Debats 102 Invierno 2008

Los Deberes del Hombre

La conflictividad social, expresión de los cotidianos enfrentamientos del hombre contra sus congéneres a resultas de la competitividad propia de toda colectividad humana a lo largo de las sucesivas épocas de la historia, es un fenómeno relacionable con la peculiar estructuración de nuestra actual sociedad, iniciada hace 10.000 años en Oriente Medio y hoy propia de la gran mayoria de las colectividades humanas.

Llama la atención, al estudiar los avatares históricos por los que ha pasado el género humano a lo largo de aquel tiempo, que el hombre no ha sido capaz de encontrar una doctrina política, un sistema económico o un modelo estructural, con cuya aplicación ser capaz de modelar una comunidad en la que no exista conflictividad social, problemática expresada por aquel enfrentamiento del hombre contra el hombre, una confrontación generalmente suscitada por intereses económicos. Voy a tratar de cimentar, con la presente comunicación, una tesis según la cual tal y tan manifiesta incapacidad del hombre para organizar su vida y regir el rumbo de su existencia, es debida a que todos los intentos encaminados a lograr una idónea organización de la colectividad humana han sido pergeñados partiendo de una falsa presunción.

A) Los deberes personales

La actividad que todo ser vivo desarrolla en su entorno, el medio en el cual se halla inmerso, viene determinada y está guiada por el cumplimiento de la ley natural, es decir por la obediencia del individuo al dictamen de su razón.

Todo individuo efectúa siempre, en cada momento de su existencia, aquello que considera más conveniente para sus particulares intereses, conveniencia en el caso del hombre a veces expresada incluso por el propio sacrificio, en cuya consumación, llevada a cabo en aras de causas más o menos ajenas a sí mismo, como morir por la patria, por un hijo, por una creencia religiosa, por un rey, etc., el individuo cifra su dicha, su bien. Puede por tanto ser afirmado que todo ser vivo es, en cada instante de su vida, un fiel cumplimentador de unos insoslayables deberes personales prescritos, en cada uno de tales momentos, por la ley natural promulgada por la mente. Se trata, pues, de una ley cuyos mandatos exigen siempre al individuo llevar a cabo lo aparentemente más adecuado para el alcance de lo ansiado en el momento considerado, mandatos según casos más o menos cargados de razón como es demostrado por el acierto o desacierto de los actos que originan, con aquel fin, alcanzar lo anhelado.

Consecuentemente, el primer deber de todo ser humano normal será el de velar lo más eficazmente posible por sí mismo, es decir, por su vida, cumplimentando el alcance de todo aquello qure pueda calmar sus ansias, sus deseos. Tal actitud implica, pues, una serie de rutinarias actividades indefectiblemente llevadas a cabo por cualquier individuo: búsqueda de alimentos, de cobijo, de pareja, de seguridad personal, etc. Surgen así los deberes personales, expresión de los cuidados y atenciones que el individuo, obedeciendo a la ley natural, dedica a sí mismo.

B) Los deberes comunitarios

Pero en determinados seres vivos, que por ciertas circunstancias evolutivas han acabado por adoptar un género de vida por el que desarrollan su existencia en una comunidad con un mayor o menor número de congéneres, aquellas actividades (búsqueda de alimento, de cobijo, de ayuda, etc.) vienen facilitadas por la colaboración que el individuo recibe de sus semejantes, con los cuales convive.

Resulta, pues, que es en determinada etapa evolutiva, en la que gracias al nivel intelectivo alcanzado resultan evidentes para el individuo las mayores facilidades y posibilidades de vida ofrecidas por su integración en una comunidad, cuando surge el ser gregario. A partir de este momento, en el cual tal ser inicia una vida en la que ayuda y es ayudado en la búsqueda de alimento, defensa, etc., hacen su aparición en escena nuevos deberes, unos deberes para con el prójimo. Surgen así los que podrían ser conceptuados oomo deberes comunitarios, expresión de los cuidados y atenciones que el individuo dedica a sus congéneres, los restantes componentes de su comunidad.

C) Los deberes sociales

Pero el vocablo “deber” conlleva una evidente connotación de obligación de la que carecen aquellas actividades desarrolladas por el individuo a favor de sí mismo y de los componentes de su comunidad. El individuo se alimenta, se resguarda de sus enemigos, copula con su pareja, y defiende y subviene a las necesidades de los semejantes con los que convive, no porque algo o alguien le obligue, sino, simplemente, porque le complace o le conviene, hecho por el cual tales actos no pueden ser conceptuados como auténticos deberes si nos atenemos al estricto significado del vocablo “deber”.

Durante más de 20 millones de años, tiempo durante el cual los antecesores del hombre actual se reúnen en manadas (driopiteco), después en hordas (australopiteco) y por último en tribus (homo habilis, homo erectus y homo sapiens), no existieron deberes en comunidad alguna, toda vez que el individuo actuaba siempre voluntariamente en favor de sí mismo y de los restantes componentes de su comunidad. Sin embargo todo cambió cuando, hace 10.000 años, el ser humano inicia, en Oriente Medio, una vida sedentaria habitando en ciudades, residencia fija de unas colectividades en las que la mayoría de las actuaciones del hombre están reguladas por precisas leyes cuyo cumplimiento representa un auténtico “deber”, toda vez que tal cumplimiento es mayoritariamente llevado a cabo por obligación, es decir, en contra de los deseos del individuo. Surgen de este modo los deberes sociales.

D) La comunidad humana

Pero tal hecho, instauración de los deberes sociales, no implica, sin embargo, la aparición de deber alguno en el seno de la comunidad humana. Tal aparente contradicción viene explicada por una simple razón: los habitantes de una urbe, tanto si se trata de una pequeña aldea o de una gran ciudad, no constituyen una comunidad. Toda comunidad exige, para poder ser considerada como tal, que sus componentes compartan una serie de bienes, es decir, que sus miembros compartan unos bienes comunes, circunstancia ésta que no se da entre los habitantes de una ciudad, quienes, como mucho, tan solo comparten el sol, el aire, la lluvia y el espacio destinado a las calles. El resto de los bienes, habidos en tal ciudad, están repartidos entre las diversas familias censadas en los archivos del ayuntamiento local. La conjunción de una serie de individuos en un espacio como el ocupado por una ciudad no es una comunidad sino un conjunto de comunidades, las llamadas familias; es decir la población de una ciudad representa una asociación de comunidades o, si se prefiere, una sociedad de comunidades, pero no una comunidad. Las actuales leyes regulan pues, mediante la cumplimentación de los correspondientes deberes implicados por cada una de ellas, una sociedad, no una comunidad.

En la comunidad humana actual, representada por la familia, los bienes habidos, heredados o ganados, son comunes a los padres y los hijos, hecho por el cual son compartidos entre ellos, pero no con el vecino de enfrente, quien, cuando no de hecho, es, al menos, un potencial competidor. Y el individuo se comporta hoy ayudando voluntaria e incondicionalmente a todos los componentes de su familia, igual a como lo hicieron sus antecesores en la primera etapa de manada-horda-tribu, hecho por el cual puede ser afirmado que en tal actual comunidad humana, representada por la familia, no existe, tal como ocurría en aquellas primitivas comunidades, deber alguno. Y al igual que durante 20 millones de años las comunidades primitivas afrontaron en solitario la lucha por la vida arrancando los medios de subsistencia del entorno, los componentes de la actual comunidad humana, concretada en la familia, se enfrentan también hoy en solitario al medio ambiente representado por la ciudad. Pero existe una fundamental diferencia entre ambos solitarios enfrentamientos, el de las primitivas comunidades tribales contra su salvaje entorno y el de las modernas comunidades familiares contra su urbanizado medio. Las comunidades tribales no competían, por lo general, contra otras comunidades humanas; muy al contrario, todas ellas muy de tarde en tarde establecían contacto con otras gentes dadas las grandes extensiones deshabitadas a consecuencia de la escasa población de aquel entonces; se calcula que hace unos 100.000 años, toda la población humana del planeta era de 1 millón de habitantes y 7.000 años antes de Cristo no excedía los 10 millones. Hoy día, sin embargo, los componentes de toda comunidad humana, la representada por la comunidad familiar, están inapelablemente obligados a enfrentarse a diario con otras comunidades humanas, las supuestas por otras familias, en una despiadada competitividad.

La competitividad, frecuente inductora de delincuencia y de la subsiguiente conflictividad social hoy imperantes en toda población, viene determinada por una obvia razón: todas las comunidades familiares componentes de una sociedad urbana, están ubicadas en un mismo hábitat, el representado por la ciudad, es decir, toda comunidad que desarrolla su existencia en una ciudad está obligada a compartir su medio ambiente con otras comunidades, hecho por el cual se encuentra conminada a competir con las mismas, siendo así que todas ellas dependen de unas mismas fuentes de riqueza que, habidas en la propia ciudad, proporcionan los recursos económicos de los que depende la subsistencia, la comodidad y el superfluo lujo.

Toda comunidad de seres gregarios requiere un área de terreno libre de competidores. Por ejemplo, una manada de leones, que siempre permanece asentada en una bien precisada región, no puede convivir con otra manada de estos animales, puesto que, si tal ocurriera, los componentes de ambos bandos se despedazarían entre sí. La cohabitación en un mismo lugar de dos o más comunidades de seres gregarios de una misma especie siempre es una inevitable fuente de conflictividad, una perenne causa de problemas dado que tales comunidades, cuyos miembros están conformados con una misma hechura biológica condicionante de unas mismas necesidades, lucharán por lo mismo, aquello que, más o menos abundante en el lugar considerado, todos necesitan. Tales problemas no pueden, pues, ser atajados mientras persista la coexistencia de aquellas comunidades en un mismo espacio.

Multitud de gobernantes, dirigentes religiosos, filósofos, etc., que a lo largo de los tiempos pretendieron por todos los medios posibles organizar a la población considerando como base inamovible que la comunidad del hombre viene representada por la ciudad o nación a la que pertenece, irremisiblemente han fracasado en todos sus intentos; nunca la conflictividad, durante los ultimos 10.000 años propia de toda colectividad humana, ha podido ser atajada ni erradicada. Y resulta curioso constatar que todos los intentos ofrecen un denominador común: exigir al ciudadano el cumplimiento de unos deberes sociales, reseñados y debidamente especificados en correspondientes leyes, cuya contravención es penalizada con la aplicación de diversas medidas punitivas, como encarcelamiento, castigos corporales y muerte incluso. Resulta, por tanto, que, por un lado, los legisladores, demostrando un manifiesto desconocimiento de la naturaleza humana, han intentado lograr el antibiológico hecho supuesto por la pacífica convivencia de diversidad de individuos pertenecientes a distintas comunidades (familias) en un mismo espacio, el representado por una ciudad o por una nación; y, por otro lado, han pretendido, demostrando un pueril candor, erradicar la delincuencia, y con ella la subsiguiente conflictividad social, mediante la promulgación de una serie de leyes y la aplicación de sus correspondientes castigos. Los resultados a la vista están; a lo largo do los siglos la delincuencia y la conflictividad social han experimentado un continuo e imparable aumento.

Francisco Torrent Guasp (1931-2005) fue cardiólogo e investigador. A él se debe la explicación de la estructura y funcionamiento del miocardio.

© Francisco Torrent Guasp

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