Sensibilidad artística y geopolítica (Estampas de la Valencia del Magnánimo y de Jan van Eyck; un viaje a la memoria)
Es posible que el maestro Jan van Eyck formase parte de la lucida embajada flamenco-borgoñona que, en 1426, se llegó a Valencia para proponer al rey Alfonso de Aragón y de Sicilia el enlace de su sobrina Isabel de Urgel con Felipe el Bueno, duque de Borgoña. Los Estados de Borgoña, los dominios de quien gustaba llamarse el Gran Duque de Occidente, eran un mosaico de señoríos a forzosas horcajadas de germanos y franceses; feudatarios, sea de París; sea del Imperio. Se extendían, con la sola interrupción de la Champaña y la Lorena, desde Flandes hasta los pasos alpinos del Jura; es decir, a lo largo del corredor más rico y dinámico de Europa, de un sitio aún más peligroso, sin embargo, que ese trono en llamas extraído de la leyenda artúrica que el Magnánimo utilizó como emblema junto al libro abierto, el ramo de mijo, el nudo y el monte de diamantes.
Corría el mes de septiembre ya casi cumplido. Era, concretamente, el día de San Wenceslao mártir, nacido cerca de Praga. “Que proteja el santo patrón de Bohemia a los buenos súbditos del emperador Segismundo de los desastres de la guerra que asola ese reino y que fue, como es sabido, provocada por los errores del heresiarca Juan Hus, a quien se hubo de condenar y ajusticiar en Constanza hace apenas diez años”, podría haber aclarado el capellán que atendía espiritualmente a las seis decenas
de personas que formaban la comitiva del duque Felipe.
La embajada habría seguramente zarpado de Damme o de La Esclusa, antepuertos de la ciudad de Brujas. O acaso lo había hecho de algún lugar de las bocas del Escalda, de las encharcadas riberas zelandesas —de Middelburg, quizás—, para así evitar el cansino trasiego por diques y esclusas y los bajíos enarenados del Zwinn, la ría que, a través de un estrecho y menguado cauce, el Reie, lleva al gran emporio medieval por entre las marismas, las arboledas y las fértiles praderías del llano país de Flandes. “Que no otra cosa que ‘esclusa’ y ‘diques’ quieren decir Sluys y Damme en ese bajoalemán en que se comunican —desde Ostende hasta Reval, en el golfo de Finlandia, y la factoría de Peterhof, ubicada en la lejana ciudadela de Novgorod— los comerciantes y marinos que frecuentan los puertos de esa liga de ciudades mercantiles que conocemos como la Hansa”, acaso iba a explicar pronto en un quebrado latín el maestro Jan van Eyck a esos colegas suyos de Valencia que lo llamarían con respeto mestre Joan de Burgundia. Jan van Eyck tal vez viajó hasta Valencia en una recia y oronda coca comercial, una embarcación de origen hanseático que atrapaba bien en sus cumplidas velas cuadras los vientos de la mar grande. Se la podía encontrar, a veces, cargando vino y frutos secos bajo el Benacantil o en Denia. Es más probable, sin embargo, que la embajada hubiese hecho el viaje a bordo de una galera, barco más rápido que la coca, ya que podía navegar a fuerza de remos en caso de faltar el viento, aunque también con menor estiba y menos segura a la hora de cruzar el estrecho de Gibraltar y de enfilar desde el temible Finisterre bretón al no menos temible de Galicia.
Presidían la embajada borgoñona a Valencia, generosos, caballeros y ricos hombres como el señor de Saligny; el doncel Andrés de Toulouson, señor de Mornay; el limosnero mayor don Juan de Terrant y el secretario Juan Ibert, además del chambelán del duque y de un sinfín de consejeros, familiares y criados. Razonaban entre ellos tanto en el pulido francés de la corte (pues no en vano los duques de Borgoña provienen de la casa de Valois), en el romance de valones o picardos, en el mismo hablar neerlandés que el pintor o en algún otro alemán entreverado de sólo Dios sabe qué. De cualquier modo, discutían de torneos, de halcones, de buenas calzas, jubones de velludo y botas de cordobán, de damas y no tan damas, de poéticas justas de amor y sangrientos lances de honor; de esas armaduras y ballestas y de esos paveses
valencianos que, según se les había dicho, podían incluso competir con las labores de Nuremberg o Milán. Casi las mismas cosas que se estaría comentando
en elegante y valenciana prosa a la salida de la misa mayor de San Nicolás; en la taverna Fonda de esa plaza de san Jorge donde eran exhibidos sobre una percha los halcones que se extraviaban, en los figones del Born, lugar de justas y torneos; en la plaza del Aceite, junto a la lonja vieja; bajo un discreto ventanuco
del escondido beaterio que hay en la Boatella o junto a las tapias del aristocrático ameno retiro de monjas cistercienses que llaman de la Zaidía y que fue quinta de recreo de una reina mora; en el bien dispuesto y mejor iluminado burdel o mientras se hacía antesala en el Palacio Real.
No todo eran prosas artizadas y retóricas letras de batalla entre los caballeros valencianos. Por debajo de los bien medidos versos y de la palabrería brillante, había, entre los más cuerdos, un impulso al obrar práctico que los acercaba a unos ciudadanos que, a su vez, adoptaban los hábitos del caballero (como sucedía en Brujas, en Gante o en Amberes) y, entre los amantes de pendencias, un afán por alinearse en banderías y andar siempre a la greña. Esto último no respondía siempre a meras inquinas familiares antiguas; en ocasiones, era el resultado de contenciosos políticos no resueltos y que se remontaban a los no tan lejanos días del Compromiso de Caspe.
Los nobles borgoñones andaban inquietos ante la delicada situación de los estados del duque Felipe y de sus propios feudos, sobre todo cuando estos se extendían a las puertas mismas del campo de batalla y hasta dentro de él. La compleja trama de la que era ya segunda fase de ese conflicto fluctuante que se ha dado en llamar “Guerra de los Cien Años” tenía como uno de sus actores principales, precisamente, a la Borgoña. Por el tratado de Troyes (1420), Isabel de Baviera —esposa del demente Carlos VI de Francia— había pactado la boda su hija Catalina con Enrique V de Inglaterra, dejándose establecido que el hijo que ambos hubieren ceñiría la corona de ambos reinos. Suscribía también el acuerdo el duque Felipe, afecto a Inglaterra desde el asesinato, el año anterior, de su padre por un sicario de Carlos de Valois, el delfín, y, de hecho, por la necesidad de abastecer de lana inglesa los telares flamencos. Con ello, se conculcaban los derechos del príncipe
Carlos y se abría de nuevo la senda de la guerra. Enrique V falleció en agosto de 1422, dejando como heredero un niño de nueve meses de edad llamado también Enrique. Unas semanas más tarde, moría el rey francés. Enrique VI sería coronado en París, ciudad controlada por su tutor, el duque de Bedford, que se había convertido en regente de Francia y de Inglaterra y que, en 1423, casaría con Ana de Borgoña, hermana del duque Felipe.
Con la coronación de Enrique VI se reavivaba la larga guerra iniciada en 1337, entreverándose esta con la contienda por el poder entre el partido armañac, que, en sintonía con el país agrícola y feudal, era favorable a la línea dinástica estrictamente francesa de los Valois, y el de los borgoñones, que, de acuerdo
con los intereses manufactureros y mercantiles de las ciudades de Flandes y con sus propias ansias de independencia política, se inclinaban por Inglaterra.
El delfín Carlos, el futuro Carlos VII, dominaba el sur del reino francés, con la excepción de la Guyena, en poder de Enrique VI. Los dos bandos buscaban alianzas y ententes. La histórica enemistad de la Corona de Aragón con Francia en torno al Rosellón y con los Anjou de la Provenza, a causa de Sicilia, se había visto reforzada con la reciente expedición de Alfonso el Magnánimo a Nápoles. Todo parecía señalar que este reino iba a recaer, si nada se torcía, en Luis III de Anjou, protegido del papa Martín V y ahijado por la tornadiza reina Juana II de Nápoles, quien, con anterioridad, había sucesivamente prohijado y repudiado al Magnánimo. Sin embargo, el 2 de junio de 1442, Alfonso V de Aragón iba a tomar la ciudad de Nápoles. Entraría triunfalmente en ella el 3 de junio de 1443, tras haber acabado con la resistencia de los últimos parciales de Renato de Anjou, que había sucedido a su hermano Luis después de que éste muriera en 1434. Nadie mejor que él para distraer fuerzas francesas, para tener ocupada a Castilla y, así, evitar la intervención castellana del lado del delfín y para armar barcos como las galeras que posiblemente habían zarpado
para escoltar al navío de los embajadores cuando se le avistó en aguas del reino de Valencia.
Sin duda aguardarían el desembarco de la comitiva borgoñona oficiales del rey y del común, personas principales de la ciudad y del reino, y acaso un escuadrón
de jinetes de la guardia o los ballesteros de la milicia urbana. Debieron ponerse todos en camino después de los parabienes de rigor, de dar gracias al Altísimo por la buena travesía y de hacer aguada con refrescos y despachar alguna golosina cabe la fuente que hubo delante mismo de las atarazanas.
La bien contada legua que separaba la Vilanova del Grao de la ciudad dejó, sin duda, extasiado al maestro. Aquel aire tan suave, aquel verdor tan distinto al de su país, aquellas palmeras que la brisa marina despeinaba, las hortalizas crecidas con sabiduría añeja en mitad de las marjales, las generosas vides, los bien dispuestos surcos, los erguidos caballones… un sauce o un almez junto a una acequia, una noria, un azud, ropa blanca oreándose al sol… Todo le era familiar y, a la vez, exótico, ya que, si bien sentía hasta dentro de sus poros que se encontraba en el sur, junto al Mediterráneo, también en el llano país de Flandes, en la inmediata vecindad de la Brujas que lo había visto partir, los canales se entrecruzaban como en ese lago de la Albufera que se adivinaba cercano y que pronto conocería. En ambos
sitios, las velas de embarcaciones fluviales y lacustres que parecían navegar por entre las matas surcaban la llanura pantanosa y verde, a la sombra llorosa de un sauce y al trémulo abrigo de los chopos, al amparo próximo de una barraca hecha de cañas y barro, en compañía de las anguilas con que cocinar sabrosos guisos, de los patos, de las garcetas… Todo iba quedando grabado en la memoria de aquel hombre de mirada que querríamos más hialina que aquella que luce ese retrato de un personaje tocado con turbante rojo que se tiene por imagen fidedigna de Jan van Eyck, tan glauca como el cielo que antes sólo había imaginado el maestro, tan acuosa como los cielos bajos y los labrantíos ganados a la mar allá en su tierra.
Al maestro Jan le incomodaba, sin duda, la hopalanda, el cumplido y largo ropón que vestía, y la holgada corneta con que se había tocado; tanto era el bochorno que se dejaba sentir a pesar de la estación. Debía, no obstante, esmerarse con las apariencias, no sólo porque en la corte borgoñona se cuidaba
en extremo la etiqueta y el vestir, sino por hallarse como emisario del duque en un reino extranjero. Mucho agradecía las moreras que bordeaban los caminos; daban buena sombra al viajero, además de alimentar a los voraces gusanos de la seda que tantos valencianos criaban en la cálida, silenciosa y bien aireada penumbra de los porches.
Los nobles embajadores seguían conversando sobre torneos y partidas de caza, que mucho agradaban asimismo a don Alfonso de Aragón, el cual enviaba
con regularidad a Flandes algún propio a fin de que le adquiriese allí buenos halcones. Luego, los adiestraría para él, en la dehesa de la Albufera, mosén Ausiàs March, un hidalgo que escribía bellos y graves versos, que le acompañó en la expedición a Córcega y Cerdeña —y que, además, había hecho la guerra en los Gelves contra los corsarios berberiscos—, y a quien había nombrado, por su virtud, halconero mayor. Precisamente, pensaba mandar en breve a Brujas a su maestro cetrero Galcerán Corca. Sin duda, por tanto, aquellos nobles tuvieron, durante la cabalgada hasta Valencia, el oído puesto en la gárrula voz de los gerifaltes de Bergen que, a no dudar, traían al monarca, así como en el tintineo de las corazas y los yelmos que habían de servirles en las justas que éste celebraría. Los más esforzados anhelaban, sobre todo, que tan alto príncipe se uniese al proyecto de cruzada que era casi una obsesión para Felipe el Bueno.
A quienes deseaban medir sus armas con infieles tan sólo quedaban, en aquellos tiempo, los paganos de las llanuras meridionales del Báltico contra quienes se batían los cruzados teutónicos y livones. Quedaban, asimismo, la renqueante reconquista castellana, vagar por el desierto a la búsqueda del reino del Preste Juan o unirse a las aventuras africanas de los portugueses, que, en 1415, habían tomado Ceuta y, entre 1419 y 1421, Madeira, que, en 1422, alcanzaban el cabo Bojador y que podían acabar arruinando a los caravaneros y al islam del norte de África si llegaban costeando el país de donde procedían los esclavos y el oro. Y quedaban, sobre todo, los turcos. De nada habían servido, sin embargo, las embajadas como las que llevó a cabo el castellano Ruy Pérez de Clavijo, entre 1404 y 1406, en nombre de su rey Enrique III y destinadas a convencer a Tamerlán de que se aliase con los cristianos a fin de cogerlos entre dos fuegos. Si aquel gran caudillo musulmán venció a los otomanos en Ankara el año 1402 al frente de sus hordas de guerreros nómadas del Asia central, había ya vuelto sus ojos hacia la China antes de que Clavijo retornase. El imperio por él construido por él se diluyó tras su muerte, acaecida en 1405. En esa situación, no extraña en los mentideros de Valencia se hiciese toda clase de cábalas. Había quien sugería, incluso, que, puesto que don Alfonso carecía de descendencia legítima y contaba, en cambio, con una hermana, doña Leonor, y con siete sobrinas aún niñas (dos por parte de su hermana María, casada con el rey castellano Juan II, y tres por parte de su hermano Juan, esposo de la reina Blanca de Navarra) que comprometiera a alguna de esas infantas con el Negus o con el rey de Chipre o su heredero, a fin de asegurar a la cristiandad aliados en Oriente contra el turco. Podría, incluso, pactar bodas entre estos lejanos magnates y alguna de las cuatro hijas del desventurado Jaime de Urgel, pues no en vano eran nietas de Pedro IV de Aragón. No iban del todo desencaminados, pues en 1428 el rey Alfonso intentó casar a la bella Juana de Urgel, hija tercera del conde Jaime, con el soberano etíope y, en 1431, de Leonor, segundogénita del desventurado conde, con el rey de Chipre, y a Juana con el heredero de éste. Los turcos amenazaban Hungría desde sus victorias sobre serbios y búlgaros en Kosovo (1389) y Tirnovo (1393); en 1397 tomaban también Atenas. No se había organizado ninguna gran expedición contra ellos desde la aplastante derrota de 1406 en Nicópolis, en la cual dejaron la vida o cayeron prisioneros la flor de la caballería francesa y un sinnúmero de borgoñones, ingleses, alemanes, húngaros, transilvanos y valacos. El propio emperador Segismundo huyó tras la batalla y pudo regresar a sus estados después de un largo y penoso viaje por mar. Fue hecho prisionero, en cambio, el, entonces, duque de Nevers, Juan Sin Miedo, hijo de Felipe el Atrevido, duque de Borgoña, y de Margarita de Dampierre, condesa de Flandes; el padre, por tanto, de Felipe el Bueno y que, en 1419, sería asesinado por orden del delfín Carlos.
Los cruzados que combatieron en Nicópolis pretendían nada menos que expulsar a los turcos de los Balcanes, alejar el peligro que se cernía sobre Constantinopla y liberar Jerusalén. Eso mismo le habría gustado a Felipe el Bueno, amigo de la pompa, necesitado de una corona regia y ávido de emular las gestas de los primeros cruzados e, incluso, de los aún más antiguos argonautas; de llevar a cabo esa búsqueda de lo casi imposible, esa gran queste, que todo caballero que se precie debe intentar. Alfonso de Aragón disponía de una excelente flota de guerra en el Mediterráneo occidental y en Sicilia. Sus naves mercantiles y corsarias
recorrían el Mediterráneo oriental desde Rodas a Alejandría y, hacía tres años, había probado su audacia y su pericia saqueando el puerto de Marsella, el principal refugio marítimo que tenían los denostados angevinos en sus dominios provenzales. Era, por tanto, el compañero idóneo para la empresa. Mucho más lo sería a partir de la incorporación de Nápoles a la Corona de Aragón en 1442 y de que, en razón de su investidura napolitana, se proclamase rey titular de Jerusalén. Faltaba ver si esos también eran los intereses del Magnánimo, ambicioso y no menos amigo de la dignidad y la pompa que el duque borgoñón y tan agudo él, aunque calculador y nada propenso a las quimeras.
No faltaba en la comitiva que se dirigía a Valencia quien dejase aparte la cruzada y hablara discretamente de las auténticas intenciones del viaje: reforzar la alianza entre la Corona de Aragón y los Estados de Borgoña; formar un círculo de seguridad en torno a Castilla y, sobre todo, alrededor de Francia, los reinos más poblados, ricos, expansivos y voraces del continente. Podían contar con el Imperio, con Inglaterra, con Portugal… Se comentaba lo útil que habría sido incorporar en el proyecto a la Provenza —en poder de los Anjou—; a la Lorena, que se estaba inclinando por el delfín de Francia; a la Bretaña, cuyo duque Juan V, que había sido educado en la corte borgoñona, demostraba una voluntad de independencia similar a la del borgoñón y, el año 1423, había suscrito en Amiens una alianza con Felipe el Bueno y el duque de Bedford, tutor de Enrique VI de Inglaterra; al ducado de Saboya…
Mientras se discutía de tan alta política, las uvas tersaban su piel madura entre los pámpanos, adormecidas por el zumbido de las abejas. El oficial del rey que debió recibir en la Vilanova del Grao a los embajadores se llamaba Ferran Domingo y era probablemente muy versado en las innumerables delicias que produce la huerta valenciana y que Francesc Eiximenis (el framenor que tan acertadamente asesoró a los síndicos hasta hacía unos veinte años y cuyo recuerdo permanecía aún muy vivo) había intentado enumerar en sus populares escritos. Quien de eso informaba a los miembros de la comitiva no sólo les habría señalado las berenjenas, poco conocidas en los países septentrionales y que estaban entonces en plena sazón; también les habría dado a probar unos higos, fruta incluso más extraña para los flamencos.
Cabalgaba la comitiva al paso despacioso que requiere el disfrute de tantas sensaciones desusadas. El maestro Jan andaba por la treintena larga. Su familia provenía del norte brabanzón, si bien él había nacido en Maeseick, a orillas del Mosa, en la diócesis de Lieja. Juan de Baviera —que, además de conde de Holanda y de Zelanda, era príncipe-obispo de esa diócesis— lo empleó pronto en la decoración de su palacio en La Haya. Al morir este protector en 1425, Jan van Eyck se puso a las órdenes de Felipe el Bueno de Borgoña, quien se percató pronto de las virtudes de su nuevo servidor y lo nombró pintor de corte y valet de chambre. El artista se estableció,
con el nuevo empleo, en Lilla, si es que podía establecerse en parte alguna quien tan cerca debía permanecer de un duque que tan pronto se desplazaba
a Bruselas como a Gante e, incluso, a Dijon. Por encargo de su señor, tenía que llevar a cabo, asimismo, delicadas misiones en lugares que no le era dado mencionar, estando —como estaba— la Francia entera en guerra.
Cuando las ocupaciones se lo permitían, Jan van Eyck se acercaba a visitar a su hermano Hubert. Llevaba ya este un par de años trabajando en el monumental
políptico que le habían encargado un buen burgués y su esposa para la iglesia de San Juan de Gante. A Jan, le había preocupado mucho, durante todo su viaje, la salud de Hubert —que le superaba en edad más un cuarto de siglo—, pues lo dejó enfermo al embarcase en el navío encargado de llevarle a Valencia sin hacer escalas; a dreta via, que dicen los marineros. Como pintor, todo se lo debía a Hubert, pensaba el maestro Jan. De él, había aprendido a mezclar los pigmentos con aceite de linaza y a extenderlos sobre el liso albayalde de la tabla en forma de finas veladuras que daban una transparencia al color que jamás nadie había logrado con anterioridad;
ni siquiera Robert Campin, capaz de hacer del aire y de la luz materia viva.
Cuando Jan dejó Flandes con destino a Valencia, su hermano Hubert tenía ya bastante adelantada la tabla central del políptico de Gante, la cual incluía la Ciudad de Dios. Había situado esta imagen agustiniana entre deliciosas arboledas, al fondo del prado donde los coros angélicos alababan al Cordero Místico. Comenzaba ese burgo celestial ya a erizarse de torres inspiradas en los belfrois de las ciudades flamencas, y de campanarios más bellos aún que el de la catedral de San Martín, en Utrecht;
coronados por agujas y linternas imposibles. Nadie podía haberlas soñado más hermosas.
En esas elucubraciones estaba el pintor-valet de chambre cuando la ciudad se le presentó esplendorosa al otro lado de un río cruzado por puentes de cuidadosa cantería y con más amplitud que caudal; mucho mejor murada que Brujas y con soberbias puertas.
El bellísimo y etéreo cimborrio de la seo, en cuya cubierta aún se trabajaba, se erguía en mitad del compacto caserío que había brotado del verdor como una rara planta en medio de un vergel. Las torres que igualmente asomaban por encima de los adarves parecían también obras inconclusas. Del mismo modo que en Flandes y en tantos otros sitios que Jan Van Eyck conocía, se trabajaba infatigablemente en Valencia. “Así es el caso. El campanario de la catedral, que es exento, deberá rematarse con una alta espira calada; los canónigos piensan ya en ello y hasta han encargado una muestra”, quizás les informó Ferrán Domingo.
“También se habla en Malinas de levantar una torre de campanas de casi seiscientos pies de altura para la catedral de San Romualdo, que, así, se convertiría en la más alta de la cristiandad. Y se ha pensado asimismo para Santa Gúdula de Bruselas y Santa María de Amberes, cuya fachada de poniente se está aparejando ahora, sendas torres gemelas rematadas asimismo por agujas caladas de tan gran altura que tal vez no se llegarán nunca a concluirse… si es que llegan a comenzarse. Ni siquiera se ha construido aún en Brujas los remates de la iglesia de Santa María y de la torre de la Lonja de los Paños. El mundo entero está en obras; pintar como querer”, pensó tal vez el maestro Jan, dedicando para su coleto una sonrisa a la proverbial exageración de sus paisanos. Por su parte, Ferran Domingo pudo proseguir así: “En cualquier caso, es la arquitectura de aquí; la encontraréis desde el Ródano al Segura y desde Aragón a Chipre; en la Provenza, en Sicilia, en Cerdeña… Los mismos campanarios de planta octogonal, las mismas cubiertas en terraza, los mismos muros lisos, los mismos volúmenes de geometría escueta, los mismos contrafuertes… Así lo exigen el clima y una manera de diseñar y obrar que bebe en el saber heredado y que es más ingeniosa y compleja de lo que parece”.
El Palacio Real de Valencia, a donde la comitiva se dirigía, era un espléndido edificio situado entre jardines y junto a una gran plaza conocida como Llano del Real, en la orilla izquierda del río. De adusta y solemne arquitectura, debía recordar, se dijo seguramente Jan van Eyck, a las construcciones que habían hecho los cruzados en Tierra Santa, en Rodas o en Chipre y que describían los peregrinos, si no hubiera sido por la delicadeza de sus detalles y por lo ameno del lugar. A pesar de hallarse cubierto en buena parte de andamios por los que trajinaba un enjambre de obreros y de estar las cubiertas erizadas de grúas, tenía una apariencia antigua, falto de las torrecillas y pináculos con que se adornaban y competían entre sí, no ya las torres de la Ciudad de Dios que estaba imaginando Hubert, sino los castillos, las catedrales, las lonjas y los ayuntamientos que se estaba levantando o se quería levantar en Flandes, en Brabante, en Holanda… Emanaba, sin embargo, una rara armonía, una elegancia extrema frente a esas catedrales francesas que parecen enormes langostas varadas o esos alcázares de ensueño salidos de las páginas de un libro de horas.
Recorrían la orilla opuesta del río los muros de la ciudad, provistos de foso y bien defendidos por sólidas albarranas. Delante mismo del palacio se levantaba el portal del Temple, junto al hostal que había sido de la disuelta orden y que pasó después a la religión de Montesa, creada por el rey Jaime II y aprobada en 1317 por el papa Juan XXII, y, hacia la izquierda, el de la Trinidad, jalonado por dos torres de planta cuadradas muy robustas, y, más allá, el dels Serrans, la más espléndida puerta que Jan van Eyck había visto nunca, ya que apenas se le puede encontrar par alguno en toda Europa, y, donde la muralla giraba hacia el noreste perdiéndosele de vista, el Portal Nou, al que flanqueaban dos esbeltas torres semicirculares… A cada una de ellas conducía un puente de varios ojos; incluso a la que se abría hacia palacio y que casi no era más que una poterna en la muralla.
El Real –que así se conocía la residencia del rey– estaba orientado al sur, como corresponde en estas latitudes, y constaba de dos cuerpos coronados por almenas. El del lado oriental, de menor tamaño, tenía patio central con escalera exterior que daba a una galería de elegantes arquillos y cuatro torres angulares. Se le conocía como el Real Petit o el Real Vell, ya que era la parte más antigua, auque, cuando Jan van Eyck pudo haberlo visitado, se encontraba en obras. Trabajaba por entonces allí un maestro picapedrero llamado Guillem Just, de gran pericia –debió pensar maese Jan de Burgundia– a la hora de construir las bóvedas que se conoce como tabicadas y, sobre todo, de labrar esas bíforas y tríforas y hasta cuadríforas de finísimo parteluz, tan elegantes, que tanto proliferaban en el palacio y que tan características son de todo hostal que se precie en cualquiera de los estados de la Corona de Aragón. Habrían impresionado, sin duda, a maese Jan la finura en el corte de la piedra, en la carpintería, en los acabados y yeserías, en la labra de las portadas, en los paramentos y, muy especialmente, en los suelos de azulejos decorados con los emblemas del rey y salidos, sin duda, de los mismos alfares de Manises o Paterna de donde procedían las cerámicas de lustre que tan apreciadas eran en Flandes. Todo este cuerpo oriental se adelantaba unas veinte varas con respecto al otro, y se le había ido adosando, a lo largo de su fachada, una serie de edificaciones de baja altura que albergaban caballerizas y las jaulas destinadas a las fieras, que tanto gustaban tener en sus palacios los monarcas aragoneses y que ciertamente habrían impresionado a Jan van Eyck, que no debió tener las cosas nada fáciles en Flandes a la hora de pintar el doméstico león que siempre acompaña al San Jerónimo ermitaño.
Los dependencias reales se hallaban en el cuerpo occidental, construido en torno a dos patios. El más cercano al Real Vell era de bastante mayor tamaño que el otro. En él desembocaba la entrada principal del conjunto palaciego. Albergaba una monumental escalera construida en tiempos del rey Pedro el Ceremonioso al modo que se estilan en los dominios aragoneses aunque de un tamaño monumental, si bien algo deteriorada ya, así como el paso al patio chico. En torno a él, se ubicaban las dependencias del mestre racional, cubiertas por bóvedas de crucería, la audiencia, las cocinas de respeto y el horno, con su gigantesca campana octogonal, las caballerizas… En el lado este de la planta alta, los apartamentos del rey, cuya más noble estancia era la llamada Cambra dels Àngels, cubierta por bóveda de crucería con claves decoradas. Estaba situada esta pieza en el ángulo de levante, entre la portalada de acceso y el callejón que separaba del Palau Vell todo este cuerpo. Sobre ella se iba a levantar, años más tarde, una pieza de rica techumbre lígnea sustentada, como por arte de encantamiento, por una esbelta y liviana columna central.
El salón que desde la Cambra dels Àngels recorría la fachada del palacio daba acceso al bloque situado en torno al patio pequeño, al espacio donde se ubicaban los apartamentos de la reina María, remozados hacía poco. Eran estos casi autónomos en relación con el conjunto áulico. Contaban con sus propias cocinas, sus dependencias de servicios, su aljibe, sus dos capillas y su oratorio privado, su dormitorio regio, su salón de respeto, sus miradores sobre los huertos de poniente… La escalera que daba acceso desde el patio a la planta alta desembocaba en una galería de finos arquillos ojivales.
Parte de la comitiva borgoñona pudo bien haberse hospedado en el palacio real, por gracia del monarca, mientras otros miembros del séquito lo hacían en conventos y casas nobles. Podríamos imaginar, con cierta dosis de optimismo, a Jan van Eyck alojado en la conocida como Casa dels Marbres, una elegante estructura construida sobre arquerías en el ángulo noroeste de la planta baja del bloque principal, justo debajo de los apartamentos del rey. La Casa dels Marbres contaba con pequeños estudios o retiros, amables estancias que daban a huertos, fuentes y albercas.
El rey tardó a no dudar su tiempo en conceder audiencia a los borgoñones. Todo un éxito, en cualquier caso, si se tenía en cuenta los vientos de guerra con Castilla que soplaban y lo que había tardado el monarca en recibir a Pedro de Foix, el legado pontificio, que llevaba más de año y medio intentando convencerle de que reconociese a Martín V como papa. Alfonso de Aragón, a las cuatro décadas de haber retirado su obediencia a Benedicto XIII, muerto desde hacía cuatro años en su fortaleza de Peñíscola, reconocía ahora al sucesor del último papa aviñonés, a quien sus cardenales habían coronado –asimismo, en Peñíscola– con el nombre de Clemente VIII.
“El rey Alfonso no volverá a reconocer como papa al obispo de Roma en tanto este no deje de apoyar las pretensiones de Luís de Anjou al trono de Nápoles y le reconozca a él como soberano”, les debió aclarar Ferran Domingo. Mientras tanto, Alfonso de Borja, excelente jurista y consejero real, trabajaba en la redacción de los términos en que Clemente VIII debería renunciar a la tiara en favor de Martín.
Tan sutil muestra de política práctica llamó en verdad mucho la atención de Jan van Eyck. “¡Pocas cruzadas se podrá reunir así!”, pensó el maestro. Era él muy inclinado a religiones más humildes, a esa devotio moderna que habían iniciado los holandeses Florentius Radewyn y Geert Grote, que predicaba el renano Tomás de Kempis, que había echado raíces entre los burgueses flamencos y que prosperaba asimismo en Valencia; en el círculo de Bonifacio Ferrer, hermano del famoso fray Vicente.
La forzosa espera permitió a van Eyck deambular casi a su albedrío por palacio. Lo que realmente le impresionó de aquel vasto complejo de salones y dependencias no fueron ni los ricos artesonados ni las pinturas y tapices que lo decoraban y ni tan sólo que se asegurase que el alcázar de Valencia guardaba la mismísima copa de la Santa Cena, que para sí habría deseado Galahad, o siquiera que albergase los animales exóticos que allí se había traído desde reinos lejanos, sino las amenidades que lo rodeaban y que también hacían nido en patios, patinillos y jardines. Se quedó en verdad extasiado al adentrarse en el rumoroso verdor, al mirarse en las albercas y en los placeres que proveían de pescado fresco a la real mesa, al escuchar el canto de las fuentes y los canalillos de riego.
Nunca en Flandes había sentido él una especial querencia por la sombra o el agua. En aquellas latitudes nubosas y umbrías, en aquel país llano donde la mar, los ríos y las neblinas se confunden con las brumas del cielo, todo eso era, más bien, un castigo a domeñar. Entendió de pronto, entonces, a los campesinos que, mientras venía del puerto, había visto comer (siempre al amparo de una parra o a la amable sombra de un árbol) o que, comidos ya, dormían cuan largos eran… a la sombra también.
El maestro Jan se pasaba horas enteras disfrutando de unos enervantes colores y aromas que no había siquiera imaginado, que ni en Italia se daban. Sabía ya del buen hacer de esos jardineros valencianos que aún recitaban sunas al alquible. Hasta había entrevisto a alguno de esa torpe secta ejerciendo de mozo de cordel en el embarcadero o saboreando su alculcuz junto a una barraca. Pero nunca antes se había topado con caquiteros, con granados, con naranjos, con esos árboles preciosos que se criaba con tanto primor en huertos recoletos y menudos, hechos a imagen del paraíso, y donde a toda hora murmuraba el agua de una fuente, tan cerrados como el edén, protegidos como vírgenes al amparo de muros de hiedra, de boj, de mirto, de laurel, de jazmín… Ni en el Romance de la Rosa vivían pensiles tan amables, tan recoletos, tan rumorosos.
Cuando la embajada borgoñona llegó al real de Valencia, todavía las naranjas que se cultivaba en sus huertas eran verdes y menudas. Para la festividad de Santa Margarita se habían convertido en los espléndidos frutos de vibrante color leonado que el maestro Jan había podido contemplar en muy raras ocasiones. Casi una premonición, pues Santa Margarita es, precisamente, la patrona del matrimonio, y, la naranja, símbolo de la fecundidad y de los placeres del paraíso perdido. En ese momento pensó que estaría bien incluir ese fruto en una tabla que querría hacer y que esperaba no tardasen en encomendarle; una pintura en la cual se glorificase el matrimonio: el de sus propios padres, quizás, o, mejor, el de él mismo y Margarita, su prometida. No sería, por tanto, una imagen religiosa y ni siquiera los personajes terrenos aparecerían ahí a manera de donantes, como los retratos de Joos Vidjt y su esposa Elisabeth Borluut que deseaba incluir Hubert en la parte trasera de su políptico. No sabía aún Jan van Eyck que el banquero lucano Giovanni di Nicola Arnolfini iba a encargarle, siete años después, que le hiciese dos retratos; uno, de él mismo con su esposa en homenaje al amor conyugal y a la maternidad; el otro, para su solo goce y que representaría la santificación del vínculo.
De Alicante llegaban al Escalda cueros, azafrán, anís, vinos y frutos secos; de Valencia, cargas enteras de azulejos para solados (que, normalmente, hacían el viaje en tinajones y servían de lastre a los navíos), de platos, escudillas y albarelos de ese lustre azul y dorado que he mencionado ya y que sólo en los alfares de Manises o Paterna sabían hacer algunos moros, vasallos de caballeros de tan noble linaje como los Boïl. Valencianas eran las vajillas más costosas que se podía poner sobre una mesa entonces, y hasta el duque Felipe tenía intención de encargar dos juegos muy lujosos, decorados con sus señales heráldicas. Fruta tan delicada como la naranja no resistía bien, sin embargo, aunque la metiesen en arena, los dos o tres meses que normalmente llevaba a un barco mercante subir hasta Flandes, y casi siempre era preciso degustarla confitada.
Las naranjas frescas que Jan van Eyck pudo haber visto habían viajado seguramente en el zurrón de algún discreto correo, de un jinete experto y bragado, capaz de cubrir en dos semanas, por la ruta más corta, las cuatrocientas leguas que hay entre Valencia y Dijon, y, en ocho días más, plantarse en Bruselas o la menor distancia que hay que recorrer si se sale de Provenza. Mala época, aquella, sin embargo, para recorrer cualquier lugar del reino de Francia, a causa no sólo de los salteadores, los ladrones, los asesinos, la guerra y las banderías entre armañacs y borgoñones, sino, muy especialmente, por las partidas de mercenarios dedicados al pillaje que infestan los caminos entre campaña y campaña.
Únicamente cuando el maestro paseaba en solitario por los jardines y la huerta de palacio podía alejar de sí las tribulaciones propias y las miserias del mundo. Aquellos vergeles le hacían pensar en otro planeta; uno en el cual la Ciudad del Hombre se elevaba hasta fundirse con la Ciudad de Dios. Era muy capaz de imaginarlo y sabía que también seria capaz de hacer que sus colores y pinceles lo cantasen a mayor gloria del Creador. En el mismo instante en que esa idea le vino al magín, se le ocurrió también que, cuando estuviese de vuelta en Flandes, suplicaría a Hubert que, encima de la vegetación centroeuropea y nórdica que su hermano había incluido ya en el Cordero Místico, pintase los árboles y las plantas que estaba él viendo en Valencia, o, mejor, que le permitiese pintarlos en alabanza del Señor. Pintaría naranjos, y palmeras, y cipreses, y limoneros… Y hasta una gran imagen de Eva como Dios la trajo al mundo y ofreciendo a Adán… una naranja, símbolo indudable del Edén.
También aprovechó Jan van Eyck que el rey Alfonso se demorase en recibir a la embajada para visitar la ciudad; para admirar sus edificios principales, deambular por plazas y callejas, conocer a quienes las poblaban, ver lo que estaban haciendo allí los pintores… Pudo contemplar entonces los soberbios palacios de la nobleza, la multitud de parroquias y concentos y hasta el fastuoso burdel y la morería, una especie de ciudad murada dentro de la ciudad donde habitaban los moros de la aljama de Valencia, los cuales se regían en muchas cosas según sus propios usos y leyes, hecho, este, que le sorprendió en gran manera.
No sería extraño tampoco que el artista y algún componente de la selecta embajada borgoñona desearan llegarse a Játiva, la segunda villa del reino, construida a la sombra de un castillo notable y donde se fabricaba un excelente papel que bien podría servir para hacer copias de documentos o para los apuntes y bocetos que el maestro garrapateaba, sin duda, a cada paso. No obstante, la idea no resultó ser demasiado afortunada; por el momento, al menos. Jaime II de Urgel, padre de la princesa Isabel, había sido trasladado hacía muy poco al castillo de esa ciudad tras muchos años en estrechas prisiones de diversos lugares. Acaso los salvoconductos para ir a Játiva no llegaran, todo eran evasivas a la hora de preguntar por la hija del cautivo… Las gentes se hacían lenguas, sí, de la belleza tanto de doña Isabel de Urgel como de sus hermanas, Leonor, Juana, Catalina… Y también de su pobreza extrema. De títulos, tierras, castillos, dineros y hasta vestidos había despojado el rey Fernando, padre del Magnánimo, a la familia del conde de Urgel, que había osado alzarse en armas contra la decisión tomada por los compromisarios de Caspe de elegir como rey de Aragón a Fernando de Trastámara, en detrimento de unos derechos suyos que, si no mejores, si eran tan buenos como los del elegido. No mejoraría sustancialmente la situación de Jaime de Urgel con el acceso al trono del rey Alfonso. Uno se pregunta, por tanto, que indujo a los borgoñones a fijase en una doña Isabel, por muy princesa de sangre real que fuese, como futura cónyuge del duque Felipe. Quizás no fueran, sin embargo, tan desencaminados esos planes de boda, pues, en ausencia del enlace borgoñón, otros, nada malos, aguardarían a la descendencia de D. Jaime. En cualquier caso, el rey Alfonso quería ser el único en decidir sobre el matrimonio de las hijas del depuesto conde de Urgel, pues no en vano eran deudas suyas… y personas a vigilar muy de cerca, ya que la causa urgelista aún contaba con partidarios.
Podemos aventurar que Jan van Eyck, si no estuvo en Játiva, bien pudo llegarse hasta Sagunto –conocido, entonces, como Morvedre– durante el período de espera para la audiencia real. Se trata, ciertamente, de una hipótesis difícilmente corroborable, de una pura elucubración. Cabe, aun así, imaginar que un artista con la indudable sensibilidad hacia las antigüedades romanas que él demuestra en las arquitecturas que incluirá en su retrato del canónigo Van der Poele se sentiría atraído por el Saguntum que sirvió de casus belli de la Segunda Guerra Púnica. Le habrían informado sobre la presencia de vestigios romanos… y allí se dirigió.
Es harto improbable que el artista encontrara entre las ruinas de la Sagunto romana columnas de jade y lapislázuli, pero, cuesta arriba por replazas y estrechos callejones hacia la antigua ciudadela, castillo fuerte y que había sido también fortaleza de los moros, sí halló, en cambio, una nutrida judería. La muy floreciente que hubo en la ciudad de Valencia había sido prácticamente aniquilada en los disturbios de 1391 y los pocos miembros de ella que aún quedaban se habían visto forzados a convertirse a toda prisa y hacerse pasar por cristianos devotos asistiendo con prontitud a cuanto orapronobis se rezara en la iglesia de Santa Catalina. Por lo que hace al resto del reino, apenas sobrevivían renqueantes las aljamas de Játiva y Sagunto. En concreto, la de este último lugar se hallaba en plena fiesta cuando Jan van Eyck pudo visitarlo.
Imaginemos que el hipotético paseo de Jan van Eyck por la judería saguntina tuvo lugar hacia principios de octubre. El maestro no sólo era hombre de religiosidad bien arraigada y muy vivida, sino también de cultura, poseedor de ese conocimiento bíblico que todo buen pintor debe tener. Sabía, por tanto, lo que se estaba celebrando en el call de Morvedre: la Fiesta de los Tabernáculos, el Sukkot, que describen el Levítico y Macabeos y que tiene lugar preciosamente a lo largo de siete días de comienzos del otoño, coincidiendo con el fin de la vendimia; “las Cabañuelas”, la llamaban a veces los cristianos en esa lengua castellana que comenzaba a oírse por Valencia desde el ascenso al trono, en la Corona de Aragón, de la dinastía de Trastámara. Curiosamente, el castellano no sólo era la lengua que habían aprendido mal que bien aquellos que deseaban medrar en la corte –pues era la del rey Alfonso, nacido en Medina del Campo– sino también la que habían mamado desde niños buena parte de las criadas, palafreneros, mozos de cuadra y no pocas coimas del bordell o de esas otras más tiradas y que, de noche, hacen sus avíos junto al muelle o en el camí de les Moreres.
Si bien los judíos habían sido expulsados de la mayoría de los territorios reales franceses un siglo y un par de décadas antes de que Jan van Eyck arribase a Valencia y, en 1347, de buena parte del Imperio, los edictos de extrañamiento no fueron llevados a cabo con excesivo rigor. Hacía apenas un par de años desde la proclamación de decretos similares en Colonia y, por más que la inquietud fuese patente en las juderías de otras grandes urbes germánicas, las comunidades hebreas eran aún muy numerosas allí y gozaban de buena salud relativa. Sin duda, Jan van Eyck había sido testigo –tal vez, en Flandes, en Holanda o en su Limburgo natal– de cómo los judíos expresaban su alegría en mitad de la desventura de los tiempos. Al igual que estaba presenciando en Morvedre, construían cabañas a través de cuyas cubiertas enramadas podía verse el cielo y, en las noches endrinas, las estrellas, a manera de rememoración de los cuarenta años que duró la travesía de sus mayores por el desierto desde Egipto a Canaán. En la sinagoga, se entonaba salmos de alabanza y acción de gracias a Jehová mientras los fieles agitaban alegremente el lulab, una rama de palmera de al menos dos pies de longitud, adornada con una especie de limones pequeñitos y en cuya extremo inferior se había atado, con tiras de las propias palmas, tres tallos de mirto, a la derecha, y, dos brotes de sauce, a la izquierda. Plutarco y, de nuevo, Josefo dieron ya cuenta de ello.
– Et quod ista mella ist? –“¿Y qué es esta fruta?, pudo haber preguntado maese Jan en un pedregoso latín al saguntino que le pareció más docto y menos bozal, refiriéndose a ese fruto bulboso como un sapo.
-Un etrog, un poncil, una cidra –fue la respuesta, como quien se refería a la cosa más normal del mundo.
En Flandes, Jan van Eyck no había prestado atención a ese aditamento del lulab. O, tal vez, pensó, los judíos de allá no lo utilizasen, pues no es posible cultivar cítricos en latitudes tan meridionales. “¿Se servirían de las manzanas?”, tal vez se dijo.
El poncil es un fruto oblongo, que, como el limón, va del verde brillante al amarillo, cuando está maduro. De piel gruesa, sólida y verrugosa, exhala una intensa fragancia. Su pulpa, que es muy ácida y seca las más veces, contiene numerosas semillas, lo cual la convertía, aún más que a la naranja, en símbolo de fecundidad. No es casual que, para el pueblo judío, tan afecto a la prole, la cidrera o cidro sea un árbol, si no sagrado, al menos, sí, de gran nobleza e intrínseca bondad.
Otro pensamiento pudo cruzarse entonces en la mente de Jan van Eyck en presencia de aquel curioso cítrico. Se ha hecho ya referencia a que el maestro barruntaba la idea de pedir a su hermano Hubert que incluyese plantas y frutos mediterráneos en el políptico de Gante o que le dejara incluirlos a él mismo. Había pensado también que, sobre las puertas del retablo, se podría pintar a nuestros primeros padres… y que, en vez de una manzana, Eva ofrecería a Adán una naranja.
Jan van Eyck estaba sin duda al corriente de que las Escrituras nada dicen sobre cuál era la fruta que condujo a la exclusión a Adán y Eva del paraíso terrenal y de que, por tanto, no sólo las manzanas habían optado a ese puesto. También lo habían hecho unas uvas aromáticas y finísimas que colgaban de una especie de tamarindo, de acuerdo con el profeta Enoc; los higos, las hojas de los cuales sirvieron, según el Génesis, para que Adán y Eva cubriesen pudorosamente una desnudez suya que solo tras desobedecer al Creador habían descubierto; las granadas, que aparecen también en mitemas muy similares al bíblico, como aquel en que Perséfone es condenada a pasar seis meses en el Hades por haber comido siete granos de ese fruto… “¿Y por qué no la cidra?”, bien pudo preguntarse Jan van Eyck al ver el etrog en Morvedre o al encontrase con plantaciones de cidros en algunas de las huertas que rodeaban la ciudad. Y un etrog acabó ofreciendo Eva a su esposo en el políptico gantés.
La curiosidad de Jan van Eyck era insaciable y su mente trabajaba sin darse tregua. También lo hacían sus ojos y sus manos. El maestro aprovechó seguramente su viaje a Sagunto para tomar con discreción apuntes de aquellos personajes de aspecto bíblico que deambulaban con su lulab por la judería; con sus largos ropones, las luengas barbas de los ancianos, los peculiares capirotes, la rueda de paño que debían llevar cosida a los vestidos para que los gentiles pudiesen distinguirlos… De hecho, en poco se diferenciaban por lo que respecta a rostro y talle de la mayoría de los cristianos de Valencia. El hombre siempre busca, no obstante, algún rasgo que lo diferencia de sus semejantes, que le haga sentir que él está arriba porque tiene a alguien debajo. Van Eyck intentó, aun así, plasmar a la sanguina sobre el papel de Játiva que había adquirido los rasgos más característicos de aquellas gentes, los que mejor pudieran servirle, más tarde, para caracterizar hebreos en sus tablas. Prefería sacar modelos del natural y no le satisfacían esos rostros distorsionados, caricaturescos, a que tan aficionados eran los maestros renanos y que había visto también en obras de algún pintor radicado en Valencia; de Marçal de Sas, por ejemplo, flamenco como él pero muy hecho al gusto de su ciudad de adopción. Aun así, un artista –pensó– debe haber visto muchas cosas, debe haberlas almacenado en sus cuadernos y, sobre todo, en su mente, a fin de echar mano de ellas cuando la solución de los problemas que le presenta una obra suya en ciernes lo solicite.
– Todo conocimiento es fruto de la experiencia –podemos conjeturar que le repetía uno de esos franciscanos ingleses, pobres sin remisión y que vivían de la caridad en Flandes desde tiempos de Ricardo II.
Debía ser estudioso, el tal fraile, de los escritos de Grosseteste, de Francis Bacon, de Duns Scoto y hasta de algunos alquimistas árabes, y adepto a las enseñanzas de Guillermo de Ockham. “¡Los particulares, hermano Jan; los particulares”, insistiría. Y Jan van Eyck, lógicamente, estaría de acuerdo. Aquella cidra que tenía en la mano era única e irrepetible. La idea de cidra, poncil, etrog o como quiera llamársele le parecía, en cambio, pura ficción.
– Cada objeto representado en una tabla es dueño de su propia perspectiva cuando el que observa la pintura fija sus ojos en él –se había dicho el maestro muchas veces.
Tanto Jan como su hermano Hubert, cuando pintaban, se introducían en la obra; vagaban por ella fijándose, ora en una cosa, ora en otra, ora en un conjunto que no era más que las relaciones entre las piezas que lo conformaban. Todo allí era importante, obra de Dios; desde lo más nimio a lo más sublime; desde un terciopelo recamado a una estameña. Todo, por tanto, debía ser puesto sobre la tabla con el mismo detalle y amor. También cualquier persona, por muy necia o miserable que sea, puede enseñarnos algo; la soberbia –la hybris que condenó a Luzbel– es pecado sumo, origen de todos los pecados.
– Es en el seno de las cosas y de las personas más humildes donde quizás resida Dios con preferencia; un Jesús a quien hemos de descubrir en las múltiples apariencias que adopta. ¿No resultó ser el propio Cristo aquel indigente con quien San Martín compartió su capa? –argumentaba a veces Jan a su hermano Hubert, que no pensaba de manera muy distinta. No es de extrañar que San Martín de Tours tanta devoción suscitase en grandes ciudades mercantiles, ufanas de sí y, a la vez, acongojadas por la culpa.
Jan van Eyck había oído eso de la perspectiva a un toscano que ganaba buenos dineros con el comercio entre su país y Brujas. Iba el mercader con frecuencia a Italia, y cabe imaginar que le hubiese hablado de un joven que se encontraba, a la sazón, pintando, para el convento florentino del Carmen, una serie de esos frescos que tanto gustan en Italia. Como “Masaccio” se le conocía, por más que se llamase Tommaso di Mone Cassai… o un trabalenguas parecido.
El mercader toscano explicó tal vez al maestro flamenco que la visión que tenemos de los objetos puede ser reducida a una fórmula que vale para explicar cualquier caso que de esa regla abstracta se pueda deducir. “Hay un solo punto de vista –el nuestro– que nos organiza la visión de las cosas por medio de esas líneas ideales que fugan hacia el horizonte y que empequeñecen y difuminan lo que miramos según la lejanía en que se encuentre de nosotros”, pontificaba. Él mismo se había hecho realizar unos dibujos que reproducían con fidelidad extrema, según aseguraba, las obras o proyectos de Masaccio y que enseñó, lleno de patriótico orgullo, al maestro Jan.
No, no le gustó al flamenco eso del punto de vista único. Tampoco creía en una verdad única… como no fuese la unicidad de Dios, y, eso, porque lo enseñan la fe y la Santa Madre Iglesia. Sin embargo, cuando reconsideró el tema en la soledad de su estudio, acostados ya los aprendices, sintió miedo. Barruntaba: “Un mundo terrible es aquel en el cual la realidad tiene que hacerse a la ley abstracta, a la norma única y escueta, en el cual tanto vales, así te pinto; tan lejos estás, ahí te quedas; sin rostro, sin rasgos… Aun así, le gustaría ver la obra de ese Masaccio. Se prometió que alguna vez bajaría a Florencia para hacerlo.
Si todo el mundo se hacia lenguas de la capital toscana, tampoco Valencia debía andarle muy lejos, se pudo decir el maestro Jan al entrar por primera vez en la ciudad por el portal de Serranos, esa imponente fortaleza con puente levadizo, rastrillo y puertas de doble batiente, bien servida de matacanes, saeteras y troneras; jalonada por dos imponentes torres. Aquel castillo era, a la vez, ponderado y grácil arco de triunfo que no tenía necesidad de disfrazarse de romano. En su fachada trasera, la que miraba al interior de la ciudad, grandes aberturas dejaban al descubierto las amplísimas estancias…
“Para que el brazo militar o alguna bandería no se haga nunca fuerte contra sus conciudadanos”, explicaría al maestro uno de esos paseantes siempre dispuestos a la cháchara que tanto abundan en el sur.
– Ni los venecianos tienen tan buen gobierno –aseguró al flamenco el halconero-poeta que tanto estimaba el rey. Sea como fuere, se percató pronto el pintor de que Valencia gozaba de oficios públicos, instituciones, fueros y libertades comparables de forma ventajosa a los que poseían las más libres ciudades de la Hansa. Era casi imposible creer que aquella urbe había sido musulmana hacía poco menos de dos siglos. Apenas quedaban ya rastros reconocibles de la ciudad anterior a la conquista de Jaime I: varios lienzos de muro jalonados por torres mochas, callejones angostos y sin salida, baños embutidos en los muros de una casona…
Jan van Eyck seguramente visitó muchas iglesias: la del convento de hospitalarios, la más antigua de la ciudad; San Lorenzo, San Salvador, donde se veneraba un Cristo que atraía innumerables devotos; San Nicolás, la más noble y elegante; San Esteban, donde cristianaron a fray Vicente Ferrer… “Santa Catalina, de tres naves, atiende, sobre todo, a los plateros”, le comentó alguien con un guiño malicioso. Ah, y San Juan del Mercado, la parroquia más vivaz, a fuer de acudir a ella las lozanas labradoras y mujeres pizpiretas que vendían el pescado, con su impecable mandilón y su lengua chocarrera. Esto último se lo había aclarado un respetable físico de tantas devociones como procaz ingenio y que atendía por Jaume Roig. Tampoco faltaban allí los timadores y los guapos, y precisamente allí también tenían lugar, como se ha dicho, las justas y torneos. No menos numerosos eran los vástagos de casa noble amigos de la gresca y siempre preparados a echar mano a la daga para saldar con sangre ofensas nuevas y diputas viejas. Sobresalía, entre ellos, Galcerán Martorell, hermano de un canónigo y paborde de la seo de Lérida e hijo de un caballero cuyos señoríos rebosaban de deudas e hipotecas pese a haber gozado, en tiempos, del favor del rey Martín. Le acompañaba a menudo en sus correrías con otros caballeretes y donceles tan picajosos como él su hermano Joanot, quien, con poco más de tres lustros encima, y a pesar de decirse que hacía ensayos con las letras, demostraba que asimismo iba a tener siempre la lanza en astillero.
Las gentes aguardaban cada día el tañido de las campanas de la seo, que marcaba los ritmos de la ciudad. La catedral, tan amplia y clara, había quedado, como tantas otras, a medio hacer. Se trabajaba en el bien labrado antepecho de la terraza del campanario. Se hablaba de unir la fábrica principal con la exenta torre de campanas, añadiendo un tramo a las naves. Se hablaba; sencillamente, se hablaba. Pocas veces había visto, sin embargo, Jan van Eyck tantas y tan valiosas reliquias, tan ricos altares, tan preciosos ornamentos litúrgicos… También los conventos eran de una magnificencia extrema. Nunca olvidaría seguramente el maestro la impresión que sin duda le produjeron la grandiosa fábrica de los franciscanos o las esbeltísimas columnas del aula capitular de los dominicos y el soberbio y, a la vez, delicado claustro de este opulento cenobio. Le llamaron, asimismo, la atención los hospitales y, más que cualquier otra cosa, el burdel, donde las mujeres del arte faenaban sin necesidad de pagarse un proxeneta en albergues rodeados de jardines y que contaba, incluso, con un médico pagado por el común, pues nunca había visto tanta policía en lugar tan vil. La piadosa y poco agraciada reina María deseaba alejar de aquel lugar las miradas curiosas, cercándolo con una elevada tapia, pues las pupilas que allí tenían asiento exhibían sus encantos sin pudor a la luz del pleno días o de hachones generosos. Nadie parecía hacerle mucho caso.
“¿Y qué he de decir de la abundancia y calidad de los palacios, de sus patios y escalinatas y salones de respeto? No sabría asegurar si son de nobles o de patricios acaudalados. Todos ellos cuentan con bíforas o tríforas trilobuladas de finísimo ajimez, con puertas de dovelas, torres, arquerías ventilando amplios desvanes donde los gusanos de seda laboran en silencio. El mismo aire de familia muestran los grandes edificios del común y de la Iglesia: el Ayuntamiento, el palacio episcopal, la casa del limosnero… Es recuerdo, tal vez, de aquel reino cruzado de hace apenas dos siglos y en el cual había que construir con rapidez a partir de formas y materiales conocidos y resolver problemas acuciantes”
Eso mismo pudo haber escrito Jan a su hermano Hubert, porque eso mismo era lo que hacían los Van Eyck: resolver problemas; pictóricos, en el caso suyo. La mente de los dos hermanos funcionaba en sintonía con la ciudad gótica, cuyos arquetipos más logrados se encontraban, precisamente, en Flandes, a lo largo del Rin, en el norte itálico y en aquella Valencia flamígera que estaba comenzando a dar sus mejores frutos.
Como sin duda había explicado a los dos Van Eyck aquel framenor occamista que deambulaba por caminos y veredas, la mente, en presencia de un caso oscuro que pugna por resolver, intenta encajar los retazos de información que la experiencia ha acumulado en ella. De pronto, esas piezas se organizan en forma de regla que resuelve el caso oscuro, el cual, a su vez, verifica la regla. Quien busca resolver un problema actúa, por tanto, como haría quien gira el tubo de un calidoscopio, para que, en el momento más inesperado, los cristalillos de colores construyan una figura armónica. “Abducción”, se llama esa figura del raciocinio que expone Charles Pierce, que explican Umberto Eco y Thomas Sebeok y que muy bien ejercita Guillermo de Baskerville, trasunto del de Occam.
Nuestro Jan van Eyck no habría teorizado así las cosas; sencillamente, las habría hecho. Por lo pronto, en aquella Valencia de 1426, tomaba notas, trazaba apuntes, se llenaba la mente de formas, aromas, sonidos y colores. No podía hacer más; el rey Alfonso había dado finalmente venia a la embajada borgoñona para que esta le presentara sus respetos en el Palacio Real.
Cuando el maestro liberó despaciosamente del lienzo de terciopelo carmesí la tablilla con el retrato del Felipe el Bueno que había pintado en Flandes a fin de que doña Isabel de Urgel conociese el rostro del duque, las facciones del rey se iluminaron. Permaneció don Alfonso mudo largo rato, inmóvil la vista en la pintura. Ora la observaba con atención, ora dirigía la vista al maestro. El Magnánimo no había visto nunca al duque. Jamás se había encontrado tampoco con una manera tan detallada, minuciosa y bella de pintar a los hombres y a las cosas; las joyas, los tejidos, la textura de la piel… Los colores brillaban delicadamente. Dejaban traslucir matices que el ojo más agudo apenas si es capaz de captar.
La embajada no tuvo éxito a la hora de concertar los esponsales que el duque pretendía. Es posible que los borgoñones se dieran cuenta entonces de que Isabel de Urgel provenía de un linaje demasiado díscolo. Todo queda, sin embargo, en conjeturas. También cabe pensar que el rey Alfonso acariciaba otros planes para su sobrina Isabel, pues durante el verano de 1428 prometió a esta con el infante D. Pedro, duque de Coimbra y segundogénito del rey de Portugal. Ciertamente el Rosellón había sido, era y sería manzana de la discordia entre Francia y la Corona de Aragón, y la alianza borgoñona podría ser muy útil si, en caso de peligro, el duque de Borgoña o los arqueros ingleses eran capaces de aliviar la presión francesa creando frentes a sus espaldas. Muy bien lo supo ver Juan II, hermano y heredero del rey Alfonso. Sin embargo, para el Magnánimo el peligro castellano era más acuciante y, por tanto, la alianza portuguesa más práctica por el momento, ya que permitía coger a Castilla entre dos fuegos. Los Trastámaras aragoneses se contaban entre los más grandes hacendados de Castilla y no iban a ceder sus derechos en ese reino; no iban a hacerlo, sobre todo, los hermanos del rey, Pedro y, muy especialmente, Enrique y Juan. Don Alfonso compartía esas pretensiones. Prefería, sin embargo, salvaguardar sus espaldas y poderse dedicar, así, por completo, a sus ambiciones italianas. La embajada borgoñona debía por tanto cambiar de estrategia. Debía volver a Flandes e informar puntualmente al duque, a fin de que este trazara nuevos planes. “¡Lástima!”, debió pensar el artista, pues mucho había disfrutado el viaje, por más que un acontecimiento aciago lo hubiese enturbiado. No sabemos cuando se enteraría Jan van Eyck del fallecimiento de su hermano Hubert, que tuvo lugar el 18 de septiembre de 1426; es decir, encontrándose él a bordo de un navío y de camino hacia Valencia. Las noticias, entonces, tardaban en llegar.
En abril de 1427, una nueva y aún más lucida embajada llegó a Valencia desde Flandes. No se conoce bien lo que hizo el pintor y valet de chambre entre, al menos, diciembre de 1426 y abril del año siguiente. Podría ser que volviera a los Estados de Borgoña. Hay autores que se inclinan, sin embargo, por creer que pudo haber aprovechado el hecho de encontrarse ya en España para ir como peregrino a Santiago. Otros, por fin, afirman que estuvo en Italia y, concretamente, en Florencia. En la capilla Brancaccio de la iglesia florentina de Santa María del Carmen, Jan van Eyck podría haber visto el Adán y Eva expulsados del Paraíso que acababa de pintar Masaccio. Esa visión tal vez le hiciera meditar sobre cómo podrían ser el Adán y la Eva del políptico de Gante. Las figuras del italiano rezuman el espíritu de la antigüedad clásica. También expresan un muy visible patetismo que es ajeno a la sensibilidad de Jan van Eyck y que encontramos igualmente en el Crucificado del fresco de la Trinidad en Santa María la Nueva, obra que Masaccio –muerto en 1428– estaría ejecutando por entonces. No cabe duda de que, si realmente estuvo Van Eyck en Florencia, prestó mucha atención a la manera en que Masaccio trataba la perspectiva. Lo hizo, en todo caso, para incorporar esa información a su propia y muy distinta forma de abordar el problema.
Penny Howell Jolly (1998) señala que, muy posiblemente, Jan van Eyck estudió también en Florencia la Anunciación pintada al fresco que decora la iglesia de Santa Anunciata. Se trata de una obra tardomedieval que, según la autora, él contemplaría teniendo en cuenta las reinterpretaciones hechas por Lorenzo Monaco y por Gentile da Fabriano. Ahí es donde Penny Howell Jolly ve la fuente que aparece en la tabla de la Anunciación incluida en el políptico gantés. Más importante aún: Jan van Eyck pudo apreciar en esa Anunciación italiana, según la misma autora, una intención similar a la que él tenía para la de Gante. La Anunciación de Florencia estaba considerada como milagrosa. Era muy popular entre los matrimonios sin hijos y deseosas de tenerlos. Los Vydts se encontraban en esa situación cuando, en 1432, se concluyó el Cordero Místico. Este viaje de Jan van Eyck a Italia es, sin embargo, del todo discutible.
La segunda y aún más numerosa embajada borgoñona que recaló en Valencia propuso al Magnánimo un nuevo enlace, el de su hermana Eleonor con el duque. Se trataba de una mejor opción para los intereses de Felipe el Bueno y, sin duda, también para los del Magnánimo. Pero tampoco ahora la proposición acabó en nupcias. La infanta hacía un mes que se hallaba prometida al príncipe don Duarte, heredero del reino de Portugal. Se había dado ya a conocer la nueva en todos los Estados de la Corona de Aragón. En las villas de realengo, se estaba recaudando caudales para la boda. No es difícil imaginar la muy probable desilusión del duque al recibir la carta del rey Alfonso en que se le comunicaba la noticia.
Huelga reseñar aquí los festejos que, sin duda, alegraron los dos viajes a Valencia de la embajada de Borgoña. Razón de todo ello nos dan los escribanos. Sí cabe decir que, a la vista de lo infructuoso de su misión, los representantes del duque volvieron a Flandes. El genovés que iba a llevar a la comitiva borgoñona de vuelta a casa fue provisto por el Magnánimo de galletas y otros bastimentos para el viaje. Fue eximido, además, de pagar ciertas tasas y se dio a su barco prioridad sobre cualquier otro. Así las cosas, el armador se llevó con viento bueno y fresco a los embajadores hacia Flandes en septiembre de 1427; no sin antes detenerse en Ibiza a cargar sal, pues ni el ocio ni el negocio de otras personas deben disminuir el justo lucro propio cuando se trabaja para la república ligur y el Banco de San Jorge o para el duque de Borgoña. Meses después, ya en 1428, los legados borgoñones se dirigieron a Lisboa, donde concertaron el matrimonio de su señor con la princesa Isabel, hermana del Duarte y, por tanto, cuñada de doña Leonor, hija del rey Alfonso, y, paradójicamente, de doña Isabel, hija del conde de Urgel. Alfonso el Magnánimo y Felipe el Bueno se convertían, pues, en concuñados. Se tiene plena constancia documental de que Jan van Eyck participó en esa embajada a Portugal y de que, en el curso de ella, pintó dos retratos de la prometida del duque.
Jan van Eyck, a la vuelta de sus viajes al sur, se hace cargo de la finalización del políptico comenzado por su hermano Hubert. Las pruebas radiográficas han mostrado en la tabla de la Adoración del Cordero un paisaje boscoso, semejante a los que se encuentra en Flandes, debajo de la exuberante vegetación mediterránea que se añadió posteriormente. En 1432, Jan van Eyck acabó también “El matrimonio Arnolfini”. En ese cuadro, la esposa del mercader de Luca aparece representada en estado de buena esperanza. Unas cuantas naranjas reposan sobre un mueblecillo auxiliar situado bajo el alféizar de la ventana.
En 1445, Alfonso el Magnánimo se convertía en el primer monarca europeo investido con el collar del Toisón de Oro, la orden caballeresca instituida en Brujas el año 1430 con ocasión de las bodas de Felipe el Bueno e Isabel de Portugal. El monarca residía, a la sazón, en Nápoles, desde donde no iba ya a volver a sus dominios ibéricos. Las idas y venidas de embajadores entre la corte borgoñona y el reino napolitano con motivo de esa investidura incluyeron a personas de un realce todavía mayor que el de los emisarios a Valencia veinte años atrás. Incluían esas embajadas, y las que les siguieron a los, asimismo, miembros de la orden Gilberto de Lannoy, señor de Willerval y de Tronchiennesal y Juan de Croy, señor de Chimay; a Jean Le Fevre de Saint-Remy y al esforzado Jacques de Lalaing, señor de Bugnicourt y espejo de caballeros errantes, que permaneció bastante tiempo en la corte napolitana y admiró a todos con los relatos de sus periplos y aventuras y con su habilidad y valor en los pasos de armas.
Fue el duque de Cleves quien, en 1451 y a la vuelta de una peregrinación a Jerusalén –donde estuvo analizando, por encargo de Felipe el Bueno, la posibilidades de lanzar una cruzada contra Tierra Santa– hizo entrega al duque de Borgoña, de parte del Magnánimo y en justa reciprocidad, del collar de la orden aragonesa de la Estola y la Jarra. El rey inglés Eduardo IV –de la casa de Lancáster– ofrecería la Orden de la Jarretera a ambos príncipes y al emperador Federico III; del mismo modo, en señal de alianza, su sucesor, Eduardo IV –de la casa de York– se la ofrecerá, por idénticos motivos, a Ferrante de Nápoles, hijo natural del Magnánimo, Fernando II de Aragón y a Carlos el Temerario, hijo, a su vez, de Felipe el Bueno, a Juan II de Portugal y a Maximiliano de Austria.
La selecta congregación nobiliaria del Toisón de Oro, con sede en la Capilla Santa del palacio ducal de Dijon, además de actuar de liga para los fragmentarios Estados de Borgoña, convertía la alianza entre Felipe III el Bueno y Alfonso V el Magnánimo en un pacto de honor. Serían también caballeros de la orden Juan II, Fernando el Católico y Ferrante de Nápoles, al igual que reyes y príncipes imperiales, ingleses, portugueses, bretones y saboyanos. Tomaba así pleno cuerpo la Gran Alianza Occidental, como la llamó Vicens Vives; un cerco en torno a Castilla y a Francia, dentro del cual tan sólo quedaría este último reino tras la unión dinástica entre Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Dicha unión encauzaría los poderosos recursos demográficos, económicos y militares castellanos hacia la tradicional dinámica de la proyección exterior aragonesa: alianza con la Borgoña, Portugal e Inglaterra; enemistad con Francia e intervención en Italia. La política matrimonial de los Reyes Católicos y la propia persona de Carlos V serán el resultado del proyecto. Pero esa también es ya otra historia.
Jan van Eyck pudo ver in situ la obra de los maestros valencianos del gótico internacional: el retablo de fray Bonifacio Ferrer, el retablo de la Santa Cruz, obra de Miquel Alcanyís; el monumental tríptico de marcado germanismo atribuido a Marçal de Sas y realizado por encargo del “Centenar de la Ploma”, la milicia de la ciudad de Valencia… Pudo, incluso, conocer personalmente a alguno de ellos; a Pere Nicolau, a Jaume Mateu, a Gonçal Peris, cuya pintura evolucionaba ya hacia opciones más flamenquizantes. Conoció ciertamente a Lluís Dalmau, que iba a ser su más directo seguidor. Jacomart y Joan Reixach –pintores destinados también a convertirse en depositarios directos del legado vaneickiano– eran todavía adolescentes cuando el maestro flamenco estuvo en Valencia.
El magisterio de Jan van Eyck en Valencia se hace pronto notorio. Lluís Dalmau, pintor de corte, forma parte de la comitiva nupcial que acompaña a doña Leonor de Aragón cuando esta acude a Portugal para casarse con el príncipe Duarte. Allí coincide con los legados borgoñones –y, entre ello, con Jan van Eyck– que están negociando las bodas entre la infanta Isabel de Portugal y el duque Felipe de Borgoña. En 1441, Dalmau es enviado a Flandes por el rey Alfonso, a fin de que se familiarice más con el arte del gran maestro. La resultante inmediata del aprendizaje de Dalmau en Flandes llega en 1443 a la Corona de Aragón –y, concretamente, a Barcelona– en forma de la “La Mare de Déu dels Consellers”, con sus impresionantes retratos, su tratamiento de los objetos y del paisaje y su composición estrictamente vaneickiana. De hecho, a partir de la década de los cuarenta del siglo XV, la pintura valenciana puede ser considerada, en su casi totalidad, como una variante de la flamenca, si bien con una fuerte impronta del gusto y la manera de hacer locales. La lista es larga: el flamenco Alimbrot, activo en Valencia entre 1464 y 1479; Jacomart, Joan Reixach y, desde 1660, Bartolomé Bermejo, a quien se debe algunos de las mejores y más bellas muestras del arraigo de la sensibilidad flamenca en tierras del sur, como sucede en su caballeresco San Miguel y en el retablo de Acqui Termi. Y no sólo es el caso de la pintura. Afecta a todos los campos del arte; a la orfebrería, al bordado o a la miniatura de códices, que alcanza un alto grado de perfección y originalidad en talleres como los de Domingo Crespí o de Domingo Adzuara y, sobre todo, en el obrador de Leonart Crespí, que tanta influencia ejerció en Nápoles.
Nunca olvidaría el Magnánimo la experiencia que sin duda le supuso contemplar una obra del mejor de los pintores flamencos. Ya instalado en Nápoles, consiguió adquirir varias pinturas del maestro cuando este ya había fallecido. Hasta hizo reinterpretar en una miniatura de su más íntimo libro de horas la tabla devocional realizada por Jan van Eyck que él conservaba en sus apartamentos de Castel Nuevo: un caballeresco San Jorge vestido de armadura y alanceando al dragón para liberar a la princesa.
Tapices flamencos ornaban los muros de la sala mayor del alcázar napolitano y, a la hora de morir, el monarca quiso tener ante los ojos uno de ellos, el que representaba la Crucifixión y que se había tejido en Flandes según cartones de Van der Weyden. Bartolomeo Fascio, el humanista a sueldo del rey en Nápoles juzgó como los mejores pintores de su tiempo a Van Eyck y a Van der Weyden y, asimismo, a Gentile da Fabriano, cuya obra, delicadamente tardogótica, presenta una marcada impronta flamenca.
También a la hora de proyectar su castillo-palacio sobre las ruinas de un alcázar angevino, Alfonso el Magnánimo eligió un arquitecto gótico: Guillem Sagrera, autor de la Lonja de Mallorca. La tradición constructiva y estilística que este dejó en el reino napolitano pervivirá como símbolo de la dinastía aragonesa hasta el siglo XVI. El que Alfonso V de Aragón y I de Nápoles hiciera labrar en mármol la estatuaria, los relieves y la decoración romanizantes del elaborado portal de acceso a Castel Nuevo se debe seguramente a su afán por presentarse no como conquistador extranjero, sino a manera de príncipe itálico.
La sensibilidad artística valenciana, tal como había sido maleada por la manera flamenca, permanecerá viva hasta ya entrado el siglo XVI. A partir de los años 70 del siglo XV, elementos estilísticos y decorativos de inspiración clásica y de origen italiano se imbricarán en ella. Los vemos, por ejemplo, a caballo entre los siglos XV y XVI, en la obra de Rodrigo y de Francisco de Osona. Se trata, sin embargo, únicamente de detalles ornamentales; de representaciones de elementos arquitectónicos o de piezas de mobiliario.
Un acontecimiento que, en principio, es político va a hacer que entren nuevos aires en el panorama pictórico valenciano. Se trata de la llegada a Valencia, en junio de 1472, del cardenal Rodrigo de Borja. Entre otros asuntos, el legado pontificio debía ocuparse de la regularización del matrimonio compuesto por Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, cuya validez estaba en entredicho por razones de consanguinidad. También la transformación artística vaneickiana que había tenido lugar en Valencia medio siglo antes tuvo un origen político: la alianza del duque de Borgoña Felipe III el Bueno y Alfonso V de Aragón en el seno de una alianza más amplia que incluía a Inglaterra, Portugal y el Imperio, que tomará pleno cuerpo algunas décadas más tarde, con Juan II; que, con Fernando el Católico, incluirá a Castilla y que heredarán los Habsburgo hispánicos.
Viajaban con el séquito del cardenal Rodrigo de Borja, entre otras muchas personas, dos pintores que iban a desempeñar un importante papel en el arte valenciano de su tiempo: el napolitano Francesco Pagano y el emiliano Paolo de San Leocadio. Después de complejos avatares y pruebas, el cabildo catedralicio eligió a estos dos artistas para decorar al fresco (una técnica que desconocían los artistas del lugar) la capilla mayor de la seo, que había sufrido un grave incendio tres años atrás. Se ha dicho que Pagano se había probablemente formado en la brillante corte ferraresa –donde acaso tuvo sus primeros contactos con San Leocadio– y, asimismo, en Roma. En cualquier caso, demostró buena capacidad para el tratamiento de los motivos decorativos, si bien parece ser que regresó a Nápoles al cabo de unos años. San Leocadio era muy joven entonces, aunque pronto demostró su talento y se convirtió en el responsable principal de la obra. Trabajaría en Valencia hasta su defunción, con un paréntesis que va desde 1484 a 1488, y en que, seguramente, el pintor vuelve a Italia.
De acuerdo con el contrato que San Leocadio y Pagano suscriben con el cabildo, los artistas –y, en particular, San Leocadio– pintan, entre 1472 y 1484, en las velas entre los nervios de la cúpula de la capilla mayor, doce ángeles músicos monumentales, de delicada y, a la vez, mórbida belleza. La obra –redescubierta recientemente bajo la decoración barroca realizada en el siglo XVII por Pérez Castiel– introduce en Valencia una temprana primavera renacentista. El refinado espíritu que animaba a esos ángeles tuvo, no obstante, una muy escasa continuidad. El propio San Leocadio se obligó a poner cierta sordina a la apoteosis renacentista de sus ángeles músicos y adaptar su manera de pintar al gusto predominante; algo que resulta especialmente notorio en los últimos años de la década de los ochenta. Tuvo, por tanto, que hispanizar –y, por ende, que flamenquizar– su arte, para acercarlo, así, a su clientela. Sin embargo, de acuerdo con Ximo Company, desde 1488, fecha en que San Leocadio vuelve de Italia, el artista recupera su primera pulsión renacentista y ferraresa, a la vez que su pintura se suaviza, como vemos en el San Miguel de Orihuela. Por fin, en sus últimos tiempos, la atmósfera leonardesca introducida por Fernando Llanos y Fernando Yánez se hace patente en su obra, la cual puede también ser, a veces, muy vistosa y de gran monumentalidad, como sucede en las grandes realizaciones que lleva a cabo en Gandía. El artista irá acentuando esos rasgos hasta su fallecimiento en 1520, a los 73 años de edad, poco después de que estallara la guerra de las Germanías y de que, con ella, se cerrase una época de la historia valenciana. Toda una premonición.
Fue la reina doña Germana a quien tocó la enfadosa tarea de firmar, como virreina y gobernadora de Valencia, y en nombre del césar Carlos, las sentencias que castigaban duramente a los agermanados. Su corte, en cambio, lucía como un fuego de artificio, como castillo efímero; una corte que duraría apenas cincuenta años, una réplica de las cortes principescas italianas, con la sola diferencia de que no era una corte independiente. Viuda de Fernando el Católico, que había casado con ella a la muerte de Isabel de Castilla y como parte de un convenio diplomático, Germana de Foix contrajo nuevas nupcias con otro Fernando de Aragón; esta vez, con el depuesto duque de Calabria, el frustrado heredero del reino napolitano.
En 1536, moría en Liria la que había sido la última reina de Valencia, y a quien todos conocían como La Reina Grossa por sus carnes desbordadas. Quedaba establecido en su testamento que, en el lugar que había ocupado el monasterio cisterciense de San Bernat de Rascanya, se construyera, como panteón suyo y de su último esposo, un ingente monasterio de jerónimos con nombre de resonancias faraónicas: San Miguel de los Reyes. Fernando de Aragón –que aún se titulaba duque de Calabria– se apresuró a cumplir la voluntad de la difunta. En 1548, Fernando de Covarrubias redactó el proyecto. De inmediato comenzaron las obras. Uno de los dos claustros fue lo primero en construirse. Es de una belleza escalofriante, trágica en su adusta desnudez, como sacada directamente y sin escalas de una de las láminas de un tratado; un medido hueco de elegantes arcos y columnas en el interior de la inmensa fábrica aún más desnuda. En mitad de la fachada en forma de retablo, un San Miguel hercúleo que parece estar expulsándonos del paraíso con su espada de fuego. ¡Que lejos quedaba el ángel de la seo de Orihuela! Más lejos quedaba aún la Valencia gótica. Sin embargo, en algunos sitios, la idea y hasta la realidad de la ciudad y la arquitectura medievales parecen negarse a perecer. ¿Por qué esa reticencia a abandonar el gusto por el gótico, tan denostado por la tratadística renacentista? ¿Por qué ese fenómeno es común a buena parte de Europa?
El Humanismo y, sobre todo, Alberti y Vasari proponen una dinámica del arte basada en un modelo evolutivo lineal, ascendente y fragmentario. De acuerdo con él, el renacimiento supera al gótico, que, en el siglo XV, en el quattrocento, deviene retardatario, propio de sensibilidades poco formadas, barbáricas; de ahí el término “gótico” que acuñan despectivamente los humanistas. Pocas veces, sin embargo, ha surgido una respuesta a este planteamiento que se haya atrevido a afirmar que, tal vez, quienes se expresaban en gótico –fueran príncipes o burgueses– acaso no quisieran expresarse de otro modo.
El esquema albertiano-vasariano devino paradigma canónico de la evolución artística; un paradigma que, trasladado al resto de Europa, acabó convirtiéndose en universal, excluyente y único. ¿Por qué, entonces, Alfonso el Magnánimo tiene tanto aprecio al gótico, conociendo, como muy bien conoce, las formas renacentistas? ¿Por qué se sigue construyendo catedrales góticas en pleno siglo XVI? ¿Por qué Philibert de l’Orme imposta en fábricas ya renacentistas estilemas extraídos de la tradición gótica francesa? ¿Por qué en la Inglaterra elisabetana la aristocracia terrateniente compite por construirse mansiones llenas de resabios medievales? Esas serían, seguramente, las preguntas que se haría el franciscano de ficción que se ha introducido en estas páginas… o Sherlock Holmes, o Guillermo de Baskerville… Todos estos curiosos impertinentes se fijaban en las rarezas, en lo que no cuadraba en la norma bien urdida e inmóvil, en lo que hacía chirriar aquello que se daba por obvio, por incontestable. Es el “síndrome del perro que no ladró”; aquel perro que –en el cuento “Silver Blaze” de Conan Doyle– no ladró cuando alguien sustraía un caballo de carreras de un establo situado en mitad de los brumosos páramos de Dartmoor, y cuando se asesinaba al responsable del cuidado del animal.
– ¿Hay algún otro punto sobre el cual desearía llamar mi atención? –preguntó a Sherlock Holmes el inspector Gregory, que daba el caso por resuelto.
– Sobre el curioso incidente del perro aquella noche –contestó el detective.
– El perro no hizo nada aquella noche –repuso algo molesto el inspector.
– Ese es el incidente curioso –concluyó Holmes.
Las ciudades ideales pintadas al temple o construidas en taracea para el castillo-palacio de Federico de Montefeltro en Urbino ofrecen algunas claves para responder a las preguntas que nos acabamos de hacer. La representación pictórica conservada aún en Urbino de una de esas ciudades ideales, algunas de las taraceas que permanecen también en Urbino, la tabla conservada en Baltimore y la de Berlín son obras muy cercanas a Piero della Francesca o, quizás, en algún caso, del propio maestro. Son, sobre todo, precisas manifestaciones de la escena trágica que Sebastiano Serlio coteja con la escena cómica y con la bucólica en sus tratados. Representan ciudades de un inquietante vacío, de medidas perspectivas que fugan en el infinito. Responden a la lógica deductiva, abstracta; a la escena del poder, del dominio; a la escena del príncipe que, en la realidad tangible, había ya actuado sobre la ciudad transformándola de acuerdo con su lógica dominadora. Así habían hecho aquel Federico de Montefeltro al girar la ciudad de Urbino hacia la vía de Roma. Así harían Alejando VI en la propia Roma o Ercole d’Este en Ferrara. Vías rectas, trazadas a cordel, abriendo el complejo y cálido vientre de la ciudad o domeñando la naturaleza… Karlsruhe, el París de Haussmann, el Berlín de los emperadores prusianos, San Petersburgo, Nueva Delhi, la Defense, Tiananmen… Plazas de estricta geometría, trazadas a escuadra y cartabón. Geométricos fortines artilleros de los Médicis en la Siena o la Florencia que habían sido ciudades libres; con las bocas de sus cañones apuntando a la ciudad, como apuntarán contra ella los castillos que Vauban diseña para Luis XIV, la ciudadela de Valencia, Santa Bárbara y San Fernando de Alicante, Montjuich, la ciudadela de Barcelona, la de Montpellier, las imponentes exhibiciones de ingeniería militar en Besançon, en Vilafranca del Conflent, en Neuf Breisach,… Que lejos está todo eso de los portales de Serranos o de Cuarte, abiertos a la ciudad ya que fueron concebidos por la ciudad, por los ciudadanos, como defensa suya contra enemigos exteriores.
A diferencia de la escena trágica del príncipe eclesiástico o civil, la escena cómica, dibujada y descrita también por Serlio, refleja la ciudad medieval, la ciudad gótica. Es la Brujas de Jan van Eyck o la Valencia de Jaume Roig, la ciudad pensada y hecha por unos ciudadanos que piensan de manera semejante al artista flamenco, a Dalmau, a Jacomart, a Juan Reixach…; que piensan inductivamente –o, mejor, de manera abductiva–, fijándose en las rarezas, resolviendo problemas cercanos, elaborando reglas para resolverlos a partir de los datos que han ido acumulándoseles en la mente. “Los particulares, Jan; los particulares”, repetía al pintor el framenor inglés que vivía de limosna por los caminos de Flandes, de ciudad en ciudad.
Ni el ciudadano que razonaba de manera similar a como van Eyck concebía sus perspectivas ni el príncipe de linaje antiguo –como lo eran Alfonso V de Aragón o Felipe el Bueno de Borgoña– podían razonar únicamente como dictaban los humanistas más radicales, la tratadística más intransigente: de manera deductiva. No podían hacerlo, los unos, porque no era ésa la lógica de la ciudad gótica, de la ciudad como empresa colectiva y de la cual se sentían tan orgullosos que la hacían pintar o dibujar vestida con sus mejores atributos. No podían hacerlo, los otros, porque eran príncipes de sangre y, por tanto, no tenían necesidad de echar mano de supuestas raíces hincadas en la antigua Roma. Sabían, indudablemente, de Eneas o de Alejandro, pero los vestían con armaduras góticas. Alfonso de Aragón conocía muy bien las vecinas termas de Baia, cuyas bien conservadas ruinas se alzaban en la bahía de Pozzuoli. Prefirió, sin embargo, que Guillem Sagrera se las interpretara en un lenguaje de tradición gótica mediterránea; una tradición que seguía creciendo en complejidad y buen hacer, sin imponer, por ello, cambios formales drásticos.
En el escudo que representa a Alfonso el Magnánimo en el capítulo del Toisón de Oro celebrado en Gante el año 1445 y en el cual el monarca se convirtió en caballero de la orden, la caligrafía del texto que introduce a ese soberano es latina, racional. En cambio, la heráldica es flamígera, soñadora, caballeresca. Cabía, por tanto, una síntesis, como aquella que, en el campo de la arquitectura, consiguen edificios como el Palacio de la Generalitat valenciana, la Lonja, los palacios de Onil, de Cocentaina, del embajador Vich… Era posible, incluso, una renovación sabia y no rupturista del tardogótico, como la que se logra en la parroquia de Callosa d’En Sarrià, en Santiago de Orihuela o la que consigue el soberbio San Miguel que Paolo de San Leocadio pintó para la catedral oriolana, con una estructura gótica, a un lado, y una renacentista, al otro.
Y la mayor parte de Europa quiso ser y fue tardogótica cuando la Italia central hacía un siglo que era y quería ser renacentista. En la baja Edad Media, el príncipe tendía a aliarse con la ciudad a fin de salvaguardar su poder frente a la alta nobleza y, a la vez, mantener saneado el tesoro. Esta relación comienza a resquebrajarse en el siglo XV con el afianzamiento del poder del soberano absoluto y fríamente pragmático que teorizaría Maquiavelo. Se rompe del todo cuando el monarca se coaliga –a fin de actuar de manera combinada contra las libertades de la ciudad– con una aristocracia convertida ya en palatina. Es el esquema de la Guerra de las Germanías de Valencia o de la rebelión que tiene lugar en Gante en 1640. Ambos levantamientos urbanos fueron duramente reprimidos por orden de Carlos V. Era el fin de la ciudad gótica, de esa ciudad por excelencia que Max Weber ponía como la más característica y cabal creación del genio europeo. Era la escena trágica, el escenario de las horcas y picotas que pinta el Bosco y que van a cubrir, en los siglos XVI y XVII, los campos de casi todo el continente y de sus islas. Era el comienzo de la escena de las monarquías absolutas que se afianzan en los siglos XVII y XVIII, del estado jacobino del XIX, de las apoteosis totalitarias del estado –sea fascista o comunista– que produjo el siglo XX. Son los suburbios anónimos, el desgarro, la violencia y la soledad del siglo XXI.
La ciudad gótica nos contempla aún desde sus torres cívicas, desde lonjas y catedrales, parlamentos, graneros y atarazanas. Jan van Eyck nos susurra desde allí con la frase que él tenía como lema: “Als Ich kann; lo hice como pude, como mejor supe. Lo intenté; no tenía reglas”.
Esta época revuelta, a caballo entre los siglos XX y XXI, está volviendo a ser testigo del resurgir de la ciudad, del orgullo urbano, de la competencia entre ciudades. También está presenciado y sufriendo la agresión contra la ciudad, la agresión de la ciudad amorfa y que malvive allá donde pierde su nombre, la agresión –en nombre de un malentendido, soberbio, corporativo, vanidoso y prepotente diálogo entre modernidad y tradición– contra la ciudad que hemos heredado. Es hora tal vez de observar a la ciudad gótica, prestando atención, a través de esa mirada, a las rarezas del presente; fijándonos en los detalles, en las claves que estos nos descubren, para acaso elaborar, a partir de ahí, conjeturas fértiles, capaces de resolver los problemas que nos acucian
© Eduard Mira
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