Debats 85 Verano 2004 - ESPAIS

Rusia, hoy

Tras la dura transición desde la caída del Muro de Berlín en 1989, y el definitivo desmantelamiento de la Unión Soviética, en 1991, al disgregarse la URSS, su pieza residual más importante, la Federación de Rusia, fue experimentando un pronunciado declive que en algún momento pareció no iba a tener fin.

Entre las muestras más extremas de esa decadencia, habrá de subrayarse que si en 1994 las exportaciones rusas, que suponían el 1 por 100 del total del mundo, en 1999 se situaron justamente en la mitad. En cuanto a las inversiones, motor decisivo para el crecimiento, se hundieron en una auténtica sima, hasta casi desaparecer. Y en términos de condiciones de vida, el salario medio en el 2000 era 60 por 100 de lo que representaba en 1996, con las pensiones en un nivel todavía peor, el 55 por 100.

Otro dato: en el mismo año 1996, según el Banco Mundial, casi la mitad de la población vivía por debajo de la línea de pobreza, y se calculaba que la economía sumergida podía representar entre el 40 y el 60 por 100 de la actividad económica, en transacciones casi totalmente dolarizadas o vía trueque; que obviamente no generan ingresos fiscales para los poderes públicos.

La pérdida de vigor económico también se tradujo en el área de la defensa: en dólares contantes, el gasto militar pasó de 146.000 millones en 1992 a 55.000 en 1998, apenas un tercio. Y en relación con el PIB, el presupuesto de las fuerzas armadas se redujo del 10,8 al 5,2 por 100. Más concretamente, la fabricación anual de carros de combate cayó de 500 en 1992 a 15 en 1998; en artillería, de 200 unidades tipo a 10; en bombarderos, de 20 a 0; y en helicópteros de 175 a 40. Todo un panorama que hace dudar incluso –salvo por el stock de ojivas– que Rusia sea hoy una gran potencia militar.

Las tendencias que expresan esos datos se correspondían con otras manifestaciones cualitativas relativas al intercambio: casi una cuarta parte del PIB procede de la exportación de materias primas y, dentro de ellas, el conjunto carbón / petróleo / gas supera el 50 por 100. Lo cual significa que en vez de ir hacia una sociedad de servicios y de conocimiento –como sucede en todo el área de EEUU, UE y Japón–, Rusia, a lo largo de la década de 1990, fue adentrándose en una situación de oligoexportaciones típica de país menos desarrollado, desperdiciándose de esa manera un capital humano del más alto valor, como lo demuestra el hecho de que, de los dos millones de rusos antes empleados en el sector I + D, dos tercios se encontraban en el 2000 fuera del país.

En un ambiente como el rápidamente descrito, es fácil entender la alta criminalidad que prevalece en el inmenso país, haciendo que las cárceles no den para más. Se calcula que hay un millón de reclusos actualmente, para una población de 148 millones de habitantes: siete personas por cada 1.000 (el séxtuplo, por ejemplo, del ratio de España, que empieza ya a ser inquietante). No debe extrañar, pues, las amnistías decretadas de tiempo en tiempo, para poner en la calle a decenas de miles de internos; fundamentalmente por la saturación de las prisiones, y la pavorosa extensión en ellas de la tuberculosis y otras enfermedades.

Frente a la tan desventurada saga de sufrimientos y declives, en los últimos tiempos hay signos bastante claros de mejoría: la producción industrial vuelve a crecer, y las inversiones, habiéndose aumentado el excedente de la balanza comercial. Pero no hay que engañarse pensando que el panorama ha cambiado sustancialmente de la noche a la mañana y que, por consiguiente esté produciéndose un milagro ruso.

Tampoco deben considerarse como sólidos los sentimientos que embargan a algunos observadores apresurados en sus visitas a la Federación de Rusia. Sobre todo cuando su estancia se limita a Moscú, donde en unos 15 millones de personas, el 10 por 100 del total de la población del país, se concentra el 50 por 100 de la renta disponible y de las inversiones; en tanto que la mayor parte del resto de la ciudadanía no moscovita se debate en medio de toda clase de penurias. Lo cual cabe apreciar globalmente por la esperanza media de vida al nacer que ha caído a sólo 67 años frente a una media de la UE al nivel de 78.

La situación ahora más favorable en lo económico desde el 2000 para acá radicó inicialmente en dos hechos concretos: rublo bajo e hidrocarburos al alza. En agosto de 1998, antes de la devaluación, el cambio oficial era de seis unidades rusas por dólar. En enero de 2003 se situó en 31,8, con una depreciación de más del 80 por 100. Lo cual permitió, desde luego, impulsar exportaciones, con la ventaja simultánea de un cierto movimiento de sustitución de importaciones.

En cuanto al precio de los hidrocarburos, que en 1998 se situaba en torno a los 10 dólares/barril de petróleo, pasó en el 2000/2001 a 25/28 (34 al comenzar el 2003), con efectos balsámicos para el presupuesto y la economía en general.

En cualquier caso, está claro que en la senda para su recuperación económica, Rusia necesita un modelo distinto, con cambios importantes. Empezando por el hecho de que un país de tan gigantescas dimensiones no puede ser gobernado de manera eficiente con criterios centralistas a ultranza. Sin embargo, y aunque resulte paradójico, para hacer un federalismo que funcione, el Estado hubo de recuperar en los últimos años a raíz del nombramiento de Vladimir Putin como Presidente (31.XII.1999) parte considerable de la fuerza perdida por las tendencias centrífugas de repúblicas y regiones.

En el sentido apuntado, ha de mencionarse un decreto de Putin, del 2000, por el cual se establecieron siete supergobernadores en el país: Noroeste (San Petersburgo), Centro (Moscú), Cáucaso Norte (Krasnodar), Volga (Nijni-Novgorod), Ural (Sverdlovsk), Siberia (Krasnoyarsk), y Lejano Oriente (Vladivostok). Desde esos siete supergobiernos se controlan, o al menos se supervisan, las 89 regiones y repúblicas de que consta la Federación.

Pero el problema clave para el cambio de modelo, se sitúa de forma muy marcada en el hecho de que las leyes, ya formalmente orientadas hacia el mercado, según aceptó formalmente en el 2002 la UE, según veremos luego, no funcionan de manera eficiente; entre otras cosas, porque no están respaldadas, en medio de una corrupción ampliamente extendida, por una justicia que funcione y las garantice. En la Rusia cotidiana, continúa dominando la superestructura de grupos y mafias que expolian las riquezas del país; interconectadas, según todas las apariencias con el propio Gobierno en los peores tiempos de Boris Yeltsin. Si bien es cierto que los grandes taicunes de hoy están siendo más críticamente observados por el Gobierno de Vladimir Putin.

En ese contexto, la aspiración vital prevaleciente en Rusia continúa siendo el hacerse rico lo más rápidamente posible. Hasta el punto de que durante algún tiempo se aceptó por parte del Gobierno el extraño aforismo de “dejad que nos roben y que se hagan con la propiedad de todo, pues así se convertirán en propietarios y en buenos administradores de sus nuevos activos”. Un lema a todas luces hiperoptimista que confundía el mero bandidismo de saqueo de Rusia con los robber barons de EEUU de finales del siglo XIX que sí supieron pasar de voraces monopolistas a empresarios altamente dinámicos y a la postre eficientes.

En cuanto a la dirección de la política económica, es bien reveladora la frase de Andrej Illaionow, asesor económico del Presidente Putin: “Rusia no necesita más consejeros de fuera. Tomaremos nuestras propias decisiones”. No es extraño que estén escaldados de los Jeffrey Sachs y los Georges Soros, por su exceso de optimismo al pensar que el proceso de transición del socialismo real al mercado podría hacerse rápidamente; en sólo 500 días según los programas que llegaron a preconizar.

Con todo lo escrito hasta ahora, habría que indicar como complemento que las previsiones son mucho mejores para el largo plazo que no para la inmediatez más absoluta. En esa línea, Putin ha situado como meta la idea de que, en el 2020, Rusia tendrá que tener una renta per capita cuatro veces la de ahora (unos 8.000 dólares), lo cual no es nada fantasioso, si se restauran definitivamente las estructuras productivas, se configuran las nuevas coordenadas legales y se dispone de la necesaria inversión directa extranjera y de las indispensables transferencias de tecnología en algunos sectores.

Esa progresiva emergencia de la nueva Rusia tendrá que impulsarse desde la nueva dirección política del país y, a ese respecto, podrán negarse capacidades y cualidades al actual dirigente supremo de la Federación, el Presidente Vladimir Putin. Y con toda razón también cabrá criticarle por seguir detentando un poder omnímodo que ejerce muchas veces con métodos dictatoriales sin paliativos. Sin embargo, lo que en los últimos tiempos de Yeltsin se anunciaba como la segunda disgregación de la propia Rusia, no se ha producido, y por el contrario se presentan los síntomas de que ya hemos ido dando cuenta.

Por otro lado, desde el punto de vista de la estructura política global, está claro que el ancho país de diez husos horarios, desde Kaliningrado (la antigua Könisberg) hasta el Estrecho de Bering, va recuperando el tono. Lo cual, en gran medida, se debe a una inteligente política exterior, cuya ejecutoria se relaciona muy mucho con el talante de quien la dirige, el actual Ministro de Asuntos Exteriores, Igor Ivanov. Una persona bien conocida en España, por su secuencia de semi-espía soviético primero, Consejero de Embajada a continuación, para culminar su presencia en nuestro país como Embajador de la URSS por unos días, todavía en 1991, y de la Federación Rusa por último.

La composición estratégica que puede tener in mente el equipo Putin/Ivanov podríamos esquematizarla simbólicamente con una estrella de cinco puntas como iremos viendo.

Para empezar, y no obstante las muchas dificultades por las que todavía atraviesa el país en su atormentado proceso de cambio a partir del socialismo real y la economía centralizada, lo cierto es que la Unión Europea ya ha aceptado la evaluación de que Rusia se ha convertido en una economía de mercado. Lo cual no constituye una simple caracterización formalista, sino que lo que constata es el cumplimiento del primero y más importante de los llamados criterios de Copenhague, que el Consejo Europeo estableció en 1993 en forma de exigencias básicas para pertenecer a la UE (siendo los otros dos criterios, la aceptación del acervo legislativo comunitario y el pleno desarrollo de las instituciones democráticas).

No se quiere decir con lo anterior que Rusia vaya a solicitar el ingreso en la Unión, como ya lo ha pedido Ucrania con muy poco éxito. Lo que debe subrayarse es que los mencionados criterios son también exigibles a la posible participación futura en el llamado Espacio Económico Europeo. El mismo al que pertenecen Noruega e Islandia, que virtualmente son socios económicos a todos los efectos de la UE, pero sin participar en sus instituciones. Esa es, sin duda, la primera punta de la estrella de la política exterior rusa: estar en la nueva Europa económica sin atarse a un diseño político que le resultaría excesivamente rígido para sus otras importantes aspiraciones. El segundo vértice de la aludida stella pentapunctata, en la senda de recuperación de su reconocimiento como gran potencia mundial, podría fijarla Rusia siguiendo métodos integratorios análogos a los empleados en Europa occidental a partir del Tratado de Roma de 1957. En otras palabras, la Federación, que sigue siendo el centro económico de todo el anterior espacio soviético, aspira a restablecer en él toda su influencia económica anterior, si no más; a base de promover un mercado único que pronto podría empezar a establecerse. En ese sentido, la pasada semana, y tras no pocos tanteos, se firmó un acuerdo a tales efectos, con cuatro Estados miembros iniciales: la propia Rusia, Bielorrusia, Ucrania –en cierto modo a regañadientes por su ya aludida pretensión de incorporarse a la UE–, y el más importante de los países de la antigua Asia central soviética, Kazajstán.

La tercera punta de la estrella se relaciona con la entidad denominada Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), que también en los últimos tiempos parece moverse. Sobre todo por el deseo de China de hacerla más versátil de lo que son sus principios fundacionales de lucha contra el terrorismo, y de barrera a posibles peligros de integrismo islamista. Al respecto, los países integrantes de la OCS (Rusia, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguizistán, Tayikistán y China), parecen mostrarse dispuestos a llegar a un acuerdo para la gradual formación de una zona de libre comercio que active el intercambio, en lo que sería un continuo de algo más de 2.650 millones de personas.

Claro es que, dentro del proyecto OCS, las perspectivas más promisorias se darían entre Rusia y China, sobre todo en lo que concierne al desarrollo de la ancha franja territorial a ambos lados de la frontera común: desde Irkutsk a Vladivostok del lado ruso, y desde la provincia de Xinxiang a la antigua Manchuria de parte china. Lo cual va a obligar a ir creando una ingente infraestructura de transferencia Norte/Sur, desde los grandes depósitos de petróleo y gas de Siberia central y oriental a la República Popular, que en sus planes de rápida expansión económica sufre una especie de psicológica sed crónica de toda clase de insumos y más que nada energéticos.

El cuarto vértice en la estrella de cinco puntas es, inevitablemente, Japón. Y en esa línea, a poco que se resuelva el problema de la devolución de las cuatro pequeñas islas Kuriles del Sur a la soberanía nipona, es seguro que podrían concertarse acuerdos económicos de gran alcance. Y acelerar así el desarrollo del gran espacio de Siberia oriental, con el apoyo tecnológico y los ingentes recursos financieros que podrían encauzarse desde Tokio. Como componente de la quinta punta de la estrella, está la compleja relación con EEUU, que, según todos los indicios, podría entrar en una fase altamente dinámica. Para superar una realidad más bien precaria, en la cual los nexos económicos soviético-norteamericanos no tuvieron nunca importancia significativa. Hasta el punto de que todavía hoy la exportación de EEUU a Rusia no llega al 1 por 100 del total de sus ventas exteriores, con el dato de que en sentido inverso apenas se alcanza el 5 por 100; un intercambio mínimo, un pequeño submúltiplo del tráfico comercial entre los 50 Estados de la Unión y el contiguo México. De modo que sólo si se abrieran los cauces oportunos podría llegarse, en poco tiempo, a cifras espectaculares. Un horizonte en el cual deben situarse los planteamientos de intercambio energético, para abastecer a EE.UU. que padece la misma sed de crudo y gas de China, y que a toda costa pretende disminuir su dependencia de un Oriente Medio cada vez más agitado. Nos queda referirnos, por último, y no lo menos importante, a la perspectiva mundial en cuyo fondo se sitúa la stella pentapunctata que nos ha servido de emblema para redactar este artículo. Y a ese propósito, debe recordarse que, ya en los últimos tiempos de Gorbachov, la entonces todavía URSS se acercó al G-7 para, durante la égida de Yeltsin incorporarse como nuevo socio del G-8. Lo cual fue un primer paso para recuperar presencia internacional un país que es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU y que mantiene el único arsenal nuclear comparable a EEUU. En esa trayectoria global, hay dos asignaturas pendientes por parte de Rusia, siendo la primera la definitiva incorporación a la Organización Mundial de Comercio; la misma OMC que hace pocas semanas sufrió un serio traspiés en Cancún, pero que no por ello deja de ser la plataforma principal del proceso de globalización por el que atravesamos los 192 países del planeta. Siendo la otra asignatura la adhesión al Protocolo de Kioto, que no es una cuestión meramente ecológica, porque más allá de eso es todo un Norte para elaborar una nueva política económica e industrial.

En suma, Rusia, puede avanzar a ritmos de crecimiento que hasta hace poco habrían parecido imposibles. Claro es que en esa senda, hay muchos problemas internos, entre ellos el de la ya aludida oligarquía explotadora del país, e igualmente la masa social que todavía no cree en la recuperación económica pero que la busca como base de un nuevo orgullo nacional, así como otros problemas internos entre los cuales no es el menor el de la guerra en Chechenia.

© Ramón Tamames

Ramón Tamames es catedrático de Estructura Económica UAM, y ostenta la cátedra Jean Monet de la UE

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