El pensamiento de Immanuel Kant sobre la paz leído a la luz de los acontecimientos contemporáneos
I. Kant (1724-1804) no solamente fue un filósofo idealista, con todo lo que implica tal afirmación, sino que también fue un pensador al que se le puede considerar utópico; lo cual no debería extrañar dada la particular orientación criticista que le imprimió a su pensamiento filosófico, el que se encuentra especialmente reflejado en su Crítica de la Razón Pura (1781), lugar desde donde expuso las bases del conocimiento humano leídas desde la lógica de las proposiciones. En este punto –y para comprender mejor el posterior desarrollo que haremos– es interesante destacar que, para Kant, las proposiciones –entre otras caracterizaciones– pueden ser divididas en a priori y a posteriori.
Asimismo, Kant ha producido en su vasta obra escrita conceptualizaciones de naturaleza ética, las que fueron desarrolladas posteriormente, especialmente en la de 1788, en donde pone particular énfasis en el tema de la libertad, en especial la que se refiere a la libertad individual, pero entendida ésta no en un sentido anárquico, sino como la posibilidad de que las personas se gobernasen por sí mismas en función de los dictados de la razón. Esto es, que tal forma de interpretar la moral siempre ha de expresarse dentro de los límites de la racionalidad, ya que tal imperativo ha de conducir a la libertad de los individuos.
Kant nunca estuvo dedicado a la política ni tampoco incursionó intelectualmente de manera directa en temas políticos y ni siquiera acerca de lo que se podría definir como una filosofía política incipiente. Sin embargo, al hacer transitar a su intelecto por la temática ética, inexorablemente lo llevó a rematar en un problema de tratamiento político, y no precisamente menor, como es el de la política internacional. Esto lo realiza cuando se arroja de lleno a las embravecidas aguas del tema y el problema de La Paz Perpetua (1795) a consolidar entre las naciones y los Estados, el cual fue uno de sus últimos escritos. Esto no pudo haber ocurrido de otra forma, ya que tanto la ética como la moral están necesariamente ligada a las expresiones políticas que son las que, en última instancia, le sirven de testimonio. ¿Qué otra cosa es la ética que no sea una expresión política de quienes tienen la tarea de legislar sobre los usos y costumbres de una población determinada durante un lapso de tiempo?.
Si se observa el título de la obra sobre la que vamos a realizar el análisis del pensamiento kantiano en esta oportunidad con el objeto de empalmarlo con la realidad política y social que vive el mundo, entonces se comprenderá por qué fue que en el primer párrafo lo hubiéramos definido como un utópico. Quien pretenda alcanzar un estado paradisíaco de perpetua paz1 no puede ser otra cosa que alguien que transita por los caminos de la utopía (Moro, 1516), lo cual en absoluto desmerece el intento de quienes caminan esos senderos, como fue el caso de Kant. No se debe olvidar que Moro no solamente se refirió a un lugar de inexistencia real –la Isla de Utopía– sino que inauguró una forma literaria y filosófica de planificar idealmente una estructura política de gobierno que fuese perfecta. Por el contrario, en épocas como las que transitamos en la actualidad, en las que lo que domina de manera hegemónica el escenario intelectual y político es el pragmatismo eficientista por sobre cualquier otra consideración, es en tal escenario que a la utopía se la considera desde las cúpulas del Poder político, económico y financiero, a las cuales se suman como cortes de amanuenses buena cantidad de intelectuales que se definen como postmodernos y, para todos ellos no es más que un sinónimo de ingenuidad, por no decir directamente de imbecilia (Rodriguez Kauth, 1997). Por tal razón, dicho rasgo de honestidad y capacidad intelectual realza la figura ya de por sí magnífica de Kant.
En la Primera Parte del texto que trataremos figuran los seis artículos –o leyes– que Kant propone para alcanzar el objetivo de la paz a perpetuidad entre los Estados. La lectura pormenorizada de aquellos permitirá observar hasta que punto la propuesta kantiana no es más que un delirio pacifista, o debe tomársela como una consideración a tener en cuenta cuando las autoridades políticas de los Estados sostienen una postura no hipócrita frente al problema de los pares dialécticos paz y guerra. Es ahí donde asumen seriamente las medidas necesarias para alcanzar la paz en momentos –como los de la contemporaneidad en que se inicia el Siglo XXI– en que la misma se encuentra severamente amenazada por los delirios megalómanos de algunos que se enfrentan al fundamentalismo intransigente, de base religiosa, con argumentaciones igualmente fundamentalistas.
El primer artículo dice textualmente lo siguiente: “No debe considerarse válido ningún tratado de paz que se haya celebrado con la reserva secreta sobre alguna causa de guerra en el futuro”. Kant considera que tales tratados de paz entre Estados beligerantes son meramente un armisticio, el que solo aplaza –o hace un alto en el conflicto que sirve para el rearme y la recuperación de los heridos– hasta la reiniciación de las hostilidades entre las partes. Atinadamente observa que tales tratados no significarían un proyecto de paz, entendida ésta como el fin de las hostilidades entre los beligerantes. Esto no es más que una ingenuidad por parte del autor, ya que nadie puede tener la seguridad de que no existan cláusulas secretas, por lo mismo de que ellas no se han hecho públicas ni han de ser conocidas por otros que los firmantes del “tratado de paz”. Sin embargo, el propio Kant se adelanta a tal consideración al señalar que “La añadidura del calificativo eterna es un pleonasmo sospechoso”. Pero he aquí que no alcanzo a entender porque estima como pleonasmo –que no es otra cosa que una figura de dicción– a la paz eterna, ya que ése es el propósito de su búsqueda y no el agregado innecesario de palabras, como sería el pleonasmo tan utilizado de “subir arriba”, por ejemplo. Me permito discrepar con Kant al respecto, hablar de paz eterna puede aparecer como un pleo-nasmo en la dicción, pero en realidad no es otra cosa que una utopía a alcanzar, aunque cada vez que nos acerquemos a ella, se aleje de nuestros alcances. Pero como escribía Galeano, al menos son útiles para caminar en pos de ellas.
Mas, el propio Kant se anticipa a rechazar la atribución de ingenuidad que apresuradamente le adjudicara en el párrafo anterior, cuando afirma que las causas que puedan dar lugar a desatar una nueva guerra en el futuro, mediato o inmediato, pueden ser desconocidas hasta por los propios negociadores del acuerdo de paz. Es que la pretensión kantiana de que no existan tales acuerdos secretos es algo así como ponerle el punto final a la historia a través de un escrito, algo que pretendieran sin mayor éxito –por no decir con el más estrepitoso de los fracasos– por parte de figuras tan diametralmente opuestas como las de la dupla Marx y Engels (1848) con el materialismo histórico2 como posteriormente lo hiciera F. Fukuyama (1989) con su atrabiliaria propuesta de ponerle un punto final a la historia a partir del fin de las ideologías, entre las cuales impera como rey y señor de todos los pensamientos el capitalismo.
Retomando a nuestro autor, atinadamente observa Kant que tales tratados de paz suelen firmarse por el agotamiento temporario de las partes beligerantes, aunque se reservan la secreta y “… perversa intención de aprovechar la primera oportunidad en el futuro para este fin”, es decir comenzar nuevamente las hostilidades. Sin mayor ironía afirma de manera directa y contundente que tal conducta “… pertenece a la casuística jesuítica y no se corresponde con la dignidad de los gobernantes así como tampoco se corresponde con la dignidad de un ministro la complacencia en semejantes cálculos, si se juzga el asunto tal como es en sí mismo”. Pero he aquí que vuelve a aparecer la ingenuidad en Kant, cuando pretende que exista la virtuosidad de la “dignidad”, tanto en quienes gobiernan como en sus funcionarios. La historia bien demuestra que tal característica no fue precisamente dominante entre aquellos espécimenes que, aun antes de que Maquiavelo (1513) escribiera su célebre tratado, hacían gala y culto por la traición a los pactos y tratados esperando que la oportunidad les fuese propicia para reiniciar las hostilidades habiendo “ganado” tiempo.
Pero nuevamente Kant nos pone al descubierto, en el párrafo siguiente, que la ingenuidad que le adjudicara presurosamente no es tal. Muestra tener los pies bien plantados sobre la tierra al expresar que: “Si, en cambio, se sitúa el verdadero honor del Estado, como hace la concepción ilustrada de la prudencia política, en el continuo incremento del poder sin importar los medios, aquella valoración parecerá pedante y escolar”. Esto fue y es así –no tengo pretensiones de vate como para anticipar que continuará siéndolo, aunque en un futuro inmediato no me caben dudas de que así será– en la historia política universal; siempre el fin ha servido para justificar los medios utilizados, aunque tal estrategia esté reñida con los más elementales principios éticos aplicables a los espacios jurídicos que no hagan a cuestiones políticas y, mucho menos, a las que eufemísticamente se conoce como “razones de Estado”, para justificar lo que es moralmente injustificable.
El segundo artículo que desarrolla Kant en la Primera Parte del texto que ocupa nuestra atención se titula “Ningún Estado independiente (grande o pequeño, lo mismo da) podrá ser adquirido por otro mediante herencia, permuta, compra o donación”. El propio enunciado denota que fue escrito en plena época del auge de las conquistas imperiales sobre los nuevos territorios descubiertos. Sin embargo, supo anticiparse a la política de adquisiciones que años más tarde los Estados Unidos de Norteamérica hicieran sobre Alaska a la Rusia de los zares, entre otras compras prepotentes que más que adquisiciones fueron ocupaciones militares, como lo fue el caso de la conquista de Hawaii y Filipinas.
Más allá de lo anecdótico que pueda presentarnos el devenir de la historia que se sucedió posteriormente, vale la pena hacer un alto en los argumentos utilizados por Kant para realizar tal afirmación que en la actualidad aparece –quizás– como descomedida, pero que se refiere a lo que hoy conocemos como la protección de los Derechos Humanos. Él sostenía que “Un Estado no es un patrimonio (como el suelo sobre el que tiene su sede). Es una sociedad de hombres sobre la que nadie más que ella misma tiene que mandar y disponer. Injertarlo en otro Estado, a él que como un tronco que tiene sus propias raíces, significa eliminar su existencia como persona moral y convertirlo en una cosa, contradiciendo, por tanto, la idea del contrato originario sin el que no puede pensarse ningún derecho sobre un pueblo”. Es decir, Kant hace más de dos centurias fue capaz de reconocer lo que actualmente en Derecho Internacional llamamos el “principio de autodeterminación de los pueblos”, a partir de reconocer al Estado –ya constituido– como una sociedad humana que posee caracteres inviolables, so pena de destruir el contrato social establecido entre los individuos como sociedad con el Estado (Rousseau, 1762) y, en particular, desde el sentido del concepto de soberanía sostenido con anterioridad por Hobbes (1651).
Sobre el tema, Kant no escribió en el vacío de un pensamiento eminentemente racional, sino que básicamente lo rea-lizó a partir de la empiria que le ofrecía la observación de los acontecimientos de su época. Así, continúa diciendo: “Todo el mundo conoce a qué peligros ha conducido a Europa, hasta los tiempos más recientes, este prejuicio sobre el modo de adquisición, pues las otras partes del mundo no lo han conocido nunca, de poder, incluso, contraerse matrimonios entre Estados; este modo de adquisición es, en parte, un nuevo instrumento para aumentar la potencia sin gastos de fuerzas mediante pactos de familia, y, en parte, sirve para ampliar, por esta vía, las posesiones territoriales”.
Con estas líneas, queda explícito que Kant observaba con preocupación las alianzas conyugales que se pactaban entre princesas y reyes de diferentes Estados, las cuales les eran útiles a ambas partes como una forma de adquirir mayor poderío quien ya lo tenía, a la par de la posibilidad cierta de asociarse –merced al matrimonio– al poderío y estar protegido por el de aquellos a los que les faltaba militar o económicamente.
También en el mismo punto Kant llama la atención del lector acerca de “… el alquiler de tropas a otro Estado contra un enemigo no común, pues en este caso se usa y abusa de los súbditos a capricho, como si fueran cosas”. En este punto, al advertir sobre su temor a la cosificación de las personas –los súbditos– nuestro autor se adelanta a los conceptos de alienación y enajenación que años más tarde desarrollaría extensamente Marx (1859) y que posteriormente fuera retomada bajo el concepto de cosificación propiamente dicha por el filósofo húngaro G. Lukács (1923), el que fuera retomado por sociólogos y filósofos contemporáneos3, pero raramente haciendo alguna referencia a este escrito de Kant como un antecedente para sus elucubraciones teóricas.
Durante el tercer artículo, aborda un tema que resulta por demás espinoso para nuestra contemporaneidad, cuando afirma sin ambages que “Los ejércitos permanentes deben desaparecer totalmente con el tiempo”. Ésta no es una frase que se podría considerar rápida y alegremente como antimilitarista, sino que tiene su sustento al argumentar que la existencia de los Ejércitos “… suponen una amenaza de guerra para otros Estados con su disposición a aparecer siempre preparados para ella”. Cualquier semejanza con lo que en el siglo XX conocimos como Guerra Fría es pura coincidencia, como lo que pudo haber ocurrido durante el paso de la historia –previa o simultánea a Kant– con los múltiples procesos armamentistas realizados bajo el pretexto de ser necesarios e imprescindibles para la defensa. Es que en los albores del siglo XXI tales argumentos cobran cuerpo apocalíptico con el llamado “escudo de las galaxias”, o Iniciativa de Defensa Estratégica, como forma defensiva –aunque esconde una intención expansiva– por parte del mayor imperio militar y económico que hemos conocido, es decir, los EE.UU. Antes de la estrepitosa “volteada” del régimen soviético4 he dedicado algunas líneas al tema –o problema– de los equilibrios defensivos, los cuales no son otra cosa que mantener la paz mundial al filo del abismo, debido a que los contendientes participan de una guerra sorda de aumento y mejoramiento de sus arsenales pretextando que con tal estrategia se consolida la paz (Rodriguez Kauth, 1987) ya que nadie saca ventajas respecto a un posible rival. Sin embargo la guerra va –a veces lenta y otras rápidamente– haciendo eclosión en diferentes lugares que poco tienen que ver con los principales contendientes, ya que sirven de campos de pruebas y experimentación de las más sofisticadas armas y tácticas de guerra para ponerlas a punto. El argumento utilizado para mantener el denominado “equilibrio” nunca dejó de ser una forma soez de testimoniar aquello que Kant señalaba de “… estar siempre preparados para ella”, es decir, para la guerra.
Kant añade a sus argumentos en favor de la desaparición de los ejércitos permanentes que “Estos Estados se estimulan mutuamente a superarse dentro de un conjunto que aumenta sin cesar y, al resultar finalmente más opresiva la paz que una guerra corta, por los gastos generados por el armamento, se convierten ellos mismos en la causa de guerras ofensivas, al objeto de liberarse de esta carga; añádese a esto que ser tomados a cambio de dinero para matar o ser muertos parece implicar un abuso de los hombres como meras máquinas e instrumentos en manos de otro (del Estado); este uso no se armoniza bien con el derecho de la humanidad en nuestra propia persona. Otra cosa muy distinta es defenderse y defender a la patria de los ataques del exterior con las prácticas militares voluntarias de los ciudadanos, realizadas periódicamente”. En esta larga parrafada es preciso destacar dos ejes claves del mismo: a) el primero es el referido a los enormes gastos que implica el armamentismo y el mantenimiento de Fuerzas Armadas –que son recursos que se retiran de circulación para la atención de las necesidades de los súbditos (Rodriguez Kauth, 2000)– gastos que nunca mejor pueden ser considerados –en sentido contable– que de tal forma, ya que no suponen forma de inversión productiva alguna; y b) la reiteración que desarrolla, en la penúltima parte del párrafo, cuando alude a que tal sostenimiento sirve solamente para entender a las personas como “máquinas”, con lo cual recurre nuevamente al concepto de cosificación ya expuesto y que le preocupaba seriamente.
Y, para finalizar con el punto en cuestión, Kant arremete contra la formación incipiente del capitalismo como un arma para la guerra, cuando expresa que “Lo mismo ocurriría con la formación de un tesoro, pues, considerado por los demás Estados como una amenaza de guerra, les forzaría a un ataque adelantado si no se opusiera a ello la dificultad de calcular su magnitud (porque de los tres poderes, el militar, el de alianzas y el del dinero, este último podría ser ciertamente el medio más seguro de guerra). Sin dudas que estas palabras fueron proféticas, ya que la consolidación posterior del capitalismo convirtió al dinero en el arma más poderosa, no sólo para la agresión militar a otros pueblos, sino como instrumento útil para ejercer violencia económica sobre aquellos, utilizando la financiación de la deuda pública de los pueblos empobrecidos5 para cumplir con aquello que Kant rechazara de plano en el segundo punto tratado, es decir, la compra o adquisición de Estados –de manera indirecta, logrando el sometimiento de sus autoridades a los dictados y órdenes que se les envían desde la metrópoli imperial para someterlos a la humillación de servir al mandante– a partir del vasallaje impuesto por la amenaza del cobro compulsivo de lo adeudado.
Si se ajusta lo expresado a lo que ocurriera en el mundo luego de los atentados terroristas del 11 de septiembre, debe tenerse en cuenta que entre 7 y 8 millones de afganos estaban pasando las penurias de la hambruna antes de esa fecha. Sin embargo, el 16 de setiembre los Estados Unidos exigieron a Pakistán “… la eliminación de los convoyes de camiones que suministraban gran parte de los alimentos y otras provisiones a la población civil de Afganistán. Esta información se transmitió por las radios nacionales en toda Europa el día siguiente y no hubo ninguna reacción ante la exigencia de que se impusiera la muerte por hambre a millones de personas” (Chomsky, 2001).
En el siguiente punto, de los seis que Kant desarrolla, dice que “No debe emitirse deuda pública en relación con los asuntos de política exterior”. Aquí invierte el orden de la deuda pública que le adjudicáramos en el párrafo anterior. A lo que aquí se refiere Kant es a que la emisión interna –para consumo de capitales vernáculas o foráneos– de deuda pública resulta ser una “… fuente de financiación [que] no es sospechosa para buscar, dentro o fuera del Estado, un fomento de la economía (mejora de los caminos, nuevas colonizaciones, creación de depósitos para los años malos, etc.). Esto significa que no reniega de las emisiones de deuda pública cuando aquellas tienen un sentido de reparación social, aunque no por eso deja de llamar la atención que para fomentar la economía, por supuesto europea, proponga “nuevas colonizaciones”; es muy probable que para hacer tales aseveraciones haya estado influido por el espíritu de la época. En este punto surge una contradicción con los argumentos que utilizará en la última de las leyes que propone en este Primer Libro, cual es que las guerras deben evitar el “castigo” por parte de Estados superiores a los que son inferiores. La colonización siempre ha llevado implícitamente consigo el sentido del castigo del colonizador sobre el colonizado, utilizando como estrategia, en más de una oportunidad6 las múltiples tácticas utilizadas de sembrar el terror entre las poblaciones sometidas, con el fin de que aquellas se entreguen pasivamente a la voluntad de quien primero fue conquistador y luego colonizador de sus territorios. Con ello se terminó por condenar a los pueblos a vivir en la indignidad, el desamparo y la desesperanza, no en vano F. Fanon (1970) los llamó los condenados de la tierra.
Más, inmediatamente añade lo siguiente: “Pero un sistema de crédito, como instrumento en manos de las potencias para sus relaciones recíprocas, puede crecer indefinidamente y resulta siempre un poder financiero para exigir en el momento presente (pues seguramente no todos los acreedores lo harán a la vez) las deudas garantizadas (la ingeniosa invención de un pueblo de comerciantes en este siglo); es decir, es un tesoro para la guerra que supera a los tesoros de todos los demás Estados en conjunto y que sólo puede agotarse por la caída de los precios (que se mantendrán, sin embargo, largo tiempo gracias a la revitalización del comercio por los efectos que éste tiene sobre la industria y la riqueza).
Con tal argumento Kant termina por ratificar lo que señaláramos anteriormente sobre la exigencia del pago de la deuda pública –la que está bajo tenencia y caución de Estados poderosos– como un instrumento de vasallaje. Solamente se equivocó Kant cuando asegura que no habrá caída de los precios de las mercancías debido a la revitalización del comercio; su pronóstico fue erróneo, ya que el siglo XX nos dejó marcada la impronta de que es posible que existan territorios con riquezas naturales en pleno proceso de explotación y que simultáneamente coexistan con pueblos que los habitan viviendo en la más misérrima de las pobrezas. Es que lo que él llamó la ingeniosa invención de un pueblo de comerciantes no es más que la utilización del comercio para el sometimiento de los “condenados” a manos de quienes los han condenado a esa indigna forma de sobrevivir.
A continuación, Kant agrega una serie de consideraciones que nos parecen por un lado premonitorias y, por otra parte, que aquellos pronósticos –lamentablemente para el bienestar de la humanidad– tuvieron la capacidad de ser certeros. “Esta facilidad para hacer la guerra unida a la tendencia de los detentadores del poder, que parece estar insita en la naturaleza humana, es, por tanto, un gran obstáculo para la paz perpetua; para prohibir esto debía existir, con mayor razón, un artículo preliminar, porque al final la inevitable bancarrota del Estado implicará a algunos otros Estados sin culpa, lo que constituiría una lesión pública de estos últimos. En ese caso, otros Estados, al menos, tienen derecho a aliarse contra semejante Estado y sus pretensiones”. Es interesante la observación de tipo psicosocial –y psicopolítica– que realiza acerca de la naturaleza humana y el sentimiento de omnipotencia que se genera por parte de quienes detentan el Poder, ya que la misma se ha visto ratificada con creces a lo largo de la historia de la humanidad plagada de prepotentes que quisieron tener la única “verdad” en sus manos7.
Asimismo, la propuesta que hace en el último párrafo, que está referida al derecho al establecimiento de alianzas entre Estados expoliados continúa teniendo total vigencia, aunque es de lamentar que los intentos realizados hasta ahora hayan, en general, caído en saco roto o se hayan visto manipulados por los Estados hegemónicos que se verían afectados por aquellas alianzas estratégicas que se formaran para enfrentar a los poderosos.
El penúltimo artículo que desarrolla dice así en su encabezado: “Ningún Estado debe inmiscuirse por la fuerza en la constitución y gobierno de otro”. Como es fácil observar, el texto también está referido a lo que anteriormente definimos como el derecho a la autodeterminación de los pueblos y de los Estados. En realidad, Kant se estaba refiriendo más precisamente a éste último punto, es decir, el de la constitución o formación de los Estados desde su autodeterminación. Esto se observa con prístina claridad cuando dice que: “Sin embargo, no resulta aplicable al caso de que un Estado se divida en dos partes a consecuencia de disensiones internas y cada una de las partes represente un Estado particular con la pretensión de ser el todo; que un tercer Estado preste entonces ayuda a una de las partes no podría ser considerado como injerencia en la constitución de otro Estado (pues sólo existe anarquía). Sin embargo, mientras esta lucha interna no se haya decidido, la injerencia de potencias extranjeras sería una violación de los derechos de un pueblo independiente que combate una enfermedad interna; sería, incluso, un escándalo y pondría en peligro la autonomía de todos los Estados”.
Pareciera ser que Kant estuviese viendo desde la soledad de su gabinete de trabajo lo que en el futuro se conoció como “proceso de balcanización”. Fenómeno éste que los imperialismos de turno –y de regiones geográficas– aplicaron en su beneficio, a partir de ofrecerle su apoyo a aquel sector que disputaba la soberanía de un espacio territorial desde la existencia de pactos secretos establecidos –y algunos de ellos por demás públicos– que facilitarían el mantenimiento de su influencia política, económica y militar posterior. Cuando no se pudieron acordar tales pactos, entonces se dividió a los territorios y a sus diversos grupos culturales como si fuesen una torta de cumpleaños, vale decir, en múltiples pedazos dejando aislados por fronteras antojadizas a pueblos que siempre vivieron juntos o, lo que es peor, integrando bajo un mismo amparo territorial y gubernamental a pueblos que atávicamente se odiaban, como ocurrió en el África en 1997, más precisamente en Ruanda, donde se hizo convivir a las tribus de hutus y tutsis, con lo cual se condujo a la instalación de una guerra tribal que a la fecha contabiliza más de un millón de muertos y otro tanto de desplazados que buscan refugio en otras partes del mundo.
Se podrían seguir contando por centenas situaciones semejantes, pero solamente ocuparemos la atención del lector con un hecho paradójicamente dramático, como es el que ofrecieron –en la finalización del siglo XX– Rusia, Ucrania y Bielorrusia, que se han convertido en las principales proveedoras de armas a países empobrecidos que mantienen conflictos limítrofes, debiéndose destacar el extraño hecho ocurrido durante la Guerra del Cuerno de Africa, entre Eritrea y Etiopía. Todos aquellos ex miembros de la Unión Soviética proveían tanto a unos como a otros contendientes de sofisticados armamentos aduciendo –en el caso de los rusos y según expresiones de su Ministro de Comercio– que el problema moral ¡no es de quien hace la venta, sino de quienes les compran!
Y el último de los artículos pareciera estar redactado teniendo un conocimiento anticipado de los trágicos episodios del 11 de septiembre de 2001 en los EE.UU.8 y las réplicas desaforadas e inhumanas que tales hechos inconcebibles produjeron sobre la población que habita el territorio de Afganistán9. Kant dice textualmente así: “Ningún Estado en guerra con otro debe permitirse tales hostilidades que hagan imposible la confianza mutua en la paz futura, como el empleo en el otro Estado de asesinos, envenenadores, el quebrantamiento de capitulaciones, la inducción a la traición, etc”. Da la impresión que el texto estuviese redactado como sanción o advertencia para todo episodio bélico que haya existido o que existirá. Al respecto, vale la pena repasar los cuatro módulos de ejemplos que propone y preguntarse –antes de llegar a colocar el etc., que incluye otras formas aberrantes de conducta y de las que se dan con frecuencia en las guerras– lo siguiente:
a) Si acaso la introducción de asesinos en otro Estado no se manifiesta con el necesario uso de fuerzas militares de invasión primero y de ocupación después sobre un territorio; aquellas no son más que tropas compuestas por asesinos autorizados a matar por el Estado invasor quien los instruyó y armó para tal acción (Alberdi, 1879). A su vez, ¿de qué otro modo se pueden considerar –que no sea como asesinos– a los “topos”10 y que pueden ser ejemplificados con lo que ocurriera con los que fueron introducidos por los fundamentalistas islámicos en los EE.UU. El propósito de éstos fue el del asesinato en masa con el fin de sembrar un clima psicológico de terror en la población norteamericana en particular y en la occidental en general? Y la utilización de saboteadores introducidos detrás de las filas enemigas para atentar contra objetivos, ya sean militares o civiles, ¿no es también una forma de asesinato? Son tres maneras diferentes de utilizar asesinos, aunque igualmente denostables, más allá de cual sea el lugar en que cada uno de los lectores haya depositado sus lealtades políticas e ideológicas.
b) El uso de envenenadores también es una práctica antigua como las mismas guerras entre los humanos –no tan humanos ellos desde el momento en que recurren a tales ardides poco humanitarios para con las víctimas–. Ésta fue una de las primeras prácticas de lo que en la actualidad se conoce como la tan temida guerra bacteriológica y que va desde el envenenamiento de los ríos y pozos de agua en que beben los enemigos mediante la diseminación en los mismos de animales muertos, así como la colocación de cadáveres infectados de viruela detrás de las líneas enemigas para provocar la contaminación e infección devastadora de aquellas. En la contemporaneidad, las estratagemas utilizadas para envenenar son más sofisticadas y, por consiguiente, más efectivas en cuanto a su capacidad destructiva. Desde el uso del gas mostaza durante la Primera Guerra Mundial que producía graves quemaduras11; el gas sarín que provoca la destrucción del sistema nervioso y del que se sospecha que fue utilizado por los japoneses al invadir China; pasando por las bombas de napalm que se arrojaron durante la guerra contra el pueblo vietnamita hasta la más reciente utilización del virus del ántrax mediante el envío de correspondencia que se usó recientemente contra la población civil de los EE.UU. por parte de los talibanes fundamentalistas.
Debe tenerse en cuenta que las tácticas de envenenamiento no solamente apuntan a destruir a los ejércitos en conflicto, sino que fundamentalmente apuntan a matar a la población civil y hasta pueden producir graves daños a la producción económica del enemigo; las mismas son utilizadas normalmente en acciones de sabotaje. Todas ellas son técnicas de envenenamiento a las cuales Kant denostaba por deshonrosas –como a cualquiera de las otras prácticas– por parte de los victimarios. Y no se equivocó Kant al considerarlas de tal forma. Desde la Conferencia de La Haya celebrada en 1899, pasando por un protocolo que se firmó en 1925 en lo que era la Sociedad de las Naciones –en Ginebra– y su continuación institucional en la Asamblea de las Naciones Unidas en 1971 durante su Conferencia de Desarme –también en Ginebra– hasta que en 1993 se prohibió por un acuerdo celebrado bajo el nombre de Tratado de la Convención sobre Armas Químicas el uso y hasta la comercialización de sustancias útiles para la producción de tales “armas”, nos encontramos delante de un largo collar de declamaciones y declaraciones de buenas intenciones. Es decir, los pueblos han tomado conciencia del uso perverso de tales instrumentos de destrucción. Pero también vale recordar que a la fecha existen más de sesenta naciones que no han rubricado el último acuerdo de los señalados y, algo que agrava la situación, que muchos de los firmantes continúan produciendo tales armas biológicas.
c) Con respecto al quebrantamiento de capitulaciones a que se refiere Kant, no creo que lo haga en cuanto al concepto que se tenía por entonces de capitulación, considerado como el contrato realizado entre un monarca y un particular, figura contractual de uso frecuente durante la Edad Media y, más tarde, en las campañas de conquista y colonización de los territorios descubiertos; sino que entiendo que él estaba haciendo referencia a las capitulaciones entre bandos en conflicto, dado el tenor general de la temática. Y ésta también es una estrategia utilizada para engañar al enemigo del cual sobran ejemplos en la historia bélica universal y sobre el cual no haremos perder mayormente el tiempo al lector con explicaciones innecesarias que son por demás conocidas por todo aquel que se haya interesado mínimamente en la historia de las guerras. Simplemente añadiremos que es una práctica antigua que sobrevive hasta nuestros días y cuyo mayor defecto –además de las obvias muertes que causa– es quebrantar la “palabra de honor” empeñada en oportunidad de celebrar la capitulación en actos celebrados con bombos, platillos e instrumentos de viento –al estilo de las fanfarrias– y que solamente se realiza a efectos de reagrupar tropas, lograr el rearme, recuperar a los heridos y consolidar las líneas logísticas de abastecimiento al frente… para de manera sorpresiva comenzar nuevamente con las hostilidades.
d) Por último, repasemos lo que Kant consideró como la inducción a la traición. Sin dudas que una de las formas de conocer los planes secretos de agresión o defensa que el enemigo tiene –obviando los modernos sistemas de desciframiento de mensajes– su punto clave se ubica en la traición de algunos miembros del contendiente hacia quien le deben fidelidad. Tal conducta puede lograrse por la utilización de múltiples estrategias, entre ellas las más populares son las recompensas monetarias, la oferta de inmunidad cuando el enemigo haya triunfado merced a los favores de la traición y las razones ideológicas. Desde una lectura psicosocial, como es la de la disonancia cognitiva (Festinger, 1957; Rodríguez Kauth, 1987b) las recompensas en dinero por la traición son poco confiables para el comprador de la información, mientras que la más segura es la que se realiza por motivaciones políticas o ideológicas. De cualquier forma, la traición siempre es un acto deleznable –cuando es inducida– que merece la condena social inclusive de parte de quien la indujo; no ocurre lo mismo cuando la traición es producto de la voluntad del “traidor”. Ejemplos sobran al respecto: San Martín –el libertador de Argentina, Chile y Perú– en puridad debiera ser considerado un traidor a la Corona Española; Lenin también lo sería con relación a su Rusia natal a la cual traicionó para colaborar con su derrota en la Primera Guerra; con G. Washington ocurriría otro tanto respecto a Gran Bretaña y el propio C. de Gaulle lo habría sido con su Francia ocupada luego de capitular ante la Alemania nazi. La lista de ejemplos es interminable, por lo cual sólo resta –para atenernos al texto kantiano– tener en cuenta el uso del término “inducción”, el cual convierte a la traición en un acto repudiable. ¿De qué otra manera se podría definir la oferta multimillonaria en dólares que ofrece el gobierno de los EE.UU. a quien aporte datos certeros que lleven a la captura o muerte del terrorista islámico O. Ben Laden?.
Hechas estas consideraciones marginales de actualización que terminan por convertir en imposible la confianza mutua en la paz futura, frase que contiene un concepto esencial como es el de “la confianza mutua”, sin el cual nunca se alcanzará la paz, es momento de que dejemos al lector continuar con el texto de Kant. Así, él estima que moralmente “Éstas son estratagemas deshonrosas, pues aun en plena guerra ha de existir alguna confianza en la mentalidad del enemigo, ya que de lo contrario no se podría acordar nunca la paz y las hostilidades se desviarían hacia una guerra de exterminio”. Obsérvese que, en este párrafo, Kant se adelanta al criterio de exterminio, el cual fuera dos siglos más tarde utilizado por sus compatriotas alemanes cuando propusieron como “solución final” al “problema judío” el simple y llano exterminio de aquellos. Inclusive, en la actualidad existen nazis que lo único que no le perdonan a Hitler fue no haber terminado con todos los judíos, que solamente el Holocausto hubiese sido sobre seis millones de ellos y que algunos sobreviviesen como para que llegar a fundar un Estado autónomo, como es el de Israel. Un idéntico criterio de exterminio es el que se está utilizando a finales de 2001 cuando –horrorizados– contemplamos en las pantallas de televisión como la aeronáutica norteamericana deja caer bombas de dos mil toneladas sobre alguna región afgana con el objetivo de exterminar a la banda terrorista de Ben Laden.
Continúa diciendo Kant que “… la guerra es, ciertamente, el medio tristemente necesario en el estado de naturaleza para afirmar el derecho por la fuerza (estado de naturaleza donde no existe ningún tribunal de justicia que pueda juzgar con la fuerza del derecho)”. En estas palabras empleadas por Kant es posible inferir la influencia que tuvo el romanticismo de Rousseau (op. cit.) en su pensamiento respecto al tema. Se trataba del romanticismo de las ideas, era el romanticismo de la utopía de quienes se desvelaban por sus amores para con la Humanidad. Y sigue diciendo que “… en la guerra ninguna de las dos partes puede ser declarada enemigo injusto (porque esto presupone ya una sentencia judicial) sino que el resultado entre ambas partes decide de qué lado está el derecho (igual que ante los llamados juicios de Dios)”. Estas líneas, entrecortadas arbitrariamente por mi parte, merecen una atención especial en cuanto al criterio de justicia que suele imperar en las guerras. Ambas partes se consideran justas y entienden que el que se ubica del lado –en la injusticia– es el enemigo y, lo más interesante está cuando hace referencia al resultado del conflicto, que es el que decide de qué lado está el Derecho. Esto se pudo observar palmariamente cuando la finalización de la Segunda Guerra Mundial y las potencias triunfadoras constituyeron los Tribunales de Nuremberg y de Tokio para juzgar a sus vencidos en los campos de batalla. Es decir, de un plumazo –y más allá de la coincidencia que se pueda tener con aquellos juicios– la razón de la fuerza se impuso sobre la fuerza de la razón para decidir quienes tenían la Justicia de su lado y quienes eran los criminales de guerra12. En una burla a los principios del Derecho, tales Juicios quedaron revestidos de autoridad legítima en función de dos actas de acuerdo refrendadas por los aliados vencedores y en las cuales los vencidos no tuvieron arte ni parte para decidir sobre su legitimidad para ser juzgados, ya que la metodología fue establecida ex post facto. En tal sentido, es de destacar que en la última década vigesimonónica hubo una superación del criterio expuesto acerca de que la Justicia se gana por la fuerza y entonces se estableció la existencia de un Tribunal Internacional Penal para juzgar los crímenes de guerra –con el auspicio de las Naciones Unidas– con lo cual se vino a llenar un vacío jurídico que dejaba librado al resultado de los conflictos la aplicación de sanciones. No me caben dudas de que esto es algo que hubiera deseado íntimamente Kant, aunque para su época fuera algo impensable todavía.
Inmediatamente a lo transcripto, añade Kant que “… no puede concebirse, por el contrario, una guerra de castigo entre Estados (pues no se da entre ellos la relación de un superior a un inferior)”. Lamentablemente Kant no tuvo en cuenta que el “castigo” no es más que una forma que adopta la venganza por reales o supuestas injurias sufridas por el Estado que pretende erguirse en el castigador, que en última instancia termina por convertirse en un vengador que se considera superior. Tal fenómeno se puede apreciar con las acciones bélicas emprendidas contra Afganistán, que lo que hicieron fue responder al clamor de venganza de un pueblo que se vio afectado en su autoestima de intocable en cuanto se entiende como superior a cualquier otro Estado sobre la faz de la Tierra. Ésta fue quizás la primera vez en que el agredido fue el hegemónico poseedor de la agresión contra los otros y, casi con seguridad, ésa sea la causa del sentido de castigo y venganza que se les imprimió a las acciones de represalia que se sucedieron luego de meditarlas con el sentido que utilizan los estrategas militares.
“De todo esto se sigue que una guerra de exterminio, en la que puede producirse la desaparición de ambas partes y, por tanto, de todo el derecho, sólo posibilitaría la paz perpetua sobre el gran cementerio de la especie humana y por consiguiente no puede permitirse ni una guerra semejante ni el uso de los medios conducentes a ella. Que los citados medios conducen inevitablemente a ella se desprende de que esas artes infernales, por sí mismas viles, cuando se utilizan no se mantienen por mucho tiempo dentro de los límites de la guerra sino que se trasladan también a la situación de paz, como ocurre, por ejemplo, en el empleo de es-pías, en donde se aprovecha la indignidad de otros (la cual no puede eliminarse de golpe); de esta manera se destruiría por completo la voluntad de paz”.
Nuevamente nos hallamos frente a conceptos casi proféticos en Kant, aunque no ignoraba que en el siglo XVII aproximadamente el 40% de la población alemana fue eliminada en una sola guerra. Si bien es cierto que él no conocía los alcances casi ilimitados a que podrían llegar esas artes infernales, como es el uso de la energía atómica con fines de destrucción masiva13 y que han mantenido al mundo en vilo durante todo el largo período de la Guerra Fría y que hicieron pensar que se estaba ante la paz perpetua sobre el gran cementerio de la especie humana. No quepan dudas de que la inteligencia humana tiene un límite, mientras que la estupidez no lo encuentra y así continuamos malgastando esfuerzos en la investigación y desarrollo de armamentos que cada vez son más potentes para lograr la devastación y desaparición total de la humanidad merced a su capacidad de su acción destructiva. Y, lo peor, es que los programas que se están utilizando en Afganistán están basados en el supuesto de que se pueden matar a millones de personas con la mayor impunidad y tranquilidad, como si esto fuese algo normal, de la vida cotidiana.
Para finalizar con la exposición del texto kantiano, debemos anotar que él considera a los seis puntos desarrollados como “leyes”, de tal suerte señala que “… objetivamente, es decir, en la intención de los que detentan el poder, hay algunas que tienen una eficacia rígida, sin consideración de las circunstancias, que obligan inmediatamente a un no hacer”, tal es el caso de las enumeradas en los apartados primero, quinto y sexto, en tanto que las tres restantes “… sin ser excepciones a la norma jurídica, pero tomando en cuenta las circunstancias al ser aplicadas, ampliando subjetivamente la capacidad, contienen una autorización para aplazar la ejecución de la norma sin perder de vista el fin, que permite, por ejemplo, la demora en la restitución de ciertos Estados después de pérdida la libertad del número 214, lo que supondría su no realización, sino sólo para que la restitución no se haga de manera apresurada y de manera contraria a la propia intención. La prohibición afecta, en este caso, sólo al modo de adquisición, que no debe valer en lo sucesivo, pero no afecta a la posesión que, si bien no tiene el título jurídico necesario, sí fue considerada como conforme a derecho por la opinión pública de todos los Estados en su tiempo (en el de la adquisición putativa)”. Con esto último se está refiriendo a las adquisiciones en apariencia o supuestas, con lo cual se justificarían posesiones hecha en el pasado.
De esta forma termina la primera parte del texto que nos hemos propuesto analizar en este escrito. No me quedan dudas de que en un aspecto poco explorado de la obra kantiana –como es el de la filosofía política– nuestro autor demuestra una vez más su notable capacidad para advertir y lograr síntesis superadoras de temas y problemas a la vez candentes y urticantes. Su planteamiento respecto a la guerra y a las consecuencias de éstas si no se respetan las seis leyes por él propuestas siguen teniendo plena vigencia en una contemporaneidad que más allá de las declamaciones de los pretendidos estadistas, al igual que en la viejas películas del Lejano Oeste, los conflictos terminan resolviéndose –cuando se resuelven– a los tiros.
Con buen criterio esto mismo lo señala el filósofo italiano A. Dal Lago (2001) al decir que “Defender la razón de la paz, después del 11 de septiembre, resulta muy difícil”. Y esto lo resalta no solamente por los atentados de aquella fecha, sino que también obedece “Sobre todo, porque “paz” es hoy una palabra privada de sentido político concreto, un valor visiblemente incapaz de animar alguna forma eficaz de acción política”. Es que la “paz” aparece como un recurso lingüístico coyuntural al cual se recurre cuando afecta los intereses concretos de aquel que la defiende. La Unión Soviética proclamó el vocablo a los cuatro vientos15, en tanto hacía la guerra contra quienes se opusieran a sus proyectos hegemónicos de dominación sobre territorios ocupados militarmente y que luchaban por su independencia16. El caso más hipócrita –u oportunista (Ferrater Mora, 1971)– al respecto lo representó, a mediados de diciembre de 2001, cuando la Iglesia Católica (Rodriguez Kauth, 2000b) hizo un llamamiento en favor de la paz a la cruenta guerra entablada entre palestinos e israelíes argumentando la seguridad de unos doscientos mil católicos que habitan en la región e importándole poco la suerte de los millones de hebreos y musulmanes que viven en la región.
En síntesis, Kant se propuso una meta muy elogiable, por cierto, como es la de sentar bases políticas, jurídicas y éticas para la consolidación de la paz perpetua; pero el estudio que hagamos –no necesariamente muy concienzudo– de la historia universal demostrará que la misma es prácticamente un imposible de alcanzar. Kant utilizó para ello proposiciones apriorísticas –siguiendo su esquema conceptual– aunque debe notarse que a posteriori las mismas fueron ratificadas por los hechos y acontecimientos históricos. En realidad, lo que a él le interesaba era básicamente el “camino” y no el objetivo final en sí mismo al que condujera aquel. En esto se adelantó en más de una centuria a su compatriota, el socialdemócrata revisionista E. Bernstein17, para quien el sendero a recorrer era la clave de la acción política, en contraposición con lo que sostuviera el heredero de Engels –K. Kautsky– quien subrayaba el papel de la meta, es decir, en su caso, la conquista del Estado. Para nuestro caso se trata de la conquista de la paz –perpetua en el objetivo de Kant y que compartimos– la cual está por sobre los intereses de los Estados, ya que es de interés de los individuos que lo componen como derecho inalienable que les corresponde por su condición de personas (Rodriguez Kauth, 1989).
Para finalizar, simplemente reproducir unas palabras del poeta y pensador uruguayo Eduardo Galeano:
Ella está en el horizonte.
Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos.
Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá.
Por mucho que yo camine nunca la alcanzaré.
¿para qué sirve la utopía?
Para eso sirve: para caminar.
© Ángel Rodríguez Kauth.
BIBLIOGRAFIA
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NOTAS
(1) La que por empiria solamente se encuentra en los cementerios.
(2) Que remata el desarrollo histórico en la utópica sociedad comunista en la que todos seremos iguales y la guerra no tendrá razón de ser.
(3) Especialmente los de la Escuela de Frankfurt.
(4) Que no fue una caída como ha pretendido imponérselo a través de los medios de prensa, ya que fue protagonizado por el pueblo ruso en su afán de búsqueda de la libertad (Rodriguez Kauth, 1993).
(5) Cuya pobreza es producto de la explotación sistemática a que se han visto sometidos por el imperiocapitalismo.
(6) Como lo fue en el último milenio, la conquista y colonización de Irlanda por parte de los ingleses; las matanzas de nativos en lo que hoy es América Latina tanto por los españoles, portugueses y los propios ingleses; las campañas de saqueo en la conquista del África magrebí como en la subsahariana realizadas por franceses, alemanes, ingleses, belgas y holandeses; y los tristes episodios ocurridos en el extenso territorio asiático, de los cuales sólo mencionaremos que en la actualidad los afganos que luchan contra los talibán que ocuparon militar y políticamente su país, hoy se resisten a que tropas inglesas vuelvan a invadirla debido a la triste experiencia que tuvieron con la presencia de los británicos en sus desérticas tierras. De esta manera hostil fue que Europa conquistó a buena parte del mundo.
(7) El siglo XX esto lo vivió bajo las diferentes formas en que se expresó el fascismo y el XXI lo inauguró con el testimonio fundamentalista de dos Estados que creen tener en su poder la “verdad” revelada desde sus respectivas divinidades.
(8) A los cuales Chomsky (op. cit.) considera como un auténtico acontecimiento histórico, debido a que produjeron una situación radicalmente nueva en la escena política internacional.
(9) Al momento de terminarse de escribir estas líneas, no sería de extrañar que un ataque igualmente devastador se produjese contra Irak o Somalia como represalia al apoyo que brindaron a los talibán: “Irak es un país que amenaza a sus vecinos, a nuestros intereses y a los intereses de nuestros amigos” (de C. Rice, asesora de seguridad de Bush); “Igual que otros, Somalia es un país potencialmente adecuado … para una militar en defensa de ley” (del General R. Myers, jefe del Estado Mayor Conjunto de los EE.UU.).
(10) Nombre con que se les conoce en el espionaje internacional a los agentes encubiertos que permanecen viviendo escondidos pacíficamente –incluso durante muchos años– en territorios enemigos hasta que son “activados” mediante una orden que reciben de manera indirecta de sus mandos con el objetivo de cometer una acción criminal en el lugar de residencia (Pastor Petit, 1996).
(11) Y del cual se tienen fundadas sospechas de que fue utilizado por Irak contra los iraníes en la Guerra que sostuvieron durante buena parte de la de década de 1980–90.
(12) Como si entre los triunfadores no se hubieran cometido crímenes de guerra, obviando la consideración de que toda guerra es de por sí un crimen.
(13) Su uso en Hiroshima y Nagasaki fue un genocidio, aunque nunca fuera juzgado como tal.
(14) Como él lo expresa en latín, hasta las calendas griegas, haciendo alusión a las promesas incumplidas del Emperador romano Augusto. Asimismo, Ossorio (1992) recuerda que el uso de la frase “calendas griegas” es una forma irónica de referirse a un tiempo que nunca llegará, debido a que los griegos no tenían calendas.
(15) A punto tal que la capsula espacial Mir, significa en su traducción nada menos que paz.
(16) Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Chechenia, hasta la propia Afganistán, etc.
(17) Siempre bien denostado por las jerarquías de la partitocracia comunista.