Breve léxico sobre la nada
CERTEZA. Anegarse en la nada. He ahí, también, el acto todo de una escritura, de una labor cuyo único fin es dejar de serlo, sustituyendo la pregnancia del verbo por la llamada de una voz insonora, que anega la palabra negando el sonido, y que no nos revierte en absoluto, porque es fuente misma, pozo ciego, abisal sima. De esa nada incalificable, de ese no ser siendo que es a la vez un estar no estando, nace el germen de todo conocimiento, que por el simple hecho de serlo se cuestiona y a la postre se aniquila. Lejos de todo texto, se halla la verdad, igual que en la más profunda noche el vestigio de la luz: la verdad que nos impregna, la no verdad que nos anula.
CIRCULAR. No hay velo alguno, mas bien es eterno el desgarro que no expulsa, el que vierte la experiencia de una compulsión sin vacío alguno. Y sin embargo es necesario, aun sabiendo cómo lastra esta existencia, ese flujo inquieto, ese vaivén. Pero si no hay velo alguno entre nosotros y nosotros, nuestra propia esencia nos niega y constituye, flujo y reflujo de la ambivalencia, dualidad virtual que es falacia a través de los sentidos. Por ello no somos cuando estamos, ni estamos cuando somos. Y en ese ser nuestra existencia a-negada, inaniquilada, en la perfección exacta de la nada que es ciclo, plenitud.
EUROPA. ¿Por qué relacionamos tan a menudo la nada y el silencio, las ruinas y el silencio, las ruinas y la nada? Quizá debido a nuestra necesidad de dar categorías humanas a aquellos conceptos cuya esencia nos trasciende. No sería extraño que hubiera sucedido cosa semejante, al menos en Europa, con la ininterrumpida representación antropomórfica de diosas y dioses, esa ineluctable necesidad de acomodo, nuestro, donde todo lo humano ya claudica. Por eso, digo, pensamos la nada como silencio, y el silencio como ausencia. Al cerrar los ojos, al extinguir casi por completo la respiración, en ese estado de aniquilación y de bondad, nunca cesan los sonidos y la nada no deja de ser una métafora de la luz, del placer que en la quietud halla acomodo. Imaginamos la nada como silencio porque es imposible imaginar el silencio como tal, ni aun con la desaparición del mundo, pues, como decían los antiguos, todo nacimiento trae gemido y en toda muerte hay expiración.
EXTRASENSORIAL. Buscamos más allá del placer; pretendemos haber alcanzado un punto de gozo que durante una brevísima partícula de tiempo nos colma y creemos lo sublime, pero cesa pronto el espejismo y es cuando buscamos más allá del placer, presintiendo que allende el gozo no hay nada, y que por ello buscamos más allá de la nada. En esta gradación de lo sensorial a lo metafísico, es donde se encuentra la base del dolor, es decir, la base de la vida.
GRITO. Cuando el silencio cede, aparece el sonido. Mas la palabra sólo es sonido si nada significa: acomodo de un eco por veces reiterado.
LENGUAJE. Cómo despojar a la palabra de la palabra. Pienso (y aquí los términos claudican) en una ausencia total de significante, en que fuese el concepto arquetipo pleno, o plena nada. No nombrar porque se está siendo dicho eternamente y todo muta y se concreta si es nombrado. La palabra poética adquiriría así su función transgresora, y el silencio su validez. No comunicar porque se es mensaje y no, a un mismo tiempo. En esta esencialidad, nos descubrimos despojos de un mundo fracturado. ¿Pero de qué mundo?
MISTERIO. La oración no es diálogo, la oración es transformación. La oración no pertenece al dominio del lenguaje ni a función comunicativa alguna, sino al ámbito de la volición y de la implicación. Por ello no puede ser desiderativa, sino que sólo puede ser efectuada, y así aprehendida, como agente. Cuando alguien “reza” o “pide por”, la dimensión en que tal actividad se realiza es ajena a nuestro mundo y es por ello por lo que trasciende y se incardina en el Todo. Ahora bien, ¿muta la oración la realidad? Desde el mismo momento en que es practicada: muta al individuo, muta, por ende, el ambiente que lo circunda y muta la percepción que adquirirá. En la oración es donde el hombre se diluye en el tiempo y en el espacio para acceder a un plano donde la línea temporal es un punto adimensional. En ese germen, toda oración, toda volición, es y como tal centraliza la vida del hombre no en un fluir, sino en su esencia, que es también su nada y plenitud.
MUERTE. Se ha de entender, de qué otro modo, la soledad, como un círculo vicioso. Recorrido que iniciamos en un desierto y que tiende hacia su punto de partida. Una línea trazada infinita infinitamente hasta ella misma. Pero dónde culmina y de dónde parte más allá de sí. Qué trazos podemos encontrarle y de qué manera. Un vacío de luz, un vacío de nada, que es negar que nos rige y se nos reta. Experiencia, por tanto, de un adiós incesable, de un tronco desgajado que al fuego se consume.
MÚSICA. En la noche azulada, alguien tañe una flauta. El rumor de los sistros evacúa la palabra irrespirable. Observamos la luna desde el lecho. El aire que viene del bosque nos acerca más al allar. El lenguaje es una lengua incomprensible y mis manos acarician un cuerpo que se extingue... He aquí la revelación más íntima de lo sagrado. Qué nada más pura emana unos segundos más tarde. Y qué rito el culto que hacemos de su recuerdo.
NADA. Estamos aquí para sentir, ¿pero qué experiencia sacamos de sentir? Dolor. Todo sentimiento conlleva un mayor o menor grado de dolor, bien en el momento en que el acto que lo produce está teniendo lugar, bien en el modo en que ese mismo acto se imbricará posteriormente en nosotros. Mas ese dolor se nos presenta, de modo paradójico, como un hecho sin connotaciones. Hablo aquí, es evidente, de la experiencia radical del dolor, que para nada ha de asimilarse a referencias apocalípticas; bástenos el dolor cotidiano. Algo existe, pero algo existe que sólo se abre camino existiendo a través de nosotros y, de este modo, y es quizá lo más importante, existiéndonos. Nuestra vida se configura en torno al dolor, a ese algo que, aun siendo virtual y presentizable sólo en nuestro ser, nos atormenta; es más, nos marca el ritmo de nuestra vida y las asociaciones intelectuales que a partir de él gestemos. La menor elección de nuestro acontecer tiene su germen en el dolor: puede ser un dolor amortiguado por el tiempo, y que casi no hiera, o puede ser un dolor esencial, configurador no sólo de nuestra individualidad, sino del mismo mundo en que vivimos. Pertenecemos al dolor, quizá el único dios no adormecido en nuestro tiempo. ¿O es el dolor el que, por hombres, nos pertenece?
PALABRA. El lenguaje que usamos está mutilado, mas ¿cuál es su falla radical para aceptarlo o aprehenderlo de esa manera? El mismo discurso ya nos hace finitos y cualquier metáfora nos devuelve al sinsentido. Cuando alguien dice “soy arrojado al vacío” trata de vehicular una experiencia que desconoce a otros que también la desconocen por el hecho de que tal frase no sólo es irreal, sino inverosímil. La mutilación de nuestro lenguaje se llama realidad.
RESQUICIO. Qué pocas veces nos damos cuenta de que el lenguaje de la mística es todo él una metáfora, pues, una alegoría. Que sólo nos comunicamos, además, por esas fisuras de real que deja al sosegarnos. Y que más allá de esos trazos y de esas ondas se abre un vacío y una experiencia. De qué otra manera, si no, podríamos entender expresiones como parar el tiempo o parar la mente, observar lo que en un específico instante de espacio (y de tiempo) nos rodea. En ese juicio de lo que transcurre, somos conscientes de lo no concreto de ese juzgamiento, cuando el presente y lo proferido no son nada. Miramos a nuestro entorno y el fluir cotidiano se concretiza en lo efímero, nosotros mismos, nuestra misma vida. Entre esas brechas, percibimos la verdadera sabiduría, la del gozo, la del instante, la de ambos en su postrera y única agonía.
SEXO. El ensamblaje de la materia tiene estrías. Una mano es extendida en el vacío y quieta permanece. El tacto imperceptible de lo que ase resulta modelado por la nada. Sin movimientos, otra mano roza el espacio que la otra carne delinea. El espacio vacío entre dos ondas. El punto exacto donde nace el amor.
SOLO. La experiencia de la nada es vibración, pero este es la deshace, y ya no es nada, algo, una experiencia. Si la nada es no experiencia, la no experiencia no es humana. Más allá, más acá, dentro, en... aquel que busca su lugar desconoce el sentido verdadero. En el interior del río, su curso nos anega y jamás somos los mismos: mutables. Nada es absoluto. Sólo nada.
TODO. ¿Acaso los sonidos de la urbe no son naturaleza? ¿Acaso ese gemido de metal, presentido ahí en lo oscuro, ya no es congoja ni aun augurio, sino la muestra del mundo y su agonía? No hay silencio más allá de esta serie de temblores al instante, de este repique donde la noche se extravía y la nada es una matria tan etérea que aísla lo que somos. Aspiro hondamente las horas en su pasar. Estoy sentado en medio de una ciudad con vida propia y toda insistencia en lo que vibra la hago mía. Latir tal vez sea el supremo de los fines, cuando el hombre sólo sea vibración, y sonido todo su reclamo.
TRASCENDENCIA. El cielo y el infierno son lo mismo. Tan sólo hay una diferencia de apropiación. Quien sabe va al cielo (fundirse en la nada, anegarse en ella por completo). Quien no sabe se revolcará en el infierno (la inexistencia de la conciencia, el no sentir en absoluto). En tal gradación, indescriptible e incomprobable, se halla toda la agitación de la vida humana. Ahora cerremos los ojos, apaguemos la luz y sintamos ese gozo de dejarse ir en el sueño. El placer de cesar. No hay ningún deseo tan humano y repetido. Ni repetición que colme tanto y se nos dé como anticipo tan hermoso.
© Josep Carles Laínez
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