¿Somos todos responsables? Inocencia y responsabilidad social?
Nos ha sido formulada una pregunta y disponemos de poco tiempo para contestarla. Mi respuesta será breve, clara y doble: sí, todos somos responsables; es decir, todos tenemos algún grado de responsabilidad frente a nosotros mismos y a los demás seres del mundo animado y aun del inanimado; y no, no somos responsables, o no lo somos de un modo amplio y general, sino excepcional y casi siempre particularizado, de las acciones o las omisiones de los demás. Es fácil, y por tanto es frecuente, cargar sobre los hombros de un ente tan vago y vasto como lo es la sociedad cualquier violación del derecho y la ley que pueda ser cometida por ese otro ente siempre individual e identificable que es la persona. Ello no quiere decir que la sociedad carezca de toda responsabilidad, pues tiene una, primaria y muy importante: la de organizarse de modo que su acción común o predominante favorezca la recta conducta de sus miembros y desanime los instintos hacia cualquier forma de delincuencia que, en la visión cristiana del hombre, resultan pecado original.
Esa organización social alcanza su forma quizá más compleja y perfecta en la institución a la que llamamos Estado, al que Carl Schmitt definió del modo más nítido y sucinto posible: el Estado es lo que pone fin a la guerra civil. Naturalmente, quienes encarnan y ejercen el poder del Estado tienen mayor responsabilidad y han de ser más estrictos en el cumplimiento del deber, esencialmente por el valor del ejemplo. Juan Luis Vives lo dijo en una carta a Enrique VII antes de que éste se apartara de la obediencia al Pontífice, al recordarle que el príncipe en el Estado es lo que el alma en el cuerpo y que el príncipe ideal debe procurar mostrarse en su persona tanto en público como en privado tal como quiere que sean sus súbditos.
En menor escala, la sociedad tiene también responsabilidades evidentes a través de los grupos humanos en los que ese concepto tan difuso que en la sociedad se articula. Y nadie puede dudar de que en las unidades familiares corresponde a los padres una cuota muy alta de esa responsabilidad a la hora de formar a sus hijos y de dotarlos de los medios morales, materiales e intelectuales que les permitan afrontar el reto de cada vida personal. Dicho con las palabras de Juan Pablo II en la Centessimus Annus, el hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Pero después, si sus mayores cumplieron con el deber, lo que esos hijos hagan con su vida adulta se inscribirá en el libro personal de sus propios derechos y de sus deberes ineludibles.
Antonio Cánovas del Castillo vio con gran claridad la ligazón indisoluble que existe entre el derecho y el deber. He aquí algunas frases que él dijo o escribió en sus años de madurez. A los 44 años de edad afirmó: La libertad (…) rectamente entendida, quiere decir respeto al libre albedrío, de donde se deriva la responsabilidad humana. Catorce años más tarde, en el Congreso de los Diputados, y cuando encabezaba la oposición parlamentaria, dijo: Defendemos, pues, la autoridad, para defender la libertad; y no creemos en la libertad que no deja a la autoridad incólume. Al filo de los sesenta años, diez antes de su asesinato y estando también fuera del poder, remachó su vieja convicción con estas rotundas palabras: El derecho y la justicia antepuestos como nociones naturales a la noción fundamental del deber, son la causa más profunda de todas las perturbaciones de nuestro siglo. No sería excesivo, creo yo, afirmar lo mismo de este otro presuntuoso y dramático siglo que ahora va a terminar.
Seguramente no debemos llegar al extremo de Saint-Exupéry para quien no sólo cada uno es el único responsable sino que incluso cada uno es el único responsable de todos; pero quizá debemos recordar la frase, sintética y aguda como todas las suyas, de Bernard Shaw, que subrayó como nadie la coesencialidad de dos conceptos tenidos a veces por antagónicos. Éste es su dictamen: La libertad significa responsabilidad; por eso la mayor parte de los hombres la temen.
Para que lo dicho no quede en el vagoroso terreno de los principios generales fijémonos en un ejemplo concreto. En una ciudad de nuestra luminosa costa mediterránea, ésa que los hombres han fecundado y enriquecido con su largo esfuerzo, asistimos durante el pasado verano a la solidaridad fraternal de sus habitantes con unos centenares de inmigrantes ecuatorianos. Todos nos sentimos conmovidos; pero esa emoción se desvaneció bastante, al menos en mi caso, cuando una investigación periodística reveló el dato de que un número algo superior a aquellos centenares entre los naturales del lugar venía percibiendo el subsidio del paro por no desempeñar el honroso trabajo atribuido a los susodichos ecuatorianos. En la sociedad europea, distinta en muchos aspectos de la norteamericana, y seguramente más justa que ésta, existe una amplia cobertura social para remediar en lo posible los casos de enfermedad, vejez o desempleo; pero los beneficiarios de este sistema deberían ser conscientes de que los recursos que lo hacen posible no salen de ese concepto impreciso llamado “la sociedad”, sino de los impuestos que pagan otros ciudadanos y que, por tanto, su deber es el de trabajar con ahínco para generar más riqueza a fin de sostener a quienes realmente lo necesiten.
Ha de ser motivo de esperanza que Valencia, con el patrocinio de la UNESCO, haya acometido la ardua tarea de esbozar la que puede ser una Declaración de Deberes que reforzaría en su cincuentenario la Declaración de Derechos. No es raro: bajo esta misma luz vio la suya primera el gran Vives a cuyo espíritu conviene volver. Él hubiera comprendido mejor que nadie una sentencia de Winston Churchill que bien podría animar estos trabajos: que el ejercicio de la propia responsabilidad es, nada menos, el precio de la grandeza. Y Churchill sabía de qué hablaba.
© Carlos Robles Piquer
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