Introducción
Antes que agradecer a los editores de Debats, que nos han permitido la oportunidad de expresar lo que sentimos y pensamos –”sentipensamientos”, en el lenguaje poético del uruguayo Eduardo Galeano– la mayor parte de aquellos que fueron convocados para este dossier, como asimismo a los autores que han colaborado generosamente en la preparación de este número de Debats, es una obligación para quien esto presenta dar las una muestra de sentida gratitud a la dirección de la revista por haber titulado el monográfico de esta oportunidad como lo han hecho: Iberoamérica, hoy. En particular vaya mi Antes que agradecer a los editores de Debats, que nos han permitido la oportunidad de expresar lo que sentimos y pensamos –”sentipensamientos”, en el lenguaje poético del uruguayo Eduardo Galeano– la mayor parte de aquellos que fueron convocados para este dossier, como asimismo a los autores que han colaborado generosamente en la preparación de este número de Debats, es una obligación para quien esto presenta dar las una muestra de sentida gratitud a la dirección de la revista por haber titulado el monográfico de esta oportunidad como lo han hecho: Iberoamérica, hoy. En particular vaya migratitud para el amigo –y miembro de la redacción de Debats– Josep Carles Laínez, quien con su habitual buena voluntad se hizo cargo de conseguir los artículos sobre la hispanofonía africana, es decir, los correspondientes al Sáhara y a Guinea Ecuatorial, ya que sobre los mismos carezco de contactos como para poder haberlos incluido.
Dicho título no es casual y sirve para romper con una tradición de más de una centuria en que a la región ubicada al sur del Río Grande en el continente americano, es decir, la porción meridional del “Nuevo Continente” se la ha llamado –de manera no equívoca, pero sí con una intención sospechosamente aviesa– Latinoamérica. Esto me permite expresar en voz alta una reflexión que traigo silenciada desde hace algún tiempo respecto al nombre de América Latina y de los habitantes del territorio con el gentilicio de latinoamericanos, como habitualmente se nos conoce1. Ocurre que pareciera ser que el origen de tal confusión, o dislate lingüístico, obedece al hecho de que un joven colombiano –de tan solo 23 años y de nombre José María Torres Caicedo– viajó en 1851 hacia París, lugar elegido por él para asentarse como residencia definitiva. En aquella Ciudad Luz fundó algunos centros a los que denominó latinoamericanos, con el objeto de que en ellos tuvieran cabida las pequeñas colonias –en las Antillas– y ex colonias –por ejemplo Haití– que Francia poseía en nuestro Continente y que eran francófonas. Según señala Herren (2002), El término le vino de perillas a Napoleón III cuando invadió México. El último de los napoleones reinantes sacó buen partido al ‘palabro’ y en sus instrucciones al General Forey se ufanaba de `haber devuelto a la raza latina (sic) su prestigio allende el océano. Más allá del disparate de considerar al origen latino como una raza, concepto que ya se ha demostrado su inutilidad en las ciencias sociales como en las biológicas (Rodríguez Kauth, 2003), era comprensible para aquella época en que el biologismo imponía sus convicciones positivistas al culturalismo, sus dichos implicaban incluir explícitamente a Francia dentro del espacio del Nuevo Con-tinente.
No nos llamemos a engaño, la acuñación del nuevo vocablo no solamente le vino de perillas a Napoleón III, también hizo lo propio para con los posteriores afanes imperiales franceses –como ocurrió con posterioridad a la aventura mexicana, durante la construcción del Canal de Panamá– y, sobre todo, a los nativos de estas tierras2, los que por entonces miraban con indisimulada admiración a la cultura francesa y todo lo que ella trajera consigo. Por otra parte, esto permitía a los “criollos” una nueva forma de desvinculación para con la Madre Patria, la cual –además– no resultaba en los finales decimonónicos un modelo progresista de identidad; por el contrario, España se hallaba envuelta en una situación retrógrada y poco llamativa para quienes deseaban dar un espacio de crecimiento al libre pensamiento, que por entonces y desde el Iluminismo imperaba en la apetecible Francia.
Por otra parte, cabe destacar que rescatar el nombre de Iberoamérica también es útil para dar por tierra con el propósito del dictador Francisco Franco –de cuyas ínfulas imperiales bien da cuenta Fusi (1985)– que en más de una oportunidad se refirió a este sector del continente como Hispanoamérica, con la intención de retrotraernos a la España que él admiraba y a la cual pretendía retornar, como si la historia tuviera una marcha en reversa; se trataba de la España más obscura, militarista, católica y absolutista que se pudiese imaginar, la cual adhería al fascismo italiano y coqueteaba con el nazismo alemán. Pues bien, aquí cabe hacerse una pregunta, si a los habitantes de Iberoamérica tanto nos gusta definirnos como latinoamericanos, ¿porqué no hablamos en latín? No, lo hacemos en español –con todas las deformaciones regionales que caben para una lengua que está en constante evolución– o en portugués, llegando las regiones vecinas a Brasil a expresarse en un idioma original, cual es el portuñol. El lector avisado habrá advertido la confusión identitaria que sufre “nuestra” América. Pero esto no es todo, gracias a la valiosa colaboración de un alumno que leyó estas páginas cuando las estaba escribiendo3 pudimos observar que la confusión se mantiene también al hablar de Iberoamérica, debido a que lo único que hemos hecho es ubicar al referente de identidad territorial y cultural allende el océano, es decir, en la península ibérica. Como ya es una tradición en nuestros cinco siglos de vida post “descubrimiento”, la identidad no nos ha venido dada por nosotros mismos, sino que la hemos tomado en referencia a otros que son los que nos la facilitan. En realidad, aunque pese expresarlo en voz alta, ¡aún no sabemos qué es lo que somos! Si el nombre de América nos fue rapiñado por los EE.UU.4, si Latinoamérica es un dislate lingüístico, si Iberoamérica –como Hispano-américa– nos lleva a buscar al exterior de nuestras costas la identidad, entonces cabe preguntarse: ¿cómo debiéramos llamarnos? Pensamos en Indo-América, pero ese nombre abarca a todos los que vivimos en América incluyendo a los norteamericanos. ¿Sudamérica? No, porque así se excluye a los compatriotas –de la Patria Grande– centroamericanos y caribeños. Entonces ¿qué, cuál, cómo? Por el momento se mantiene la incógnita. Quizás, cuando hayamos sido capaces de lograr la capacidad de identificarnos a partir de otros referentes que hagan a nuestra realidad histórica, política, económica, cultural y social, es muy posible que de modo espontáneo surja el nombre que nos identifique de manera apropiada.
Como cualquier conocedor más o menos avisado de lo que ocurre en “nuestra” América –como gustaron en llamarle con muy buen tino dos próceres iberoamericanos de la talla indiscutible que tuvieron para los procesos independentistas del continente, cuales fueron el venezolano Simón Bolívar y el cubano José Martí– como así también lo sabe quien no conozca mucho de los avatares que atravesó nuestra situación histórica y actual, Iberoamérica ha sufrido numerosos saqueos (Galeano, 1971) a lo largo de su historia que ya lleva más de medio milenio5 de partos dolorosos. Pero a aquellos latrocinios sistemáticos que hemos sufrido desde entonces no son a los que he de referirme aquí –ya que lo harán otros autores convocados para este número– y solamente en esta presentación haré relación al saqueo que tiene que ver con el nombre de la región geográfica que nos ocupa, preocupa y que –sobre todo– nos duele en lo más íntimo de nuestras entrañas que han sido desgarradas no sólo con avidez, sino también con crueldad. Es en este momento cuando entra en escena el Gran Amo del Norte, aquel que en la actualidad se ha convertido en el poder hegemónico mundial, es decir, los Estados Unidos de Norteamérica6, pero que desde antaño tuvo el deseo bien consciente de quedarse con algo más que con las riquezas que contienen los territorios ubicados al sur del suyo cual ha sido con su nombre, quizás como una forma de adelantar sus propósitos imperiales en la región. El hito histórico que marcó aquel momento de afanes imperiales norteamericanos ocurrió durante la presidencia de James Monroe, quien, en su mensaje anual al Congreso de la Nación, del 2 de diciembre de 1823, proclamó enfáticamente que como el resto de los países del continente americano –tomado como bloque e incluyendo a las ex colonias hispanas y francesas, aunque no a las portuguesas que por entonces no habían iniciado el proceso independentista– en sus arduas y sangrientas luchas por lograr la libertad y la independencia de aquellos que los conquistaron y posteriormente los colonizaron. Vale decir, aquellas no podían ser un objetivo propio para una nueva colonización europea, entonces cualquier intento de reconquista debía considerarse lesivo para la seguridad de los Estados Unidos7 y debían ser tratados como un acto de hostilidad hacia ellos. Lo que Monroe quiso significar –de manera por demás explícita– es que cualquier intento de los países europeos por ensanchar su dominio en algún espacio del hemisferio sería contemplado como una afrenta a los Estados Unidos. Fue en aquel célebre discurso en el cual se acuñó la no menos célebre frase de “América para los americanos”, la cual sintetiza acabadamente lo que se conoce como la “Doctrina Monroe”. Esta “doctrina” ha dado lugar a múltiples debates e interpretaciones aunque, como muy bien lo señala el jurista Ossorio (1992), la misma no deja lugar a dudas cuando se advierte que “... en los Estados Unidos se llama americanos a los norteamericanos” y, lo que es peor para la identidad de los iberoamericanos residentes en aquel país, ellos también asumen tal condición de “americanos”, en el sentido impreso por la Doctrina Monroe. Vale decir, aparece en buena parte de los actuales residentes en el “Gran País del Norte” algo así como una falsificación de la identidad cultural que nos atraviesa, para reemplazarla por otra de adopción.
Vale aclarar que la adopción de una nueva nacionalidad –con la consiguiente identidad cultural– no es en sí mismo un hecho denostable cuando se realiza por íntima convicción y con sentido de la oportunidad8. Mas éste no es el caso de la mayoría a la que me estoy refiriendo, ya que se asume una original nacionalidad e identidad con un aprovechamiento “oportunista” de la situación que se les presente para sus objetivos. El oportunismo, o conveniencia circunstancial de un actor social como conducta humana –caracterización que estoy realizando– es una modalidad de conducta despreciable, ya que no representa la íntima convicción de lo que se ha decidido, sino que se lo hace para disfrutar del logro de intereses no solamente egoístas, sino también espurios. El oportunismo es aquello que en la actualidad se denomina pragmatismo y –el mismo– fue otrora denunciado con sumo acierto por el librepensador argentino –italiano de nacimiento– José Ingenieros (1918/23). Y, antes de la presentación de los autores, debe advertirse que en los diferentes textos que constituyen este monográfico se encontrarán contradicciones entre los dichos de unos y otros autores. Esto es esperable y saludable y no puede ser de otro modo por dos razones. Primero porque no existe un “pensamiento único”9 y, segundo, porque Iberoamérica es como un piso construido con diversidad de mosaicos. Cada uno de ellos tiene “un algo” que lo identifica y lo hace como es, es decir, diferente dentro de una variabilidad de gamas unidas por un tronco cultural común, cual es el lenguaje –con sus diferentes matices– heredado de los conquistadores españoles y portugueses. A ello debe añadírsele que todos los pueblos iberoamericanos compartimos una misma situación de expoliación y sufrimiento que nos ha arrastrado a condiciones de pobreza rayanas con la miserabilidad. Quizás este sea el rasgo distintivo que nos convoca en la actualidad y sobre el que hay que bregar para superarlo. Ahora bien, vayan unas líneas finales para presentar y a la vez agradecer a cada uno de los colaboradores de este número, bajando desde el Sur del Río Grande hasta la Patagonia, tal como lo indica la geografía clásica que nos ha mantenido engañados durante años como si el mundo como planeta guardase tal relación de concordancia espacial con respecto a los otros planetas y las infinitas galaxias que nos rodean. De tal forma, comenzaremos presentando el aporte de Rocío Santamaría Ambriz y Silvia Olivares Lecona –ambas de la Universidad Nacional Autónoma de México– que desde su país nos traen una mirada muy particular teniendo como eje la visualización –desde lo individual y lo colectivo– acerca de los principales problemas que ocurren en México, ello sin dejar de tener en cuenta los antecedentes cercanos en la vida cotidiana mexicana. En su trayecto abordan un tema que eufemísticamente denominan “la dictadura perfecta” –para lo cual parafrasean a Mario Vargas Llosa–, hasta llegar al vacío de poder actual. Por sus páginas transcurren las siete décadas de gobierno del PRI, arribando a lo que llaman “el espejismo del cambio” con el presidente V. Fox y la adoración por los mercados con sus consecuencias de “poquedad”. Más, un hálito de optimismo finaliza con el acento de la esperanza ante la desconfianza generalizada. Otro país iberoamericano –con una fuerte conflictiva política y social actual– llega con el aporte realizado por un equipo de investigadores de la Universidad de Maracaibo10 con un texto referido a cuestiones de política monetaria e industrialización durante el reciente período de 1998 a 2002. El objetivo que se han propuesto los autores es caracterizar el comportamiento de la política monetaria venezolana durante el tiempo citado a través de los agregados macroeconómicos que lo impactaron como producto de una situación económica y social tan particular que viene transitando la realidad de aquel país. Adicionalmente hacen un repaso de los antecedentes del proceso de industrialización en Venezuela hasta arribar a las condiciones actuales. De tal suerte examinan algunas variables que afectan al aparato productivo frente a un contexto marcado por la incertidumbre en materia política, económica y social que se vive actualmente en Venezuela. Esto los lleva a afirmar que el gobierno de turno –encabezado por H. Chávez– adoptó diversas estrategias monetarias, fiscales y cambiarias que no facilitaron el control del comportamiento de la inversión real privada que se ha visto afectada por un alto nivel de expectativas de riesgo desfavorables. Desde Bolivia un filósofo y pensador como H. C. Felipe Mansilla –es argentino de nacimiento, pero con una larga estancia de vida en el Altiplano– hace una lectura sobre los últimos veinte años desde la instauración de la democracia representativa y pluralista, la vigencia (relativa) de los derechos humanos, a la par que un cierto debilitamiento de la tradicional cultural política del autoritarismo en Ecuador, Perú y Bolivia. Pero esto también ha producido un enorme desencanto –entre la población– para con la democracia y hasta con la política en general; puesto que el largo período de democracia liberal produjo igualmente un surgimiento de pugnas étnico-culturales, un aumento de los índices de pobreza y desempleo y, junto a ello, un florecimiento sin igual de la corrupción. Por último, quien esto escribe intentará –junto a Mabel Falcón, una colaboradora que me acompaña afectivamente desde hace casi treinta años– aportar una visión crítica de de algo así como un tótem con que se nos viene asustando –durante el último medio siglo– a los habitantes y gobiernos de los países iberoamericanos –al igual que a los de cualquier otra región subdesarrollada11 por la misma condición de dependencia– cual es el de los “mercados”, con los que se pretende que la población se incluya en ellos a través de organizaciones regionales que aparentemente les favorecen, pero que en realidad terminan por hacerle el juego en beneficio de los intereses del capitalismo multinacional. La propuesta es la búsqueda de la regionalización con fundamento político, social y cultural, a partir de la cual devendrá sin inconveniente la integración económica como una consecuencia de lo anterior.
Ángel Rodríguez Kauth
BIBLIOGRAFÍA
FERRATER MORA, J.: (1971) Diccionario de filosofía. Sudamericana, Buenos Aires.
FUSI, J. P.: (1985) Franco. Autoritarismo y poder personal. Taurus, Madrid, 2001.
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GUISAN, E.: (1992) La ética mira a la izquierda. Tecnos, Madrid.
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Rodríguez KAUTH, A. (2003): El miedo, motor de la historia individual y colectiva. Eurotheo, Univ. Complutense, Madrid.
Rodríguez KAUTH, A. (2003b): “La reconquista Iberoamericana a cinco siglos de la conquista”. Cauces-Revue d'Etudes hispaniques. Presses Universitarie de Valenciennes et du Hainaut-Cámbresis. Nº 4.
NOTAS
1 Despectivamente, también se nos llama como “sudacas”.
2 No todos, solamente los de origen oligárquico o “patricios”, ya que el pueblo de a pie solamente alcanzaba a ver hasta el límite de sus ojos.
3 Adrián Manzi, para quien va mi reconocimiento.
4 Al respecto, téngase presente que lo de rapiña es un juicio un tanto apresurado, ya que los nombres –como las limosnas arrojadas en la Fontana di Trevi, según un fallo de una juez romana en octubre de 2003– no tienen dueño, son del primero que los tome.
5 Recuérdese que en 1992 –en España– se festejó con grandes fastos la fecha del “descubrimiento” de América por parte de la corona española que encargó a C. Colón la tarea de llegar hasta las Indias (Rodríguez Kauth, 2003b).
6 Obsérvese que no los denomino “de América”, como ellos arbitrariamente se definen a sí mismos. USA: United States of America.
7 Cualquier semejanza en el uso del concepto de seguridad nacional que sostienen los EE.UU. con lo que sucede en el mundo contemporáneo NO es mera casualidad.
8 Se puede observar la diferenciación entre oportunismo y el uso del sentido de la oportunidad en, por ejemplo, Ferrater Mora, 1971 y Guisán, 1992.
9 Si así fuera, no sería pensamiento o no sería único, ya que el pensamiento se caracteriza por la diversidad de enfoques y lecturas de una misma realidad.
10 Del cual no puedo de dejar de destacar la solidaria y generosa colaboración prestada por Caterina Clemenza.
11 A los que eufemísticamente en los últimos tiempos los economistas ortodoxos prefieren denominar “países en vías de desa-rrollo”, aunque con su ortodoxia mercantilista los sumerjan más profundamente en las tumultuosas aguas de la miseria y la humillación.