Debats 104 Verano 2009 - QUADERN

Alfonso el Magnánimo y la Iglesia: Calixto III papa Borja

La primera de ellas es el cisma de Occidente, los últimos años del cual coinciden con los primeros de su reinado y que tiene en un lugar de sus reinos, Peñíscola, un significativo bastión. El Magnánimo tratará de sacar partido a esta crisis eclesial, sirviéndose de ella tanto para lograr un mayor control sobre la Iglesia de sus reinos, como para arrancar al pontificado gracias y beneficios al jugar con la figura del antipapa, lo cual dará origen a fuertes tensiones.

En segundo lugar, la cuestión napolitana. Al ser Nápoles reino feudatario de la Santa Sede, su conquista y posesión obligará al Magnánimo a desarrollar una particular política con ésta, a fin de obtener a cualquier precio la investidura del reino; y una vez instalado, la inserción de pleno derecho en el complicado juego político italiano le obligará a continuar la presión sobre el papado.

Alfonso de Borja, consejero del Magnánimo, quien llegará al solio pontificio con el nombre de Calixto III, ocupará un papel clave en la política eclesial del monarca, pues Borja estuvo primero al servicio de ésta y después, como papa, en completa oposición a ella.

Alfonso el Magnánimo accede al trono el 2 de abril de 1416, apenas tres meses después de que san Vicente Ferrer publicara en Perpiñán la sustracción de obediencia a Benedicto XIII por parte de la Corona de Aragón. Las primeras acciones del rey fueron de clara repulsa a Benedicto y de favor al concilio de Constanza, pues en virtud de ella esperaba alcanzar de Roma una gran cantidad de gracias: Sus “provechos” o recompensas se traducían en remuneraciones económicas y en la concesión de beneficios eclesiásticos a sus recomendados.

Sin embargo, Martín V no secunda sus pretensiones. El envío como legado del cardenal de Pisa muestra esta idea, pues el purpurado no traía entre sus poderes licencia para actuar en el tema de la recompensa exigida, motivo por el que el rey boicoteó la legación, encargando a Alfonso de Borja la misión de entretener al legado y evitar que interfiriera en los asuntos del Cisma.

El cardenal de Pisa recompensó, aun así, a Borja con el curato de Cocentaina, que el rey le prohibió tajantemente aceptar.

Tras la partida del cardenal de Pisa, las relaciones entre Alfonso V y el papa Martín se deterioraron todavía más a causa de las renovadas exigencias económicas y beneficiales, a las que vino a sumarse en 1420 su injerencia en la sucesión del reino napolitano, en contra de Martín V que favorecía a los Anjou. Para obtener sus propósitos, Alfonso permitió que Benedicto XIII se mantuviese en Peñíscola; y a la muerte de este alentó que se le eligiera un sucesor, Clemente VIII. Y desplegó una intensa campaña en el concilio de Pavia-Siena, dirigida a socavar la autoridad pontifica de Martín V.

La tensión llegó al máximo en 1423 cuando el rey prohibió la recepción y acatamiento en sus reinos de cualquier tipo de letras pontificias, secuestró las rentas de la cámara apostólica y ordenó a sus súbditos abandonar la curia romana. Alfonso se negó a admitir en sus reinos al legado que Martín V le enviaba para componer sus diferencias.

Alfonso de Borja fue puesto al frente de la diócesis de Mallorca y desde allí secundó la política real desviando hacia las exhaustas arcas reales las entradas económicas de la diócesis durante los años 1424 a 1429, lo que más tarde hará en la diócesis de Valencia.

Es Borja quien ordena copiar unas actas del concilio de Constanza para intimidar al pontífice con la amenaza de un nuevo concilio. Años después, el rey amenazó a Borja, convertido ya en Calixto III, con utilizar en su contra los mismos métodos que él le había sugerido contra los pontífices que le precedieron.

La cuestión napolitana surge en 1420, cuando la reina Juana II de Nápoles se dirigió al Magnánimo en busca de ayuda contra Luis de Anjou, prometiéndole a cambio la sucesión en su reino. Tres años después la soberana desheredaba a Alfonso y reconocía al de Anjou, pero en 1432 le llegó una nueva demanda de auxilio de la reina Juana.

El papa Eugenio IV se negaba a reconocerle como sucesor del reino, por lo que para vencer su resistencia Alfonso dio su apoyo al concilio de Basilea, que acababa de declararse en rebeldía al pontífice.

En 1434, la reina Juana rechazó de nuevo a Alfonso, reconfirmando como heredero a Luis de Anjou. Pero la repentina muerte de éste y, poco después, de la reina, en 1435, animaron al Magnánimo a conquistar por la fuerza el reino de Nápoles, a pesar de la oposición papal.

En 1435 tuvo lugar la derrota naval de Ponza, que el Magnánimo transformó en una victoria al granjearse la amistad del duque Filippo Maria Visconti, con el que estableció una alianza que le daba vía libre para conquistar Nápoles.

Sólo quedaba por vencer la hostilidad del papa, provocando disturbios en los Estados Pontificios y empleando el arma conciliar.

Sus manejos conciliares no tienen motivaciones religiosas, sino sólo políticas. Su acción no le reportó los resultados esperados, pues sus medidas sólo sirvieron para convencer al pontífice de que el rey era su enemigo y lo afirmaron más en su oposición. Finalmente, acabó obteniendo de Eugenio la investidura del reino por la fuerza de las armas y con la intervención de Alfonso de Borja, que logró que este firmara un armisticio con el rey durante un año, que equivalía a darle tácitamente vía libre para concluir la conquista del reino. Más tarde, las tratativas de Terracina, en 1443, rubricaron la concordia entre el papa y el rey (concediéndole aquel la investidura y el reconocimiento de Ferrante como sucesor a cambio de retirar el rey su favor al concilio). Todos estos hechos propiciaron la promoción de Alfonso de Borja al cardenalato en 1444.

Una vez instalado en el reino napolitano, Alfonso buscará conservar Nápoles, subyugar Génova y mantener a raya a Venecia y Florencia. Para ello buscó la alianza con Milán, y la mantuvo incluso cuando al duque Visconti le sucedió su yerno Francesco Sforza, viejo enemigo suyo.

Sin embargo, los papas temieron la presencia de un vecino tan poderoso. Forzado por esta circunstancia, el Magnánimo buscó la elección de pontífices favorables. Con Nicolás V tuvo un papa complaciente que le concedió casi todo cuanto le pidió, gracias a la intercesión del cardenal de Valencia, Alfonso de Borja.

El 8 de abril de 1455, este fue elegido papa y el rey tuvo una de las mayores satisfacciones de su vida. Su alegría iba a durar poco, pues en Calixto encontró un papa contrario e incluso enemigo. El papa se resistió a nombrar a los candidatos que el rey le presentaba, sustituyendo a los hombres del rey por los suyos. El Magnánimo amenazó al papa con reavivar la crisis conciliar, pero Calixto no se dejó amedrentar.

También chocaron en la política italiana, con la crisis suscitada por el condotiero Jacopo Piccinino al que Calixto se negó a tomar a sueldo como capitán de la Iglesia, como el rey le pedía, para mostrar a toda Italia que no estaba a las órdenes del rey de Aragón.

Calixto nunca apoyó la belicosidad de Alfonso contra Génova, y medió para que el rey firmara una tregua con la república. Cuando fue imposible conseguirlo, instó en secreto al rey de Francia a defender la causa genovesa e intentó provocar la actuación armada.

Además, Calixto fue siempre contrario a la alianza de Nápoles con Milán y se negó a intervenir en la conclusión de los matrimonios que la refrendaron, ya que le interesaba que el rey no tuviese ningún aliado.

Cuando el rey murió (el 27 de junio de 1458, un mes antes que el papa), este comenzó los preparativos militares para conquistar el reino por medio de su sobrino Pere Lluís de Borja, pues consideraba que Ferrante estaba incapacitado para suceder por ser bastardo y, por tanto, el reino volvía a su señor feudal, que era el papa. Pero el duque de Milán no apoyó sus planes y a los pocos días el papa murió.

En la cruzada también chocaron el rey y el papa: Calixto comprendía que el peligro no estaba sólo en Hungría, sino también en el mar Egeo, y quería enviar una flota allí para frenarlo. Por su parte, el rey no estaba interesado en una acción naval en el Egeo, ya que no beneficiaba sus intereses políticos y mercantiles y quería comenzar la lucha en Albania y desde allí seguir avanzando, lo cual le permitía estrangular a Venecia.

© Miguel Navarro

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