Debats 82 Otoño 2003 - QUADERN

El hombre y la mujer, ¿debe hacerse nada?

Toda persona que tenga un sentido ético, y ¿quién no lo tiene de un modo u otro?, se pregunta, o intelectual o prácticamente, si tiene que desarrollarse positivamente, o cercenar gran parte de sus tendencias íntimas, para ser verdaderamente humano. Especialmente se lo pregunta el hombre y la mujer que son, o pretenden ser, religiosos porque desgraciadamente en todas las religiones hay una tendencia a recortar nuestros impulsos, porque en Occidente –desde el mundo griego para acá– esta es la gran pregunta que afecta a nuestras vidas éticas. Y en Oriente la idea budista del nirvana creen muchos que conduce a un cierto nihilismo ascético como ideal absoluto de quien pretende seguir la doctrina del Buda. Si pasamos al mundo del pensamiento puro –el de la “Crítica de la razón pura” de Kant– nos encontramos con una teología espiritual, fundada en una determinada teología dogmática, que perece inclinarse a esa negatividad en muchos sistemas espirituales. O damos también con una filosofía pagana que lleva el mismo camino negativista, como meta de perfección humana, tanto de pensamiento como de realización.

Pero, tras esos pensares teóricos y prácticos, nos encontramos de repente con un mundo misterioso, pero cada vez mas valorado: el de la mística. Y lo descubrimos al analizar lo que vivieron y expresaron los grandes contemplativos de Oriente y Occidente, que coinciden mucho más de lo que ha pensado la religión cristiana occidental, equivocada por su afán exclusivista de creerse poseedora única de toda la verdad. Problema este de máxima actualidad hoy que vivimos en un mundo que nos ha defraudado con sus injusticias de todo tipo: económico, social, político, moral o religioso. Y las instituciones, en las que se apoyan todos ellos, están –como es lógico– en gran desprestigio, a diferencia de otras épocas, y bastantes personas de nuestro tiempo queremos salir de ellas hacia un nuevo camino como luego veremos. En este nuevo camino, cada vez mayor número de personas, no deseamos caer en el idealismo absoluto, que quiere olvidar el mundo real que pisamos con nuestros pies. No queremos asentarnos en las nubes, como si fuera éste un lugar de olvido y reposo, y no lo es, sino de ficticia evasión.

Sin embargo estas salidas tampoco satisfacen a otro grupo; y éste lo componen las que caen en lo mas grosero, retratado en esos espectáculos basura que nos proporciona a todas horas la creciente televisión basura, que pasea por nuestras narices lo mas deleznable de los seres humanos. Y de este último modo caemos en lo que retrató el novelista checo Milan Kundera, en su obra descorazonante La insoportable levedad del ser, donde el mundo es caracterizado como si fuera una cierta enfermería, en la que estamos obligados a vivir en “el sanatorio de la convivencia”; en el cual lo único que nos queda es ser unos vividores que ponen el sexo puramente físico como único escape a ese fracaso permanente de existir. No obstante tampoco convence a todos este camino, porque si bien se piensa no conduce a ninguna situación satisfactoria, y pueden caer algunos entonces en la rebeldía que retrata genialmente el extraño católico irlandés, Anthony Burgess. Reacción que describe en La naranja mecánica; obra que incita a pensar seriamente en el mundo que estamos haciendo, y pretende que nos demos cuenta de que no es éste el camino hacia buen puerto. Es ese mundo que hemos construido en el que hoy empiezan a estar claros sus males, centrados en una causa principal: la globalización especulativa desbocada, que conduce a los grandes males que vive la mayor parte de la humanidad, favoreciendo a los más poderosos en detrimento de los mas débiles. Y esto a pesar de las promesas que se nos hicieron de que su clave –la libertad de mercado por sí sola– conduciría al mayor bien de todos; y, sin embargo, los Informes anuales de la ONU, llamados PNUD, nos certifican lo contrario, pues existen ya 54 países en los que actualmente se vive peor que en el año 1990.

En nuestro mundo desarrollado, las dos características de la insatisfacción reinante son: 1) la ausencia de sentido para la vida, causa unas veces de la inadaptación y marginación juvenil existentes; y 2) la reacción violenta contra una sociedad que no sabe acoger sus necesidades. Y, como consecuencia de todo ello, la nuestra ha sido llamada con razón “la era de la depresión”. ¿Es pues extraño que vivamos en un mundo en el que transitamos por “Sendas perdidas”, como lo calificó con gran perspicacia hace unos años el profundo filósofo alemán Martin Heidegger? Lo hizo después de hacer un balance de las múltiples experiencias por él vividas –la posguerra de la primera guerra mundial, el advenimiento del nazismo hitleriano, y la última guerra del 1939 al 1945 con el desplome humano que siguió–. Y de las que salió escaldado Heidegger al final de su vida. Entre la gente del mundo actual desarrollado, hay en conclusión dos posturas extremas: 1) la de quienes quieren evadirse hacia un idealismo irreal, para huir de los problemas que ha creado nuestro mundo; y 2) la de quienes no ven más allá y se aprovechan de esa telebasura, que hoy está a la orden del día. Pero unos y otros están equivocados: el mundo no se agota en esas dos posturas extremas. La primera mas filosófica, que parece despreciar al mundo y huir hacia las nubes de una contemplación ficticia, como si lo de fuera no tuviera realidad. Es la postura que se podría retratar en los antiguos estoicos griegos, especialmente en su mentor principal Epicteto, que decscribe en su Enquiridion, que tanta influencia ejerció en nuestro Siglo de Oro, donde la vida para muchos no fue externamente satisfactoria.

Y en el extremo contrario está la de quienes su regla de vida es aprovecharse de lo sensible que tenemos a mano, con desprecio de los demás desarrollando un egoísmo de la peor especie. El error está en los unos diciendo “no” a la realidad sensible; y en los otros centrándose en la materia, olvidando el espíritu, que todos llevamos dentro. Es hacer “nada” de lo que entra por los ojos de un lado; y decir los del otro lado “nada” a lo que nos eleva a más y mejor. Y entre los dos se encuentran quienes no se sienten de un modo u otro en esos extremos, y pretenden encontrar un nuevo camino intermedio en la confluencia inteligente de lo interior y exterior, de lo individual y solidario. Y en este camino veremos el papel tan importante que tiene el auténtico misticismo, que no son pocos pensadores creyentes –como el teólogo K.Rahner–, o agnósticos –como el pensador y político Malraux– que ven en el misticismo ese difícil camino futuro de la humanidad para no hundirnos, siempre que sea bien entendido y no sea un equivocada escapatoria irreal.

La palabra “nada”, entendida de un modo u otro, está presente en todo lo que he dicho; y se trasvasa teóricamente su problema a la teología, la filosofía y la enseñanza de la religión. Y, para salir del atolladero, es preciso analizar ese término seriamente con el escalpelo de la razón, sin dejarse llevar por lo que se dice en esos campos sin justificarlo suficientemente, cayendo así en un dogmatismo erróneo como todos los dogmatismos porque quieren acaparar la verdad en exclusiva y con nuestra limitación humana tenemos que darnos cuenta de una vez de que hace imposible esa manera dogmática de pensar, y –por tanto– inaceptable.. Empecemos por la teología, y hagamos una reflexión sobre el significado de la palabra “nada”, a propósito de la idea de creación, que es donde resulta central tal locución. Cosa –la creación– que suele ser mal entendida por aquellos teólogos que carecen de un riguroso pensar filosófico, y dicen algo contradictorio que se nos ha enseñado a los cristianos desde que hemos accedido a la enseñanza religiosa. Porque se nos ha dicho que la creación es que Dios hizo el mundo, por el poder infinito que solo el tenía, para sacarlo de la “nada”. Ésa fue su base para que apareciera el mundo que nos rodea, lo mismo mineral, que vegetal, animal, humano y espiritual. A este hecho le llaman creación “ex-nihilo”. Porque se decía que el apoyo que tuvo Dios para hacerlo aparecer era la nada; y eso se afirma que fue lo sorprendente y milagroso de su acción única, que ningún otro ser hubiera podido realizar. Aclaremos que la creación es una idea propia del judeo-cristianismo, y que no encontramos en la filosofía, pues parece que hay una coincidencia entre los filósofos antiguos en afirmar que el mundo apareció de algo previo que fue moldeado para hacer nuestro mundo, pero no de la nada absoluta como pensó la tradición judeo-cristiana mal entendida.

Aristóteles afirmó también la eternidad del mundo; pero en la fe se aseguraba que esto no era posible, porque La Biblia enseñaba que este mundo tuvo un comienzo, y no fue eterno. Pero quienes defienden, dentro del cristianismo, la idea del comienzo del mundo cometen un error, teniendo una falsa idea de creación, porque afirman que el mundo pasó a existir en un momento determinado, y antes sólo Dios existía. Pero ha habido inteligentes pensadores cristianos que, desde la filosofía racional, desechan esa idea, pues dicen que idea de creación no es algo deducible racionalmente, sino sólo objeto de una enseñanza revelada que se encuentra sólo en la Biblia judía, llamada usualmente entre nosotros Antiguo Testamento. Y ni en la historia de la filosofía ni en las religiones se encuentra rastro de esta idea, tal como la ha mantenido la Biblia. Y para entender esta idea bíblica usan un inteligente filosofar, porque dicen que la “nada” en sentido filosófico nada es, porque es un absoluto de negatividad. Y no puede ser punto de partida de ninguna cosa. Por esta razón habría incluso que decir que el mundo ha existido siempre, ya que no ha habido un tiempo anterior al mundo. El tiempo es una cualidad del mundo, y nació por tanto con el mundo. Entonces un creyente tendría que decir que Dios ha existido siempre con el mundo, no ha podido haber un antes. Ahí vemos cómo entró la idea de la “nada” en el pensar cristiano, entendida de un modo u otro.

Y ahora, que está de moda hablar de lo que la ciencia dice del mundo, se afirma que todo empezó con el “big bang”, y que esta teoría, que parece corroborada, parece una confirmación de la idea ingenua de creación. Pero esto no son más que ingenuas elucubraciones, que no concluyen en la verdadera idea de creación. Hemos de darnos cuente de que hablando de ella somos prisioneros del tiempo y el espacio que vivimos, que ni están ni existen aparte del mundo. Y, por ello, debemos olvidar la idea de un “primer día”, lo mismo que la idea de una “nada” base de la creación del mundo, porque la “nada” sólo es pura negatividad y carece de realidad alguna. Y hablar de ella es caer en una imagen antropomórfica, que no puede ser realidad alguna, sino la carencia de la misma. Con nuestras palabras no tenemos medio de contactar con eso que denominamos la “nada”, ya que ésta no es nada. Y caemos, usando nuestros conceptos limitados, en la contradicción, pues están marcados por el tiempo y el espacio, y ella escapa a nuestras dimensiones limitadas de pensamiento. Cualquier término que empleamos viene marcado por algo que “es”; y, en cambio, repito que la “nada” nada es y sólo le corresponde el silencio.

Hablando de los hallazgos de la nueva física y del cosmos ilimitado, no encontramos en él tampoco el vacío absoluto. No existe éste, porque estaría caracterizado por la ausencia total de materia y energía, y sabemos que el vacío que separa las galaxias no está totalmente ausente de materia o energía, según observan los astrofísicos hermanos Bogdanov. La “nada” científica no es un vacío absoluto, sino relativo. Ya tenemos aquí otra acepción de la palabra “nada”. Cuidemos con el uso que hacemos de la ciencia, para hablar de lo que no es propio de ella, sino de la filosofía. Por ejemplo ese gran hallazgo que es la mecánica cuántica, sólo exige en sus elucubraciones consistencia, y no objetividad, según afirma el filósofo de la cultura Cassirer, y lo corrobora el profesor de filosofía de la física, Stanley L. Jaki de la universidad de New Jersey, que es también investigador de la física en las universidades de Berkeley, Stanford y Princeton. Y ahora se sabe además que “las ecuaciones de la cosmología relativista tienen infinitas soluciones posibles”, según enseña el científico profesor Sánchez Ron. Cuidado con objetivizar lo que dicen las teorías físicas actuales por muy avanzadas que estén, sacar conclusiones que no concluyen. El inteligente pensador francés Paul Valéry subrayaba lo que dije antes: que la idea de “nada” no es más que nada, y tenemos que confesar que esta palabra representa una ficción de nuestro espíritu. Y añade con razón que “un comienzo absoluto es a la fuerza un mito”, porque todo comienzo acaba algo que existía antes; pero como la “nada” nada es, no hay ningún antes. No hay una nada exterior al mundo, algo que fuese preexistente a la existencia del mundo. Lo único real es el propio mundo, con su espacio y su duración interiores al mismo, y como cualidades del mundo; y no hay por tanto anterioridad al tiempo, ni exterioridad al espacio, esto es lo que termina diciendo el filósofo católico Padre Sertillanges, o. p.

Entonces, ¿qué es la creación?: el filósofo Rassam señala que la creación no es ninguna fabricación ni tampoco una transformación, sino la pura relación de la criatura a Dios. Es lo que Zubiri diría que todo ser es “religación”, y creación del mundo es afirmar que Dios simplemente es el Fundamento de toda realidad. No me cansaré de repetir que hemos de tener mucho cuidado con el sentido que unos autores y otros dan a la palabra “creación”; y lo mismo pasa con las palabras “vacío” y “nada”. Antes de discutir sobre ellas hemos de ponernos de acuerdo sobre el significado que les damos para entender lo que pretendemos decir. La idea de creación he dicho que en sentido estricto viene del judeo-cristianismo bíblico; en cambio la idea de “nada” viene de la filosofía griega, y ha perdurado hasta nuestros días. Ellos dijeron ya que la nada es la negación del ser, y por eso deduciremos, contra lo que muchos cristianos han dicho, que de la “nada” no procede nada. Y por este camino de siglos de pensamiento riguroso sobre este significado de “nada” llegamos al filósofo contemporáneo Henri Bergson el cual afirma que la idea de la nada es una “pseudo-idea” que no se la puede imaginar ni pensar. Y yo estoy en ello con los filósofos católicos Sertillanges, o. p., Etiénne Gilson y Edouard Le Roy, estos dos últimos que llegaron a la cumbre de la intelectualidad universitaria francesa siendo nombrados profesores del famoso Collège de France en París. Sepamos también que la filosofía es un proceso relativamente reciente en la historia humana, porque empezó en el hombre cuando admiró lo que veía, ese “pasmo” ante la realidad fue, lo mismo para Platón que para Aristóteles, el comienzo del pensar filosófico. Y otros dos motivos se unieron al primero: la duda y la certeza por un lado, y por otro, sentirse perdido en el mundo y querer encontrarse a si mismo, según observa con acierto el psiquiatra y filósofo Karl Jaspers. Dice que las situaciones límite en que nos encontramos metidos los seres humanos, como el dolor, la muerte, la necesidad de luchar, el azar, la culpa son permanentes en todo ser humano, y si bien lo piensa éste ahondan este modo de pensar las otras dos razones –el asombro y la duda– que condujeron y conducen al ser humano a pensar el fondo de la realidad ahondando en ella para aclararnos, y poder emprender así un camino positivo para nuestras vidas. Es lo que he intentado hacer, y seguiré por este camino en el último escalón de esta búsqueda: el de la mística en Occidente y Oriente, que habló éste muy profundamente de la última realidad escondida bajo la misteriosa palabra de la “nada”, entendida en un sentido vital y profundo que es necesario ahondar. Es otro modo de entender la palabra “nada”.

Yo recuerdo que el comienzo de mi tarea de escribir empezó hace 50 años con el primer artículo que escribí en la Revista Espiritualidad Seglar, en su primer número publicado en mayo de 1953. Preocupado por el sentido espiritual de la vida de un seglar español de entonces, lo titulé “El cristiano, ¿debe hacerse nada?”, y allí vertí mis inquietudes y posible camino de futuro, tan distinto de lo que se nos solía enseñar religiosamente en aquel tiempo en nuestro país. Ahora me doy cuenta de que fue premonitorio de lo que años después se me hizo claro, y que voy a expresar aquí. Es la clave del misticismo en su aspecto positivo, estudiado por Bergson; y reivindicado, como dije antes, por el teólogo católico alemán Karl Rahner, s. j. y también por el suizo von Balthasar, asi como por el pensador y político agnóstico Malraux. E igualmente lo vemos en el acercamiento a la mística de los mas grandes genios de la ciencia actual, como el inventor de la mecánica ondulatoria, el premio Nobel Erwin Schrödinger, que se acercó a ella por la filosofía oriental; u otro premio Nobel, Wolfgang Pauli, que confesaba que el descubrimiento mas importante de nuestro tiempo era esa mística que pretende “el anhelo de superación de los opuestos, la síntesis de la comprensión racional y la experiencia mística de la unidad”; lo mismo que el inventor de la mecánica cuántica, también premio Nobel, Werner Heisenberg, que confesaba “nunca me ha sido posible descartar el contenido del pensamiento religioso, como si fuera algo pasado de moda o que tuviéramos que renunciar”; y Eddington, que calculó las dimensiones del cosmos y la cantidad de materia en el contenida, decía que “en el sentido místico de la creación que nos rodea, en la expresión del arte, en el anhelo de Dios el alma se eleva y encuentra el cumplimiento de algo implantado en la naturaleza", y llegó a afirmar que “la religiosidad comenzó a ser posible por primera vez para los científicos razonables a partir de 1927 por obra de Heisenberg, Bohr, Born,,,”; ideas que vuelven a aparecer en otro Nobel de fisiología, Eccles, inventor de los psicones, el cual pensaba que la estructura humana material-espiritual, por el investigada, hace pensar que no todo termina en esta vida; lo mismo que el original físico Feynmann; el descubridor de los “cuantoa” Max Planck; el cosmólogo Tipler; el genial matemático Gödel; los naturalistas Weiszäcker y Haldane, o al biólogo Carrel y su discípulo Lecomte du Noüy, y el psicoterapeuta Jung.

Todo ello lo resumió el gran genio de la teoría de la relatividad, Albert Einstein, el cual escribió un póster en el que decía lo siguiente: “La mas bella emoción que podemos tener es la mística. Es la fuerza de toda ciencia y arte verdaderos. Para quien esta expresión resulte extraña es como si estuviera muerto”. Yo me preguntaba en 1953, y lo he corroborado con el tiempo, en que consistían entonces las “nadas” místicas de San Juan de la Cruz, si era un nuevo modo de conocer por encima de la fría razón, o se trataba, como se solía decir en España, de unas “nadas” ascéticas, pues había que hacerse nada a las cosas de este mundo, y cercenar nuestros sentimientos humanos y pasiones volviéndonos una especie de ángeles en carne y hueso. Pero ya Pascal nos dijo con acierto que “Qui fait l’ange, fait la bête”, o sea que “el hombre no es ni ángel ni bestia, y nuestra desgracia es que cuando quiere hacer de ángel, haga de bestia”. Exactamente lo que dijeron dos grandes santos, la española Santa Teresa de Jesús y el francés San Francisco de Sales. La primera confesó, según su experiencia, que cuando “queremos hacer ángeles estando en la Tierra, es desatino”. Y el otro dijo “sucede a menudo que, con tal ahínco, deseamos ser ángeles del cielo, que nos olvidamos de ser hombres de bien en la Tierra”. Nunca mejor pintado lo que puede suceder si queremos dejar de ser seres humanos de carne y hueso. Lo hemos visto realizado, por ejemplo, en la exigencia indiscriminada del celibato clerical a quien no tiene vocación de célibe y, por eso, se desborda su sexualidad, como hemos visto recientemente en África, en Latino-América o en Estados Unidos.

Y llegaba yo en aquel artículo a la conclusión de que a nuestro santo místico abulense no le habían entendido estos rígidos especialistas defensores de un ascetismo inhumano, y había que entender a San Juan de la Cruz de otro modo, que luego he caído en la cuenta de que era igualmente el camino del nuevo conocer practicado en Oriente por sus místicos cristianos y no-cristianos, y también en muchos místicos de Occidente como el santo de Ávila, tan alabado como poco leído directamente. Bastaba leer a todos ellos sin las anteojeras puestas por aquellos pretendidos expertos que nunca los entendieron. Y leer solamente las obras de otros expertos inteligentes estudiosos del misticismo, como Hilda Graef, Louis Bouyer o P. Jordan. Conocer que incluso no se nos había enseñado que en la Edad Media europea ya se llamó conocer por “connaturalidad”, o por afinidad: y ese era precisamente el conocer místico. La primera cosa que debemos aprender es que la moral cristiana del Medievo, del gran maestro que fue Santo Tomás de Aquino, “se opone francamente a esa destrucción sistemática de las tendencias naturales… No comporta siquiera el odio a los placeres sensibles… Lo que este santo quiere es el hombre entero con sus pasiones”, según enseña el profesor Gilson.

Hay que hacerse “nada” a las impresiones y complejos que atenazan nuestra persona humana, perturbando nuestras tendencias positivas; y dejar que espontáneamente se desarrollen esas tendencias ocultas, que la psicología actual ha descubierto, y llama el supra-consciente que todos llevamos dentro; está formado por tendencias positivas escondidas por el impacto de ese cúmulo de obsesiones, complejos y preocupaciones que en el mundo actual invaden nuestro interior. Ésa es la meditación del budismo zen, sea por el camino Soto o por el Rinza que, fomentando esas dos vías la serenidad y la distensión, consigue que surja una tranquilidad de ánimo que hará, durante el día, que enfrentemos nuestro quehacer humano y profesional sin agobios; sino saliendo espontáneamente, de dentro de nosotros, de nuestro interior, lo mejor de nosotros mismos. Hay que conseguir el silencio interior: ésa es la “nada” de la habla el pensar oriental, y no una extraña violencia ejercida sobre nosotros mismos, sino todo lo contrario.

Ésa fue la doctrina de San Juan de la Cruz pues, como dice el experto carmelita Padre Lucien Marie de Saint Joseph: “San Juan de la Cruz no pretende pedirnos en ningún dominio, no sé que mutilación de nosotros mismos”. Incluso no se trata de excitar en la meditación zen un pensar en la bondad de Dios, o tomar algún pensamiento así para reflexionar sobre ello, y dar vueltas sobre este pensamiento para incorporarlo a nuestro acervo interior. Por el contrario, lo que pretende esta meditación (que yo llamaría mas bien “no-meditación”) es desentenderse de toda imaginación religiosa o profana, y dejar de lado todos esos pensamientos, como enseña el maestro zen, que es el jesuita Enomiya Lasalle. También un gran maestro de Oriente, Krishnamurti, ha sabido expresar de modo sencillo todo esto en sus libros, que contienen las charlas que en diversas ocasiones daba a sus discípulos, para limpiar la cabeza de falsas ideas que nos envuelven e impiden ese silencio creador. Lo mismo que había dicho el gran místico sajón Taulero que decía lo mismo desde el polo opuesto 180 grados a este mundo oriental: “la contemplación –dice– excluye no solo todas las imágenes de la memoria, sino toda idea en el espíritu y toda especie intelectual”. Podríamos llamarla como San Juan de la Cruz la música callada, la soledad sonora. Y, por eso, para el místico Dios no es definible, como adelantaron San Agustín y Santo Tomás de Aquino, pues de Él ni siquiera inefable lo podemos llamar, porque de Él sólo sabemos lo que no es, pero ignoramos lo que es, según enseño este último pensador a los paganos en la Suma contra Gentiles, y a los cristianos en la Suma Teológica. Es una experiencia que describió San Agustín, y siglos después repetía el franciscano San Buenaventura: “Dios es mas íntimo a mí mismo que yo mismo, y mas elevado que lo mas alto”.

Y así no resulta extraño que los místicos hayan expuesto esa experiencia con desconcertantes expresiones, como que Dios es “el vacío y la nada” para Santa Ángela de Foligno; “la nada pura y desnuda”, y “la nada eterna” para la beguina Hadewysch; “el ser sin modo ni nombre” para el Venerable Suso; o “el desierto” y “el silencio” para el célebre filósofo de fin del Medievo, el profundo y original pensador cardenal Nicolás de Cusa. Tampoco esta “nada”, tan positiva en sus efectos, puede ser el “no-yo” del budismo, entendido como una nada filosófica personal de pura negatividad, de no ser “yo” en ningún sentido, como enseña una interpretación equivocada de lo que dijo Buda. El budismo primitivo, tal como se desprende del canon pali, no entiende el fondo del ser humano como un nihilismo absoluto, sino como una limpieza de las falsas adherencias al yo profundo que no le dejan ser él mismo, según estudian los filósofos japoneses actuales Takeuchi y Nakamura, o el especialista en budismo, el jesuita alemán Dumoulin. El “nirvana”, o reino de la “nada”, es entonces la expresión de lo definitivo, y la liberación de toda caducidad, pero no la pura negatividad ni el nihilismo absoluto.

Cuidado con la palabra “nada”, concretemos lo que con ella queremos decir exactamente –porque tiene múltiples sentidos– para no perdernos en una múltiple confusión y caer en un diálogo de sordos. Yo he intentado aclarar en qué sentido deben, el ser humano y el mundo, hacerse “nada”, y en qué sentido no deben hacerse nada ni anularse totalmente…

© Enrique Miret Magdalena

Bibliografía reducida:


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