Debats 85 Verano 2004 - QUADERN

La Carmen de Merimée era valenciana

Trabajo publicado en Feriario, revista de la Feria Muestrario Internacional de Valencia, número de 1962.

Este trabajo pudiera titularse Próspero Mérimée en Valencia o, más exactamente, Recuerdos valencianos de Próspero Mérimée; pero se ha escogido el título que campea sobre estas páginas porque la remembranza más trascendente que le quedó al escritor francés tras su paso por las tierras valencianas fue la de Carmencita, una joven que, según se verá más adelante, le proporcionó el tipo físico y hasta algunas otras particularidades que el viajero de entonces fundiría después con otros elementos para formar la Carmen que figura en la historia de la literatura universal.

Un escritor muy conocido

Próspero Mérimée no necesita ciertamente ser presentado.

Todos saben que nació en París el 28 de septiembre de 1803, que su padre y su madre fueron pintores y que también él sintió la vocación artística, encauzada finalmente en el cultivo de las letras. Al mismo tiempo, llevaba una intensa vida social, en que no faltaban los amoríos.

Nadie ignora que la producción de Mérimée puede clasificarse en supercherías, como El teatro de Clara Gazul y La guzla; narraciones, entre las que descuellan Colomba, considerada como su obra maestra1 y la mencionada Carmen; obras históricas, como la Crónica del reinado de Carlos IX y la Historia de don Pedro I, rey de Castilla; variedades, en las que pueden incluirse desde una pieza teatral estrepitosamente silbada, hasta los escritos arqueológicos; y finalmente una copiosa correspondencia, con la que por cierto tiene alguna semejanza la del tan agudo como elegante don Juan Valera.

Sobradamente se conoce que Mérimée hizo varios viajes a España, el primero de los cuales aconteció en 1830. El joven escritor, que ya había presentido el país español, se sintió a partir de entonces profundamente atraído hacia una tierra que le proporcionaría deleites para su persona y temas para sus escritos.

Sabido es que precisamente en aquel primer viaje conoció Mérimée al conde de Teba, afrancesado con el que trabó amistad, como la tendría con su esposa, la bella doña Manuela Kirpatrick, y más adelante con las hijas de ambos, Paca y Eugenia, que con el tiempo serían, respectivamente, duquesa de Alba y emperatriz de Francia.

Nadie desconoce que Mérimée, tras haber desempeñado con eficacia el cargo de inspector general de monumentos históricos, fue un personaje de la corte imperial, donde prestó lealmente no pocos servicios hasta que llegaron tiempos aciagos. Y, mientras la emperatriz huía de París, su amigo el escritor era conducido enfermo a Cannes, donde falleció en 23 de septiembre de 1870.

En cuanto a la valoración literaria de Mérimée ¿quién no ha leído a Menéndez y Pelayo? El gran polígrafo español dice del famoso escritor francés: "Muchos le aventajan en el color: en la limpia severidad del dibujo no le ha vencido nadie. Su manera narrativa, rápida, algo seca y llena de nervio, es la perfección de la novela corta; no se puede contar mejor: sin declamaciones, sin énfasis, sin aparato pintoresco, sin descripciones formales, sin más detalles que los precisos y característicos, grabados hondamente como en una plancha de acero”. Menéndez y Pelayo, en su entusiasmo por el artista, llegaba a paliar determinadas actitudes morales e ideológicas del hombre.

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Próspero Mérimée no necesita, por lo tanto, ser presentado2.

Una novela muy sintetizada

Como por diversas razones conviene dar una síntesis de la novela Carmen, sigue inmediatamente el resumen.

José de Lizarrabengoa –”don José”– nació en Elizondo, localidad situada en el valle navarro del Baztán. Sus padres le hicieron comenzar estudios; pero los dejó porque le gustaba más jugar a pelota. Habiendo ganado un partido, el perdedor le buscó pendencia, en la que José volvió a vencer, aunque ello le obligase a abandonar el país natal.

Caminando, encontró a unos soldados de los llamados dragones, a consecuencia de lo cual sentó plaza en el regimiento de Almansa. No tardó en llegar a sargento y avizorar algún otro ascenso. Pero...

Un día estaba José de guardia a la puerta de la fábrica de tabacos de Sevilla cuando, al entrar las trabajadoras, hubo de fijarse en una gitana que por su desenfado atraía la atención. Carmen, que así se llamaba, gastó unas bromas y echó una flor –sin metáfora– al ingenuo navarro, que con ello quedó prendido en las redes amorosas.

Dos o tres horas después José fue llamado por el portero de la fábrica. Carmen había reñido con otra cigarrera y le había cortado la cara con una navaja. El navarro, acompañado por dos soldados, no solamente tuvo que detenerla, sino llevarla a la cárcel.

Por el camino, Carmen intentó sobornar a José para que la dejara escapar; pero, como le fallase el intento, simuló que era de Echalar –a cuatro leguas de Elizondo– y, hablando en vascuence, consiguió enternecer al sargento para que le facilitase la escapatoria.

Así lo hizo José, pero de una manera tan burda que se le declaró culpable, se le degradó y se le condenó a un mes de cárcel, en la que padeció suma pesadumbre.

A los pocos días de hallarse recluido, le entregaron un pan de parte de “su prima”, que en realidad era Carmen. Dentro del pan había una lima y una moneda de dos duros. Pero José, por su honor de soldado, no quiso escapar y formó el propósito de devolver la moneda.

Al cumplir la condena le pusieron de centinela, como soldado raso, a la puerta del coronel, joven, rico y amigo de diversiones. De pronto, llegó Carmen de punta en blanco, en el coche del mencionado jefe y acompañada de una gitana joven y otra vieja. Hubo juerga en el patio, con desazón del centinela. Pero Carmen, al salir, citó con disimulo a José para que acudiese a la freiduría de Hillo Páez, en Triana.

Allí se vieron. Con la moneda de dos duros y el dinero que llevaba el soldado compraron manzanilla y golosinas para comérselas en una infecta mansión de la calle del Candilejo, donde Carmen acabó de enloquecer a José.

Éste perdió de vista a la gitanilla durante varias semanas. Una noche estaba de guardia en un boquete de la muralla, cuando se le arrimó Carmen para proponerle que dejara pasar contrabando. José negóse rotundamente al principio, pero acabó cediendo a las malas artes de ella, que le prometió recompensarle en la calle del Candilejo.

Cierto día se encontraba allí el navarro por sí tenía la suerte de volver a ver a Carmen cuando llegó ésta con un teniente del regimiento de aquel. Hubo una escena violenta, con agresión por parte del teniente y réplica del soldado, que le mató.

La gitana procuró poner en salvo a José. Le hizo despojarse del uniforme, le cubrió con una manta y le vendó la cabeza, pues se hallaba herido. “Disfrazado de esta manera –diría más adelante el navarro–, con el pañuelo que vendaba la herida de mi cabeza, me parecía bastante a esos valencianos que hay en Sevilla para vender su horchata de chufas”.

Además, Carmen le manifestó que debía salir de la capital bética y le aconsejó que se hiciera contrabandista, cosa a la que se avino José pensando que así estaría cerca de Carmen. Formó, pues, en la partida del Dancaire, adaptándose bastante bien a semejante vida.

Pero un día, el propio Dancaire, entre grandes elogios a Carmen, hizo saber a José que la gitana había conseguido sacar de presidio a su marido, García el Tuerto. La revelación de que Carmen estaba casada dejó tan estupefacto como malhumorado a José.

Por lo demás, el tal García era un verdadero monstruo, según demostró en algunas aventuras de las que poco después corrieron los contrabandistas.

A causa de uno de aquellos episodios desapareció Carmen, a la que se suponía en Gibraltar. Los compinches, para tener noticias de ella, enviaron allí a José que, disfrazado de naranjero, consiguió dar con la gitana, dedicada a explotar a un inglés, a quien, además, debían atracar los facinerosos de la cuadrilla aprovechando un próximo viaje del extranjero.

Y, cuando los bandoleros estaban esperando que pasara, José, so pretexto de que el Tuerto había hecho trampas en el juego de naipes, le desafió a navajazos y acabó con él.

El navarro, definitivamente hundido en aquella mala vida, seguía locamente enamorado de la gitana, que ora le trataba con el mayor desdén, ora le cuidaba abnegadamente, como cierta vez que le hirió la tropa; ya se le mostraba cariñosa, ya se manifestaba entusiasmada con otros, como, por ejemplo, el picador Lucas.

Pero José deseaba que Carmen fuera para él solo y, en el fondo de su alma, aspiraba a vivir honradamente, por lo cual propuso a la gitana irse ambos a América, cosa a la que ella se negó en redondo.

La situación iba resultando dramática, sobre todo cuando ella declaró paladinamente que no quería a José, aun sabiendo que José la quería y acabaría matándola. Carmen consideraba que todo esto era una fatalidad y no quiso ponerse a salvo. Poco después salían al campo donde el galán asesinó a su amada y, con la mísma navaja, cavó la fosa. Seguidamente, montó a caballo, se dirigió a Córdoba y se entregó al primer cuerpo de guardia que encontró.

Hasta aquí la síntesis argumental, que naturalmente no da una idea completa de la novela o, mejor dicho, novelita (por la extensión), uno de cuyos atractivos consiste en los pormenores, amén del estilo irónico del autor. Entre los aludidos detalles figura el de que en cierta cena efectuada en una venta andaluza sirvieron “un gallo viejo con arroz y muchos pimientos", plato que posteriormente es denominado “arroz a la valenciana”. Como se verá más adelante, a Mérimée le agradaba mucho el “arroz a la valenciana”, aun cuando no puede asegurarse que se trataba de la auténtica paella...3.

Ventura de una obra literaria

La novela Carmen tuvo una morosa gestación, pues, concebida en 1830, partiendo de un episodio que doña Manuela, la condesa de Teba, contó a Mérimée, éste fue recogiendo elementos para componer la narración resultante. Tanto maduró la obra, que pudo redactarla en ocho días para publicarla en 1845.

El autor quizá había demorado la redacción y, sobre todo, la publicación de Carmen porque, esperando ingresar en la Academia Francesa, para la cual fue elegido en 1844, acaso temió que la elección se malograse si, al salir a luz la novela, era considerada como escandalosa.

Pero la verdad es que no hubo escándalo, ni mucho menos. Solamente unos cuantos artículos, más bien anodinos, saludaron la aparición de Carmen.

Esta narración parece ser que no llegó a salir “de l´ombre des bibliothèques”4 hasta después de estrenarse en París, el 3 de marzo de 1875, la ópera Carmen, con música de Georges Bizet sobre un libro de Meilhac y Halévy. Y se ha escrito “hasta después de estrenarse” porque tal ópera no obtuvo en su estreno el éxito halagüeño que llegaría posteriormente.

Ahora bien: entre la novela y la ópera hay varias diferencias notables: introducción de algún personaje, muerte de la protagonista en otro ambiente, etc.5 Precisamente, ello ha sido uno de los motivos para presentar la anterior síntesis argumental.

La fijación de ésta se justifica tanto más cuanto que Carmen ha sido adaptada para la radiodifusión6, ha sido convertida alguna vez en ballet (así se estrenó en el Théatre Marigny, de París, el año 1949) y ha sido presentada varias veces en película cinematográfica, así en España como en el extranjero, con incontables modificaciones o adulteraciones.

Una ejecución en Valencia

Durante su primer viaje por España, Mérimée estuvo primero en Madrid, visitó después Andalucía, regresó a la Villa y Corte y desde allí salió, a primeros de noviembre de 1830, para Valencia.

No tenían entonces los periódicos el carácter amplio que adquirieron después. Por ello resulta inútil buscar en el Diario de Valencia, que se publicaba a la sazón, alguna noticia relativa a la llegada del escritor francés a esta ciudad. Téngase en cuenta, además, que Mérimée contaba solamente veintisiete años y apenas había publicado cuatro libros, que no figuran entre los que más renombre le darían.

A título de curiosidad, he aquí el contenido del mencionado periódico en 15 de noviembre del susodicho año: Santoral. Indicaciones astronómicas del día. Observaciones meteorológicas de la antevíspera. Artículo reproducido de la Gaceta de Madrid sobre una infiltración de revolucionarios españoles por la frontera francesa. Anuncio de una función religiosa dedicada a San Eugenio en la capilla de la Virgen del Milagro. Anuncio de una subasta para arrendar el horno nuevo de pan cocer en Moncada. Anuncio de la extracción de la lotería celebradera el próximo día 22. Anuncio de la novela titulada Los bandos de Castilla o El Caballero del Cisne, escrita por Ramón López Soler, la cual “debe considerarse como una novedad literaría pues que, imitando las de Walter Scott, abre el campo a un nuevo género de novelas”. Anuncio de la función teatral que se efectuaría en el día de la fecha a beneficio de Joaquín Trullench con un programa compuesto por la comedia en tres actos El leñador escocés, un intermedio de canto, un col.loqui en valenciano recitado por dicho actor, que vestiría al estilo del país, baile y el sainete Los embrollones castigados. Y anuncio de una rifa de alhajas a beneficio del Cristo del Salvador.

¿Asistiría Mérirnée a la expresada función teatral? No sería de extrañar, teniendo en cuenta su afición al teatro. En todo caso, se encontraba en Valencia el referido día 15 de noviembre de 1830, pues esta fecha es la que pone al frente de una llamada carta enderezada al director de la Revue de Paris; epístola que, publicada en el número de dicha revista correspondiente a marzo de 1831, era en realidad un extenso artículo donde se describía Une exécution.

Mérimée comenzaba explicando por qué había asistido a la ejecución aludida. Cuando se está en tierra extraña hay que verlo todo; ni la pereza ni la repugnancia deben impedir que se conozca un aspecto de las costumbres curiosas. Además, le había interesado la historia del desventurado que iba a perder la vida.

El escritor francés se descuidó en informarse de cómo se llamaba el condenado. Sabía, sin embargo, que se trataba de un huertano de los alrededores de Valencia, estimado y temido por su carácter atrevido y osado. Por lo demás, era el gallito de su pueblo. Nadie le ganaba en los bailes, en juegos como el lanzamiento de la barra, ni en saber romances. No era camorrista, pero necesitaba poco para enardecerse. Joven todavía, andaba con aires de superioridad y con auténtica majeza.

Los castellanos –seguía diciendo Mérimée– tienen un proverbio contra los valencianos, que a mi parecer es absolutamente falso. Helo aquí: En Valencia, la carne es hierba; la hierba, agua; los hombres, mujeres; las mujeres, nada. Certifico, no obstante, que la cocina de Valencia es excelente y que las valencianas son sobremanera bonitas y más blancas que en cualquier otro reino de España.

En cuanto a los hombres... Se celebraba en Valencia una corrida de toros. El majo huertano quería verla. No contando ni con un real, esperaba que le dejara entrar un amigo suyo, voluntario realista, que aquel día estaba de guardia en la plaza. Pero el voluntario, fiel a una consigna recibida, no permitió la entrada. Petición de nuevo. Firmes negativas. Injurias recíprocas. Finalmente, el guardián rechazó al otro dándole un culatazo en el estómago. Y entonces el majo huertano se retiró en actitud que hacía presagiar una próxima desgracia... Quince días después, el voluntario fue enviado con un destacamento a perseguir a varios contrabandistas. Hallándose de noche en una venta aislada, le llamaron de parte de su mujer. Y apenas hubo abierto la puerta cuando un trabucazo le abrasó la camisa y le metió en el pecho una docena de balas.

El asesino desapareció. Al parecer, no había sido el majo huertano, porque no faltaron una docena de mujeres realistas para jurar que le habían visto en sus respectivos pueblos precisamente a la misma hora y al mismo minuto en que se había cometido el crimen.

Así es que el majo pudo pasearse tranquilamente, de la misma suerte que en París se exhibían por entonces quienes habían salido airosos de un duelo. Todo fue como una seda hasta que un alguacil, bien por exceso de celo al ser novato, ya por rivalidades amorosas, quiso detener al de la huerta. Y, cuando pretendió pasar de las palabras a los hechos, el majo le hizo tragar una lengua de buey o –dicho menos figuradamente– le mató de una cuchillada. Entonces, los jueces, sin tener en cuenta consideraciones de ninguna especie, le condenaron a ser ahorcado.

Pasaba Mérimée una noche por la plaza del Mercado cuando vio que unos hombres, rodeados por soldados que mantenían distantes a los curiosos, levantaban una horca a la luz de las antorchas. La explicación de estas circunstancias consistía en que la construcción de la horca era una prestación personal de carácter forzoso; si bien las autoridades, habida cuenta de que la opinión pública consideraba aquella tarea como deshonrosa, procuraban que se llevase a cabo con el posible secreto.

(A esto quizá cupiera replicar que, por entonces, la horca, probablemente, estaba levantada de continuo y que, aun existiendo la prestación personal, ésta era redimible por el importe de un jornal.)

En Valencia –seguía diciendo Mérimée– hay una antigua torre gótica que sirve de prisión. Su arquitectura es muy bella, sobre todo en la fachada que da al río. Situada en uno de los confines de la población, constituye uno de sus principales portales. Puerta de los Serranos, le llaman. Desde lo alto de su plataforma se descubre el curso del Guadalaviar, los cinco puentes que lo atraviesan, los paseos de Valencia y la risueña campiña que rodea a la ciudad. Es un placer bastante triste el de ver el campo cuando se está encerrado entre cuatro muros; pero en fin de cuentas es un placer, por lo cual debe agradecérsele al carcelero que permita a los detenidos subir a la terraza.

El caso era que de allí había de salir el sentenciado para dirigirse, por las calles más concurridas de la población, jinete en un asno, a la plaza del Mercado. Por ello acudió Mérimée a hora temprana acompañado de un amigo español. Contra lo que esperaba no había mucha gente. “Los artesanos trabajaban tranquilamente en sus obradores y los labradores salían de la ciudad después de haber vendido sus hortalizas. Nada anunciaba que iba a suceder algo extraordinario, como no fuera una docena de dragones formados a la puerta de la cárcel.” ¿Por qué tenían los valencianos tan poco interés en presenciar una ejecución? Según el acompañante de Mérimée, porque estaban cansados ya de semejante espectáculo. En cambio, el literato opinaba: “Esta indiferencia procede, tal vez, de las costumbres laboriosas del pueblo valenciano. El amor al trabajo y a la ganancia le distingue, no sólo entre todas las poblaciones de España, sino incluso entre las de Europa.”

A continuación, el autor de la carta describía minuciosamente la salida del reo, la formación del cortejo, la intervención de varios religiosos, etc. Refiriéndose al confesor decía que: “Pronunciaba claramente cada palabra, su acento era puro y se expresaba en buen castellano, que el condenado tal vez no entendía sino muy imperfectamente.”

No deja de ser curioso lo ocurrido una vez que el reo salió de la prisión. “Primero –decía Mérimée– tendieron una estera, de la cual tiró un poco hacia sí el verdugo, pero sin violencia y como en un acuerdo tácito entre el paciente y el ejecutor. Es una mera ceremonia con objeto de aparentar que se ejecuta al pie de la letra la sentencia que reza: Ahorcado después de haber sido arrastrado.”

Tampoco faltaban, al hilo de la reflexión, determinadas consideraciones, cuando no ironías, dictadas por el escepticismo de Mérimée.

Este reconocía que, cuando la comitiva llegó a la plaza del Mercado, debía haberse retirado; pero accedió a la invitación de subir a casa de un comerciante, desde donde podía presenciar el suplicio asomándose al balcón o evitarse el espectáculo quedándose en el interior de la casa.

La plaza –añadía– distaba mucho de encontrarse llena. Las vendedoras de frutas y hortalizas no se habían movido de sus puestos. Se circulaba fácilmente por doquier. La horca, rematada por el escudo de Aragón se hallaba frente a la Lonja de la Seda, un elegante edificio moresque.

(El calificativo de “morisco” aplicado a un monumento como la Lonja, que es ojival con algún detalle renacentista, resulta en verdad sorprendente en la pluma que lo trazó.)

La plaza del Mercado –proseguía Mérimée– es larga. Las casas que la forman son estrechas, pero de muchos pisos, y cada hilera de huecos tiene su balcón de hierro. De lejos parecen grandes jaulas. En muchísimos balcones no había ningún espectador.

Pero en aquel donde el escritor francés tenía sitio reservado había dos chicas de dieciséis a dieciocho años, que se abanicaban y charlaban con la mayor tranquilidad, cómodamente sentadas. Eran muy bonitas, iban muy bien vestidas y parecían hijas de un burgués acaudalado. “Aunque empleaban entre ellas el dialecto valenciano, entendían y hablaban correctamente el español”.

Daban las doce cuando el verdugo subía la escalera fatal tirando del paciente. La ceremonia se iba desarrollando con arreglo a las normas habituales. Hubo un momento en que el ejecutor de la justicia pasó hábilmente la cuerda por el cuello del condenado, mientras un religioso hacía que éste rezara el Credo.

Volví la cabeza –contaba Mérimée– y vi que una de mis lindas valencianas, con las mejillas más coloradas y agitando precipitadamente el abanico, miraba con gran atención hacia donde estaba la horca. También yo miré hacia allí: el fraile bajaba la escalera y el reo estaba suspenso en el aire, con el verdugo montado sobre sus hombros mientras el ayudante tiraba de los pies al ahorcado.

Y de esta manera terminaba la carta, que por cierto llevaba un post-scriptum iniciado así:

Ignoro si vuestro patriotismo me perdonará mi parcialidad hacia España. Pero ya que estamos en el capítulo de los suplicios debo deciros que, si prefiero las ejecuciones españolas a las nuestras, también prefiero sus galeras a aquellas donde enviamos todos los años a unos mil doscientos bribones.

Y Mérimée, para justificar semejante predilección, exponía seguidamente algunos ejemplos, sin faltar uno en que figuraba un convoy de presidiarios de Valencia7.

Por lo demás, se ignora el nombre del ahorcado. Y ha sido inútil buscar una reseña del acto o una simple alusión al mismo en el susodicho Diario de Valencia, que tenía como norma no ocuparse de semejantes acontecimientos, de la misma suerte que tampoco daba cuenta de lo que posteriormente se llamó “sucesos”.

Entre Valencia y Murviedro

La misma Revue de Paris anteriormente citada publicó en su número correspondiente a diciembre de 1833 otro extenso artículo, también en forma epistolar, de Próspero Mérimée sobre Les Sorciéres Espagnoles. La supuesta carta no llevaba más data que: Valencia, 1830.

Comenzaba diciendo el escritor francés que, aunque las antigüedades, y especialmente las romanas, le interesaban poco –lo cual no era verdad–, se había dejado convencer para ir a Murviedro con objeto de ver lo que pudiera quedar de Sagunto.

El camino que hubo de seguir Mérimée fue el siguiente:

Del casco urbano de Valencia al monasterio de San Miguel de los Reyes, media legua.

Desde allí al lugar de Tabernes Blanques, un cuarto de legua.

Desde allí al caserío llamado Casas de Bárcena, un cuarto de legua.

Desde allí al lugar de Albalat dels SorelIs, una legua.

Desde allí a la Venta del Emperador y el lugar de Masamagrell, media legua.

Desde allí al lugar de La Cruz del Puig (sic), un cuarto de legua.

Desde allí a la cartuja de Ara-Christi, un cuarto de legua.

Desde allí a los Mesones u Hostalets de Puzol, un cuarto de legua.

Y desde allí hasta la ciudad de Murviedro, una legua y un tercio8.

Aunque en Murviedro no vio Mérimée gran cosa –por lo que fuera–, la excursión no le aburrió. Había contratado un caballo para él y a un labrador valenciano –realmente, había nacido en Peñíscola– para que le acompañase a pie. El valenciano, que se llamaba Vicente, hablaba por los codos y era bastante pícaro. Ahora bien: si por una parte procuraba sacar al francés más de lo convenido, por otro lado defendía en las posadas tan acaloradamente los intereses del viajero como si fuesen los suyos, con lo que en definitiva resultaba muy barato. No podía negarse, sin embargo, que se las ingeniaba para hacer que Mérimée comprase muchas cosas que le resultaban inútiles, entre ellas cuchillos para despanzurrar a Ia gente, todo lo cual acababa convirtiéndose en regalos para el acompañante.

Este, aunque había corrido mundo, pues fue vendedor de horchata en Madrid, tenía muchas supersticiones. Al pasar cerca de cierta montañuela con un castillo en ruinas, como había tantas en el Reino de Valencia, Mérimée preguntó a Vicente si allí habitarían fantasmas, a lo que el rústico respondió sonriendo que no existían en el país. La escena sirvió para que el escritor francés expusiera unas apreciaciones sobre el valor de las palabras revenant, duende, etc. Por lo demás, el hecho de que Vicente no creyera en fantasmas era compatible con el hecho de que creyera en brujos y, sobre todo, en brujas.

Seguidamente, don Próspero escribía el siguiente párrafo, que por su importancia conviene dejar en el idioma original:

A une lieue de Murviedro il y a un petit cabaret isolé. Je mourais de soif, et je m´arrêtai à la porte. Une très jolie fille, point trop basanée, m´apporta un grand pot de cette terre poreuse qui rafraîchit l´eau. Vicente qui ne passait jamais devant un cabaret sans avoir soif, et me donner quelque bonne raison pour entrer, ne paraissait pas avoir envie de s'arrêter dans cet endroit-là. Il se faisait tard, disait-il; nous avions beaucoup de chemin à faire; à un quart de lieue de là, il y avait une bien meilleure auberge où nous trouverions le plus fameux vin du royaume, celui de Peniscola excepté. Je fus inflexible. Je bus l´eau qu´on me présentait, je mangeai du gazpacho préparé par les mains de Mademoiselle Carmencita, et même je fis son portrait sur mon livre de croquis. Cependant, Vicente frottait son cheval devant la porte, sifflait d´un air d´impatience, et semblait éprouver de la répugnance à entrer dans la maison9.

Este párrafo ha sido traducido así:

A una legua de Murviedro existe un tabernucho aislado. Me moría de sed, y me detuve a la puerta. Una mozuela, no muy curtida por el sol, me trajo una jarra de agua fresca. Vicente, que no pasaba nunca junto a una taberna sin sentir sed y sin buscar algún pretexto para visitarla, no parecía muy dispuesto. “Se hace tarde –decía– y aún nos queda mucho que andar; a un cuarto de legua de aquí encontraremos otra venta mejor, en la que tienen vinos de los más famosos del Reino, aparte los de Peñíscola.” No di mi brazo a torcer, y bebí el agua que se me ofrecía, y tomé el gazpacho aderezado por Carmencita, y hasta le hice a ésta un retrato en mi cuaderno de apuntes10.

Cuando Mérimée reanudó el viaje mencionó repetidamente a Carmencita, que por lo visto le había impresionado; pero Vicente movía la cabeza mientras murmuraba: “¡Mala casa! ¡Mala casa!”. Y cuando el francés declaró que el gazpacho estaba muy bueno, su interlocutor repuso: “No me extraña, porque tal vez lo ha hecho el diablo.”

En resumen, el de Peñíscola acabó citando un refrán para deducir que Carmen era una cualquiera y que una vieja que estaba con ella, llamada Paca Ferrer, era una bruja, dedicada a practicar el aojamiento, con lo cual hacía que los niños adelgazaran, que los olivos se quemaran y que las mulas se muriesen.

A mayor abundamiento y ante las instancias de Mérimée contó lo que le había ocurrido a un primo hermano suyo, natural del Grao de Valencia, pero vecino de Peñíscola. Henríquez, que así se llamaba, había navegado hasta las Indias; pero cuando no se embarcaba para largas navegaciones, se dedicaba a pescar con una barca de su propiedad. Y he aquí que, de pronto, se dio cuenta de que su barca estaba amarrada por las mañanas de manera distinta a como la había dejado el día anterior. Sospechando que pudiera tratarse de un asunto grave, se escondió en el interior de la barca. A media noche, una docena de vicias descalzas y desgreñadas se posesionaron de la misma y soltaron la amarra. Poco después la embarcación, cuyo timón llevaba Paca Ferrer, parecía volar sobre las aguas. Al cabo de algún tiempo, que las brujas emplearon en recordar alborozadamente sus fechorías, desembarcaron aquellas viejas para celebrar un aquelarre. También desembarcó, con las debidas precauciones, Henríquez, que cortó unos juncos de la costa. Finalmente, se emprendió el viaje de regreso. Pero a las tres de la madrugada –hora límite– las brujas se fueron volando, por lo que el del Grao salió de su escondite y llevó la barca a Peñíscola, lo cual no pudo hacer antes de dos días. Aunque estaba agotadísimo, presentó los juncos al boticario del pueblo, quien dictaminó que procedían de América y que en este país no podían aclimatarse. Entonces, Henríquez se presentó ante Paca Ferrer esgrimiendo los juncos en demostración de que lo sabía todo. Y la bruja, para que no hablase de ello, le dio un saco de arroz y un pergamino dentro de una calabacilla, con lo cual podría disponer a su antojo de un viento como el que les había llevado a América...

Mérimée se permitió observar que en Francia las brujas no necesitaban barcas, porque su habitual medio de transporte consistía en una escoba, que montaban a horcajadas. A lo cual replicó el guía fríamente: “Su merced sabe que eso es imposible.”

Pero la conversación sobre las brujerías se prolongó hasta que los caminantes, en una revuelta del camino, divisaron el castillo de Murviedro.

La chica del mesón

A unas dos leguas y media al norte de la Ciudad de Valencia, entre el mar Mediterráneo y las estribaciones de la sierra Calderona, se extendía –y se extiende– la villa de Puzol, que a mediados del siglo XIX tenía 747 casas. Los aficionados a las Ciencias naturales conocían, aunque sólo fuera de oídas, dicha población porque en ella existía una casona del arzobispado de Valencia donde unos prelados del siglo XVIII habían fundado y fomentado un valioso Jardín Botánico. El nombre de Puzol también era muy familiar, en la época de que se trata, a quienes viajaban entre Barcelona y Valencia, porque en el camino, a la altura de la indicada villa, pero a cierta distancia de ésta, solían detenerse los coches para cambiar los tiros, proporcionar reposo y alimento a conductores o pasajeros, etc.

Así fueron naciendo diversas mansiones destinadas a hospedería y hasta se formó, a lo largo del camino, un núcleo de población conocido por Els Hostalets de Puçol. Por cierto que una obra muy importante para su tiempo y que todavía puede ser consultada con provecho, decía, en 1849: “en la misma carretera de Barcelona a Zaragoza se encuentra el pueblo de Hortalets, si bien esto último sea una errata de imprenta11.

He aquí algunos de los mesones que allí existieron (y alguno todavía existe):

Hostal dels Bous. Llamado así porque en él paraban y descansaban las carretas de bueyes. Modernamente, almacén y vivienda.

Hostal de Pasqualo. Modernamente, serrería y herrería.

Hostal de Pajaritos. Modernamente, almacenes.

Hostal de Beato. Modernamente, mesón.

Finalmente, hay que mencionar el Hostal del Poll, que es precisamente el más antiguo de que se tiene noticia. “Estuvo hasta hace cincuenta años –se escribía en 195012 –, entre la entrada de la calle del Convento y la carretera, hoy convertido el solar en siete casitas y un corral de ganado.” El Hostal del Poll, al inutilizarse el primitivo edificio, se trasladó a otro sitio; pero esto ya no interesa, porque lo interesante es que el viejo caserón fue ámbito de no pocos acontecimientos. Así, por ejemplo, al producirse cerca de allí un encuentro entre isabelinos y carlistas, desgraciado para éstos, resultó herido su jefe, Dorregaray, que fue ocultado precisamente en el Hostal del Poll, donde le atendió el médico de la localidad, don José Tomás Mateu, quien acudió acompañado de su hijo, el cual llevaba la escopeta apercibida...

Un escritor radicado en la localidad describe la siguiente escena:

En cierta ocasión se apean de una posta varios caballeros frente al célebre Hostal del Poll, donde se hospedan.
Había al servicio del hostal una moza de belleza y gracia insuperables que sirvió con desenvoltura a los citados caballeros, entre los que había un famoso compositor musical llamado Bizet y un no menos famoso literato cuyo nombre era Próspero Mérimée, ambos franceses. Comieron y entablaron conversación con la maritornes, y tal fue la impresión que la gentileza de la moza causó a éstos (quizá un chispazo de amor) y el interés con que la escucharon al contarles ciertos pasajes de su vida, que ello dio ocasión a que les inspirase para escribir una ópera que titularon Carmen...13.

Las evidentes inexactitudes que pueda haber en esta referencia –en fundamental contradicción con el testimonio del propio Mérimée– no invalidan ni mucho menos el interés que la misma puede tener como demostración de que existía una tradición local relativa al paso de Mérimée por Puzol y al impacto recibido ante la presencia de la moza que le sirvió en el hostalet.

La posible tradición local es reforzada por las consideraciones expuestas por un especialista como Levaillant en su introducción a las Lettres d´Espagne, donde escribe lo que se traduce a continuación:

Las cartas sobre Los ladrones y sobre Las brujas son especialmente características. Las aventuras de José María dan la caución de una indiscutible realidad al tipo del bandido romántico, que a la sazón estaba muy de moda. Justifican a Hernani y, al mismo tiempo, son el esbozo de las aventuras en que el navarro José perderá, en Carmen, su alma y su vida. En cuanto a la propia Carmencita, ¿acaso no la dibujó Mérimée, en su libro de croquis, en el umbral de la venta donde se detuvo una hora en el camino de Valencia a Murviedro?...
Desde luego, cuando regresó (Mérimée, se entiende, a París) llevaba en la cabeza el tema de Carmen. La linda Carmencita de Valencia y la ardiente gitana de Granada se unían en su memoria para componer el tipo de una seductora única, con maleficios incomparables. Y la condesa de Teba le había dado a conocer la anécdota del navarro que mató y desertó por amor... ¿Qué esperaba, pues, Mérimée?

Lo que esperaba don Próspero no interesa de momento, aunque lo cierto es que aún tardó bastante en publicar la novelita de Carmen, que no vio la luz hasta 1845. Interesa, en cambio, destacar la opinión desinteresada de Levaillant, quien da a entender claramente que la joven de Puzol contribuyó con su tipo físico a la formación del personaje que iba creando o recreando Mérimée.

Por cierto que Levaillant en un artículo periodístico14 salió al paso de una posible objeción. “Ciertamente –decía– esta Carmencita era moza de posada, no cigarrera; pero Mérimée sabía que el viejo conde de Montijo, hermano mayor de su amigo el conde de Teba, había caído bajo el amoroso dominio de una cigarrera que, aspirando al matrimonio, constituía una amenaza para la fortuna de la familia”... Así, con elementos de diversas procedencias, iba elaborando el escritor francés la personalidad definitiva de Carmen, que en el texto original de la novela figura también con el nombre de Carmencita... Una vez admitido el hecho de que Mérimée encontró en Puzol el tipo físico de la gitana cigarrera, habrá de reconocerse que, siendo Puzol una población honrada y laboriosa, no parece muy natural el hallazgo de don Próspero. Pero, aparte de que una golondrina no hace verano y de que desde entonces ha pasado mucha agua por el río, es lo cierto que un escritor antes aludido y avecindado en Puzol, escribía en 1950:

Hasta hace 60 años, los Hostales estaban habitados por una gran mayoría de forasteros, hasta el punto de que en el censo de aquellas fechas apareció una familia natural de Egipto. La numerosa población flotante estaba constituída por gentes indeseables, gitanos, húngaros, pobres y maleantes que se refugiaban bajo los algarrobos y oliveras, haciendo muy peligroso el aventurarse a subir de noche a los Hostalets y aun salir de casa sus habitantes por el peligro de ser atracados o maltratados15.

Afortunadamente, quantum mutatus ab illo!

Una versión incidental

A título de curiosidad cabe recoger una versión según la cual la verdadera Carmen se llamaba Ar Mintz, que en lenguaje gitano significa “la Tigresa” o “la Indomable”. El paso de Ar Mintz a Carmen lo hizo Mérimée sin dificultad...

Ar Mintz pertenecía a la tribu de los Nadushka, cuyos componentes, de casta paria, tenían ojos negros y cabellos de jade. Según los ancianos, la tribu vino desde la India con motivo de unas invasiones. ¿Por qué caminos llegaron? No se sabe exactamente. El caso es que se establecieron en el sur de España.

En la primera mitad del siglo XIX, Carmen vivía con su tribu en las cercanías de Gibraltar, si bien se la veía asimismo en Sevilla, donde bailando en la calle embaucaba a la gente, lo que aprovechaban sus amigos para aligerar a los papanatas. También actuaba en la serranía de Ronda, donde acechaba para aprovecharse, con sus coqueterías, de los viajeros.

Esta Carmen casó con un gitano de su tribu, llamado Yalco, que es el Tuerto de Mérimée. A partir de aquí la nueva versión coincide bastante con la novela del escritor francés, aunque se dice en ella que cuando Carmen conoció a José ya era viuda. La tal gitana, antes de encontrar la muerte a manos de José, tuvo una hija, sin que se conozca quién fue el padre. Y dicha hija casó con un cantante, Djarko, del que tuvo varios varones y una hembra.

Esta nieta de Carmen, llamada Thiécla, contrajo matrimonio con un artillero inglés de Gibraltar –Harry Gresham, probo y pundonoroso–, del que hubo una hija llamada Mintz Nadushka, en recuerdo de la tribu de sus antepasados.

Mintz Nadushka, muerto el padre, fue criada por su abuelo Djarko, que la enseñó a cantar y bailar, pues poseía una voz bonita y era graciosa. Como cantante brilló en América del Sur, en Londres, etc. No tiene nada de particular que interpretara especialmente la Carmen de Bizet. Estuvo casada con el literato francés León Roger. Y allá por 1906 ó 1907 corrió por Londres el rumor de que había sido envenenada por los de su tribu. No era exacto. Pero desde entonces se la perdió de vista...16.

Dejando ya a Carmen con todas sus complicaciones, conviene recordar ahora que entre las obras de Próspero Mérimée figura una Histoire de don Pèdre I, roi de Castille, la cual ha sido juzgada muy diversamente –según el punto de vista de cada crítico–, pero que tuvo mucha aceptación al tiempo de publicarse (1848) y valió a su autor ser nombrado miembro correspondiente de la madrileña Real Academia de la Historia.

A fin de documentarse antes de escribir dicha historia de don Pedro el Cruel, pensó Mérimée consultar los fondos existentes en el Archivo de la Corona de Aragón y con tal propósito obtuvo una recomendación para el archivero, que a la sazón era don Próspero de Bofarull y Mascaró, persona de excelente reputación en todos los órdenes. Por cierto que su nombre se debía al hecho de que en casa de sus padres se había guardado –hasta que fue destruido por los franceses en la guerra de la Independencia– el cuerpo de un mártir cristiano llamado Próspero, procedente de las catacumbas de Roma.

El escritor francés permaneció en Barcelona alrededor de un mes, entre noviembre y diciembre de 1846. Y, a pesar de que Bofarull sentía prevención contra los franceses, lo cierto es que entre ambos Prósperos se anudó una positiva amistad, reflejada en las numerosas cartas que después se dirigieron recíprocamente.

Pues bien: en tal epistolario no faltan, ni mucho menos, las alusiones de Mérimée a cosas valencianas.

Poco después de reintegrarse a París, el autor de Carmen escribía (26 de diciembre) a don Manuel de Bofarull y Sartorio, hijo de don Próspero y archivero adjunto, hablándole de diversos temas y diciéndole, asimismo, lo siguiente, que conviene conservar en el idioma original:

Adieu, mon cher Don Manuel, tenez-moi au courant de vos projets de voyage, donnez-moi de nouvelles quand vous n´aurez rien de mieux à faire. Rappellez-moi au souvenir de votre père à qui j´ai tant d´obligations. Croyez bien que la première fois que je m´approcherai des Pyrenées, j´irai lui faire une visite et lui demander non plus de chartes et de manuscrits, mais une cazuela de riz à la Valencienne et de cette soupe si etrange dont il est impossible de prononcer le nom quand on est né hors de la Catalogne.

Esta sopa tan extraña se supone que probablemente es la “escudella”. En cuanto al arroz a la valenciana no sería imposible que se tratara de la paella, si bien desconcierta, para admitir la identificación, esa cazuela insolente...

El mismo utensilio volvió a comparecer en la epístola que Próspero Mérimée escribió a Próspero de Bofarull desde París, en 11 de junio de 1847, para felicitarle porque le habían nombrado Caballero de la Legión de Honor. De paso le escribía en un castellano no muy incorrecto:

Mi Ministro, el del Interior, tiene gana de enbiarme en Argel el otoño que viene. Si este viaje se verifica, a la ida o a la vuelta haré una razia en la calle del Pont de la Parra17. Quiero decir, que si hallo en ella una cazuela de arroz a la Valenciana, probaré si su cocinera no se ha olvidado de las buenas tradiciones que tenía el año pasado. Sus naranjas también verán su enemigo mortal, supuesto que se queden algunas después del gran destrozo que hice.

Mérimée no tuvo ocasión de comprobar la memoria de la cocinera ni de causar estragos en las naranjas, que al parecer eran las del famoso patio de los naranjos de la Diputación de Barcelona. Por rivalidades de jurisdicción entre el minístro del Interior y el de la Guerra, el viaje a Argel fue aplazado para el año siguiente: un año que, a tal efecto, no llegó... Con motivo de la suspensión, Mérimée –desde París, en 18 de septiembre de 1847– escribió una carta a su tocayo Bofarull en que, para consolarse, escribía lo que se traduce a continuación:

Aunque me gustan los viajes tanto como a usted, le confieso que sentía poco entusiasmo por la excursión que me obligaban a hacer. No me agrada ir a un país cuya lengua no conozco, y en cuanto a lo que he visto de las ruinas romanas dibujadas por nuestros oficiales de Estado mayor, no me produce gran estimación por la arquitectura de dicho país. Añada a ello el fastidio de ver todo eso con el acompañamiento forzoso de tres o cuatro spabis con el fusil cargado. Y no hablo de las malas comidas, de las pulgas y de otras amenidades que la filosofía me ha enseñado, hace tiempo, a despreciar. Lo que echo de menos, mi querido amigo, es el regreso de Argel, que hubiera hecho pasando por Sevilla, Valencia y Barcelona.

Volviendo atrás en el tiempo, hay que mencionar otra misiva de Mérimée, fechada en París el 6 de marzo de 1847 y dirigida a don Manuel de Bofarull para decirle, entre otras cosas, lo que se traslada a seguida:

He escrito una buena memoria sobre la estatua de Hércules hallada en Denia, que posee el señor Lesseps, y me gustaría enviársela a usted. Pero tardan tanto en imprimirla que esta carta precederá al envío de mi trabajo arqueológico. Verá usted que en dicho Hércules encuentro muchas cosas sin llegar a ninguna conclusión. Eso es lo bueno de la Arqueología.

Y unos meses después, en 25 de junio, Mérimée volvía a escribir a su amigo don Manuel para decirle, entre otras cosas, que hacía tiempo había enviado al señor Fernando de Lesseps –el célebre promotor de los canales de Suez y de Panamá, a la sazón cónsul de Francia en Barcelona– dos ejemplares de la revista arqueológica en que se insertaba el artículo sobre el Hércules de Denia. Uno de los ejemplares era para Bofarull. “Reclámelo”, le decía. Y agregaba: “No vale la pena de leerlo, pero es un modesto recuerdo que, por lo demás, no ocupará mucho espacio en la biblioteca de usted”18.

Veintiún días sin aburrirse

Otras muchas veces se acordó Mérimée de Valencia... Una de ellas fue a causa de Henri Beyle. Stendhal, que por este nombre se le conoce en el mundo literario, era cónsul de Francia en Civitavecchia, donde no se encontraba a gusto, ni mucho menos. Con el deseo de que le trasladaran a España escribió a su amigo Próspero Mérimée para que le orientase sobre las ciudades españolas. Y el autor de El teatro de Clara Gazul contestó a Stendhal en 30 de abril de 1835 mediante una carta... que tal vez no convenga reproducir íntegramente.

...Valencia –decía– es, sin duda alguna, después de Madrid y Cádiz, la ciudad de España que me gusta más para vivir. Es cierto que hace calor en verano, pero hay, por lo menos, sombra y árboles, lo que es difícil encontrar en otras partes de España. A siete u ocho leguas de Valencia, cerca de Elche, os encontraréis con un bosque de auténticas palmeras, Palma dactylifera, y no el Chamaerops humilis, mucho más corriente.

Tras escribir que en Valencia no había nada de bibliotecas ni de museos –lo cual era inexacto– y sólo un teatro (el futuro Principal), confesaba:

Pero he pasado veintiún días en Valencia sin aburrirme. He logrado una treintena de golpes. Apenas si se habla español en Valencia, si bien todo el mundo lo entiende, mientras que en Barcelona casi todo el mundo habla catalán y casi nadie entiende el español. Esto me ha hecho que tome manía a Barcelona.

Y, después de referirse a varios consulados y al cónsul francés en Valencia, M. Gauthier d´Arc –con quien se mostraba despiadado–, aconsejaba rotundamente: “en vuestro lugar, yo iría a Valencia”19.

Bastantes años después, en 21 de junio de 1867, Próspero Mérimée escribía, desde París, con papel de senador, a la amiga que había conocido como condesa de Teba y a la sazón era condesa de Montijo, diciéndole entre otras cosas:

Me apresuro a aceptar el ofrecimeinto que os dignáis hacerme y os quedaré sobremanera reconocido si me traéis unas pepitas de melones de Valencia. En Cannes hay melones de esta clase, pero degeneran al cabo de varias generaciones y tienden a convertirse en calabazas. Supongo que renovando la simiente se obtendrán buenos productos20.

Ya se ha dicho, por lo demás, que Próspero Mérimée, como escritor nato y hombre que cultivaba las amistades, dejó una correspondencia copiosa; tanto, que llena numerosos volúmenes21. Espigando en ella, quizá se encontraran más recuerdos valencianos de don Próspero; pero lo aquí recogido bastará para dar una idea del paso de Mérimée por Valencia y del problema literario relacionado con ello; problema que puede resolverse afirmando que Carmen, en lo físico, era natural o por lo menos vecina de Valencia, entendida esta palabra como equivalente del antiguo Reino.

© Herederos de Francesc Almela i Vives

NOTAS


1 Hablando de las obras de Mérimée dice Menéndez y Pelayo en el lugar que se cita en la nota (2): “Entre todos estos altos relieves sobresale por su hermosura clásica el de Colomba, que es la verdadera Electra de las literaturas modernas, más digna heredera del arte de Sófocles que ninguna de sus imitaciones directas”. El autor del presente trabajo lo es de una traducción de Colomba al castellano.
2 La bibliografía sobre el autor de que se trata es muy extensa. Obras fundamentales son las de A. Filon: Prosper Mérimée, I'écrivain et l´homme (1875); Mérimée et ses amis (1894) y Mérimée (2.ª ed., 1922). –P. Trahard y P. Josserand publicaron la Bibliographie des Oeuvres de Prosper Mérimée–. En cuanto a las palabras de Menéndez y Pelayo pueden verse en su Historia de las ideas estéticas en España, T. V, págs. 465-9 de la Edición Nacional.
3 Las ediciones de Carmen en francés, en español y en otros idiomas, incluso el catalán, son tan numerosas que por ello mismo excusan aquí cualquier indicación bibliográfica.
4 Frase empleada por Henry Malherbe en La véritable Carmen, artículo publicado en la revista Hommes et Morades de París, núm. 40, noviembre de 1949, págs. 358-83, donde pueden encontrarse datos y comentarios interesantes.
5 Las diferencias entre la novela y la ópera Carmen son puntualizadas en el vol, II, pág. 131 del monumental Dizionario letterario Bompiani delle opere e dei personaggi di tutti i tempi e di tutte le letterature (Milán, 1947).
6 Cora Laparcerie-Richepin hizo una adaptación radiofónica en tres partes titulada La vraie Carmen, que se dio a conocer por Radio-Paris el 9 de junio de 1935. Esta adaptación, más fiel que la ópera a la novela de Mérimée, fue publicada por La Petite Illustration en el mismo año.
7 Para dar un extracto de esta carta se ha utilizado el texto inserto en Prosper Mérimée: Lettres d´Espagne (1830-1833), libro que lleva una introducción de Maurice Levaillant (París, 1927). Excelente edición numerada. El ejemplar consultado lo ha podido ser gracias a la gentileza de su poseedor, don Eduardo Ranch. En el Diario de Valencia, fechas de 28 de febrero y 10 y 15 de marzo de 1922, y sección «Valencia vista por los extranjeros», se publicó una traducción incompleta de esta carta de Mérimée, con algún breve comentario, por Jonak (José Navarro Cabanes).
8 Pág. 105 del Itinerario descriptivo de las provincias de España, de Alejandro Laborde que, en traducción libre o, mejor dicho, adaptación española, publicó el editor don Mariano de Cabrerizo en Valencia el año 1816.
9 Este párrafo figura en las págs. 93-94 de la mencionada edición de las Lettres d´Espagne por Levaillant, cuyo texto ha sido asimismo utilizado para el presente extracto.
10 Esta versión figura en la pág. 46 de Próspero Mérimée: Las brujas españolas y otros cuentos, traducción de Pedro Vances (Madrid, Colección Granada, s.a.). El volumen va precedido de un ensayo de Hipólito Taine sobre Próspero Mérimée.
11 PASCUAL MADOZ: Dicionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar. T. XIII (Madrid, 18-49), pág. 306.
12 F. ROCA ALCAYDE: Pinceladas históricas, artículo publicado en el Programa de fiestas a Santa Marta (Puzol, 1950).
13 ROCA ALCAYDE: lugar citado.
14 MAURICIE LEVAILLANT: Les trois Muses de Prosper Mérimée. Artículo en el suplemento literario de Le Figaro (19 (le febrero de 1927), dedicado en gran parte al autor de Carmen.
15 ROCA ALCAYDE: artículo citado.
16 ESTHER VAN LOO: Histoire... et musique. La véritable Carmen. Artículo en la revista francesa Musica. Disques (febrero de 1960).
17 Es de suponer que se trate del domicilio de Bofarull. Esta calle desapareció con motivo de las reformas urbanas de Barcelona.
18 Para redactar este apartado se ha puesto a contribución el libro de J. Ernesto Martínez Ferrando: Próspero de Bofarull y Próspero Mérimée. Una antistad ejemplar (Reus, 1954), que, además del epistolario, contiene una amena exposición preliminar y oportunas notas.
19 La carta de Mérimée a Stendhal fue publicada por Henri Martineau en la revista Fontaine (diciembre de 1945) y reproducida, en traducción, por José Luis Cano: Stendhal y España, artículo en El Español (21 de septiembre de 1946).
20 Lettres a la Comtesse de Montijo. 1866-1867, en la Revue de Deux Mondes, 15 de diciembre de 1959, págs. 835 y sigs.
21 Hay publicados diversos epistolarios de Mérimée, agrupados generalmente en razón del destinatario. Baste mencionar, aparte de los ya citados aquí: Lettres de Mérimée á Estébanez Calderón (París, 1910). –Lettres de Mérimée à la comtesse de Montijo publiées par les soins du duc d´Albe. 2 vols. (Paris, 1930). Mucha mayor Importancia tiene la Correspondance générale de Mérimée, ordenada por Maurice Parturier, comenzada a publicar en 1941 y de la que han visto la luz numerosos volúmenes.

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