Debats 76 Primavera 2002 - QUADERN

El contexto de los ciberfeminismos

Durante los años ochenta, en los Estados Unidos, la segunda ola del movimiento para la liberación de la mujer, que había recorrido el país a finales de los sesenta y durante los setenta, se vio fragmentada, descentrada y acechada por algunos desacuerdos, además de por diversas reacciones culturales y políticas violentas. Mientras que los feminismos más nómadas y desarraigados permitieron la aparición de nuevas voces y planes estratégicos, a menudo relacionadas con preocupaciones y asuntos locales, se hizo más difícil organizar coaliciones y acciones coordinadas en asuntos que afectaban a grandes grupos de mujeres a escala mundial. En 2002, ya no existe un movimiento feminista con voz propia, visible y público en los Estados Unidos, a pesar de la cantidad de pequeños círculos feministas. Sin embargo, encontramos la apremiante necesidad de alcanzar un nuevo enfoque y comprometerse con los asuntos feministas, ya sean locales o globales. Gran parte de dicha necesidad procede de los efectos tan drásticos que producen los medios de comunicación digitales en numerosas parcelas de las comunicaciones, así como de nuestros conocimientos y experiencias. La tecnología digital (unas veces por estar presente y otras por no estarlo) condiciona la explicación científica de lo que constituye un ser humano, el modo en que somos concebidos y venimos al mundo, nuestra educación, socialización, trabajo, salud, enfermedad y muerte. Éste es un momento idóneo para revisar el feminismo a lo largo de la historia y ver cómo ha afectado a la situación de las mujeres en “el circuito integrado” –término acuñado por Rachel Grossman para “referirse a la situación de las mujeres en un mundo que [tan] profundamente se ha restructurado a causa de las relaciones sociales entre ciencia y tecnología”1

(Ciber)feminismo y feminismo

En la historia, a menudo, las corrientes feministas han ido acompañadas de expansiones tecnológicas, y las seguidoras de este movimiento han aceptado o rechazado los avances tecnológicos según cuándo. A comienzos del siglo XXI, se presentan desafíos totalmente nuevos para la teoría y la práctica feminista debido a la pujante hegemonía global de la tecnología informática y las comunicaciones (TIC) estadounidenses, que posibilitan el éxito arrollador del pancapitalismo.

La aparición del ciberfeminismo, de naturaleza ecléctica, ha sido una primera respuesta a esta situación. En los últimos diez años, el ciberfeminismo se ha convertido en un campo relevante dentro del marco cultural contemporáneo. De principios de los noventa a 2001, se ha pasado de un puñado de sitios web y publicaciones electrónicas ciberfeministas a casi dos mil. No obstante, en la actualidad, el ciberfeminismo hace más las veces de sello para dar difusión a ciertas ideas que de movimiento político. La molesta cuestión del feminismo en el ciberfeminismo sigue rondando como un fantasma prácticamente cada vez que se discute sobre el ciberfeminismo2.

El ciberfeminismo, heredero del postfeminismo y del postestructuralismo, ha rechazado toda definición, del mismo modo que no ha perfilado una postura política dentro de los feminismos. Ejemplo de esto es la I Internacional Ciberfeminista, que tuvo lugar en Kassel en 1997, en cuyos debates (de Documenta X) se optó por no definir el ciberfeminismo en favor de una declaración que sostenía que el ciberfeminismo era una práctica que englobaba una serie de actitudes frente al arte, la cultura, la teoría, la política, las comunicaciones y la tecnología: el entorno de internet. Mediante esta táctica se pretendía atraer a mujeres de diversos ámbitos y tendencias, especialmente, a aquellas mujeres jóvenes poco dispuestas a proclamarse feministas. En lugar de una definición, las participantes (Wilding inclusive) idearon las 100 antítesis o definiciones de lo que no es el ciberfeminismo:

4. cyberfeminism is not ideology
10. cyberfeminism ist keine praxis
18. cyberfeminism is not an ism
19. cyberfeminism is not anti-male
24. cyberfeminism nije apolitican, etc.

Entre las antítesis, hay una que afirma: “El ciberfeminismo no es apolítico”. A pesar de eso, las participantes no se definieron políticamente. Una de las estrategias empleadas por las activistas fue la creación de un sello o una identidad con que firmar diversos planes de actuación política y de producción cultural. Así pues, “Luther Blissett” presta su nombre a cualquiera que desee usarlo; como consecuencia, se atribuye una producción prolífica y variada a este personaje ficticio. Esta estrategia permite a las activistas y artistas permanecer en el anonimato y actuar sin sufrir represalias contundentes por parte de las fuerzas del orden y de las instituciones, como sucedería en caso contrario. Sin embargo, parece que ocultar la identidad no tenga cabida en las tendencias plurales del ciberfeminismo. Muy al contrario: dominar el discurso teórico y ser competente en el tecnológico se han ido convirtiendo en requisitos profesionales en el campo artístico y universitario, hasta tal punto que las artistas y las académicas ansían ser reconocidas como ciberfeministas. Evidentemente, es necesario encontrar un término medio entre tácticas que atraigan el apoyo de una gran variedad de personas y estrategias políticas radicales que desafíen y desequilibren el statu quo patriarcal.

En la nueva situación, a menudo contradictoria, en que se hallan las mujeres que trabajan con las nuevas tecnologías, encontramos el modo abordar la unión esencial entre el ciberfeminismo y el feminismo. Esto ha dado origen a debates acalorados, dentro y fuera de la red, puesto que a un buen número de mujeres les gusta el término “ciberfeminista”, pero no quieren que se les identifique con la política feminista. Como dijo una colaboradora en una lista de distribución exclusivamente para mujeres: “Me gusta lo cíber, es sexy, pero no quiero que me llamen feminista: da mala imagen”.

En la introducción de First Cyberfeminist Reader Cornelia Sollfrank escribe: “Es evidente que hay feminismo en el ciberfeminismo, no se puede pasar por alto. Y así debe ser. Hemos heredado el feminismo, lo llevamos en la sangre, pero, hoy día, la institucionalización que ha sufrido, tanto en la vida pública como en las universidades, lo ha hecho casi inaccesible para la mayoría de las mujeres. A esto debemos añadir que el movimiento masivo de otros años a favor de los derechos de las mujeres se ha fragmentado dando lugar a diversos feminismos heterogéneos. Identificarse como mujer ya no sirve para que una sea un nexo productivo. Es preciso dar con nuevos planes estratégicos de acción política”3. Sollfrank da a entender que internet (el ciberespacio) puede proporcionar un acceso más fácil al feminismo a un público completamente nuevo y variado de mujeres que manejan la tecnología. No obstante, aún están por idear y probar dichos planes. Se debe superar la ambivalencia que manifiestan muchas de estas mujeres, conectadas a las nuevas tecnologías, hacia lo que consideran un imponente pasado de historia, teoría y práctica feministas. Por desgracia, en ocasiones, encontramos el origen de dicha ambivalencia en que, por un lado, se ignora hasta la historia más reciente del feminismo y, por otro, se falsean y menosprecian tanto las grandes diferencias entre su teoría y práctica, como la importancia que éstas tienen en la actualidad.

De nuestra experiencia docente en diversos centros de educación superior estadounidenses se desprende que un buen número de jóvenes universitarias (de edades comprendidas entre los 18 y los 23 años), de distintos niveles económicos y ambientes, saben muy poco acerca de la historia del pensamiento feminista y sus acciones. Sólo hablan de la tiranía del mundo de la moda y los medios de comunicación, de la obligación de estar delgadas, de ser guapas, simpáticas, tener novio, así como de la incidencia tan alta de desórdenes alimentarios y violencia sexual que han sufrido ellas o sus amigas. Cuando se les pide que definan el feminismo, a menudo contestan que significa lograr la igualdad de derechos para la mujer y, además, están bastante convencidas de que en los Estados Unidos lo hemos conseguido. Cuando conocen las exigencias radicales de las primeras feministas, a saber: la abolición del Estado, de la Iglesia y de la Familia; muchas se quedan de piedra y se sienten ofendidas. Han crecido algo convencidas de que pueden hacer lo que quieran por el hecho de ser estadounidenses. Siempre se sorprenden al enterarse de que la Enmienda de la Igualdad de Derechos no ha sido aprobada por suficientes Estados como para incluirla en la Constitución; de que, a pesar de que se van salvando distancias en el ámbito de la enseñanza superior, muy pocas mujeres obtienen grados superiores como cátedras o doctorados; y de que en la mayoría de los países desarrollados el sueldo de las mujeres sigue siendo inferior al de los hombres. Resulta obvio que estas mujeres no creen que el feminismo sirva como estrategia o filosofía con la que enfrentarse al evidente sexismo y discriminación que aún padecen. La ignorancia sobre el feminismo no se limita a los Estados Unidos. Muchas de las ciberfeministas más jóvenes de todo el mundo son ajenas a un pasado feminista que no consideran importante para sus vidas.

Aspectos en común

A pesar de la ambivalencia que hay hacia el feminismo histórico, el ciberfeminismo y la segunda corriente feminista tienen muchos aspectos en común. La práctica ciberfeminista ha adoptado muchas de las estrategias de los movimientos feministas de vanguardia, a saber: el separatismo estratégico (listas de distribución, grupos de autoayuda, chats y redes exclusivamente para mujeres, además de formación tecnológica impartida por y para mujeres); la teoría y análisis feministas de la cultura, la sociedad y el lenguaje; la creación de una nueva imagen de mujer para afrontar el creciente estereotipo sexista (cambios feministas, cyborgs y figuras transexuales o asexuales); la crítica feminista en la red; el fundamentalismo estratégico; así como otros planes de acción similares. El ciberfeminismo empezó con grandes expectativas tecnológicas y utópicas, esperando que las nuevas tecnologías proporcionaran a la mujer la oportunidad de volver a empezar, creando nuevos lenguajes, programas, plataformas, imágenes, identidades flexibles y definiciones en multitud de parcelas del ciberespacio. De hecho, esperaban que las mujeres pudiesen volver a codificar, diseñar y programar la tecnología informática para cambiar su situación actual, reminiscencias de las numerosas metas del movimiento artístico feminista de los setenta y del “feminismo cultural”, que trabajó por crear nuevas imágenes, identidades y modelos de comportamiento dentro del mundo del arte y los medios de comunicación, además de en la vida real, para la mujer. De una manera muy similar a lo que hicieron aquellas artistas feministas que emplearon los medios de comunicación no tradicionales, la tecnología y las técnicas (como actuaciones, instalaciones, el vídeo y apariciones en los medios de comunicación) para presentar nuevos contenidos artísticos, hoy día, las mujeres conectadas a la red empiezan a utilizar la tecnología digital que, hasta la fecha, no posee un patrón estético. Vivimos un momento emocionante y prometedor.

Así y todo, existen numerosos problemas y dificultades. Precisamente, conocer los errores y omisiones de la historia feminista pasada puede enseñarnos mucho. Ejemplo de esto es que, aunque el ciberfeminismo se presenta como incluyente, los escritos ciberfeministas dan por sentado que su público lector es educado, blanco, de clase media alta, anglófono y de gusto cultural sofisticado. Irónicamente, esta actitud reproduce el daño que causó el universalismo del “antiguo feminismo”. Apenas se ha pensado en las diferencias tan cruciales (ya sean económicas, culturales, raciales o étnicas, geográficas o ambientales) que condicionan a las mujeres de todo el mundo cuando experimentan la sexualidad y el placer, la edad, la menopausia, la maternidad, la educación de los hijos, la ecología y el medio ambiente. Tampoco se presta demasiada atención a otros modos de vida y trabajo ajenos a la TIC. Estas cuestiones, que ocupaban un lugar fundamental en las obras teóricas, literarias y artísticas del feminismo postcolonial, siguen siendo secundarias en los escritos ciberfeministas4.

La marginalización que el ciberfeminismo hace de los estudios postcoloniales se debe a varios factores: como que la teoría postcolonial pasó inadvertida en casi toda Europa o como la herencia de actitudes, a menudo incuestionadas, frente las diferencias raciales y étnicas. Como suele suceder en las nuevas áreas de estudio, las ciberfeministas tomaron prestados algunos aspectos de un conjunto de obras teóricas y lo llevaron a los medios de comunicación electrónicos. A pesar de que el eclecticismo teórico está patente en este campo, durante los últimos veinte años, los estudios postcoloniales de la práctica, la teoría y la crítica de los medios de comunicación informatizados han tenido un impacto insignificante5.

La singularidad del ciberfeminismo más aplaudida y discutida ha sido (aparte de la orientación sexual) la de crear un yo en Otro, tomando al cyborg y al monstruo como modelos de liberación y representación del yo. Hay que reconocer que, para muchas personas a las que se consideraba que no estaban “en forma”, transformarse en “cyborgs” ha mejorado su estado de ánimo y las ha estimulado. Sin embargo, quienes buscan una identidad cyborg son, principalmente, aquellos que se ajustan a lo que las taxonomías coloniales previas y eugenésicas consideraban la norma: si eres blanco, educado y adinerado, el cyborg es tu pasaporte hacia la diferencia6

Antiguo y nuevo ciberfeminismo

Se pueden distinguir dos corrientes de ciberfeminismo que comparten similitudes: una primera corriente que aplaudió la conciencia del cyborg, así como las afinidades innatas entre la mujer y la máquina; y una segunda, más crítica. La británica Sadie Plant, teórica de la cultura, junto con el colectivo australiano de artistas VNS Matrix son quienes explican mejor la primera corriente, y esto se lo deben al artículo de Donna Haraway que tanto les influyó: A Manifesto for Cyborgs (“Manifiesto para Cyborgs”). La postura de Sadie Plant sobre el ciberfeminismo se ha expresado de la siguiente manera: “una insurrección completamente posthumana –la revuelta de un sistema emergente que une a la mujer y al ordenador para enfrentarse a la visión del mundo y de la realidad material que pertenece a un patriarcado que todavía busca subyugarlas”7. Un ejemplo humorístico y caricaturizador se encuentra en el Cyberfeminist Manifesto for the 21st Century (“Manifiesto Ciberfeminista para el siglo XXI”) donde VNS Matrix declara: “Somos el virus del nuevo desorden mundial/arrancando sus iconos de cuajo/saboteadores del ordenador central del gran papá/el clítoris es una línea que conduce directamente a la matriz...”8. Julianne Pierce de VNS Matrix describe la primera corriente del ciberfeminismo de la siguiente manera: “El ciberfeminismo iba de ideas, de ironía, de apropiación y de practicar para adquirir destreza manejando datos. Combinaba la visión utópica de corromper el patriarcado con un entusiasmo ilimitado hacia las nuevas herramientas tecnológicas. Adoptó una política de género e identidad, permitiendo que aflorasen en el medio digital identidades flexibles y sin género. La fémina postcorpórea sería una mujer conectada a la red, en la frontera, que creara nuestros propios mundos virtuales y que colonizara el amorfo mundo del ciberespacio”. A continuación, Pierce describe cómo ha cambiado el ciberfeminismo: “el feminismo es, en cierto modo, el problema, puesto que una parte de la vieja guardia considera que ya no está de moda... y la nueva guardia ya no lo necesita para nada. Por el contrario, Pierce afirma que el “nuevo” ciberfeminismo “trata de combatir el orden natural, poniendo el mundo al revés al crear una cultura en la que la muñeca súper-cíber-informatizada pueda crear su propio espacio dentro de una inteligente sociedad de la información. Se trata de establecer los cimientos para construir a partir de ellos, de modo que en el próximo milenio podamos abrir nuestros propios caminos, crear nuestras propias corporaciones..., como dijo VNS Matrix: «no conocemos límites, ni ataduras, ni perdonamos; somos el coño futuro»”. Esta afirmación es prueba de que han sentado la cabeza desde la jouissance del primer manifiesto (por desgracia, ya que estamos muy faltas de utopías y jouissance). No obstante, de la afirmación “combatir el orden natural poniendo el mundo al revés” se desprende lo que viene a ser una estrategia política radical ciberfeminista, reminiscencia del marxismo y del socialismo clásicos.

En la II Internacional Ciberfeminista, que se celebró en Rotterdam en marzo de 1999, surgieron posturas más críticas hacia el ciberfeminismo y la TIC en varias ponencias, así como en los trabajos más recientes de Caroline Bassett, Susanna Paasonen, Renate Klein y Susan Hawthorne, entre otras9. Estas ciberfeministas han criticado la actitud apolítica de teóricas anteriores, y abogan por un ciberfeminismo visible y políticamente comprometido. Sólo ahora, los debates entre las “nuevas” ciberfeministas comienzan a hacer hincapié en la relevancia que tanto las particularidades feministas, como los discursos coloniales y postcoloniales tienen para una teoría, práctica y política que interactúan en la misma red feminista.

Áreas de acción

A pesar de que, últimamente, las ciberfeministas hayan criticado predicados fundamentales del primer ciberfeminismo, como la conveniencia de un futuro cyborg y el acceso universal de las mujeres a los ordenadores, algunas ensalzan el desarrollo inminente de una “hermandad universal”, forjada mediante las comunicaciones informáticas. Las promesas utópicas, que tan a menudo se han asociado a las nuevas tecnologías, requieren nuestra más perspicaz atención crítica, ya que es peligroso creer que las principales preocupaciones sociales, económicas y políticas se pueden abordar a base de tecnología. Como bien han señalado en repetidas ocasiones los críticos más radicales de la red, el ciberespacio no es un ámbito totalmente ajeno a la lucha del antiguo feminismo contra un sistema capitalista y patriarcal. Los nuevos medios de comunicación se dan dentro de un marco de relaciones sociales pancapitalistas y de circunstancias económicas, políticas y culturales que siguen siendo profundamente sexistas y racistas. El pancapitalismo se basa en el imperalismo y el sometimiento. A lo largo de la historia, el objetivo del expansionismo económico ha provocado la explotación de los recursos naturales y la miseria de la población del tercer mundo, donde la mayoría son mujeres. En este contexto, las ciberfeministas deben plantearse una cuestión crucial: el hecho de tener una meta y una política sin especificar ¿es viable como estrategia de supervivencia, de resistencia y como modo de conseguir una distribución más equitativa de los recursos y del poder? (lo que coincide con uno de los objetivos principales del feminismo). SubRosa sostiene que ya va siendo hora de que el ciberfeminismo activista y políticamente radical tome las riendas de la crítica a la cultura y a la política en la red, y que desafíe (mediante textos tácticos como obras de arte y proyectos contestatarios) las prácticas que se dan en dicho espacio.

Las nuevas posibilidades que la TIC brinda a la mujer permiten centrar la atención en una filosofía y análisis de índole política y feminista, que, lejos de quedar obsoletos, pueden ser de gran utilidad. Por ejemplo, es necesario investigar más acerca del impacto específico que tiene la TIC sobre diferentes poblaciones de mujeres, cuyas vidas se están viendo profundamente alteradas a causa de las nuevas tecnologías que, a menudo, hasta les provocan graves problemas de salud físicos y mentales. Esto es tan cierto para las profesionales de las ciencias, la medicina y la informática (que han recibido una buena educación universitaria), como para aquellas que trabajan en la industria doméstica, para las empleadas de las oficinas y fábricas de las empresas de telecomunicaciones actuales, o para las trabajadoras de fábricas de chips y abusivas cadenas de montaje (independientemente de que procedan del medio rural o urbano).

Dado que la mayoría de las mujeres hacen “turno doble” (producción y reproducción), las exigencias y la presión de la trepidante economía actual les afecta de un modo diferente que a la mayoría de los hombres. El alto índice de Síndrome de Fatiga Crónica, depresiones y trastornos provocados por la tensión, incluso entre las profesionales más cualificadas (que son las más informadas), dan fe del coste humano tan alto que originan nuestros sistemas culturales y económicos de productividad. Para preparar un plan estratégico de acción debemos estudiar: el impacto de las nuevas tecnologías sobre la sexualidad femenina y los modelos de comportamiento; las condiciones de producción y reproducción (que para las mujeres van unidas); el papel del hombre y de la mujer, las relaciones sociales, y el espacio público y privado; igualmente, es necesario oponerse al valor (tan extendido que lo consideramos normal) que se concede a la rapidez y eficacia, ya que éstas no tienen en cuenta los límites y las necesidades de nuestro organismo.

El pancapitalismo ha difuminado las diferencias entre desarrollado y subdesarrollado, primer mundo y tercer mundo, puesto que estas circunstancias coexisten en casi todas las localizaciones geográficas. El colonialismo ha dejado unas cifras de emigrantes, refugiados y exiliados más altas que nunca, y la mayoría de estos desplazados son mujeres. Éstos causan un tremendo impacto en el medio urbano, los hogares, los estudios, el idioma, la cultura, la dieta y, en última instancia, los modelos de comportamiento de las personas que proceden de los centros imperiales tradicionales. A medida que las mujeres de los países en vías de desarrollo se dedican más al servicio doméstico y al cuidado de los niños de las familias más adineradas —al igual que a fabricar las piezas electrónicas de cualquier aparato, a trabajar en cadenas de montaje y a recopilar datos— las vidas de las mujeres blancas y las de color van dependiendo más las unas de las otras. Esta interdependencia acentúa la importancia de los estudios postcoloniales para los ciberfeminismos críticos. Lejos de ser asuntos sin importancia para los medios de comunicación electrónicos y para el ciberfeminismo, a menudo, las migraciones son el resultado de los efectos devastadores que han tenido las intervenciones del imperio. Debemos empezar descolonizando nuestras propias redes y relaciones personales.

Las feministas no deben pasar por alto los avances en la ingeniería biogenética que tanto afectarán al entorno y a los humanos en el futuro, sobre todo, desde que el ejército está desarrollando y probando tecnología moderna en el campo de la medicina —siempre con la idea de que tendrá una aplicación lucrativa sobre los civiles. Parte de esta tecnología desarrollada por el ejército ya está afectando a las mujeres en gran medida, véase la ecografía, la cirugía apoyada en la imagen, la monitorización médica, el control de pacientes mediante aparatos y las técnicas radiológicas invasivas. El organismo y los procesos que en él tienen lugar (sobre todo en las mujeres y los fetos) ya están sufriendo una invasión a nivel molecular y se están rediseñando para satisfacer las necesidades ciborgianas y eugenésicas del mercado global. Las científicas y técnicas ciberfeministas (al igual que las artistas) que hacen uso de estas tecnologías están en una buena posición para exponer y subvertir las ideologías y las prácticas de las nuevas tecnologías de la carne, la reproducción y la genética; y para evaluar el particular impacto político, económico, social y eugenésico que estas tecnologías tienen sobre los diferentes grupos de mujeres de todo el mundo. Durante los años setenta el Movimiento feminista para la salud de la mujer desafió a la práctica médica estadounidense al abrir sus propias clínicas, establecer nuevas técnicas abortivas, métodos de curación alternativa y ofrecer orientación sexual feminista. Estas tácticas desestabilizaron las instituciones médicas patriarcales y, finalmente, forzaron a los centros de salud para mujeres norteamericanos a cambiar las técnicas ginecológicas y de obstetricia que se venían empleando. Igualmente, las ciberfeministas podrían estar a la cabeza tanto del activismo en favor de las Técnicas de Reproducción Avanzada y de la nueva eugenesia, como de la educación acerca de las mismas, para exponer cuán profundamente afecta al despliegue de estas tecnologías la concepción tradicional que se tiene del cuerpo femenino, así como del papel que desempeñan el hombre y la mujer.

Un ciberfeminismo contestatario debe abordar las circunstancias de las jóvenes que empiezan a formar parte de la clase tecnocrática. En un ensayo anterior Wilding y CAE afirmaron: “No apoyamos un feminismo que aumente las desigualdades (es decir, el sistema actual), sino que creemos que debería existir la misma representación de ambos sexos en todos los campos. No apoyamos el pancapitalismo. Es un sistema depredador, pernicioso y sexista, que no cambiaría aunque hubiese la misma representación de hombres y mujeres en la clase política. Opinamos que la mujer debe tener acceso al conocimiento y a las herramientas que confieren poder, y que ahora están en manos de una despreciable clase virtual (Kroker). Con esto no queremos decir que la mujer deba entrar a formar parte de dicha clase. Romper la cúpula de cristal y convertirse en una parte activa de la clase explotadora que se beneficia de la jerarquía de géneros no es la meta de las feministas, ni algo de lo que enorgullecerse”10. En este contexto, la definición de feminismo que Bell Hooks propuso hace casi dos décadas sigue siendo válida para las ciberfeministas: “el feminismo no es sólo una lucha para acabar con el machismo, o un movimiento que pretenda garantizar que las mujeres alcanzarán la igualdad de derechos; es comprometerse a la erradicación del sometimiento que impregna diversos ámbitos de la cultura occidental (el sexo, la raza y la clase, entre otros); también es un compromiso que pretende reorganizar la sociedad estadounidense, de modo que se conceda mayor importancia a que las personas se realicen que a los deseos imperialistas, de expansión económica y materiales”11.

Errores de dominio, acciones ciberfeministas

Las ciberfeministas han empezado a abrir un terreno tan disputado como es internet para informarse, jugar y gozar (además de para llevar a cabo nuevas campañas políticas feministas, para educar, criticar, o poner en marcha estrategias de intervención, alcanzar alianzas entre activistas, así como todo tipo de colaboración, bien local o bien internacional. El nuevo ciberfeminismo acaba de empezar a sondear, divulgar y combatir los complejos efectos que la tecnología tiene en numerosos ámbitos de la vida; y a crear una política de presencia y de incorporación que haga hincapié en la interacción total de los discursos tecnológicos y de poder. Esto último prepara el terreno para un ciberfeminismo políticamente activo y contestatario. La presente antología no puede sino tratar apenas unos pocos de los aspectos que aquí han salido a relucir, puesto que queda mucho por hacer. Nuestro propósito es trascender las críticas generales al ciberfeminismo y abrir unos ámbitos que hasta ahora han estado reprimidos en el discurso, crítica y acciones ciberfeministas. Consideramos hasta la última coma de este libro una acción, de palabras y de hechos, además de ser una invitación para futuras acciones y contribuciones.

© María Fernández y Faith Wilding

NOTAS


1 Donna Haraway, “A Cyborg Manifesto”, Simians, Cyborgs, and Women, Nueva York, Routledge, 1991, p.165. Hay traducción española: “Un manifiesto cyborg”, in HARAWAY, Donna, Ciencia, cyborgs y mujeres, Madrid, Cátedra, 1995, tr. de Manuel Talens.


2 Faith Wilding, “Where is the Feminism in Cyberfeminism?”, n.paradoxa, Vol. II, 1998.


3 Cornelia Sollfrank, “Introduction”, First Cyberfeminist International Reader, Hamburgo, Alemania, 1998, p.1.


4 Una excepción notable es el grupo Les Penelopes, que ha abordado un buen número de estos temas en sus obras. Sin embargo, Les Penelopes ni se identifica con las ciberfeministas ni es una figura principal en los medios de comunicación electrónicos culturales. En la página web de Les Penelopes, http://www.penelopes.org, hay una sección sobre ciberfeminismo, entre otras cosas.


5 Para un análisis más detallado sobre la intersección de los estudios postcoloniales con la teoría de los medios de comunicación electrónicos, ver: María Fernández, “Post-colonial Electronic Media Theory”, tercer texto (verano de 1999); y existe una versión más amplia en Art Journal (otoño de 1999).


6 Susan Hawthorne, “Cyborgs, Virtual Bodies and Organic Bodies: Theoretical Feminist Responses”, Cyberfeminism, editado por Susan Hawthorne y Renate Klein, Melbourne, Spinifex, 1999.


7 Caroline Bassett, “With a Little Help from Our (New) Friends?”, Mute (agosto, 1997), pp. 46-49.


8 Todas las citas de Julianne Pierce que aparecen en este párrafo se han tomado de First Cyberfeminist International Reader, pág. 10.


9 Caroline Bassett, “A Manifesto Against Manifestos”; Maria Fernandez y Faith Wilding, “Feminism, Difference, and Global Capital”, Next Cyberfeminist International Reader, Hamburgo, Old Boys Network, 1999; Hawthorne, “Cyborgs”; y Susanna Paasonen, “Digital, Human, Animal, PLANT: The politics of Cyberfeminism”, nparadoxa Vol. II (julio, 1998).


10 Faith Wilding y CAE, “Notes on the Political Condition of Cyberfeminism”, First Cyberfeminist International Reader, p. 23.


11 Bell Hooks, “Ain’t I a Woman: Black Women and Feminism”, Boston, South End Press, 1981, pp. 194-195.


Volver al sumario