Una asamblea global popular para un nuevo milenio
Una utilización ingeniosa de la inminente cuenta atrás hacia el nuevo milenio sería que nosotros, como ciudadanos del mundo, pensásemos ambiciosamente sobre el modelo de gobierno mundial que nos gustaría adoptar para el futuro. Los ciudadanos americanos en concreto podrían emplear esta ocasión de forma productiva para ampliar las deliberaciones nacionales sobre el gobierno mundial más allá de la angosta cuestión de decidir si las Naciones Unidas deben ser coaccionadas económicamente hasta que se presten a hacer las reformas burocráticas.
Los dos grandes retos globales del último milenio, y sobre todo del último siglo, son la transformación del autoritarismo en democracia, y la búsqueda de un camino hacia la resolución pacífica, legal y justa de los conflictos, a modo de evitar guerras cada vez más horribles. A principios de siglo, los creadores de la Liga de las Naciones dieron los primeros y tentativos pasos institucionales para abordar estos retos. A mitad de siglo, los pilares gemelos de la paz y los derechos humanos de la Carta de las Naciones Unidas constituyeron un segundo intento. Ahora, cuando el siglo XX llega a su fin, tenemos la oportunidad de dar el siguiente largo paso para convertir esos sueños en realidad mediante la organización de una Asamblea Global Popular elegida de forma popular.
A lo largo del milenio, tal asamblea ha sido el sueño inalcanzable de los visionarios. Recientemente, el Secretario General de las Naciones Unidas, Kofi Annan, hizo alusión a la idea al sugerir que la Asamblea General considere invitar a las organizaciones no gubernamentales a convocarse como una “Asamblea Milenaria Popular” bajo los auspicios de las Naciones Unidas en el año 2000. Los gobiernos, sin embargo, nunca se han sentido entusiasmados por la creación de una organización que amenazaría su Estado de constituyentes políticos en exclusiva de la esfera global. Pero ya no hemos de esperar a los gobiernos. La globalización nos ha dado una nueva sociedad civil mundial no gubernamental. Compuesta de organizaciones no gubernamentales, redes e instituciones transnacionales empresariales, laborales, culturales, religiosas y de los medios de comunicación, así como individuos cosmopolitas con extraordinaria opulencia e influencia, esta ciudadanía globalizada tiene ahora la capacidad independiente para organizar tal proyecto. Además de tener la capacidad para realizar esto, si la autoridad política reside en último término en los ciudadanos, como han de sostener las bases democráticas para tal asamblea, entonces nosotros, como ciudadanos, también tenemos el derecho, y quizá el deber, de tomar la iniciativa y organizar esta asamblea.
En la práctica, ¿cómo podría suceder esto en realidad? Después de haber conseguido la financiación apropiada, se podrían organizar elecciones mundiales, administradas democráticamente por un comité internacional de ciudadanos. La tarea política y de organización sería grande. Habría que generar listas de votación a escala mundial. Habría que establecer un sistema de financiación de campañas y otras reglas electorales, y habría que prevenir eficazmente los intentos de manipular elecciones. Algunos gobiernos sin duda no permitirían la celebración de semejantes elecciones en sus países. Por lo tanto, hasta que se les presionara lo suficiente, sus ciudadanos deberían quedarse sin representación o estar temporalmente representados por un proceso de selección dentro de las comunidades en el exilio. Aunque no se ha de subestimar las dificultades que este tipo de reto representa, no hay razones para creer que los problemas administrativos no podrían resolverse mediante suficiente dedicación por parte de los participantes.
Una vez constituida, la asamblea procedería a presionar a los gobiernos para conseguir un eventual reconocimiento dentro del sistema de la ONU. Para empezar, sin embargo, tal asamblea tendría un régimen legal internacional similar al de las organizaciones no gubernamentales, tales como la Cruz Roja o Amnistía Internacional, pero con una gran diferencia. Podría reclamar el derecho legítimo de hablar en nombre de los pueblos del mundo. Como único órgano semejante, tendría el potencial de convertirse en muy influyente, incluso antes de alcanzar el reconocimiento formal. El Parlamento inglés, después de todo, empezó como un órgano consejero informal cuya influencia como representante único del pueblo cobró fuerza paulatinamente. En nuestros tiempos, el cada vez más poderoso Parlamento Europeo, como representante de los pueblos de la Unión Europea a través de elecciones directas, empezó en gran parte de forma simbólica. Como la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuyos poderes oficiales son en gran parte recomendatorios, tal asamblea contribuiría a la creación de normas planetarias al expresar puntos de vista sobre los asuntos críticos de política mundial a través de las resoluciones y proclamaciones. Y, como en el caso de la Asamblea General, los gobiernos, así como los intereses privados, intentarían, con casi toda seguridad de forma oportunista, ganar el apoyo de la asamblea popular cuando consideraran que tal apoyo sería útil y fácil de obtener. Con el tiempo, es de esperar que la Asamblea Global Popular se convirtiera en un foro central para discutir y resolver asuntos de política mundial.
La capacidad de la asamblea para contribuir a abordar los desafíos milenarios de la democracia y la paz estaría probablemente en proporción con su creciente influencia. Sería casi inevitable que una asamblea internacional elegida por los ciudadanos erosionase la capacidad de los gobiernos autoritarios de justificar la tiranía en nombre de su pueblo. Las democracias bisoñas podrían buscar el apoyo de la asamblea en sus esfuerzos para detener las fuerzas antidemocráticas dentro de sus propias sociedades. De forma más general, la creación de un sistema mundial democrático sin fisuras en donde el respeto básico a los seres humanos no estuviese limitado por las fronteras nacionales tendría probabilidades de reforzar mutuamente la democracia en todos los lugares.
La paz mundial sería fomentada mientras que representantes elegidos por los ciudadanos de los distintos países y civilizaciones se convocarían formalmente en un ambiente de civismo, a fin de promulgar los intereses mutuos y discutir diferencias. Los grupos de intereses que intentaran influir en la asamblea se aliarían a través de las líneas nacionales, desmontando las lealtades territoriales artificiales y a menudo peligrosas. Las tareas normales parlamentarias de los delegados, al trabajar para construir un consenso social sobre todas las materias, haría preponderatntes los valores universales en detrimento de las preocupaciones y creencias más locale. Por último, un mundo más democrático, donde los individuos y grupos tengan menos posibilidad de ver sus derechos amenazados, es un mundo con más probabilidades de vivir en paz.
El ascenso de la sociedad civil mundial, en el amanecer de buenos presagios de este nuevo milenio, nos da la oportunidad de participar en la creación de un sistema democrático en donde el poder gubernamental, tanto nacional como internacional, se deriva directamente del consentimiento de los gobernados. Nosotros, como ciudadanos, tenemos la oportunidad de fomentar esta realidad, y de ayudar en el desafío de los retos del último milenio, tomando la iniciativa y organizando una Asamblea Global Popular.
© Richard A. Falk y Andrew Strauss
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