (1964) ‘experimentos de sumisión’ (Experimente der Unterwerfung) ante el original griego. Son traducciones hechas según el principio de la “literalidad primitiva” caracterizado por un ciego seguimiento del texto original.

En el polo opuesto de esta literalidad primitiva se encuentra lo que se ha llamado la “traducción libre”. El primer defensor de este método es Cicerón, que no tradujo a Esquines y Demóstenes, según su propio testimonio, como “interpres”, es decir, como simple traductor, sino como “orator”, tratando de conservar no cada palabra, sino el estilo, el conjunto de la obra.

A este respecto debemos considerar también las características culturales del pueblo romano de la época. La gente culta, que eran los posibles receptores de la traducción, dominaba el griego (por lo menos hasta el s. III d.C.). Por tanto las “traducciones” podían representar en realidad una “apropiación del original”. No importaban tanto los elementos léxicos o sintácticos de la obra foránea, como las posibilidades de enriquecimiento de la propia lengua latina a través de innovaciones formales y temáticas. Aunque de forma incipiente quedan aquí planteadas ya las dos posiciones fundamentales en torno al método traductor que se han debatido y alternado a lo largo de la historia, se debe traducir:

-ut interpres / con atención al texto original (método retrospectivo)

-ut orator/ con atención al texto de llegada (método prospectivo)

La aplicación o defensa de uno u otro método dependerá de factores ya mencionados anteriormente como la evolución de la lengua a la que se traduce, de la clase de texto que se traslada, del concepto de cultura, de las modas de la época, de la finalidad de la traducción, etc

2º Ejemplo:

S. Jerónimo (348-420), en cuanto a la traducción, se declara seguidor de la ideas de Cicerón, aunque en su carta a Pamaquio se puede apreciar una conciencia de ciertos aspectos relativos a la traducción más diferenciada (cf. Vega: 1999). Esta epístola es la defensa de S. Jerónimo frente a las acusaciones de que era objeto por la mala traducción al latín de una carta en griego del Papa san Epifanio dirigida al obispo de Jerusalén en el año 394. Puesto que en la época una mala traducción de este tipo significaba incurrir en doctrinas heréticas, san Jerónimo dejó bien claro que su manera de traducir en general se basaba en el principio de traspasar el sentido del texto original, no las palabras; salvo naturalmente cuando se trataba de las Sagradas Escrituras “donde hasta el orden de las palabras es un misterio”. Se expresaba así otra diferenciación también de gran importancia: los textos no pertenecen todos a la misma clase y el método empleado para traducirlos puede variar en función de este hecho.

El principio de literalidad propuesto por san Jerónimo para los Textos Sagrados fue seguido al pie de la letra durante toda la Edad Media, haciéndose extensible también a otras clases de texto. Pero lo realmente interesante de este periodo es el inicio de las traducciones a las lenguas vernáculas, a la lengua del pueblo, iniciándose así un proceso, que durará siglos, y durante el cual se irá creando una lengua escrita capaz de expresar los pensamientos teológicos, filosóficos y literarios más difíciles.

Pero el corsé que suponen para la traducción las lenguas no desarrolladas plenamente sigue oprimiendo durante bastantes años, como lo demuestra el apego al original mostrado por el humanista Nyklas von Wyle (aprox. 1410-1478), defensor de la más absoluta literalidad. En esta primera mitad del s. XV un profesor de la Universidad de Salamanca, Alonso de Madrigal, el Tostado (ca.1400-1455), plasma por escrito sus vastas reflexiones acerca de la traducción (vid. Santoyo: 1999, 51-70; Wittlin: 1998), que en lo que al método se refiere siguen las tendencias imperantes en esos años arriba apuntadas. Aunque en la misma época se alzaban ya voces a favor de un método de traducción más libre, como por ejemplo en los comentarios de Albrecht von Eyb (1420-1475) sobre su versión de las comedias de Plauto.

En el Renacimiento se concedió a la traducción, por lo general, cada vez más libertad frente a la letra del original. Pero, sin embargo, los métodos traslativos variaban de un traductor a otro dependiendo de sus circunstancias personales como lo demuestran dos traductores sobradamente conocidos, ambos de la segunda mitad del s. XVI. Se trata de Lutero y de Fray Luis de León, que además de ser los dos teólogos tenían también otros puntos en común: ambos tradujeron Libros Sagrados, ambos traducían conscientes de su grupo de receptores y ambos se vieron obligados a explicar su método para defenderse de las acusaciones de que eran objeto a causa de sus traducciones.

El método empleado por Fray Luis en su traducción del “Cantar de los Cantares”, realizada probablemente en 1561, se basaba en la más rigurosa literalidad añadiendo a continuación un comentario o explicación de los “pasos” más oscuros. Esta manera de traducir es lo que se ha denominado más tarde “traducción filológica”, lo que equivale a decir que sin duda los lectores más probables de Fray Luis de León pertenecían como él mismo al clero. Eran por lo tanto receptores cultos a quienes a través de una traducción filológica bien hecha se les podía apartar de sus hábitos lingüísticos normales y acercarles así al espíritu y a la lengua de la obra original.

Por el contrario, Lutero, al plantearse la traducción de la Biblia a la lengua alemana se quería dirigir a un público muy distinto al de Fray Luis. Motivado seguramente por la necesidad de éxito de la Reforma por él impulsada empleó en su traducción de la Biblia, según sus propias palabras, el lenguaje que hablaba la gente normal. Necesitaba el teólogo alemán, al contrario que Fray Luis, un amplio círculo de receptores y con ello se adelantó al concepto de equivalencia dinámica. Si consideramos a Fray Luis de León como representante de la corriente retrospectiva en cuestiones de metodologías traductoras y a Lutero como el representante de la vertiente prospectiva, Luis Vives, contemporáneo de ambos, podría ser al menos teóricamente representante del método retroprospectivo. Este humanista español dedica en su libro del Arte de hablar un capítulo a las “Versiones e interpretaciones” en el cual plantea tres métodos o géneros de traducción: la traducción según el sentido, la traducción literal y un tercer género en el cual se fundirían todos los demás que “es cuando la sustancia y las palabras mantienen su equilibrio y equivalencia, es decir, cuando las palabras añaden fuerza y gracia al sentido...”.

Luis Vives hace gala a lo largo de este escrito de unas ideas muy avanzadas sobre el método de traducción, sobre las clases de texto, sobre lo que deben ser y deben hacer los traductores. Quizás esta actitud fuera debida a que escribió sin ataduras sobre el tema; no tenía que explicar ni tampoco justificar su método de traducción personal.

En la Ilustración se plantea de nuevo el problema del método y aunque no es una cuestión fundamental en esta época, se encuentran opiniones como las de Breitinger (1701-1775) que influyeron en la forma de pensar de su tiempo. Breitinger postulaba una vuelta a la fidelidad, a la corrección en la transposición de contenido y forma del original con el fin de remediar las interpretaciones excesivamente subjetivas, los amaneramientos barrocos, la fijación a los gustos de la época y del lector.

Hamann, Klopstock y Herder compartían estas ideas pero pretendían algo más. Su intención era llegar a la fidelidad al espíritu del original. La esencia de una traducción no debía contener sólo el sentido del original sino también su carácter, su genio. Este entusiasmo se acrecentó si cabe entre los escritores alemanes, casi todos traductores, del Romanticismo, porque como decía Novalis la función del traductor consistía en ser “der Dichter des Dichters” ('el poeta del poeta'). En este tiempo se realizan grandes traducciones, llamadas 'supertraducciones' por su minucioso trabajo artístico y filológico. En su afán por la universalidad y llevados también por la búsqueda de nuevos temas, estilos y formas, los románticos se fijan en las obras maestras de la literatura universal. A.W. Schlegel y Tieck traducen al alemán a Shakespeare, Voss a Calderón, Tieck de nuevo a D. Quijote, etc. El Romanticismo es una época fructífera en traducciones, pero no en reflexiones sobre la traducción.

Hay que esperar unos años para encontrar de nuevo la célebre dicotomía ya conocida. En 1813, Goethe, él mismo traductor, la expresa diciendo que hay dos máximas para traducir: una exige que el autor de la 'nación extranjera' sea traído hasta nosotros y la otra consiste en que nosotros seamos transportados más allá de las fronteras del propio territorio.

En junio de 1813, unos meses después de publicar Goethe sus máximas, Friedrich Schleiermacher leyó en la Real Academia de las Ciencias de Berlín su disertación “Über die verschiedenen Methoden des Übersetzens”. Este documento tiene excepcional importancia en la historia de la teoría de la traducción porque es el punto culminante de todas las reflexiones hechas hasta su lectura y porque perfila las bases de una teoría que no se desarrollará plenamente hasta la segunda mitad del s. XX. Los temas que trata son múltiples y variados. Lo esencial se puede resumir así: Se transfiere de muchas maneras, hay traducciones interlingüísticas (entre dos lenguas diferentes) y traducciones intralingüísticas (dentro de la misma lengua entre dos etapas de desarrollo diferentes o entre dos capas lingüísticas distintas). Dentro de la traducción interlingüística, Schleiermacher distingue dos tipos diferentes, basándose en la dificultad que pueden plantear al traductor: 'das Dolmetschen' (= 'interpretar') y 'das Übersetzen' (= 'traducir'). La primera sería la traducción que no ofrece ningún problema de interpretación y la segunda, en cambio, sería la traducción de textos científicos y literarios en los que su autor original ha ejercido la libre facultad de crear sus propios temas. A continuación establece la relación dialéctica que mantiene el hombre entre su libertad lingüística, su capacidad de creación (energeia) y su sometimiento al sistema lingüístico establecido (ergon). Este problema se acrecienta en el caso del traductor porque se encuentra ante una obra original concebida en un sistema lingüístico diferente al suyo propio y marcada además por la libertad creadora de su autor y porque tiene que traducirla de tal manera que de algún modo se establezca el contacto entre los lectores de la traducción y el autor de la obra original. A la pregunta de cómo debe hacerlo, Schleiermacher se responde: o bien el traductor deja tranquilo al autor y mueve hacia él al lector, o viceversa, deja tranquilo al lector y mueve hacia él al escritor. Los mismos métodos que anticipaba Cicerón, el retrospectivo y el prospectivo. Schleier­ma­cher se inclinaba por el primero, como dejó patente en su traducción de Platón.

Schleiermacher fue junto a Wilhelm von Humboldt (1767-1853) quien contribuyó a que en Alemania se despertara un vivo interés por la teoría de la traducción. La aportación más significativa de Humboldt se basa en su concepción de la forma interna de cada lengua. Para él la lengua y las palabras que la constituyen recrean la realidad extralingüística de una manera característica en cada comunidad lingüística. La filosofía sobre el lenguaje de Humboldt, sobre las diferentes 'visiones del mundo' de las distintas comunidades lingüísticas suscitó una larga y espinosa polémica acerca de la traducibilidad o intraducibilidad de las lenguas. La cuestión podría enunciarse así: si un texto está escrito en una lengua que es el producto de la visión del mundo del pueblo que la habla y al mismo tiempo condiciona el pensamiento del que la utiliza ¿cómo será posible traducirlo a otra lengua que es el producto y el condicionante de otra visión del mundo? Consecuente con sus ideas Humboldt no cree en la traducibilidad absoluta, pero sí en la posibilidad de enriquecer una lengua y ampliar una 'visión del mundo' a través de la traducción, porque piensa que un sistema lingüístico no está cerrado en sí mismo, sino que está dotado de poderes generativos de expansión. La filosofía del lenguaje de Humboldt y sus consecuencias para la traducción fueron ampliamente debatidas a lo largo de las primeras décadas del s. XX: en la mayoría de los autores que escriben algo sobre la traducción en este periodo está presente el tema de la traducibilidad o intraducibilidad de las lenguas. Pero aunque la idea de la imposibilidad de traducir está patente en casi todos ellos, continúan reflexionando sobre el método ideal para trasladar un texto de una lengua a otra, lo que a primera vista puede parecer un contrasentido.

El ideal del método de traducción de esta época está todavía bajo el influjo de la teoría clásica formulada en la antítesis, entre otros, de Schleiermacher: el traductor deja tranquilo al autor y aproxima hacia él al lector, o viceversa. Del primer camino, o método “extranjerizante”, son partidarios, al igual que lo fue Schleiermacher en su momento, Rudolf Pannwitz, W. Benjamin y J. Ortega y Gasset, entre otros. Quizás fuera Pannwitz el más acérrimo defensor de esta manera de traducir, su apego a la lengua original era tal que recuerda a la traducción palabra por palabra ('literalidad primitiva'). W. Benjamin se une a las ideas de Pannwitz y proclama (1923) la traducción interlinear como el modelo de toda traducción.

En 1937, se publica por primera vez, en Buenos Aires, un artículo de Ortega y Gasset con el título “Miseria y esplendor de la traducción” que tuvo amplia repercusión en Alemania (vid. Reiss: 1977 y 1986), aunque pocas novedades aporta (cf. Santoyo: 1999, 237-250) precisamente en el ámbito cultural alemán. Ortega ha sido citado a menudo como exponente máximo de la idea de la imposibilidad de traducir y sí puede parecerlo si se lee sólo la primera parte de su disertación impregnada, por otra parte, de las teorías de Humboldt sobre el lenguaje, aunque después de las miserias expone, en la segunda parte, el esplendor que puede suponer la traducción, a través de la cual se enriquece la lengua a la que se traduce.

Si los tres filósofos citados eran partidarios del “método extranjerizante” (retrospectivo), Ulrich von Wilamowitz-Möllendorf representa la tendencia opuesta. Para él la mejor traducción es la que se realiza aplicando el “método alemanizante” (prospectivo), es decir, el resultado de la traducción debiera ser una obra alemana capaz de transmitir a sus receptores la comprensión total del original, el efecto de su lectura tiene que ser análogo al del original en sus lectores, y esto se debe lograr a través de los medios existentes en la lengua alemana.

Wolfgang Schadewaldt intenta deshacer la antítesis metodológica clásica buscando el posible nexo de unión entre las dos caras de la misma realidad. Para este autor la validez de cualquier método debe estar subordinada a la función de la traducción en el contexto de la lengua receptora. Para Schadewaldt el concepto de fidelidad, tan en boga a lo largo de la historia, es relativo, entre otras razones porque cada época lo ha entendido de forma diferente. Después de analizar algunos casos históricos llega a la conclusión de que no existe el método ideal, ni la teoría podrá proporcionarlo. Solución: cada traductor deberá encontrar su propio método.

© Pilar Elena

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS


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