Amor a Allâh: El falso horizonte de la música islámica
A Abdennur Prado, Abderrahman Habsawi,
Pablo Beneito, Jadiya Candela, Qamar bint Sufan, Yaratullâh Monturiol,
y a todos mis hermanos y hermanas
que hablan y enseñan sobre el amor a Allâh,
sin acritud.
Tras una conferencia reciente sobre mística musulmana a unas monjas en Barcelona interesadas en un punto de vista ecuménico –de encuentro entre las distintas propuestas religiosas–, hubo dos preguntas interesantes. La primera que me hicieron surgió de una monjita muy anciana, que en voz baja me dijo: “Y la mente humana… ¿Lo resiste?”. Ella había comprendido el Islam de golpe. Yo contesté a su pregunta que sí porque nuestra tarea era un desvelamiento progresivo, no una dinamitación en bloque de las mentiras; le dije que sólo se nos imponía la tarea de superar nuestras mentiras en la medida que pudiéramos hacerlo. La segunda de las preguntas fue la misma pero desde el punto de vista de la organizadora del encuentro, la más teóloga de los presentes, que me preguntó extrañada: “Pero, ustedes aman a Dios ¿no?”. Me encantan las preguntas para las que no tengo respuesta porque me obligan a ser sincero y a saber más de mí mismo. Yo le contesté la verdad, que ese sentimiento aún no formaba parte de mi experiencia espiritual. Que yo había sufrido el faqr [el ir “perdiendo cosas” por estar en el camino de Allâh], que había notado cómo progresivamente me iba estructurando el furqân [la distinción entre realidad e irrealidad que se va logrando con los años en el camino de Allâh] y que había llegado a paladear algo del uns [sensación de hogar en ciertos lugares y momentos que sientes que estás expuesto a tu Señor]. Sólo esto.
Ahora, en estas páginas, quiero profundizar en una pregunta que se merecía algo más que esa escueta respuesta. Si en algún momento mis palabras adquirieran un filo cortante, quiero pedir disculpas de antemano, achacándoselo todo a mi intuición de que este concepto actúa a modo de nudo de nudos, que ahora me decido a cortar, y ojalá consiga de un solo tajo liberar todo lo que está conceptualmente atado, impidiéndonos dejarnos arrastrar a una gran holgura y facilidad en nuestra relación con el mundo, lo que en árabe se llama la recepción de la ni‘ma de Allâh.
El buscador como Signo de lo buscado
Siempre que comienzo a trabajar un nuevo maqam [grado espiritual], me suceden cosas para enseñarme acerca de este maqam. Es cierto que luego siempre consolido lo intuido con un estudio de la familia léxica del término en cuestión y un rastreo en las guías de concordancias coránicas de los contextos en los que se da la palabra que estudio. Excepcionalmente, añado lecturas de sufíes que hayan hablado sobre ello, y la razón de dicha excepcionalidad es el aburrimiento tan terrible que estos textos me producen. “No soy una piedra”, decía mi hermano Saleh Paladini –que es un íntimo de Allâh– en un encuentro de las Tres Culturas, “no me hagan más Arqueología del saber musulmán”. Es cierto, y también que todo lo que hay que saber de los grados espirituales que nos llevan no sabemos a dónde puede aprenderse de la sola apertura a que suceda en nosotros lo que deba suceder. Este estar dispuesto a que tu vida se vea afectada por lo que quieres comprender es un acto tal de sinceridad en nuestra Vía que siempre tiene por respuesta la donación de ciertas dosis de sentido, al margen del árabe que sepamos o de los textos que hayamos conseguido leer.
Pues bien, cuando me dispuse a trabajar el concepto de amor a Allâh, me fueron pasando varias cosas que relacionaré directamente con el objeto de mi estudio:
Lo primero que me ocurrió fue nada; nada de nada. Nunca antes me había sucedido que no me sucediera nada. Cuando trabajé el miedo a Allâh fue yugulado de raíz un año de miedo a mis vecinos, cuando trabajé la intimidad con Allâh me sucedió una serie de dormiciones espontáneas en cualquier rincón de mi casa, cuando trabajé la Visión de Allâh me quedé prácticamente ciego durante un día, etc… pero ahora que trabajaba el Amor a Allâh no me sucedía absolutamente nada. La primera conclusión, si me tomaba en serio mi método de investigación tan poco académico, era que no había realidad alguna detrás de la experiencia de los que decían haber sentido amor a Allâh. En el mejor de los casos, la única realidad que lo respaldaba era la frustración, la nada en la biografía de alguien que acababa llevando sus ansias de satisfacción al infinito. Porque todos aquellos cuentos de la infancia que nos hablan de lograr todos nuestros anhelos fallaban en la medida que uno los tenía que sostener luego de adulto, así que van siendo sustituidos por Dios, el príncipe azul que nunca llegó, el que iba a matar a partir de ahora todos los dragones de nuestra cotidianidad. Y, básicamente, así acabaría siendo, de modo que definí a priori el amor a Dios como una pura invención cultural. Si bien, este vacío expresado en bellas metáforas, este peldaño invisible en la escala hacia la Presencia de Allâh (según dicen algunos que es la Vía), era capaz de una coloración que, aun no dándole consistencia como para que pisáramos firmemente en él, sí suponía un cambio en nuestras vidas.
Este cambio tiene que ver con lo segundo que me sucedió: Tras años de insatisfacción profunda con momentos puntuales de excepción, de un día para otro me fui encontrando con oportunidades de realización de mis necesidades menos convencionales, de lograr lo que me hacía feliz, y por ello sentirme completamente lleno, completamente a gusto en mi pellejo. El placer me asaltaba a cada paso, se me hacía el encontradizo y encontraba fórmulas desconocidas de pactar una alianza conmigo en lo que hasta hacía poco me había sido vedado. Sentía que yo lo tenía todo, absolutamente todo; y llegué incluso en mi ebriedad a hacer este du‘â demente una mañana: “Allâhumma, dame todo”. Esta situación me sirvió para deducir que lo que llamamos “Amor a Allâh” es el modo que tenemos de sentir “el Amor de Allâh hacia nosotros”, cuando éste nos colma más allá de nuestra medida de recibirlo. A qué nos referimos no podrá saberlo salvo aquel que nade en la sobreabundancia del placer de Allâh (en el na‘îm), aquel que haya encontrado lo que buscaba en todos los niveles –no sólo en el sexual, pero desde luego en el sexual– de su persona. La manera que nuestra cultura religiosa ha encontrado de decir “estoy que reboso” por parte del mu’min agradecido es “amo a Allâh”, siempre que no nos refiramos a los que se fingen místicos, sino a aquellos en los que está ocurriendo un verdadero saboreo del Haqq. Aunque, de verdad, tengo para mí que el que dice “amo a Dios con pasión” no sabe qué está diciendo ni qué está amando. Porque Allâh no es un Ser Supremo, entelequia de la cual enamorarse, ni tenemos forma de amar si no es con nuestra materia lo material. Ahora es cuando niego el amor que carece de carne, y donde cobran sentido ciertos pasajes de Ibn ‘Arabî que escandalizarían a algunos defensores del amor a Allâh:
Al Verdadero no se lo ve desnudo de la materia (...) Su visión en la
mujer es la suprema y más perfecta percepción que de Él puede tener
el ser humano, y la mayor comunicación, el coito, que equivale al acto
con el que Allâh se dirige hacia la creación de Su Imagen...1
Lo cierto es que, pese a estos textos que tratan de “salvar el amor a Allâh” de acabar siendo pura palabrería sin contenido experiencial alguno, autosugestión o pose, en cuanto se revisa el concepto de Dios personal y queda superado, aparece vacío de sentido tanto hablar de “amor a Allâh” como de “amor de Allâh” (postergamos el entendimiento que hacemos de esta segunda expresión a una exposición sobre la rahma).
Por ahora teníamos bien poco de que alimentarnos espiritualmente en este maqam vacío, y por eso irritante. “Amo a Allâh” había resultado ser un modo cultural de expresar un sentimiento de plenitud tras una profunda frustración, un rasgo específico de la cosmovisión indoeuropea impensable en otras culturas (en la mayoría de las indígenas precolombinas, las del África subsahariana, la aborigen australiana o esquimal y desde luego en las extremo-orientales que conozco muy bien: china y japonesa) que no se debía presentar como esencia de la naturaleza humana universal: el culmen de la relación del hombre con Dios, como si la experiencia de lo sagrado más allá de nuestros parámetros culturales fuera tosca, incompleta, poco evolucionada. Frente a los que piensan que los pueblos en cuyas espiritualidades no se ha dado el amor a la divinidad tienen algo que envidiarnos, alzo ahora mi voz engreída e insoportable para muchos de mis hermanos: somos nosotros los que tenemos que aprender de ellos; no ellos de nosotros.
Seguían pasando los días con sólo una nada y esas grandes dosis de un placer en el que sobreabundaba, extrañado sin embargo por la inconsistencia del maqam que investigaba, y súbitamente sentí la necesidad de ir al Corán. La idea en principio seguía siendo buscar en el Libro referencias respecto al amor a Allâh, es decir, el motivo era hacer un rastreo de fuentes y no ninguna afección espiritual específica del maqam que investigaba. Pero yo nunca antes me había aferrado de tal forma a la lectura del Corán. Pasaron las semanas y no dejaba de leer el Corán, así que comprendí que esto fue lo tercero que me estaba sucediendo. La pasión por el Libro de Allâh podía ser defendida frente a los “locos enamorados de Allâh” como un modo cuerdo de amarLe. Pero la verdad es que, salvo esa debilidad afectiva _racionalmente inexplicable_ por un Libro que era un cúmulo de amenazas y maldiciones, no se despertó en mi ningún otro sentimiento ni remotamente identificable al amor a un Ser Supremo, de belleza, bondad y perfección absoluta. La verdad es que, por no sentir ningún sentimiento de amor a mi Creador, no me sentí un musulmán abominable, heterodoxo o perdido, toda vez que nunca dejé mis cinco salawât y que estaba siendo bastante honesto en mi investigación, pues en el Corán apenas encontré alusión alguna respecto de amar a Allâh2. Además, negar la posibilidad del hombre de amar a Allâh no es la primera vez que se hace en el pensamiento islámico; los mutaçila ya lo hicieron con contundencia. Todo ello me hizo consolidarme en mis certezas anteriores: la mística del Islam había sido reinventada en algún momento de su Historia, pues el Corán era _es_ un Libro espeluznante y lo que había que hacer no era disfrazar su rostro terrible sino desvelar el Signo que suponía esa fuerza insobornable e imposible de edulcorar de la palabra de Allâh amenazando a los hombres (y a los ÿinnes).
Arrinconé los libros de los sufíes empapados de “mística nupcial” y dejé de ir a escuchar a los que se dicen maestros de Gnosis Islámica –de tasawwuf_ vendiendo el Islam en conferencias y charlas como una mística de amor a Allâh, porque he comprendido que todo este discurso era lo más atractivo que hasta ahora habíamos sabido encontrar en nuestro dîn para que la gente se acercara a él, siendo la otra opción el abominable wahabismo, beatuconería aburrida y neurótica inventada para que el Islam no pueda expandirse ni siquiera en tierra islámica. El caso es que me consideraba objeto de una mentira que había durado tanto como el tiempo que yo llevaba en el Islam. Si bien la mayoría de los que me engañaron lo hicieron a su vez engañados por lo que se escribe que alguien oyó que alguien dijo. Pero el Corán está ahí delante; con errores y aciertos en su traducción pero en nuestro idioma, gritando, como dice la Biblia acerca de la Verdad: “¡Aquí estoy!”. Quince años oyendo citar textos de amor a Allâh de sufíes, de Ibn ‘Arabî y de Rumi, del “Tratado del Amor” de las Iluminaciones de la Meca y del Masnavi –“el Corán en persa”, llegan a decir_ fantasías que no tenían apoyatura en el Corán. Una vez vistas las cosas, hay que decirlas con sencillez: lo más precioso del Sufismo se basa en ideas generadas en la literatura judía de la Torá que aplica por vez primera el amor profano a Yahweh, separándose así tanto como pueda imaginarse de la estricta Revelación de Muhammad que ha llegado a nosotros con forma de Corán. Quedará para materia de un futuro trabajo el rastreo de cómo ha llegado a presentarse como propio de la espiritualidad musulmana todo esto del amor a Allâh porque ha sido un trasiego con muchas peripecias, pero vayan por adelantado mis excusas a Asín Palacios que siempre dijo que el Sufismo de Ibn ‘Arabî era un “Islam cristianizado”. Ahora lo importante es quedarnos con el mundo de Muhammad y buscar su experiencia de las cosas, una experiencia que –nunca nos cupo duda- tenía que haber sido de un alto voltaje espiritual, pero de signo radicalmente diferente al que había llegado a nosotros.
Hubiera deseado que me hubiera sucedido un repentino y arrebatador amor por el Profeta, para mostrar cómo amar el vino que nunca se ha probado acaba siendo amar la copa que contuvo el vino, pero esto no me sucedió. Quizá mi respeto por la figura del Profeta –anterior al trabajo de este maqam_ me impedía los excéntricos exhibicionismos de amor al Profeta de los sufíes en sus hadras, que no me parecen sino una forma económica de drogadicción espiritual. La ternura que despierta en mi el Profeta no me lleva al arrebato de amor sino al agradecimiento y a pretender el estrechamiento del vínculo que a él me une como shafi’i [aquello de la realidad con lo que he de emparejarme para hacerme capaz de Allâh].
Lo cuarto que me sucedió antes de pasar a ningún otro estado espiritual fue la reconciliación con los musulmanes que tenían un entendimiento sencillo de Allâh, como los que piensan que Allâh es un Rey en su Trono y que un día después de morir tendrán decenas de esposas en un Jardín por donde fluye un vino que no emborracha. Comprendí que no podían cortarse amarras con todo lo que habíamos sido para poder de verdad llevarlo todo con nosotros en nuestro doloroso agigantamiento. Es fácil llegar a ser un iluminado considerándose parte de una élite, un individuo elegido para y por el amor de Allâh; lo difícil es iluminarse cuando tú eres todo y ese todo es de una espesura evidente, un todo que contiene tales dosis de miseria que crees que no vas a poder alzar el vuelo sin librarte de ello. Y quizá no puedas hacerlo, tal vez no puedas ni abrir los párpados cuando sepas dónde estás, pero es infame cortar los vínculos con lo que nos ha hecho lo que somos. No somos sin los demás, porque lo de fuera es lo de dentro y eres el resultado de un proceso que te ha sido ajeno, de modo que te haces consciente de que perteneces a quienes te odian.
En este momento estamos en disposición de comprender el mensaje de ‘Isa (a.s.) de que “amar a Dios es amar al prójimo”. No “es como”, ni “es sustituible por”, ni “se manifiesta en”, no. Amar a Dios, si es algo, es amar a todo aquello que nos rodea, personas y cosas. La única posibilidad no fingida de amor a Allâh es el amor al mundo. Sabemos que uno de los Nombres de Allâh (Rahîm) está semánticamente relacionado con “el vínculo que une todo lo existente” (rahim). Y sabemos por el hadiz qudsi que nos ha sido transmitido que el que une el rahim se une con el Rahîm, y el que lo rompe, rompe con Él. Por eso dice el Corán que uno de los Signos de Allâh para los hombres que reflexionan es que “ha puesto amor y ternura entre vosotros” (30:21).
Sé perfectamente lo heterodoxo del método de ponerme en las manos de Allâh y dejar que escriba en mí algo nuevo para averiguar lo específico del maqam que quiero desentrañar. Pero, también en este caso, la aparente deslabazón de las cuatro cosas que me sucedieron tenían una incuestionable lógica interna, un hilo conductor: había pasado de la frustración de un mes en el que no me ocurría nada a un estallido de contentamiento en todos los órdenes de mi vida; este placer de vivir me llevaba luego al Corán quizá para darme la fórmula de encauzar lo infinito; y el Corán me insertaba en la comunidad, en el grupo humano, en la sociedad que vino a construir el Libro. Por tanto, no ha sido tan demente el viaje ni tan absurdo el experimento; la enseñanza tampoco ha sido del todo mala: abandonar los discursos místicos de moda en nuestros días, tener como “mi gente” a partir de ahora a los musulmanes de a pie (que no entienden las extravagancias de los sufíes), y quedar abocado a la obediencia de todo lo revelado por Allâh con la precaución a la hora de actuar del que no quiere apartarse del orden del universo.
Fue así como supe que tenía que seguir avanzando, dejar atrás el maqam, no de hecho, que soy un pobre mumin que no va a ninguna parte, sino con mi corazón, como el que sueña y no es su sueño, permitiéndole sin embargo su sueño ir tan lejos como pueda para aprender algo que le sea útil cuando despierte y vuelva a ser el hombre mediocre que de verdad es.
Mi primer enfado porque el maqam del amor a Allâh era falso se disipó. Ciertamente, yo no había podido pisar el peldaño del amor a Allâh, tan inconsistente a pesar de su apariencia como la negritud de la noche, pero yo sé que otros hicieron morada en esa inconsistencia y descansaron en el sueño de estar amando a un Dios. Afirmo que es falso que un hombre pueda amar a Allâh, pero no es mentira que exista en nuestro camino la ilusión de estar sintiéndolo. Lo cierto es que tanto el que pisa el maqam del amor a Allâh creyendo en él como yo que no puedo pisarlo, ambos, teníamos que ascender al siguiente escalón: el temor a Allâh [el jauf, la hashia, la taqua], sólo que yo tenía que hacer el doble de esfuerzo. Al menos, mi actitud me parecía más coherente: al fin y al cabo, llegamos al maqam del amor a Allâh desde el maqam del abandono en Él [tawakkul], desde el no imponer nuestras condiciones a la realidad y dejarnos hacer por lo que nos sucedía. El que no haya horizonte de consuelo amoroso es la culminación de esa actitud de entrega –que no es entrega amorosa_ sin calcular los efectos de la entrega.
Metodología académica de investigación
“¿Nada especial que te ocurriera? ¿Una gran sensación de placer? ¿Repentinas ganas de leer el Corán? ¿Dejar de fastidiar a musulmanes sencillos que son musulmanes desde hace más tiempo y mejores que tú?”, se preguntan despreciativos los que no me quieren bien, “¿Qué clase de método es éste para echar por tierra miles de textos de cientos de íntimos de Allâh que han fundado tariqas sufíes desde Marruecos hasta Irán, pasando por Al-Andalus y Turquía?”.
Lo comprendo. Comprendo la indignación. Pero he prometido no irritarme más con los que no estén de acuerdo conmigo. Así que voy ahora –sin perder la compostura_ a emplear el método correcto para demostrar que puede y debe hacerse sobre esta cuestión una investigación seria.
De bien poco servirá el estudio –otras veces tan útil– de la raíz léxica del término de que se trata, esta vez H-B-B: “Amor” en árabe es “amor” en castellano, sea que el araboparlante quiera referirse a Allâh, a una persona, a un asunto o a una cosa. En esta ocasión, no siendo nuestro interés re-traducir una palabra al castellano, ya que no nos parecía que se hubiera traducido cristianizada o helenizada, no había mucho que deducir de la reducción del término al sentido matriz de su familia léxica. Os doy lo que encontré por si alguien le encuentra más utilidad de la que para mí tuvo: de la familia de “amor” (hubb), aparte de los significados relacionados con dicho sentimiento, son las palabras árabes correspondientes a: recipiente en el que se deposita el agua turbia para volverla limpia (habb), semilla (habb; en persa: hebba), hueso (habb), objetivo (habâb), pupila (habba), centro (en por ejemplo la expresión habbat al qalb: ‘centro del corazón’), burbuja (v.gr. habâb ma‘: burbuja de agua’). De haber una propuesta clara en el Corán a establecer un sentimiento como el del amor hacia Allâh sería posible profundizar en la modalidad semita de relación con esa Divinidad; así tendríamos una relación que tuviera la delicadeza de la burbuja, la esencialidad del centro y la centralidad de la pupila, la fecundidad de la semilla, la consistencia última del hueso y la capacidad de transformarnos de lo que vuelve limpio lo turbio… Pero no la hay…
Vamos al Corán. Y no usamos esta vez los utilísimos libros de concordancias coránicas por esquivar sinónimos y giros literarios que ocultasen nuestro objeto; vamos a releer el Corán entero una vez más. Es la tercera lectura completa del Corán que hago en mi vida. Leyendo el Corán me di cuenta de que mi primera intuición tenía fundamento: el Corán no es una invitación al amor a Allâh sino al respeto del orden creado por Él. El que niegue lo que estoy diciendo es que apenas ha abierto el Corán o que tiene una venda en los ojos. A éstos, les propongo una prueba y dudo que fracase a la primera: abran el Corán por donde quieran, elijan la página de la derecha o de la izquierda y comiencen a leer en voz alta hasta llegar a una amenaza y entonces os sumís en el silencio; seguro que no conseguís leer unas líneas3. Y es que nuestro Libro –al que paradójicamente llamamos en árabe “El Corán Generoso”– contiene miles de amenazas contra los inicuos y los criminales, pero apenas ninguna alusión al amor a Allâh. No hay en todo el Libro algo parecido a un sentimiento hacia Allâh, al modo en que actualmente entendemos esta palabra, es decir, ternura, cariño, añoranza. Nada parecido a un verso de Rumi o de Rabi‘a, de Dûl-Nûn o de al-Farîd. No hay en el Corán nada que apunte a la piedad individual de un hombre que ansía con toda su alma el encuentro con Allâh y un Dios que lo espera4, que se hace el huidizo en la noche oscura del hombre, que finalmente se deja encontrar, que llena a su elegido por completo en el éxtasis, que lo hace su íntimo a partir de entonces con una relación de tú-a-tú propia de los que se aman, de los que se aman con locura. Ni un solo versículo en que apoyar firmemente todo este mundo de sentimientos, que no digo que no tenga su más honda raíz en la poesía profana que se hiciera entre los semitas (y prueba de ello es la existencia de la poesía udrí)5, lo que digo es que no es coránica una interpretación romántica del hecho místico que se proyecta hacia la Divinidad pretendiendo que ésta pueda ser objeto de nuestra ansia amorosa y –lo que es peor– que nosotros podamos hacernos el receptáculo de su correspondencia infinita. Y si lo es, quiero una aya que lo demuestre.
En las cuatro ocasiones que se habla en el Corán de amar a Allâh (3:31, 2:165, 5:54, 9:24) no se personaliza ese amor en un individuo sino en un pueblo. Frente a la arrogante posibilidad de la mística fraguada en Occidente de que un hombre ame a Dios o tenga cualquier tipo de sentimiento personal respecto de Dios, está el retorno al sabor semita de lo revelado cuando se nos dice en el Corán que todos los hombres somos uno solo, que fuimos creados como uno y resucitaremos como uno; por eso sólo un pueblo puede establecer una relación con su Creador. No sólo la relación de amor para con Dios les es extraña a los más primitivos semitas, también todas las otras relaciones “individuales” con un Dios. La taqua es para con la vida, y el sabr es para con la vida y el îmân es para con la vida. Los musulmanes han fabricado con el Islam una doctrina porque han decidido tener un Dios respecto al que desarrollar su mundo de sentimientos. Pero el Islam venía a ser el modo de vida de un pueblo que habría de constituirse, no la suma de las piedades privadas de un número de creyentes de una religión. Nuestro exacerbado individualismo no puede entender la mentalidad de las gentes del desierto, según la cual el hombre o es parte de una tribu o es hombre muerto. Ante todo y sobre todo, el îmân y todo lo que le va asociado supone el ingreso en un nuevo grupo humano, con unas reglas higiénicas, sociales y rituales nuevas. No queramos poner en el desierto de Muhammad nuestro mundo afectivo ni mucho menos nuestro entendimiento de lo que es una religión porque el Islam de Muhammad no lo fue en absoluto. Cuando llega la Revelación y ésta habla de “los que tiene îmân”, “los que tienen taqua”, “los que tienen sabr”, se refiere a los musulmanes, a los que eran del grupo de Muhammad, sin ese entendimiento individualista que nosotros hacemos de lo que son las características de “nuestra fe”. Y todavía más habría escandalizado a Muhammad el que aquella comunidad que tenía por cimiento la experiencia de la waqi‘â [el mundo reventando en el corazón de Muhammad] llegase a ser siglos más tarde una doctrina de fe. El Islam no viene a unirte con Allâh sino a unirte a un grupo humano, no es difícil de comprender, lo llevamos diciendo casi un decenio algunos musulmanes andalusíes, sólo hay que salir de nuestra piel occidental y ser capaz de entrar en otro modo de concebir el mundo. Muhammad, la paz y el salat de Allâh sean sobre él, no reconocería lo que llamamos ahora “Islam”.
Veamos estas cuatro alusiones en todo el Corán, no exentas -por cierto- del tono amenazante del resto del Libro. Cuatro ayats, las cuatro reveladas en la parte final del Corán revelada en Medina. Cuatro alusiones en las que quien quiera que pueda leer inocentemente se dará cuenta que “amar a Allâh” significa “obedecer a Allâh y al Mensajero”, como se dice expresamente a renglón seguido en una de las citas. Pese a quien le pese, en el Corán, el amor a Allâh no es un sentimiento de cariño sino un modo positivo y vital del temor a Allâh… Acabemos, pues, con el mundo del sentimiento y el sentimentalismo del creyente. Allâh sólo inspiraba en el hombre que recibió el Corán fidelidad y obediencia:
“Y entre los hombres hay algunos que toman para sí objetos de culto distintos de Allâh, amándolos como deberían amar a Allâh. Pero los que se confían a Allâh son más fuertes en amor por Allâh (que ellos). Y si los que se sumen en las tinieblas de sus errores pudieran contemplar el momento en que verán el castigo…” (2:165)
“Diles: Si amáis a Allâh, seguidme; Allâh os amará y ocultará vuestros errores. Y Allâh es el más indulgente, el Rahîm. Diles: Obedeced a Allâh y al Mensajero; pero si vuelven la espalda…” (3: 31-2)
“Oh, vosotros, los que confiáis en Allâh, quienes de vosotros nieguen (luego) su senda, Allâh traerá pronto a un pueblo al que Él amará y que le amará a Él, y será amable y humilde con los que se le confíen, pero duro y firme con los que oculten la Verdad” (5:54)
“Diles: Si vuestros padres, vuestros hijos y vuestros hermanos, vuestras mujeres y vuestras gentes, y la riqueza que habéis adquirido, y el negocio cuya ruina teméis y las viviendas que amáis os son más queridos que Allâh y su Mensajero y el Yihâd, entonces esperad que Allâh venga con su Juicio, pues Allâh no guía a los desobedientes” (9:24)
Que toda la mística islámica del amor a Allâh se base en estas cuatro aleyas, preciosas pero de carácter distinto a la interpretación que ha cimentado el Sufismo que ha llegado a nosotros, me parece algo realmente patético. Me parece como si se pensase que el Islam no tiene nada original que dar al mundo excepto traducir lo que dilucidaron los griegos en forma de kalam o repetir lo que dijeron al mundo los judíos sobre el amor a Yahweh (David, Isaías…) y luego asumieron como propio los cristianos orientales, llegando desde ahí al Sufismo. El Islam –si bien acepta todos los mensajes anteriores– tiene un modo específico de mística que no debe ser minimizado por todo aquel que quiera conocer cuál es el sello de las Revelaciones. Para oír hablar de amor a Allâh no era necesaria una nueva Revelación, espero que mis hermanos se den cuenta el día que tengan a bien leer la Torá. Y tiene cierta lógica todo esto: El Islam vino a los hombres como una forma de perfeccionamiento de los caracteres (para una mayor mayor adaptación a la realidad) y como una forma de actuación sobre el mundo encaminada a establecer una sociedad justa; ni un objetivo ni otro de los mencionados necesita para nada del amor a Allâh. El Islam –para cumplir sus fines– sólo precisa que el hombre se someta a la realidad que no puede cambiar y que haga el yihâd para cambiar aquello de la realidad que le parezca injusto. El amor a Dios se lo dejaremos a los curas y a las monjas, que verdaderamente lo necesitan para vivir.
Nos han explicado algunos hermanos que son hombres de Conocimiento que no tiene sentido que tratemos de quitarle validez a las citas que en el Corán se encuentran acerca de este maqam diciendo que el amor a Allâh “apenas ha sido mencionado”. Tienen razón, “bastaría una sola mención para dedicar la vida a desentrañar el Signo”, siempre que las palabras que transmitió Muhammad tengan el valor que nosotros le damos. Voy a decirlo con más claridad. Muhammad oyó la expresión “amar a Allâh” del contacto con los judíos de Medina y así mismo pasó a formar parte de las revelaciones que tuvo a partir de entonces, pero no tenía la más remota idea de todas las implicaciones que contenía en la tradición judía esta expresión, quedándose sólo con el sentido primitivo que tiene en Deuteronomio 6:4-5 donde se prescribe por vez primera “amar a Dios” con el sentido de “serle fiel”. Sé que exige una gran sinceridad y desnudarse de muchos prejuicios lo que estoy diciendo, y lo sé porque yo lo he tenido que hacer primero, pero el sentido que da Muhammad a la expresión “amar a Allâh” no roza de lejos lo que leemos en Isaías 26:9: “Mi alma te ansía de noche”, o en Salmos 42:2: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”.
Argumenta el maestro Abdennur Prado que lo realmente significativo no son las pocas veces (que para él una sería suficiente) que aparece el “amor a Allâh” en el Corán, sino el entendimiento correcto de las citas que hay en él del “amor de Allâh”:
La expresión ’inna Allâh yuhibbu tiene también el significado de “Allâh da Su amor a aquellos que...”, es decir: si quieres tener una experiencia del amor, debes saber que este impulso tiene su origen en Allâh, y que es el propio amor de Allâh el que activa el amor de las criaturas hacia Allâh. No eres tú quien haces el amor (hubb), con tus actos despiertas la semilla (habb). Repetimos: esto se aplica tanto a la unión sexual como a la amistad, la obtención de la magfira o del conocimiento. No hay oposición entre los mundos, pues todos se unen en Allâh.
Con este argumento caemos en el puro subjetivismo que ya explotase la casta sacerdotal de la religión católica. La fe en los más absurdos dogmas tenía siempre esta misma apoyatura: “No puede explicarse… La fe, o se siente o no se siente. Si la niegas es porque no la sientes”. Claro, así vale todo. Pero es una presunción intolerable pensar que alguien honrado, de nuestra propia cultura o de otros mundos, que actua con corrección moral y niegue estar experimentando el amor por un Ser Supremo, sea un tarado, como el ciego que porque no ve niega la existencia de la pintura. No, no somos ciegos. Vosotros veis más de la cuenta. Ver en exceso es otra forma de ceguera, y el que necesite estar ciego, va a seguir ciego, diga yo lo que diga con los argumentos que mis peores enemigos quieran que use, pero este tema es como aquél del Rey que estaba desnudo y -nadie salvo un niño- se atrevía a decirlo. Abran el Corán al azar y luego abran a Rumi, abran el Corán y abran a Dûl-Nûn, abran el Corán y luego a al-Farîd, y así, hasta que caiga el velo, y vean al Rey con toda la belleza de la desnudez.
Vamos ya a la desesperada en nuestro método académico a los Nombres de Allâh. Si los que defienden el amor a Allâh tuvieran razón, deberíamos encontrar en el Corán “al-Habib”. Lástima que no lo encontremos, pues todas mis palabras se descompondrían entonces como si estuvieran en mal estado. Este Nombre -“al-Habib”- nos ha llegado por la tradición, pero no aparece en el Corán. En el Libro encontramos, Al-Wadûd; no es tan definitivo, pero algo es algo. Alude a la capacidad de Allâh de sentir cariño por su Creación. Esto no tiene nada que ver. El amor de Allâh a lo creado puede ser entendido de un modo más sencillo o más sutil, pero ahí está, en forma de rahma (en forma de mundo) y en nuestras vidas con el modo de la ni‘ma, de aquello que nos refuerza y ayuda a fluir por la existencia. Nadie ha negado hasta ahora el amor que Allâh nos tenga sino el que podemos tenerle nosotros. La razón de que no haya ningún Nombre de Allâh que sea al-Habib es bien simple para los que saben algo de ‘aqîda. Si éste fuera un Nombre de Allâh y en el uso de nuestra libertad no hubiera un solo hombre en toda la Creación en un momento dado que amase a Allâh, la Creación entera reventaría en pedazos. Porque los Nombres son la manifestación que no puede dejarse de dar en acto. Bueno, sea como sea, lo cierto es que al-Habib no aparece en el Corán.
Seguimos adelante con nuestro método serio de investigación y llegamos a que “¿Cómo podría no ser posible amar a Allâh si el mismo Profeta era habibul-lâh?”, nos dicen. En primer lugar, habibul-lâh no significa "el que ama a Allâh" sino "el amado de Allâh", extremo que no estoy negando en ningún momento, y en segundo lugar ya hemos dicho que no aparece dicho calificativo en el Corán ni aplicado al Profeta ni a ningún otro Mensajero anterior6.
El rastreo entre los hadices es también parte del método serio de una investigación, aunque ya se sabe que el hadiz es como la selva. Ahí hay de todo, y sólo Dios sabe cómo ha brotado cada cosa. El contexto y la intención del Profeta en cada uno de ellos es el rasgo casi imposible de capturar en el hadiz. De todas formas, a grandes rasgos, pueden dibujar, al menos los trazos de una ausencia o una presencia en las preocupaciones del Profeta porque su comunidad comprendiera la importancia de algo. En el caso que nos ocupa, es significativa la falta de hadices sobre el amor a Allâh. De momento, no puedo saber hasta qué punto no existe ninguno. La lectura del Muwatta y del Riad Salihin al menos nos arroja un hadiz que apoya la postura contraria a la que mantenemos: “Condiciones del que encontrará la dulzura del îmân: Que Allâh y su Mensajero sean para él más queridos que ningún otro” (Riad, 1379). En este hadiz (el único que alguien ha conseguido citarnos) y cuyo contenido ya conocíamos por Corán 9:24, ni siquiera aparece exento el amor a Allâh del amor al Profeta, como si más que lo que nosotros entendemos por “amor” se estuviera hablando de “lealtad” al Profeta y a su Mensaje, que desde luego en el pasaje coránico está referido a un contexto de yihâd. No tengo la fórmula matemática que demuestre que no existe algo que muchos dicen ver. Uno explotará un hadiz y el otro verá en el Corán lo que quiera ver, porque el Corán es un espejo y cada uno leyéndolo tiene la tentación de verse a sí mismo. El Corán es un espejo excepto para aquel que sea un espejo ante el Corán.
Éste que os he contado fue el proceso que seguí para llegar a la conclusión de que nosotros –los musulmanes- tenemos que hacer un esfuerzo por someternos al Corán y no a nuestro capricho ni a nuestras necesidades, y llegué a la conclusión de que sobre el horizonte de la realidad algunos místicos han pintado un horizonte como si estuviésemos haciendo una película de bajo presupuesto, y por cierto que el espíritu humano no estará sometido eternamente a este telón de fondo que hemos ideado. Quizá tengan que pasar quinientos o mil años, no lo sé, pero cuando la posibilidad de amar a Dios sea una idea ridícula entre las gentes de todas las religiones y las que son capaces de mística sin religión, ahí seguirá nuestro Corán con sus miles de invitaciones al sometimiento a la realidad con atención a cómo es el mundo. El horizonte de la espiritualidad musulmana es el sometimiento a la realidad; éste y no ningún otro es el signo en el que profundizar.
Voy a pedir, por ello, a los muminîn que traten de superar la idea de que a Allâh puede amárselo y voy a pedirles que sustituyan esa idea por la sensación directa de todo aquello con lo que se encuentren. Porque cuando no te quieres someter a la realidad que de verdad existe y decides refugiarte en la irrealidad, creas Shaytân, rompes el rahîm con alguien o con algo, aunque ignores de qué se trata aquello con lo que te distancias. Al contrario, con tu sometimiento a la realidad creas realidad, construyes tu mundo y realizas a Allâh. “El timo del amor a Allâh” –permítaseme hablar así- es que se te canjea sentimiento por realidad; es una sustitución perfecta del impacto de la realidad por el sentimiento de la realidad.
© Abdelmimin Aya
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