"Cambiar la vida" o la irrupción del individualismo transpolítico
Las líneas que siguen no se proponen analizar Mayo del 68 como una crisis multidimensional que haya hecho tambalearse, según modalidades ampliamente heterogéneas, el mundo obrero y estudiantil, la esfera del Estado o los aparatos políticos y sindicales. Lo que analizaré aquí es lo que podría llamarse el espíritu de Mayo, es decir, el conjunto de significaciones, de finalidades, de reivindicaciones, de actitudes y de acciones típicas de ese momento y que dieron al movimiento su verdadera originalidad histórica. Espíritu de Mayo que se concreta especialmente en el movimiento estudiantil pero del que pueden hallarse numerosos trazos en la actitud de los jóvenes en general, estudiantes o trabajadores. Lo esencial a nuestros ojos es que el espíritu de Mayo no puede comprenderse fuera de la emergencia del individualismo moderno, que representa un caso particular, significativo de un mar de fondo de nuestras sociedades, incluso sin haber sido más que un eslabón intermedio, compuesto, de corta duración, entre dos momentos en la historia de las democracias. Es verdad que en Mayo los jóvenes se alzaron contra la privatización de la existencia generada por la burocratización capitalista y por la “sociedad de consumo”, pero aún es más cierto que el movimiento se caracterizó por reivindicaciones y valores de esencia individualista que pasan más inadvertidos de lo que deberían. Pero vayamos con calma. No sería lógico intentar deducir un movimiento como el de Mayo de un principio único. Sería una tarea evidentemente absurda. A perfilar el espíritu de Mayo contribuyeron causas coyunturales, múltiples, propias de la Francia de los años sesenta. Lo único es que no se ha subrayado lo bastante el papel de los valores y de las representaciones que sustentan desde los cimientos nuestra vida colectiva e individual. Tan sólo relacionando Mayo con la dinámica y las metamorfosis del individualismo democrático podremos comprender con más justeza la significación y el lugar del fenómeno en nuestras sociedades a largo plazo.
En Mai, fais ce qu’il te plaît (En mayo, haz lo que te apetezca)
Hablar de individualismo a propósito de Mayo del 68 pone de relieve un aspecto algo paradójico. Tanto más, si hacemos nuestro el enfoque más clásico de este tipo de fenómenos, tal y como lo realiza, por ejemplo, Tocqueville. Sabemos que el individualismo remite a un tipo históricamente determinado de existencia, de personalidad, de aspiración resultante de la desagregación del orden social jerárquico, de la centralización estatal, del avance de la igualdad de las condiciones. En este sentido, el individualismo se distingue por dos rasgos correlativos que esconden un mismo debilitamiento del vínculo social. Por una parte, un fenómeno de repliegue sobre uno mismo y de implicación intensa de la esfera privada: los individuos “se aíslan”, se vuelven hacia sí mismos, buscando sus intereses privados en vista a una vida mejor para ellos y sus allegados. Por otra, un fenómeno de pérdida de interés por la res publica, de desmotivación por las grandes cuestiones que conllevan el orden de la Ciudad: escasa participación en las actividades colectivas, indiferencia por el vínculo colectivo, “despolitización”, traducen esta supremacía del espíritu individualista. En estas condiciones, es difícil e incluso contradictorio considerar Mayo del 68 como un movimiento individualista. En mayo, se produjo, es cierto, una breve pero intensa movilización pública, una fuerte participación de los individuos, de los jóvenes en concreto, en la acción colectiva y en la vida social. Durante varias semanas, los debates políticos –en el más amplio sentido de la expresión– estuvieron en el centro de las preocupaciones. Ya no hubo otra cosa que reformas de la Universidad, crisis del capitalismo, revolución social...; las manifestaciones se sucedieron en cascada y se asistió a una extraordinaria “toma de palabra” en las facultades y en las calles. Por todos lados, hubo una revalorización de la acción colectiva, sobrecompromiso de los estudiantes en la ocupación de las facultades, en las diversas asambleas y comisiones, politización de las discusiones, participación emocional en el desarrollo de las jornadas. En los antípodas de un individualismo egocéntrico, Mayo del 68 estuvo animado por un ideal de solidaridad: solidaridad con los manifestantes encarcelados, con el pueblo vietnamita, con los trabajadores en huelga. Todos somos judíos alemanes. De nuevo reapareció la bandera roja, se volvió a cantar la Internacional. El espíritu de Mayo recondujo la esperanza y las gestas revolucionarias: el movimiento estudiantil no se encerró en el espacio universitario, fue llevado, de acuerdo con la tradición revolucionaria, hacia la clase obrera, con la esperanza de hacer estallar una combatividad proletaria, reprimida, se decía, por los aparatos políticos y sindicales. El espíritu de Mayo refundó, al menos es ése uno de sus componentes, la creencia revolucionaria en el proletariado, dedicado a dividir la historia en dos. Esto sólo es un comienzo, continuemos el combate; se trataba, de hecho, de exacerbar los conflictos, de arrastrar a una dinámica de contestación y de agitación social, de desarrollar una lucha permanente con la voluntad de movilizar a jóvenes y a trabajadores contra las estructuras del “Estado patronal y policial”. Incluso si nunca hubo un objetivo claro, incluso si el movimiento jamás tuvo como fin darle un vuelvo al poder, incluso si estaba marcado por una sorprendente indiferencia respecto a soluciones propiamente políticas, Mayo del 68 se inscribe en la continuidad de la intención revolucionaria y de su proyecto de cambiar de arriba abajo la sociedad, de instaurar una ruptura en la trama histórica entre un antes y un después. Mayo abrió, durante algunas semanas, la esperanza revolucionaria de que “todo era posible” en mil lugares del culto desmovilizador de la existencia privada.
Sin embargo éste no es sino uno de los lados del fenómeno. Pues, por otra parte, Mayo del 68 dio lugar a una explosión de aspiraciones y de reivindicaciones de tipo explícitamente individualista. Y, sin duda, este componente es, a escala histórica, el más significativo, incluso si aún no ha sido valorado en su justa medida debido, precisamente, al prestigio que se le supone a la inspiración revolucionaria. Individualismo de Mayo que no hacía otra cosa que encarnar una de las variantes posibles en el caso, extremo, de la ideología individualista, tal como ha demostrado Louis Dumont en su perspectiva antropológica y comparativa. La ideología individualista moderna tiene esto de excepcional en la historia de las sociedades, pues afirma el ideal de igualdad y de autonomía individual; el átomo social es único, reconocido libre e independiente, es el polo de la postrera valorización. El conjunto colectivo ya no es, en derecho, sino un medio subordinado al individuo autosuficiente, que existe primeramente por sí mismo. ¿Cómo no ver, de golpe, en el espíritu de Mayo una expresión particularmente ejemplar de esta preponderancia de la unidad individual? Se ha de hablar de un individualismo de Mayo en el hecho de que la llamada a las luchas colectivas no echó por tierra el principio de la iniciativa y de la libertad individual; se reivindicó una nueva autonomía, total, de los particulares en el marco mismo del compromiso colectivo. Está prohibido prohibir, Ni amo, ni Dios, Dios soy yo; es esta llamada a una libertad sin límite, absoluta, indiferente a las obligaciones de la vida colectiva lo que caracteriza al individualismo exacerbado de Mayo, consagrando en el entusiasmo revolucionario la supremacía del agente subjetivo sobre los marcos e imperativos sociales.
En Mayo, surgió en escena un individualismo original, contestatario y utópico. Exigencia antiburocrática, antijerárquica, antiautoritaria, reconocemos inmediatamente en ella los signos mismos de Mayo. El movimiento estudiantil se constituyó contra la jerarquía universitaria, contra las formas y los contenidos de la enseñanza, contra el Estado represivo, contra los mecanismos de la representación parlamentaria (Elección, traición), no dejó de denunciar a los partidos y a los sindicatos obreros, acusándolos de coartar la autonomía, la creatividad, la combatividad de las masas. Correlativamente fueron sacralizados la espontaneidad, la imaginación individual y colectiva (la imaginación al poder) cualesquiera que pudieran ser los modos de acción de ciertos grupúsculos, trotskistas o maoístas aún fieles al ethos disciplinario de los partidos revolucionarios ortodoxos. En la ocupación de las facultades, en las Asambleas generales, en las manifestaciones, se expresaba la misma hostilidad a las grandes organizaciones burocráticas políticas y sindicales, la exigencia de autogestion permanente, el cuidado en no confiscar la iniciativa de “base”, el derecho al ejercicio de la crítica y de la contestación de todos. Lo importante es que a pesar de lo álgido de los días, nadie impidó a los individuos expresarse libremente, nadie apeló a un orden superior para silenciar los puntos de vista individuales, nadie exigió, según la inexorable tradición revolucionaria, sacrificios y autocríticas. Cualesquiera que fueran el ardor de los debates y la inflación del verbo revolucionario, cualquiera que fuera la violencia de las barricadas y de los enfrentamientos con las fuerzas del orden, Mayo del 68 fue un movimiento tolerante que mostraba más respeto por las personas y las opiniones subjetivas que por el antagonismo de la división social. Sin muerte ni traición, sin purga ni ortodoxia, Mayo del 68 se presenta como una “revolución” dulce que registra en la esfera del conflicto social el proceso de endulzamiento de las costumbres propios de la era democrática individualista ya identificado por Tocqueville en las relaciones interpersonales. Excepcional autonomía de los individuos en las acciones colectivas, denuncia del autoritarismo y del dirigismo democrático, tolerancia y pacificación de las conductas, Mayo del 68 es un movimiento de carácter individualista. La bandera negra que, de nuevo, fue enarbolada en los desfiles callejeros significó menos el regreso de la acción y de la ideología anarquista en sentido estricto que la consagración difusa de un espíritu neolibertario, de un ideal ostensible de soberanía individual afirmándose por encima de las rigurosas discrepancias de las familias políticas.
Un movimiento transpolítico
Otro rasgo define espectacularmente el movimiento de Mayo: su espíritu utópico, visible en la ausencia de objetivo explícito de la sociedad por construir, en la fiebre irrealista, en el rechazo de toda institucionalización estable, en la indiferencia en el desenlace político de la crisis, así como en las obligaciones económicas. Si la economía está herida, que reviente; Preferid vuestros deseos a la realidad; Sed realistas, exigid lo imposible; Vivid sin tiempo muerto: tantos graffiti que expresan un espíritu utópico inédito, sin parangón con las grandes utopías filosóficas deductivas e hiperlógicas que describen el funcionamiento, la reglamentación, de la Ciudad ideal sin sus detalles más minuciosos. El movimiento de Mayo no tuvo ningún programa de sociedad efectivo, su originalidad fue contestarlo todo y no proponer nada, apelar a la revolución sin posibilidad de futuro, levantarse contra toda organización en provecho de la espontaneidad y de la expresión directa de las masas. Espíritu utópico ejercido contra la dominación capitalista y burocrática, pero en nombre del sueño, de la vida, del placer. Las inscripciones que florecieron en todas las paredes señalan con elocuencia la irrupción de esta utopía utópica y hedonista. Se acabaron los eslóganes impersonales y austeros; en su lugar, numerosas fórmulas que apelaban a la liberación del deseo en el placer de las palabras: Revolución, te amo; Bajo los adoquines, la playa; La vida está en otra parte. La reivindicación libidinal y la lucha contra “el Estado patronal y policial” eran uno: Disfruto en los adoquines; Cuanto más hago la Revolución, más me apetece hacer el amor, cuanto más hago el amor, más me apetece hacer la Revolución; Gozad sin trabas. A esto se añadió una dimensión muy particular de los discursos de Mayo: la frase revolucionaria, en efecto, renunció, aquí y allá, a la solemnidad del sentido histórico, casó, curiosamente, con la distancia, el placer y la falta de respeto humorística. Soy marxista de Groucho; Mutación lava más blanco que revolución o reformas; Culos al aire para ser “sans-culottes”, la revolución se detuvo, se aligeró de su tragedia y de su estilo enfático dejando lugar a una libre expresión gozosa y lúdica. Pero fue dominada no por un individualismo pequeño-burgués, sino mucho más profundamente por un individualismo que podría calificarse de transpolítico, en el que lo político y lo existencial, lo público y lo privado, lo ideológico y lo poético, el combate colectivo y la llamada al gozo, la revolución y el humor se mezclaron inextricablemente. Pero desestabilizó las marcas y fronteras de lo político, la promoción del orden de la subjetividad existencial, poética, libidinal alteró la división privado/público al igual que el código de la militancia tradicional. Cambiar la vida, cambiar la sociedad y cambiar la vida de cada uno iban a la par, traduciendo el mismo ascenso de las aspiraciones individualistas, la creciente exigencia de independencia personal y de satisfacción íntima. Es esta combinación híbrida de intención revolucionaria y de pasiones individualistas lo que modeló la originalidad de Mayo.
Hay que volver a esta invitación al goce y al juego. Mayo, es cierto, estigmatizó la existencia fútil y la alienación engendrada por la sociedad de consumo. Lo atestiguan numerosas inscripciones murales de inspiración situacionista: Esconde tu objeto, No vayáis a Grecia este verano, Quedaos en la Sorbona, Ver Nanterre y vivir, Idos a morir a Nápoles con el Club mediterráneo. Sin embargo, el espíritu de Mayo retomó a su pesar el valor central que promovió históricamente el desarrollo del consumo de masas: el hedonismo. Si es innegable que la ideología hedonista moderna, inseparable del advenimiento de las sociedades individualistas democráticas, no ha nacido con la era del consumo, es ésta la que ha hecho de ella una finalidad universal, redefiniendo de arriba abajo los modos de vida y las aspiraciones subjetivas. Punto de valor desde entonces más legítimo, más generalizado en todas las clases sociales que la reivindicación multiforme del placer y del cumplimiento de sí. Poniendo por delante la liberación sin freno del deseo, el humor, la fiesta, el espíritu de Mayo fue moldeado en gran parte por aquello que no dejó de denunciar: los perjuicios políticos y existenciales. Ahí radica una de las paradojas del movimiento contestatario: fue posible, en su misma forma, por la euforia de la era del consumo. El hedonismo de masas, el ocio, la multiplicidad de posibilidades suscitada por los bienes y servicios de la abundancia contribuyeron a reforzar aún más la reivindicación de la autonomía personal, hasta el punto de anexionar el mismo espíritu revolucionario. Mayo del 68 sólo es en apariencia antinómico con el neocapitalismo de las necesidades, de hecho fue este último el que permitió la explosión polimorfa de los deseos de independencia, el que permitió la emergencia de una utopía hedonista, de una revolución cultural que exigía el “tout, tout de suite” (todo, ya). Muchas veces se ha analizado los factores sociológicos, políticos o institucionales responsables del desencadenamiento de los hechos: mezquindad feudal de la Universidad, crisis de salidas laborales, Estado centralista y dominador reforzado por diez años de gaullismo, crisis generacional, etc. todos estos fenómenos cumplieron un papel determinante en el origen de la crisis. Sin embargo, el conjunto de estos factores, por importantes que sean, no habrían podido por sí mismos engendrar el movimiento de Mayo sin la acción convergente y determinante de los grandes valores de la modernidad, de las ideas revolucionarias y de la significación de la autonomía individual. El peso de las representaciones fue capital. Por una parte, hay que valorar en su justa medida la importancia de la ideología revolucionaria en los grupúsculos estudiantiles parisinos hiperpolitizados de finales de los años sesenta, la escalada propia a la que dio paso, el efecto de detonante, de movilización, de incitación que suscitó en la población estudiantil. Por otra parte, hay que insistir en el papel de la significación social de la libertad individual ligada a la ideología individualista moderna, reforzada e incrementada por la difusión de las ideas psicoanalíticas sobre la representación del deseo (Freud y Reich estaban en primer plano) pero también por el hedonismo del consumo y de la cultura de masas. Es sin duda la conjunción de un contexto ideológico propio de la escalada verbal y activista con el hedonismo de masas lo que determinó los rasgos más específicos del espíritu de Mayo, de esta revuelta hic et nunc.
He aquí por qué se ha de distinguir cuidadosamente el espíritu de Mayo de los movimientos revolucionarios impuestos por la creencia escatológica y el poder absoluto del partido. Sin duda alguna, la ideología revolucionaria es una figura de la ideología individualista que sólo es posible sobre el fondo de una representación de lo social constituida por unidades libres e iguales, fuente última del poder y de las orientaciones legítimas, que se abroga como misión la realización definitiva de los grandes valores individualistas: la igualdad y la libertad de las personas. Pero, en los hechos, este primado de los individuos se vio radicalmente invertido por la lógica de la organización revolucionaria que exigía la sumisión y la abnegación sin falla de las personas, la subordinación de los individuos al partido, al proletariado, a la revolución.
En teoría, el discurso revolucionario descansa en la afirmación de los valores propiamente individualistas, pero en la práctica destruye tal principio en nombre de la acción colectiva, de la Historia, de la sociedad futura que se ha de construir. Es precisamente esta dualidad que se deshizo en Mayo lo que es una revolución en el presente, una fiesta de la comunicación tanto como un rechazo del Estado autoritario y burocrático. En Mayo, no hubo visión de futuro, tampoco plan determinado, sólo la exigencia de una vida sin trabas, un exceso de palabras y de discusiones, la fascinación de la espontaneidad y de la iniciativa de masas. El eje temporal de Mayo fue el presente, a diferencia de la lógica revolucionaria orientada expresamente hacia el futuro. En este sentido, debe representarse Mayo como una formación de compromiso entre la era revolucionaria vuelta hacia el futuro y la era individualista narcisista actual centrada en el presente de los individuos (culto a la felicidad privada, deserción de los grandes objetivos y grandes movimientos sociales). Formación de compromiso, pues, por un lado, Mayo perpetúa la lógica de la ruptura revolucionaria con sus grandes símbolos (barricadas, huelga general, etc.) y, por otra, se ponen por delante aspiraciones típicas de la quiebra privada contemporána: reino de la subjetividad, rechazo de las disciplinas y organizaciones de masas, hedonismo, liberalización de las costumbres.
Una formación de compromiso que aceleró además la disolución del compromiso público y la promoción del orden privado. No sólo el espíritu de Mayo es individualista, sino que contribuyó a su manera, incluso si es poco comparable a la obra del consumo, a acelerar el advenimiento del individualismo narcisista contemporáneo, despolitizado y realista, fluctuante y apático, en gran manera indiferente a las grandes finalidades sociales y a las luchas de masas. ¿Cuáles fueron en verdad las repercusiones más inmediatas de Mayo? Cómo negar que en Francia favoreció desde comienzos de los años setenta el surgimiento de diversos movimientos de liberación, mujeres y homosexuales en particular. Estos movimientos, por ser colectivos de combate, amplificaron los deseos de autonomía individual, pusieron el interés en el imperativo de la emancipación inmediata, en la legitimidad de los problemas existenciales, de la conquista de la identidad subjetiva y de la personalidad. Es verdad que el neofeminismo recondujo indudablemente una consciencia y una solidaridad de tropa, fue acompañado de un discurso militante duro y maniqueo, prosiguió el proceso transpolítico rechazando separar política y sexualidad, liberación colectiva y liberación individual. Pero, por otra parte, consagró ideológicamente lo “vivido” y el deseo, las prácticas de autoconsciencia y de self-help. Después de Mayo, las palabras y reivindicaciones de las mujeres se multiplicaron, el discurso personal-intimista se generalizó, alterando la división tajante de los sexos en beneficio del reino de la individualidad subjetiva. El movimiento transpolítico desestabilizó los papeles e identidades regladas, permitió, en el mismo sentido, el retroceso de las perspectivas militantes postergando al mañana las promesas de libertad y la legitimación aún más aguda de la cuestión subjetiva.
A todo esto, cabe añadir el curioso proceso de alejamiento político que suscitó Mayo a través de la legitimación “revolucionaria” del desvío cultural y de la vida “alternativa”. Después de Mayo aparecieron diferentes discursos y prácticas que desacreditaban el compromiso militante en sentido estricto: deserción de la “lucha final” en beneficio de las revoluciones minúsculas y de las subjetividades en ruptura. Vivir en el flujo de intensidad, inventar nuevas relaciones entre los seres, hacer retroceder las fronteras codificadas del Yo, la gran Revolución dejó paso a la euforia de la subversión microcóspica y minoritaria. Comunidades, squattering, marginalidades, viajes psicodélicos, singularidades libidinosas, astucia de los débiles, “todo es político” y la subversión un patchwork sin objetivo ni sentido de acciones en ruptura de sistema. En la estela de Mayo, se acrecentó la desconfianza hacia la política política, hacia los partidos, hacia los programas y las ideologías “pesadas”, la militancia perdió su carta de nobleza, metamorfoseada de golpe en estadio supremo de la alienación, normalización de la existencia, medio seguro de no enfrentarse cara a cara con su personalidad íntima. El culto narcisista al Ego fue precedido y preparado por el culto subversivo de las singularidades: al miniaturizar la Revolución, la esfera de influencia transpolítica hizo de ella un referente vacío de contenido, una moda sujeta al orden supremo de la individualidad pura, de las perspectivas nómadas subjetivas. Figura del individualismo, el paréntesis transpolítico favoreció el deterioro de las pasiones políticas al mismo tiempo que la glorificación de la subjetividad bajo la coartada revolucionaria. Así se presenta la otra paradoja de Mayo: el último levantamiento de masas no tanto instituyó una ruptura en el ascenso del individualismo ya presente en los años cincuenta y sesenta, como que la aceleró. Teniéndolo todo en cuenta, habría que decir como Tocqueville que, igual que la Revolución francesa sólo hizo que prolongar de otro modo la obra centralizadora del Antiguo Régimen, el espíritu sesentayochista tan sólo prosiguió, bajo el signo de la revolución, la pesada tendencia a la privatización de las existencias al haber sobrevalorado la esfera de la subjetividad.
Tras hacer luz sobre este fenómeno, quizá no es inútil volver a la interpretación que de él hace, por ejemplo, Alain Touraine, quien analizó en el ardor del combate y con simpatía el sentido del “comunismo utópico”. Sabemos por Touraine que Mayo del 68 ancla su verdad en la revelación de las nuevas fuerzas de contestación y de los nuevos conflictos surgidos de la sociedad postindustrial. Mayo del 68 fue un signo precursor de las nuevas luchas de clase que se enraizaban en la voluntad de las nuevas capas de ser actores sociales a parte completa, de rechazar el dominio tecnoburocrático, de obtener el control de las orientaciones fundamentales de la sociedad. Mayo del 68 expresaba confusamente las reivindicaciones futuras de la sociedad civil contra el poder dominante, el nacimiento de nuevos movimientos sociales que exigían más democracia y menos dirigismo tecnocrático. “El movimiento de Mayo no tendrá día después: tiene futuro”1: es necesario precisar, muchos años más tarde y en vista del agotamiento de los movimientos contestatarios sociales, en qué modo era insostenible esta interpretación. Mayo del 68, precisamente, fue un movimiento sin futuro: no la vanguardia de los conflictos sociales futuros, sino la última irrupción de las masas obsesionadas por un imaginario revolucionario obsoleto, heredado del pasado. Mayo no anunciaba en absoluto la revitalización del tejido social por el bies de nuevas luchas sociales que tenían el poder como postura; significaba, por el contrario, y lo fue en la incandescencia social, el fin psicodramático o paródico de la era revolucionaria, la preeminencia de las exigencias individualistas, el irreversible proceso de privatización de lo social. Gol del honor de la conciencia revolucionaria, Mayo del 68 aceleraba paradójicamente la descomposición de los grandes movimientos colectivos portadores de transformación social y el repliegue hedonista sobre el ego. A largo plazo, Mayo fue menos un movimiento antitecnocrático que revelaba nuevos actores históricos en lucha por la autodeterminación colectiva que una etapa desbocada en la espiral del individualismo moderno, de la diseminación social, de la autonomía privada.
NOTAS
1 TOURAINE, Alain, Le Communisme utopique, París, Seuil, 1972, p. 53
© Gilles Lipovetsky
Volver al sumario