Impronta de un invierno cultural en Moscú
¿Por qué, cuando llega una a Moscú, le parece que allí no existe vida cultural, ni nada que se le parezca? ¿Por qué compra periódicos y no le saltan a la vista secciones culturales con columnas sobre arte y espectáculos, con reseñas de películas o de montajes de teatro? ¿Por qué deja de aparecer en los kioskos, durante dos semanas, el semanario Literaturnaja Gazeta, que tira a rancio pero es de lectura obligada para todo aquel que se interese por la vida literaria y cultural en el ex país de los soviets? La última de las preguntas puede que tenga una respuesta más o menos sencilla: una llega a Moscú el día 8 de noviembre (resaca en la capital tras la jornada de fiesta nacional) y los rusos se preparan para votar el 6 y el 7 de diciembre; corren rumores sobre un "pequeño problema" en la redacción del último número de la Gazeta... Y es que oficialmente no existe censura en la nueva Rusia de Putin.
En cuanto a las dos primeras preguntas, una no empieza a vislumbrar un esbozo de respuesta hasta que no pasa dos (desesperantes, infructuosas) semanas sobre el terreno. Aquí, en la antigua tierra de los zares, la información no vuela como en "Occidente" –Europa y América, para los rusos–, y las vías de acceso a la misma no son comparables con aquellas a las que nos tienen acostumbrados nuestros medios de comunicación de masas, nuestra sociedad de consumo cultural, nuestros suplementos semanales de arte y espectáculos en papel couché, plagados de publicidad de perfumes y ropa de diseño, nuestra literaria y musicalmente orgiástica FNAC, nuestro internet cuajado de banners y pop-ups.
Solamente después de siete u ocho días se entera una de que en la capital debe de estar celebrándose un festival de teatro internacional llamado NET, Novij Evropeiskij Teatr (Nuevo Teatro Europeo). Según parece, todo un acontecimiento que convoca a compañías de toda Europa con espectáculos de ultimísima hornada. Abrieron el festival los montajes gemelos Un día en la vida de Iván Denisovich y Hamlet. Sueños bajo la dirección artística del ucranio Andrey Sholdak, con el teatro académico nacional de Jarkovsk. También se presentaron una Blancanieves de Grimm reinventada en clave irónica por Robert Walser, de la mano de la compañía Mini-Teatro de Ljubljana (Eslovenia); la brutal Psycho 4.48 de la británica Sarah Kane, representada en polaco y dirigida por el cracoviano Gshegosh Yashina, o un sorprendente Revizor de Gogol ambientado en un retrete. Inmediatamente después del NET, entre el 18 de noviembre y el 5 de diciembre, se celebró en el Teatro Mossovieta, con el patrocinio de la Casa del Báltico, un festival de teatro internacional con el objetivo de mostrar las últimas tendencias dramáticas de los países bálticos y de la escena petersburguesa.
Caminando sin un rumbo demasiado fijo por el Novi Arbat, se tropieza una con el gigantesco cartelón de Vozvroschtschenje (El regreso) que corona el edificio del Judoshestveni Kinoteatr. Sin perder un segundo, me lanzo a la caza de entradas para asistir a lo que promete ser (¡por fin!) un auténtico acontecimiento teatral en la temporada 2003-2004. La obra, que fue galardonada con el León de Oro a la mejor película de la sección oficial en el festival de Venecia, resulta en efecto interesante y visualmente bella desde su arranque. Su director, Andrey Zvyagintsev, es casi un debutante en cuyo trabajo la crítica ha resaltado huellas tarkovskianas y bressonianas. Presenta la peripecia de dos niños cuyo padre regresa tras una larga ausencia a un desolado paraje estepario cuajado de enormes lagos grises. Los hermanos, de 12 y 14 años, han vivido durante diez con su madre y su abuela: el menor, auténtico centro de conciencia de la narración, ni siquiera recuerda al padre y se enfrenta a su retorno con miedo y rencor, mientras que el mayor trata de reconocer en él al héroe de su primera memoria. Imaginería excesivamente obvia aparte, el filme merece verse y disfrutarse, especialmente por su impresionante fotografía, que incide en una constante de la narrativa rusa: la comunión del hombre con la naturaleza, con el paisaje más salvaje y hostil. Además, el viaje que emprenden los niños con el padre, un piloto militar de pasado inescrutable, tiene resonancias de Bildungsroman-cum-road-movie que satisfará a los amantes del pastiche de géneros y el mestizaje intercultural.
Durante las largas horas de paseo por el metro de Moscú, una se percata de lo que leen los ciudadanos de la megalópolis. En la capital rusa hacen furor las novelas del japonés Murakami. Las devoran ávidamente jovencitas, casi adolescentes, vestidas a la última moda europea, que pululan por las paradas más céntricas. Da la impresión de que Murakami ha sucedido, aunque no desplazado del todo, al brasileño Paulo Coelho, que batía todos los récords de popularidad el año pasado. Una prueba más de que los rusos contemporáneos buscan desesperadamente lo esotérico en sus lecturas es el éxito que está cosechando la traducción de La vida de Pi, del indio-canadiense Mann Martel. La tríada Murakami-Coelho-Martel denota claramente que los rusos de la era postsoviética sienten una poderosa atracción por la temática místico-religiosa, y que en su búsqueda se inclinan por las filosofías de culturas "orientales". No en vano, cualquier viajero con nociones de ruso advertirá que cuando se refieren a sí mismos, los nativos hablan por oposición a "Occidente"...
No obstante, el contrapunto de esta mirada hacia el exterior lo proporciona la proliferación de detectivy, novelitas policíacas genuinamente made in Russia. Alexandra Marínina es solo la punta del iceberg: una marea de autoras acaparan las portadas de los libritos de bolsillo, tapa blandísima, horroroso diseño, colorido kitsch y papel malo que se venden en los kioskos de prensa por treinta y cinco rublos (aproximadamente un euro al cambio), se compran de segunda mano y se intercambian por docenas en puestos de libros del metro. Me alboroza ver anunciada en la Literaturnaja Gazeta la "Semana de la novela policíaca rusa", auspiciada por la cadena de librerías Moskovskij Dom Knigi (La casa del libro moscovita), que se celebró en Moscú entre el 10 y el 15 del pasado mes de noviembre. Más todavía me emociona el poder leer en dicha publicación un penetrantísimo análisis de este sugestivo fenómeno cultural, a saber, el auge de la novelita negra de kiosko en la Rusia de los últimos años. La autora del artículo, Anna Selivanova, bucea hasta llegar a los orígenes del peculiar género, que ella llama shenskye kriminalnye romany (novela policíaca femenina). Según Selivanova, los superventas de Daria Dontskova, Tatjana Ustinova, Aleksandra Marínina y Tatjana Poliakova, entre otras, se encuadran en una "segunda oleada" de la novela negra en la post-perestroika. En la primera, que corresponde a la primera mitad de los noventa, lo que Selivanova denomina "la literatura de la frustración" dio rienda suelta a la masculinidad más agresiva. El héroe de la narrativa de kiosko en ese momento era una especie de Rambo à la russe, un lobo solitario que combatía la injusticia con los puños, pegando tiros o lanzando granadas si se terciaba. La analista reflexiona sobre la decadencia de la "alta literatura" y de los clásicos extranjeros del género negro (Christie, Chandler...) entre el público ruso. Ni Dostoyevsky ni las damas y caballeros del crimen anglosajón pueden hoy competir con las kilométricas series de Marínina o Ustinova. Selivanova recurre a un símil para explicarlo: en tiempos de hambre insaciable, no se pueden ofrecer ostras como plato fuerte del menú. Más vale cocinar gachas, que sacian y no son peligrosas si se consumen en grandes cantidades. En un tono ciertamente nacionalista, se pregunta por qué habrían de seducir al lector medio en Rusia los casos de Perry Mason o Poirot si mirando por su propia ventana, o a la vuelta de la esquina, es seguro que en este mismo instante está teniendo lugar un atraco, un timo, un atentado con bomba o un asesinato por ajuste de cuentas de bandas mafiosas. Y esto último es lo que reflejan las historias de treinta rublos que esconden las babushkas en sus bolsas de la compra cuando salen del vagón del metro. Por si fueran pocos alicientes, la segunda oleada de la novela policíaca rusa rezuma un feminismo que permite desahogarse, aunque sólo sea mediante la evasión de la lectura, a las que más leen: las mujeres rusas, desconcertadísimas sobre su rol social después del derrumbe de la URSS. Sólo Boris Akunin, con sus exitosísimos thrillers decimonónicos (traducidos al español y publicados por La Salamandra: recordemos, por ejemplo, Gambito de Caballo o Leviatán), hace un poco de sombra a las grandes damas del crimen ruso. Aparte de Selivanova, otros críticos interpretan el éxito del género en clave psicoanalítica (a través de las historias para no dormir, los lectores curan sus miedos), sociológica (la novelita negra ha cerrado la brecha abierta en la perestroika entre los gustos literarios del centro intelectual-moscovita y la periferia provinciana) o financiera (solamente un cinco por ciento del público lector puede gastar más de cien rublos en un libro: el precio medio de las obras que la crítica considera dignas).
Descubrir el Teatr na Yugo-Sapade (Teatro del Suroeste) significa entrar en contacto con las últimas tendencias del arte dramático en Rusia. En la programación de noviembre y diciembre pasados predominaban las versiones de clásicos (mucho Shakespeare, una Gaviota de Chejov, entre otros), pero también hay sitio para obras de nueva creación: Shtschi y Dostoyevski Trip del polémico Sorokin, La noche de Walpurgis de Erofeev y Anna Karenina 2 de Shishkin. Llama la atención la recurrencia de la versión o reinvención del clásico. Así, Shtschi es una anti-Utopía (la de Moro) ambientada en la cárcel de un mundo futurista en el que ha triunfado la revolución verde: los presos son profesionales de la gastronomía que han cometido delitos contra la prohibición de comer solamente sopas de sobre (en concreto, un preparado soluble de shtschi, una sopa de repollo tradicional rusa). Anna Karenina 2 toma como punto de partida una Ana reconstruida a golpe de bisturí tras su "accidente ferroviario" para desarrollar una fábula sobre la influencia de la tecnología en la vida de la gente: Ana, su marido, su amante y los demás personajes de la novela de Tolstoi se mezclan con el móvil, la cirugía estética y las redes de transporte rápido. Y Dostoyevskij Trip juega con la ecuación literatura = droga para dibujar siete existencias marcadas por la adicción a los libros, al "trip", chute o viaje literario.
En el teatro Stanislavski del Bulevar Tverskoy se estrena el día 11 de diciembre, en medio de una enorme expectación, Semero Svjatyj iz derevo Briujo (Siete santos de la aldea de Briujo) de la novelista y dramaturga Ljudmila Ultiskaya. Vale la pena pagar el precio de un asiento en patio de butacas (450 rublos), prohibitivo para la media rusa. Desde el desfile de tipos que va entrando en el noble edificio del teatro hasta el delirio de aplausos al final del espectáculo, todo forma parte de una experiencia cultural total. Mujeres: mujeres solas, ataviadas con una curiosa mezcla de ropas tradicionales y occidentalizadas, mujeres con sus parejas (militares y policías de uniforme, estudiantes melenudos, hombres de negocios vestidos con traje italiano y exhibiendo billetera, intelectuales levemente desaliñados), mujeres con otras mujeres (pocas). Ellas constituían la mayor parte del público, que estalló en vítores tras el espeluznante desenlace: el martirio y muerte de siete almas descarriadas recogidas en un recinto indefinido, mezcla de convento, manicomio y comunidad soviética. El director de escena Vladimir Mirzoyev, conocido en circuitos dramáticos rusos por insólitos espectáculos de los noventa en los que hibridó teatro físico, música y danza, ha elegido la pieza de Ulitskaya para comenzar a rodar en el puesto de director artístico del Teatro Stanislavskij. Lo mejor del montaje viene al principio, cuando Vladimir Mirzoyev nos introduce en la peculiar institución, poblada por seres extraviados que viven bajo la protección de Dushya y a la merced de sus chocheces. Esta es una anciana paralítica obsesionada con la religión, a la que sus "vasallos" arrastran por el escenario en una suerte de sillita de bebé con ruedas. Un apuesto gañán sin el menor escrúpulo, Rogov, llega al cabo de pocas escenas como adalid del ejército rojo y nos obliga a situar la acción en los años inmediatamente posteriores a la revolución. La magia surreal del primer acto, que nos sumerge en una atmósfera delirante, reflejo de la enajenación de los internos, deviene en el segundo tragicomedia convencional, a ratos ramplona.
Dos días después del estreno en el bulevar Tverskoy, embarco en el avión de regreso y empiezo a preocuparme por este artículo. ¿Qué es la actualidad cultural moscovita? ¿Existe tal cosa? ¿Es mi visión de la capital y sus atracciones demasiado parcial, excesivamente impresionista, poco comprensiva? En todo caso, la suerte está echada y lo visto en esta urbe de diez millones de almas registradas (más ni-se-sabe-cuántas sin papeles), visto está. Do svidanja, Moscú.
© Consuelo Rubio
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