Debats 82 Otoño 2003 - ESPAIS

Nevermind

Supongamos que me encuentro una mañana amaneciendo en mi mansión. Yo vivo en una. Como todo el mundo. Todo el mundo que conozco, al menos. El número de estancias es ilimitado. La verdad es que yo no tengo la más remota idea de cuántas habitaciones hay por aquí, pero el caso, lo relevante, quiero suponer, es que yo me despierto y estoy en una de ellas. Así que me desperezo y salgo a un pasillo que se me antoja kilométrico, flanqueado por decenas de puertas como la que yo acabo de franquear esta mañana. En todas ellas hay un letrero que, en letras enormes, reza: AQUÍ DENTRO NO HAY NADA. En fin, lo que me queda es avanzar, o retroceder, o dar vueltas, según se mire, y entrar de vez en cuando en algún otro cuarto y descubrir en una pared una nueva puerta con la misma leyenda en ella. En realidad, cuando digo según se mire no estoy aferrándome a una frase hecha. Personalmente, me gusta el rock y me gustan los libros. Y estas cosas me gustan cuando miran a las cosas. Cuando plantean una mirada. Si no lo hacen, entonces, ¿por qué? Desde luego yo no tengo la respuesta, pero la pregunta no deja de plantearse cada mañana.

Supongo que podemos teorizar sobre el punk, el nihilismo, los lazos que presuntamente lo unen al situacionismo. Personalmente, no le encontré la gracia ni el sentido a Lipstick Traces ni le tengo especial simpatía a Greil Marcus. Pero admito que el NO FUTURE que Johnny Rotten escupía con los Sex Pistols significó algo, aunque no sé muy bien el qué. Antes lo habían hecho otros más tímidamente, aunque probablemente con una trascendencia igual o mayor. Aunque si de algo no pretendo hablar es de trascendencia. Iggy Pop se limitaba a proclamar que la diversión se había acabado. Lou Reed desdeñaba un mañana que sencillamente era “otra historia”. Jim Morrison, sin rodeos, nos decía que ÉSTE ERA EL FINAL.

Todo eso está muy bien; se pueden verter ríos de tinta sobre ello y de hecho se ha hecho. Pero yo eso lo heredé, me abracé a la mirada que la música rock me ofrecía hace unos años, y lo hice con vitalidad, creyendo que ése era el único lenguaje que me interesaba hablar. Por lo que a mí respectaba, mejor me quedaba mudo el resto del tiempo, porque lo cierto es que no tengo absolutamente nada que decir, y creo que es precisamente esa certeza la que me obliga a seguir escribiendo canciones, por paradójico que parezca.

A los dieciséis años, para mí el No Future y Sid Vicious no eran más que estampas en camisetas de los punkis de Gijón con los que tenía una relación más bien tangencial. Pero la música, comprar discos y llegar a casa con un nudo en el estómago a la espera de oírlos una y otra vez, ésa era mi vida. Entonces Nirvana publicó Nevermind y algo cambió. En realidad, no creo que exista un gran trecho entre el Nevermind the bollocks y el Nevermind. Sencillamente, Nirvana sintetizó la proclama. El paradigma de lo alternativo, el revulsivo contracultural se convirtió en ambos casos en justamente lo contrario, en una máquina de hacer dinero, dinero que recaía básicamente en las compañías multinacionales que secundaban esas propuestas tan arriesgadas pero necesarias para una juventud desencantada. Esto es lo que yo creo: Johnny Rotten tuvo futuro; aun con PIL hizo grandes cosas. Sid Vicious no, pero probablemente era un capullo y yo desde luego no lo siento más por él que por Isidro, mi compañero en la EGB que también palmó de una sobredosis. Sin embargo, yo lloré la muerte de Kurt Cobain. Titular a un disco No importa es igual que titularlo Nada (algo que por aquí hicieron Los Enemigos cuando empezaban a ser conscientes de que AQUÍ DENTRO NO HAY NADA), y precisamente con eso es con lo que se encontró el líder de Nirvana. Qué más da que fueran más famosos que los Sex Pistols, qué más da que el riff de Smells like teen spirits desbancara a Michael Jackson de las listas de ventas de todo el mundo. Qué más le daba ser una supersestrella si allí dentro no había nada. En su momento, quise culpar a la industria del disco del suicidio de Kurt Cobain, pero ahora no creo ni que merezca un papel tan importante. Sencillamente no había nada, nada que esperar y nada que añorar, así que... Para ser honesto me importa tres cojones hacer apología del suicidio. Terrorismo o suicidio, ésas son las dos únicas vías, y ésos son los dos únicos caminos que a mi entender Kurt Cobain quiso enfilar. Que prevaleciera el uno sobre el otro carece de importancia.

Con los libros, sin embargo, me ocurrió algo más complejo. La certeza de que si existo, esto es, si soy algo, es porque mi conciencia moral me lo exige, entonces dejadme que me aferre a Camus, a Melville o a Faulkner, aunque sea en pequeñas dosis. Pero ocurrió que en el momento que me tocó vivir –probablemente el más anodino de cuantos nos ha proporcionado hasta ahora la mafia que dirige esta parte occidental del mundo– necesitaba una mirada propia y por necesidad diferente. Bret Easton Ellis, Dennis Cooper y Michel Houellebecq la han adoptado (en el rock, tal vez Bill Callahan sea el único que ha sabido mirar de ese modo). Los tres son irregulares, pero a día de hoy son los únicos que puedo leer con la sensación de que me están hablando de mi vida. De los tres creo que me quedo con el primero, aunque tal vez diga esto sólo porque me han pedido que hable de la Nada, cualquier cosa que eso sea. En cada una una de sus novelas se repite el mismo diálogo breve entre dos personajes. A, por ejemplo, dice: ¿Sean? B dice: ¿Qué? Y A responde: Nada.

© Nacho Vegas

Volver al sumario