El deber de injerencia
Hemos comprobado claramente desde la guerra de Biafra que se ha llegado siempre demasiado tarde. Es importante y esencial que nos ocupemos de los heridos, que evitemos las muertes innecesarias, pero la acción humanitaria es siempre un fracaso de la política. Y debido a que la política en general, y concretamente los deberes humanos, no han podido cumplir sus obligaciones, debe proponerse siempre la acción humanitaria, pero no como reemplazo de la acción política. Sólo puede completarla. Quiero dejar las cosas claras, pues en el tema que voy a tratar, los deberes de injerencia, hay muchas ambigüedades, muchos errores y muchos malos procesos. Nosotros no tenemos la intención de que la acción humanitaria sustituya a la política, ni tampoco que la política utilice la acción humanitaria. Son dos cosas, digamos, que parten del mismo deber, de la misma obligación.
Estoy convencido de que el nuevo concepto en materia diplomática y en política a escala internacional va a ser el de deber de injerencia. Tan sólo con ver las últimas dos catástrofes, los Grandes Lagos en el Zaire y la de Ruanda, podemos decir que hemos pecado por no haber cumplido nuestro deber. Los africanos nos lo pedían; no hemos sido capaces. Sobre todo Europa no ha sido capaz de hacerlo. Se reclama siempre la obligación de injerencia cuando es demasiado tarde, incluso la diplomacia francesa ve cómo florecen ahora artículos que reclaman y concretan el enfoque de deber de injerencia después de haberlo rechazado tantas veces. En los pasillos internacionales o en las organizaciones internacionales, los diplomáticos están absolutamente convencidos, como también los políticos cuando no se trata de sus propios países o de sus propias decisiones, de que algún día el deber de injerencia estará presente.
¿De qué otra manera podríamos denominar este deber de injerencia? Pues el deber de protección a las minorías, el deber, la obligación, de prevenir los conflictos, de evitarlos. Esto es el deber de injerencia. El término es un poco peyorativo porque da la impresión de un retorno del imperialismo, del colonialismo, como una especie de imposición de voluntades forzadas para intervenir en los asuntos de las soberanías de los Estados, pero no es esto; el problema de hecho es codificar el deber, ya que siempre entramos en el campo jurídico. Sólo me voy a referir a la injerencia humanitaria, ya que estoy convencido de que muy pronto estará codificada por el deber de injerencia de la comunidad internacional. ¿Por qué? Porque debemos garantizar que el siglo XXI no va a ser como el siglo anterior, el de la barbarie opresiva, que ha producido grandes crímenes contra la humanidad y grandes genocidios. Quisiera recordar la juventud y la naturaleza de este concepto de deber de injerencia comunitaria para que verdaderamente tranquilice o palíe en cierta forma los desastres que se han producido.
En primer lugar tenemos la génesis. Me gustaría contarles una historia que todos conocen, especialmente los juristas. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial no tenía lugar, en absoluto, en ningún sitio, la defensa del individuo, ya sufriera o estuviera oprimido o simplemente por ser un individuo. El derecho internacional no le daba lugar alguno en ningún sitio. Esto era en el año 1933 en Ginebra, en la Sociedad de Naciones. Un individuo trata de quejarse de los actos que se infringía a la minoría a la que el pertenecía. Se trataba de un judío, un judío alemán. El representante de Alemania le contestó: “Hacemos lo que queremos de nuestros socialistas, hacemos lo que queremos de nuestros pacifistas, y hacemos lo que queremos de nuestros judíos”. Fue Goebbels el que contestó y era el representante de Alemania en la Sociedad de Naciones, que se quedó más convencida del discurso de Goebbels que del discurso del representante judío, ya que había creado el principio de no injerencia. Principio que se mantuvo en la Carta de las Naciones Unidas, artículo 2, párrafo 7, que prohíbe a la organización ocuparse de los asuntos que pertenecen esencialmente a los Estados, o sea, que es de incumbencia interna de los Estados. Ésta es la historia desde 1933. No hemos intervenido en lo que se refiere no sólo al derecho internacional, mejor dicho, a la moral internacional, sino tampoco a la Cruz Roja, la Iglesia, las cancillerías... Por no hablar de los bancos, claro. Todos conocían la existencia de los campos de exterminio. Pero no se intervino. Era la no injerencia.
Después de este hecho, todos los procesos realizados para consolidar el derecho de injerencia humanitaria consistieron en acercar los derechos de una entidad jurídica de pleno derecho hacia los derechos humanitarios y levantar verdaderamente esas barreras, porque el derecho humanitario que formaba parte del derecho internacional nada tenía que ver con los derechos del hombre. Eran cosas totalmente diferentes y todo consistió en acercar los derechos del hombre al derecho humanitario para que la prevención fuera posible. Podemos señalar cuatro etapas. En primer lugar, la injerencia no material. La podemos situar entre los años 1948 a 1968. Es la obra de los defensores de los derechos humanos con las ONGs modernas. Desde diciembre de 1948 se afirmó el carácter universal de las libertades fundamentales y se introdujo el derecho de contemplación. Ya se inscribió el derecho de contemplar en la comunidad internacional la forma en que los Estados trataban a sus ciudadanos. Veinte años para que se consolide este primer logro. Nacimiento y multiplicación de las ONGs, sobre todo Amnistía Internacional. Es el inicio de la injerencia. Amnistía Internacional se ocupaba de los prisioneros que estaban en otro país que no fuera el suyo, sobre el que no tenían ninguna relación jurídica. La penetración era inmaterial, era moral, pero ya en Amnistía Internacional durante veinte años nos ocupamos de los asuntos de los demás, y esto plantea la ecuación que me gustaría ver resuelta en mi discurso: ¿a quién pertenece el sufrimiento de los demás? ¿Pertenece el sufrimiento al país que la protege, que la causa o bien el sufrimiento pertenece a todos los hombres, es decir, a ustedes y a nosotros? Y estoy al lado de un hombre que ha dedicado su vida a concienciar de que el sufrimiento de los hombres nos pertenece a todos. Me refiero al juez Richard J. Goldstone. Veinte años para afirmar esto, con la adopción de numerosos textos que complementan la Declaración Universal de los Deberes Humanos, Derecho de la Mujer, de los Niños...
La segunda fase de la injerencia, de 1968 a 1988, es material. Y es material porque es la fase en que los médicos franceses, al inicio Médicos sin fronteras y ahora Médicos del mundo, intervienen ellos mismos. Hay una penetración física en el territorio de los Estados. Ya no es el mensaje que dirija Amnistía Internacional a otro presidente, sino la penetración física con, digamos, los socorristas o con un material médico a través de las fronteras. Es totalmente ilegal, y me dirijo a juristas que saben que la ilegalidad puede ser fecunda, ya que a la ilegalidad le sucede una legalidad transformada para lo mejor, para el bien. Hay que ser legales. Es una ilegalidad total, la penetración es física, pero es totalmente legítima porque se basa en la moral, pero también en un llamamiento de la comunidad, en un llamamiento de la minoría, en el llamamiento de un solo individuo. No hay penetración humanitaria o injerencia si no hay un llamamiento. Es lo contrario del imperialismo, del colonialismo. Es el llamamiento de una comunidad que sufre o que está en peligro de muerte, que se dirige a la comunidad internacional para decir ayúdenme. Por tanto, durante estos veinte años siguió siendo ilegal porque el derecho internacional no la autoriza, pero va perfeccionándose desde 1968 a 1988. Es la copia de los “French Doctors” y es lo que se llama el sin fronteras. Es la afirmación de que por encima de la soberanía de los Estados, que es muy respetable, se sitúan los derechos del hombre. Sin relación con ella, porque es al concepto mayor de los derechos humanos y a la afirmación de lo que hemos llamado moral de la extrema urgencia. Para Francia es algo que corresponde también a un movimiento interior del derecho, cuando alguien golpeaba a un niño no teníamos derecho a tirar la puerta. Ahora es una obligación y un deber tirar la puerta abajo para ir a socorrer al niño. No existe propiedad privada o apartamento privado, existe una necesidad de ir a socorrer. Lo mismo a nivel de derecho internacional.
La tercera época es la injerencia material legalizada. De 1988 a 1998. Son las resoluciones que Francia somete al voto de las Naciones Unidas: la resolución del 8 de septiembre de 1988, justo antes del terremoto en Armenia. Esta resolución, que parte de la Asamblea General, adelanta el principio de libre acceso a las víctimas. Éste es el principio de la injerencia. El libre acceso, es comprensible, no es revolucionario. Es la primera vez que el término “víctima” se emplea como identificativo de una persona. Es la víctima la que reclama. No es el gobierno el que habla en nombre de la víctima, como de costumbre. No es la representación estatal de la víctima. Es la misma víctima. Es la personificación del derecho de un hombre a derecho internacional y, por primera vez, la resolución permite ir por todo el mundo, sobre todo porque la URSS lo había votado: abrir las fronteras debido al terremoto. Y esta solución se confirma en 1990 con la 550 que establece los corredores humanitarios. Es la carretera que va al objetivo. Esta forma de establecer los corredores es muy importante porque evita verdaderamente la capital, porque pasa por países vecinos con el asentimiento de éstos para socorrer y responder al llamamiento de la víctima.
La cuarta fase es la injerencia material militarmente protegida. Es el Consejo de Seguridad el que establece las reglas de la protección de lo humanitario, para utilizar el libre acceso sin el uso de la fuerza. Se trata de la resolución 688, muy importante en cuanto a los derechos de injerencia, por ejemplo, en Kurdistán para proteger a los kurdos contra Sadam Hussein, contra el hombre que había bombardeado con armas químicas unos años antes. La misma resolución que permitió la intervención en Somalia. Y me permito hacer una precisión sobre Somalia: algunos malos espíritus se han reído en cuanto a Somalia, pero se habría de preguntar a los cientos de niños que morían a diario y a cuyo llamamiento intervinimos. El Consejo de Seguridad no tenía la intención de establecer otro gobierno en Somalia; sí que tenía la obligación de asegurar la distribución de los víveres a los niños, cosa que consiguió perfectamente. Desgraciadamente, la política no llegó bastante lejos, pero el hecho de desembarcar y de acusarme de que tenía un saco de comida en la espalda ha sido uno de los mayores orgullos de mi vida. Ese niño era africano, estaba lejos e iba a morir. Pretendo decir con esto que tuvimos razón en actuar allí. Somalia no es un fracaso, es un semiéxito que políticamente no se vio de manera suficiente reforzado. Ahora nos podríamos preguntar lo que está ocurriendo en Somalia. Me dirán ustedes que es un pretexto, que quizás hubiera sido mejor que la política hubiera podido mezclarse, pero desgraciadamente fue más fácil actuar en el ámbito humanitario que en el político. Además, les voy a dar el ejemplo de Albania. Ha sido necesario recubrirse bajo un pretexto humanitario en el Parlamento europeo, cuando sólo era necesario el uso de la política. Pero se hubo de hacer así y fue un éxito. No hubo guerra. Hubo elecciones y de momento la situación se ha estabilizado.
La injerencia, en nuestra opinión, es un concepto preventivo. La injerencia, verdaderamente, es antes de la guerra. No es para hacer una guerra suplementaria. La injerencia no es el despliegue de un ejército; es una obligación de la comunidad internacional, que con ella se verá reforzada hasta convertirse en un derecho. Se trata de un movimiento del corazón y de la moral hacia un país y una comunidad que sufre. Es algo siempre preventivo. Si se produce durante la guerra, es bueno, pero siempre es tarde, como decía antes. Siempre es demasiado tarde cuando la comunidad internacional reacciona tras haberse producido una agresión. Es menos costoso y más eficaz prevenir. La prevención de las masacres que se articulan alrededor de algunos instrumentos humanitarios. Primero el despliegue de un ejército preventivo, un ejército eventual, pero aquí tenemos un ejemplo muy importante, que es el de Macedonia, primera experiencia de despliegue de cascos azules a título preventivo. No hay guerra en Macedonia. De momento es un éxito y hay que tener en cuenta que en Macedonia hubo 900 cascos azules y vinieron a decirnos de qué modo era de importante su presencia. En la prensa nunca se habla de lo que va bien. Esta operación, de momento, y toco madera, fue un gran éxito. Nadie habla de ello. Hubo un despliegue preventivo en Macedonia. Hubo también fuerzas regionales de la OUA y quiero decir que la OUA habría de ser capaz de formar un ejército preventivo antes de que lo haga Europa.
Respecto a la jurisdicción penal internacional, es evidente que el tribunal para los crímenes de la ex Yugoslavia, el primer intento para disuadir a los autores de crímenes de guerra y crímenes de humanidad, fue una etapa extremadamente importante de lo que yo entiendo por deber de injerencia. Estamos en el ámbito del derecho y espero que tras el tribunal de Bosnia y de Ruanda haya un tribunal permanente en Roma, espero que seamos capaces de construirlo, o sea, de armar jurídicamente esa tentativa de disuasión, los grandes criminales de la humanidad sabrán que los crímenes no quedarán impunes. Preferiría que se hiciera a través de una jurisdicción apropiada o sea, que se tomara en cuenta legalmente la injerencia. Las masacres a veces han sido activadas por los medios de comunicación. Yo he estado en la guerra de Ruanda y allí fue la población la que acabó con otra parte de la población. Y la radio tuvo mucho que ver con este desenlace de odios. Para tratar de hacer un contrafuego a las radios del odio la UNESCO ha establecido la “Radio de la Esperanza”. Hay que tratar con un sistema de alarma para luchar contra las sorderas de los políticos, que sólo oyen demasiado tarde y hay que situar anticipadamente mecanismos económicos para esta prevención.
Hay otras formas de injerencia, que son las terapéuticas. Es lo que he propuesto al Parlamento Europeo en 1996, que haya un fondo de solidaridad terapéutica internacional para tratar en el seno de los Estados a los enfermos de sida, que son treinta y ocho millones en el mundo pobre y que no tienen tratamiento alguno. Pienso que es una de las injerencias que hay que poner en marcha inmediatamente. Se hizo con los antibióticos y las sulfamidas y se ha de hacer con el sida.
Les había preguntado al principio que a quién pertenece el sufrimiento de los demás. Creo que pertenece a todos, que hay que prevenirlo y que esto significa que las consideraciones humanitarias nos tendrían que arrastrar en una primera etapa hacia un movimiento diplomático y jurídico, no una policía internacional, para no volver a lo mismo. Lo que ocurrió en 1933 puede ocurrir en la actualidad. Ruanda ha sido nuestro Auschwitz de hoy, y hubo 23 países que prometieron tropas a Butros Gali, pero nadie las envió, fue la OUA la que se ofreció a la llamada y la que dijo que estaban de acuerdo en intervenir. Hubo una ceguera para dejar reproducirse lo que para mí fue el tercer genocidio del siglo XX. Por ello para el tercer milenio estos deberes deben convertirse en leyes y tienen que incluir la protección del prójimo, es decir, una acción médica también. Considero que este cambio de la diplomacia se prepara, quizá gracias a Europa, pero la consideración del prójimo, de los demás, nos lleva a a la OUA y a Asia, y nosotros deberíamos haber intervenido en Bosnia, lo hicimos. La injerencia se produjo, pero desgraciadamente tarde.
© Bernard Kouchner
Volver al sumario