Debats 82 Otoño 2003 - ESPAIS

Creatio (ex nihilo). La nada en la cibercultura I

Este artículo conjunto y en dos partes sobre la nada en la cibercultura es una derivación de los trabajos del proyecto La Nueva Ciudad de Dios (Andoni Alonso / Iñaki Arzoz, La Nueva Ciudad de Dios. Un juego cibercultural sobre el tecno-hermetismo, Madrid, Siruela, 2002, www.siruela.com/ncd), que intenta materializar la que llamamos pimera propuesta del Cibergolem. El estudio de la nada como concepto posmoderno y cibercultural quiere explicar la actualidad de la obra de José del Campo Raso, Elogio de la nada, de la cual estamos preparando su primera edición moderna.

Breve teología filosófica de la nada virtual

Quien menos conoce la época es quien no ha experimentado en sí el increíble poder de la Nada y no sucumbió a la tentación. El propio pecho: esto es, como antiguamente la Tebaida, el centro del mundo de los desiertos y de las ruinas. Aquí está la caverna donde se agolpan los demonios. Aquí está cada uno, da igual qué clase y rango, en lucha inmediata y soberana, y con su victoria se cambia el mundo. Si él es aquí más fuerte, entonces retrocederá la nada.

Ernst Jünger, Sobre la línea

La conspiración tecno-hermética

Vivimos inmersos en los tiempos insólitos de la cibercultura en los que todos los fenómenos, ámbitos y conceptos que antaño creíamos sólidamente explicados han de revisarse por ver si han sufrido la radical transfiguración que sospechamos. La nada, concepto nuclear tanto de nuestra espiritualidad como de nuestra ciencia, ha de ser explorada en este nuevo contexto global de la cibercultura para comprobar su nuevo sentido y hasta su nueva y sorprendente apariencia. Y en este sentido preguntamos: ¿Es posible que tengamos que hablar de una nueva nada? En nuestro estudio crítico de la espiritualidad cientificista del mundo contemporáneo, recogido en La Nueva Ciudad de Dios, y a la que hemos denominado religión digitalista y filosofía tecno-hermética, hemos descubierto que los mitos religiosos primordiales sobreviven en la actualidad y se encarnan en las doctrinas espiritualistas del progreso y la virtualidad. La utopía del ciberespacio, el doble digital, la creación de vida artificial, la inmortalidad virtual o la creación del dios del futuro son los nuevos dogmas que, inspirados en los antiguos mitos religiosos, comparten científicos desbocados e imaginativos escritores de ciencia ficción, y progresivamente, de manera aun vergonzante, gran parte de la sociedad hipertecnologizada de la globalización. Y por esta razón nos planteamos una genealogía de la nada que concluye, de momento, en la cibercultura. Una verdadera conspiración tecno-hermética está sustituyendo el cadáver del Dios asesinado por Nietzsche por el simulacro virtual de un neo-dios, hermético engendro de la tecnociencia y sus pesadillas, que promete cumplir racionalmente lo que nuestros ateos corazones todavía anhelan: espiritualidad y trascendencia. Si bien es cierto que el digitalismo religioso ha nacido de las religiones del libro y más concretamente de la escatología judeo-cristiana (del hermetismo y gnosticismo al cabalismo y el cristianismo agustianiano) también ha de haber una interpretación del concepto religioso de la nada, más propio de místicos y budistas, en principio ajenos a este burdo tecno-hermetismo. Y todavía nos atrevemos a afirmar más: sin la transfiguración cibercultural del concepto de la nada no podría haber cibercultura tecno-hermética en sentido estricto, ni tampoco e-espirituality (David Lyon). Así que éste es nuestro propósito: indagar desde un enfoque crítico en el ámbito diverso de la cibercultura esta nueva interpretación de la nada, primero como concepto filosófico posmoderno y ciberfilosófico, y segundo, como manifestación imaginaria o artística del arte contemporáneo. Por último, queremos advertir de que somos conscientes de la heterodoxia de nuestro planteamiento en torno a un concepto, dominado por expertos de otras disciplinas diferentes a la de la filosofía de la tecnología, así como de la inevitable precariedad en los datos y referencias acerca de una materia prácticamente inédita. Intentaremos compensar estas carencias con los recursos imaginativos del “ensayo-ficción hiperfilosófico”, al proyectar sobre el futuro inmediato (como hacen los géneros de historia del futuro o la ciencia ficción) las especulaciones y manifestaciones embrionarias en torno a la nada cibercultural. Pues es nuestra convicción que esta vacilante visión de la nada virtual como espectro del porvenir puede proporcionarnos las claves del desarrollo de los más audaces caminos del tecno-hermetismo y la cibercultura.

El concepto de nada como esencia de lo virtual

Estamos tan acostumbrados a escuchar el concepto de la “nada” (nihil) como un concepto de la retórica mística que podemos olvidar su historia y sus conexiones con otros conceptos equivalentes como el de “vacío” (vacuum) o incluso el de “silencio”, pues la creación judeocristiana es una versión fuerte del “hacer cosas con palabras” agustiniano al romper el silencio-vacío primordial con el “fiat lux”. Hemos de establecer así que nada y vacío son dos términos para la misma entidad (o mejor dicho no-entidad), dos expresiones específicas del mismo no-ser, al menos en la cultura occidental; el primero más conceptual y filosófico, el segundo, más referido a lo natural y físico, aunque en última instancia interdependientes. La nada conceptual o si se prefiere metafísica, se apoya en la existencia del vacío real o físico y viceversa, pues pensar el vacío físico requiere el concepto de nada para que pueda presentarse a la mente. Pero lo que a nuestra indagación le interesa es, de entre todas las acepciones culturales e interpretaciones religiosas de la nada o el vacío, su genealogía como concepto tecno-hermético, derivado de una de las corrientes herméticas más importantes como es el gnosticismo cristiano. En esto encontramos una aportación puramente cristiana respecto a la filosofía griega, para la que el vacío y la nada era una incomodidad física y lógica (natura abhorret vacui). Una forma elegante de resumir el punto de partida de Parménides sería precisamente el enunciado, expresado en términos latinos de “ex nihilo nihil fit”, de la nada, nada llega a ser. Así, el fundamento de nuestra argumentación sobre la nada tecno-hermética pasa por afirmar que esta nada es un concepto teológico y filosófico del cristianismo hermético, que se diferencia netamente de la visión propia del mundo antiguo. Mientras para las culturas paganas e incluso para los griegos, el mundo es creado cíclicamente a partir de un caos informe o ha existido siempre (caos frente a cosmos), para el cristianismo, influido por ciertos gnósticos cristianos, el mundo es creado de la nada, esto es, una revolucionaria creatio ex nihilo. Éste es un hecho sorprendente porque apenas hay cosmogonías en otras culturas que mantengan su punto de partida cronológico en la nada absoluta. Sin embargo, en el cristianismo el concepto de nada o vacío se convertirá en dogma desde los inicios de las iglesias orientales: la nada y el silencio realmente existían antes que la palabra y las cosas irrumpieran en el universo.

En la filosofía griega, se llega a la existencia de un vacío relativo, especialmente en las escuelas alejandrinas que tratan de ofrecer un modelo atómico de la realidad. Los átomos de Epicuro navegan en ese vacío en torbellinos y así se explica el movimiento, pace Zenón y Parménides. Pero claramente estas teorías atomísticas son rápidamente alejadas del pensamiento religioso incluso en Grecia porque llevan al materialismo: los átomos eternos e indestructibles, combinándose y recombinándose entre sí en el vacío para poder adoptar las diversas formas del mundo no requieren de un esfuerzo divino creador. Entre lo incorpóreo o no tangible si existe así vacío, una nada aparente. En el Corpus Hermeticum, el fundamento de la corriente gnóstica-hermética, donde se mezcla la filosofía griega con la religión egipcia, se discute insistentemente sobre una cuestión que viene a ser, filosófica y teológicamente, esencial. Y en esta cuestión se nota que el peso de la filosofía griega es todavía considerable, especialmente en el neoplatonismo subyacente al texto. Aparentemente no hay lugar para el vacío. En el diálogo de Hermes con Poimandres, el dios es tajante: “Cuidado con lo que dices, Asclepio. Ninguno de los seres que existen está vacío, en razón de su propia sustancia” (Corpus, p. 121). El aparente vacío del espacio se llena con la existencia sutil del aire y que a veces parece el alma del mundo. En su versión latina, Asclepio, se insiste con argumentos similares, al intentar demostrar que el vacío como concepto absoluto no existe: “Acerca del vacío, que tantos consideran hoy en día un argumento importante, mi opinión es la siguiente: el vacío no existe, ni puede existir ni jamás existirá. Porque todos lo miembros del mundo se hallan completamente llenos, de tal modo que el propio mundo se halla henchido de cuerpos diversos en cualidad y forma, cada uno de los cuales tiene su propia forma y tamaño” (Corpus, p. 224). Sin embargo, en aparente contradicción con lo mantenido anteriormente (ya que ahora se habla de nada y no de vacío) señala Hermes a Tat, su hijo, que: “Tú lo eres todo, y no existe nada más; lo que no es, tú lo eres (Corpus, p. 134). En última instancia ya el Dios hermético, todopoderoso como no lo ha sido ningún Demiurgo, que es todo y nada a la vez, posee la capacidad creadora esencial de crear el mundo de la nada: nada se le escapa, nada está fuera de su alcance, ni siquiera la propia nada. Y es en este momento cuando nacen las paradojas teológico-ontológicas apoyadas en la nada.

La confirmación de esta indiciaria doctrina hermética la tenemos en el gnosticismo de Basílides, el creador oficial de la doctrina cristiana de la creatio ex nihilo. Basílides (siglo II) es muy consciente de la necesidad de alejar al dios cristiano del Demiurgo platónico, marcando diferencias en el mismo proceso de la creación. El Demiurgo cuenta con una materia preexistente o semilla con la que moldear las copias del mundo, y así la materia ejerce su poder sobre él en forma de limitación; no puede existir tales límites para el dios cristiano omnipotente. Aun más, el analogado de la creación divina con la humana ha de establecerse en su sentido correcto: el acto perfecto de creación sólo pertenece a la divinidad y sólo aparentemente y en una escala inconmensurablemente menor, se puede hablar de acto creador humano. Como veremos más adelante, esta idea de creación se puede entender en terminología informacional y considerar que la capacidad creadora es la chispa divina que todo ser humano recibe de la divinidad.

Es así como la nada y el vacío en la cultura occidental pasan de ser, paradójicamente, conceptos negativos, finales o estériles, a ser positivos, iniciales y creadores. Así como la nada mística y budista es una nada ambigua que básicamente nos conduce a la disolución y la extinción, la nada occidental, acrisolada como concepto teológico y científico, es una nada activa, una nada en potencia de algo, una nada de la que Dios crea el mundo, la naturaleza y los seres humanos. Tomás de Aquino, tras siglos de debates, herejías emanatistas y distingos interminables sobre la nada, expresa a la perfección en un cuasi juego de palabras tal positividad: “Por tanto, como la generación del hombre se hace del no-ser que es no hombre, así la creación que es emanación de todo el ser, se hace del no-ser que es la nada” (Suma Teológica, I q. 45, a. 1). Luego la nada se convierte en el tema favorito de los místicos cristianos, afirmando, como el ilustre zapatero protestante Jacob Böhme que “Dios ha hecho todas las cosas de la Nada y esa misma Nada es Él mismo” (Reguera, 2003). O también bordea la herejía católica como en el caso de Meister Eckhardt, al enfrentarse al Dios-nada en un nudo de paradojas: “Dios no tiene nombre, pues nadie puede decir ni comprender nada de él… Si digo, pues, Dios es bueno no es verdad; yo soy bueno, pero Dios no lo es… Si digo: Dios es sabio no es verdad; yo soy más sabio que él. Si añado: Dios es un ser, no es verdad; es un ser por encima del ser y una negación superesencial. Un maestro ha dicho: Si tuviera un Dios al que pudiese conocer no lo tendría por Dios… Debes amarle tal como es: ni espíritu, ni persona, ni imagen; más aún: el Unico sin mezcla, puro, luminoso…” (Eckhardt, 1980: p. 62)

¿Y cual es la conexión de esta nada con el tecno-hermetismo cibercultural? Pues que en la era de la muerte de Dios, al ser sustituido por el hombre tecnocientífico, o quizás más precisamente el homo ciberneticus (Alonso, Arzoz: 2003), éste se convierte en Dios, ya que también crea desde la nada. El hombre, hasta ahora gracias a la tecnologías podía crear artefactos, pero en este momento, gracias a las cibertecnologías puede crear vida, vida artificial, ya sean IAs auto-conscientes o avatares virtuales. Como manifiesta un tanto humorísticamente Kevin Kelly (Alonso & Arzoz, 2003: p.328), editor de Wired y destacado tecno-hermético, en La teología nerd: “Todavía no nos hemos tomado nuestra divinidad muy en serio y en eso creo que puede que los nerds nos ayuden (…). Así, debemos formarnos en una nueva teología virtual cuya base está en las cibertecnologías, porque hacer es saber y trascender. Somos de esta manera los nuevos dioses, unos dioses virtuales, es cierto, si cumplimos el programa tecno-hermético de crear verdadera existencia como el dios bíblico, pero incluso, de acuerdo con el físico Frank J. Tipler, estamos abocados a crear a Dios, el Dios del futuro al final de los tiempos. Actualizando la teoría del Punto Omega de Teilhard de Chardin, gracias al desarrollo de la realidad virtual, crearemos artificialmente a Dios en el futuro, el cual a su vez generará un paraíso multiforme para todos los seres humanos que han existido. Pero lo que nos confirma esta descalabrada teoría (la más importante de la filosofía tecno-hermética de numerosas sectas y científicos cientificistas como Ray Kurzweill y Hans Moravec) es que hay una nada gnóstica, una nada creadora, una nada virtual de la realidad virtual, y por ende cibercultural, desde la que crearemos un nuevo mundo y hasta a Dios, esto es, el mismo proyecto originario del cristianismo sólo que al revés, como corresponde a quienes creen en que la edad de oro se halla al final, en el futuro.

Una vez establecido que el concepto de nada gnóstica y occidental ha sido asumido por los tecno-herméticos actuales debemos mostrar justamente cómo es esa nada virtual. Y aunque en el contexto de la filosofía posmoderna y de la ciberfilosofía han surgido conceptos afines, la nada virtual de la que hablamos es perfectamente reconocible como tal, no sólo como un término misticoide o poético. Y el fundamento de la nada se halla en su misma constitución como número y como espacio, esto es, número cero y espacio vacío, que nos remiten de nuevo al origen de la primera nada hermética. Todo ello nos devuelve a la historia del 0, signo del vacío y la nada, como fundamento de nuestra matemática, nuestra ciencia y, por último, de nuestra cibercultura, a pesar de ser un invento proveniente de fuera del ámbito griego. Mayas, babilonios e hindúes descubrieron una cifra, el cero, la expresión de una cantidad vacua. De todas estas culturas, es la hindú la que transmite el cero a través de los árabes y y en su contexto cultural el cero tiene connotaciones religiosas y místicas, además de científicas. Nociones como firmamento, éter, vacío, punto, no creado, agujero, etc. se reunifican en el siglo V d. C. en la noción de cero matemático hindú. Una de las palabras para designarlo, “bindu”, refiere al punto sin extensión que genera la recta, de la recta al plano, y del plano al volumen, esto es, de la nada que fluye aparece, como en un despliegue geométrico, todo. La otra palabra, “sunya” acoge el significado de vacío, no ser, falta de valor y ausencia. Es con ella con la que aparece más definidamente el cero matemático. Los árabes transmiten el cero a Occidente como muestra el trabajo de Al-Khowârîzmî que identifica el círculo pequeño como indicativo de ausencia. Precisamente un mago mítico, Gerberto de Aurillac, también conocido como el Papa Silvestre II, introduce la notación hindú en la matemática occidental. Pero es Gottfried Leibniz quien da el paso necesario para convertir el cero y su opuesto el uno en la esencia de la realidad; el código binario. La nada virtual es obviamente una nada digital constituida por unos y ceros, que tal como explica magistralmente el filósofo del lenguaje Isaac Álvarez, se convierte en última instancia en una manifestación de la nada. No sólo el cero del código binario representa el vacío; también el uno, según este autor, de forma que en realidad el código es una representación vacua, si se toma cada elemento por separado: “El uno es vacío e indeferenciado, es siempre el mismo uno, nunca se carga de significado ni se diferencia de otros unos: es un cero o vacío que sólo puede ser llenado por otro uno igualmente indiferente y descualificado” (Álvarez, 2003; p. 55).

La nada virtual, asentada en el 0, que es número herméticamente perfecto, divinidad circular-esférica del cusano, símbolo zen y símbolo hermético del matemático cabalista John Dee en La mónada jeroglífica, es también una nada como espacio virtual, un círculo vacío que es llenado por todas las cosas y al que la cruz convierte en símbolo de Mercurio, de nuevo el Hermes. Este símbolo de Dee debería representar el universo entero. Espacio vacío, vacío espacio virtual e hiperespacio vacío que existe aunque no lo veamos siempre en su oculta arquitectura de programación para crear un mundo de textos e imágenes. Éste es el espacio hipertextual plegado del que habla Antonio Rodríguez de las Heras, uno de nuestros mayores expertos en la materia y creador de poéticos hipertextos literarios, donde se evidencia la aparición y desaparición desde la nada negra de la pantalla. Antes de encender el ordenador éste es una superficie plana, sin nada en ella y sólo cuando se conecta aparece su verdadera condición tridimensional. Pero tampoco es del todo así porque la virtualidad se opone a la realidad porque la niega, porque lo virtual es virtual precisamente porque no es real. Así lo afirma Philipe Quéau: “he aquí mundos que no son reales, ya que son virtuales, pero que, sin embargo, son fundamentalmente racionales por su esencia lógico-matemática” (Quéau, 1995).

Y es aquí nuevamente donde el espacio hipertextual nos descubre su filiación hermética, ya que es básicamente memoria, memoria RAM o memoria ROM, memoria artificial que pretende emular y sustituir el arte de la memoria de Giordano Bruno, significado autor hermético del Renacimiento. Pues para que exista memoria ha de haber previamente espacio vacío en la mente, un espacio ordenado y delimitado en círculos como en los árboles sefiróticos de los cabalistas o como en las casillas del ars combinatoria de Llull (el precedente más antiguo del ordenador), o también palacios y teatros vacíos como los que dibuja el hermético Robert Fludd para representar todo el universo y construye Giambattista de la Porta (sobre los que Montxo Algora y William Gibson montan en 1992 el espectáculo El palacio de la memoria), y sobre los que Shakespeare hace proyectar al público el ejercito imaginario, proto-virtual, de Macbeth, y sobre los que se representan las mascaradas isabelinas que diseñaba Íñigo Jones, precedentes del cine y de la realidad virtual, con lo que volvemos a la cibercultura. Con la nueva caracterización del vacío físico, el universo mismo se convierte en un almacén de información, según Tipler, en un espacio de energía mínima que absorbe la información para ser llenado y así producir el universo en el que habitamos. Así pues, el vacío se convierte en la RAM real del universo, esto es, en posibilidad de almacenamiento. El ciberespacio se convierte, en palabras de muchos de los gurús del tema, en el espacio absoluto basado en la pura relación. Entre los objetos virtuales no hay nada, en sentido estricto, a no ser las relaciones que los usuarios establezcan entre ellos. En este aspecto, el ciberespacio se convierte en un auténtico teatro o palacio vacío que espera llenarse máximamente y que además es susceptible de abarcar e incluir todo. Margareth Wertheim lo enuncia claramente: “Tal como los cosmólogos nos dicen que el espacio de nuestro universo emergió al ser desde la nada, hace unos quinientos años, del mismo modo la ontología del ciberespacio nace ex nihilo” (Wertheim, 1999: p. 221). El signo se convierte en la cosa, el signo se hace así hipersigno. El recuerdo se convierte en lo recordado y basta con mantener el conjunto de relaciones adecuado entre los diversos hipersignos. Esta actitud es la que genera la pseudo-religión que hemos denominado como tecno-hermetismo. El cuerpo se transmografía en ceros y unos porque la nada del ciberespacio lo debería acoger perfectamente y así se superan las limitaciones de la carne.

El nihilismo posmoderno como nada virtual

Finalmente y para acabar esta pequeña teología filosófica de la nada virtual, no podíamos olvidar ni ignorar el nihilismo posmoderno, cibercultural, como necesaria filosofía tecno-hermética sobre la que se asienta el digitalismo tecno-hermético como religión. Nuevamente la doctrina escéptica y aniquiladora de los valores que viene de Nietzsche ha influido en la construcción de una filosofía neo-nihilista y tecno-hermética que descree de la realidad y al mismo tiempo apuesta por su recreación total, convirtiéndonos en dioses. Junto a esta visión de la nada como positividad, el pensamiento filosófico ha forjado una alternativa para pensarla y limitarla adecuadamente. Frente a esa nada absoluta que genera todo, es necesario pensar en la nada relativa, la que aparece como negativo o contraste de lo que se es. Esto representa un intento de huir del misticismo tecnologizante que aparecerá a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Frente a esa inmersión en la nada que a todos iguala aparece una nada relativa a nuestro alrededor, tal como afirmará Sartre. O en parecida argumentación, Heidegger entenderá que la nada representa la pregunta filosófica más importante –por qué hay entes en vez de nada–, aunque la pregunta no debe contestarse para preservar la idea de Ser. Pero esta actitud entre sorprendida y respetuosa da paso a la necesidad paradójica de hacer algo con la nada o, mejor dicho, de hacer algo tras la nada. Dos son los autores actuales abanderados de este nihilismo –Jean Baudrillard como denunciante y Peter Sloterdijk como proponente–, de esta doctrina de la nada en la increencia de la realidad y en el desprecio a los valores, que nutre filosóficamente al tecno-hermetismo más culto, para el que representan el papel de nuevos teólogos tecno-herméticos.

Para Baudrillard, la realidad ha sido sustituida por lo virtual, más aún asesinada y reemplazada, gracias a un “crimen perfecto”, por un simulacro virtual. Este crimen perfecto ha dejado la nada detrás de sí. Con tono apocalíptico señala que: “Así se ha realizado la profecía: vivimos en un mundo en el que la más elevada función del signo es hacer desaparecer la realidad, y enmascarar al mismo tiempo esa desaparición” (Baudrillard, 1996: p. 17). El código binario sería así el gran aniquilador de lo real cuyo vacío místico rellena con lo hiperreal. El discurso en código binario sería así: “un discurso en el que no hay nada que decir, el equivalente de un mundo en el que no hay nada que ver. El equivalente de un objeto puro, de un objeto que no lo es” (Baudrillard, 1996: p. 17). No es de extrañar que las propuestas de Baudrillard sean inmediatamente relacionadas con la película tecno-hermética por excelencia, The Matrix. Negando tal reacción, Baudrillard afirma la necesidad de la ironía como forma de escapar a este estado totalitario de la tecnología pero al mismo tiempo es la versión estética de ese crimen casi perfecto donde las máquinas recrean el universo entero para los humanos, gracias de nuevo al código binario.

Sloterdijk, a partir de sus polémicas sobre las Reglas para el parque humano y El hombre auto-operable, ha anunciado el fin del humanismo y por tanto nuestra conversión en dioses autónomos. Siguiendo de una forma curiosa el pensamiento heideggeriano, considera la tecnología como el destino tranquilo y bueno del futuro humano. La inversión de valores se realiza de forma completa; nada hay que garantice la bondad o maldad de las cosas y esa nada entendida como pura potencia tecnológica es la que permite reordenar el cuadro de nuestros valores: “Mientras que el concepto clásico de naturaleza reconduce la bondad de lo real a modelos intemporales de perfección, los artefactos del mundo moderno han de probar su bondad por su eficacia en varias generaciones de la praxis. Aquí nada es bueno menos que pueda ser mejorado constantemente. Ser significa “ser probado” (Getestetwerden). Lo predominantemente maligno o de mala calidad actúa de manera que se elimina o se restringe a sí mismo: lo preponderantemente bueno actúa de modo que se autoexpande y autoprogresa” (Sloterdijk, 2001: p. 90). Como conclusión queda en nuestras manos por completo cómo seremos o qué haremos, con tal de que satisfaga nuestro anhelo. Sospechamos que Sloterdijk no está lejos de otro tecno-hermético que no tiene el mismo caché intelectual pero que se ha convertido en todo un campeón de la evolución por la tecnología: Hans Moravec. Moravec cree que ese proceso de reconstrucción de la realidad por medio de la tecnología no debe tener límite alguno y debe cumplirse hasta en el último átomo de la tierra. Y si la informática y la nanotecnología nos permiten tal cosa, pongámonos mano a la obra.

Ambas formas de nihilismo –una pesarosa y la otra entusiasta– nos descubren que al no haber realidad sólo existe la nada, la nada virtual que crea nuestra realidad virtual, y que no hay ni puede haber nada de valores, sólo una creadora voluntad de poder que genera sus propias reglas y realidades. Pero tal vez las dos posiciones estén equivocadas y realmente ocurra lo que Álvarez propone, la aparición de un nuevo monoteísmo perfectamente tecnohermético: “Dios, cuya muerte anunciara y tematizara Nietzsche como hecho fundamental de la sociedad europea, parece retornar en la forma del uno computacional, sin moral, más allá del bien y del mal, como principio de orden y unificación global. La pluralidad que parecía haberse impuesto se reabsorbe, de este modo, en la unificación computacional” (Álvarez, 2003: p. 108). Ciertamente el deseo de superar el cuerpo, alcanzar la inmortalidad, convertirse en ángeles, hablar un idioma universal…, todos esos proyectos claman por esa unidad cuya base está en la nada creadora. Ese dios que es nada en concreto y todo en general alcanza así su epifanía en la nada ciberespacial y virtual. En ese sentido, Álvarez acierta a mantener un monoteísmo de la realidad que amenaza seriamente la diversidad cultural: el código binario se convierte entonces en un verdadero credo para el tecno-hermetismo. La nada, fundamento último del budismo y del misticismo, adquiere así, en la era de la cibercultura, definitivamente, una extraña carta de naturaleza al afirmarse como una tecno-nada creativa en múltiples manifestaciones, epifenómenos entre el arte, la ciencia ficción e Internet.

Bibliografía


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Tipler, Frank J. Wertheim, Margareth, The Pearly Gates of Cyberspace. A History of Space from Dante to the Internet, Virago, Londres.

© Andoni Alonso

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