De la catedral al bazar: nuevos paradigmas éticos en comunidades virtuales
Introducción
El desarrollo social no ha sido nunca opaco al desarrollo de las realidades técnicas y científicas. Dichas realidades se constituyen en condición de posibilidad para el cambio social, la emergencia de nuevos valores, la aparición de nuevos paradigmas éticos y, en definitiva, el advenimiento de nuevas formas de organización social. La tecnociencia está presente como uno de los hechos configuradores de la sociedad actual, y resulta evidente que el mundo ha cambiado de forma sustancial a partir de ese impulso. Como fenómeno multidimensional que proyecta su influencia de una manera directa sobre la aparición de nuevas estructuras sociales, nuevas formas de identidad política y de ciudadanía. Entre un conjunto de formas sociales incipientes, quiero destacar aquí la aparición de las llamadas comunidades virtuales. A través de este fenómeno, la tecnociencia está modelando la identidad política, los criterios de adscripción a una colectividad. Los nuevos medios técnicos extienden el ámbito de la expresión y la comunicación a otros espacios hasta ahora vedados a los individuos, creando un ámbito de acción social en el llamado ciberespacio. Por otro lado, va a ser vital en un futuro próximo elaborar políticas coherentes que reconozcan las nuevas comunidades y estructuras sociales que nacen articuladas por las tecnologías de la información y la comunicación, y los nuevos derechos que son inherentes al hecho mismo del vivir y organizarse en un espacio social que solo existe en una sociedad una sociedad tecnológica. Estas comunidades virtuales se caracterizan por tener un territorio físico como elemento de identidad, ni tampoco como canal de comunicación y cohesión social. Hoy en día se articulan principalmente en torno a Internet, aunque también comienzan a hacerlo a través de la telefonía móvil. Desde los colegios invisibles de la ciencia y las comunidades Linux hasta las smart mobs (muchedumbres inteligentes) y flash mobs (agrupamientos relámpago) –dos términos creados por Howard Rheingold–, adoptarán múltiples formas y tendrán un impacto cada vez mayor en la construcción de la identidad política y social de los individuos.
Tecnología, poder y transformación social
A comienzos de la década de los noventa del siglo pasado Internet comenzó a democratizarse, permitiendo la aparición de diferentes niveles de asociación en el ciberespacio. Ya son más de ochocientos millones el número de usuarios en todo el orbe, y los cálculos más conservadores apuntan a cerca de dos billones en 2005 ó 2006. Dichos usuarios no son apenas consumidores de la misma, sino prosumidores, pues al mismo tiempo que consumen también son productores, pues generan una proporción muy significativa de los contenidos que circulan por la red. Internet es ahora para ellos una infraestructura orientada a ofrecer una cobertura de comunicaciones de bajo costo y gran alcance, horizontal y sin limitación de fronteras. En ella pocos medios son necesarios para enviar un mensaje, para llevar cualquier cosa que sea expresable en términos de unos y ceros a cualquier rincón del mundo. Cualquiera puede crear sus propias páginas Web y difundir así sus ideas a través de ellas, participar activamente en grupos de discusión, recibir correos electrónicos y enviarlos a un numero antes impensable de destinatarios con solo apretar un botón. En la red, cualquier ciudadano se torna emisor y receptor al mismo tiempo, sin separación de dichos roles. La interactividad y la participación activa se revelan como las reglas básicas del juego en las comunidades virtuales. Con su llegada, los métodos de acceso y distribución de la información han cambiado radicalmente, con enormes consecuencias para la sociedad civil y los gobiernos, y de una manera muy especial, para el mundo de la formación. Al entrar en juego un nuevo elemento definidor de la ciudadanía, asistimos a la aparición de nuevas estructuras sociales que se encuentran actualmente en un período de incubación, nuevas formas de interrelación humana que se manifiestan amplificadas por mor del avance de la tecnología, nuevas comunidades virtuales cuyo patrón de adscripción no es el territorio, ni la lengua compartida, sino un nuevo modelo visionario de la sociedad que encuentra en la comunicación no-presencial un elemento de unión entre individuos.
La llegada de Internet ha alterado la gramática de este lenguaje de poder, y ha supuesto la democratización y popularización de los métodos de acceso y distribución de información. Las reglas de su producción y difusión han cambiado radicalmente, con profundas consecuencias tanto para la sociedad civil como para instituciones y gobiernos. Su carácter global marca una distancia fundamental con respecto a los medios de comunicación de masas. Dichos medios de comunicación tradicionales pueden llegar a tener un carácter global, pero su expansión se realiza siempre a través de fuertes inversiones y grandes costes financieros y de infraestructura. Sin embargo, Internet es global por naturaleza, y difícilmente podría cobrar un carácter localista sin perder sus propias características definitorias. Las comunidades virtuales transcienden las fronteras nacionales de una manera única y novedosa, que no puede ser igualada por ninguna de las tecnologías anteriormente implantadas, abriendo una nueva vía para el debilitamiento de las barreras a la libertad de expresión y a la libre circulación de ideas. De una manera distinta a la de cualquier medio precedente, Internet permite a cualquier persona con un ordenador y una conexión a la Red comunicarse instantáneamente con otras personas en cualquier parte del mundo. Estas características únicas son las que nos ofrecen una esperanzada de promoción de las libertades relacionadas con la información, esencial para el desarrollo tanto de la democracia como de la sociedad civil, en un grado antes impensable.
Si analizamos la historia de la tecnología, es probable que veamos cómo habitualmente en su evolución ha jugado a favor de los poderes constituidos. Como encarnación de los intereses de aquellos que la promueven, se podría decir que la tecnología ha sido siempre, al igual que la guerra, una prolongación de la política por otros medios. Sin embargo, la democratización de la tecnología informática y el constante descenso del coste de acceso la misma han permitido que la tecnología se encuentre por una vez más cerca del individuo. Aunque no le guste al poder, el ciudadano de la nueva telépolis se beneficia tanto como las instituciones del avance tecnológico. Por primera vez contamos con vías de acceso a la información que con una inversión mínima permiten un alcance máximo. Esto no supone de manera automática un elemento democratizador, pero no cabe duda de que es una dinámica que cambia la orientación concentrada y centralizadora que ha caracterizado hasta el momento a gran parte del desarrollo tecnológico. Ahora es posible establecer prácticas comunicativas que derrumban los muros de la antigua polis. Este cambio cualitativo trae consigo nuevas oportunidades de autogestión social, control social horizontal y de participación ciudadana, en pro de una mayor transparencia social. La Red aparece así como uno de los escenarios donde se dirime una de las más decisivas batallas por la libertad de expresión y, por ende, por los derechos humanos en general.
En esencia, los mecanismos de freno a la expansión de las comunidades virtuales tienen más que ver con la limitación del acceso a las condiciones necesarias (ya sean técnicas, económicas o culturales) que permitirían el desa-rrollo de formas más avanzadas de participación pública y de intercambio y libre expresión de ideas y creencias. Las fronteras dejan de ser barreras impermeables cuando los llamados flujos transfronterizos de información (TDF - transborder data flow) las atraviesan a través de cables y satélites sin dificultad alguna. En este entorno técnico y político a la vez, que definimos como una nueva esfera de comunicación y realidad, se está librando probablemente una de las batallas fundamentales por la libertad de expresión. El gran atractivo de Internet es su naturaleza abierta. Los intentos de restringir el libre flujo de información en Internet, así como los intentos de restringir lo que puede decirse por el teléfono, supondrían una limitación onerosa y nada razonable de los bien establecidos principios de privacidad y libertad de expresión. La aparente inmaterialidad de los ataques precisa otras formas de análisis. En el mundo real, los ataques a los derechos humanos en forma de acciones políticas tienen una traducción casi inmediata en términos de hambre, discriminación, flujos migratorios o de refugiados, recorte de libertades civiles, etc. En el ciberespacio, dichas acciones cobran un cierto carácter de invisibilidad frente al escrutinio público. No resulta sencillo, por ejemplo, evaluar el impacto discriminatorio de una política tecnosocial que puede tener como efecto la creación de distintos niveles de capacidad de acceso y uso de los medios informáticos y telemáticos por parte de diferentes clases sociales. Es el problema de la llamada brecha digital (digital divide).
El crecimiento de la influencia de las comunidades virtuales a través de un uso no reglamento de los recursos de Internet adopta diferentes dimensiones en función de los modelos políticos de los países en los que operan, y puede además dotar de significado a un conjunto de principios que sin su concurso acabarían siendo poco más que una voluntariosa declaración de intenciones. Es una constante en países donde las libertades fundamentales se encuentran recortadas la existencia de una creciente preocupación por controlar y limitar el libre flujo de información a través de Internet. Los regímenes dictatoriales hacen frecuentemente una bandera del carácter perverso de la Red al ser, según ellos, un agujero por el que se cuelan valores propios de sociedades decadentes, amenazadores para la soberanía nacional y transgresores de las costumbres y tradiciones nacionales.
Por otro lado, los regímenes democráticos también han percibido que las comunidades virtuales articuladas en torno a Internet aparecen como uno de los foros públicos donde los ciudadanos tienen una mayor capacidad de organización horizontal, donde pueden quedar en entredicho los tradicionales intereses de los actores sociales que han monopolizado habitualmente el acceso a los medios de comunicación, e intentan actuar en consecuencia para mantener su influencia social. En este caso no nos encontramos con medidas empresariales o gubernamentales abiertamente contrarias al derecho a la libre expresión de las ideas, pero sí con campañas de sensibilización social sobre una serie de conductas delictivas llevadas a cabo a través de Internet – pornografía infantil, propaganda racista, apología del terrorismo y la violencia, etc. – que parecen pedir a gritos la censura previa y la catalogación de los contenidos de las páginas Web en supuesta defensa de los valores morales.
El paradigma ético de la comunidad Linux y las comunidades de intercambio
Los que intentan frenar el desarrollo de la libre asociación a través de Internet se olvidan de un curioso factor: La Red es la única estructura topológica que puede crecer desordenadamente sin que ello comprometa su estabilidad. Es decir, no necesita una planificación o censura previa para garantizar su operatividad. Esta es una característica que tiene una importancia estratégica, y se ejemplifica en el desarrollo del movimiento de software de código abierto, la filosofía Linux y el modelo GNU. De aquí surge la metáfora del bazar y la catedral. Me gustaría abordar más extensamente este punto por la tremenda carga transgresora que tiene con respecto a los modos clásicos crear, producir, distribuir y compartir.
Según Eric S. Raymond, autor del libro La catedral y el bazar, Linux es revolucionario. ¿Quién iba a pensar hace tan solo cinco años atrás que un sistema operativo de clase mundial podría surgir como por arte de magia del tiempo libre de miles de colaboradores extendidos por todo el planeta, formando una comunidad virtual conectada tan solo por los finos hilos de Internet? Linux sobrepasó ampliamente lo que los especialistas creían que sabían. En el fondo, lo mismo que sucedió con el nacimiento de y expansión de Internet. Raymond afirma en su libro que casi todos creían que los programas informáticos más importantes tenían que ser construidos como las catedrales, hábilmente proyectadas cuidadosamente por un conjunto de esotéricos especialistas trabajando en un religioso aislamiento, sin sacar al mercado ninguna versión beta (versiones aún no perfectamente probadas o acabadas de un programa) antes de contar con el producto final. El estilo de desarrollo de programas del Fundador de Linux, el finlandés Linus Torval –libera pronto y con frecuencia, delega a otros todo lo que puedas, estate abierto a todo, casi con un punto de promiscuidad– vino una auténtica sorpresa, una bocanada de aire fresco en una industria que se va haciendo –como casi todo– en algo cada vez más planificado, burocratizado, previsible. No encontraremos aquí ninguna catedral tranquila y reverente. Al contrario, la comunidad Linux parece asemejarse a un ruidoso bazar a nivel planetario, con diferentes a-gendas y formas de trabajar – adecuadamente simbolizado por las estanterías de Li-nux, que acepta recetas creadas por cualquier persona – de donde aparentemente solo podría surgir un sistema coherente y estable como consecuencia de una sucesión de milagros. El hecho de que este estilo de bazar parezca funcionar, y funcionar tan extraordinariamente bien, vino como una auténtica ruptura. Es interesante reflexionar acerca de las razones por las cuales el mundo de Linux no sólo no se dividió en confusión, sino que parecía aumentar sus fuerzas a una velocidad increíble para los constructores de catedrales. Para quien no lo haya percibido todavía, el modelo de la catedral simboliza los grandes monopolios del mundo de la informática, siendo Microsoft el paradigma más visible de todos ellos.
El gran éxito del sistema operativo Linux tal vez haya sido el primero de los proyectos de software abierto que hizo evidentes las ventajas de la descentralización del proceso de de-sarrollo. Como ya hemos indicado, este modelo de desarrollo, casi caótico, se aproxima mucho a la noción de bazar, en el que cada cual tiene sus propios objetivos, monta su chiringuito, e intercambia lo que tiene. Como contrapunto, el modelo tradicional centralizado de desarrollo de software puede ser comparado a una catedral, en el sentido de que existe siempre una reducida jerarquía que toma las decisiones sobre la evolución de un proyecto. Actualmente Linux es el mayor competidor de los productos Windows, cuyo código es cerrado, donde el usuario no está autorizado a hacer modificación alguna, y donde el control que éste tiene del sistema es también muy limitado. Linux, por su parte, es gratuito y su código es abierto, lo que significa que otros programadores pueden ir añadiendo nuevas funcionalidades al mismo sin comprometer su estabilidad. De hecho, las versiones Linux que se encuentran en el mercado son mucho más estables que sus equivalentes Windows, a quienes ya superan ampliamente en cuota de mercado en el terreno de los servidores de red.
Esta metáfora de libre colaboración también se ha extendido a las llamadas comunidades virtuales de intercambio, basadas en fenómenos sociológicos como Napster o Gnutella, –y que han evolucionado hacia una segunda generación con Morpheus, Kazaa, E-Donkey y E-Mule–, que transforman el concepto de negocio y de intercambio de bienes, poniendo en jaque una interpretación tradicional del concepto de mercado y la separación tradicional de los papeles de productor y consumidor. Estas características son claramente opuestas a la forma convencional de hacer negocios. Los medios tradicionales que son interactivos no permiten un gran alcance, y aquellos que tienen un gran alcance son asimétricos o poco interactivos. Además, no permiten una relación P2P (peer to peer), es decir, de usuarios entre sí sin la intervención de una empresa que venda un producto o provea un servicio – lo cual no solamente es fácil en Internet, sino casi natural –. Todo lo que es digital puede existir en la red, y la digitalización homogeneiza todo tipo de datos, ya sean audiovisuales, textuales, etc. Todo esto está ya creando un nuevo paradigma ético donde la sinergia se opone a la competencia, y donde la escasez de un bien no lo hace más valioso, sino al contrario.
Esta nueva economía sobrepasa las rígidas leyes de la oferta y la demanda. Es verdad que el valor de los bienes está tradicionalmente basado en su escasez, y en la demanda que de él exista. Sin embargo, aquí nos enfrentamos con una lógica bien diferente. Internet es valiosa no porque es patrimonio de unos pocos, sino porque muchos tienen acceso a ella, y suma el acervo aportado por sus propio usuarios. Si fueran pocos los usuarios, también serían escasos los contenidos de la misma. Paradójicamente, mi correo electrónico es valioso porque otros muchos también lo tienen (al contrario de lo que ocurre con los sellos de correos, las obras de arte, los coches, las joyas, los productos de marca...) Si fuera el único que disfrutase del servicio, no podría enviar un mensaje a nadie, ni recibirlo. ¿Para qué quiero un móvil si mis amigos no lo tienen, o un fax en casa si nadie más tiene fax? Al contrario de lo que ocurre con los bienes materiales, la información no se consume, no se agota. Se automultiplica al compartirse, sin que pierda por ello. Cuantos más miembros de la comunidad virtual acceden al servicio, mayor es el valor del mismo para todos.
Se juntan, en este sentido tanto las características técnicas de la red, como la voluntad de aquellos que la han popularizado y democratizado, colocándola al alcance de un número cada vez mayor de individuos, a un ritmo muy superior al de otras tecnologías tradicionales. Por una parte, la propia naturaleza de la digitalización unifica todo tipo de información, y el progresivo desarrollo y abaratamiento de las tecnologías de la información y la comunicación hace que su uso se extienda cada vez más... y que sea más difícil restringir su uso tan solo a sectores tradicionalmente privilegiados de la sociedad. Por otra parte, la Red tiene un diseño, una topología y una estructura que responden a una voluntad conscientemente orientada a la promoción de un medio democrático de libre expresión, voluntad que ha caracterizado la acción de muchas personas que han intervenido en su desarrollo y en la progresiva expansión de sus aplicaciones. No defiendo que la propia esencia de la red pueda ser por sí sola un elemento desencadenante de cambio social. Sin embargo, la intersección de pericia técnica con una voluntad solidaria de desarrollo y profundización de los derechos humanos, puede convertirse en uno de los elementos definidores de los nuevos patrones de calidad de vida en la sociedad futura.
Hacia la constitución de una cibercultura
Como vemos en el caso de las comunidades Linux y las comunidades de intercambio, estamos asistiendo a la apertura de nuevo espacio articulación social, con enormes consecuencias en los planos económico, político, ético y epistemológico. Será en este nuevo espacio donde se verifiquen muchas de las relaciones constituyentes de la vida actual. Tanto el ocio como el trabajo, el sentido de las relaciones humanas y la conciencia de ciudadanía, cobran un nuevo significado en un entorno donde el espacio geográfico, la pertenencia a la misma tierra, no se constituye en el factor principal que define la pertenencia al grupo, la naturaleza de las actividades o las formas culturales a las que obedecerán nuestras relaciones. Pero, ¿existe un movimiento social y cultural más ya del fenómeno técnico que supone la extensión de la informática y las telecomunicaciones a prácticamente todos los campos de la actividad humana? ¿Se puede hablar de una nueva forma de cultura naciente que explique y de unidad conceptual a todo un conjunto de comportamientos, de expectativas, de fenómenos sociales que parecen rebelarse a encajar en los moldes de nuestra ya vieja sociedad industrial occidental?
En definitiva, responder afirmativamente a estas cuestiones supone afirmar que la tecnología salta las barreras del plano infraestructural para constituirse en una nueva ideología, a una nueva visión del mundo, un fenómeno que merece por derecho propio el nombre de cibercultura. Esta afirmación no debe ser entendida como una defensa del determinismo tecnológico, afirmando así que la tecnología se constituye como elemento fundamental del cambio social, sino que los propios actores sociales están imprimiendo a dicha tecnología informática un horizonte de interpretación que crea nuevos significados, nuevos usos, y que en definitiva transforma los papeles que dichos actores juegan en el mundo actual.
Quizá esperábamos encontrar una transformación de una índole diferente. Las visiones del futuro desde el pasado nos muestran todo una imaginería social basada en automóviles de formas biológicas, ropa de diseño espacial, ciudades donde el tráfico transcurre en múltiples niveles, con vehículos aéreos que se mueven en tres dimensiones, comidas liofilizadas a base de píldoras, y espectaculares edificios en los que el cristal y el acero se combinan para hacer de las nuevas megalópolis enjambres humanos bien pulimentados en los que la suciedad, la pobreza, la marginalidad, no tienen cabida. Sin embargo, la transformación real se ha dado en un plano más interior, más invisible. Quizá el paisaje urbano no haya cambiado tanto, los medios de transporte continúen con los convencionales esquemas del motor de explosión y sus formas de uso derivadas, pero la tecnología se ha hecho más transparente, más cercana al individuo. Y digo más cercana en un sentido fuerte, y que la cibercultura supone la internalización, tanto a nivel social como individual, de dichas formas tecnológicas. A nivel social, la expansión humana a lo largo de todo el planeta se complementa actualmente con la conformación de una gran red digital que poco a poco va conectando todos los pueblos y culturas nacionales. No es extraño que el término de moda sea la globalización, pues no parece haber otro final para una historia en la que costumbres, tradiciones, formas de conocimiento, se comunican a gran velocidad, y se funden lentamente en ese nuevo entorno que es el ciberespacio.
Esta nueva forma de cultura se expande también a nivel interno. Nuevos valores surgen, y el individuo se encuentra quizá por primera vez en la historia, una tecnología que no solamente favorece el statu quo, el poder de las instituciones, el dominio de aquellos que la promueven, sino que potencia las propias capacidades individuales, alterando el equilibrio de poder entre los sectores organizados y no organizados de la sociedad. Tanto la llamada guerra de la información como el terrorismo electrónico nos dan muestras de las amenazas que surgen a partir de un uso malignamente creativo de estos instrumentos por parte de individuos poco escrupulosos. Un pirata informático dotado de un ordenador, un módem y una línea telefónica pueden poner en jaque a todo un país, pueden amenazar el buen funcionamiento de subsistemas tecnosociales estratégicos nacionales o supranacionales. Basta echar un vistazo a las antologías del delito informático para apreciar la floreciente variedad de nuevas oportunidades para una picaresca postmoderna. Y no debemos perder de vista el hecho de que los delitos informáticos conocidos, los que salen a la luz, son los más chapuceros, y que los más sofisticados y bien planeados probablemente no se lleguen a conocer nunca. Paralelamente, una nueva ética se extiende por todo el planeta. Como hemos visto, la aparición del sistema operativo Linux ha supuesto mucho más que una amenaza para el dominio casi monopolístico de Microsoft en el mundo de la informática personal. Linux es la punta de lanza de un nuevo paradigma ético en el que los programas no responden ya a una estructura de código cerrado, sino un código abierto a todos pueden ver, manipular y perfeccionar, en el que el concepto de derechos de autor se transmuta para dar paso a un sistema basado en la compartición de los productos, así como en la ponderación de otros factores que van más allá del puro beneficio económico, mientras que las comunidades de intercambio muestran la aparición de una cultura del libre trueque entre internautas que dinamita los cimientos del comercio de productos culturales.
Luces y sombras aparecen en este ciberespacio. La globalización se presenta en ocasiones como una insidiosa forma de disolver la diversidad cultural del planeta, eliminando las fronteras tan sólo a nivel de aranceles, convirtiendo el mundo en un gran mercado único. Por otro lado, dicho ciberespacio establece la posibilidad de extender el concepto de polis y de democracia a todos los rincones del planeta. Aristóteles afirmaba que la democracia no puede tener un ámbito mayor que aquel delimitado por el alcance de la voz humana. Es decir, la democracia llega solo adonde alcanza el diálogo, y la nueva aldea global se caracteriza precisamente por una extensión universal de dicho diálogo, pues la comunicación multidireccional en tiempo real se hace posible a través de la telemática.
Nos falta encontrar la clave que dé unidad a esta constelación de fenómenos sociales y tecnológicos. Y no creo que sea en el plano de lo social donde debamos indagar, sino en el plano de lo epistemológico. Si el elemento fundamental de cambio es la revolución del conocimiento provocada por la digitalización del saber, la expansión de las telecomunicaciones a cualquier rincón del globo, la extensión de las metáforas alumbradas por la informática a los marcos explicativos de casi todas las disciplinas científicas, dicho elemento unificador estará en lo que Pierre Lévy denomina ecología del conocimiento. Este término hace referencia a la relación que existe entre las tecnologías que utilizamos para expresar, sistematizar, y codificar el conocimiento, por un lado, y los espacios cognitivos de los individuos y las instituciones, por otro. Es algo análogo al proceso mediante el cual arquitectos y urbanistas definen a través de sus obras en espacio físico en el que se desenvuelve una buena parte de las actividades y de las relaciones sociales de los ciudadanos. Sabemos que las configuraciones urbanas definen en gran medida el rango de alternativas posibles de comportamiento social. También las tecnologías intelectuales reorganizan el espacio en el que se desarrolla la visión del mundo de los individuos y se modifican sus reflejos mentales. Las redes de telecomunicaciones modifican los canales de comunicación y la dirección del flujo de informaciones de la misma forma en que la red vial facilita rutas privilegiadas y nos hace desistir de caminos alternativos. En definitiva, una ecología cognitiva es una consideración global de las dimensiones técnicas y sociales de las formas de conocimiento, y el salto del texto al hipertexto como aldabonazo a la cibercultura es un hecho paralelo a lo que significó el desarrollo de la escritura o la invención de la imprenta1. Hablamos por tanto de una nueva forma de entender el mundo, que tiene como claves algunos puntos sugeridos por el autor en la obra Sociedad informatizada, ¿sociedad deshumanizada?2
Conclusiones: Internet como icono de una nueva ciudadanía global
Uno de los iconos de la cibercultura es la visión de Internet como una de las estructuras sociales más democráticas y participativas que las nuevas tecnologías de la comunicación hayan traído. Por primera vez contamos con unas nuevas vías de acceso a la información que con una inversión mínima permiten un alcance máximo. Hemos visto que es posible establecer cauces de comunicación que derrumben los muros de la polis aristotélica. Este cambio cualitativo trae consigo nuevas oportunidades de control social horizontal y participación ciudadana, en pro de una mayor transparencia social. Una consecuencia directa ha sido la creación de comunidades electrónicas, que trae consigo fenómenos como la aparición de nuevos canales más democráticos de difusión informativa y cultural y la amenaza de disolución electrónica de fronteras nacionales.
Por el hecho de ser Internet una infraestructura técnica orientada a proporcionar una cobertura de comunicación barata, horizontal y de ámbito global, las libertades de pensamiento, credo y expresión no sólo deben aplicarse en toda su extensión a las comunidades virtuales, sino que cobran en ellas una relevancia que no aparece en los medios tradicionales de comunicación. Teóricamente cualquiera puede exponer sus opiniones a través de estos medios. En la práctica, sólo los grandes grupos de la comunicación y aquellos que componen los variados mecanismos del poder social tienen la posibilidad real de hacer oír su voz. Por el contrario, en Internet muy pocos medios son suficientes para comunicar un mensaje, para hacerlo llegar a todos los rincones del globo. Cualquiera puede crear sus páginas Web, participar activamente en foros de discusión, enviar y recibir mensajes de correo electrónico a un coste prácticamente nulo. En la red, cualquier ciudadano se convierte en emisor y receptor a un tiempo, y la interactividad y la participación se aúpan como las reglas básicas del juego. Todas estas característica son ajenas a los medios tradicionales. Sin una pluralidad de fuentes no se puede hablar de libertad de pensamiento, conciencia o religión. Sin acceso a medios de alcance internacional no tiene sentido hablar de libertad de opinión y de difusión de las mismas sin limitación de fronteras.
El acceso a Internet y su uso como vehículo de transmisión de ideas y de comunicación personal va sin duda a establecer nuevos criterios de diferenciación social entre los ciudadanos de la nueva cibercultura. Individuos, empresas, colectivos sociales que no tengan acceso por razones económicas, técnicas o de rechazo psicológico, se encontrarán en una posición precaria a la hora de materializar su potencialidad de asociación en comunidades virtuales. También el nuevo marco técnico tendrá una dimensión ética novedosa, pues amplifica enormente el alcance de las acciones de los individuos. Será necesario marcan una nueva frontera entre el comportamiento aceptable y el inaceptable en la sociedad telemática. Se redefinen los viejos enemigos, y así el revolucionario de ayer es el hacker de hoy. Ya que es posible crear el caos con un módem y un computador, es más que probable que el terrorismo acabe cobrando formas mucho más sutiles y peligrosas, más invisibles aunque no por ello menos dañinas para la sociedad. El terrorismo tradicional ampliará su campo de acción a un terrorismo electrónico que puede paralizar los sistemas vitales de un país, alterando los registros de las cuentas bancarias, las fichas de los pacientes en la Seguridad Social, los sistemas de regulación de tráfico aéreo y terrestre, etc.
Surgirá una nueva paradoja del poder y el control: dado que los subsistemas sociales vitales de las sociedades más avanzadas son más vulnerables cuanto mayor es la sofisticación y la complejidad de los mismos, más difícil resulta detectar un error, y más fácil resulta atacarlos y ponerlos fuera de servicio. Paralelamente a la aparición del terrorismo electrónico, la guerra de la información sustituye a la guerra fría, y se producirá también lo que podríamos llamar efecto Exocet, según el cual un arma de muy bajo coste (en este caso, un virus informático) puede desactivar otra mucha más poderosa (un sistema de detección o lanzamiento de misiles, sistemas de tráfico terrestre o aéreo, etc.). La asimetría de la globalización es también una de las sombras de la cibercultura. Cuando las barreras proteccionistas caen, el intercambio es aparentemente libre y total. Sin embargo, los flujos que componen dichos intercambios no caminan en todas direcciones en la misma medida. Existe el riesgo de que los colectivos que producen información y los que sólo reciben información acaben distanciándose cada vez más, de forma nunca se lleve adelante la promesa de un mundo en el que todos tendríamos voz. Las posibilidades son tantas que una nueva ética reclama una protección más imaginativa de la sociedad y de los derechos de los individuos, principalmente el de asociarse en comunidades que no se limitan a territorios físicos, donde la democracia es más participativa que representativa. De hecho, la propia tecnología que permite la creación de comunidades virtuales demanda una protección más global de la libertad de expresión y una redistribución del poder que, por una vez en la historia, podría ser a favor del individuo.
©Javier Bustamante
NOTAS:
1 Cf. Levy, Pierre, Ciberculture. Editions Odile Jacob, París, 1997.
2 Bustamante, Javier, Sociedad informatizada, ¿sociedad deshumanizada? (una visión crítica de la influencia de la tecnología sobre la sociedad en la era del computador). Madrid: Gaia, 1993.