Migraciones y construcción de países en el África negra: el caso de Costa de Marfil a partir de mediados del siglo XX
Introducción
En el contexto de la profunda crisis que experimenta Costa de Marfil en la actualidad, una parte esencial del debate se centra en la inmigración. Algunas personas afirman que el Estado debería conceder automáticamente la nacionalidad a todos los inmigrantes que viven en suelo1 marfileño. Otras piensan que no debería concederse ni siquiera a aquellos que llevan un largo período de tiempo viviendo en el país. El debate se polariza entre aquellos que creen que la nacionalidad es un derecho que se obtiene por nacer en un Estado determinado y aquellos que piensan que se obtiene por la ascendencia. Este antagonismo explica, en parte, la magnitud del conflicto interno que vive el país, ya que todos los Estados de África occidental están representados en Costa de Marfil por sus inmigrantes. Incluso aunque este índice2 esté disminuyendo en la actualidad, sigue siendo el país con mayor porcentaje de extranjeros (26% de la población en 1998) del África negra.
Nacido como Estado independiente en 1960 tras su separación de Francia, un país que transformó todas las estructuras sociopolíticas y económicas que había antes del siglo XX, Costa de Marfil, al igual que el resto de países del imperio francés, adquirió finalmente una conciencia de nación a través de asociaciones que se consideraban específicamente marfileñas, ya que alegaban que habían sido creadas por comunidades que habitaban el país antes de la colonización3. Con todo, ¿de qué sirve discutir acerca de derechos de nacionalidad cuando en África ha habido migraciones masivas desde la conquista colonial y cuando este concepto aún no se entiende de la misma forma en todos los países africanos?
Una encrucijada de personas incluso antes del siglo XX, Costa de Marfil fue la colonia francesa de África occidental en la que más, y más variada migración hubo durante el período colonial. Un análisis de este caso puede ilustrar algunos aspectos de la construcción del país en el África postcolonial, así como algunas de las paradojas de la geopolítica contemporánea del continente, así como los retos socio-políticos que plantea la integración regional.
El propósito de este artículo es aclarar el tema de la migración en Costa de Marfil y mostrar por qué este país se convirtió en el principal polo de atracción para los migrantes de África occidental entre mediados de los años 50 y finales de los 80. Se analizará la percepción que los marfileños y los inmigrantes tienen los unos de los otros, y de su rol en la construcción del país una percepción que está divida entre la colaboración y la enemistad. Finalmente, se estudiará cómo escapar de enfoques que generan conflicto y, sobre todo, cómo responder a los retos socio-políticos en Costa de Marfil y en otros Estados de África occidental, para dar una oportunidad a la integración regional.
La magnitud de la migración en Costa de Marfil a partir de mediados del siglo XX
La historia de la migración en Costa de Marfil muestra cómo el período colonial marcó el punto de partida para las migraciones masivas a este país, una afluencia que ha seguido siendo numerosa en el periodo postcolonial, al menos hasta los años 80.
En el periodo entre guerras, los migrantes se vieron obligados a dejar sus países de origen para huir de los trabajos forzados. A partir de los años 40, fueron esencialmente trabajadores temporales, ya que en 1946 se abolieron los trabajos forzados y en 1950 se adoptó el “Código de trabajo indígena”4. Estuvieran o no organizados por el SIAMO (Syndicat interprofessionel d’acheminement de la main d’oeuvre), se trasladó a los bosques a grupos de inmigrantes de otras colonias o de las regiones de la sabana del propio país. Esto estimuló la producción de café y de vigas de madera en los años 50: el “boom” económico se vio acompañado por un “boom” de población.
Lejos de caer con la independencia, el flujo de migrantes creció (figura 1). La oleada de golpes de Estado en África y la incertidumbre política causada por ciertos regímenes tuvieron como consecuencia la presencia ocasional de refugiados políticos. Sin embargo, en general, debido al fuerte crecimiento económico que experimentó Costa de Marfil (un índice medio del 9% anual de 1959 a 1979), fueron sobre todo los refugiados económicos quienes entraron en el país entre los años 1960 y 1980, con un marcado aumento en el periodo 1970-80 durante la crisis climática del Sahel. Durante los años 70 y 80, hubo una afluencia de pastores fulaníes a las sabanas del norte. Al igual que en Malí y en Burkina Faso, sus relaciones con los campesinos de esta zona se complicaron en los años 80.
Más allá de estos significativos factores económicos, la explosión demográfica que tuvo lugar en toda África occidental a partir de los años 50 también explica la magnitud de los movimientos de población hacia estas regiones en las que la agricultura estaba en expansión. En cuanto a los empleos e ingresos que diferían de los permitidos por un sistema como éste, la política económica tanto del periodo colonial como del postcolonial no anticipó los efectos de la revolución demográfica. Así, el cacao, el café, las vigas de madera y, más tarde, los sectores petroleros —es decir, la zona boscosa de Costa de Marfil— importaron a la mayor parte de los trabajadores capacitados, incluyendo a los migrantes. El dinamismo del puerto de Abiyán, a partir de su apertura en 1950, y los efectos estructurales del crecimiento económico en ciudades secundarias hicieron el resto.
Así, desde el final de la era colonial, Costa de Marfil ha tenido una clásica geopolítica de migración. Hay zonas de emigración (toda la sabana y el Sahel) y zonas de inmigración (las regiones boscosas y sus alrededores). Las tendencias que se han creado provocan una insidiosa despoblación de las llamadas regiones “pobres”, que quedan reducidas a simples suministradoras de mano de obra y que, por lo tanto, son áreas con mucha emigración. Durante el periodo colonial, el Alto Volta (ahora Burkina Faso), el Sudán francés (ahora Malí) y Níger se encontraron en esta situación, para beneficio de las plantaciones de cacahuete de Senegal (el movimiento estacional de los llamados “navétanes”) y, más tarde, para beneficio, sobre todo, de las plantaciones de cacao y café de Ghana y Costa de Marfil. En este último país (figuras 3 y 4), hubo un despoblamiento de todas las sabanas del norte y del centro por esta razón: en 1998, esta parte del Estado, que representa el 60% del territorio marfileño, había recibido sólo un 13% de los inmigrantes e incluía al 27% del total de la población, frente al 40% de finales de los años 50.
Estos movimientos de población, estudiados a través de biografías o censos, cambiaron tanto la composición como la distribución geográfica de la población marfileña. Con el tiempo, Costa de Marfil se convirtió en el punto de mayor atracción para los flujos migratorios en África occidental. Ya en 1937, había más migración en el país que en Senegal; y en 1955, tenía más inmigrantes procedentes del Alto Volta y del Sudán francés que Ghana. Esta tendencia a largo plazo, de la que las autoridades marfileñas trataron de beneficiarse al final de la colonización (véase el segundo plan tetranual de 1958-1962), se mantuvo e incluso aumentó tras 1965 y hasta mediados de los 80, de forma que Costa de Marfil acabó teniendo un número de migrantes superior al de cualquier país africano o europeo y, además, se convirtió en el principal destino para los migrantes de África occidental.5 El porcentaje de extranjeros en el total de la población, que era aproximadamente el 11% en 1958, pasó a ser el 18% en 1965, el 22% en 1975, el 28% en 1988 y el 26% en 1998 (figura 1).
Sin embargo, a partir de 1980, Costa de Marfil, al igual que el resto del África negra, atravesó una seria depresión económica y los planes para el ajuste estructural no se llevaron a cabo. Las oportunidades de trabajo se redujeron. Y, aunque hubo cambios en las tendencias migratorias, no hubo retornos a gran escala de los inmigrantes a sus países de origen. Por el contrario, aquellos que llevaban en el país quince años o más, y los extranjeros nacidos en Costa de Marfil pronto fueron al menos tan numerosos como los inmigrantes más recientes6. Sin embargo, un cuidadoso análisis de las estadísticas y de los informes presentados por algunos inmigrantes demuestra que, a principios de los 80, Costa de Marfil comenzó a ser un lugar de paso hacia otros destinos, especialmente de Europa occidental (sobre todo Francia y Reino Unido), adonde también los propios marfileños empezaron a emigrar7.
En otras palabras, la cuestión de la migración cambió. En el contexto de la crisis social y económica de los años 80, comenzaron a notarse los efectos sociales derivados del aumento demográfico (la población creció a un ritmo del 3,5% anual durante los años 80) y de la integración eficaz de los millones de inmigrantes de larga duración Aunque a éstos últimos se les seguía considerando extranjeros, muchos de ellos habían nacido en el país8.
Los marfileños y los inmigrantes de larga duración: convivencia y rechazo durante el proceso de construcción del país
A finales de los años 50, al igual que otras colonias9, Costa de Marfil se enfrentó a la cuestión de la inmigración y los extranjeros. Las autoridades coloniales tuvieron dificultades para contener los actos de violencia contra inmigrantes dahomeyanos y togoleses que se perpetraron en octubre y noviembre de 1958.
Sin embargo, en el África occidental francesa, bien a través de la promoción de ideas panafricanas, bien a través de la acción de partidos federales como la Rassemblement démocratique africain (Alianza democrática africana) o el Partido para la Reagrupación Africana y de sindicatos (por ejemplo, UGTAN, Unión general de trabajadores del África negra), hubo numerosos intercambios amistosos. La gente luchaba por objetivos comunes, sobre todo porque todos estaban en el mismo barco colonial. Parecía entonces que las divisiones no eran entre “extranjeros” y “nativos”, sino entre colonizadores y colonizados. De hecho, hubo intentos de explotar a los inmigrantes con fines políticos, ya que el deseo de volver a sus países de origen permaneció, debido a los desplazamientos forzosos de los años entre guerras.
Efectivamente, tan pronto como se estableció la relación colonial, el equilibrio de poder erigido por el sistema colonial reforzó el antiguo sentimiento entre los africanos occidentales de que había una diferencia irreductible entre ellos y los colonos blancos. Esta idea estuvo presente en la lucha por la independencia política. Al mismo tiempo, la colonización introdujo nuevas percepciones y definiciones de lo extranjero, que finalmente se sobrepusieron a las ideas tradicionales. En primer lugar, se establecieron fronteras entre territorios. Además, sobre todo en el periodo entre guerras, maduró todo un discurso pseudo-psicológico que clasificaba a varias comunidades “nativas” en todas las colonias de acuerdo con ciertas etiquetas (“los valerosos y dóciles voltenses”, “los recalcitrantes senegaleses”, etc.). Por último, se aplicaron prácticas administrativas fundamentadas en “el control de la población nativa” y “el respeto de las costumbres locales”10. Esto fomentó que la población se identificase con ciertos territorios. Las autoridades post-coloniales trataron de mantener intactas estas políticas.
Había pruebas de esta conciencia territorial por toda el África occidental francesa cuando el imperio promovió la autonomía de cada territorio colonial en el marco de la ley de 1956. Numerosos funcionarios y ayudantes del régimen colonial volvieron a sus países de origen, mientras que la migración temporal continuó siendo más significativa que la de larga duración (figura 5).
En resumen, cuando en 1960 se creo el Estado existente, los valores de hospitalidad y bienvenida tradicional no eran la norma en todas partes o para todas las personas. Ya se habían debilitado debido a la ideología y a las políticas socio-económicas del sistema colonial. Tomando éstas como base, se llevó a cabo la construcción del país en toda África occidental. Cuando el imperio colonial francés estaba concediendo la independencia a sus colonias, los actos de violencia cometidos en octubre y noviembre de 1958 contra dahomeyanos y togoleses en Costa de Marfil mostraron cuán extremadamente sensible había pasado a ser la cuestión de la inmigración a finales del periodo colonial. También plantearon la pregunta de cómo integrar a los extranjeros en países como Costa de Marfil, a los que el poder colonial había dirigido la mayor parte de los migrantes en el África occidental francesa.
Sin embargo, a partir de 1961, las nuevas autoridades tomaron nuevas iniciativas en esta área. Querían permitir el acceso a todo el territorio marfileño a los inmigrantes, así como a los propios marfileños, incluyendo a todos aquellos que se habían trasladado a diferentes partes del país para trabajar la tierra. La ley de nacionalidad del 14 de diciembre de 1961 concedió la nacionalidad marfileña a todos aquellos inmigrantes de la antigua África occidental francesa que hubieran llegado a Costa de Marfil antes de 1960. En 1966, se trazó un proyecto de ley que permitía la doble nacionalidad y que habría proporcionado los mismos derechos civiles a todos los ciudadanos del Conseil de l’Entente (Consejo de la Entente: Benín, Burkina Faso, Costa de Marfil, Níger y Togo). Aunque este proyecto de ley fue retirado por el Gobierno debido a ciertos temores11, cualquier inmigrante africano tenía derecho a establecerse en cualquier punto de Costa de Marfil y trabajar la tierra. El presidente F. Houphouët-Boigny dijo: “La tierra pertenece a quien la trabaja". Del mismo modo, se permitió a todos los extranjeros que repatriaran sus bienes a sus países de origen sin ningún tipo de restricciones. Finalmente, a partir de 1980, sorteando la oposición expresada en 1966 y las restricciones introducidas en el código de nacionalidad del 21 de diciembre de 1972 (el solicitante tenía que superar un largo procedimiento de naturalización y un periodo de prueba de diez años antes de poder disfrutar de todos los derechos civiles), un decreto presidencial estipuló que todos los ciudadanos de los Estados del África occidental podrían participar en las elecciones de Costa Marfil, en iguales condiciones que los ciudadanos marfileños.
Hasta los años 90, este conjunto de medidas constituyó el marco oficial de la política de inmigración de Costa de Marfil. El presidente Houphouët-Boigny y el partido único que gobernaba la nación estaban determinados a forjar un solo modelo de ciudadano “sin distinción de edad, región de origen o sexo, para crear una nación coherente”12. Para las nuevas autoridades, la independencia significó la integración de los inmigrantes, basada en las decisiones estratégicas de 1959, cuando se estableció el Conseil de l’Entente, que también incluían el fortalecimiento de la situación de Costa de Marfil en las relaciones entre África y Francia, y entre Occidente y el África negra en general. Esta decisión estratégica era opuesta a la estrategia “federalista” senegalesa adoptada al final de la colonización, aunque se mantuvieron los aspectos económicos de la opción de Senegal, especialmente el desarrollo de plantaciones a partir de 1950. Aunque esta política de atracción fue un éxito tal que llegó a atraer a numerosos inmigrantes de toda África occidental, resulta sorprendente el modesto número de naturalizaciones que hubo entre 1965 y 1998: menos de 100.000 en 1998 (figura 2). Quizás los inmigrantes no estaban interesados en obtener la nacionalidad marfileña, o puede que, en realidad, las naturalizaciones se concediesen a regañadientes, incluso bajo el mandato del presidente Houphouët-Boigny. Cabe que la gente aceptara su suerte, sin más, sin importar cuál fuera13.
En general, la mayoría de la población marfileña se adaptó a la postura oficial14. En los pueblos y ciudades, el asentamiento de inmigrantes o de marfileños de otras partes del país no supuso ningún problema. La contratación de trabajadores extranjeros en plantaciones o en la industria tampoco planteó problemas hasta 1980. Parece que hubo mucha buena voluntad para con los inmigrantes, pues los campesinos les concedían gustosos el uso de parcelas de tierra sin haber recibido presión alguna por parte de las autoridades. También había inmigración no africana: la colonia francesa en Costa de Marfil era la mayor del África negra, casi 50.000 incluso en 1975, y el número de sirios y libaneses también era notable (300.000 en 1985). Esta hospitalidad no sólo correspondía a necesidades económicas y políticas, también se presentó como un intocable valor africano. En un periodo en el que el poder estaba en manos de un solo partido e incluso de un solo hombre15, el ejercicio de los derechos civiles parecía estar universalmente aceptado.
Si algunos han interpretado esta postura oficial como una explotación de los inmigrantes, cabe decir que la inmigración comenzó a ser un asunto delicado no tanto por razones políticas, sino como resultado de preocupaciones sociales y económicas. Los derechos civiles acordados de facto para los “extranjeros” procedentes de África occidental no fueron criticados porque aquella “casi-ciudadanía” se entendía como una forma de restringir el mercado laboral y las oportunidades de hacer negocios fuera del sector de la agricultura. Sin embargo, para algunos, a finales de los años 70, parecía estar acentuando un monopolio de facto de algunos inmigrantes en ciertos sectores: producción de carbón, materiales de construcción, reparación de automóviles, venta al por menor, etc.
Además, hasta que la crisis en la agricultura no se convirtió en una crisis de la tierra y una crisis social general a mediados de los 80, con la vuelta a sus pueblos de numerosos habitantes de ciudades sin empleo, las críticas y la hostilidad sólo fueron expresadas por las clases urbanas y normalmente más en privado que en público. En contraste, en el sur de Costa de Marfil, con la llegada de los pastores fulaníes tras las crisis climáticas de los años 70 en el Sahel, el campo pasó a ser el área en que aumentaron los choques violentos e incluso sangrientos entre pastores y campesinos.
Además de estos incidentes entre marfileños y extranjeros, que las autoridades siempre contenían rápidamente, es importante hacer hincapié en que, a nivel político y entre marfileños, el monolítico sistema de gobierno no previno la creación de una perversa alianza entre aquellos a favor de integrar la región del África occidental y aquellos a favor de “una nación marfileña”16. El primer movimiento tenía el apoyo de un sector de la clase media que quería conseguir una posición poderosa en, o contra, el sistema de partido único: estaba basado en un análisis de mecanismos locales de patrocinio para llegar a una visión étnica y transnacional de la política. El segundo movimiento, descrito en aquel momento como “nacionalista” por los medios de comunicación, se hizo explícito a partir de mediados de los años 70, principalmente en competiciones deportivas contra otros países africanos. Hacía énfasis en los “intereses de Costa de Marfil” sin ni siquiera decir cuáles eran exactamente. El primer acto de violencia realmente serio cometido contra “extranjeros” después de la independencia tuvo lugar tras un partido de fútbol entre Costa de Marfil y Ghana en 198517.
Estos actos de violencia y expulsiones de extranjeros, que tuvieron lugar en varios países africanos durante los años 60 y 70, parecieron tener continuidad en Costa de Marfil a partir de los años 80. La prensa local resaltó los casos criminales que involucraban a extranjeros; de esta forma, fomentó el estereotipo de los inmigrantes como ladrones, traficantes de droga o asesinos. A mediados de esa década, la relación entre los marfileños y las comunidades de inmigrantes se fue deteriorando progresivamente. Los efectos sociales de la crisis económica y los planes para el ajuste estructural, que tuvieron como consecuencia el desempleo y la pobreza en 1981-82, proporcionaron el pretexto para que la gente protestara por el “rol demasiado importante” que los inmigrantes desempeñaban en Costa de Marfil. Estas protestas echaron raíces en grupos sociales cada vez más grandes, sobre todo en la clase media. Numerosos inmigrantes comenzaron a marcharse. Así, a partir de mediados de los años 80, fue aumentando progresivamente la emigración neta de Costa de Marfil. ¿Cómo se explica este cambio de actitud?
La explicación que suele darse se basa en la larga depresión económica que hubo de 1980 a 1990, así como en la crisis social que la acompañó. Aunque esta explicación no es incorrecta, sí resulta insuficiente. En realidad, la efectividad de las decisiones tomadas en 1960 ha tardado en ponerse de manifiesto, ya que el joven Estado no tenía ningún control sobre los flujos migratorios porque ni siquiera controlaba sus propias fronteras, ni tenía ningún tipo de política global para integrar a los inmigrantes en los lugares en los que se establecían. La respuesta a estos asuntos fue meramente pragmática y, para la gran mayoría de los inmigrantes, estuvo basada sólo en consideraciones económicas. Las autoridades no prestaron atención al hecho de que la cuestión de la inmigración depende en parte de cómo se percibe a los extranjeros cuando no se hacen invisibles en su nuevo entorno, por lo que siempre hay una tensión constante entre la comunidad y la asimilación. Dejar que todos se establecieran no era suficiente: había que promover deliberadamente la inclusión social y el deseo de pertenecer a la nueva comunidad.
Debido a que los inmigrantes procedían, sobre todo, de países vecinos, siempre se creyó que volverían a sus hogares cuando hubieran hecho fortuna. Las decisiones “a favor de la comunidad” de los inmigrantes ─ el hecho de que vivieran juntos en ciertas partes de la ciudad o en campamentos, y su forma de vida ─ reforzaron su estatus de “extranjeros” en el país de residencia. Algunos marfileños estaban incluso preocupados por el alto índice de desempleo de inmigrantes (73% en 1993): de hecho, incluso aunque haya numerosos inmigrantes en sectores modernos de la economía, tienden a establecer redes de asistencia mutua que, a menudo, les han permitido disfrutar de posiciones dominantes durante décadas, especialmente en la economía informal y en la agricultura.
Fue en este contexto en el que, a mediados de los 80, se hizo popular la retórica acerca de la preferencia nacional. Hubo una insidiosa campaña de prensa contra la marginación social supuestamente causada por los “extranjeros”18. También fue entonces cuando apareció el concepto de “umbral de tolerancia”; adoptado de la retórica sobre inmigración que había en Francia en aquel momento, esta idea apoyaba la postura de ciertos defensores de la ivoirité (literalmente, “marfileñismo”), un concepto que hizo su debut en el discurso público de Costa de Marfil en 1995, pero que, en realidad, data de los años 70.
El concepto de “umbral de tolerancia” estaba en el fondo de un informe del Comité Económico y Social publicado en abril de 1999 que atacaba de forma explícita la política marfileña de fronteras abiertas. De acuerdo con este concepto, hay un cierto porcentaje de extranjeros por encima del cual se hace imposible la integración y se pone en peligro la cohesión nacional. Esta noción no tiene fundamento científico ni se basa en un análisis empírico de los hechos y, en cualquier caso, no puede ponerse en práctica: las fronteras son tan porosas que Costa de Marfil —como otros países de la región— no es capaz de fijar el así llamado “umbral de tolerancia” (incluso aunque tal cosa exista), ya que ninguno está en situación de medir el número de personas que entran o salen de su territorio. Recurriendo a redes sociales tradicionales basadas en la afinidad cultural19, los inmigrantes simplemente evitan los puestos fronterizos y se mueven más o menos como quieren, sin que en ello influyan la política oficial del Estado o las relaciones con otros países.
En los años 90, un nuevo factor hizo de la inmigración un asunto aún más dramático. Los ataques a civiles durante las guerras de Liberia y Sierra Leona causaron migraciones involuntarias o forzosas que hicieron más urgente aún una solución regional para este asunto. La explotación de inmigrantes con fines políticos20 alimentó la hostilidad de los países receptores tanto como la etnicización de las relaciones políticas internas, en detrimento del proyecto de construcción del país. A partir de las elecciones generales de 1980, pero especialmente a partir de las de 1990, éste fue un tema recurrente en las luchas por el poder entre la clase media urbana de Costa de Marfil.
Para los inmigrantes, el hecho de que hubieran cambiado de país refleja desequilibrios en sus naciones de origen. A pesar de que esto incluye hambrunas y malas cosechas, ingresos bajos, guerras, etc., el inmigrante permanece siempre atado a su comunidad de origen: es un punto fijo en la estrategia por la supervivencia que los inmigrantes han adoptado al irse a otro país por un periodo de tiempo más o menos largo. Cuando las circunstancias lo permiten, se establecen las redes de migración que traen consigo transferencias económicas e incluso influyen en la vida política tanto del país de origen como del de residencia. En el caso de Costa de Marfil, que es sobre todo un país de inmigración, las transferencias económicas al extranjero hechas por inmigrantes exceden con mucho a las transferencias similares hechas por emigrantes marfileños a su país (figura 6). En los años 90, cuando la legislación de sus países de origen lo permitió, los inmigrantes tomaron parte en la vida política de sus naciones sin renunciar a su derecho a votar en Costa de Marfil, concedido en 1980. A pesar de sí mismos y como resultado de la insuficiencia de una política basada en una visión limitada de la nación-estado en los países jóvenes, los inmigrantes se encontraron atrapados entre las razones para abandonar su hogar y las diversas cuestiones planteadas por su presencia en el país de residencia. No tenían más opción que cultivar su diferencia “nacional”, de acuerdo con las circunstancias, precisamente en el lugar en que podrían haber construido una nueva vida. Esta situación se dio tanto en Costa de Marfil como en otros países de África occidental21.
En Costa de Marfil, esto puso a prueba la política de puertas abiertas que había habido desde 1960. A partir de los 90, se tomaron medidas para limitar el número de inmigrantes, sobre todo mediante la introducción de un permiso de residencia en 199122, y también mediante la limitación de sus derechos económicos. El acceso al servicio civil quedó restringido en 1991; la ley sobre la propiedad de la tierra se introdujo en 1998. Inicialmente una medida presupuestaria, el permiso de residencia pronto se convirtió en una forma de seleccionar a los inmigrantes y de impedir la entrada a los más pobres. Esta medida muestra cómo el Estado trató de monopolizar y de regular el derecho de la gente a mudarse y establecerse.
La reforma de la tierra de 1998 fue el resultado de un deseo de reducir la presión sobre este asunto, pero no tuvo en cuenta las normas “habituales” que regían el acceso de los recién llegados a la tierra, incluidos los marfileños de otras regiones, territorios o familias. Los efectos sociales de esta apropiación privada de la tierra, que fue fuertemente promocionada por el Banco Mundial en 1991, resultaron ventajosos para los propietarios locales de capital que estaban en situación de relanzar la economía de plantación (especialmente hevea y aceite de palma), es decir, la clase media. Pero las consecuencias fueron negativas para los pobres de las áreas rurales, sobre todo jóvenes y mujeres, así como para los inmigrantes que habían obtenido tierra para cultivar. Esta decisión, además del enfoque político exclusivamente centrado en los ciudadanos, representó una ruptura con la tradición. Poca gente previó el efecto tan desestabilizador que tendría sobre la cohesión social de este joven Estado.
La abolición del derecho a voto de los inmigrantes en 1995 mostró la determinación de afirmar el carácter exclusivamente nacional de los derechos civiles y políticos en Costa de Marfil, donde la presencia de poblaciones comunes en ambos lados de la frontera hace imposible cualquier control. Los hábitos adquiridos durante el periodo en que gobernó el Partido único se siguen manteniendo incluso ahora que los partidos tienen que ganar las elecciones. Esta conculcación refleja un debate político interno acerca de cómo obtener poder, un debate conducido abiertamente por la clase media como resultado de la caótica transición hacia la democracia y el pluralismo en la política y en los sindicatos. El debate también está abierto a nivel internacional en lo que concierne a las relaciones con los habitantes de países vecinos, de quienes no se tiene claro si son amigos o enemigos, especialmente con los efectos colaterales de las guerras civiles en Liberia y Sierra Leona. Además, desde la muerte de F. Houphouët-Boigny, la situación de Costa de Marfil dentro de la estrategia de Francia para África occidental se ha desmoronado, al igual que lo ha hecho el papel que ha desempeñado Francia en el desarrollo de Costa de Marfil. La facilidad con que tuvo lugar el golpe militar del 24 de diciembre de 1999 ilustra la situación geoestratégica de esta región.
Así, la política de bienvenida y de integración de inmigrantes ha fracasado. Ésta explotó a los inmigrantes dentro de un marco político heredado del periodo colonial, aunque la explotación se hizo menos patente bajo el sistema de partido único. La crisis del modelo social y económico causó serias tensiones en los años 80. Se percibían temores contradictorios: por un lado, se rechazaba la idea de que Costa de Marfil fuera un país con un alto índice de inmigración, desarrollándose con retraso respecto a otros países en África occidental, y hubo protestas por la falta de política de integración de inmigrantes en el proyecto de construcción del país. No obstante, por otro lado, también se deseaba que Costa de Marfil tuviera un papel activo, o incluso fuera líder, en la aplicación de un proyecto para la integración regional. Estas relaciones de convivencia y rechazo se alimentaron mutuamente y pesaron sobre la cuestión de la inmigración de la joven comunidad nacional de Costa de Marfil.
El tema de la migración en la construcción de un subgrupo regional en África occidental
Desde el punto de vista del libre movimiento de bienes y personas, los intentos de crear un grupo regional en los años 70 (la Communauté économique de l’Afrique de l’Ouest [Comunidad Económica de África Occidental — CEAO] y la Communauté économique des Etats de l’Afrique de l’Ouest [Comunidad Económica de los Países de África Occidental — CEDEAO]) tenderían a sugerir que, para las autoridades marfileñas, la frontera no era la línea divisoria entre dos estados soberanos, sino una zona de soberanía compartida en África occidental. Los derechos económicos, civiles y políticos que se concedieron de facto a todos los habitantes de esta región establecidos en Costa de Marfil crearon ambigüedades judiciales que fueron analizadas de forma desigual por los expertos antes de 1990. Para algunos, el partido único, el PDCI-RDA, quería explotar a los extranjeros con fines políticos; para otros, deseaba hacer realidad una unidad africana. Tras 1990, el cambio en la política en materia de inmigración fue interpretado por algunos como la expresión de una profunda “xenofobia” de los marfileños o de un “etnonacionalismo” que llevaba a tratar a los inmigrantes como chivos expiatorios.
Estas interpretaciones parecen excesivas. Aquellas que desarrollan la teoría del “etnonacionalismo” porque son partidarias de análisis etnográficos que clasifican a la sociedad marfileña en términos de “grupos étnicos” y “tribus”, al igual que en el periodo colonial, son simplistas. Tienen poca relación con la complejidad social de este país y con las profundas consecuencias de los cincuenta años de cambios económicos y mutaciones socio-demográficas. Es mucho más importante estudiar los fenómenos sociales, sobre todo la evolución de las miras políticas de la clase media que varían desde aquellos que apoyan la total apertura de las fronteras hasta aquellos que quieren reducir el papel de los extranjeros en el país. Cuando los efectos sociales de las políticas de ajuste estructural comenzaron a notarse en los años 80 y cuando las luchas de poder se hicieron más agudas, la hostilidad de la clase media se acentuó, tanto para “liquidar” una parte de la base popular del anterior partido único (por ejemplo, la demanda de retirar el derecho a voto a los no-marfileños en 1990), como para resistir mejor la crisis económica general, reduciendo el número de gente que se beneficiaba de la renta del suelo generada por la explotación de los productos agrícolas básicos del país23.
Fue en ese momento, a principios de los 90, cuando la idea de la integración regional fue relanzada en los países francófonos tras la devaluación de enero de 1994 y en toda África occidental (el tratado de la CEDEAO [Communauté économique des Etats de l’Afrique de l’Ouest ] se revisó en 1991). La situación de Costa de Marfil en el área económica de África occidental es más favorable que la de otros países (Costa de Marfil tiene el 40% del PIB de la Unión Monetaria de África Occidental y el 27% del PIB de esta región, además de ser el mayor comerciante de la CEDEAO). La decisión de romper con las políticas económicas seguidas entre 1960 y 1989, una decisión impuesta por la clase media, es, por lo tanto, contradictoria, si no suicida, para el equilibrio geopolítico y económico de África occidental. La situación global en la región y en la propia Costa de Marfil se agravará si la lógica de “la nación exclusiva” no se abandona a favor de una política dirigida hacia esta región en su conjunto. Tal política regional tendría en cuenta el desarrollo de toda África occidental, así como los cambios que han tenido lugar en la composición de la población marfileña desde, por lo menos, 1950.
Es la actitud hacia los inmigrantes, por lo tanto, la que hace que los extranjeros se sientan como tales. Todos los miedos y fantasías causados por el sistema de intercambio desarrollado en el siglo XX se proyectan sobre el inmigrante, en detrimento de la mayoría de ellos. Es esencial salir de este círculo vicioso mediante la adopción de un enfoque regional para la cuestión de la migración y para los problemas que plantea.
Una condición necesaria para cualquier política sobre migración, sea nacional o regional, es la apreciación del rol del inmigrante (y, por lo tanto, del extranjero) en aquellas regiones en las que hay movimientos significativos de población. Esta valoración, tanto en Costa de Marfil como en el resto de África, se basa en los siguientes elementos:
Un mejor entendimiento entre poblaciones y culturas comunes. En el pasado reciente, tenemos una memoria de luchas comunes de África occidental contra toda forma de sometimiento y dominación, dentro de un proceso de globalización que comenzó con la era colonial y que nunca nos ha sido favorable. Esto puede contribuir a establecer una conciencia histórica común en esta región y puede ayudar a mejorar la imagen de los habitantes de cada país a ojos de sus vecinos.
El desarrollo del papel de las escuelas y de los medios de comunicación en la mejora de la imagen del migrante extranjero. Las imágenes negativas deben cambiarse a través de la educación, en favor de una actitud más positiva hacia otros pueblos.
La formulación y armonización de políticas para la integración de los migrantes, con derechos y deberes recíprocos.
Un plan como éste sería un elemento clave en una estrategia global de la integración regional. La política migratoria debería consistir en:
Una política regional, basada en actos de integración regional.
Medidas para ayudar a poblaciones perjudicadas por el hecho de no adaptarse al territorio en el que viven o a sus métodos de producción. La noción de “retorno”, que a veces se invoca para poner en entredicho la eficacia de las políticas dirigidas a la integración es, de hecho, una ilusión. Con la excepción de movimientos temporales de población, no hay un “regreso definitivo”, sino una “pluralidad territorial” en la que los inmigrantes van y vienen.24
Una política regional para la gestión del territorio en la que se tenga en cuenta el verdadero valor de los pueblos vecinos, sobre la base del hecho de que están involucrados los unos con los otros en intercambios permanentes y múltiples. De esta manera, las estrategias para la integración de personas serían más eficaces que los planes para la armonización de las políticas del Estado. La implementación común de políticas para la gestión del territorio y la participación directa de la población en este proceso podrían ser elementos esenciales para llevar a cabo este plan integrador, que crearía nuevos eslabones de desarrollo para unir a las poblaciones en el respeto a la dignidad y a los Derechos Humanos.
La armonización de las leyes con una visión para redefinir la nacionalidad, su aplicación y la forma en que podría extenderse para crear una nacionalidad regional con derechos y deberes para todos
Estas propuestas surgen del deber moral de pacificar la situación, sobre todo en las áreas en las que los índices de inmigración son altos. El concepto de “circulación libre de bienes y personas”, que, en la actualidad, se basa demasiado en la economía, sólo puede ser sospechoso a ojos de quienes no se aprovechan directamente de él o de quienes piensan que, con los flujos migratorios, pierden más de lo que ganan.
Conclusión
Las manipulaciones y reinvenciones de la historia personal o comunitaria nos obligan a tener una actitud crítica hacia las fuentes, orales o escritas, especialmente cuando la cuestión de los extranjeros y de los inmigrantes abre el debate sobre quién es autóctono en una parte del mundo en la que hay una larga historia de movimientos de población25. Esta situación tiene como consecuencia que la distinción entre el derecho a la nacionalidad para todos aquellos nacidos en el país o sólo para aquellos cuyos padres son marfileños no es aplicable en comunidades políticas jóvenes como son los Estados de África occidental. La porosidad de las fronteras, heredada de la colonización; las numerosas poblaciones comunes a ambos lados; las incontroladas causas de migración, como por ejemplo, la explosión demográfica; los desastres naturales, la pobreza de las masas como resultado de las malas políticas económicas, las guerras civiles, etc. provocan cambios permanentes en el mapa de la población, especialmente en zonas con altos índices de inmigración.
Costa de Marfil ha sido un importante destino para inmigrantes desde la época colonial. Ahora se encuentra atrapado por un proceso de construcción del país basado en los paradigmas heredados de la colonización francesa. En la región de África occidental, éste es un factor importante para la reconfiguración geopolítica que se está llevando a cabo, tanto en términos de movimientos de población como en lo que respecta a la decisión estratégica tomada por los Estados para caminar hacia la integración regional, es decir, hacia el declive de la nación-estado inventada tras la independencia.
Para comprender esta reconfiguración y su relación con la cuestión de la migración intra-regional, resulta esencial prestar mucha más atención a los factores sociales, sobre todo a la evolución de la postura de la clase media que varía de acuerdo con la situación económica y con el equilibrio de poder dentro de ella. En el caso que nos ocupa, hemos visto que esa postura pasó del apoyo a las fronteras abiertas para todos, a una política de inmigración restrictiva, que supone un cambio radical con respecto al fomento previo, cuando el sistema colonial entró en crisis, una crisis que empeoró tras colonialismo, entre 1960 y 1990. Atrapada por su propia estrategia de desarrollo, basada en las ventajas de ese sistema, esta clase media ahora se niega a que el país continúe admitiendo a inmigrantes. Es en este marco donde las luchas de poder se definen y acentúan, y no a la inversa.
Explotados por aquellos que se aprovechan de las diferencias culturales y de un concepto de ciudadanía que no ha sido interiorizado por la mayoría, los inmigrantes se encuentran atrapados entre las estrategias adoptadas para resolver la crisis general en África occidental. La adopción de una política regional de migración en este territorio podría ayudarnos a reducir las causas de los conflictos políticos, especialmente los actos de violencia cometidos contra las comunidades de inmigrantes, así como conflictos privados, como aquellos que tienen relación con la tierra. La simple necesidad de sobrevivir y la situación económica de una sociedad que suele depender mucho del mundo exterior hacen que la solidaridad regional sea más difícil, especialmente en un periodo de crisis, a menos que nos centremos en nuestros objetivos comunes de desarrollo, nuestros lazos culturales y, sobre todo, nuestra dignidad humana.
© Pierre-Aimée Kipré es catedrático emérito de la École Normale Supérieure de Abiyán y antiguo Ministro de Educación de Costa de Marfil. Traducción de María López Ponz
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NOTAS
1. En un debate entre el presidente Gbagbo y la audiencia radiofónica, un oyente, el señor Bernard Zongo dijo que Costa de Marfil le debía todo a los burkineses y condenó la violencia perpetrada contra ellos con estas palabras: “Han sido masacrados aun cuando han contribuido a la economía de Costa de Marfil”. Concluyó diciendo que debería concedérseles la nacionalidad marfileña como recompensa por haber trabajado en Costa de Marfil y que deberían disfrutar de los mismos derechos que los ciudadanos marfileños. Entre otras cosas, el presidente Gbagbo respondió: "Si trabajar en un país fuera suficiente para solicitar la nacionalidad, Francia sería nuestra patria” (entrevista con el presidente L. Gbagbo, Africa, 1 [22 de junio de 2006]).
2. El porcentaje de inmigrantes era del 3,7% en 2005, del 4% en 1990 (Statistiques choisies sur les pays africains, 2006, p.7) y más del doble entre 1975 y 1980.
3. Para otener más información sobre estas primeras asociaciones, véase Kipré (1986, vol. 2).
4. Véase el número especial de la revista Présence Africaine dedicado a este tema: Le travail en Afrique noire; edición especial de Présence Africaine, Paris, 1951.
5. Inmediatamente después de la descolonización, en abril de 1961, se firmaron acuerdos entre Costa de Marfil y el Alto Volta (ahora Burkina Faso) para facilitar y mejorar la contratación de trabajadores agrícolas temporales. Aunque el Alto Volta denunció estos acuerdos en 1962, esta forma de inmigración fue creciendo cada año, de modo que el número de personas que llegaba superaba con mucho al de los que volvían a casa (menos del 25% de estos trabajadores volvieron a su hogar tras 1964). Por término medio, entre 1961 y 1985, el 85% de los emigrantes del Alto Volta escogió Costa de Marfil en lugar de Ghana (8%) o cualquier otro país (7%).
6. En 1988, los extranjeros nacidos en Costa de Marfil representaban el 49% de los inmigrantes; este porcentaje había crecido hasta el 51% en 1998.
7. En 1990, 40.000 marfileños emigraron al resto de África y a Europa, por contraposición a los menos de 10.000 (de los cuales, el 80% eran estudiantes) de 1975. Estos datos han sido extraídos de un informe no publicado del Ministerio de Interior de Costa de Marfil, redactado antes de las elecciones generales de 1990.
8. Cf. Kipré (2005a).
9. Cf. Sylvie Bredeloup (1995).
10. Más información sobre este aspecto de las políticas coloniales en M. Mamdani (1996).
11. Los sindicalistas expresaron temor ante las consecuencias adversas que podría tener para el empleo asalariado el hecho de que todos los ciudadanos del Conseil de l’Entente tuvieran los mismos derechos en todas partes. Los otros países de la Entente también se opusieron al proyecto “en nombre de la construcción del país”.
12. Plan decenal para el desarrollo social y económico, 1965-1975.
13. Como consecuencia de la actual crisis política, la ley del 17 de diciembre de 2004 y el decreto de aplicación del 31 de mayo de 2006 han prorrogado doce meses las disposiciones legales de 1961 acerca de la obtención de la nacionalidad.
14. Un 7% de los 306 ministros que formaron los 23 gobiernos entre 1959 y 1993 procedían de comunidades no marfileñas, sin que se les criticara abiertamente por ello. Sin embargo, las actas del Comité para la Reforma del Sistema Educativo de 1973 revelan “un deseo de limitar la presencia de extranjeros en la vida nacional”. Algunos de los participantes en el Séptimo Congreso del PDCI-RDA (Parti démocratique de Côte d’Ivoire — Rassemblement démocratique africain) de 1980 hicieron sugerencias parecidas, de forma incluso más explícita.
15. Costa de Marfil fue un Estado de partido único de 1960 a 1990.
16. En 1996, Kragbé Gnagbé, quien quería crear un partido de oposición, denunció de forma indiscriminada “el robo a los campesinos bete” de sus tierras por parte de los extranjeros, con la “complicidad del gobierno central”, el “control francés de Costa de Marfil”, “la dictadura de Houphouët-Boigny”, etc. Trató incluso de organizar una insurrección armada contra el Régimen.
17. Durante un partido de fútbol entre Costa de Marfil y Ghana estallaron peleas en el estadio de Kumasi, que fueron seguidas por violentos ataques contra la comunidad ghanesa en Abiyán el 2 de septiembre de 1985: 10.000 ghaneses de los 300.000 que vivían en Costa de Marfil fueron repatriados a petición propia.
18. Para obtener más información sobre la situación de los burkineses en Costa de Marfil véase Bendraogo (1999).
19. Todas las regiones fronterizas de Costa de Marfil comparten población con sus respectivos Estados vecinos.
20. Estos inmigrantes pueden ser un electorado “cautivo” de los poderes fácticos. Los partidos de la oposición llevan denunciando este hecho en toda África occidental desde el comienzo de la democratización en los años 90.
21. Diversas declaraciones de inmigrantes acerca de la participación en las elecciones en varios países de África occidental en PANOS infos, 11, 2 de septiembre de 2002.
22. Fue el primer ministro Alassane Dramane Ouattara quien llevó a cabo esta iniciativa.
23. El debate acerca de los derechos sobre la tierra se recrudeció en los años 80, sobre todo en las regiones boscosas, en un momento en que numerosos habitantes de las ciudades, especialmente jóvenes, trataban de volver a sus pueblos para trabajar la tierra. Esta “vuelta a los pueblos” fue más numerosa durante los años 90.
24. Los acuerdos firmados en abril de 1960 entre Costa de Marfil y Burkina Faso, o entre Burkina Faso y Malí en 1963, o de nuevo entre Togo y Mauritania en 1965, no tuvieron ningún éxito puesto que los inmigrantes continuaron desplazándose de acuerdo con su propia valoración de los riesgos y ventajas que suponía el viaje.
25. Cf. Kipré (2005b).