¿Tiene sentido económico la ética de los negocios?
1. Introducción
Empezaré no por la necesidad de la ética de los negocios, sino por el otro extremo –la idea que tiene mucha gente de que no hay ninguna necesidad de este tipo de ética. Esta convicción está bastante extendida entre los profesionales de la economía, aunque es más frecuente darla por supuesta implícitamente que afirmarla explícitamente. Tenemos que entender mejor dónde se apoya esta convicción para ser capaces de ver sus insuficiencias. Aquí, como en otras áreas del conocimiento, la importancia de la afirmación depende en gran medida de lo que niega.
¿Cómo surgió en Economía esta idea de la inutilidad de la ética? Los primeros autores de las materias económicas, desde Aristóteles y Kautilya (en la antigua Grecia y en la antigua India, respectivamente –los dos fueron contemporáneos–) pasando por los eruditos medievales (incluidos Aquino, Ockham, Maimónides y otros), hasta los economistas de la primera edad moderna (William Petty, Gregory King, François Quesnay y otros) tuvieron todos en una gran consideración, en diferentes grados, el análisis ético. De un modo u otro, vieron la economía como una rama de la “razón práctica”, según la cual los conceptos de lo bueno, lo correcto y lo obligatorio eran bastante centrales.
¿Qué ocurrió después? Tal y como ha contado la historia “oficial”, todo esto cambió con Adam Smith, que puede ser muy bien descrito –y con razón– como el padre de la economía moderna. Él hizo, tal y como se ha dicho, que la economía fuera científica y realista, y la nueva economía que emergió en los siglos XIX y XX estaba ya lista para los negocios, sin necesidad de ninguna ética que la tuviera atada a la “moral y a lo moralizante”. Esa visión de lo que ocurrió –con Smith disparando el tiro decisivo a la ética económica y empresarial– no sólo está reflejada en volúmenes de escritos de profesionales de la economía, sino que incluso ha alcanzado la condición literaria entrando en la literatura inglesa en unos versos de Stephen Leacock, que fue a la vez escritor y economista:
Adam, Adam, Adam Smith
¡Escucha de lo que te acuso!
¿no dijiste
en la clase un día
que el egoísmo sería rentable?
De todas las doctrinas ésa era la fundamental
¿no es cierto, no es cierto, no es cierto, Smith?1
El interés en recordar este fragmento de la historia –o supuesta historia– no descansa, al menos en lo que a esta conferencia se refiere, en una curiosidad escolástica. Pienso que es importante ver cómo surgió esa visión de la economía y del mundo de los negocios carente de ética para poder entender qué es lo que está siendo ignorado. De esta manera, este fragmento de historia acerca de “quién mató a la ética de los negocios” está completamente equivocado, y resulta especialmente instructivo para entender cómo esa identificación errónea ha salido a la luz.
2. Intercambio, producción y distribución
Vuelvo, entonces, a Adam Smith. De hecho, él realmente intentó hacer ciencia económica y, en gran medida, tuvo éxito en su propósito, dentro de los límites de lo que entonces era posible. Aunque una parte de esta supuesta historia es cierta (Smith, verdaderamente, hizo mucho por mejorar el status científico de la economía), lo que es completamente erróneo es la idea de que Smith demostró –o creer que él había demostrado– la inutilidad de la ética en asuntos económicos o empresariales. De hecho, es justo lo contrario. El Catedrático de Filosofía Moral de la Universidad de Glasgow –que era lo que Smith era– estaba tan interesado en la importancia de la ética en el comportamiento, como podía haberlo estado cualquier otro. Resulta instructivo ver cómo una lectura incompleta de Smith –como un escéptico que no le encuentra sentido a la ética económica y empresarial– ha salido a la luz.
Quizá el pasaje más ampliamente citado de Adam Smith sea aquel relativo al carnicero, el cervecero y el panadero de La riqueza de las naciones: “No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios, sino su egoísmo...”2. El carnicero, el cervecero y el panadero quieren nuestro dinero, y nosotros queremos sus productos, por eso el intercambio nos beneficia a todos. Aparentemente, no existiría la necesidad de incorporar una ética –empresarial o de cualquier otro tipo– para producir una mejoría en todas las partes comprometidas en el intercambio. Todo lo necesario está considerado por nuestros propios intereses, mientras que el mercado está pensado para hacer el resto y proporcionar los beneficios mutuos del intercambio.
En la economía moderna, este elogio smithiano al interés propio se cita una y otra vez, incluso con tal exclusividad que uno llega a preguntarse si éste es el único pasaje de Smith que se lee hoy día. ¿Qué es lo que realmente quería decir? Smith argumentó en este pasaje que la búsqueda del interés propio explicaba correctamente la motivación para el intercambio de productos. Pero ésta es una afirmación muy limitada, si bien contiene intuiciones brillantes que explican por qué es eso lo que buscamos en el intercambio y cómo éste puede ser beneficioso para todos. Para entender los límites de lo que estamos afirmando, debemos preguntarnos, en primer lugar, ¿pensó Smith que las operaciones y las actividades económicas consisten sólo en intercambios de éste tipo? En segundo lugar, incluso en el contexto del intercambio, debemos preguntarnos: ¿Pensó Smith que el resultado sería tan bueno si en aquellos negocios, que se guían por su interés propio, se intentara defraudar a los consumidores o que éstos pretendieran estafar a los vendedores?
Las respuestas a estas dos cuestiones son claramente negativas. La sencillez del carnicero, del cervecero y del panadero no se traslada a los problemas de la producción y la distribución (y Smith nunca dijo que así sucediera), ni al problema de cómo un sistema de intercambio debe desarrollarse institucionalmente. Aquí es exactamente donde empezamos a ver por qué Smith podría tener razón en su afirmación sobre la motivación para el intercambio sin establecer o intentar establecer la inutilidad de la ética de los negocios o de la ética en general (o incluso en el intercambio mismo). Y esto es lo fundamental para esta conferencia.
La importancia de la persecución del interés propio es una parte que ayuda a comprender muchos problemas prácticos, por ejemplo, los problemas de abastecimiento en la Unión Soviética y Europa del Este. Pero resulta bastante inapropiada para explicar el éxito de, digamos, la actividad económica de Japón vis-à-vis con Europa Occidental o Norteamérica (ya que los patrones de comportamiento japoneses a menudo se ven muy influenciados por otras convenciones y presiones). Por otra parte, en La riqueza de las naciones, Adam Smith tiene en cuenta otros problemas que reclaman una estructura motivacional más compleja. Y en su Teoría de los sentimientos morales, Smith trata ampliamente la necesidad de ir más allá de la maximización del beneficio, argumentando que “la humanidad, la justicia, la generosidad y el espíritu cívico son las cualidades más útiles para otros”3. Adam Smith estaba muy lejos de intentar negar la importancia de la ética en el comportamiento en general y en el económico en particular4.
Observando todos los planteamientos de Smith en su extensa obra y concentrándonos sólo en el pasaje del carnicero, el cervecero y el panadero, al padre de la economía moderna se le presenta, muy a menudo, como un ideólogo. Se le ha convertido en un exponente partisano de la visión de una vida carente de ética, lo cual habría horrorizado a Smith. Adaptando un aforismo shakespeareano, mientras que algunos hombres nacen pequeños y otros alcanzan la pequeñez, al desafortunado Adam Smith se le ha atribuido mucha pequeñez.
Es importante observar cómo el elogio al interés propio de Smith como una motivación para el intercambio (bien ilustrada en el pasaje del carnicero-cervecero-panadero) puede, por otra parte, coexistir pacíficamente con la defensa del Smith del comportamiento ético. La preocupación de Smith por la ética era, por supuesto, extremadamente amplia y en ningún caso estaba restringida al ámbito económico y empresarial. Pero dado que no es éste el momento de revisar las creencias éticas de Smith, sino de formarse una idea acerca de la combinación de su especialización en ética y en economía para entender mejor el rol exacto de la ética de los negocios, tenemos que dirigir nuestra investigación en esta dirección.
Toda la problemática del carnicero-cervecero-panadero trata sobre la motivación en el intercambio, pero Smith también estaba muy preocupado –como cualquier buen economista debería estarlo– tanto por la producción como por la distribución. Y para entender cómo debería funcionar el intercambio mismo en la práctica, no es adecuado concentrase sólo en la motivación que hace que la gente busque el intercambio. Es necesario observar los patrones de comportamiento que sostienen un sistema próspero de mutuos intercambios beneficiosos. El papel positivo del egoísmo inteligente en la motivación para el intercambio debe ser completado por las demandas motivacionales de la producción y la distribución y por las demandas del sistema de organización de la economía.
Estos asuntos son tratados ahora relacionando la exposición general con el día a día de los problemas prácticos del mundo contemporáneo. En las tres próximas secciones, trataré, en orden, el problema de la organización (especialmente la del intercambio), las disposiciones y la actividad de producción, y el reto de la distribución.
3. Organización e intercambio: reglas y confianza
Regresaré ahora al ejemplo del carnicero-cervecero-panadero. Desde luego, la preocupación de las diferentes partes por sus propios intereses puede motivar adecuadamente a todas ellas a tomar parte en el intercambio desde sus propios beneficios. Pero que el intercambio funcione bien o no, dependerá también de condiciones organizativas. Éste requiere un desarrollo institucional que puede tardar algún tiempo en dar resultado –una lección que están aprendiendo hoy de una manera bastante dolorosa la antigua Unión Soviética y Europa Oriental. Ahora se está reconociendo este punto, si bien fue ampliamente ignorado en una primera oleada de entusiasmo que buscaba lo mágico de los procesos de mercado supuestamente automáticos.
Pero, ahora, lo que también se debe considerar es hasta qué punto las instituciones económicas operan sobre la base de patrones comunes de comportamiento, de responsabilidades compartidas y de confianza mutua en la ética de las diferentes partes. Cuando Adam Smith hacía hincapié en la importancia motivacional de la “consideración del interés propio” no sugería que esta motivación fuera el único elemento necesario para tener un próspero sistema de intercambio. Si el panadero no pudiera confiar en el cabeza de familia, tendría problemas a la hora de producir el pan para atender a los pedidos, o en la distribución del pan sin previo pago. Y el cabeza de familia no podría estar seguro de si sería sensato fiarse de la distribución del pan solicitado si el panadero no es siempre completamente fiable. Estos problemas de confianza mutua –planteados aquí de una manera muy simple– pueden resultar, sin ningún género de dudas, más complejos y más graves en múltiples disposiciones económicas de mayor alcance.
La confianza mutua en ciertas reglas de conducta es, por lo general, bastante más implícita que explícita –de hecho, tan implícita que su importancia puede ser fácilmente omitida en situaciones en las cuales esta confianza no es problemática. Pero en el contexto del desarrollo económico, a lo largo y ancho del Tercer Mundo, y también de la reforma institucional, que está ahora arrollando en lo que fue el Segundo Mundo, estos asuntos relativos a la ética y a normas de comportamiento resultan ser totalmente centrales.
En el Tercer Mundo, a menudo también existe un escepticismo profundamente arraigado sobre la fiabilidad y la calidad moral del comportamiento económico. Esto puede estar dirigido tanto a empresarios locales como a agentes comerciales del extranjero. Estos últimos resultarían, a veces, especialmente molestos para las empresas bien establecidas, incluyendo las multinacionales de renombre. Pero los datos de algunas multinacionales y su desigual poder a la hora de tratar con países más vulnerables ha dado motivos para sospechar, si bien esta sospecha no tendría lugar en numerosos casos. Uno de los caminos para abordar este problema sería, ciertamente, establecer principios firmes de ética empresarial.
En muchos países del Tercer Mundo, existe también una tradicional falta de confianza en el comportamiento moral de grupos particulares de comerciantes, por ejemplo en los mercaderes de grano. El propio Adam Smith –en el contexto de la Europa de entonces– comentó sustancialmente este tema en La riqueza de las naciones, si bien pensó que estas sospechas eran totalmente injustificadas. De hecho, los datos empíricos sobre este tema son bastante diversos y la experiencia particular del comercio del grano en condiciones de escasez y hambruna ha dejado muchas preguntas sin contestar.
Éste es un asunto de extrema seriedad, aunque cada vez se está viendo más claro que el mejor camino para organizar la prevención y la ayuda contra las hambrunas es la creación de ingresos adicionales para los necesitados (posiblemente a través de planes de empleo) y después confiar en el comercio habitual para atender (a través de disposiciones estándar de transporte y ventas) el resto de la demanda de comida5. La forma alternativa consistente en una distribución burocrática de comida en campos de ayuda apresuradamente organizados resulta, frecuentemente, más lenta, más costosa, seriamente destructora de la vida familiar y de las operaciones económicas corrientes, y más conducente a la extensión de enfermedades epidémicas. En cualquier caso, dar un papel crucial a los comerciantes de grano en tiempos de amenaza de hambrunas (como un complemento a los planes de empleo estatales para generar ingresos) aumenta los difíciles problemas de confianza y fidelidad y, en concreto, el hecho de que los comerciantes pudieran manipular una situación precaria en la búsqueda de un beneficio extraordinario. La cuestión de la ética de los negocios, por tanto, se convierte en un elemento de vital importancia en las medidas de prevención y ayuda contra las hambrunas.
El problema puede ser tratado, hasta cierto punto, con un hábil uso de la amenaza de intervención en el mercado por parte del gobierno. Pero la credibilidad de dicha amenaza depende, en gran medida, del tamaño de las reservas de grano que el mismo gobierno tiene. Puede funcionar bien en algunos casos (generalmente, ha sido así en la India), pero no siempre. Últimamente, depende mucho de hasta qué punto los principales empresarios pueden establecer principios exactos de conducta, más que partir en la búsqueda de beneficios extraordinarios que puede ser rápidamente extraídos de situaciones manipuladas.
He estado comentando los problemas de organización en el intercambio y sería correcto concluir este razonamiento destacando que la necesidad de una ética en los negocios es bastante fuerte incluso en el campo del intercambio (a pesar de la presencia cercana y universal de la motivación de la “consideración del interés propio” del carnicero-cervecero-panadero). Si ahora nos movemos desde el intercambio a la producción y a la distribución, la necesidad de una ética de los negocios llega a ser aún más firme y evidente. El tema de la confianza resulta vital para todas las operaciones económicas. Pero ahora tenemos que considerar otros problemas de interrelación en el proceso de producción y de distribución.
4. Organización de la producción: empresas y bienes públicos
El capitalismo ha tenido bastante éxito en la generación de resultados y en los incrementos de productividad. Pero las experiencias de países diferentes son también muy diversas. Las recientes experiencias de las economías del Este asiático –destacando Japón– inspiran cuestiones profundas acerca del modelo capitalista de la tradicional teoría económica. Japón, a menudo, es visto –y con razón en cierto sentido– como un gran ejemplo del triunfo del capitalismo, pero está claro que los patrones motivacionales que dominan la economía japonesa tienen mucho más contenido del que podría ser proporcionado por la pura maximización del beneficio.
Diferentes autores han enfatizado distintos aspectos de los rasgos motivacionales japoneses. Michio Morishima ha subrayado las características especiales del “ethos japonés” y considera que surge de su particular historia de patrones de conducta basados en reglas6. Ronald
Dore ha visto la influencia de la “ética de Confucio”7. Recientemente, Eiko Ikegami ha puntualizado la importancia de la preocupación tradicional por el “honor” –un tipo de generalización de los códigos samuráis– como un modificador crucial de la motivación económica y empresarial8.
Efectivamente, incluso tiene algo de cierto el enigmático e ingenioso titular escrito por The Wall Street Journal de que Japón es “el único país comunista que funciona” (30 de enero 1989, p. 1). Como cabría esperar, ésta es principalmente una observación sobre las motivaciones que subyacen a muchas actividades económicas y empresariales en Japón y que no tienen que ver con la maximización del beneficio. Tenemos que entender e interpretar el hecho particular de que uno de los países capitalistas más prósperos del mundo florece económicamente siguiendo una estructura motivacional que parte firmemente –y, a menudo, explícitamente– de la persecución del interés propio que llega a ser la base del capitalismo.
De hecho, Japón no es en modo alguno el único ejemplo del poderoso papel de la ética de los negocios en la promoción del éxito capitalista. Las virtudes productivas del trabajo desinteresado y de la lealtad a la empresa han ido ganando credibilidad para lograr éxitos económicos en numerosos países del mundo. Ciertamente, la necesidad del capitalismo de contar con una estructura motivacional más compleja que la pura maximización del beneficio ha sido reconocida de muchas maneras a lo largo del tiempo, por distintos científicos sociales (no así por numerosos economistas “de la corriente principal”): tengo en mente a Marx, Weber, Tawney y otros9. El punto básico del éxito observado en estas otras motivaciones no es algo ni poco común ni nuevo, aun cuando en el análisis económico profesional moderno a menudo se dejen completamente de lado estas abundantes intuiciones históricas y conceptuales.
Sería útil alinear este razonamiento con las preocupaciones de Adam Smith, así como con los enfoques analíticos generales desarrollados brillantemente por la moderna teoría microeconómica. Para entender cómo otros motivos distintos al egoísmo pueden jugar un papel importante, tenemos que ver el limitado alcance del argumento del carnicero-cervecero-panadero, especialmente al tratar con lo que los modernos economistas llaman los “bienes públicos”. Esto llega a ser especialmente importante porque el éxito global de una empresa moderna es, realmente, un bien público.
Pero ¿qué es un bien público? Este concepto podría entenderse mejor contrastándolo con el de “bien privado”, como un cepillo de dientes, una camiseta o una manzana, los cuales podemos usar tú o yo, pero no ambos. Nuestros respectivos usos competirían y serían exclusivos. Esto no ocurre con los bienes públicos, como un medio ambiente saludable o la ausencia de epidemias. Todos nosotros nos beneficiaríamos de respirar aire fresco, de vivir en un medio ambiente libre de epidemias, etc. Cuando los usos de los productos son no-competitivos, como en el caso de los bienes públicos, la lógica del mecanismo de mercado, basada en el interés propio, está sometida a fuertes presiones. El sistema de mercado funciona fijando un precio sobre un producto y la asignación entre los consumidores viene dada por la intensidad de las respectivas voluntades para comprarlo al precio predominante. Cuando surge ȁl equilibrio de precios”, se iguala la demanda con la oferta para cada producto. Por el contrario, en el caso de los bienes públicos, los usos son –principal o totalmente– no-competitivos y el sistema de suministrar un bien al mejor postor no tiene mucho mérito, dado que el consumo de una persona no excluye el de otra. En cambio, la asignación óptima de recursos requeriría que los beneficios combinados fueran comparados con los costes de producción, y aquí el mecanismo de mercado, basado en la maximización del beneficio, no funciona bien10.
El problema descrito concierne a la asignación de bienes privados que ocasionan fuertes “externalidades”, con interdependencias interpersonales fuera de los mercados. Si el humo de una fábrica ensucia y convierte la casa de la vecina en un lugar desapacible, sin que ésta pueda acusar al propietario de la fábrica por la pérdida que ella sufre, entonces esto es una “externalidad”. El mercado no ayuda en este caso, dado que no está allí para asignar los efectos –buenos o malos– que se producen fuera del mercado11. Los bienes públicos y las externalidades son fenómenos relacionados, y ambos se dan frecuentemente en el campo de la sanidad pública, la educación básica, la protección del medio ambiente, etc.
Hay que tener en cuenta dos elementos importantes en este contexto al analizar la organización y el rendimiento de la producción. En primer lugar, existiría una tendencia a un posible fracaso en la asignación de recursos cuando los bienes producidos son bienes públicos o incluyen fuertes externalidades. Esto puede ser tomado como un argumento para tener empresas de propiedad pública, que serían dirigidas por otros principios distintos a la maximización del beneficio; o bien como un caso de regulación pública sobre las empresas privadas; o, por último, como el establecimiento de la necesidad de utilizar valores alejados del estricto beneficio –especialmente por una preocupación social– en decisiones privadas (quizás a causa de la buena reputación que debe generar). Dado que las empresas públicas no se han cubierto exactamente de gloria en los últimos años, y las regulaciones públicas –aun siendo útiles– son a veces bastante difíciles de aplicar, la tercera opción ha llegado a ser la más importante en los debates públicos. Es difícil, en este contexto, no aceptar el argumento de fomentar la ética de los negocios trascendiendo los valores tradicionales de honestidad y confianza, y asumiendo también la responsabilidad social (por ejemplo, en materias como la degradación del medio ambiente y la contaminación).
El segundo elemento es más complejo y está menos reflejado en la literatura económica, pero es también muy interesante. Incluso en la producción de bienes privados puede haber una parte importante de “bien público” en el mismo proceso de producción. Esto es porque la producción misma es, tradicionalmente, una actividad conjunta, la supervisión es costosa y, a menudo, no es factible, y cada miembro contribuye al éxito global de la empresa de una manera que no queda del todo reflejada en las gratificaciones privadas que obtiene.
Por tanto, el éxito global de la empresa es, en realidad, un bien público que beneficia a todo el que contribuye, pero que no está repartido estrictamente en pequeños lotes de gratificaciones específicas para cada persona en relación a la contribución particular de cada una de ellas. Y esto es precisamente donde otros motivos distintos al estricto egoísmo llegan a ser productivamente importantes. Si bien no he tenido la oportunidad de ir más allá en este punto, estoy convencido de que el éxito del “ethos japonés”, “la ética confuncionana”, los “códigos samuráis de honor”, etc., pueden estar fructíferamente vinculados con este aspecto de la organización de la producción.
5. El reto de la distribución: valores e incentivos
Vuelvo ahora a la distribución. No es difícil observar que las motivaciones alejadas del egoísmo pueden ser extremadamente importantes para los problemas de la distribución en general. Al dividir un pastel, las ganancias de una persona suponen pérdidas para otra. A nivel muy elemental, las contribuciones que puede realizar la ética –la ética de los negocios y otras– incluyen la mejora de las situaciones de miseria a través de políticas explícitamente destinadas a conseguir dicho resultado. Existe una amplia literatura sobre las donaciones, la caridad y la filantropía en general, y también sobre la disponibilidad para unirse a actividades comunitarias que contribuyan progreso social. La conexión con la ética es bastante obvia en estos casos.
Quizá lo mas interesante de este razonamiento sea el hecho de que los problemas relativos a la distribución y a la producción vienen, frecuentemente, mezclados; por ello, cómo se divida el pastel influye en el tamaño del pastel mismo. El llamado “problema del incentivo” es una parte de esta relación. Éste es, también, un problema muy debatido12, pero es importante aclarar en este contexto hasta qué punto el conflicto entre el tamaño y la distribución depende crucialmente de supuestos motivacionales y de comportamiento. El problema del incentivo no es un rasgo inmutable de la tecnología de producción. Por ejemplo, cuanto más estrictamente orientada esté una empresa hacia el beneficio, más tenderá, en general, a resistirse a buscar los intereses de los demás –trabajadores, socios, consumidores. Ésta es un área en la cual la ética puede marcar una gran diferencia.
La importancia de todo esto en relación a la pregunta que habíamos planteado (“¿Tiene sentido económico la ética de los negocios?”), por supuesto, depende de cómo se defina “sentido económico”. Si por “sentido económico” se entiende el logro de una buena sociedad en la cual uno vive, entonces las mejoras en la distribución pueden contarse como una parte de los resultados razonables incluso para los negocios. Industriales y empresarios con visión de futuro han tendido a fomentar este tipo de razonamiento.
Por otra parte, si por “sentido económico” se entiende nada más que el logro de beneficios y gratificaciones económicas, entonces la preocupación por los demás y por la equidad distributiva debe ser juzgada, completamente, de manera instrumental –en términos de cómo pueden ayudar indirectamente al aumento de los beneficios. No hay que menospreciar esta relación, dado que las empresas que tratan bien a sus trabajadores están, a menudo, muy bien recompensadas por ello. En primer lugar, los trabajadores son, entonces, más reacios a perder su trabajo, dado que muchos saldrían perjudicados si son despedidos de este trabajo (más lucrativo), en comparación con oportunidades alternativas. La contribución de la buena voluntad al espíritu de equipo y, en consecuencia, a la productividad puede ser también bastante fructífera.
Tenemos, por tanto, un importante contraste entre dos caminos diferentes en los cuales el buen comportamiento en los negocios puede tener sentido económico. Un camino es comprobar el progreso de la sociedad en la que uno vive como una recompensa en sí misma, esto funciona de forma directa. El otro consiste en utilizar, finalmente, un criterio económico de progreso, pero dándose cuenta de hasta qué punto el buen comportamiento empresarial podría, a su vez, liderar un rendimiento económico favorable; este interés propio ilustrado implica un razonamiento indirecto.
A menudo es difícil separar los dos aspectos, pero a la hora de comprender si la ética de los negocios tiene sentido económico o no, tenemos que tener en cuenta cada uno de ellos. Por ejemplo, si una empresa no atiende adecuadamente la seguridad de sus trabajadores, y esto acaba, accidentalmente, en una gran tragedia, como la que ocurrió en Bhopal, en la India, hace algunos años (aunque no estoy juzgando en este momento hasta qué punto la Unión Carbide actuó, de hecho, negligentemente), ese suceso sería perjudicial tanto para los beneficios de la empresa como para los objetivos generales de bienestar social, por los cuales la empresa se esperaría que tomara interés. Los dos efectos son distintos y separables y deben actuar conjuntamente en un análisis global de las consecuencias. La ética de los negocios tiene que relacionarse con ambos.
6.Conclusiones
Terminaré con una breve recapitulación de algunos de los puntos tratados, si bien no trataré de hacer un resumen. En primer lugar, la importancia de la ética de los negocios de ningún modo se contradice con la indicación de Adam Smith de que la “consideración de nuestro propio interés” proporciona una adecuada motivación para el intercambio (sección 2). El argumento del carnicero-cervecero-panadero está relacionado, directamente y sólo con los intercambios (y no con la producción o la distribución), y sólo también con el aspecto motivacional del intercambio (no con sus aspectos organizativos o de comportamiento).
En segundo lugar, la ética de los negocios puede tener una importancia crucial en la organización económica en general, y en las operaciones de intercambio en particular. Esta relación es muy frecuente y está bastante difundida, pero, en este momento, es especialmente importante para los esfuerzos de desarrollo del Tercer Mundo y los esfuerzos reorganizativos de lo que era el Segundo Mundo (sección 3).
En tercer lugar, la importancia de la ética de los negocios, en lo que respecta a las disposiciones y al rendimiento de la producción, puede ser ilustrada por el contraste de experiencias de diferentes economías, por ejemplo, el extraordinario éxito de Japón. Las ventajas de ir más allá de la pura persecución del beneficio pueden ser entendidas de diversas maneras. Hasta cierto punto, esta cuestión se relaciona con el fracaso de la asignación del mercado, basada en el beneficio, al tratar con los bienes públicos. Esto es importante desde dos puntos de vista diferentes: la presencia de bienes públicos (y de los fenómenos descritos como externalidades) en los bienes producidos (por ejemplo, en las relaciones con el medio ambiente); y el hecho de que el éxito de la empresa sea visto en sí mismo, fructíferamente, como un bien público (sección 4).
Finalmente, los problemas de distribución –definidos en sentido amplio– están especialmente relacionados con la ética del comportamiento. Las conexiones pueden ser tanto directas como valorativas y, al mismo tiempo, indirectas e instrumentales. Las interrelaciones entre el tamaño del pastel y su distribución aumentan el alcance y la relevancia de la ética del comportamiento, por ejemplo, a través del problema de los incentivos
© Business Ethics Quarterly y Amartya K. Sen
Traducción de Marta Pedrajas
NOTAS
1. Stephen Leacock, Hellements of Hickonomics, Nueva York, Dodd, Mead & Co., 1936, p. 75.
2. Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations, 1776, reeditado, Londres: Dent, 1910, vol. 1, p. 13.
3. Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments, revised edition, 1790, reeditado, Oxford, Clarendon Press, 1976, p. 189.
4. Sobre esto y otros temas relacionados, ver mi On Ethics and Economics, Oxford, Blackwell, 1987; Patricia H. Werhane, Adam Smith and His Legacy for Modern Capitalism, Nueva York, Oxford University Press, 1991; Emma Rothschild, “Adam Smith and Conservative Economics,” Economic History Review, 45 (1992).
5. Sobre esto ver, J. Drèze y Amartya Sen, Hunger and Public Action, Oxford, Clarendon Press, 1989.
6. Michio Morishima, Why Has Japan “Succeeded”? Western Technology and Japanese Ethos, Cambridge, Cambridge University Press, 1982.
7. Ronald Dore, “Goodwill and the Spirit of Market Capitalism,” British Journal of Sociology, 34 (1983), and Taking Japan Seriously: A Confucian Perspective on Leading Economic Issues, Stanford, Stanford University Press, 1987.
8. Eiko Ikegami, “The Logic of Cultural Change: Honor, State-Making, and the Samurai,” mimeografiado, Departamento de Sociología, Yale University, 1991.
9. Karl Marx (con F. Engels), The German Ideology, 1845-46, traducción inglesa, Nueva York, International Publishers, 1947; Richard Henry Tawney, Religion and the Rise of Capitalism, Londres, Murray, 1926; Max Weber, The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism, Londres, Allen & Unwin, 1930.
10. El análisis clásico de los bienes públicos fue realizado por Paul A. Samuelson, “The Pure Theory of Public Expenditure,” Review of Economics and Statistics, 35 (1954).
11. Para un análisis clásico de las externalidades, consúltese A. C. Pigou, The Economics of Welfare, Londres, Macmillan, 1920. Hay muchas maneras diferentes de definir “externalidades” con algunas relaciones con temas políticos; sobre esto ver el amplio trabajo crítico de Andreas Papandreou (Jr., detalle que debo añadir para evitar la ambigüedad, si bien no creo que él utilice dicha aclaración), Ideas of Externality, que será publicado por Clarendon Press, Oxford, y Oxford University Press, Nueva York.
12. Una buena revisión general de esta literatura se puede encontrar en A. B. Atkinson y J. E. Stiglitz, Lectures on Public Economics, Nueva York, McGraw-Hill, 1980. Sobre el concepto y la importancia práctica del problema de los incentivos y otras fuentes sobre un posible conflicto entre eficiencia y equidad, ver mi Inequality Reexamined, Cambridge, MA: Harvard University Press, 1992, capítulo 9.
* Conferencia pronunciada en el Congreso Internacional sobre “Ética de los Negocios en una Economía Global”, celebrado en Columbia, Ohio, en marzo de 1992.