Debats 102 Invierno 2008

Medios de comunicación: Informar no es destruir

Los medios de comunicación tienen derecho a decirlo todo y a mostrarlo todo sin importar a qué precio? Si seguramente es demasiado pronto para afirmar lo que los historiadores del futuro escogerán de este siglo XX que acaba, se puede augurar que, además de dos guerras mundiales y algunos genocidios, los medios de comunicación serán el verdadero núcleo de lo recordado. Pues este siglo habrá consagrado definitivamente a este famoso cuarto poder, que no deja de disputarles el puesto a los tres primeros a la hora de recortar el derecho de los individuos a vivir tranquilos.

En el momento en que festejamos el cincuenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, constatamos que falta en esta declaración un artículo cada vez más necesario: un artículo sobre el derecho a ser informado y a ser correctamente informado. Medio siglo después de la declaración de 1948, el hombre moderno siente el creciente apremio de protegerse contra los abusos del cuarto poder.

Somos ya conscientes de la amenaza que representa para nuestras sociedades la creciente deriva del poder mediático. Estuve en Cuba con ocasión de la primera visita del papa Juan Pablo II –visita cuya importancia y dimensión simbólica no escapan a nadie– cuando estalló el asunto Lewinski. En doce horas, las seis estrellas de las grandes cadenas americanas habían dejado Cuba para precipitarse a Washington y debatir sobre la pregunta básica para el futuro de la humanidad: ¿la presunta felación al presidente Clinton puede ser considerada una auténtica relación sexual?

En La Habana, los equipos de la CNN, ABC y NBC continuaban grabando kilómetros de imágenes papales, pero ya no eran emitidas: los talk shows sobre las actividades sexuales del presidente ocupaban la totalidad de las pantallas americanas y, por tanto, del planeta.

Esta globalización de la información, lo sabemos desde McLuhan, comenzó mucho antes que las de la economía y los negocios. Y está lejos de haberse acabado. Hemos de abandonar la idea según la cual internet sería el fin de la revolución de la comunicación: Internet sólo es un comienzo. La globalización de la comunicación no deriva únicamente de las innovaciones tecnológicas, sino que sacude igualmente la estructura de las empresas de comunicación. Multinacionales de la información nacen y se extienden, y llegan a engendrar monopolios de la comunicación potencialmente peligrosos porque merman las culturas minoritarias a su paso.

Esta evolución acentúa también los riesgos de desinformación y de manipulación de la información, tanto por parte de grupos privados sometidos a la ley de hierro del mercado, como por parte de los gobiernos. El derecho a una información tan diversificada y objetiva como fuese posible, condición esencial de la democracia desde que Tocqueville lo demostrara, está lejos de ser asegurado.

Este derecho a la información es también importante en el plano económico. Si time is money es una afirmación exacta, information is money lo es mucho más. ¿Acaso no se enriquecieron los primeros Rothschild porque supieron antes que sus competidores ingleses la victoria de Wellington en Waterloo? Los países pobres son también pobres en información. Lo que hemos convenido en llamar globalización de la economía se refiere a la información que afecta a los medios frontalmente, con todas las consecuencias sociales y culturales que esto supone.

Y aquí radica el problema, pues en el momento mismo en que la mayoría de los medios occidentales abusan de su poder y denuncian el atentado a la libertad de expresión, desde el momento que se les recuerda sus deberes y se les invita a la decencia, otros medios, en los países del tercer mundo y en los regímenes autoritarios, sufren de una cruel falta de logística y se ven incapaces de realizar su cometido de informar.

Los medios de comunicación del Norte han llegado a esa forma suprema de cinismo que consiste en disimular sus faltas y sus infamias tras el heroísmo de sus colegas del Sur, que luchan y a veces mueren por defender la libertad de expresarse.

Por esto creo que es urgente reflexionar, al alba del próximo milenio, sobre la responsabilidad de los mass-media. Para ello, propongo formular un artículo que se dirija al individuo. En efecto, estoy convencido de que, en la misma medida que los derechos humanos deben formularse en términos generales y abstractos, los derechos humanos deben concernir a las personas. Si no, sería una puerta abierta a la dictadura.

La idea básica es sensibilizar a los periodistas y a los editores, haciéndoles prestar un juramento semejante al de Hipócrates para los médicos y similar a la idea que lanzó Michel Serres en el último congreso de Valencia en enero de 1998 a propósito de la ciencia. Facultativo, tal juramento tendría sin embargo la ventaja de hacer que todo el mundo se enfrentara, al menos una vez en su carrera, al problema de las responsabilidades. Podría enunciarse así:

En cuanto a lo que a mí respecta, juro no hacer servir mis conocimientos, mis informaciones y los resultados de mis investigaciones, para el odio y la violencia racial, religiosa o social, para la manipulación de las opiniones o el aumento de la desinformación y de las desigualdades entre los hombres. Sino que, por el contrario, juro aplicarlos a su elevación y a su libertad, basándome en el respeto a las personas, en la búsqueda de la objetividad y en la toma en cuenta de todas las partes afectadas. Y todo esto tanto si la información se halla en forma de imágenes, de sonidos o de palabras escritas, provenga de un medio de comunicación privado o público. Catálogo de buenas intenciones, sin duda, pero al menos tiene el mérito de existir y de ir más lejos que las sempiternas recomendaciones sobre la protección de las fuentes y de las personas. A la manera de los médicos y los abogados, que tienen consejos encargados de velar de la ética de su profesión, se podría considerar la creación de un Consejo Internacional de Prensa representativo de los medios de comunicación y de la sociedad civil, cuya función sería examinar los casos que se le remitieran.

Este consejo no tendría las competencias de un tribunal de justicia, ni la capacidad de condenar o sancionar a un medio. Pero al modo de los consejos de abogados y médicos, y por las investigaciones que estaría encargado de llevar, así como por la publicidad dada a sus investigaciones, podría al menos velar por el respeto a la Declaración y conducir a los medios de comunicación a observar de una manera más eficaz la medida de sus límites.

© Guy Mettan

Traducción de Josep Carles Laínez

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