Experiencias en un consulado en África
Pasé dos años como diplomático en Dakar, trabajando en la Embajada portuguesa como Encargado de Negocios ad interim. Como tal, me ocupaba de la cooperación económica, de los asuntos comerciales y, sobre todo, de las actividades relacionadas con el servicio consular, que me proporcionaron algunas herramientas útiles con que analizar la situación social y política del país. Haber tenido que tomar decisiones sobre más de diez mil solicitudes de visados y haber realizado unas mil entrevistas me dio una visión microscópica para conocer lo más profundo de la sociedad senegalesa y, en algunos casos, la de otros nueve países ante los cuales también estábamos acreditados. Esta mirada escrutaba especialmente las razones que llevaban a la gente a presentar solicitudes de visado, asilo, residencia y de adquisición de la nacionalidad. El hecho de tener que evaluar con qué empeño querían emigrar los distintos solicitantes nos obligaba a enfrentarnos a realidades muy complejas, así como a comprender que, más que acercarse a Europa, a su forma de vida y sus valores, el resto del mundo se va distanciando de ella.
En primer lugar, hay que llamar la atención sobre el elevado número de solicitudes de visado que se presentan para entrar en los Estados que pertenecen al espacio Schengen. Sólo en Senegal se han tramitado en los últimos años entre 60.000 y 100.000 anuales, y, si bien existen variaciones de unos años a otros, la tendencia general es al alza. Una de las varias razones que justifican estas cifras es que Dakar, con vuelos diarios hacia París, Lisboa, Bruselas, Madrid y Milán, es un lugar de tránsito hacia Europa y el mundo, aunque hay otras capitales en la misma región con similar volumen de peticiones. La mayor parte de éstas corresponden a visados de corta duración –también llamados visados de turismo–, que se extienden por un periodo máximo de noventa días. En realidad, el estudio más atento de la situación que han llevado a cabo los servicios consulares de todos los países miembros de la UE ha revelado que la mitad de estas solicitudes no son sino intentos soterrados de emigrar. La idea es entrar en el espacio Schengen y, una vez finalizada la vigencia del visado de turismo, quedarse allí con la intención de buscar trabajo, tarea en la que a menudo reciben ayuda de familiares o amigos, o de confiar en que el país de acogida optará por aplicar medidas extraordinarias de regularización. Es un hecho probado que estas medidas ejercen un enorme poder de atracción, y la información sobre este tipo de iniciativas corre fácilmente de boca en boca y aparece en la prensa. En este sentido, pudimos comprobar que la decisión anunciada por el Gobierno de España en 2005 de regularizar la situación de cientos de miles de inmigrantes sin papeles provocó un aumento de las solicitudes y una oleada de cayucos que partían del África occidental rumbo a las islas Canarias.
Cualquiera que haya vivido recientemente en Senegal o que haya navegado por las páginas web de los periódicos locales sabrá que existe la creencia generalizada de que basta con entrar en Europa para conseguir que regularicen tu situación antes o después, ya sea de un modo u otro. Esta imagen de una Europa en la que todo el mundo vive bien tiene mucho que ver con el flujo de inmigrantes en situación irregular. De este modo, el número de solicitudes de visados depositadas en la Embajada portuguesa en Dakar se redujeron en un 12,2% en 2003, en comparación con el año anterior, y en un 18,9% en 2004. A partir de 2005, la cifra volvió a aumentar y en 2006 llegó a batir todos los récords cuando alcanzó niveles que correspondían a un 25% más de las presentadas en 2002. Aunque los procesos extraordinarios de regularización no han sido el único factor responsable, sin duda han sido uno influyente.
Estos datos, además de los referidos a la llegada de cayucos a las Canarias, Mauritania y Marruecos, muestran que intentar obtener un visado Schengen continúa siendo el camino preferido para quienes quieren emigrar. Esta enorme presión obliga a las misiones diplomáticas a organizarse y cooperar entre ellas, de modo que los servicios consulares de los Estados Schengen se reúnen con frecuencia para compartir experiencias y tratar de armonizar sus procedimientos a fin de evitar que una Embajada, conocida por mostrar más laxitud que otras, acabe viéndose desbordada por las solicitudes.
Ahora bien, ¿cómo sabemos que muchas de las solicitudes de visados de turismo esconden en realidad la intención de emigrar? En primer lugar, un enorme porcentaje de los documentos y declaraciones que se presentan en las secciones consulares son falsos. No obstante la obviedad de algunas falsificaciones, existen negocios especializados que ofrecen imitaciones de muy buena calidad. En segundo lugar, la falta de correspondencia entre las declaraciones escritas de los solicitantes y su comportamiento durante la ntrevista suele ser vergonzosa o, cuando menos, triste. En seguida nos damos cuenta de que lo que pretende la persona sentada en frente de nosotros es emigrar.
Por el contrario, el número de solicitudes de visados de larga duración –o residencia– ha descendido mientras que las que piden uno de corta duración han aumentado. ¿Qué sentido tiene esta reducción si lo que la gente pretende es emigrar? Hay muchos motivos, entre los que cabe mencionar el hecho inevitable de lo complicado que resulta hacerse con toda la documentación necesaria, o el endurecimiento de los controles tanto en los Consulados como en los países de destino. Con todo, el número de visados concedidos plantea algunas cuestiones de carácter político, especialmente relacionadas con el papel de los inmigrantes en el desarrollo de la economía europea, así como el tipo de relación que queremos mantener con los países en desarrollo, particularmente en el ámbito de la educación. Aun así, el problema derivado de los visados de larga duración no es sólo una consecuencia de las políticas europeas en materia de inmigración y cooperación; también incumbe a las autoridades de los países de origen en lo que se refiere a la seriedad que reviste la práctica de falsificación de documentos. Por poner un ejemplo: cuando, en los casos de reagrupación familiar, exigíamos a los solicitantes que acreditaran su estado civil, muchos de los documentos que presentaban resultaban ser falsos, aunque fueran auténticos en apariencia. Dicho de otro modo, si bien la documentación había sido expedida por la autoridad competente, la información que contenía no se ajustaba a la realidad. En 2004, el 40% de la documentación entregada en los Consulados de los países del espacio Schengen no pertenecía a las personas en cuyo nombre se había tramitado la solicitud. En estas condiciones, existe una falta de credibilidad que obstaculiza la flexibilización de nuestras políticas, máxime en un momento en que la opinión pública europea es cada vez más favorable a que se endurezcan.
Los visados de estudios también van ligados al hecho de que, una vez finalizada la beca concedida, los estudiantes nunca regresan a su país de origen. Aunque desconozco las razones que les llevan a actuar así, parece obvio que este fenómeno provoca desconfianza en las autoridades europeas y que al final se penaliza a los siguientes en solicitar este tipo de visados.
En lo que respecta a los permisos de trabajo, la dificultad proviene de la falta de políticas europeas comunes, pues cada estado de la UE defiende su propia visión. En mi opinión, la ausencia de un mercado único así como de una política europea de inmigración unificada y definida es lo que invita a la gente a emplear el ingenio con el fin de dar con formas alternativas de acceder a Europa, ya sea por medio de visados de corta duración o a través de la inmigración ilegal. Esta es la razón por la que el Gobierno de mi país ha cambiado la legislación en esta materia, flexibilizando la inmigración para controlarla mejor.
Analicemos ahora muy brevemente los problemas de la inmigración y el tráfico ilegales:
Empecemos por los visados. Por un lado, para subir a un avión se requiere un visado en regla, por eso la mayoría de la gente que quiere emigrar trata de conseguir uno, el que sea y a cualquier precio. Por otro, se necesita menos documentación para conseguir los de corta duración que, por otra parte, son más baratos. Además, resulta más sencillo falsificar reservas de hotel o de vuelos. Aunque es corriente manipular extractos bancarios o recurrir a trucos como sanear el estado de cuentas gracias a préstamos de familiares o amigos, hay que aclarar que si bien la mayoría de quienes tratan de engañar a los servicios consulares se arriesgan, su actuación no es fruto de la falta de honradez. A veces estos intentos vienen dados por su inocencia, sin olvidar que la noción de engaño a la Administración no representa el mismo tabú en todas partes, más aún cuando se trata de Estados todavía no consolidados o en los que ésta no se ha ganado aún el respeto de la gente.
El tema del tráfico de personas es más serio y es algo contra lo que hay que luchar. Por una parte, en tanto que ciudadano, defiendo el estado de derecho, y rechazo la violación de la ley. Por otra, sé que los principales beneficiarios de este tráfico, que a menudo incluye simultáneamente a personas, drogas y armas, no son ni las gentes más sencillas ni las más pobres. Más bien, éstas no obtienen rédito alguno y basta con mirar el proceso de despoblación de las zonas rurales y la rápida desaparición de un elevado número de pescadores senegaleses en los últimos dos años para comprender que los sistemas económicos que autorizan la salida de cientos de miles de familias pueden acabar desmoronándose. Efectivamente, muchas personas dedicadas a la pesca han ido abandonando sus trabajos tradicionales para reconvertirse en traficantes de personas hacia las islas Canarias. Si tenemos en cuenta que cada cayuco mide entre 5 y 12 metros de eslora y puede transportar de 22 a 100 personas, que el precio del pasaje oscila entre los 700 y los 1.000 €, y que la inversión necesaria para adquirir uno de estos botes –motor y GPS incluidos– queda entre 15.000 y 20.000 €, es fácil entender que dedicarse a este negocio proporciona grandes cantidades de dinero a los pescadores, incluso a pesar de que gran parte de esos ingresos quede en manos de los organizadores de las redes de tráfico.
Es obvio que de este sistema se siguen consecuencias indirectas. Por un lado, las empresas relacionadas con el sector pesquero –dedicadas a la manufactura y la exportación de los productos derivados del pescado–, que se encuentran entre las últimas activas en Senegal, se ven en la actualidad con grandes dificultades para obtener las materias primas, de modo que, ahora, luchan por sobrevivir. Desde luego, esta situación no favorece a nadie, y menos aún a los esfuerzos por mantener el ritmo de crecimiento de la economía senegalesa. El Gobierno está empezando a comprender esta situación, y a tomar medidas para romper este círculo vicioso.
En relación con la falsificación de documentos, debo señalar que no se trata sólo de pasaportes falsos, sino de algunos auténticos en los que se ponen etiquetas de visado concedidas a otras personas. Ni la cantidad ni el precio de éstos son desdeñables. No en vano, los datos más recientes confirman que un pasaporte con un visado Schengen vale 2.500 € en el mercado negro, ó 5.000 € si son dos los visados Schengen que contiene. Esta información no es, ni mucho menos, confidencial; el periódico Tam-Tam, en el que es posible anunciarse gratis, publicó en su portada un anuncio que ofrecía visados “con garantías” por un precio especial de 8.000 € para la temporada de verano.
Por tanto, y como ya hemos visto, la inmigración ilegal sale más barata. Ahora suele realizarse por mar en lugar de por tierra, a través del Sahara –una ruta que se ha complicado mucho desde que las autoridades mauritanas y marroquíes han comenzado a elevar la vigilancia–. Esta ventaja podría explicar el rápido aumento del uso de un sistema cuyo éxito no está garantizado y en el que, cada vez más a menudo, se dan estafas por las que las víctimas no tienen ninguna posibilidad de arribar al puerto correcto. En cualquier caso, los precios quedan muy por encima del salario medio, calculado en menos de 150 €. Y las consecuencias para aquellos que no logran llegar a Europa son a veces muy serias, pues resulta tremendamente gravoso devolver el préstamo a los parientes o amigos que reunieron el dinero. Y esto sí que resulta paradójico: estas sumas bastarían para que la gente montara negocios que, aunque empezaran siendo pequeños, permitirían alcanzar un nivel de vida muy superior del que cualquier inmigrante en situación irregular podría esperar en Europa. Esta idea es la que lleva a organizaciones como el Mouvement des Entreprises du Sénégal [Movimiento de las empresas de Senegal] a trabajar por ayudar a la gente a obtener pequeños créditos.
También cabe mencionar los riesgos que la inmigración ilegal y el descenso del nivel de vida en África presentan para la estabilidad, la paz, y la lucha contra un terrorismo cuyas redes saben muy bien cómo introducirse clandestinamente en Europa. No obstante, me gustaría concluir con unos comentarios generales sobre lo que deberíamos hacer para combatir esta lacra. A continuación presento una serie de ideas, algunas personales y otras más o menos elaboradas:
Uno de los puntos que más me preocupa es la ausencia total de debate en torno al control de la natalidad, un tema que allí es tabú. A pesar de que soy capaz de entenderlo, no puedo sino lamentar que así sea pues mientras el nivel de crecimiento de la población permanezca así de elevado, seguirá absorbiendo los frutos de la aceleración económica, aun cuando ésta sea relativamente alta, como es el caso de los países miembros de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (ECOWAS tal y como se la conoce por sus siglas en inglés). Como consecuencia, esta bonanza económica de facto, sobre la que los Gobiernos de la región obtienen grandes réditos ante la opinión pública, no revierte en las poblaciones, cuya frustración aviva su deseo de partir.
Europa no tiene capacidad para recibir a cientos de millones de inmigrantes: ni tiene trabajo para todos ellos, ni cuenta con una población que pueda hacerse cargo de ese influjo, ni posee unos medios que les garanticen los mismos derechos que nosotros disfrutamos, ni puede ofrecer una perspectiva seria de integración efectiva. Una inmigración en masa de esas características llevaría al deterioro del nivel de vida de cada individuo, así como a un cambio en las relaciones socio- culturales, que se tornarían inaceptables a los ojos de los europeos, quienes, si nada cambia, llegarán a votar a partidos políticos extremistas para evitarlo, si es necesario.
En cualquier caso, Europa atraviesa una crisis de identidad, no tiene un proyecto que la guíe y su crecimiento económico es lento. Sólo hay que leer la prensa francesa para comprobar que el nivel de vida de las clases medias, temerosas de la globalización y de la apertura de los mercados, está descendiendo. Por otra parte, los complejos derivados del postcolonialismo y el abuso de la corrección política han derivado en un extraño diálogo entre Europa y África, en el que es raro que los interlocutores se hablen con franqueza; una franqueza que, sin duda, nuestros amigos africanos agradecerían más de lo que a veces creemos.
No obstante, es innegable que Europa necesita recibir unos cincuenta y cinco millones de inmigrantes en las próximas décadas para contar con un capital humano joven y con espíritu emprendedor, así como con unos sistemas de seguridad social que funcionen. Si bien resulta fundamental para nuestra competitividad definir quién y cómo debería venir, la verdad es que necesitamos inmigrantes.
Dentro del marco definido por la estrategia de Lisboa, que fija como meta el aumento de la competitividad de la UE, Europa tiene el derecho y el deber de seleccionar a la gente que necesita. Eso no implica necesariamente que vaya a producirse una fuga de cerebros por la gran cantidad de licenciados que hay, sino que significa que necesitamos gente con titulaciones que resulten competitivas. Hay que formar a jóvenes africanos y facilitarles el regreso a sus países de origen para que creen puestos competitivos; una política que el Gobierno de mi país, Portugal, resume en “training but no draining”, es decir, formación sin fuga.
En mi opinión, la inmigración ilegal en Europa terminará bien cuando Europa deje de resultar atractiva, bien cuando África lo sea. Como no deseamos que ocurra lo primero, debemos trabajar para lograr lo segundo. Esta es una visión que comparte el Gobierno portugués: como nuestro Ministro de Exteriores ha afirmado: “[r]esulta esencial comprender la cuestión de la migración de modo global y multilateral. Debemos basar esta comprensión en la promoción de un mayor desarrollo y cooperación con los países de origen, con el fin de hacer frente a las causas y efectos negativos de la inmigración ilegal, tanto en los países de origen como en los de tránsito y destino” (discurso del Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación portugués, pronunciado en Lisboa el 28 de octubre de 2005 y titulado “Portugal, Marruecos y el futuro del Proceso de Barcelona”).
En este sentido, es incomprensible que África siga siendo el único continente con el que no existe un diálogo político de alto nivel. Por eso, durante la presidencia portuguesa de la Unión Europea, en 2000, organizamos en El Cairo la primera cumbre UE-África, y haremos todo lo posible por que se produzca una segunda, en la que sería deseable que se adoptara, al máximo nivel, una estrategia común que representara un gran paso en la relación euro-africana basada en la responsabilidad y cooperación comunes. Durante nuestra presidencia, por tanto, se concederá una gran importancia al diálogo con África, así como con toda la cuenca del Mediterráneo.
En mi opinión, Europa no tendrá futuro en términos geo-estratégicos si no establece una relación entre los continentes más y menos desarrollados. El resto de actores no parecen apoyar esta idea: Rusia persigue sus propios objetivos y tiene una estrategia definida, Oriente Medio es inestable y el Pacífico se convierte cada vez más en un eje de progreso. China, en cambio, ha comprendido la situación y acaba de organizar su primer encuentro con África, que ha culminado con una agresiva estrategia de penetración comercial y de exportación de recursos a un nivel sin precedentes. En lo que respecta a este diálogo, llevamos ventaja y sólo tenemos que hacernos conscientes de que, frente a China y los EE.UU, ninguno de los estados miembros de la UE, sea cual sea su historia, es lo suficientemente grande como para trabajar de modo independiente, ni siquiera en África.
© Alexandre Leitao es diplomático portugués
Traducción de Nuria Brufau Alvira