Versiones de mujeres: de la feminización al mestizaje
Mucho ha cambiado la vida desde que las que hoy se reconocen como pioneras del feminismo tuvieran la posibilidad y la osadía de atreverse a alzar la voz. De hecho, gracias, entre otras cosas, a ellas y a todas las que las siguieron, no sólo ha cambiado mucho la vida de las mujeres: en consonancia ha variado la de quienes otrora las tuvieran a su completa disposición; igualmente, se ha transformado la vida cotidiana en las instituciones públicas y empresas privadas a las que han accedido; y, desde luego, la vida política, donde las mujeres no sólo tienen, de una vez por todas, voto individual, sino también voz colectiva como grupo de interés. Numerosas han sido, efectivamente, las transformaciones; infinitos, de todos modos, los aspectos que siguen como siempre. O incluso agravados, a la espera de modificación. Por ello, si bien nunca está de más reconocer méritos, no parece que proceda regocijarse en el triunfalismo. En estos tiempos en los que las sociedades pregonan la feminización del discurso público, cabe cuestionar los silencios, y las falacias, del discurso público sobre la feminización. A esta labor se orientan las reflexiones de los autores convocados en su día por África Vidal en un encuentro auspiciado por el Consorcio Salamanca 2002 con motivo de la Capitalidad Cultural de dicha ciudad, que aparecen ahora a la luz recogidas en un libro que, en su conjunto, a partes iguales corrobora y cuestiona su llamativo título: La feminización de la cultura.
Un mero vistazo a la nómina de autores que compone el índice permite comprobar el reconocido prestigio de que gozan los invitados a colaborar: Amelia Valcárcel, Rosa María Rodríguez Magda, Margarita Rivière, Isel Rivero, Juan Montero, Pepa Roma, Edna Glukman, Gilles Lipovetsky, Almudena Grandes, Isabel Durán, José Antonio Gurpegui, Charo Ruano, Carmen Alborch, Miren Eraso, Carmen Navarrete, Lourdes Ventura, Marina Nuñez y la propia África Vidal. Una reflexión rápida sobre los campos en que cada uno de ellos destaca, que en la mayoría de los casos se adivinan también en los títulos, descubre además la riqueza de enfoques que aportan a la obra. Así, en y desde la perspectiva del arte, la literatura, la arquitectura y el urbanismo, el cine, la filosofía o la sociología, no sólo explora esta antología de ensayos si de verdad cabe hablar de una mayor presencia de las mujeres, sino que además se pregunta en qué grado, en qué sentidos y con qué implicaciones. Porque, ya lo adelantamos, las respuestas que se sugieren a la primera pregunta no son siempre afirmativas –ni tampoco, aun siendo afirmativas, positivas en último extremo. La obra, cabría decir, no se conforma con hacer gala de una admirable interdisciplinariedad, con mirar desde muchos puntos de vista el fenómeno que estudia; su mérito, más bien, es el de dar vía libre a una mirada no sólo amplia sino, ante todo, plural, el de señalar que la feminización de la cultura no remite a una realidad o a una tendencia, sino a muchas y muy diversas, incluso enfrentadas, contrapuestas. Su valor radica en desvelar cuánto hay de contradictorio en este supuesto avance, cuántas son las paradojas.
Tomemos, por ejemplo, el mundo de la literatura, al que nos acercan Charo Ruano, Isabel Durán, José Antonio Gurpegui y Almudena Grandes. Admitamos, por supuesto, cómo se ha feminizado la escritura, ese señorío históricamente exclusivo de señores. Y reparemos también, a tono con lo que sugieren los nombres citados, en cómo se ha feminizado la escritura de mujeres, de qué modo se encasilla toda producción de cualquier autora como literatura femenina, como si de un género menor se tratase.
En el universo del arte y la arquitectura, del que extraen ejemplos Rosa María Rodríguez Magda, Carmen Alborch, Miren Eraso y Carmen Navarrete, la conclusión es parecida. La visión de mujer, sin duda, ha cambiado la forma de mirar y el repertorio de las representaciones; también la percepción del espacio y la concepción de sus utilidades. Con todo, raras veces es reconocida por ese orden que parece haber interiorizado, según nos recuerda Amelia Valcárcel, que la obra maestra es siempre una producción masculina. Y es que la mirada de la mujer se antoja sexuada, particular, específica, difícilmente asimilable a ese arte o arquitectura universales que, paradójicamente, se atribuye a los varones.
Con todo, si nos incomoda el ejemplo, trasladémonos a lo que rodea al cuerpo y sus fetiches. Percibamos, nos dicen Gilles Lipovetsky, Lourdes Ventura y Marina Núñez, cómo su cuidado, su atavío, su lustrado y, por ende, el lujo han pasado a ser en nuestra sociedad occidental fundamentalmente femeninos. No olvidemos, empero, que, si femenino es el ámbito del cuerpo, femeninos por lo general son también sus desórdenes (anorexias, bulimias, dolorosos imperativos estéticos); que, si femenino es el lujo, femenino también es su opuesto. Así, Isel Rivero nos habla de la feminización de la pobreza: cómo se ensaña la miseria con quienes la sociedad relega a puestos donde se es más vulnerable; cómo la enfermedad y la marginación educativa y social minan aún más un potencial que tantas trabas encuentra para su auge; cómo las tradiciones, los prejuicios, las leyes incluso –nos advierte también Juan Montero– coartan, y en muchos países castigan, a las mujeres. Con todo, por acumular otra paradoja más, femenina también es la movilización y la denuncia, la llamada a la paz cuando es atroz la barbarie, la solidaridad con ese otro mundo que, según nos recuerda el lema de Porto Alegre, también es posible, la defensa de los derechos humanos de los que sobre todo carecen las mujeres. Pues, en las zonas asoladas por la escasez y la guerra, y en general en los países en desarrollo –nos sugieren los ensayos de Pepa Roma y Edna Gluckman, centrados respectivamente en el papel de la mujer en los movimientos antiglobalización y en el conflicto palestino-israelí–, la mujer es un importante motor de cambio para las causas de la paz y la justicia social, y en la erradicación de las arbitrariedades.
Ciertamente, estos últimos casos donde se muestran tan evidentes las divergencias en cuanto a situaciones y problemas que viven las mujeres nos recuerdan cuán difícil, o cuán falaz, resulta hablar de la mujer, en singular. O incluso en plural, pero con ánimo colectivizador, de las mujeres. Nos revelan, en efecto, otra paradoja: la que ha germinado en el propio seno de ese feminismo que, con ánimo de luchar contra la invisibilidad de lo femenino, erigió como base de sus reivindicaciones una noción fuerte de sujeto, una concepción de la mujer tan pretendidamente universalista como, en el fondo, desafortunadamente invisibilizadora de la inmensa diversidad de las mujeres. Esta obra es incisiva hasta el punto de cuestionar, siempre con un ánimo constructivo, las limitaciones de un movimiento que, aun denominándose liberador, vuelve a condenar en el olvido las experiencias de quienes se alejan del centro desde el que se emite el discurso; de quienes se hallan en posiciones periféricas y, más aún, marginales; de quienes por una u otra razón no encajan con el modelo de mujer que se asocia al feminismo dominante. Y, en última instancia, también critica este libro que el feminismo parezca abocado a feminizarse, es decir, que se considere un movimiento exclusivo de mujeres, cuando no por su cuenta excluya a los varones. Porque, como en el ensayo preliminar sugiere ante el fenómeno de la feminización de la cultura la editora, África Vidal, el futuro no está en la feminización, como tampoco en la masculinización, sino en un punto intermedio, de diálogo.
© M. Rosario Martín Ruano
La mujer en diapositivas: reescrituras de los modelos femeninos
¿Cómo emprender una ontología hoy, cuando ha quedado desintegrada la noción de sujeto y cualquier generalización resulta sospechosa de ser absolutista, totalizadora y atenazante? ¿Pero cómo dejar de hacerlo en el caso de las mujeres, cuando todavía es urgente articular la subjetividad femenina aunque sólo sea estratégicamente, a modo de base sobre la que fundamentar la acción política y las reivindicaciones? En nuestros días, en efecto, es tan necesario abstraer conceptos definitorios de la mujer como peligroso encerrar a las mujeres en determinadas abstracciones. Se diría, en fin, que la única vía de acrecentar su visibilidad sin caer en reduccionismos simplistas ni en burdas homogeneizaciones es proyectar, como si de diapositivas se tratase, toda una galería de imágenes que dé cuenta de su multiplicidad inagotable. No por casualidad, éste es el método que elige África Vidal en su último libro, donde ante los ojos del lector va paseándose una nutrida representación de esa entelequia que podríamos denominar la mujer contemporánea, según aparece retratada en muy distintos escenarios del planeta, situaciones vitales, encrucijadas y poses por la pintura contemporánea, el cine actual, la literatura de nuestros días o las artes visuales.
Y en un mundo en el que ha cobrado tanta fuerza el poder de la imagen y en el que, como dice la autora parafraseando al poeta, lo más profundo es la piel, centrarse en la dimensión corpórea de esa subjetividad y, por extensión, en lo que cubre al cuerpo no resulta frívolo ni mucho menos superficial, sino atinado y, tal y como se corroborará con la lectura de la obra, sumamente perspicaz. Pues África Vidal saca a la luz los problemas y dilemas que invaden el mundo interior de la mujer actual a partir de una radiografía de su silueta y sus atavíos, siempre analizados con la perspectiva de la significación que han adquirido en su construcción histórica y social. Así, en primer lugar, a través de fragmentos de novelas, escenas cinematográficas, instantáneas fotográficas y retazos extraídos de otros medios de expresión, África Vidal diagnostica los imperativos y expectativas que han pesado y pesan, con toda su carga sancionadora, sobre un cuerpo femenino que tradicionalmente ha sido objeto de representaciones ajenas, a la par que ausculta cómo lo entienden y cómo lo viven las mujeres que se erigen en sujetos de su propia representación. También se preocupa por cómo lo engalanan. De hecho, en la segunda parte del libro, África Vidal analiza el papel de la moda por lo que tiene de constructora, y de constrictora, de la subjetividad femenina. Constructora y constrictora, efectivamente. Y es que, si el libro que nos ocupa documenta con claridad hasta qué punto el vestido y los complementos constituyen la tarjeta de presentación del yo, unas personalísimas e intransferibles señas de identidad, asimismo nos hace reflexionar sobre la tiranía de los dictados de este sistema social gobernado, como todo, por las leyes implacables de un mercado que subrepticiamente promociona la exclusión con cada venta de exclusividad. La moda, sugiere la autora, es un código, un lenguaje más con el que la mujer puede enunciarse; al mismo tiempo, no lo olvidemos, es otro ámbito donde se reflejan y se perpetúan las desigualdades y las contradicciones sobre las que se sujeta el mito de nuestra aldea global. Como se comprobará, se trata de una visión penetrante e incisiva que, en la medida en que bucea en las dimensiones ocultas de un tema aparentemente superficial, plantea muchas preguntas. Y eso es lo que, según confiesa en un prólogo delicioso, más le ha gustado del libro a Almudena Grandes: que da pie a un sinfín de interrogantes.
© M. Rosario Martín Ruano
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