Inmigración, colonialismo, Europa
Un fantasma recorre Europa: la idea de que los millones de inmigrantes que residen en nuestros países están aquí como se extiende la gripe en un colegio de primaria. Feliz algarabía de una política de hechos consumados. Nadie parece haberlos traído, reclamado, solicitado, los convenios de cooperación son literatura oral cuya procedencia se desconoce, y nunca, ninguna legación, ha dado el placet para la entrada... ¿Generación espontánea acaso?
El razonamiento de quien hoy gestiona la llegada de inmigrantes, y su futura integración, es el siguiente: los inmigrantes están aquí, por tanto han de quedarse para siempre; en segundo lugar: si están, es porque quieren, voluntariamente, estar. Nadie habrá preguntado a los interesados, pero este apriorismo es la piedra angular de las políticas de inmigración europeas. A partir de esa rocambolesca síntesis, y azuzados por las apariencias, se ha comenzado a poner en práctica medidas de amplio alcance, las cuales, no nos engañemos, chocan en ocasiones con las necesidades de las sociedades de acogida, y, en muchos casos, con las de los mismos inmigrantes. Por desgracia, no son dos ideas ciertas y contrastadas, sino dos supuestos asumidos por el discurso “solidario” de este comienzo de siglo. Su nacimiento se produjo al calor del autoodio europeo posterior a la terrible experiencia de Auschwitz, y se quiere culpabilizar, ab aeterno, a todos los habitantes de Europa, generación tras generación, de una serie de pecados y maldades que no soportarían, fuera de interesados prejuicios, una crítica de amplitud.
La inmigración, bien al contrario, debe gestionarse a partir de dos ideas base, opuestas a las mencionadas arriba. Éstas habrían de alumbrar no sólo la política interior, sino las obligaciones internacionales: 1) Los inmigrantes son, y en su gran mayoría desean serlo, “trabajadores visitantes” (así los considera Alemania); y 2) Los inmigrantes no quieren estar aquí; vienen porque anhelan, en muchísimos casos, ayudar a sus familias en los países de origen.
Sólo asumiendo estas dos vértebras del trasfondo de las migraciones, se podrán implementar políticas humanitarias, igualitarias y de realidad cultural. Si se falsean, además de forzar a los inmigrantes a considerarse parte de donde no quieren considerarse parte, de mirar con recelo sinceros intentos de integración, o de hacer la vista gorda ante actitudes en nada beneficiosas para la democracia, se estará poniendo en riesgo la convivencia, y abocando a la ciudadanía a conflictos ajenos a toda lógica. Los políticos no deberían olvidar que los autóctonos aún son los autóctonos, y defenderán, con uñas y dientes, derechos y libertades conquistados por sus antepasados, en particular aquellos que atañen a determinados sectores de la población (la igualdad de la mujer, los derechos del colectivo GLBT, la liberalidad en las costumbres…) y que son soslayados –mientras se adopta la mejor de las sonrisas– para no “ofender” a quien, por principio, está llamado a contravenirlos.
Así, pues, el único modo de encarar las cuestiones complejas que suscita toda ola de inmigración, es afrontar con valentía qué retos son los pendientes, o los esperados, para los, si se me permite la licencia, aborígenes europeos. Se trataría, en todo caso, de realizar políticas donde tanto los recién llegados, cuanto los ciudadanos de pleno derecho, se sintieran a gusto durante el tiempo que durara su convivencia, y, desde el respeto innegociable a la totalidad de los valores de Europa, se tendieran puentes de simpatía mutua y amistad entre continentes. Por desgracia, estas políticas no podrán pasar nunca por el “café para todos”; si así se hiciera, se incurriría en un error grave: en aras a no “discriminar” a los extranjeros, se estarían conculcando derechos de los autóctonos reconocidos en los máximos documentos internacionales (sin ir más lejos, en los artículos 18, 19 ó 28 de la Declaración Universal de Derechos Humanos; o en todas las declaraciones de derechos de los pueblos indígenas, de los que el europeo, apúntese bien, es uno más).
Partiendo de este planteamiento, analizaré, siempre desde la perspectiva europea, cuatro variables a tener en cuenta a la hora de evaluar la inmigración, y cómo habría de ser regida en beneficio de todos. Me refiero al problema, la necesidad, el deber y el reto de la nación en su conjunto para que una realidad tan visible, y tan dolorosa, como es abandonar la tierra propia, sea considerada en términos de esperanza.
El problema de Europa
Hay un grave problema de fondo. A pesar de las intenciones, de las exclamaciones gubernamentales, de tantas políticas de compadreo con tiranos de países del tercer mundo, quienes dirigen los destinos de Europa se avergüenzan de ser europeo, así como de los valores que le permiten actuar conforme actúa. Y, si no se sienten apocados, lo disimulan a la perfección, a fin de adecuarse a una moda multicultural y aperturista cuyas consecuencias, en su ignorancia, acabarán por devorarlos.
Una trayectoria histórica y científica consolidada (aun con sus inevitables sombras y épocas de crisis) es utilizada, de modo malévolo, para endosarle a Europa connotaciones que llevan, a muchos dirigentes, a la vergüenza, la culpabilidad y el autoodio. Si la cosa se quedara ahí, un psiquiatra y un psicólogo solucionarían la transitoria incapacidad mental, y el enfermo hallaría pronta cura. Pero no. Tales sentimientos están introyectados hasta el tuétano (y ha ocurrido en poco más de medio siglo), se consideran los únicos verdaderamente fidedignos en todo europeo, y no sólo no se lucha contra ellos, más bien se potencian, desde los medios de comunicación a “educaciones para la ciudadanía”.
Con la premisa de que lo europeo es imperialista, culpable de todo, sospechoso siempre, y sus realizaciones de miles de años, equiparables a las de cualquier otro pueblo sobre la tierra, se está haciendo un flaco servicio a la autoestima de las jóvenes generaciones y a ayudarles a encontrar su lugar en el mundo. Lo curioso, empero, es que se trata de la misma táctica utilizada, hace décadas y siglos, por europeos contra europeos, y cuya consecuencia ha sido la desaparición de pueblos con una pujante cultura. Táctica, no está de más señalar, denunciada por quienes ahora se apresuran a su práctica si es Europa en su conjunto la perjudicada. Convencer a millones de personas de que su lengua es un habla de paletos; su historia religiosa, una herejía; su historia política, una traición; y, su historia cultural, provinciana, no lleva a celebrar con cánticos el resultado definitivo: la extinción de la lengua, la religión, las instituciones políticas, y la cultura propias. Esto, en bloque, ha sucedido, por ejemplo, en Occitania; sin embargo, casos de cada una de estas arremetidas los hay en abundancia en diversos territorios de Europa (León, Aragón, Saboya, Bretaña, Lombardía…). Y nadie debería sentirse orgulloso.
En la actualidad, se sigue una táctica semejante con la base lingüística, histórico-cultural y jurídico-institucional de Europa. La pretendida primacía del individuo lleva a hacer tabula rasa, en la cuestión de la ciudadanía plurinacional en el seno de un Estado, de los elementos que constituyen al autóctono. Por tanto, se procede a borrar los rasgos de la comunidad nacional que acoge: no hay nación hecha, sino ciudadanos iguales. En breve: los gobernantes europeos, presos en sus complejos identitarios, se esfuerzan por transformar Europa en una cáscara (por tomar prestada la imagen del libro España no es una cáscara del ensayista Javier Ruiz Portella). Europa ya no es una nación a la cual se arriba porque uno quiere incorporarse a ella en todos los ámbitos, sino un territorio donde cada cual puede seguir siendo lo que era, pues se ha asumido como valor propio de Europa la ausencia de valor, el vacío ideológico, la pura inanidad. Al perderse el orgullo de las creaciones y del papel de Europa en el mundo, los recién llegados no tienen por qué hacer ningún esfuerzo para ser europeos. Europa no es ni una cáscara, es un pasillo con habitaciones a los lados.
No dejaría de ser curioso, si no fuera lamentable, que al igual que la noción de “ciudadano europeo” es un conjunto vacío, susceptible de ser rellenado por no importa quién, al inmigrante raramente se le concede esta asepsia asignificante; antes se le engloba, a la fuerza, en la cultura, lengua y religión… con las cuales se ha criado o, aún peor, de las cuales ha huido. El multiculturalismo, o cualquier otro juego de palabras que emplee la yuxtaposición de poblaciones de origen distinto, es un término sinónimo con uno que sus defensores consideran antónimo: guetización. Ésa parece ser la agenda oculta de los gobernantes europeos: unas ciudades de guetos, aisladas, escindidas.
Las necesidades de Europa
Pero, ¿Europa necesita inmigrantes?, ¿Europa necesita nuevos ciudadanos, desconocedores de nuestra idiosincrasia, y con derecho a voto de manera casi automática? Estas dos cuestiones pueden resultar polémicas, pero urge su respuesta de inmediato, y cualquier inquina contra ellas estará basada en un razonamiento inexistente, y en cierta dosis de traición. La moda del mestizaje o del multiculturalismo es sólo eso, una moda caduca. Y sería irrelevante si no fuera susceptibles de dejar secuelas que hagan irreconocibles nuestros territorios.
En verdad, quien está encantado con la llegada de inmigrantes no es el ciudadano de a pie, sino las grandes empresas, que ahogan así al trabajador europeo y, de paso, se aprovechan del silencio de los foráneos. Esas previsiones de la necesidad de veinte millones de trabajadores en Europa, o lo imprescindible de recibir, en dos décadas, la descomunal cifra de cincuenta y cinco millones de inmigrantes, responden no a datos reales, sino a deseos de bondad, de actuar siguiendo pautas estipuladas por nadie sabe quién. Por otra parte, se es temerario en grado sumo al desestimar el efecto de tales afirmaciones en quien siempre está presto a solucionar las cosas por la vía del autoritarismo o la violencia.
Europa necesita reflexionar a fondo, y con urgencia, desde las bases de ella misma, y aprender de cómo imperios más poderosos han caído. Reflexionar sin complejo alguno y sin miedo a las respuestas, pues ésta es la mayor traba a la hora de meditar sobre nuestro futuro: el miedo a que la realidad no se avenga con las fantasías solidarias y simplistas extendidas como una pandemia.
Se arguye la necesidad de relevos generacionales. Perfecto, eso se ha de crear o potenciar: políticas de natalidad de discriminación positiva no en aquellos fragmentos poblacionales cuyas tasas de fecundidad son altas, sino en los sectores sociales en los que hay constancia de descenso acusado. Necesitamos que las parejas europeas tengan hijos para iniciar una tendencia al alza, sin hipotecar las vidas o los recursos de quienes, en el tercer mundo, desearían vivir por siempre sin emigrar. Se trata, por tanto, de una necesidad doble: ayudar al nacimiento de niños, y, en consecuencia, no necesitar mano de obra extirpada, que sólo conlleva la “fuga” de emigrantes y la dificultad de progreso de sus países respectivos.
Junto a esta medida, Europa debería realizar claros proyectos de desarrollo en los países tercermundistas, invirtiendo el dinero que se va en ayudas a foráneos cuando llegan a la nación (cheques bebé, becas escolares de comedor, seguridad social, subsidios de desempleo…) en los países de donde proceden, a fin de evitarles la angustia de la emigración. Desertificar poblacionalmente determinados países en provecho de una minoría empresarial “europea”, desarraigada de los valores que habría de defender, es, cuanto menos, inmoral.
Pero Europa ha de comprender qué necesita lo primero de todo. Europa tiene una enorme necesidad, mientras se vuelca en promover la industrialización de los países en vías de desarrollo y proveer puestos de trabajo allí, de restaurar sus valores propios, recuperar el orgullo de todo aquello que la ha llevado a ser, en el dominio del espíritu, un faro universal, de enarbolar de nuevo la antorcha de su excelencia. Sin conocer su verdadero lugar en el mundo, y quiénes son sus semejantes, será muy difícil que los ciudadanos de la Europa histórica creen vínculos irrompibles y sean solidarios con quienes deben.
Europa necesita ser consciente de que no tiene ninguna deuda con nadie. Además, de cualquier mal que se la acuse, encontraremos sin dificultad ejemplos más sangrantes en cualquier otro punto del planeta. Basta ya de la esquizofrenia de los Estados europeos: se benefician de sus características propias, mientras se arrepienten de eso mismo.
Europa necesita dar ejemplo de firmeza, de vigor, de unidad, y ha de tener los medios para transmitirlo a sus generaciones del mañana.
El deber de Europa
Europa, por tanto, ha de asumir una política clara de apoyo a los países en vías de desarrollo, de inversión en infraestructuras, en empresas sobre las cuales no recaiga la sombra del abuso, en sanidad, en educación en las lenguas indígenas, en crear nuevas fronteras si es preciso, debido a una pésima descolonización, y para respetar la autodeterminación de los pueblos… Cuando sea necesario, se ha de implementar el derecho de injerencia que el actual ministro francés Bernard Kouchner ya defendía hace más de una década, es decir, la posibilidad de que una fuerza internacional asuma el control de un determinado territorio si se poseen evidencias contrastadas de que en él se están conculcando los derechos humanos, si la corrupción de las instituciones hace inviable la vida de los habitantes, o si no se corresponden sus riquezas naturales con el grado lógico de progreso y bienestar.
Porque éste es un punto básico en la cuestión de la inmigración, una coincidencia general en todo tipo de personas, procedan de África, de América o de Asia: nadie dejaría de vivir en su país si las condiciones fueran semejantes a las que puede encontrar en nuestra nación.
Asumir este deber es también atacar las estrategias del lloriqueo. Éstas sólo buscan culpabilizar a Europa de los desmanes cometidos por los dictadores de los países del tercer mundo. Europa no ha de asumir como condena la arribada de flujos migratorios. No hemos de compensar a nadie por nada. Esto sería aceptar la desigualdad entre nacionales e inmigrantes, sería estar siempre a caballo de una veleta, que rotaría según el criterio (nunca desinteresado) de quien pudiera manipular las conciencias para un cambio u otro.
Europa, eso sí, tiene el deber de crear estructuras de cooperación estables con los países, sobre todo, de África. Habría de hacer todo tipo de esfuerzos para conseguir que los Estados se democratizaran, y, en primer lugar, atendieran las necesidades de sus ciudadanos. Sólo con una población satisfecha, y con niveles de vida aceptable, se podrá frenar un éxodo que conduce al agotamiento de tercer mundo, y la imposibilidad de incorporación al seno de los Estadosdel primero.
Al mismo tiempo, habría de establecerse un sincero e imprescindible diálogo interreligioso, sin ningún tipo de posturas previas. Las religiones han de asumirse como un ineludible modo de ser hombre. La privacidad de lo sagrado, y la absoluta intocabilidad de las religiones propias de cada país, además de sus manifestaciones públicas, habría de verse acompañado por un respeto a la ley democrática. De esta forma, cualquier persona o legislación no emanada del pueblo, y más aún si atenta contra los Derechos Humanos, habría de ser perseguida o abolida. La consecuencia sería conducir a las poblaciones a una libertad cada vez mayor basada en principios que no atentaran contra la desigualdad entre los sexos, la integridad corporal, la opción sexual, o la religión del posible cónyuge. Cualquier religión que contraviniera la totalidad de estos cuatro derechos fundamentales de nuestro ordenamiento jurídico, y que atañen a la inviolabilidad de la persona, habría de estar prohibida en Europa.El reto de Europa
Ante el actual estado de los hechos, Europa no puede permitirse seguir con una actitud de desviar la mirada cuando brotan los conflictos. Y son, cada vez, más numerosos: desde el alto porcentaje de encarcelados extranjeros al aumento de paro entre los inmigrantes, de las algaradas de las ciudades francesas en 2005 a las mafias de todos los pelajes que circulan cuasi impunes por Europa, de la creación de barrios donde la policía no entra y se cometen delitos gravísimos bajo el paraguas de la “tolerancia” religiosa (crímenes de honor, violaciones múltiples...) al intento de imponer formas de vida intolerables en una sociedad igualitaria y democrática. Todo esto, tan sólo un pequeño muestreo, no se soluciona diciendo “creemos en una sociedad multicultural”, “el mestizaje es el futuro de los pueblos”, “en Europa cabemos todos”, “ya no hay europeos, sino ciudadanos”. Política del avestruz cuyo resultado será cierto, con la salvedad de que, en esa nueva sociedad de “Europa”, la única cultura que faltará será la autóctona.
Los gobiernos europeos, desde el fin de la II Guerra Mundial, se han fascinado con las grandes palabras. La Declaración Universal de Derechos Humanos, papel mojado donde los haya, aunque arma a esgrimir siempre, fue el pistoletazo de salida de una serie de términos-corteza, pues nada en su interior hay. Una nueva conformación del mundo en que Europa había sido la culpable de las matanzas y crímenes contra la humanidad realizados por los nazis y los comunistas. El reto, por tanto, es romper esa dinámica. Y en el problema de la inmigración eso se hace llamando a las cosas por su nombre, pues aunque sea un fenómeno de antigüedad milenaria, ello no significa ni su aceptación acrítica, ni su bondad intrínseca. Y a la luz de cómo se desarrollan los acontecimientos, y ante políticas de verdadero suicidio (¿o asesinato?) colectivo (la concesión de la nacionalidad, en el caso de España, con tan sólo 2, 4 ó 10 años de residencia a quien no pertenece a la UE; la posible extensión del voto en las elecciones municipales a quien ólo sea residente), habría de realizarse una clara distinción no de origen, sino de perspectivas de nuestros nuevos convecinos. Entre los migrantes, grosso modo, se impondría una triple clasificación.
Inmigrante stricto sensu es quien sueña siempre con volver a su país, la lejanía lo domina, atraviesa periodos de depresión, y ahorra aquí con la esperanza de poder retornar a su tierra, con los suyos, en cuanto tenga los medios. Podrá, en determinados casos, verse abocado a residir para siempre en su país de acogida, y la obligación de los Estados europeos será entonces que sus descendientes formen parte de la cultura europea; y podrá, en otras condiciones, regresar a su país y no volver más. Es, como decía, la figura del “trabajador invitado”. Evidentemente, una muestra de respeto hacia sus sentimientos y su tradición es no incluirlo, porque sí, en el grupo de sus nacionales, ni “obligarlo” a adoptar una nacionalidad que puede suscitar en él sentimientos de deslealtad a su patria.
Por el contrario, hay también quien emigra con intenciones, digamos, de colono; éstos, al no hacer ningún esfuerzo por adecuarse a las particularidades de los países de acogida, acaban por convertirlos en pequeñas islas donde poblaciones trasplantadas sigan manteniendo, sea como sea, aquello que juzgan irrenunciable (y aunque contravengan las leyes del país de acogida). No tienen ninguna intención ni de integrarse ni de retornar a sus países, pues la conformación de éstos es secundaria en su concepción del mundo. Por otro lado, intentan aprovechar las fracturas del ordenamiento democrático, y el autoodio europeo, para exigir y conseguir de facto daciones absolutamente contradictorias a las leyes, y con la libertad y autonomía de determinados sectores sociales.
A diferencia de éstos, hallaríamos, en tercer lugar, al “nuevo ciudadano”, es decir, aquel que no desea volver a su país, y asume con gozo las características del que le proporciona una nueva identidad (lengua, fiestas, costumbres…). No pueden ser equiparables las actuaciones con quien desde un primer momento se desenvuelve y ejerce una actitud activa como cualquier nacional (aprendiendo la lengua propia –por supuesto, las minoritarias–; estableciendo vínculos asociativos con colectivos de barrio, de ciudad, de país; participando en las tradiciones propias de la localidad donde vive; defendiendo las actuaciones del gobierno de turno o criticando las que perjudiquen al colectivo donde él quiere integrarse, no al revés…).
No es difícil encontrar ejemplos de cada uno de estos tipos, susceptibles de ser ampliados o modificados en subtipos. Éstos incluso variarán con el paso del tiempo. Y eso será lo importante, establecer mecanismos de valoración que ayuden a apreciar de modo objetivo la integración de los inmigrantes.
El reto, por tanto, es exponer las necesidades europeas y contar con aquellos que de verdad quieran construir con nosotros la Europa del mañana, basada en principios asentados en el cumplimiento de los Derechos Humanos, y en nuestras costumbres seculares: la cultura emanada de la Hélade y de Roma, y cualquier Iglesia de denominación cristiana.
Conclusiones
La presencia de millones de inmigrantes en el territorio nacional europeo ya no es algo que se pueda prever, una posibilidad entre mil, un requerimiento específico. No. Pasó el tiempo en que se pudo gestionar, con sentido crítico y ayuno de discursos rimbombantes, una modificación tan radical de la fisonomía de nuestros pueblos y ciudades. Los millones de inmigrantes se encuentran ya entre nosotros, y, por esta misma razón, ya no son inmigrantes, sino “nuevos ciudadanos” que los gobiernos quieren a toda costa asimilar a los autóctonos. A partir de esta indiferenciación, cabría, si los presumibles “nuevos ciudadanos” deciden quedarse (cosa que no ha de darse alegremente por supuesta), construir una Europa donde sus valores, realizaciones culturales y logros sigan proporcionando bienestar, seguridad y orgullo a sus miembros.
El Imperio Romano, del que Europa ha de considerarse sucesora directa, ya asumió con éxito la dificultad de hacer que individuos de lenguas y orígenes geográficos dispares se sintieran vinculados por la satisfacción de llamarse miembros de una comunidad soberana y majestuosa. Y ahí tenemos, entre otros, al hispano Séneca; al bereber S. Agustín; al fenicio Porfirio; al árabe Jámblico; al griego Sinesio; al siriaco Efrén… Lenguas distintas, tradiciones religiosas diferentes, costumbres diversas, confluían, sin embargo, en la creación de Roma, en ser parte de ese imperio que duró hasta 1453.
Si, en cambio, la idea de Europa como constructora de civilización es arrinconada, se respeta hasta el menor rasgo de los inmigrantes, ofreciéndoles como contrapartida la ausencia de carácter de los nuestros, no habrá más Europa, no porque los llegados no se integren, sino porque no se les habrá sabido transmitir la importancia de integrarse. En pocas palabras, la solución a los problemas planteados por los grandes flujos migratorios reside en potenciar la europeidad presente o futura de los ciudadanos de Europa. Pero no podemos pensar que una estrategia de cesiones y de tolerancias lleve, a quien no tiene el menor interés en incorporarse a nuestra sociedad, a amoldarse y a acatar leyes extrañas, y además emanadas de países que han perdido, por un constante acoso y derribo, toda legitimidad y credibilidad.
Europa ha de ser una idea fuerte y trascendente. Quien venga aquí ha de saber que viene a un territorio cuya cultura se ha extendido por el globo y ha llevado a cabo las mayores conquistas de la humanidad. Ha de saber que va a convertirse en miembro de una sociedad orgullosa de sí misma, de su religión y de su historia; convencida de la importancia de su tradición; y que no piensa renunciar a ninguna de sus lenguas por minorizadas que estén. Ha de ser consciente que la relación de intereses ha de ser mutua. Y, sobre todo, ha de tener claro lo que es ser parte de Europa, y Europa ha de saber transmitirle esa sensación de plenitud. Tras un periodo de acomodo, Europa habrá de estar en condiciones de conceder al trabajador invitado, y residente desde años, los derechos y deberes de sus nacionales. Por esto mismo, la nacionalidad no puede ser una concesión “ciudadana” ni una “medida para la integración”; no, ni mucho menos. La nacionalidad europea, bajo cualquiera de sus Estados, no es el carnet de un club o de unos grandes almacenes, sino un certificado que acredita la pertenencia a un colectivo. No importarían tanto los años de presencia ininterrumpida (aunque cualquier cifra menor a 10 sería, cuando menos, temeraria) cuanto la cohesión que el nuevo ciudadano haya conseguido. Europa ha de contar con europeos y, sobre todo, con padres de europeos.
Europa tiene ante sí la posibilidad de constituirse en una nación que sepa preservar sus raíces, tendiendo siempre la mano hacia quien desee ser un europeo más, con independencia de su origen, su sexo o el color de su piel. Quien ame nuestra tradición, y desee compartir con nosotros un futuro que también será suyo, ha de tener las puertas siempre abiertas.
© Josep Carles Laínez
Josep Carles Laínez es filólogo y escritor. Entre sus últimos libros, La tumba de Leónidas (2006) y Aquí la noche tiene el nombre de Valeria (2007).
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