Debats 99 Invierno/Primavera 2008 - QUADERN

De un país de emigración a un país de inmigración: el caso de Malta


Malta es un microestado insular (316 km2), miembro de la Unión Europea. Su historia ha estado marcada por las migraciones, y frecuentemente por olas de emigración. En mi opinión, la historia de Malta sólo puede comprenderse sobre este importantísimo trasfondo.

Malta logra su independencia en 1964. Diez años más tarde, la isla cambia de Constitución y se convierte en una república. En mayo de 2004, se adhiere a la Unión Europea. A mediados de los años ochenta, se transforma en espacio de transbordo de fletes, en centro financiero y en destino turístico.

Nuestro país está en el centro del Mediterráneo, en el extremo sur de Europa, a unos 93 km de Sicilia. Carece de recursos minerales, de lagos, de arroyos y de montañas. Cuando Carlos V quiso dar Malta en feudo a los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, en el siglo XVI, éstos tuvieron la inteligencia de enviar una misión de reconocimiento para ver qué les proponía y prefirieron declinar el ofrecimiento: escasos recursos hídricos, poca agricultura y una capacidad defensiva demasiado débil –problemas que han perdurado durante siglos. Al fin, los mendicantes no tuvieron elección, y acabaron, a falta de alternativa, por aceptar el ofrecimiento. Las únicas ventajas de Malta fueron su posición estratégica, sus puertos naturales y su clima moderado.

El censo de 2005 dio una población de unos 400.000 habitantes, con una tasa de crecimiento estimada en un 0,42 %. La isla es uno de los países más densamente poblados del mundo, con una tasa neta de migración de 2,05 migrantes por cada mil personas.

Políticamente es una democracia administrada por un gobierno central, con consejos regionales dotados de pocas competencias administrativas transferidas. La población tiene un alto nivel educativo y la tasa de alfabetización se sitúa en el 93 %. El maltés y el inglés son las dos lenguas oficiales.

El calcáreo es el único recurso natural, y el exiguo tamaño de la isla confiere un precio tanto mayor a la tierra; una de las industrias principales es, pues, la de la construcción. Incluso si la agricultura ha hecho grandes progresos estos últimos años, en particular desde el ingreso en la Unión Europea, sigue siendo reducida: el 3 % del PIB. De hecho, el país sólo satisface un 20 % de sus necesidades alimenticias. La economía maltesa reposa en gran medida en el comercio exterior1, el sector industrial (sobre todo electrónico y textil) y el turismo, aunque este último atraviese actualmente un periodo de estancamiento. El PIB, en paridad al poder adquisitivo, asciende a 7.861 millones de euros, con un crecimiento del 1 %. Los sectores más productivos son hoy los servicios (74 %) y la industria (23 %). Se estima alrededor de 160.000 puestos de trabajo y el paro se sitúa en torno al 7,8 %. Pero nadie, o prácticamente nadie, vive por debajo del umbral de pobreza.

Como los malteses viven en una pequeña isla, han desarrollado industrias vinculadas con el mar. Aquí, el almacenaje ha sido siempre una actividad prioritaria. Se es más mercantilista que industrial. Las actividades mercantiles incluso precedieron a la llegada de la flota de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Se ha llegado a afirmar que esta población, que no sobrepasaba los 10.000 habitantes en el siglo XV y no era autosuficiente, hubo de recurrir a la piratería y a la exportación de algodón para financiar su alimentación2. A lo largo del siglo posterior a la llegada, en 1530, de los caballeros de San Juan, los buques de transporte ocupaban a 1.000 personas, es decir, al 10 % de la población. Esta actividad iba a alcanzar su cima en el siglo XVII, con unos 4.000 empleados3.

Al igual que los pastores deben buscar pastos para sus rebaños, los malteses tenían la desgracia de deber franquear los mares para asegurarles a los suyos “pasto” y supervivencia…, ¡y dejar a las mujeres solas en Malta! El comercio no significa sólo movimientos de mercancías, sino también movimientos de hombres, si no en tanto esclavos, al menos en tanto trabajadores. Este fue el destino de la mayoría de países del Mediterráneo. Braudel pudo advertir que la emigración había sido el modo más usual, para las islas, de penetrar en el mundo exterior4. A fines del siglo XVIII, el 15 % de los varones malteses vivía en una diáspora comercial entre España, Portugal y Sicilia; o bien servían en buques extranjeros5. A lo largo del siglo XIX, el Mediterráneo era para los malteses una segunda residencia que la Providencia les había asignado. De ahí las diversas implantaciones maltesas tanto sobre la orilla sur –Marruecos, Argelia, Túnez, la Cirenaica y Egipto– como sobre la orilla norte –España (en particular, Andalucía), Marsella, las islas Lípari, Grecia, Corfú, Chipre, Constantinopla y Esmirna.

La emigración maltesa culminó en el siglo XX. La isla conoció un verdadero éxodo. El factor principal era, como en los siglos pasados, el de la “pulsión” inscrita en una economía desequilibrada y subdesarrollada: no era la persecución política, como en el caso de las incursiones bereberes a la búsqueda de esclavos –que los malteses hacían bien, hay que decirlo en interés de la equidad–, y todavía menos la persecución religiosa.

Para el imperio británico, Malta no era sólo un almacén mediterráneo; era un puesto vital entre dos colonias estratégicamente importantes: Gibraltar y Chipre. No sorprende, pues, que Churchill hablase de “portaaviones insumergible”. Es por otro lado la razón por la que la isla prosperó, paradójicamente, nada más acabadas las guerras. Era una máquina de guerra que siempre había proporcionado trabajo a los malteses.

Por tanto, se puede explicar fácilmente la emigración maltesa del siglo XX en términos de dependencia: la explotación de una posición estratégica para responder a las necesidades del imperio en el Mediterráneo y, tras la apertura del canal de Suez, al exterior del Mediterráneo. De hecho, Gran Bretaña jamás favoreció en la isla la menor industria, con excepción de los astilleros H.M. Imperial Dockyard al servicio de la Marina y de la Air Force de Su Majestad. Todo ello en un país donde se encuentra la más antigua universidad de la Commonwealth fuera de Gran Bretaña y que emplea una fuerza de trabajo altamente especializada.

A partir del momento en que la tecnología militar comenzó una evolución radical y desde que los aliados británicos, los Estados Unidos y la OTAN estuvieron bien implantados en Sicilia y, de modo más amplio, en la Italia meridional, la marina y el gobierno británicos declararon la base maltesa tecnológicamente obsoleta. De aquí la decisión de desmantelarla en un corto plazo de tiempo y de conservar tan sólo una posición de mero tránsito. Consecuencia: decenas de miles de malteses acabaron en el paro o se vieron forzados a emigrar a Australia, Gran Bretaña, Canadá o incluso, en el marco de cupos, a los Estados Unidos. Hay desde entonces más malteses de origen en Australia que en Malta.

La emigración maltesa de 1946 a 1996

País Hacia De Cifras Netas Retorno (%)
Australia 86.787 17.847 68.940 21,56
Canadá 19.792 4.798 14.997 24,24
Reino Unido 31.489 12.659 18.830 40,20
Reino Unido 31.489 12.659 18.830 40,20
Estados Unidos 11.601 2.580 9.021 22,24
Otros 1.647 907 740 55,07
Total 155.060 39.087 115.973 25,21

Fuente: L. E. Attard, The Great Exodus, Malta, PEG, 1989.

A finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, la emigración ya no es cosa de brazos, sino de cerebros. Aquí son a la vez los factores “pulsión” y “llamada” los que juegan, con un comienzo de éxodo de cerebros. El factor “pulsión” es particularmente evidente en el cuerpo médico. Los profesionales especialistas que se quedan en Malta saben que estarán subempleados, con independencia de su alta cualificación y su experiencia clínica; ejercen la mayoría del tiempo en Gran Bretaña y los Estados Unidos. El factor “llamada”, sobre todo desde que Malta se ha unido a la Unión Europea, afecta igualmente a los abogados, los economistas, los diplomáticos, y de modo más amplio a los administrativos de todas las categorías, intérpretes y traductores incluidos.

¿Se beneficia Malta de esta emigración? La respuesta sería que sí, incluso si es difícil de cuantificar este provecho6. Visto el carácter de mucha unión de las familias maltesas, el beneficio más evidente consiste en las transferencias monetarias realizadas por los emigrantes a sus padres, a su parroquia y a diversos clubes locales. Hay, por si fuera poco, la aportación financiera de los emigrados que vienen a pasar sus vacaciones a Malta; no menos de 50.000 turistas al año según el profesor Cauchi: “La prosperidad en términos de dinero en metálico y de capacidad económica que traen los ex emigrantes es una incógnita más en el cálculo del beneficio para el país de origen”7. El coste de la emigración, en Malta, se mide más en términos de sufrimiento humano –el trauma de la separación y sus consecuencias psicológicas– que en términos económicos.

La estela de los otros

¿Qué hay de la “inmigración” a Malta? La isla no es un país de inmigración, por eso las comillas, pero yo sitúo bajo este epígrafe a los emigrantes que han regresado, a los refugiados y a los residentes clandestinos de países extracomunitarios.

Desde los años ochenta, desde que Malta inició su desarrollo, centenares de malteses han regresado y han encontrado un trabajo en la isla. Otros han vuelto para disfrutar de su jubilación. Otros además han venido porque huían de las persecuciones, el hambre y el paro en los países africanos. Malta se había convertido de facto en un destino de clandestinos. 2.822 refugiados de Iraq y de la ex Yugoslavia durante el último decenio ; 1.968 de ellos reinstalados en Canadá, en los Estados Unidos y en Australia. En el siglo XXI, los solicitantes de asilo embarcan en Libia, pero no es en Malta donde quieren establecerse8. Llegan de países tan diferentes como Somalia, Eritrea, Egipto y Sudán. Malta no es su destino. La isla se encuentra simplemente en el camino hacia Italia: Lampedusa, Sicilia y Messina. Son las tormentas o una mala orientación lo que trae a esas personas.

De enero de 2002 a octubre de 2005, Malta concedió el estatuto de refugiado a 155 personas, el de refugiado humanitario a 1.422, estando en trámites de solicitud 223 personas. Se han rechazado 1.126 solicitudes durante el mismo periodo, y se han retirado 54 (informaciones del servicio del Comisario para los refugiados). Este aumento de la población refugiada se destaca en relación a la tendencia general en Europa. También se produce, en menor medida, en Chipre.

Todo ello implicó una pesada carga financiera para Malta. Era necesario alimentar a los inmigrantes, ofrecer una educación a sus hijos y darles asistencia sanitaria gratuita. Algunos plantearon problemas de seguridad y orden público; un fenómeno sin duda hinchado e interpretado de manera ideológica. Sin embargo se colocó a los clandestinos y a los solicitantes de asilo en centros cerrados durante dieciocho meses, a fin de que los residentes en países extracomunitarios comprendiesen que la isla no era el lugar ideal hacia donde ir. Ahora, Malta ha armonizado su legislación con los reglamentos en vigor en la Unión Europea y sus migrantes son liberados al cabo de un año de detención.

Las represalias del Imperio

La emigración y la inmigración se deducen en Malta, sobre todo, del factor “pulsión” y, en menor medida, del factor “llamada”. Son consecuencia de un subdesarrollo a menudo causado por potencias extranjeras, multinacionales y gobiernos corruptos. Una isla de Malta subdesarrollada enviaba a sus emigrantes allí donde se les acogiese. Hoy, los residentes de países subdesarrollados que “pertenecían” antaño a imperios europeos se ven forzados a huir, bien a causa del subdesarrollo, de las persecuciones políticas o de conflictos nacionales o internacionales, y a refugiarse en antiguas colonias o metrópolis que forman parte del G8 . Se trata de una cuestión de supervivencia, al no ser Malta, en este contexto geopolítico, más que un trampolín. Sin embargo, el precio a pagar sobrepasa las posibilidades de nuestra economía.

La única solución consiste, a mi modo de ver, en el establecimiento de un orden económico mundial de tipo nuevo. El comercio debe reemplazar las ayudas que alimentaron durante mucho tiempo la corrupción en el tercer mundo, mientras que los fondos, llegado el caso, eran vueltos a insuflar en el país de origen.

© Joe Inguanez
Traducción Josep Carles Laínez

Joe Inguanez es director ejecutivo de DISCERN – Institute for Research on the Signs of the Times (Malta).

NOTAS


1 A lo largo de los siglos, los malteses se han especializado en el comercio de almacenaje; cf. C. Vassallo, Corsairing to Commerce: Maltese Merchants in XVIII Century Spain, Malta, Malta University Publishers, 1997.


2 Cf. A. T. Luttrell (ed.), Medieval Malta. Studies On Malta before the Knights, Londres, The British School at Rome, 1975.


3 Cf. M. Fontenay, “Los fenómenos corsarios en la ‘Periferización’ del Mediterráneo en el siglo XVII”, en Desigualdad y dependencia, Murcia, 1986; C. Vassallo, op. cit.


4 Cf. F. Braudel, Civilisation and Capitalism. 15th-18th Century, vol. II, The Wheels of Commerce, Londres, 1982, p. 78.


5 Cf. C. Vassallo, Op. cit., p. 252.


6 Cf. M. N. Cauchi, The Maltese Migrant Experience, Malta, Gozo Press, 1999.


7 Ibid.


8 Cf. M. Thomson, Migrants on the Edge of Europe. Perspectives from Malta, Cyprus and Slovenia, Brighton, University of Sussex (Sussex Migration Working Paper, n° 35), 2006.


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