Los límites de la investigación científica
1. Ciencia, ciencia aplicada y tecnología
El tema de los límites de la ciencia cubre demasiado espacio. Por ello, me centro y limito a los enfrentamientos entre las ciencias no humanas y las humanas, las éticas y las legales. Mas, aun así, la ciencia no ética tiene las propias limitaciones entre el bien y el mal. No parece que la ciencia, en cuanto tal, deba tener límite externo1 alguno. Demasiados límites tiene ya de suyo, por su esencial naturaleza, para que se le adjunten limitaciones venidas de fuera.
Porque este tema tiene su enfoque en la aplicación de la ciencia adquirida, el uso de pederes cuasi mágicos que brinda el conocimiento científico actual, y la tecnología, que aunque con propia y singular significación, depende umbilicalmente de la ciencia pura.
Enmarcado el tema en sus justas y propias fronteras, la cuestión esconde y vela dos tipos de preguntas con infinidad de respuestas diversas.
2. Investigación
En cuanto a la investigación en sí, ha habido momentos en la historia reciente en que la autocomplacencia llevaba consigo la confesión, un tanto precipitada, del fin de la ciencia. Todo estaba investigado o conocido, y además en un sistema lógico perfecto. Así definía la ciencia Sir W. Hamilton: Science is…a complement of cognitions having in point of form, the character of logical perfection, and in point of matter the character of real truth.
Nos parecen ya muy lejanos los momentos en que Eddington comenzaba y concluía su conferencia ante unos alumnos atónitos, saliendo a la pizarra y escribiendo un diez elevado a potencia n y añadiendo: Éste es el número de átomos del Universo. Desde luego era una boutade de gran científico, pero de esta anécdota se vislumbra la vivencia de lo ya cerrado, de lo perfecto. ¡Qué lejos parecen ya esos tiempos!
Por lo demás lo que Goedel significó para la matemática, lo ha sido Turing para la informática y los límites de la esperanza científica puesta en este estupendo medio.
Las limitaciones intrínsecas de la ciencia parten de la base de que donde no existen datos disponibles y medibles u observables, no hay estudio científico posible. Pero lo que en el siglo pasado era escasez es hoy superabundancia de datos. A ello se une el hecho de que cualquier teoría simbólicamente matemática no tiene por qué ser imaginable o comprensible en nuestros medios de observación. Todo lo contrario, los números imaginarios, las no-dimensiones, han ayudado a resolver problemas de otro modo irresolubles.
Bertrand Russell (Sociedad humana: ética y política), lo expresaba en claros términos: El mundo que la ciencia ha ido gradualmente ofreciendo para que lo aceptemos durante los cuatro últimos siglos, es muy diferente y tiene credenciales muy distintas. El científico nos pide que creamos en él, no porque sea lo que esperamos, sino porque es lo que tenemos; no porque lo sugiera la visión poética, sino porque la lenta acumulación de hechos lo hace probable. Cuanto más ha penetrado la física en los secretos del mundo material, más ajeno se ha encontrado que era este mundo a cualquier cosa que nos podamos imaginar. Aunque sólo conocemos el mundo físico a través de los sentidos, hasta donde lo conocemos, nos vemos impulsados a concluir que el mundo físico es, con toda probabilidad, tan diferente al mundo de nuestras percepciones sensoriales que lo más que podemos conocer de él es su estructura lógica abstracta.
La contraposición “datos frente a teoría” evidencia que a mayores datos el afán reduccionista de cualquier teoría se aminora y frena. Y empieza a analizar su pecado metodológico de partida.
Los inventos no podían ser tales, en el sentido de innovación, sino simples matizaciones de lo ya hallado. En los filos del siglo XX, y aun antes, el director norteamericano de Patentes enfatizaba que se podía cerrar tranquilamente la Oficina de Patentes, porque nada nuevo había ya por inscribir. En el presente siglo, ante portas del milenio tercero de nuestra era, aún persiste esta actitud un tanto optimista y pesimista al propio tiempo. De un lado, hay que recordar que la Academia Francesa recibió un estudio donde se demostraba la imposibilidad técnica de transmitir imágenes en movimiento y que la visión de lo minúsculo estaba ya al límite, ante la nanofísica2.
Mas a la inteligencia humana ante los muros de lo imposible sigue la técnica del overrun, del pasar por encima de las fronteras intelectivas cuando se está al límite3. Toda frontera actúa como el caparazón que restringe el crecimiento. De ahí que salir del caparazón entraña nuevas posibilidades.
En última instancia esto es lo que ha sucedido con el microscopio electrónico, donde realmente no se ve lo que se observa, pero sí se ve si al término “ver” se le da otra acepción. E igual acaece con las partículas subatómicas. Se las conoce por sus efectos, sus trayectorias ante el choque en los túneles del CERN, pero desde luego no se las ve. Nadie puede ver, con los límites fisiológicos de la visión humana, un quark. Y aunque hoy tenemos por cieto que un quark es el límite de lo divisible, ¿opinarán así los científicos dentro de un siglo?
Aún tenemos por cierto que la velocidad de la luz no se puede superar. En Caltech, Universidad de Aarhus, conjuntamente con la Universidad de Gales, han logrado el paradójico teletransporte de un rayo de luz4.
Además de ello, la ciencia humana conoce desde dentro sus propios límites. Hasta en lo más preciso, aparentemente, la verdad podríamos llamar absoluta que la matemática parece brindar, existen no ya límites sino cimientos movedizos. Goedel demostró ya que la matemática era una autociencia. Por cierto, la mejor y más clara explicación del teorema de Goedel la encontré en una novela de Edgar Allan Poe (La carta robada), de la que extraigo un párrafo singularmente profundo y a la vez claro: Impugno la disponibilidad, y por tanto el valor, de la razón cultivada en cualquier forma especial y distinta a la lógica abstracta. Las matemáticas son la ciencia de la forma y la cantidad; el razonamiento matemático es simplemente la lógica aplicada a la observación de la forma y cantidad. El gran error reside en suponer que incluso las verdades de lo que se llama álgebra son verdades abstractas o generales. Y ese error es tan enorme que me confunde la universalidad con la cual ha sido recibido. Los axiomas matemáticos no son axiomas de una verdad general. Lo que es cierto acerca de la relación, de forma y cantidades a menudo es burdamente falso respecto a la moral, por ejemplo.
Desde el principio de indeterminación hasta los fracasos de teorías de unificación de campos, esto es, desde lo mínimo a lo máximo, desde las partículas subatómicas al cosmos, la matemática ha tenido que reconocer límites y su relativismo interno. Las matemáticas probabilísticas, más cerca de la mathesis originaria5 que las ciencias exactas, van ganando terreno, no sólo en la teoría, sino en la tecnología –o ciencia aplicada, si se prefiere– y están suplantando las antiguas ciencias exactas.
Este método del overrun, del saltar por encima de los límites mediáticos, que son siempre relativos, es por lo demás el mayor timbre de gloria de la investigación científica. Cuando se dijo que el hombre no podría ver más precisamente el Universo que nos circunda, por las limitaciones de la atmósfera y las distintas capas magnéticas que rodean la tierra, estaba diciendo algo cierto, pero relativo. Porque la solución estaba en situarse fuera de la tierra. El telescopio Hubble es el ejemplo paradigmático del modo en que la investigación científica se salta las vallas de la misma limitación humana. O cuando se dijo, lo cual sigue siendo cierto, que las ondas radiofónicas no podían llegar a los submarinos. Pero se saltó el límite, y se estableció la onda de plasma, con rebote en la ionosfera, que sí puede hacer lo antes imposible. Imposible es solo algo relativo. Y se relaciona con la técnica de que se parte. Cambiada la técnica, se muta el resultado. Algo parejo sucedió con el tiempo calculado para conocer la totalidad del genoma humano, pese al auxilio de las computadoras más potentes del momento. La utilización de la polimerasa va multiplicando tan profúndamente el cálculo que estamos en puertas de tal conocimiento.
Por de pronto la ciencia va siendo cada vez más consciente de que en su propia naturaleza hay unos límites y de que se ve muy lejano el árbol del bien y del mal. Eritis sicut Deus. Pero en el libro de los Proverbios (Pr. 25,2) se decía ya: Es el privilegio de Dios celar y esconder las cosas, pero es la gloria de un Rey investigar y encontrarlas.
El conocimiento y descripción del genoma humano que antes se dijo que ocuparía volúmenes abundantes de series de nucleótidos, ahora se puede colocar en un dot, punto gráfico, técnica por cierto utilizada por los nazis para comunicarse con países extranjeros.
Se está buscando todavía desde Einstein una teoría general de unificación de campos de fuerza. La física va acumulando datos y datos, en tanto la matemática teórica de las cuerdas y supercuerdas va incrementando sus instrumentos de comprensión.
El mismo modelo molecular de las proteínas ha sido y está siendo fuente de problemas matemáticos, requiriendo el uso conjunto de difíciles ecuaciones diferenciales estocásticas, optimización local y global, mínimos cuadrados no lineales, aproximación multidimensional de funciones. Incluso la topología al estilo del índice morse y los cimientos en la teoría de los nudos (polinomios de Jones) han sido utilizados, pero como reconoce la U.S. National Research sin éxito6.
El tema no tiene sólo implicaciones científicas básicas: supone conocer la estructura de un importante número de proteínas, las globulares. Todo ser viviente está hecho de proteínas. En palabras de George Rose: hay más de 100.000 formas de proteínas, y cada una desarrolla una cadena de aminoácidos única. Esta situación implica su peculiaridad singular: así la enzima lysozyma en su superficie envuelve un minicráter, típico de las moléculas de azúcar. Por el contrario, la hemoglobina se pliega en hendiduras, para retener los hematíes, con su hierro, oxígeno. En el caso de las proteínas, la forma no sigue a la función, sino al contrario7. El Premio Nobel Hamilton Smith, profesor de Biología Molecular en Hopkins Institute, reconoce que estamos a años luz. Los pliegues tridimensionales son el problema. El ADN sin el conocimiento tridimensional sería útil, pero no completo.
Es curioso que científicos de la talla de Linus usen para definir las interacciones locales, terminología usual, como vinculación robusta. Y añadía: Las pirámides han durado miles de años, pero se han erosionado; en tanto no se adopten medidas cautelares, en pocos milenios habrán desaparecido. Pues bien, hace más de tres mil millones de años, toda la información precisa para fabricar una bacteria estaba ya codificada en su DNA. Y tal información ha sobrevivido. El problema consiste en averiguar su estructura multidimensional. La biofísica ha nacido, cabalmente, para intentar averiguar esas incógnitas.
Precisamente, han proliferado los Centros de Investigación dedicados a la genética. Alguno, hasta ha introducido en lenguaje informático nuevo, el Operon8.
Hasta ahora ha sido infructífera la búsqueda, como si hubiese unos límites, una frontera a lo cognoscible9. Dejando a un lado el principio de indeterminación, que de suyo implica una frontera al conocimiento exacto, lo cierto es que, pese a estas limitaciones, la ciencia va avanzando a pasos agigantados en todos los campos, en una asintonía que parece dejar cada vez menos tierras incógnitas, pero que, paradójicamente, abre nuevos campos de investigación. No hay límite a la ciencia y no debe haberlo.
Otra es la utilización de medios y el uso que de el conocimiento se haga. El complejo Oppenheimer, en cuanto al uso de la energía atómica, los temores más que fundados a las guerras bacterianas o químicas de las que se ha dicho que son las armas atómicas de los países pobres, la clonación humana, que supone la resurrección del golem, los posibles peligros de los alimentos transgénicos y un largo etcétera con los riesgos del avance de la ciencia. Con todo ello debe decirse con singular énfasis que no tiene ni debe tener limitación. El conocimiento y el afan de saber es, precisamente, una de las características humanas más destacables.
3. Los límites de aplicabilidad
Como se ha dicho antes, es preciso diferenciar la ciencia del uso del conocimiento científico. Los peligros de la ciencia no radican en ella misma, sino en los medios que puede utilizar y los fines a que puede servir. Son estos dos extremos los que singularizan el problema y lo sitúan en sus justos términos. La utilización de seres humanos para experimentación, el mengelismo, es unánimamente reprobado y aun penado jurídicamente. El uso de la investigación del genoma para fines eugenéticos de mejora de la raza está también incluído en el código penal.
Un problema no resuelto satisfactoria y unánimamente es la utilización de embriones humanos. La ley española vigente obliga a su conservación durante cinco años, pero no indicaba nada de su destrucción. Recientemente se ha fijado la posible destrucción en otros cinco años, si nadie reclama su uso para reproducción humana. A mi juicio, compartido por otros muchos, y por instituciones académicas, la destrucción al final de cualquier tiempo es una destrucción de algo humano. Un embrión es ya un ser humano, que solo precisa de algo externo, su implantación en un útero, para llegar a plenitud. Su destrucción intencionada no es, en modo alguno, lógica ni éticamente probable. Hablar de almacén de embriones recuerda a quien primero esó el término, Aldous Huxley, en Un mundo feliz.
Se puede, lógicamente, preguntar ¿qué hacer con los embriones sobrantes? Por de pronto, no producir más embriones que los estríctamente necesarios. Si hoy se fecundan óvulos en mayor cantidad es más por un afan de acierto y por mayor facilidad técnica. Este peligro de la ciencia solo se cura con más ciencia. Los males de la ciencia y de la investigación no están en ella misma, sino en lo que podríamos llamar su entorno, los medios y los fines. Si los embriones son manipulables para fines de investigación, estamos cayendo en otra especie prodómica de mengelismo.
La ética, la tutela de la dignidad humana y su individualidad, su privacidad, son los límite únicos de la ciencia. Con una aclaración: lo que hoy nos parece inmoral, ilegal o inconstitucional, puede ser, si el camino de la investigación es nuevo y soslaya estas fronteras, moral, legal y constitucional. Este overun científico es el gran reto de la investigación científica de nuestros días. Los códigos éticos (los deontológicos médicos, por ejemplo) están hoy por hoy proliferando. Las declaraciones desde la de la UNESCO, Helsinki-Inuyama, hasta la de Bilbao o Valencia, en materia del uso del conocimiento del genoma proliferan: se calculan más de mil declaraciones generales en este tema. Significativamente porque cuando muchas prohibiciones y conductas sancionables es señal inequívoca de que tales conductas existen. Nadie legisla en el vacío, sino frecuentemente y, por desgracia, cuando el mal está ya producido.
En un esquema un tanto simplista, de la así llamada Odisea de la Especie Humana10, a los años 1980-2020 se les asigna como rasgo característico la sociedad mediática; desde 2020 a 2060, la sociedad de la educación; y desde 2060 a 2100, la sociedad de la creación, con el desarrollo de la Etología, la Biónica y la Modificación estructural del árbol de la ciencia. Esperemos que este futuro árbol de la ciencia sea el enraizado en nuestro Ramon Llull y no en el árbol del bien y del mal del Génesis.
No quisiera finalizar sin la mención que acaba de pronunciar el Papa Juan Pablo II hace pocos días: No existe riesgo más grande para la creación y para el hombre que la falta de respeto a las leyes de la naturaleza y la desaparición de los valores de la vida. ¿Cómo es posible defender eficazmente la naturaleza, si vienen justificadas las iniciativas que golpean el corazón mismo de la creación? ¿Es posible oponerse a la destrucción del mundo entero, si en nombre del bienestar y de la comunidad se admiten el exterminio de los niños que van a nacer y de los enfermos, o si en nombre del progreso, se producen inadmisibles manipulaciones de la vida?
Es posible que la ética –siendo invariable– matice sus conclusiones. Pero lo cierto es, y seguirá siéndolo, que lo invariable en su médula –esto es, la moral– no se puede ni se debe dejar arrastrar por el relativismo de lo científico. En esto último estamos, pero en la llamada “moral de situación”.
No quisiera concluir sin mi propia y personal vivencia (los años sirven para algo más que para desfilar). Einstein afirmaba que Dios no juega a los dados. Mi personal impresión es que cabalmente Dios sí juega a los dados. De ahí el infranqueable espacio de la ciencia. Cada descubrimiento cierra más incógnitas de las que abre mientras los científicos seguimos buscando el sistema completo y explicativo de todo.
© José Luis Villar Palasí
Notas
1 Cfr. Entre muchos PERNETTE, E. – CLAVEL, R., Stick and Slip Actuators and Parabel Architectures Dedicated to Microbiotics, Lausana, 1999. Y ROBERTS, C.O. et alii, Non-explosivity of Limits of Conditioned Birth and Death Processes, Cambridge, 1998.
2 El tema es eterno y universal. Cfr. Should Be Placed on Scientific Inquiry. En internet las respuestas son abrumadoras.
3 Cfr. BROWN, James Rober, Smoke and Mirror: Flow Science Reflects Reality, 1993; SCHOEDER, Manfred, Fractuals, Chaos, Power, Laws: Minutes from an Infinite Paradise, 1992.
4 http://parascope.com/en antimatr.html.
5 http://www.enggreck?lang=Greek&type=begin&options=show+More+Common+words+first+look 09/06/99. Si utilizo las remisiones de internet es, de un lado, por honestidad intelectual –indicando dónde aprendí lo que ahora cito– y de otro, porque es de prever que la bibliografía del futuro irá por esa senda.
6 http://solon.euna-unirie.ac.cat/neum/proteing.htlm.
7 http://jhu.de/news_info/jhmag/695web/profold.html.
8 http://www.es.vidaho.edu/foster/research.
9 Cfr. In genere EARMAN, John, Bangs, Crunches, Whimpers and Schrieks: Singularities and Acausalities in Relativistc Spacetimes, y CASTI, John, Boundaries and Barriers: on the Limits of Scientific Knowledge.
10 2.100 Odysée de l´Espèce, París, Payot.
Volver al sumario