Debats 102 Invierno 2008

Los derechos humanos 50 años después

Al valorar la significación y los efectos de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, una primera conclusión parece evidente o al menos razonable: si los derechos allí establecidos y afirmados hubieran tenido un desarrollo mínimamente positivo no hablaríamos hoy, con urgencia y con inquietud, de responsabilidades y deberes. Los avances en materia de derechos humanos han sido escasos, inconstantes y más formales que reales. No podemos ni debemos sentirnos satisfechos. Hay que entonar humildemente el mea culpa y disponerse a hablar y a actuar con sinceridad y con seriedad. Partir de la base de que no hay que preocuparse en demasía porque las cosas, poco o mucho, han mejorado y van a seguir mejorando, sería entrar abiertamente en el terreno del cinismo.

En estos momentos todo parece conducirnos en el mundo occidental, en el mundo rico, a la exaltación tragicómica del “homo economicus”, un ser humano obsesionado por el lúcido lema de “cuanto más tengas más tienes” que no sólo no exige sino que rechaza categóricamente cualquier intento de justificación ideológica, filosófica o ética. Desaparecido el marxismo –la única ideología con un final utópico feliz– el capitalismo democrático avanza por todo el mundo, hacia nadie sabe exactamente dónde, de una manera fanática, es decir redoblando los esfuerzos cuando ya no existen ni metas ni objetivos concretos.

Sería injusto hablar de responsabilidades y deberes para todo el mundo y en los mismos niveles de exigencia. En el mundo occidental se ha iniciado un vertiginoso y riquísimo proceso de acumulación de todo género de derechos individuales y comunitarios que puede llegar a paralizar el sistema. Con el paso del tiempo se ha producido en los países desarrollados una profundización de valores democráticos que es sin duda positiva, pero tal profundización no acaba de generar un sentimiento de equilibrio y de respeto entre el derecho propio y el ajeno ni fomenta ciertamente la creación de comportamientos éticos. El crecimiento económico ofrece una serie de opciones y posibilidades que un mercado hábilmente manipulado magnifica y sacraliza hasta el punto de convertir algunos deseos en necesidades y, desde ahí, en cuasi derechos incluso con la categoría de humanos. Dentro de esta dinámica llegará un momento en que el derecho a aparcar o a tener un coffee-break alcanzará esa dignidad terminológíca.

Hablar, por todo ello, de responsabilidades y deberes en el mundo occidental parece inevitable y justificado. Trasladar ese mismo mensaje al tercer mundo, al enorme mundo de la pobreza, sería intolerable y ofensivo. Necesitamos al debatir sobre este tema dos tratamientos, dos códigos distintos.

El drama de la situación actual es que hemos llegado al convencimiento de que las feroces desigualdades en cuanto a derechos básicos humanos son perfectamente corregibles. Ya no están –para nuestra desgracia– en el terreno de lo imposible, y por lo tanto no es aplicable el principio jurídico de ad imposibilia nemo tenetur. El mundo rico es consciente de que con el debido esfuerzo económico y político –un esfuerzo grande, pero desde luego no extenuante– los grandes problemas de la humanidad y en concreto los datos macroeconómicos podrían mejorarse de forma sustancial en un plazo corto, pongamos, una década. La sensación general de culpabilidad, el sentimiento inequívoco de que no hacemos lo que hemos de hacer, son básicos para entender las claves psicológicas de nuestro comportamiento en una sociedad en la que va creciendo inexorablemente –y, habría que añadir, lógicamente– la corrupción moral y económica, y la basura cultural.

El debate sobre la globalización y sus consecuencias es la gran oportunidad de obtener algunas respuestas válidas –aunque no sean ni puedan ser exactas– a muchas de las inquietudes actuales. Tanto los partidarios como los adversarios de este fenómeno –por otro lado totalmente irreversible– deben afrontar abiertamente las cuestiones esenciales del drama humano. Hay que llevar este debate a todos los foros, a todos los lugares, a todas las edades, a todas las culturas, y empezar un nuevo diálogo hasta sus últimas consecuencias.

Hasta el momento ese debate parece centrarse en dónde están los límites y las insuficiencias del mecanismo de mercado o, con otras palabras, en los riesgos del llamado neoliberalismo económico y, asimismo, en los graves problemas que plantean las relaciones y los conflictos entre las grandes culturas.

Liderados por intelectuales anglosajones, muchos conservadores simplifican y unifican los dos problemas anteriores estableciendo una relación directa, y prácticamente exclusiva, entre capacidad económica y libertad de opción. En un reciente artículo, “Zig” Brzezinski afirma estar convencido de que las diferencias culturales son sólo un problema de tiempo: el tiempo que se necesita para alcanzar una educación y una riqueza determinadas. En cuanto un país logra un desarrollo cultural y económico parecido al de un país occidental las diferencias –según él– desaparecen.

Samuel Huntington es aún más conservador que Brzezinski, pero sin duda menos optimista. Él piensa que lo que se avecina, si no lo remediamos –y el remedio, según él, es difícil–, será una guerra a escala mundial entre civilizaciones, y que el enfrentamiento será entre Occidente y algunos Estados islámico-confucianos, una teoría que satisface las estrategias fuertes en la política de defensa norteamericana.

El ensayista William Pfaff, de tendencias más progresistas, no está en absoluto de acuerdo con Huntington y afirma sin reservas: Por fortuna, su teoría es falsa. Los verdaderos conflictos en el mundo actual y los que deberemos afrontar en el futuro tienen que ver con intereses y expansión nacionales, poder, dinero, comercio, territorio, petróleo, historia, ideología religiosa y política, las ambiciones de los políticos y las pasíones de los pueblos. Todos ellos tienen soluciones. Si alguna de estas soluciones surgen como resultado de una guerra, habrá guerras por un objetivo definido y tendrán un final. Las guerras entre civilizaciones no tienen final, ni tampoco límites.

La idea global del multiculturalismo que lleva implícita la necesidad de un diálogo honesto entre culturas nos va a permitir poner a prueba nuestra capacidad para superar unas inercias mentales que nos permitan salir del cerco intelectual en el que operamos habitualmente. Los occidentales, es decir, los triunfadores aparentes de la batalla ideológica y económica, tenemos la doble obligación de poner en marcha el diálogo en igualdad de condiciones y de evitar por todos los medios la tentación del determinismo económico como argumento decisivo. Es una ocasión histórica para descubrir y para intentar cosas nuevas. Debería llenarnos de gozo y no de miedo. No tenemos, en verdad, mucho que perder.

© Antonio Garrigues Walker

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